Opiniones Obras Completas Vol. X
Part 10
Imaginaos en un sencillo decorado una figura casi alada, en una turbadora semidesnudez femenina, pero que os evoca en seguida las creaciones de la clara y encantadora mitología de Grecia. Ya es Euridice, ya Eco, ya Ariadna. Con el gesto, con el rostro, con el movimiento cambiante, dulcemente lento o ágilmente vivo, se explica el dolor de Orfeo o la expectativa al son de la flauta pánica que produce luego el gozo de la ninfa o la fuga ante la persecución de Baco enamorado, el temor y el temblor, todo lírico, espléndido y sensual. Hay saltitos y cambios de lugar que parecerían por un instante ridículos en ese rico y frondoso cuerpo sonrosado; pero la magia de la evocación vence del momento peligroso y el _deus_ que posee a la danzarina mima se manifiesta de manera incontrastable y estupenda. Ahora, un buen señor de negocios, que va al teatro a hacer su digestión, quizá encontrará todo eso absurdo o se fijará en cosas que no son propiamente el sutil hechizo de esta obra y de ese acto de arte. Yo de mí diré que ante la sugerente _performance_ sentí venir a mis labios la lírica invocación. «Oh, vosotras, que reinais sobre las ondas del Cefiso, cuyas riberas nutren generosos corceles, ¡oh, Gracias!, a quienes no se canta lo bastante, diosas de la brillante Orcómenes, protectoras de la antigua raza de Minias, escuchad los votos que os dirijo. Si hay en la vida de los mortales algún encanto y adorno, lo deben a vosotras; vosotras dispensáis la cordura, la belleza, el valor. Los dioses mismos no presiden jamás ni danzas ni festines sin llamar a las augustas Gracias; son ellas las que regulan todo en el cielo, y sentadas al lado del dios que lleva un arco de oro, del vencedor de Python, adoran eternamente la gloria del dios del Olimpo. Amable Aglae, Eufrosina que te complaces con los cantos de la lira, hijas del más potente de los dioses, escuchadme; y tú, Talía, que sonríes a nuestros himnos, lanza una mirada sobre esas danzas ligeras que celebran una feliz victoria; pues vengo en mis versos a cantar a Asópico, con el modo lidio; a Asópico, por quien la ciudad de Minias triunfa en Olimpia. Y tú, Eco, desciende a las sombrías moradas de Proserpina, y lleva a Cleódano tan gloriosa noticia; dile que tú has visto combatir a su hijo, y que la victoria de alas de oro ha puesto sobre su joven frente la corona de las luchas gloriosas.» E Isadora ha sido para mí Aglae, Eufrosina, Talía y Eco, siendo la misma Terpsícore; y por ella he creído ver la victoria de Asópico de Orcómenes, niño vencedor en la carrera del estadio, y las danzas que lo celebran, y la divina Hélade, con su sol de miel y su aire de amor. Y he pensado en lo que gozaría mi ilustre amigo Guido Spano ante esta Gracia danzante, antigua griega de carne viva.
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Lo pagano de Miss Isadora viene también de los pintores del Renacimiento. Ella ha ido a Grecia, pasando por Italia. Botticelli la habría retratado, y el poeta Lorenzo el Magnífico le habría dedicado una de sus _canzone a ballo_, por ser su danza una _consolatio grossisima_, como diría el viejo Antoine Arène.
Mas, entendámonos: la palabra danza no es propiamente aplicable a la representación de la Duncan. Danzas son las de las bayaderas, y _ouled-nail_, las jotas y tarantelas, el minué, la gavota, el vals y la polka, hasta el funambulesco cake-walk. Las de Miss Duncan son más bien actos mimados, poemas de actitudes y de gestos, sin sujeción nada más que al ritmo personal, sin reglas propias fuera de lo que indica la naturaleza. Así debió haber bailado más o menos el ilustre rey coreográfico David; así Salomé, la de azules cabellos; así los elfos que canta Leconte de L’Isle, y así, en una noche de luna, coronada la cabellera de jazmines, no sé si en Lima o en Bolivia, doña Juana Manuela Gorriti, según testimonio del poeta Ricardo Jaimes Freire. Para Miss Duncan no es precisa la música, o la música, en el sentido helénico, está en ella misma, la música silenciosa de sus gestos. La danza, según su teoría, se ritma por la música pitagórica, y el ritmo de las esferas, el ritmo de todo lo existente, se resume en su propio rítmico movimiento, al impulso musical de su espíritu. Esto, como véis, es un poco más complicado que los _entrechats_ de la Cleo de Merode o de Zambelli. Para las bailarinas comunes es verdadera la definición del barón de Massias: el canto es la palabra de la música, y la danza es el gesto del canto. Para Isadora, no. Ella entra en filosofías y es demasiado antigua. Por otra parte, ambas cosas, filosofía y baile, se compadecen. Sócrates enseñaba a bailar a la misma Aspasia. La mima de los desnudos pies no tiene nada que ver con las Camargo, Guimard, Bernay, Mauri; su alma y sus piernas son de Tracia. Nada le enseñan Blasis y Lemaître y Noverre. Su inspiración no se encuentra en el diccionario de Compan; mas Luciano la reconocería discípula de Thea, frigia o cretense. Hello, furiosamente bíblico, le perdonaría quizá su desnudez, y el divino Stéphane la haría perseguir en el bosque por un fauno de su siesta. Mima griega, pues, tiene en nuestra civilización un velo que sus antecesores helénicos no tenían; lo que se llama la decencia. He aquí lo que dice Compan, autoridad en la materia: «A fin de que los intermedios de las piezas de teatro fuesen agradables, los griegos buscaron cómo hacerlos interesantes. Después que se representaba un acto, los bailarines lo repetían con saltos y gestos, y eso, siguiendo una cierta música imitativa de lo que se había representado. Esos bailarines fueron llamados «mimos». Se hace notar que esos bailarines fueron siempre muy ignorantes en el arte de imaginar una intriga, conducirla, sostener los caracteres y llegar a un buen desenlace. Con gestos indecentes hacían una mezcla monstruosa de tonterías burlescas y preceptos morales. Tenían la cabeza afeitada y los pies desnudos. Se cubrían con pieles de animales...» Ya véis que hay diferencia. Isadora supera en el tiempo la representación antigua, y hace admirar un florecimiento de este culto. Siente y piensa. A su arte se aplica la definición de Hippeau: la pantomima es la figuración de ideas y sentimientos. Isadora está más cerca de Sada Yacco y de Severin que de Mariquita.
Ahora bien, la adorable yanqui ha agregado una nota que los antiguos griegos no conocieron: el ensueño. Imagináos que realiza este prodigio: baila nocturnos de Chopin. Y no es ridículo. Os da el _clair-de-lune_ con su cuerpo melodioso. Y ois cantar al ruiseñor, y hasta perdonáis los veinticinco francos de la butaca.