Opiniones Obras Completas Vol. X

Part 14

Chapter 143,241 wordsPublic domain

Y una anciana, toda trémula, no cesaba de repetir: «¡San Telmo, señor San Telmo, líbralos!» Al cabo de un largo rato vióse que de nuevo las lanchas se ponían en marcha, rumbo al acostumbrado desembarcadero. Todos nos dirigimos allá. ¿Habían quedado en el agua algunos pescadores?

¿Cuántos? ¿Qué rugido, qué clamor maternal íbamos a escuchar entre el grupo de mujeres cuando se acercasen a la playa los marineros y diesen cuenta del desastre? Se advertía que la lancha volcada venía a remolque, y que en algunas de las otras había tripulantes de ella. Por fin doblaron las embarcaciones el extremo del muelle, y entraron en la boca de la ría. Pronto estuvieron al habla, y las gentes empezaron a reconocer a los que venían. «Aquel es Pedrín.» «Aquel es Basilio.» «Aquel es Juan.» «Allá viene Anselmo.» Y venían voces de ellos: «¡No hay cuidado ninguno!» «¡Todos salvados!»

Todo fué entonces alegría. Desembarcaron mojados los náufragos. Uno de ellos venía muy enfermo, pero pronto se repuso. El «espumeiro» y la muerte quedaban vencidos. Yo creí del caso decir al buen San Telmo:

--¡San Telmo, te has portado bien!

V

Un eclipse.

Siendo España un país favorecido por los «eclipses»--desde que se pone el sol en sus dominios...--he aquí que la reciente manifestación solar ha atraído a estas tierras, por unos momentos, la atención del mundo. De todas partes llegaron los sabios que pasan su vida ocupándose en los asuntos del cielo, y todos ellos, o casi todos ellos, como los antiguos astrólogos, son viejos, lo cual parece demostrar que, cuanto más se aleja el pensamiento de la tierra, más se alarga la vida. Vino Gaussen el patriarcal, con su cara de Hugo melenudo; vino Jansen venerable, con sus ojos meditativos y profundos entre la nieve de su senectud; vino Rayet sonriente con su corona de invierno, y otros cuantos más, con los más jóvenes, con los coroneles de la artillería óptica, y con las ayudantas, la inevitable compañía femenina, las cantineras de las batallas astronómicas. Llegaron de Inglaterra, Callendar que, de panamá y traje de playa, parece que anduviese en busca de casino, cuando anda por las nubes como un poeta nefelibata o no nefelibata, y en cálculos e inventos como el de su máquina para investigar la intensidad calorífica de la corona solar; Fouler, fino y estudioso, y Rayner que compite con Cahen, que compite con Moulloy, que compite con Bonfield: entre todos brillan, a través de sus espejuelos, los ojos de sir Norman Lockyer, dulces de mirar hacia la altura. Y hay más ingleses. De Francia llegaron Deslandres, Fabry, Azambuja y el lírico Flammarion, cabelludo como un cometa, y más franceses grandes y medianos, todos llenos de ciencia. De Holanda, Ryland y Wilterdink, y más holandeses, graves y sabidores. De Austria, Boltzmann, y más austríacos; de Alemania, Olmsted, Hartmann, Dugan, y más alemanes; de Suecia, un buen grupo en que resplandece astralmente el gran Arrhenius, con Gustave Kobb; de Italia, los más notorios y más eficaces cazadores de secretos celestes, y de Estados Unidos un batallón, a cuya cabeza está el sesudo Campbell, director del californiano observatorio de Lick. La América latina estaba felizmente representada por Méjico, con un excelente cuerpo de astrónomos mejicanos, y Chile tenía a Ernest Greve, del observatorio de Santiago. Confieso que me sorprendió no encontrar un representante argentino, uno de esos bravos centinelas de la ciencia que montan guardia en Córdoba y en La Plata.

Las instalaciones fueron excelentes, y el Gobierno español y las autoridades recibieron a los enviados de las distintas naciones con cordialidad y la tradicional hidalguía. Flammarion, sobre todo, el más literato de los astrónomos, y por eso el más popular en todos los lugares adonde han llegado sus obras, es decir, en toda la tierra civilizada, fué saludado como un verdadero príncipe de la ciencia, y paseó en carruajes reales y los monarcas le agasajaron, a él y a su excelente señora, que hace a maravilla, con dignidad serena, su papel de sabia consorte. Las diversas ciudades y pueblos en donde se instalaron los campamentos astronómicos ganaron crecidamente, pues por el motivo científico, el turismo europeo invadió por esos días la Península; y, como sucede en ocasiones semejantes, todo se puso por las barbas del sol y los cuernos de la luna: hoteles, habitaciones en casas particulares, alimentación y cuanto se hubo menester. Lord inglés hubo que pagó dos mil pesetas diarias el departamento para su familia. Y era como en el cuento del rey y los huevos. «¿Son muy raros aquí los comestibles y las habitaciones? No, señor; lo que son raros son los lores y los eclipses.» Así en Burgos, en Alcalá de Chisvert, en Castellón, en Sigüenza, en Cistierna, en Almazán, en todos los puntos elegidos por los sabios para sus observaciones, el negocio fué pingüe.

En España fueron grandes el movimiento y la curiosidad. Los trenes, la víspera y la mañana del fenómeno, iban cargados de gente a los lugares estratégicos. Y había de todas clases de trenes, como de todas clases de curiosos: trenes de lujo y trenes modestos, y hasta esos que aquí llaman «botijos», en que todo el mundo se embotella por más que módico precio.

Ya sabréis, naturalmente, que el Rey Alfonso, Rey de su tiempo y de su edad, no ha querido faltar a la cita de Burgos. Allá fué, con su agilidad y bizarría de siempre, en su automóvil, y la Reina y las Infantas también fueron, desde el palacio de Miramar de San Sebastián, en donde se hallaban cumpliendo con las exigencias del veraneo. Y tras el Rey, la Reina y las Infantas, ya os imaginaréis la muchedumbre elegante que se desprendió de sus nidos de _villegiatura_ para ir a la ciudad del Cid Campeador, en el taf-taf de moda o por el ferrocarril. Burgos fué la capital del eclipse, y el Rey aprovechó su permanencia para poner la primera piedra del monumento que se levantará al Mío Cid, y para inaugurar una nueva estación ferroviaria. Asimismo visitó conventos, hizo jiras cercanas y se preparó para ir en seguida a cazar rebecos a los picos de Europa. Visitó las instalaciones astronómicas nacionales y extranjeras, departiendo, como se sabe, en lenguas diversas, gracias a su educación políglota. Adolescente que pasa a hombre, fué vivaz, móvil, fué de un lado a otro, miró todo, se informó de todo; y sabiendo que, a pesar de ser Rey, el sol no podía retardar por él la función, estuvo, como todo el mundo, a la hora señalada, en el mejor punto para contemplar la maravilla misteriosa que se mostró en el firmamento.

El eclipse pasó. Y de todas partes dicen que, cuando reapareció la luz del sol, la gente ha gritado, aplaudiendo «¡Bravo!» No lo entiendo.

Esto no es nuevo. Pedro Antonio de Alarcón, el célebre autor del _Escándalo_ y del _Diario de un testigo de la guerra de Africa_, presenció el eclipse de sol del 18 de Julio de 1860, y en las impresiones que de él escribió, dice lo siguiente: «El día estaba sereno y caluroso. El sol inundaba de luz las soledades del espacio, animando y engrandeciendo el vastísimo paisaje. Largos y monótonos zumbidos de cigarras y de otros insectos voladores poblaban el aire de un sordo y soñoliento murmullo, que convidaba a la siesta. Callaban las aves, adormecidas por el calor, y callaban también los hombres, atentos al deicidio que se preparaba en los cielos... Eran ya las dos... la hora anunciada y esperada hace tiempo por los astrónomos...

... El eclipse había principiado, pero aún no se percibía alteración ninguna en la luz del sol.

A eso de las dos y treinta empezaron a palidecer las nubes, mientras el mar se ponía cada vez más sombrío.

La luz del sol era blanca como la de la luna, y la sombra de los cuerpos intensamente negra, pero de vagos contornos.

El cielo estaba despejado; la atmósfera, diáfana. ¡El sol se hallaba en el mediodía, y, sin embargo, se aproximaba la noche! Nuestros semblantes se iban poniendo lívidos... Una claridad fúnebre, que ya no era semejante a la luna, sino a la de la luz eléctrica, alumbraba fantásticamente la ciudad y las ruinas del Anfiteatro. Las nubes tomaban un color gris, como el de la ceniza. El mar continuaba obscureciéndose... ¡En esto (todo lo que yo digo sucedió en menos de un segundo), en esto expira instantáneamente el último fulgor, cambian de aspecto todas las cosas, vense lucir las estrellas cerca del astro agonizante, levántase un espantoso viento, hace frío, corren las nubes, ennegrece el mar, camina la sombra a nuestros pies, parece ser que se desquicia el cielo, como cuando se muda una decoración en el teatro; muere el sol... y sustitúyelo un astro nunca visto, un meteoro fúnebre y grandioso; más bello que todo lo imaginado por el hombre! Un grito de terror sale de mil pechos. Las gentes sencillas que nos cercan creen indudablemente que se ha acabado el mundo. Pero al ver que el sol ha sido reemplazado por aquel fenómeno tan hermoso y sorprendente, nuevo alarde del poder y de la sabiduría del Eterno, prorrumpe en un aplauso, en un viva, en un «bravo», en una aclamación frenética y entusiasta.»

Don Pedro Antonio de Alarcón explica, pues, el motivo del aplauso; lo explica como poeta y como creyente. Yo supongo más bien semejante explosión de entusiasmo teatral una manifestación vulgar, no del pueblo, sino del público, de la concurrencia semileída, que celebra el hecho como el final de una función pirotécnica, o del ensayo de una nueva lámpara de luz eléctrica...

* * * * *

Ahora, he aquí mis impresiones personales.

... Yo estaba a la orilla del mar, en una pequeña terraza, o más bien jardinillo de la casa en que habitaba a las orillas del Cantábrico. La mañana había estado a trechos brillante, a trechos nublada. Más o menos, desde las once el sol comenzó a mostrarse con intermitencias. Había caído una cernida llovizna en las primeras horas y el aire estaba fresco. Las olas formaban gran movimiento. No había, en lo que la vista alcanzaba, ni una sola barca pescadora. Comenzaron a salir de las casas vecinas algunos curiosos. No lejos, entre cardos y hierbas, picoteaban en el suelo varias gallinas. Muy cerca de mí, unos cuantos pájaros diminutos y grises, que llaman andarines, están alertas, vivarachos, afanosos; saltan de las tapias al suelo, y hacen por la vida. Todo el mundo miraba el cielo con un vidrio ahumado. Yo hice lo que todo el mundo, y apunté hacia Helios, consagrándole un recuerdo a mi compañero Martín Gil. Y vi que ya había pasado lo que llaman el primer contacto. En la bola incandescente del sol noté la intrusión de la luna. Varias veces observé, a medida que lo negro iba aumentando sobre la superficie solar. Y el sol fué cambiando de aspecto; ya fué una bolsa de oro, ya una raja de melón, ya una hoz.

La luz se había ido poniendo rojiza, y flotaba sobre el mar y sobre la tierra como una extrañeza fantasmagórica. Y fué de pronto el eclipse total. Al crepúsculo enfermizo que iba en progresión, sucedió una noche súbita, no de completa obscuridad, sino iluminada vagamente por uno como temeroso efluvio de luz. Vi los rostros de las gentes lívidos. Las gallinas habían buscado su refugio nocturno; los vivaces «andarines» dejaron de merodear, se juntaron como para el peligro. Dejaban acercarse a las gentes sin miedo, iban de un lugar a otro indecisos, y por último se acurrucaron junto a un muro. Habían salido unas pocas barcas. La obscuridad no me dejaba percibirlas. Mas en la consternación de la Naturaleza toda, oía yo el son del mar como el comentario de un misterioso coro.

En larga banda pasó un ejército de gaviotas, quizá en busca de los nidos. Un repentino frío invadió la atmósfera. Sentí un verdadero malestar físico y una innegable inquietud moral. Mis ojos contemplaban allá arriba un astro milenario, un meteoro de funestos augurios. Yo no había visto nunca un eclipse; pero ese astro no me era desconocido: yo había, seguramente, tenido esa visión en muchos sueños; en verdad, era el mismo sol enfermo de mis pesadillas, de mis padecimientos hipnagógicos. Y pensé luego en las ancestrales angustias, en los terrores medioevales. ¿Se equivocaría la ciencia? ¿No habría gran verdad en el espanto de la humanidad antigua, que veía yo reflejado en el inmenso espanto de la Naturaleza? Sobre el fondo celeste se destacaba un sol negro. Y ese sol negro tenía un nimbo, un nimbo de luz blanca, un nimbo roto en rayos desiguales, de plata, de una plata que en momentos tuviese un tenue resplandor color de rosa. Era como una enorme hostia de sombra rodeada de una corona coruscante. Era el astro que antaño hacía temblar a los hombres, el astro de las guerras, el nuncio de las pestes, el precursor de las catástrofes.

Y no lejos del mensajero de las cosas infaustas y fatales, brilló por un momento, maravilloso, el diamante de Venus.

A un viejo criado que está cerca de mí, y que se consterna, le preguntó: «¿Qué tiene usted?» «Tengo miedo», me dice. Y esa era la palabra; había miedo sobre el agua lívida del mar; miedo sobre el monte cercano; miedo en el aire; un soplo de miedo flotaba sobre la tierra conmovida.

Hasta que volvió a salir el sol. Y cantó el gallo. Y los andarines anduvieron y piaron por el jardín. Los pescadores que volvieron manifestaron que una gran cantidad de sardina había desaparecido, como llena de súbita locura, en el momento del eclipse. Surgió como una nueva mañana, y el día de oro continuó su rumbo. La Naturaleza recobró su tranquilidad. Volvió a pasar sobre las olas la banda de gaviotas. Leí este párrafo de la «Crónica de los Reyes Católicos», de Bernáldez, en que habla «del espantoso eclipse que el sol fizo: «...El dicho año de mil e cuatrocientos y setenta y ocho, a veintinueve días del mes de julio, día de Santa Marta, a medio día, fizo el sol un eclipse, el más espantoso que nunca los que hasta allí eran nacidos vieron, que se cubrió el sol del todo e se paró negro, e parecían las estrellas en el cielo como de noche; el cual duró así cubierto gran rato, fasta que a poco a poco fué descubriendo, e fué gran temor en las gentes y fuían a las iglesias, y nunca de aquel hora tornó el sol en su color, ni el día esclareció como en los días de antes solía estar, y así se puso el sol muy caliginoso». Buen Bernáldez, que no sospechaba el _coronium_, pero que vivía en una época en que todavía se temía el poder de Aquel a quien no es hoy de buen gusto nombrar.

ÍNDICE

_Páginas_

El ejemplo de Zola 7

Gorki 23

El poeta León XIII 35

Libros viejos a orillas del Sena 47

Un cisma en Francia 55

Las tinieblas enemigas 63

Algunas notas sobre Jean Moreas 73

A propósito de Mme. de Noailles 83

Niñas-prodigios 93

Rostand, o la felicidad 107

La prensa francesa:

I. Los diarios 115

II. Las revistas 125

La evolución del rastacuerismo 133

El escultor argentino Irurtia 141

Clésinger y su obra 151

Miss Isadora Duncan 159

Rémy de Gourmont 167

Henri de Groux 175

Lo que queda de Heredia 191

Nuevos poetas de España 201

En Asturias:

I. Desilusión del milagro 211

II. A la orilla del mar 220

III. San Telmo 226

IV. San Telmo se porta bien 230

V. Un eclipse 234

* * * * *

Editorial “MUNDO LATINO”

APARTADO 502.--MADRID

Extracto del Catálogo general

_Pesetas_

OBRAS COMPLETAS

DE RICARDO DE LEÓN

(de la Real Academia Española)

Edición del Banco de España. Ocho volúmenes en 4.º, encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut Valera y retrato del autor, por Vacqué 50,00

A plazos 60,00

DE FRANCISCO VILLAESPESA

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II.--Luchas.--Confidencias. 3,00

III.--La copa del Rey de Thule.--La musa enferma. 3,00

IV.--El alto de los Bohemios.--Rapsodias. 3,00

V.--Las horas que pasan. (Veladas de amor) 3,00

VI.--Las joyas de Margarita: Breviario de amor.--La tela de Penélope.--El milagro del vaso de agua. 3,00

VII--Doña María de Padilla.--La cena de los cardenales. 3,00

VIII.--El milagro de las rosas.--Resurrección.--Amigas viejas. 3,00

IX.--Las granadas de rubíes.--Las pupilas de Almotadid.--Las garras de la pantera.--El último Abderramán. 3,00

X.--Tristitiæ rerum. 3,00

XI.--La leona de Castilla.--En el desierto. 3,00

XII.--El rey Galaor.--El triunfo del amor. 3,00

DE RUBÉN DARÍO

(Ilustraciones de Ochoa)

Tomos publicados:

I.--La caravana pasa 3,50

II.--Prosas profanas 3,50

III.--Tierras solares 3,50

IV.--Azul 3,50

V.--Parisiana 3,50

VI.--Los raros 3,50

VII--Cantos de vida y esperanza 3,50

VIII.--Letras 3,50

IX.--Canto a la Argentina 3,50

X.--Opiniones 3,50

XI.--Poema del otoño y otros poemas 3,50

Ediciones especiales de lujo.

COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES

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_J. M. Carretero._--Lo que sé por mí (dos series) 3,00

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LAS GRANDES FIGURAS DE LA GUERRA EUROPEA

Biografías de los generales: Alberto I de Bélgica.--Joffre.--Sir John French.--Lord Kitchener. Con preciosas fototipias, a 3,00

COLECCIÓN DE AUTORES EXTRANJEROS

Traducidas por _Felipe Trigo_.

_Victoriano de Saussay._--La ciencia del beso 3,50

_René Emery._--Santa María Magdalena 3,50

_Maquiavelo._--Obras festivas: La Mandrágora.--El P. Alberico.--La Celestina.--El archidiablo Belfegor 3,00

CELEBRIDADES ESPAÑOLAS Y SUD-AMERICANAS

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COLECCION SELECTA

_Tomás de Quincey._--Los últimos días de Kant 1,00

_Kalidasa._--El reconocimiento de Sakuntala 1,00

_Rousseau._--Discurso sobre las artes y las ciencias 1,00

-- Origen de la desigualdad entre los hombres 1,00

_Luciano de Samosata._--La diosa de Siria 1,00

_L. Sterne._--Viaje sentimental de un inglés a Francia 1,00

_F. Alvarado._--El filósofo rancio. (Cartas) 1,50

EL AÑO ARTÍSTICO

El año artístico 1915 6,00

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El año artístico 1916 (con 250 grabados) 10,00

» » » » » tela 12,00

El año artístico 1917 (con 250 grabados) 11,50

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OBRAS VARIAS

_Stendhal._--Del amor 6,00

_E. M. Segovia_ (Oficial del Banco de España).--Los documentos de crédito 5,00

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_Rivero._--Legislación de clases pasivas. Volumen de 500 páginas, encuadernado en tela 10,00

_R. Yesares._--Ayuda memoria del mecánico electricista. Un volumen, encuadernado en tela 1,50