Oriente

Part 3

Chapter 33,911 wordsPublic domain

Y mientras se suceden las horripilantes explicaciones, en los llamados subterráneos, que tienen grandes ventanas por las que penetra á raudales la luz, ó en las altas cámaras, con miradores por los que se ve el mágico espectáculo del lago, el castillo sonríe, hundidos sus pies en el azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los góticos ventanales, moviéndose al soplo de la brisa, como con un ademán negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras, dándolas palpitaciones de vida, todo parece decir á gritos: «No la creáis; ¡mentira! ¡todo es mentira! Su oficio es dar una sensación emocionante á los viajeros, para que á la salida le suelten medio franco.»

Lord Byron fué quien inmortalizó este castillo con sus versos «El prisionero de Chillón». El pobre Bonivard le debe la inmortalidad.

Pero ¡ay! el ridículo mata las mayores sublimidades, y después que el poeta inglés grabó su nombre en una columna del _subterráneo_ de Chillón, otro artista ha pasado por él, «mezcla de bayadera y de pilluelo parisién», como dijo Zola, y poseedor de esa gracia grotesca que los hijos del Mediodía franceses comunican á cuanto tocan.

Desde que á Alfonso Daudet se le ocurrió encerrar al desventurado y heroico Tartarín en el castillo de Chillón, se acabó su romántico encantamiento. ¡Adiós, pobre Bonivard! Es inútil que la guardiana salmodie con su voz de beata calvinista:

--En esta columna estuvo atado seis años Bonivard, héroe de la libertad de Ginebra.

Por encima del organismo escuálido y haraposo, y de la cabeza de Cristo del patriota cantado por Byron, aparece el cuerpo rechoncho y la fiera cabezota morena y barbuda del intrépido hijo de Tarascón, nieto ilegítimo de Don Quijote é incansable cazador de leones... y de gorras.

VI

Los osos de Berna

Cuando llegan los extranjeros á la capital de la Confederación Helvética, su primer deseo es siempre el mismo.

--Lléveme usted á ver los osos--dicen al cochero ó al guía del hotel.

Y al extremo de un puente, en el fondo de un foso circular, semejante á una pequeña plaza de toros cuidadosamente enlosada, encuentran á los hijos favoritos de Berna, á los famosos osos, que figuran en el escudo nacional, sirven de adorno á los monumentos y se exhiben como motivo decorativo en las fachadas y salones de los edificios públicos.

Numeroso gentío ocupa siempre la balaustrada del gran redondel, hablando de lejos á los pesados animales, excitándolos con gritos cariñosos, enviándoles una nube de mendrugos y frescas zanahorias. En torno del foso hay una pequeña feria, con puestos en los que se venden vituallas para la bestia amada y tarjetas con los retratos de estos personajes populares. De vez en cuando uno de ellos se encarama por las ramas transversales de un viejo tronco plantado en el centro del redondel, y el gentío se entusiasma ante la gracia y la agilidad del pesado animal.

Los osos de Berna son ricos. Han heredado un sinnúmero de veces, pues ciertas solteronas patrióticas les legan al morir una parte de su fortuna. Viven en opulenta abundancia, soberbiamente alimentados, como el pueblo suizo, del cual son á modo de un símbolo; y como si no les bastase la manutención que les da el municipio bernés, administrador de sus bienes, la admiración popular los acosa y abruma bajo un espeso aguacero de regalos.

Ahora son seis nada más. Sentados sobre las patas traseras, ventrudos, enormes, con lanas cuidadosamente lavadas, miran á lo alto, contestando con sonrientes colmillos al griterío de la fila circular de admiradores. Ahítos hasta la inmóvil pesadez, cogen al vuelo la zanahoria ó el pan untado con miel, que les viene directamente á la boca; pero si el donativo resbala ante sus colmillos y cae á sus pies, no hacen el menor esfuerzo por recogerlo. Nuevos regalos llueven en torno de ellos, y dejan lo que cae para sus compañeros de foso, para los parásitos que les acompañan en su agradable cautiverio, centenares y tal vez miles de pájaros del inmediato parque, que saltan sobre las losas buscando migajas en los intersticios, ó picotean en el vientre y las patas de los enormes camaradas, animando su lanudo volumen con inquietos aleteos.

Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando aun balbucea el infantil lenguaje de la tradición, simboliza su carácter y su existencia en un animal. La Roma antigua, ávida y feroz, escogió á la loba; Francia tiene al gallo fanfarrón, arrogante y belicoso; los Estados del Norte ostentan águilas de pico rapaz y estómago insaciable; España es el león solemne hasta en su decadencia, cuando los piojos invaden sus flácidas melenas y la consunción de la vejez amenaza romper el pellejo con las aristas del esqueleto; Suiza es el oso.

El fundador de Berna, que según la tradición se dejó guiar por uno de estos animales, escogió, tal vez sin saberlo, la más exacta representación del carácter de sus conciudadanos.

Es inútil repetir una vez más las glorias pacíficas de la República Helvética. Todo el mundo las conoce. En cada ciudad, y hasta en la más pequeña aldea, los dos mejores edificios son siempre la escuela y la casa de correos. La gente come bien y tiene un aspecto saludable; sólo se ven soldados en tiempo de grandes maniobras, cuando el gobierno federal convoca á las reservas; en campos y caminos apenas se encuentran gendarmes; la policía es escasa en las calles; la suprema graduación en el ejército es la de coronel, y el que más sabe entre todos ellos toma el mando supremo; la gran mayoría de los suizos no conoce el nombre del presidente de la República, que sólo ejerce el cargo un año, y este presidente, que cobra poco más que uno de nuestros subsecretarios, sale en las mañanas de verano del magnífico palacio del Gobierno en Berna y va á tomar un vaso de cerveza en el café Federal, alegre tabernilla que está enfrente. En los _cabarets_ berneses se sienta uno al lado de un señor vestido descuidadamente, con sombrero de paja viejo, el chaleco abierto, la panza en libertad, mientras lee un periódico de apretados caracteres alemanes, y resulta luego que es un ministro federal ó un presidente de cantón venido á Berna para hablar mano á mano con los gobernantes centrales. Cada uno hace lo que quiere y vive como quiere, con la tranquilidad de que le avisarán apenas estorbe ó perjudique á los otros, y de que su carácter pacífico, simple y disciplinado, le aconsejará obedecer, sin el más leve intento de protesta.

¡Un país dichoso la Confederación Helvética! ¡La mejor de las repúblicas!... Realmente, la nacionalidad más apetecible del mundo es ser ciudadano de Suiza... pero habiendo nacido suizo.

Yo creo firmemente que esta paz del país helvético, esta tranquilidad, este orden, es una condición de raza. Así como en la vida individual los seres más felices y satisfechos son los que piensan menos y sólo se inquietan de lo que toca directa é inmediatamente á sus apetitos y necesidades, en la vida de los pueblos los que alcanzan existencia más tranquila y ordenada son los que carecen de imaginación.

El suizo sólo contempla lo presente. Su pensamiento, tardo, pesado y un tanto espeso, pero de paso seguro (las mismas condiciones del animal favorito), no va más allá de lo que le rodea. La vida pública se concentra para él en el municipio, ó cuando más en el cantón. Ni siquiera llega á preocuparse de lo que ocurre en Berna. Encuentra aceptable lo que le rodea, y esto basta para que no sienta deseos de novedad.

Si de la noche á la mañana los suizos se convirtiesen en franceses, una parte de la población fijaría su entusiasmo en el coronel Tal ó Cual, viendo en su rostro los rasgos de un Bonaparte; se enardecería con el redoble de los tambores, creyendo que el ejército helvético estaba llamado á grandes glorias, y en odio á la variedad y el fraccionamiento, borraría cantones, unificando la nación como bajo un rasero, y convirtiendo á Berna en un París, depositario de toda la vida suiza.

Que los suizos se convirtiesen en españoles, y antes de un mes los católicos de Friburgo, cantón que tiene más conventos y más frailes de todos colores que cualquiera ciudad nuestra, declararían deshonroso para su cuerpo y peligroso para su alma el hacer vida común con los cantones que son protestantes, y las plácidas montañas verdes se llenarían de partidas capitaneadas por curas, y la causa del Dios verdadero intentaría convencer á tiros á los herejes para que no persistiesen en el error.

Que fuesen italianos todos los habitantes de la libre Helvecia, y sin perjuicio de atraer y desvalijar en sus hoteles á los extranjeros, los insultarían con su desprecio de pueblo escogido, llamándolos _barbari_.

Pero los habitantes de Suiza son suizos, «están bien donde se encuentran», reconocen como muy aceptable su vida presente, y no piensan nada nuevo ni se sienten agitados por originales aspiraciones.

Viendo de cerca á Suiza, hay que decir: «¡Benditos los pueblos que carecen de imaginación! ¡De ellos serán la tranquilidad y las virtudes vulgares!» La falta de individualidad permite mantener á los hombres en el goce de sus completas libertades, sin miedo á que abusen de ellas saliéndose del nivel común. La carencia de imaginación evita el peligro de que los más inquietos y audaces tiren impacientes de las riendas de la ley, turbando la marcha lenta, ordenada y mecánica de este pueblo, que por su carácter monótono ha hecho de la relojería un arte nacional.

Todas sus aspiraciones hacia lo desconocido, lo inesperado y novelesco, se cifran en la servidumbre. En otro tiempo se vendían como soldados á los reyes de Europa, y los hijos de la libre Helvecia formaban los regimientos suizos, favoritos de las cortes, que se encargaban de acuchillar á los pueblos para que se mantuviesen por el miedo sometidos á los déspotas. Verdaderos mercenarios, pasaban del servicio de unos Estados á otros, y esto hacía que en los combates se batiesen sin entusiasmo, con ciertos miramientos, convencidos de que en las filas enemigas figuraban hermanos suyos igualmente á sueldo.

Ahora se dedican á fondistas y cafeteros, y corren el mundo para servir platos ó bocks, lo mismo en California que en Australia ó el Cabo, pero siempre con el pensamiento fijo en las verdes montañas y los azules lagos, imágenes que les siguen en su peregrinación, sin que logren borrarlas nuevos espectáculos.

Yo creo que ningún suizo sueña cuando duerme. Su obligación al cerrar los ojos es dormir: un ensueño sería un desorden inútil de la «loca de la casa», que no tiene aquí amigos ni adeptos.

En Ginebra he comido todos los días en un modesto restaurant, donde entré casualmente al llegar á la ciudad. Una irresistible simpatía me atrajo á este establecimiento.

El reloj, una soberbia pieza con la hora de París, la hora de la Europa Central y todas las horas del mundo, estaba siempre parado.

¡Un reloj parado en Ginebra, la Salamanca del muelle real, la Sorbona de la rueda catalina!... ¡Un suizo á quien no importa saber qué hora es, ni se preocupa del buen orden de su vida!

Me he ido de Ginebra sin conocer al dueño del restaurant, pero estoy convencido de que es un poeta que se pierde Suiza.

VII

El lago y el Concilio

Escribo junto á una ventana, por cuyo amplio rectángulo se ve, en primer término, el follaje de los árboles y la saliente redondez de un pequeño torreón; más allá una superficie azul, tranquila y tersa, que se pierde hasta juntarse con el cielo, y en esta línea indecisa del horizonte, una bruma que no consiguen disipar los rayos del sol de la mañana, y en la que se dibujan vagamente obscuras siluetas, que tan pronto parecen nubes rastreras como altivos montes.

La ventana es del _Insel Hôtel_, antiguo y famoso convento de dominicos, situado en una isla, entre soberbios jardines, y convertido por los artistas alemanes en uno de los más hermosos hoteles del mundo; la torrecilla es la prisión en la que vivió Juan Huss antes de ser conducido á la hoguera; la inmensa extensión azul, el tranquilo lago de Constanza, límite entre Suiza y Alemania, y los obscuros perfiles esfumados por la niebla, los lejanos Alpes del Tirol.

Hace unas horas he abandonado la tranquila, burguesa y antipática Zurich, convertida, por las maniobras militares de verano, en una ciudad belicosa, con las calles llenas de suizos uniformados, arrastrando el sable; me he detenido en Schaffhouse para ver el _Rheinfall_, la prodigiosa caída del Rhin, dividiéndose en dos soberbias cascadas al chocar con una isleta saliente, que parece imposible pueda resistir el ímpetu de las espumas hirvientes y ruidosas, y después, saliéndome del camino que habitualmente siguen los viajeros, he venido á la tranquila ciudad de Constanza, penetrando en los dominios del gran duque de Baden.

Suiza acaba en la misma estación de Constanza. Para seguir el viaje á Munich hay que volver al territorio helvético, embarcarse en Romanzhon y atravesar el lago hasta Lindan, entrando de nuevo en Alemania. Cuatro aduanas, con otros tantos registros de equipaje en el transcurso de unas cuantas horas.

Constanza, antigua ciudad episcopal, venerable y plácida, fué libre durante muchos siglos. Los españoles la atacaron en el siglo XVI. Los austriacos la hicieron suya, matando la república protestante que se había organizado dentro de sus muros, y perteneció á los emperadores de Viena hasta 1806, en que entró á formar parte del gran ducado de Baden. Hoy es un resto de aquella Alemania anterior á los triunfos militares, pacífica, alegre y poética, con sus costumbres patriarcales y su tranquila libertad. Se ven pocos soldados en su recinto. Las calles venerables, con edificios de puntiagudos techos y puertas blasonadas, resuenan de tarde en tarde bajo los pasos de los transeuntes. En los muelles, limpios y sombreados por los tilos, pasean las muchachas de trenzas rubias, brazos sonrosados y ojos de un azul clarísimo. Á las puertas de las cervecerías, bajo la frondosa parra, apuran lentamente los ciudadanos el jarro de barro blanco chorreante de espuma.

Es una ciudad vieja, en la que la vida se desliza sin sentir, falta de intensas alegrías, pero limpia de grandes dolores. Los ciudadanos de Constanza hacen recordar la plácida existencia de _El amigo Fritz_, y es indudable que cuando sueñan bajo la parra, con el estómago lleno de cerveza, canta en sus cerebros la satisfacción de vivir, con una lentitud majestuosa, semejante á la del _Himno á la alegría_, de Beethoven. Es una de esas ciudades en las que se entra como en un lugar amigo que no se ha visto nunca, pero que evoca confusamente simpatías y familiaridades de una misteriosa existencia anterior. El viajero parte con pena, prometiéndose volver, y piensa en la felicidad de pasar en ella el resto de sus días, apartado del mundo, si las exigencias de la vida no le obligasen al movimiento, tirando de él hacia otro país.

Sin embargo, esta ciudad de vida placentera debe su celebridad á un gran crimen. Este paisaje sonriente, este lago tranquilo y casi desierto, con gaviotas que rizan bajo el contacto de sus plumas las tranquilas aguas, y bandas de gorriones que caen sobre las barcas solitarias, han presenciado uno de los conflictos que trajo más revuelta á la humanidad y fué motivo de guerra y otros males.

El _Múnster_, la gran Catedral gótica de Constanza, el _Kaufhaus_, caserón de los Museos históricos de la ciudad, las casas venerables de sus calles, y hasta el antiguo convento de dominicos, cuyas ruinas se han utilizado para el hotel en que vivo, todo recuerda la gran gloria y la gran vergüenza de la tranquila ciudad: el famoso Concilio que lleva su nombre y el suplicio de Juan Huss con su compañero Jerónimo de Praga.

Cuatro años duró el tal Concilio. Nunca atravesó el cristianismo una crisis tan ruidosa y aguda. Tres papas tenía á un tiempo la Iglesia: uno, vagabundo por Cataluña, Aragón y Valencia, el testarudo español Luna; otro, en Italia; otro, en Alemania, y de continuar la anómala situación, los sumos pontífices iban á multiplicarse hasta el punto de que el Espíritu Santo, con toda su divina sapiencia, no podría bastarse para atender á la tarea de tan numerosas inspiraciones.

De 1414 á 1418 duró la gran reunión de autoridades eclesiásticas y laicas, convocada en Constanza para poner remedio á tales males. El emperador Segismundo, primer soberano de la tierra en aquellos tiempos, y gran _métomentodo_ de la época (algo semejante al kaiser actual), presidía el Concilio, rodeado de toda la pompa de su majestad: guerreros bigotudos de Bohemia, rubios barones alemanes, feudatarios cubiertos de hierro, de la Europa Central. Frente á su trono, guardado por los cuatro grandes dignatarios, uno con la corona en un almohadón, otro con el cetro, el de más allá con la espada y el último con el globo de oro, símbolo de universal grandeza, alineábanse los cardenales, vestidos de rojo, con su perfil de pájaro sombreado por el ancho sombrero escarlata de pendiente borlaje; los prelados venidos de todas las naciones cristianas y los frailes multicolores, que leían horas y horas interminables rollos de pergamino ó peroraban en latín, con una facundia pesada, para sostener las pretensiones de sus respectivos partidos. Cada personaje llevaba detrás un séquito interminable. El emperador traía con él un verdadero ejército y todo cardenal arrastraba tras su cola roja un pequeño pueblo de familiares, pajes, cocineros y reposteros, caballos y acémilas. Los príncipes de la Iglesia, rivalizando en lujo, habían acudido á la cita seguidos de interminable mesnada, y la pequeña Constanza no sabía cómo contener y guardar todas las grandezas terrenales, llegadas á su seno para examinar y fallar el gran pleito surgido en el arreglo de la herencia de Cristo.

Un vasto campamento rodeaba la ciudad. Miles de caballos agitaban por las mañanas las riberas del lago al bañarse en sus aguas; las barcas, cargadas de víveres y forraje, iban en interminable rosario de una orilla á otra; en las calles, repletas de gentío, sonaban todos los idiomas de Europa, y cada semana se veían llegar nuevas gentes de países lejanos: frailes de España, venidos á pie de convento en convento, para sostener las pretensiones de su pontífice; sacerdotes procedentes del fondo de la Bohemia ó de las lejanas riberas del Báltico, que parecían traer con ellos un olor de herejía y eran los precursores de la Reforma, á la que sólo le faltaba un siglo para nacer.

Transcurría el tiempo, y el concilio no adelantaba en sus decisiones. Todo acuerdo exigía una información en lejanos países ó provocaba protestas, y mientras tanto, el pequeño mundo aglomerado en Constanza se aburría, sumiéndose en los mayores pecados por culpa del tedio. Los mercenarios del emperador correteaban á las muchachas en los bosquecillos inmediatos al lago; la cerveza y el vino del Rhin rodaban á torrentes; los santos cardenales cerraban bajo llave á los pajecillos italianos, para librarles de incurrir en pecado con gentes que no fuesen eclesiásticas, y para general distracción y derrota del diablo tentador, se organizaban procesiones ostentosas, amenizadas con la quema de algún que otro miserable judío.

He visitado el _Kaufhaus_, enorme edificio, vecino al puertecillo actual, en el que se celebraron las sesiones del Concilio. Es un caserón de piedra, con las puertas negruzcas, de ojiva chata, rematadas por groseros relieves góticos. El último piso, de madera carcomida, está rematado por un techo de barraca, de ruda pendiente, igual al usado en todos los países donde abunda la nieve.

Un día, el Concilio, reunido en el salón que ocupa todo el piso superior, vió comparecer á un sacerdote de gran barba rubia y ojos azules, vestido de raída sotana y cubriendo con un cuadrado bonete sus cabellos ensortijados. Era Juan Huss.

Traía revuelta á Hungría con sus predicaciones. La muchedumbre marchaba tras sus pasos, y el sacerdote deteníase en los caminos, predicando al pie de los árboles sus nuevas doctrinas. La gran masa, ansiosa de rebelión, adoraba al profeta. El emperador Segismundo le había invitado á venir al Concilio, para explicar sus creencias, dándole un salvoconducto y empeñando su palabra imperial para convencerle de que su vida no corría peligro. La espada del Imperio velaba sobre él. Su existencia era sagrada.

Al verle aparecer y escuchar su voz, corrió un estremecimiento por la santa asamblea, semejante al que agita á la jauría cuando huele la caza.

Los hábitos negros y blancos de los dominicos palpitaron de emoción; las cabezas severas y duras de los frailes alemanes, intolerantes y rudos, y de los frailes españoles, sus discípulos y herederos, agitáronse con aullidos de muerte.

El sacerdote bohemio se explicó tan claramente, que, á los pocos días, estaba preso, y para mayor seguridad, en el convento de los dominicos, en este torreón que puedo tocar con sólo extender el brazo fuera de mi ventana. El emperador se olvidó de él y de la palabra dada, ejemplo de villanía repugnante que no siguió Carlos V cuando un siglo después compareció Lutero ante la Dieta de Worms.

La muchedumbre reunida en Constanza gozó al fin de una gran fiesta. Los padres del Concilio, que llevaban tanto tiempo sin hacer nada y se veían desobedecidos en sus acuerdos, pensaron satisfechos en que iban á hacer algo sonado.

Una mañana, el prisionero del convento de la Isla fué sacado del torreoncillo, por cuyas estrechas ventanas contemplaba la extensión azul del lago buscando las montañas de su lejano país. Cruces en alto; blandones encendidos; largas filas de monjes encapuchados; un canto lúgubre, que contrasta con el piído de los pájaros y el susurro del lago al morir en la orilla. Como representantes del brazo secular, los barbudos _lansquenetes_, oliendo á cerveza, empujan al sacerdote, lo amarran, lo visten con una mitra y una túnica pintadas de diablos y serpientes y la procesión de muerte emprende el camino hacia el arrabal de Brülh, donde hoy se alza una roca cubierta de inscripciones en honor del mártir. Otra procesión igual surge en el camino conduciendo á Jerónimo de Praga, el fiel compañero y discípulo.

La gloria de la cristiandad, lo más selecto é ilustre de la época, ocupa la llanura de Brülh. El emperador no ha osado contemplar su obra, pero allí están, junto al montón de leña seca, rematada por dos postes, los cardenales á caballo, con sus séquitos de príncipes; los nobles guerreros y las hermosas damas alemanas, rubias, blancas y pechonas, montadas en vistosas hacaneas y avanzando todo cuanto pueden para no perder nada del interesante espectáculo.

¡Prodigios de la fe! El inmenso montón de leña ha sido traído voluntariamente pieza á pieza, por la piedad de los fieles, por el buen populacho, que desea la quema de estos dos hombres, á los que no conoce, pero cuya maldad le parece indudable.

Empiezan á crepitar las llamas, asomando sus lenguas rojas entre los leños. Surge el humo de las ropas carnavalescas que cubren á los condenados como un último insulto.

De pronto se abren las filas de soldados sonrientes, y sonríen también las hermosas damas, los príncipes eclesiásticos y los jinetes de luciente coraza.

Una vieja, arrugada y casi ciega, miserable andrajo humano, avanza, encorvada bajo un pequeño haz de sarmientos. Viene de muy lejos, y teme haber llegado tarde para depositar su ofrenda, perdiendo la ocasión de hacerse grata á Dios. Al arrojar su haz en la hoguera, suspira satisfecha, como si librase su alma de un gran peso.

Juan Huss también sonríe. Sus ojos azules, de dulce profeta, lagrimeantes por el humo, miran al cielo. Su barba rubia, que empieza á chamuscarse, muévese á impulsos de una admiración lastimera.

--_¡Oh sancta simplicitas!_--gime.

Las últimas palabras del mártir fueron para la santa y eterna imbecilidad de los simples, que creen lo que les enseñan, odian lo que les señalan, y con la sencillez de la inconsciencia, matan ó persiguen, creyendo realizar una gran hazaña, á los que se preocuparon de su suerte, trabajando y sufriendo por ellos.

VIII