Opiniones Obras Completas Vol. X
Part 7
En todo esto hay algo de consolador. Y es el hecho de que, por más que se diga, un poeta ha sido el ídolo de París en momentos en que tan solamente logran laureles y premios los automovilistas y los reyes de la bicicleta. Looping-the-loop; sí, pero también el ideal, la poesía. El clown de Banville hizo también una especie de looping-the-loop, y entonces fué cuando dió aquel salto que le hizo romper el plafón azul del cielo y desaparecer en lo infinito. Rostand, o la Felicidad... Sin embargo, he ahí que el unánime triunfo se ve turbado por agrias protestas. Ya es un crítico que, entrando en comparaciones, encuentra en cualidades diferentes al autor del _Aiglón_, inferior a Banville, a Mendés, a Ponchon. Ya es un fogoso meridional, del puro riñón del Mediodía--no hay peor cuña que la del mismo palo--, Jean Carrère, que es, con el victorioso, terrible y flagelante. Y señala esa victoria resonante como exteriorización de un mal francés que trae decadencia y mengua nacionales: el histrionismo. Diríase que ha leído a M. Groussac en ciertas páginas de antaño. «¡Ah! ¡Mirad nuestra historia desde hace un cuarto de siglo! ¡Mirad nuestra vida en estos últimos años! ¿Qué amamos? ¿Qué celebramos? ¿Qué contemplamos? El teatro, los actores, los autores dramáticos. ¿Qué acontecimientos nos conmueven en nuestra vida interior? ¡Acontecimientos de teatro! Cuando se quemó la Comedia Francesa los diarios, al unísono, hablaban de un desastre nacional; parecía que la Francia había concluído su misión. Una pobre actricilla se quemó allí: duelo universal. Se la enterró con una pompa solemne que no conocerá nunca un libertador de la patria o un descubridor de nuevas rutas. ¿Cuál ha sido el gran asunto de las polémicas en estos años recientes? ¡La querella de M. Claretie y sus cómicos! ¡Una mediocre cabotina no se puede enojar con su director sin que el ministro se mezcle y toda la prensa se revuelva! ¿Y de qué nos enorgullecemos en nuestras relaciones con el vasto mundo? De nuestras piezas dramáticas, del éxito de nuestros actores, de las _tournées triomphales_, de nuestras grandes _vedettes_. Mme. Réjane no puede volver de Inglaterra sin que se la vaya a esperar al desembarcadero, como si acabase de conquistar pueblos nuevos. Mme. Sarah Bernardt nos representa en América, y M. Coquelin es nuestro supremo intérprete con reyes y emperadores.» Y luego señala las palabras de Claretie, que hablaba de la «misión civilizadora de M. Truffier», y la locura de los diarios con cualquier acontecimiento de bambalinas. El teatro es todo, dirige todo, absorbe todo, aumenta todo, aniquila todo y nos oculta nuestra propia situación. Lo más doloroso, en efecto, es que, semejantes a los actores que se embriagan con su papel, nos embriagamos con esa gloria ficticia del teatro, y creemos en una grandeza que no es sino la ilusión de la escena. Creemos que los pueblos aclaman a Francia cuando aplauden a los actores franceses, y no suponemos todo lo que hay para nosotros de desprecio real en esa exaltación ruidosa de nuestra superioridad teatral. ¡Oh, cuánta ironía sangrienta y sarcasmo hasta hacer llorar a los que saben comprender había en la actitud de ese emperador feudal y guerrero, soñador de imperio y de expansión mundial, que recibía como representante de la Francia, a su ilustre _valet de comédie_!» Monsieur Jean Carrère, que también es poeta, exagera un poco como meridional; pero no deja de tener razón, sin que la teatralidad sea un desdoro para este país brillante y amable. Juvenal alaba ya la elocuencia de los galos, que enseñaron sus gestos y palabras a los britanos. Juana de Arco representó un papel que el buen Dios de los ejércitos escribió expresamente para ella. Y un Papa calificó al gran Emperador que fué a las Pirámides y a Santa Elena, tragediante, comediante... Rostand defiende las tablas, la teatralidad, la vida de las máscaras. No hay sino leer su discurso de entrada a la Academia. Que aproveche de su vida, bella comedia; mientras, como para todo el mundo, llega la mano invisible que baja el telón.