Opiniones Obras Completas Vol. X

Part 12

Chapter 12939 wordsPublic domain

Le temple est en ruine au haut du promontoire...

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Mais l’Homme, indifferent au rêve des aieux Ecoute sans frémir, du fond des nuits sereines, La Mer qui se lamente en pleurant les Sirènes.

Todo el vasto espectáculo humano, la leyenda y la historia, supo concretarlo en magníficas cristalizaciones que siempre causarán admiración a los comprendedores de la virtud artística. Como Hugo, en su cíclico poema, abarca todas las épocas del mundo: los mitos, los héroes, los dioses, la vida y el ensueño. En Grecia y Sicilia, he ahí primero la gran figura de Herakles, ya vencedor del león de Nemea, o cerca del lago de Estinfalia, «todo sangriento, sonreir al gran cielo azul». He ahí a Neso, cuyo sueño turba «el caliente olor de las yeguas de Epiro»; la centauresa que de noche tiembla «à l’appel lontain des ètalons»; la admirable metopa partenoniana de los centauros y lapitas; la fuga de centauros que sienten la muerte cerca, «et flairent dans la nuit une odeur de lion.» O bien Afrodita surge de la sangre de Urano; y Jasón y Medea aparecen como en un cuadro de Gustave Moreau, en el soneto dedicado a ese pintor. En el «Termodonte» véis pasar a los potros blancos, rojos de la sangre de las Vírgenes. En «Artemis», la diosa se presenta como llena de un primitivo y olímpico sadismo, y luego pasará, cazadora, saltando entre sus molosos; y la flauta pánica resonará en una ninfea. Pan surge, «el Caprípede, divino cazador de ninfas desnudas». Su risa asusta a las ninfas en el baño. He ahí un vaso cincelado, en cuyos flancos han de encontrar más tarde nuevas visiones poetas como Regnier y Samain. He ahí, como en la estatua de Clésinger, el león que «en rugissant d’amour mord les fleurs de son frein». Baco, conquistador, triunfa a las orillas del Ganges. Las mujeres de Biblos celebran los funerales de Adonis; Circe siente los perros sagrados que la siguen aullando. En un soneto dialogado, la «Sphinx», muestra Heredia lo que habría podido hacer si hubiera escrito tragedias. En otro, «Marsyas», hace recordar el Marsyas de mármol del Louvre.

Un amor especial tiene para Pegaso, ya «alargue sobre la mar su grande sombra azul», ya, montado por Perseo, cuando «bat le ciel ebloui de ses ailes de flamme», o cuando sus alas «aux amants enlacés font un tiède berceau».

En los epigramas y bucólicas es un admirable evocador de la vida antigua. Cabreros, pastores, términos; inscripciones votivas; clamores de orgullo, libaciones funerarias, naves que parten; esclavos, sembradores, viejos chivos propiciatorios; niños muertos en flor; un corredor como el que en el Luxemburgo tiene fijado su ímpetu de bronce; un cochero como los que cantan las odas pindáricas; Pegaso de nuevo; o bien estas palabras que hoy son para dichas por sus propios labios fríos:

Aux yeux se sont fermés à la lumière heureuse, Et maintenant habite, hélas! A pour jamais, L’inexorable Erebe et la Nuit Ténébreuse.

En «Roma y los bárbaros» saludaréis el bajel de Virgilio. Conoceréis al discreto Galo, y reencontraréis la flauta griega en labios de un pastor. El poeta se dirige a Sextius, y hace constar que la vida es breve, como cantó el otro, y que «no hay primavera en el país frío de las sombras». He ahí luego cuadros, viñetas, medallas de la vida romana. He ahí una sonrisa latina, o la soberbia figura de Aníbal, y en los versos a un triunfador, una frase que se diría dicha a sí propia por el artífice:

Grave-les dans la frise et dans les bas-relief Profondement, de peur que l’avenir te frustre...

Aparece Cleopatra, en una tarde, «semejante a un gran pájaro de oro que espía a lo lejos su presa.» Luego el Imperator sangriento; y el célebre soneto en que Antonio ve en los ojos puntuados de oro de Cleopatra:

Toute une mer immense ou fuyaient des galères.

Y el «pequeño museo» se engrandece; a los sonetos epigráficos suceden la Edad Media y el Renacimiento. Y Heredia siempre está en su terreno de labrador de mármoles, de marfiles y de oros. Y es el vidriero que decora las catedrales con asuntos de primitivo; y renueva a Benvenuto. En «l’Estoc» hace recordar el soneto que sobre César Borgia escribió Verlaine, y en otra medalla, dejaría complacidos los gustos del marqués de Bradomín.

Pasan los recuerdos de dos poetas de su linaje, Petrarca y Ronsard; y es un lujo de orfebrería, luego, y de esmaltes que contribuyen a la gloria fraternal de Claudis Popelin.

En los conquistadores, puede decirse que se recrea en la gloria del Antepasado, el fundador de Cartagena de Indias, D. Pedro de Heredia, por el cual sus últimos descendientes pueden timbrar su escudo con «une Ville d’argent qu’ombrage un palmier d’or.» En el Oriente y los Trópicos, se precisa la influencia de Leconte, y, claro que la de Hugo. Es allí donde, de paso, en un terceto, hay una reminiscencia del origen cubano del poeta.

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Fuera de su «pequeño museo», quedan de Heredia una traducción de Bernal Díaz del Castillo, un «Romancero», inferior a lo que en este sentido se encuentra en la «Leyenda de los Siglos», y «Les Conquérants de l’Or», fragmento épico que poca cosa puede agregar a su gloria.

Vivirán, pues, las medallas, los bajos relieves, las estatuetas, los templetes, las logias que construyó con amor y pasión de artista. Y vivirán, sobre todo, porque puso en ellos su vida y su alma, su constante esfuerzo y su adoración a la Belleza pura.

Por otra parte, él no quiso nunca regenerar la sociedad ni cambiar el mundo. No se dedicó a la pistonuda carrera de apóstol. Era un cuerdo.