Opiniones Obras Completas Vol. X

Part 9

Chapter 91,391 wordsPublic domain

La cortesana, la pecadora de hoy, sale significando la danza, con su cuerpo deformado por el uso del corsé, pero admirable, del taller de Falguiere, o deja, cuando muere, millones en joyas que se venden en la casa de remates. Es el ídolo, es la tirana, es la dueña. Cierto es que esos son tipos de cortesanas y no la cortesana. La pecadora de Irurtia ha caído, y vaga luego como una sombra de duelo y de pena. Mientras Popea tiene siempre litera, otras de sus infelices compañeras acechan por las Suburras. En la obra de que me ocupo, la idea es cristiana, la «obscura total idea», para emplear una frase de Schiller en su correspondencia con Goethe. Si el autor, con un amor pagano, ha modelado las formas, y con un cuidado antiguo ha tratado la _drapérie_, es modernísimo en la expresión y en la comprensión del sujeto. ¿Hay alguna reminiscencia en ese estilo que brega por ser personal? Es posible. El autor no asiste al taller de Fidias en esta presente Atenas; pero, de hacerlo, entre Agorácrito y Alcámenes, sería Alcámenes, por sus ímpetus de independencia, por su anhelo incesante de libertad. Esa independencia la ha demostrado no dejándose arrastrar por la moda o por el snobismo, que hacen de la violencia rodiniana la única manera aceptable en escultura. Pero al lado de un Rodín, ¿no existe, por ejemplo, un Bartholomé?

Volviendo al tema del grupo, Afrodita tiene hoy un culto praxiteliano. Las hetairas son representadas como sacerdotisas de amor carnal; es el tiempo en que en los Salones los maestros exponen, en esculturas policromas, como en la antigüedad, el poema del cuerpo femenino, tan solamente visto a la luz de la filosofía del placer. Es el tiempo en que a esos escultores corresponden eminentes escritores paganizantes, como M. Paul Adam y M. Pierre Louys. Cratina es modelo y se frecuenta la casa de Friné. Irurtia, cristiano, mira el más allá, sin limitarse exclusivamente a oir las doctrinas de los seguidores de Epicuro. Su visión es áspera y tenebrosa, pero tras esa tiniebla hay una luz para él indiscutible. El comprende a las Marías de Magdala y a las Marías de Egipto. Yo no sé que otro, antes que él, haya extraído del negro tema de la Trata de blancas una obra semejante. En este sentido, este trabajo une a su mérito estético un valor moral. Digo moral, no moralizador... Irurtia no es miembro de Liga, ni periodista, ni soldado de la Salvation Army, ni amigo del senador Berenger. Es un artista.

¡Un artista!

Es tiempo ya de que ese gran país sepa lo que las patrias deben a las artes. Ya el lujo dejó para el cuerpo la ostentación, la riqueza. Ahora, lo que al espíritu le toca. Hay que seguir el ejemplo de los Estados Unidos, que siendo nación de trabajo enorme, protege hoy largamente a sus artistas. «Somos, un país esencialmente agrícola y pecuario.» Entendido. Hace miles de años una rama de la raza indogermánica, los griegos, llegó al más admirable cultivo y gozo del arte; pero antes, en Grecia, habitaban los pelasgos, que eran esencialmente agricultores. El cultivo de la tierra, el pastoreo, fueron primero que la Lira, que el carro de Terpis, que el mármol labrado por Policleto, que el triunfo completo del arte en la tierra armoniosa y divina. Luego, el arte ateniense, ¿dónde encuentra sus mejores seguidores? En el Peloponeso; pero, sobre todo, entre los trabajadores, entre los activos e industriosos argivos. El pueblo etrusco fué también primero un pueblo de trabajo y de empresas prácticas: _filotecnon etnos_. Las grandes ciudades artísticas italianas fueron ciudades industriosas y comerciantes. ¿Por qué la República Argentina, que hoy asombra al mundo por sus progresos materiales y prácticos, no ha de llegar a brillar en la civilización humana por sus artistas, sobre todo contando con abundancia de «espíritu primo», de talento nativo? Dígase lo que se diga, en la juventud argentina hay un tesoro colosal de porvenir. Para lograrlo, hay que pensar en el toro nacional... ¿Cómo?

Hay un mito antiguo--recientemente tratado por M. Paul Adam, a propósito de la obra de Franz Cumont, sobre los Misterios de Mithra--que parecería inventado de propósito para el pueblo argentino. «Es un símbolo maravilloso, dice, el venerado por el culto de Mithra, el joven dios pérsico, cuyo culto secreto han propagado los legionarios romanos a través de la Europa occidental desde los tiempos de César.»

La leyenda dice que el héroe nacido de la roca volcánica, con la antorcha y la espada en las manos--tal la humanidad ya provista de inteligencia industriosa--, persiguió al toro brutal que reinaba entonces sobre la tierra, lo asió por los cuernos, lo montó, lo fatigó durante una carrera furibunda, y luego, habiéndolo echado en tierra, se lo llevó, arrastrándolo, a su caverna. Pero el búfalo no se resignó a estar domado. Se escapó, atropelló, persiguió a débiles y pacíficos. Entonces, «por orden del Sol», Mithra, mediador entre lo incognoscible y el mundo sensible, corrió, ayudado por su perro, hacia el monstruo destructor. Lo esperó a la hora en que volvía cerca de la caverna a llevar la devastación. Lo agarró por el hocico, le torció el pescuezo, lo venció, y el dios hundió su espada en el flanco de la víctima jadeante. Entonces hubo este prodigio: «Del cuerpo del bruto moribundo nacieron todas las hierbas y plantas saludables que cubrieron el suelo de verdor. De su medula espinal germinó el trigo que dió el pan, y de su sangre la viña que produjo el brevaje sagrado de los misterios. El espíritu maligno quiso lanzar contra el animal agonizante las criaturas inmundas, para emponzoñar en él la fuente de la vida; el escorpión, la hormiga, la serpiente, intentaron inútilmente devorar las partes genitales y beber la sangre del cuadrúpedo prolífico; pero no pudieron impedir la prosecución del milagro. La simiente del toro, recogida y purificada por la Luna, produjo toda especie de animales útiles, y su alma, protegida por el perro, fiel compañero de Mithra, se elevó hasta las esferas celestes, en donde, divinizada, llegó a ser, bajo el nombre de Silvano, guardián de los rebaños.» La estela que decoraba los templos del dios militar eternizaba la memoria de esta fecundidad bienhechora. El tauroctono se mostraba allí bajo la apariencia de un joven robusto y bello, en el instante en que, los ojos al cielo, inmola la salvajez de la bestia. A la derecha y a la izquierda de la presa palpitante dos pequeñas imágenes le representaban aún llevando antorchas, signos de la luz espiritual en cuyo nombre se cumplía el sacrificio. Este perfecto símbolo instruía a los soldados en su deber y los justificaba. Era para abolir la barbarie destructora, era para permitir la obra del espíritu sabio, legislador y pacificador, que los ejércitos de Roma podían, sin crimen, atacar a las hordas y multitudes bestiales que pululaban en los países sin cultura antes de invadir un día los países que las artes fertilizan, antes de arruinar allí las fuerzas bienhechoras. Pero una vez conquistadas, sometidas, educadas esas multitudes, a su vez cultivan la tierra, edifican las ciudades en que se congregan los traficantes, los ricos, los artistas, los pensadores. Y de esas nuevas fuentes de inteligencia brota más luz para alumbrar las vías de la felicidad humana. Matar el toro era así fecundar el mundo. M. Paul Adam encontraría que en el país de las pampas, bajo el Sol de la patria argentina, casi todo el mito se ha cumplido. Se combatió la barbarie, la tiranía, la destrucción; se cultivó la tierra, Silvano protegió los ganados; se fundaron las ciudades, llenas de industriosos y de ricos. ¿Qué falta? La llegada del Arte, la victoria de la inteligencia y del espíritu. ¡Que llegue pronto! El Sol brilla. Mithra lo quiera.

Entonces no tendrán por qué desconsolarse o abatirse los talentos jóvenes como Irurtia. La ciudad será lo que debe ser en la nobleza y decoro municipales. Las ferias rurales tendrán su contrapeso en las exposiciones intelectuales.

Me despedí del autor de «Las pecadoras» deseándole vida resistente, voluntad perseverante, esperanza y valor. Tengo la conciencia de que en este «nuevo» hay un gran artesano del ideal, que es lo que todo artista plástico debe ser. Cuide la Argentina sus talentos, como hacen los prácticos yanquis. No se proteja lo mediocre importado, pudiendo tener lo sublime nacional.