Opiniones Obras Completas Vol. X

Part 11

Chapter 112,706 wordsPublic domain

En cuanto al orgullo del artista, es enorme, ciertamente, aumentado por los injustos triunfos de la mediocridad y por el inconcebible rebajamiento del gusto general en nuestra época, tan llena de indiferencia por las altas cosas mentales. El sustenta su categoría, abomina a los predicadores de la igualdad, cara a los pequeños, y mira sus semejantes tan solamente en otros tiempos pasados. Eso no se lo perdonan los acomodaticios fabricantes y los que aceptan la imposición de la chatura común. El no figura en la cáfila de pagadores de biografías y autorretratos de tal diario de mostrador y pulpería; él no se echa por la calle del medio a hacer retratos mundanos; dice, donde quiera que le pongan atención, lo mal que piensa de los Carolus Durán y otros del Instituto; ríe con risa maligna; tiene la ocurrencia corrosiva, la broma ácida; agregad a esto el no ser propiamente un Adonis, antes bien un «tipo» singular, el soñar continuamente, el fracasar en cuanta tentativa de mejorar de fortuna ha hecho, y el monologar a veces por la calle... decidme si no es muy explicable que buenos burgueses florentinos y mal intencionados compatriotas, de consuno, le hayan hecho ir a parar al manicomio... De donde, felizmente, logró escaparse, y en donde encontró tema para otro de sus poemas pictóricos extraordinarios... El también, como el Gibelino, a quien admira y ha interpretado, puede decir que vuelve del infierno.

Es de todas maneras una existencia trágica la suya, y su obra es como su existencia. El conflicto estalla por la hostilidad del medio y su ninguna voluntad de adaptación. Es un desarraigado de un lejano siglo, un extranjero en la humanidad que presencia la lucha rusojaponesa... Un día he visto en su taller algunos de los «retratos» que ha hecho: Dante, Wagner, Luis II de Baviera, León Bloy, Baudelaire, entendidos a su modo extraño, misterioso... Un libro había por allí: las _Fleurs du mal_... ¡Eso ha sacado de las malas compañías! Y si al primer llegado se le preguntase qué piensa de la carrera fatigosa y de la vida de de Groux, de seguro que os saldría con el eterno recurso de la bohemia. De Groux, sin embargo, es cabalmente algo muy distinto del tipo tradicional del bohemio. Desde luego, y a pesar de su faz a veces rubicunda y sus frecuentaciones del café, es sobrio. Es casado, tiene familia. Es triste y serio, como no toque en la conversación un asunto que haga estallar su bilis en carcajadas hirientes. Como todo hombre de su intelecto, tiene una leyenda, que se yuxtapone a la realidad de su trabajado pasar. Ha sufrido días muy duros, temporadas harto amargas, que su ex amigo Bloy ha dejado ver de manera bien transparente en su _Mendiant ingrant_ y en su reciente _Mon Journal_. Ha intentado cien veces el seguir un trabajo ordenado que le diese la realización de tanto cuadro en proyecto como tiene ideado; mas hay algo, sin duda alguna, algo que le acosa y le hace siempre desmayar en medio de la tarea: es un perseguido de la miseria. No le han faltado mecenas temporarios, cuyos apoyos no le han servido sino para reposar un tanto en su carrera de fatigas y penurias. El primero fué el rey Leopoldo, su compatriota; el último fué, según él mismo me lo contara hace como un año, la princesa de Wolkenstein-Trotzburg, esposa del embajador austriaco en París, dama que se distingue por su entusiasmo por Wagner y que ha sabido apreciar el mérito de de Groux.

En cuanto a los vendedores de cuadros y dueños de salas de exposición han sido para el asendereado artista, según su impresión y experiencia, feroces. Los usos y gestos de ese temible grupo han sido denunciados más de una vez por escritores valientes, desgraciadamente no en la prensa diaria, que por más de una razón no aceptaría tales claridades, sino en revistas de circulación reducida. Allí han hablado los Mauclair y los Peladan. Allí se han expuesto las criminales maniobras de los lanzadores de renombre en provecho propio; de los que preparan sus stocks de telas para pregonar el mérito de tal o cual impresionista vivo o muerto; de los mantenedores de la crítica simoníaca; de los explotadores del talento; de los martirizadores del desconocido genial; de los usureros de la fama y asesinos de la necesidad.

Se han expresado sus intrigas y sus añagazas, y cómo desuellan a los pobres artistas que llegan a sus puestos, y cómo se hacen pagar enormemente el derecho de una exposición, y cómo ellos, a su vez, lanzan, es la palabra, y ponen de actualidad tal talento averiado, tal _amateur_ con fortuna o tal olvidada mediocridad, a la que se hace el _boniment_ para engañar a las gentes.

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Si los turiferarios de la falsa gloria le han evitado, de Groux ha tenido en cambio la aprobación de ciertos excelentes. Remy de Gourmont, Heredia, han sido sus amigos; Mirbeau, Verhaeren, Camile Lemonnier, Eockoud, Fontainas y el tremendo Bloy, han escrito sobre él páginas brillantes de entusiasmo. El último, en su apocalíptica fuga, ha clamoreado la grandeza del genio de de Groux a los cuatro puntos cardinales. De pocos pintores de estos tiempos, y de todos los tiempos, se han dicho palabras semejantes. Hace ya años escribía el fuerte Lemonnier: «Ese joven Henri de Groux, ese espíritu impermeable y virgen sobre el cual se ha deslizado sin penetrarle la corrosiva educación de un tiempo propicio a los malignos y funestos, a los instintivos, de repente se denuncia épico, afiebrado de cataclismos, torturado de imágenes sangrientas, sin parentesco con ninguna escuela, sin analogía con sus antecesores, sino es tal vez con Delacroix, hambriento de destrozos y carnicerías, todo empurpurado de sus flujos bermejos». Y Jules Destree: «Al lado de ese temperamento de colorista que le acerca a Delacroix al punto que se le pudiera aplicar muy adecuadamente los versos de Baudelaire:

Delacroix, lac de sang hanté des mauvais anges, Ombragé par un bois de sapins toujours, verts, Ou, sous un ciel chagrin, des fanfares ét ranges Passent, comme un soupir étouffé de Weber.

Al lado de esos dones prestigiosos y sutiles, su parentesco con los primitivos es muy cierto. Como ellos, tiende sobre todo a ser sugestivo. Su realismo es cuidadoso de la naturaleza y de la verdad, pero es evocador del ensueño, se lanza más lejos que la realidad, con proyecciones de más allá, en el infinito del pensamiento, de misterio y de sueño por todas partes esparcido y flotante alrededor de nosotros, realismo con brotes de alma, sobrenaturalismo que es la expresión más alta del arte verídico y grande.» «Es únicamente un artista, un filósofo», afirmaba André Fontainas. El diálogo entre el rey Leopoldo y el pintor, contado por Charles Buet, es curioso: «--Monsieur de Groux--dijo el rey visitando el Salón--; conocía ya la obra de vuestro padre. Es la primera obra vuestra que veo. Habéis hecho una cosa muy _extraña_, pero es una página notable. Quisiera haceros algunas preguntas.--Tengo la certeza, sire,--respondió Henri de Groux--, de haber hecho, en efecto, una cosa muy extraña y seguramente intolerable para el _philistin_. Así me siento feliz de que haya tenido la fortuna de gustaros.--Sí; pero ¿por qué _los_ habéis hecho a todos tan obstinadamente feos?--Sire, pensé que los sentimientos que _ellos_ expresaban no debían embellecerlos.--Pero el Cristo mismo, ¿por qué es tan feo? ¿Por qué expresa el pavor, el espanto?--La tradición le representa bello y lleno de esperanza.--He pensado que el Cristo, siendo Dios que se ha hecho hombre para asumir todos los dolores y todas las miserias humanas, no podía ser bello, al menos de la belleza vulgar, y que en esa circunstancia había debido asumir el miedo, el miedo físico, y aun la apariencia, el aspecto de la culpabilidad».--Lo que decís es interesante, pero muy audaz.» «Tal vez, agrega Buet, pues Henri de Groux no es heterodoxo pintando a Jesús feo, que los primitivos han siempre representado así, según un texto de Tertuliano, del tratado _De carne Christi_, y según también la palabra del salmista: _Ego sum verneis et non home, opprobrium hominum et abjetio plebis_.» Y sobre ese mismo cuadro del «Cristo de los ultrajes» declaraba William Ritter: «¡Y bien! El «Cristo de los ultrajes», que sólo la música había osado por el genio fulgurante de Juan Sebastián Bach, Henri de Groux, en fin, nos lo ha dado, y nos lo ha dado tal, que el suplicio de Matho, entregado a la plebe de Cartago en Salambó, no es nada al lado de esta espantable pena.» Y Octave Mirbeau: «Bajo su aparente ingenuidad de primitivo, M. Henri de Groux es un pintor consumado; es maravillosamente hábil en el juego de los colores. Sus telas tienen el aspecto de objetos preciosos, de materia lujosa que deben, ante todo, mostrar las obras de arte. Hay en él una mezcla de tapicero persa y de imaginero gótico, con todo un golpe de acentuaciones a la Rembrandt. Sus telas son meticulosamente compuestas; desde el punto de vista del color, es el color el que guía y dirige. En su aparente desorden es minuciosamente lógico, y su imaginación, que es viva, que es desbordante de verbo, no va sino hasta donde el color le indica ir. Su «Moisés salvado de las aguas», así como sus bohemios, son puras obras maestras de colorista. La alegría de esas telas estalla en sonoridades soberbias», Y Charles Morice: «¡La vida, la verdad de la vida! Es ella la que de Groux, en los ojos de los músicos y de los poetas y de otros héroes, y en las obras por su pincel comentadas, ve y nos muestra con el gesto imperioso de una voluntad orgullosa de no ceder bajo el peso del pensamiento.» «Artista violento, tumultuoso, conmovedor, siempre original, que llega a una intensidad de realización y de evocación que se impone a la imaginación y fuerza a la memoria, tal se afirma», dice Charles Salunier. «Es, ante todo, un poeta», señala Ivanoe Rambosson. Su nombre es célebre en el arte contemporáneo «de excepción», como diría Vittorio Pica. Este mismo crítico italiano ha estudiado en una de sus más bellas obras el talento y la producción de Henri de Groux. He aquí cómo describe un cuadro terrible: «Les trainards, rêve aprés la bataille»; «Rappresentava un campo dopo la bataglia: in alto della tela scorgevansi le case del vicino villagio; in primo e secondo piano v’ra una confusione raccapricciante di cadaveri e di carrogne sbudellate e sanguinolenti, di ferilli in agonia, di sconquassati ordegni guerreschi e, in mezzo a tale cuenta rovina, avanzavansi, a passi cauti, cinque o sei losche figure di depredatori di cadaveri, seguiti da carretini, tirate da grossi cani di Terranovae sovraccarricho di spoglie.

Lo spettaculo era allucinante, macabro, espettrale e, ad acrescere l’orrore, contribuiva tanto la voluta mancanza anche del più piccolo lembo di firmamento quanto le deficienze di prospettiva e l’uniforme tinta verdastra, evocante il colore della putrefazione. Como esprimere con parole la terribilitá di quei cadaveri aggroviagliati, affastellati l’uno sull’altro, chiarrati disgustosamente di sangre, con le budella serpeggianti fuori dal ventre? ¿Come esprimere il supremo orrore di quegli occhi vitrei e spalancati, che nessuna mano pietosa aveva chiusi?»

Pues, en realidad, Henri de Groux es un artista de horror y de misterio.

Su obra, complicada y ya vasta, abarca varios ciclos: el ciclo dantesco, el wagneriano, el napoleónico, fuera de variados y alucinantes espectáculos de imaginación y enigma que se ha complacido en trasladar a la tela.

Es uno de los pocos artistas gráficos que hayan logrado evocar los extraños ambientes y percepciones de los sueños, y esas cosas raras e inexplicables que supiéranse de otras existencias y que se encuentran en tales páginas de extraordinarios escritores, como Poe, Mallarmé, Quincey.

Sus páginas de sombra y espanto llegan a la angustia de ciertas pesadillas. Su visión tenebrosa hace pensar en los bajos fondos de la demonología, en tormentosos terrores milenarios, signos y conjunciones astrales, lluvias de sangre, presagios y apariciones funestas. Es un prodigioso expresador de pavores y un fatal evocador y comentador del fantasma que nos habita. En su «Morituri» surge la Muerte cabalgante sobre la desolación de la campaña llena de cadáveres; en sus «Vendanges» traduce la irrupción de las cóleras siniestras populares en el corazón de la noche; su Napoleón no es el dios dueño del Aguila como Júpiter, sino un Napoleón de desolación, de meditación, de triste humanidad. Es el espectro de los espectros, ya en la vida retirada de Rusia, ya en la caída de Waterloo o en Santa Elena; Napoleón, ojeroso, meditabundo, miserable, bajo la tempestad de Dios. De su «Cristo de los ultrajes» nadie ha hablado como el tonante Bloy: «Es el sufrimiento del Cristo, tal como lo han contado los santos visionarios en libros de diamantes que sobrevivirán al juicio final de las literaturas; tal como lo han certificado los testigos que se hacían «degollar» para obedecer a la orden de ser «configurados en su muerte»; tal, en fin, como la Iglesia, no de la Edad Media, sino de todos los siglos, lo enseña en su pavorosa Liturgia. Es el huracán de las torturas imaginables, sin el contrapeso de ninguna eficaz piedad para el agonizante voluntario, cuyo último suspiro extingue el sol y turba las constelaciones.»

Sus cuadros dantescos, más que ilustraciones de la _Divina Comedia_, son telas poemales que trasponen la idea del poeta a la concepción del artista. Lo propio sus encarnaciones wagnerianas. Mas en lo que he de insistir es en su don milagroso de revelador, o, mejor dicho, recordador de otros planos psíquicos, de otras rememoraciones de confusas existencias, misterioso siempre; misterioso en su orientalismo insinuante de detalles y perspectivas, misterioso en sus figuras de mujeres ultraturbadoras y de un más que humano secreto; ni la Eva dormida, o la Palas sentada, o la carnal Jezabel, o la acre y almizclada adolescente del frontispicio diabólico del «Pehor», de Gourmont; misterioso en sus aglomeradas muchedumbres, en la manifestación del alma baja y feroz de los populachos, de la erupción de instintos crueles y bestiales de las heces humanas; misterioso en las actitudes y miradas de sus héroes y hasta de sus animales y larvas, sus leones, sus águilas, sus caballos, sus buhos, sobre todo sus buhos; o ya en sus mitologías, o en las reminiscencias de malos sueños; en su cultura macabra de las facies cadavéricas, en las alusiones satánicas y relentes de ultratumba, en la traslación de la atmósfera sensible de «cuento», de leyenda, de delirio o de locura.

Buen artista, de Groux es compasivo con los humildes de abajo, con el pueblo que sufre la tiranía de la estupidez triunfante. Mas no se mezcla con los brutales elementos. Quiere «sólo un déspota, el Genio», como dice brava y aristocráticamente ese cantor de las rojas esperanzas que tiene por nombre Alberto Ghiraldo. Tiene el horror de la burguesía ostentosa e ignara de la nobleza decadente y rebajada, del igualitarismo, tan odioso como imposible. Baudelaire ha sido uno de sus peligrosos guías en su senda de tinieblas y de espantos. De tanto frecuentar el reino de lo desconocido, en donde no se camina sino tanteando el lado de los abismos y negros despeñaderos, y en donde no puede prestarle sus ojos nictálopes su amigo el buho, es probable que su cerebro no se encuentre completamente fácil para el diario comercio de los hombres. Es posible también que en el imperio de las tinieblas enemigas cuente con más de una animosidad. Y si, como asegura Bloy, se ha olvidado por completo de Dios, todo él está vulnerable para los puñales invisibles.

El ha ofrecido seguir en su tarea de creador de cosas misteriosas, y de su contacto con la locura en el manicomio italiano ha de sacar nuevas apariencias de horrores visionarios. Si de la nocturna confabulación de contrarias fuerzas sale su fatal sentencia, será una pérdida para el alto arte, un duelo para el pensamiento. Será el golpe final para quien, desde la cuna, fué señalado a la desgracia y al dolor como víctima de un influjo saturnino, de una influencia maligna, diría el pobre Lelian.

Mas ojalá, robusteciéndose, si es posible, en las ásperas luchas, cobrando aliento después de las sacudidas de la hostil suerte, halle en la labor metódica un consuelo y una salvación.

Aunque, ¡la pobreza es tan infame!