Opiniones Obras Completas Vol. X
Part 13
--«Un pedazo de la túnica inconsútil...» no logro verla en el relicario; «de su sepulcro», tampoco; «de los pañales en que estuvo envuelto en el pesebre», tampoco, «del pan de la última cena», esto sí. Me hace pensar en los panes encontrados en las ruinas de Pompeya. Y después me entra un pueril deseo... Si pudiera probarse esa supernatural pasta, en la cual, antes que por las palabras de la consagración, estuvo la carne simbólica de la divinidad, simbólica y efectiva para el creyente... ¡Y si probando esos relieves del ágape de los 13 no conseguiría uno la visión de lo inmortal, la potencia de lo infinito, los dones que traen las lenguas de fuego del Santo Espíritu...!
Mas el monago no da paz a la palabra:--«He aquí uno de los treinta dineros porque Jesucristo, nuestro bien, fué vendido por Judas.»--¿En dónde está? «Dentro de esa caja.»--Lo creo.--¡Judas, desastrado Judas, precioso chivo emisario del cristiano triunfo, pobre cabeza de turco de la Redención! El libro de Petruccelli della Gatina es un curioso libro... Mas, sobre todo, hay que meditar, ¡oh creyentes mis hermanos!, en que Judas cumplió las disposiciones del Padre; y en que sin la obra inconsciente suya _no se hubieran cumplido las profecías_.
En cuanto a este dinero, uno de los treinta famosos, creo que debería sacarse de aquí, de esta quieta y venerable catedral ovetense, y llevarse a París, a ser guardado en la caja de Rosthschild, o a otra parte cualquiera del mundo, a la casa de otro congénere, donde pudiera devengar los racionales intereses.
Ocultos también están los que canta la boca del eclesiástico gnomo «preciosos cabellos y vestidura de la Santísima Virgen; lienzos humedecidos con la leche de la misma Madre de Dios.» Aquí mi duda no fué sino teológica. Pregunta: ¿Fué por disposición divina llevada a la inmortalidad de los cielos María con todo lo que constituyó su cuerpo mortal sobre la tierra? ¿El día de la Ascensión, no subió la Virgen, completa e intacta, al empíreo? Si esto es de fe, no corto sacrilegio están cometiendo los canónigos que conservan y se glorian de poseer algo de la figura corporal de María, madre de Jesucristo, en San Salvador de Oviedo. Yo opino que habría que sacar a la luz esos cabellos. Y si son, en efecto, ya veríais, como en el poema de Hugo los de Cristo en la mano del sayón, tornarse éstos hebras de luz sobrenatural; notar los sabios una descomposición en la máquina del día, y la humanidad sentir entrársele por los ojos una miel de aurora que haría desleírse las almas en un deseo de amor universal y de fe profunda.
Después, aquí están un lignum-crucis, que no me interesa tanto después del buen trozo, que parece petrificado, del tesoro de Notre-Dame; un pedazo del pez asado y del panal de miel que Jesús comió con los apóstoles después de la Resurrección--cosas que no me mostraron--; tierra sobre que puso los pies Jesucristo cuando subió a los cielos, y tierra del sepulcro de Lázaro; algo de la piedra que cerró el sepulcro del Señor, y del ramo de oliva que llevó en sus manos cuando la entrada en Jerusalem. Nada de esto veo con mis ojos carnales. Me presentan una redoma «con sangre derramada por el costado de una imagen que los cristianos habían hecho a semejanza de Jesucristo, a la cual los judíos, obstinados por su antigua incredulidad, fijaron por señal o blanco, y con una lanza hirieron el costado derecho, del cual salió sangre y agua.» No veo nada, absolutamente nada, en la opaca redoma. Pero _credo_.
* * * * *
Mas he aquí que vienen en seguida, chillados por el monaguillo: algo de la frente y cabellos de San Juan Bautista; un hueso del mismo San Juan Bautista: reliquias de los doce apóstoles ¡y de los profetas!; la suela de la sandalia del pie derecho del apóstol San Pedro, que me parece de un cuero demasiado fresco, como diría Mark Twain; un buen pedazo del pellejo de San Bartolomé, que se asemeja a viejo pellejo de cerdo; la cartera, ¡sí, la cartera! de San Andrés, semejante a esas bolsas en que los gauchos guardan el tabaco; cabellos, ¡oh, profanación!, con que la Magdalena enjugó los pies de Jesús, y huesos y reliquias de todos los que vais a oir: San Juan, San Esteban, San Lorenzo, San Vicente, Santos Cosme, Damián, Esteban papa, Cipriano, Facundo, Primitivo, Justo, Pastor, Fructuoso, Emeterio, Celedonio, Adriano, Mamés, Verísimo, Máximo, Vedulo, Pantaleón, Cucufate, Sulpicio, Eugenio, Eulogio, Víctor, Sergio, Bachio, Juliano, Félix, Pedro el Exorcista, Eugenio, otro Félix, Fausto, Colegio, Esportalio, Hieremías, Martino, obispo Cristóbal, Grato Luciano, Tirso, Librada, Ana, Natalia, Agueda, Justa, Rufina, Servanda, Germana, Beatriz, Petronila, Eulalia de Barcelona, Emilia, Pomposa y una navaja de la rueca con que fué martirizada Santa Catalina.
¡Ah, no!
Y El Angelón y su compañero siguen rezando.
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Y luego me muestran «una parte de la vara con que Moisés dividió las aguas del mar Rojo, ¡y veo un fragmento de palito como un lápiz, yo, que soñaba con tal luminoso garrote que al agitarse en el aire pondría espanto en el tropel de los truenos y en la madriguera de los rayos!
Y después se me muestra «una cruz de oro purísimo, labrada por mano de los ángeles», y que clama ser labor de plateros bizantinos; y se me dice que existen aquí mismo: una piedra del monte Sinaí, sobre la cual ayunó Moisés; maná que llovió Dios a los israelitas en el desierto; ¡el manto del profeta Elías!; huesos de los tres niños del horno de Babilonia, Ananías, Azarías y Misael; una de las «hidras» en que Cristo convirtió el agua en vino; los cuerpos de los mártires Eulogio y Lucrecia; el de Santa Eulalia de Mérida, el de San Vicente Abad, y los de San Julián y de San Serrano, y la espaldilla de San Pedro Regalado y otros huesos más...
¡Ah, no! ¡Ah, no! Sospecho que el angelito, El Angelón y su colega me están jugando una mala pasada... Guardo, orantes y piadosos barnums, mis cristales de poesía y mi fe para mejor ocasión.
Tomad dos pesetas... ¡Creo en Dios! Creo en Dios... Pero, ¡idos al diablo!
II
A la orilla del mar.
Me he venido a un rincón asturiano, pequeño, solitario, sin más casino que ásperas rocas, ni más automóviles que los cangrejos--ante el caprichoso Cantábrico.
Está el pueblo de San Esteban de Pravia a un paso de Oviedo, junto a la desembocadura del Nalón. La ría semeja más bien un lago. En frente se divisa un viejo castillo en ruinas que da nombre a un cercano caserío; y más allá del lado del mar, está la población de Arenas. Más allá no debía decir, sino más acá, puesto que escribo en ella, en una casita nueva y fresca, que tiene un mirador frente a las olas. San Esteban está al pie de una pequeña altura; hay pocos habitantes, una fábrica de conservas marinas y un restaurant que se ve bullicioso y se siente sonoro los domingos. La Arena es lugar de pescadores, y por el lado de la costa tiene una que otra casita pintoresca que alquilan las pocas familias que vienen durante el verano.
Desde la que yo ocupo veo, en frente, el muelle en construcción que avanza en el mar, las colinas cultivadas, a un lado y a otro, la costa abrupta que termina su diseminación de rocas obscuras.
Las mañanas doradas de sol, o empañadas de bruma, son tranquilas y serenas. Por la calle no pasa más que una que otra vendedora de pescado, y, una vez por semana, el hortelano, que viene con su asnillo cargado de frutas y verduras. Ayer oí una inusitada algazara, y un son de panderetas. Me asomé a la ventana y me encontré con un oso, que la no muy bien aprendida danza ensayaba en dos pies. Dos cobrizos gitanos cantaban su melopea, un mono saltarín volteaba al extremo de una cuerda y unos cuantos muchachos admiraban el espectáculo.
Por la tarde salen, con el sol aún picante, las lanchas de los pescadores. Las filas de remos brillan a la luz áurea, y las embarcaciones del trabajo rudo y arduo toman el aspecto de galeras antiguas en desfile. Allá lejos se van, a buscar el bonito o atún, y la suella, la rebosilla y la sardina. Cuando se enciende el poniente es el retorno, a la vela. La mar brava, o el agitado nordeste, impiden a veces la pesca. Y la mala faena se ve en los rostros de los pescadores, cuando se acercan a la costa, en donde hay redes tendidas y mujeres que aguardan.
Viven estos excelentes hombres en pobres habitaciones. Tienen algunos un huertecito que aprovechan para sembrar maíz, patatas y coles. Esto no les deja morir cuando falta el producto del trabajo. Tienen una iglesia chica y triste, en donde los más devotos forasteros retroceden ante el formidable ejército de pulgas, que sin duda el rey de las moscas, o sea Satán mismo, mantiene allí para perjuicio de los católicos veraneantes. Se divierten cada ocho días los buenos pescadores jugando a los bolos y emborrachándose convivialmente con vino de dos «perrones» botella. Sabréis que dos perrones son veinte céntimos de peseta.
* * * * *
El carácter de estas gentes curtidas por vientos y mares es pacífico y amable. Jamás he visto ni oído escándalos o riñas. Además, son generosos y altruístas. Unos a otros se ayudan y confortan. Cuando uno está en días de enfermedad o de escasez, los que pueden le prestan el apoyo que les es posible. Hablan su jerga asturiana casi siempre en voz alta, y esto se explica por la cotidiana labor que tienen sobre el mar, en donde están hechos a dominar el fragor de las aguas y el ruido de las rachas.
Estos mares son duros. El Cantábrico tiene celebridad terrible. Y aun en esta parte que ahora me parece tan poco hostil, pasan, en ciertas épocas, dramas tremendos. «Por allí--me dice un pescador, señalándome el extremo del rompeolas--, por allí murieron el invierno pasado catorce hombres. No se pudo salvar ni uno solo.» Estas aguas cambian de humor con rarísima rapidez; tan pronto hay calma azul, tan pronto carnerea la espuma. Recuerdo ya viejos versos:
Claudicante, viejo, solo. Viene del Polo el Invierno. Eolo sopla en su cuerno Saludando al rey del Polo. Al son del cuerno de Eolo Lanza el gran mar su clamor. Sobre el oceánico hervor Da el tritón su canto extraño, Y con su crespo rebaño Pasa el terrible pastor...
Como todas las gentes de mar, como las de Normandía, como las de Bretaña, éstas tienen sus devociones religiosas, su patrón celeste, su representante y delegado delante del Eterno Padre, Comodoro de los huracanes y Soberano Almirante de los ciclones de la muerte. Aquí es el bueno y tradicional San Telmo el que enciende sus iluminaciones en los árboles de los barcos en noches de tempestad, y aquí, en la procesión anual, va vestido de marinero, con la mano en el timón, entre los cantos y músicas, sobre la ría en calma. Esta fiesta, según se me informa, se verificará pronto, y ya tendré entonces ocasión para describírosla.
No han progresado mucho que digamos estos lugares desde el año de 1794, en que se publicaron las _Memorias históricas del principado de Asturias y obispado de Oviedo_, por el Dr. D. Carlos González de Posada, canónigo de Tarragona; libro editado en esa ciudad por el impresor Pedro Cavals. Allí, en unas cuantas notas geográficas, se dice de La Arena: «Puerto de mar a la boca del río Nalón, dos leguas y media distante de Avilés, y de corta población.» Y de San Esteban: «Puerto de 50 vecinos en la misma boca del Nalón y frente a La Arena, sin más distancia que el río en medio; pueden fondear en él fragatas de 30 cañones; en sus inmediaciones se ha fabricado un dique o ribera, donde se depositan las maderas que bajan para la real armada por el río desde los montes del Tineo, Cangas, Salas, Miranda, Quirós, Lena, Aller, Langreo y otras partes. Estos dos puertos son del concejo de Pravia, cuya capital es la villa del mismo nombre, corte otro tiempo de algunos reyes de Asturias, etc.»
Esta quietud, esta pasividad, este tranquilo reposo en la naturaleza, ha de cambiar con las invasiones de vida moderna que están transformando a España. A un paso está Gijón, que es hoy uno de los emporios comerciales y manufactureros de la península, ciudad «europea» actualmente y cuya riqueza progresiva asombra. De ahí vendrá el soplo, el impulso, que ha de cambiar todo esto. Y perderá La Arena su poesía, ¡hélas!, y ya habrá aquí veraneantes que pasearán sus modas, y correrán por la playa otros automóviles que los cangrejos, y habrá casino con sus correspondientes _petits-chevaux_, y los que como yo buscan la actual paz y sosiego que dan estas cosas primitivas, se irán con la música y los sueños a otra parte. Aunque pronto no habrá rincón del mundo en donde refugiarse. La unificación del planeta será absoluta. Los manes de Ruskin y compañeros mártires se estremecerán en la eternidad, y sobre el globo uniforme prodigará sus bostezos la humanidad uniformada.
Hay en la playa unas ocho o diez casetas de baño. La clientela no es numerosa, mas se aumenta el día festivo y el domingo con los visitantes que llegan de Oviedo. Las casetas son arrastradas por bueyes; y se ve pintoresco el buen animal del campo cuando camina llevando su edificio minúsculo hacia las olas.
A Hugo le daba horror, y lo dijo en versos poco graves, el imaginarse a Venus con pantalones. El Maestro habría experimentado algo más tremendo al contemplar la figura de algunas bañistas en estas castas costas. He advertido que no solamente la robusta y venerable matrona, sino la guapa y gallarda señorita, se enfundan en unos camisones prosaicos que las envuelven desde el cuello a los pies. Al verlas, ciertamente, el tritón más salaz _recule épouvanté_. Mas no percatan las pudorosas damas que las tales túnicas resguardadoras de misterios, una vez que se mojan, se pegan al cuerpo como los paños de los escultores a las estatuas de barro en los talleres, y que la indiscreción de la tela es entonces de una realidad irónica y flagrante.
He notado que las puestas de sol no son aquí, al menos por estos días, prestigiosas, ricas de colores y fuegos. Pocas veces he visto libre de nieblas la raya de lápiz horizontal. El sol, al irse, no se muestra sino a través de opacidades que apenas se tiñen de una difusa claridad de viejos oros. Tan solamente una vez formaron las nubes del fondo una como cordillera de montañas obscuras, cuyos filetes bruñía de un fuego vivo y rojo al poniente en fusión. Mas el astro no se veía. Fué más tarde cuando, de repente, en medio de la cordillera negra, se abrió una tronera de metal incandescente, a través de la cual pasó un chorro solar. Duró esto unos instantes. Luego el disco vívido se fué opacando y se tornó color de sangre, cubierto de nuevo por los nubarrones amontonados. La cordillera se deshizo. Se fué como derrumbando blandamente aquella aglomeración de masas enormes y obscuras. El mar, que fué primero gris, luego plateado, luego violeta, luego verdoso, luego gris otra vez, se azuló profunda y nocturnamente en el último momento crepuscular. Grupos de gaviotas iban de un punto a otro de las aguas, que hacían su ruido de cascadas agitando sus sempiternos algodones sonantes, sus madejas de encajes sedosos; y coincidió la llegada de una vela latina, de una rezagada barca pescadora, con la aparición, siempre enigmáticamente luminosa, del milagro de las estrellas.
III
San Telmo.
Ha pasado la fiesta de los marineros pescadores. El patrón ya sabéis que es San Telmo, el de los fuegos. Si la religiosidad ha mermado entre estas buenas gentes, la superstición queda. En Dios se puede tener poca fe; pero lo que es en San Telmo... Desde por la mañana, temprano, sonaron los petardos y cohetes y se oyeron músicas por las calles del pueblecito de La Arena. San Esteban también estaba en movimiento. Ambos vecindarios se unieron para la fiesta. En la iglesia de La Arena hubo misa con sermón. La gente endomingada tuvo fervor. Estalló la gaita en una intempestiva Marcha Real cuando el sacerdote alzó.
Yo partí a San Esteban, al restaurant El Brillante, que es de D. Edmundo Díaz, un «cher confrère», pues es director de una revista y escritor ameno. Allí almorcé en una terraza con vista a la ría, por donde debía pasar la procesión. Y vi muy hermosas mozas, muy elegantes señoritas que llegaron de Oviedo. Hasta hubo por allí un automóvil y uno que otro kodak en finas manos.
La procesión fué después del almuerzo. Desde donde yo estaba pude dominar todo el espectáculo. El panorama era delicioso, al amor de una fresca temperatura. Era una decoración de nacimiento; en frente de mí, casitas blancas con techos rojos; allá, en la otra banda, casitas de «preseppio», y la colina pintoresca y cultivada en el fondo, al lado del Castillo y de La Arena. En La Arena divisaba ir y venir de gentes, mover de barcas, humo de cohetes. Y a este lado la población risueña, el «Brillante» en fiesta. El agua del Nalón, que corre al mar, azulada, argentada. El cielo de cobalto, rejado de vellones, manchado de pincelazos de nieve. No lejos del lugar en donde escribía mis apuntaciones, está la casa del profesor Altamira, del hombre grave y estudioso que sabe tantas cosas. Es un «cottage» rojo, con barandas blancas, con un jardincillo en que hay verdores apacibles, flores e higueras.
Suenan a lo lejos tres bombas. Va a comenzar la procesión. El cielo se ha azulado aún más, como un cielo napolitano; y el agua está como el cielo, y es como un milagro azul que todo lo envolviera. «Je suis hanté: Azur! azur! azur!...» Veo venir algo que suscita en mi mente reminiscencias de Venecia, de una Venecia antigua y legendaria. Hasta el acento con que hablan los marineros que pasan bajo el balcón a que me asomo me parece veneciano. Y la ría, que es un lago suizo a veces, se me antoja ahora una especie de Canalazzo. Se acerca más y más la procesión en barcas. Entre las pequeñas de los pescadores viene, como un Bucentauro, gallardamente, el vaporcito en que está el santo. Y en el vapor del santo, y en otros que atrás vienen, y en las barcas de los pescadores, y en otras llenas de vecinos y curiosos forasteros, todo es una fiesta de banderas y banderolas, amarillo y rojo. ¡España! ¡España! ¡España!
Y ya no, no es una fiesta veneciana la que presencio, no es el triunfo marino del Bucentauro; es una fiesta española y asturiana. Son los buenos pescadores de un rincón del Cantábrico, que celebran el día de su patrón celeste, San Telmo. La impresión no es de soberbia, ni de función imponente por sus lujos y pompas. No caen de las lanchas, como de las góndolas señoriales, paños de seda flecados y bordados de oro. La obsesión del cielo azul, agua azul, banderas y sombrillas sobre el cristal especular.
Aquí, a mi lado, charlan las damas, con ese son dulce de la provincia, de que ha hablado el perspícuo Azorín. Y hay son de músicas sobre las aguas de la ría. Las pesadas dragas, a un lado, descansan, pues es el día de gozo ritual para estos pueblos de pescadores y labradores. En la procesión viene adelante un barco negro, florecido y risueño de banderas; y trae el estandarte, un gonfalón rojo y oro. Y en la embarcación en que pasa el santo, van vecinos notables, autoridades, curas con sus roquetes y sus sobrepellices. Y veo luego la muchedumbre que acompaña, y una bandera roja, y una cruz de plata. Y hay por todas partes alegría, la alegría de un día de regatas.
¡Buen San Telmo, que sabes de los furores del mar, de las terribles rabias oceánicas, de galernas y aquilones, sé amigable y cordial con tus gentes de La Arena y San Esteban que, curtidos de sol y vientos ásperos, van a exponer la vida todos los días en la pesca de la sardina, del calamar, del atún! Aleja las malas artes de los «espumeiros», y a la racha de mala intención apártala de la vela que empuja la barca en que va el trabajador de las olas. ¡Sé propicio, buen San Telmo de los fuegos eléctricos, a estos pobres hombres! Tienen madres vestidas de negras telas viejas, esposas flacas, hijos anémicos. Dales buen tiempo, mucha pesca, y así saborearán la borona del terruño, se alimentarán mejor, beberán más sanamente. ¡Pórtate bien, San Telmo, porque viene por ahí un diablo rojo que anda conquistando a los pobres del mundo, negando dioses y descabezando santos!
IV
San Telmo se porta bien.
... Estaba yo ayer departiendo con Evaristo, mi barquero. El cual es un marinero rubio, seco, de ojos chispeantes. Tiene sus lecturas, y se las da de «espíritu fuerte» entre sus compañeros. No obstante, me dijo en medio de la conversación:
--Yo creo haber visto al diablo, señor.
--¿Cómo, Evaristo?
Y me contó una su nocturna aventura, complicada con un caso telepático que complacería al duque de Argyll.
--Melo de la Morena--me dijo--era un pescador como yo. Nos conocíamos desde muchachos y fuimos muchas veces juntos a la faena de la sardina.
Una noche--de esto hace poco tiempo--volvía yo por la ría, del lado en que se pescan los salmones, más allá del puente de Muros... Era como la media noche, y había obscuridad grande. Cuando al acercarme en la lancha un tanto hacia la ribera, oigo:--«¡Evaristo! ¡Evaristooo!--Y la voz era tan espantosa y desusada, que se me erizaron los cabellos. No obstante, como yo venía acompañado de mi viejo padre, reconocimos juntos la voz de Melo de la Morena.--Es Melo de la Morena, dije yo.--Es la voz de Melo de la Morena, afirmó mi padre--. Pero, ¿qué andará haciendo a estas horas por aquí? ¿Y por qué su voz nos da miedo? Los gritos seguían pavorosos. Yo no creo en esas cosas, señor. Yo he leído que todo eso es superstición. Pero, de acuerdo con mi padre, nos alejamos ligeros del lugar, y de unos cuantos golpes de remo llegamos pronto a la casa. Por la mañana vi a Melo de la Morena:--Melo, ¿qué andabas haciendo anoche tan lejos, por el puente de Muros, como a las doce?--Yo estaba en mi cama, dijo Melo.--Pues mi padre y yo hemos oído tu voz que nos llamaba--. Yo me acosté muy temprano, repuso Melo--. Y lo terrible del caso es, señor, que un mes después Melo de la Morena, que fué a la sardina, se ahogó, y a mí me tocó sacar el cadáver del agua.
--A todo esto, Evaristo--le dije--, no ha aparecido el diablo.
--Es verdad--contestó--. Eso fué otra noche. Y digo sería el «diaño»; aunque no sé francamente si sería él... Usted verá. Y me narró sus aventuras de otra noche. Volvía a su casa, ya tarde, y cerca de las ruinas del Castillo de San Martín oyó que su padre le llamaba desde una barca para que le llevase a su casa. Acercóse, y vió una figura blanca, de pie.--Vamos, padre; dijo Evaristo.--Ya voy--respondió la figura blanca--. Pero no se movía. Y Evaristo se cansó de llamar, y la figura seguía diciendo «ya voy». Hasta que Evaristo vió que aquello era cosa diabólica y se acercó más y descargó un remazo sobre la figura. La cual se deshizo como un humo.
--Evaristo--le dije--, indudablemente era el «diaño».
En esto estábamos cuando vimos pasar una mujer llorando, que corría hacia la costa. Y un hombre que llegó después, nos gritó:
--Una lancha se ha volcado, y traía trece hombres. Allá por la punta del muelle.
Fuimos a ver lo que pasaba.
El mar no estaba tan revuelto, mas soplaba un fuerte viento nordeste que había causado el desastre. A la vista de los que estábamos, en la costa, una barca de las que tornaban de la pesca se encontraba volcada. Se notaba el movimiento de los salvadores en las otras barcas. ¿Cuántos pobres pescadores se ahogarían? Yo oí cerca de mí gritos y sollozos. Viejas desoladas se llevaban las manos a la cabeza, tendían los brazos hacia las grandes olas. Mujeres más jóvenes, seguramente esposas, lloraban también. Lloraban niños; todo el mundo lloraba. Y la concurrencia de vecinos aumentó. Se rezaba. Se escuchaban lamentaciones: «¡Pobreciños!, pobreciños!» Una mujer andrajosa, alta, aullaba como una Hécuba. «Aquélla--me dijeron--tiene un hijo en la pesca; aquella otra tiene dos hijos; aquella otra su marido y un hijo.» Así era la desolación. Jamás mis nervios han estado más vibrantes, ni mi corazón más apretado. En mí se refleja todo ajeno dolor; y aquella escena era para conmover a un hombre de bronce.