Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz
Part 9
Mas ya tu precepto grave Rompe mi silencio mudo; Que él solamente ser pudo De mi respeto la llave.
Y aunque el amar tu belleza Sea delito sin disculpa, Castígueseme la culpa Primero que la tibieza.
No quieras pues rigurosa, Que estando ya declarada, Sea devéras desdichada Quien fué de burlas dichosa.
Si culpas mi desacato, Culpa tambien tu licencia, Que si es mala mi obediencia, No fué justo tu mandato.
Y si es culpable mi intento, Será mi afecto precito, Porque es amarte un delito De que nunca me arrepiento.
Esto en mis afectos hallo, Y más que esplicar no sé; Mas tú de lo que callé Inferirás lo que callo.
VIII.
_Del retrato de una bella._
(FRAGMENTOS.)
Accion, Lisi, fué acertada El permitir retratarte, Pues ¿quién pudiera mirarte Si no es estando pintada?
Como de Febo el reflejo Es tu hermoso rosicler, Que para poderlo ver Lo miran en un espejo.
***
Pues la fuerza superior Que se emplea en un rendido, Es disculpa del vencido Y afrenta del vencedor.
No es la malla ni el escudo Señal de valor subido, Porque un pecho bien vestido Muestra un corazon desnudo;
Y del muy armado infiero Que con recelo y temor Se desnuda del valor Cuando se viste de acero;
Así era hacer injusticia A tu decoro y grandeza, Si triunfara tu belleza Donde basta tu noticia.
Amor hecho tierno Apéles, En tan divina pintura, Para pintar tu hermosura Hizo las flechas pinceles.
***
Y no fué de Amor locura Cuando te intentó copiar, Pues quererte eternizar No fué agraviar tu hermosura.
***
Pues es rigor, si se advierte, Que en tu copia singular Estes capaz de matar E incapaz de condolerte.
***
¡Oh tú, bella copia dura Que ostentas tanta crueldad! Concédete á la piedad, O niégate á la hermosura.
¿Cómo, divino imposible, Siempre te muestras airada, Para dar muerte, animada, Para dar vida, insensible?
¿Porqué, hermosa pesadumbre De una humilde voluntad, Ni dejas la libertad, Ni aceptas la servidumbre?
Pues porque en mi pena entiendas Que no es amarte servicio, Violentas el sacrificio Y no agradeces la ofrenda.
Desprecia siquiera, dado Que aun eso tendré por gloria, Porque el desden ya es memoria, Y el desprecio ya es cuidado.
Mas ¿cómo piedad espero, Si descubro en tus rigores Que con un velo de flores Cubres un alma de acero?
De Lisi imitas las raras Facciones, y en el desden ¿Quién pensara que tambien Su condicion imitaras?
¡Oh Lisi! de tu belleza Contempla la copia dura, Mucho mas que en la hermosura Parecida en la dureza!
***
IX.
_En la profesion de una religiosa._
Hoy una niña, que abrasa Un amoroso volcan, Sin mirar el qué dirán, Por el vicario se casa.
Su recato comedido Paró en empeño amoroso, Porque dice que su esposo Entre puertas la ha cogido.
Hoy logra su fino intento, Que ha sido tan deseado, Pues un año há que le ha dado Palabra de casamiento.
No digo yo que esta es cosa Con que su virtud se impida, Que ántes pasará una vida Como de una religiosa;
Porque es el con quien se casa Da condicion tan precisa, Que ni aun para que oiga misa La deja salir de casa.
Pero causa novedad, Aunque es tan santo el intento, Ver que pare en casamiento Su voto de castidad.
De su esposo los primores Su corazon abrasaron, Y por mas que la encerraron, Se nos casa por amores.
X.
_Sobre ti Santísimo Sacramento._
En el Sacramento ve A Dios mi fe sin antojos, Porque no hacen fe los ojos, Pero se hace ojos la fe.
En esta divina ofrenda Fué del amor mas victoria Dar la prenda de la gloria Con la gloria de la prenda.
Del alma es solo alimento, Y así guia mi fervor El sustento del amor, Y no el amor del sustento.
Aquí crece la aficion, Y es, si en posesion la veo, La posesion del deseo Deseo de posesion.
Pues tal delito á dar viene Que por mas que la posea, Quien tiene lo que desea Desea aquello que tiene.
Llegad, pues en su favor Todos los bienes se ven; Que el amor del Sumo Bien Es sumo bien del amor.
Llegó el hombre á la grandeza Que no alcanza el serafin, Y en la fineza del fin Vido el fin de la fineza.
ORACION
DEL PAPA URBANO VIII, TRADUCIDA DEL LATIN.
Ante tus ojos benditos Las culpas manifestamos, Y las heridas mostramos Que hicieron nuestros delitos.
Si el mal que hemos cometido Viene á ser considerado, Menor es lo tolerado, Mayor es lo merecido.
La conciencia nos condena No hallando en ella disculpa, Que respecto de la culpa Es muy liviana la pena.
Del pecado el duro azar Sentimos que padecemos, Y nunca enmendar queremos La costumbre del pecar.
Cuando en tus azotes suda Sangre la naturaleza, Se rinde nuestra flaqueza Y la maldad no se muda.
Cuando el pecado amancilla Con fiera herida la mente, Padece el alma doliente Y la cerviz no se humilla.
La vida, suelta la rienda En su acostumbrado error, Suspira con el dolor Y en el obrar no se enmienda.
Pues entre los dos estremos, En cualquiera peligramos: Si esperas, no la enmendamos; Si te vengas, nos perdemos.
De la afliccion el quebranto Nos obliga á contricion, Y en pasando la afliccion Se olvida tambien el llanto.
Cuando tu castigo empieza, Promete el temor humano; Y en suspendiendo la mano, No se cumple la promesa.
Cuando nos hieres, clamamos Que el perdon nos des que puedes; Y así que nos lo concedes, Otra vez te provocamos.
Tienes á la humana gente Convicta en su confesion, Que si no la das perdon, La acabarás justamente.
Concede el humilde ruego Sin mérito á quien criaste, Tú que de nada formaste A quien te rogara luego.
GLOSAS.
I.
Luego que te ví te amé, Porque amarte y ver tu cielo, Bien pudieran ser dos cosas, Pero ninguna primero.
De mi vida la conquista Tuvo término en quererte, Y porque jamas resista, Celia, hasta llegar á verte Solamente tuve vista;
Pero aunque luego te amé, Como para que te amara Necesario el verte fué, Porque vista no faltara, _Luego que te ví te amé_.
Pero viendo mi ardimiento, Señora, tu tiranía Quiso con rigor sangriento Castigar como asadía Lo que en mí fué rendimiento.
Ofendióte mi desvelo, Mas no porque mi destino Incitado de mi anhelo Ofenderte quiso, sino _Por amarte y ver tu cielo_.
Y el no querer estimar Fué por no dar á entender Que yo te pude obligar, Como si el agradecer Fuera lo mismo que amar;
Que el mostrarse las hermosas. En ocasion oportuna Ya obligadas, ya amorosas, Aunque casi siempre es una, _Bien pudieran ser dos cosas_.
Mas con razon estás dura, Pues para tenerme atado En mi amorosa locura, Era superfluo tu agrado, Sobrándome tu hermosura;
Y así justamente espero En tu servicio finezas, Pues que tiene el mundo infiero Despues de ti mil bellezas, _Pero ninguna primero_.
II.
Si de mis mayores gustos Mis disgustos han nacido, Gustos al cielo le pido, Aunque me cuesten disgustos.
¡Oh qué mal, Fabio, resiste Mi amor mi suerte penosa! Pues la estrella que me asiste, De una causa muy gustosa Produce un efecto triste:
Porque los pesados sustos Que padezco desiguales En mis pesares injustos, No nacieron de mis males, _Sí de mis mayores gustos_.
Y de manera me ordena Los sucesos mi desdicha, Que, segun los encadena, Lo futuro de una dicha Es posesion de una pena.
Todo lo debo á Cupido; Pues de un favor que me dá, Que es siempre de prometido, Aun no está engendrado, y ya _Mis disgustos han nacido_.
Y aun han hecho efectos tales De mi estrella los desdenes Con efectos desiguales, Que aborrezco ya los bienes Como á causas de mis males.
Y así no llora el sentido El ver que carezco aquí De las dichas que he tenido, Porque solo para tí _Gustos al cielo le pido_.
Pues te quiero de manera Y el bien amí me limito, Que al cielo le agradeciera, Si el gusto que à mí me quito A tí, Fabio, te le diera.
Estimo tanto tus gustos, Que sin mirar mi pesar, O sean justos, ò injustos, Tus gustos he de comprar _Aunque me cuesten disgustos_.
QUINTILLAS.
_A San Pedro._
Cual sumulista pretendo Iros, Pedro, replicando; Y pues vos, á lo que entiendo, Hicisteis juicio negando, Yo haré discurso infiriendo. ¿Quién os trajo á tanto mal, Que al mismo que ántes altivo Con ánimo sin igual Confesasteis por Dios vivo, Negais por hombre mortal? Dejadme, pues, que me asombre Que al Hijo del hombre allí Le deis de Dios el renombre, Y al Hijo de Dios aquí Le negueis conocer hombre. Mirad que en otra ocasion, Como es Dios-hombre compuesto Por ipostática union, Para negar el supuesto No os vale la distincion. Mal lógico, Pedro, estais, Pues cuando á Dios conoceis Y por tal le confesais, Antes se lo concedeis Y ahora se lo negais. Dicen que las señas son Las que os hacen mas patente, Y, sin mirar la ilacion, Dejando el antecedente, Le negais la conclusion. Si de una muger la ciencia Tiene razones precisas, Mirad, Pedro, que es violencia, Concedidas las premisas, Negarle la consecuencia. ¿Quién de vos, Pedro, dijera Siendo de ciencia un abismo, Que el argumento temiera, Pues el Evangelio mismo Dice qué os hicisteis fuera? Mejor las razones hila Vuestro acero, sin misterio, Pues cuando su corte afila Contra Malco, arguye en _ferio_ Y en _cœlarem_ con la _ancilla_. Vuestros brios arrogantes Negaron con juramento El que le servísteis ántes; Pues, Pedro, no hay argumento Contra _principia negantes_. Mas ya veo que advertido, Viendo el caso sin remedio, Llorais como arrepentido; Que es el arte de hallar medio De no quedar concluido.
SONETOS.
I.
_Satisfaccion cumplida._
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba, Como en tu rostro y tus acciones via Que con palabras no te convencia, Que el corazon me vieses deseaba;
Y amor, que mis intentos ayudaba, Venció lo que imposible parecía, Pues entre el llanto que el dolor vertia El corazon deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste; No te atormenten mas celos tiranos, Ni vil sospecha tu quietud contraste
Con sombras necias, son indicios vanos, Pues ya en líquido humor viste y tocaste Mi corazon deshecho entre tus manos.
II.
_En el dia de dias de un hermano de la poetisa._
¡Oh quien, amado Anfriso, te ciñera Del mundo las coronas poderosas! Que á coronar tus prendas generosas El círculo del orbe corto fuera.
¡Quién para eternizarte hacer supiera Mágicas confecciones poderosas, O tuviera las yerbas milagrosas Que feliz gustó Glauco en la ribera!
Mas aunque no halla medio mi cuidado Para que goces de inmortal la palma, Otro mas propio mi cariño ha hallado
Que el curso de tu vida tenga en calma: Pues juzgo que es el mas proporcionado De alargarte la vida, darte mi alma.
III.
Con el dolor de la mortal herida De un agravio de amor me lamentaba, Y por ver si la muerte se llegaba Procuraba que fuese mas crecida.
Toda en el mal el alma divertida Pena por pena su dolor sumaba, Y en cada circunstancia ponderaba Que sobraban mil muertes á una vida.
Y cuando al golpe de uno y otro tiro Pendido el corazon daba penoso Señas de dar el último suspiro,
No sé con qué destino prodigioso Volví en mi acuerdo y dije: ¿Qué me admiro? ¿Quién en amor ha sido mas dichoso?
IV.
¡Detente, sombra de mi bien esquivo! ¡Imágen del hechizo que mas quiero! ¡Bella ilusion por quien alegre muero! ¡Dulce ficcion por quien penosa vivo!
Si al iman de tus gracias atractivo Sirve mi pecho de obediente acero, ¿Para qué me enamoras lisongero, Si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho De que triunfa de mí tu tirania; Que aunque dejas burlado el lazo estrecho
Que tu forma fantástica ceñia, Poco importa burlar brazos y pecho Si te labra prision mi fantasía.
V.
Yo no puedo tenerte ni dejarte, Ni sé por qué al dejarte ó al tenerte Se encuentra un no sé qué para quererte, Y muchos sí sé qué para olvidarte.
Pues ni quieres dejarme ni enmendarte, Yo templaré mi corazon de suerte Que la mitad se incline á aborrecerte, Aunque la otra mitad se incline á amarte.
Si ello es fuerza querernos, haya modo, Que es morir el estar siempre riñendo: No se hable mas de celo ni sospecha,
Y quien da la mitad no quiera todo; Y cuando me la estás allá haciendo, Sabe que estoy haciendo la deshecha.
VI.
Yo adoro á Lisi, pero no pretendo Que Lisi corresponda á mi fineza, Pues si juzgo posible su belleza, A su decoro y mi aprehension ofendo.
No emprender solamente es lo que emprendo, Pues sé que á merecer tanta grandeza Ningun mérito basta, y es simpleza Obrar contra lo mismo que yo entiendo.
Como cosa concibo tan sagrada Su beldad, que no quiere mi osadía A la esperanza dar ni aun leve entrada;
Que, cediendo á la suya mi alegria, Por no llegarla á ver mal empleada Aun pienso que sintiera verla mia.
VII.
Al que ingrato me deja, busco amante; Al que amante me sigue, dejo ingrata; Constante adoro á quien mi amor maltrata; Maltrato á quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante, Y soy diamante al que de amor me trata; Triunfante quiero ver al que me mata, Y mato á quien me quiere ver triunfante.
Si á este pago, padece mi deseo; Si ruego á aquel mi pundonor enojo: De entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo, De quien no quiero ser violento empleo, Que de quien no me quiere vil despojo.
VIII.
Feliciano me adora, y le aborrezco; Lisardo me aborrece, y yo le adoro; Por quien no me apetece, ingrato, lloro; Y al que tierno me llora, no apetezco.
A quien mas me desdora el alma ofrezco. A quien me ofrece víctimas, desdoro; Desprecio al que enriquece mi decoro, Y al que le hace desprecios, enriquezco.
Si con mi ofensa al uno reconvengo, Me reconviene el otro á mí ofendido, Y á padecer de entrambos modos vengo;
Pues ambos atormentan mi sentido, Aquese con pedir lo que no tengo, Y aqueste en no tener lo que le pido.
IX
Fabio, en el ser de todos adoradas Son todas las beldades ambiciosas, Porque tienen sus aras por ociosas Si no las ven de víctimas colmadas;
Y así, si de uno solo son amadas, Viven de la fortuna querellosas, Porque piensan que mas que ser hermosas Constituye deidad el ser rogadas.
Mas yo soy en aquesto tan medida, Que en viendo á muchos mi atencion zozobra, Y solo quiero ser correspondida
De aquel que de mi amor reditos cobra; Porque es la sal del gusto ser querida, Y daña lo que falta y lo que sobra.
X.
Miró Celia una rosa que en el prado Ostentaba feliz su pompa vana, Y con afeites de carmin y grana Bañaba alegre el rostro delicado;
Y dijo: Goza sin temor del hado El curso breve de tu edad lozana; Pues no podrá la muerte de mañana Quitarte lo que hubieres hoy gozado.
Y aunque llega la muerte presurosa Y tu fragante vida se te aleja, No sientas el morir tan bella y moza;
Mira que la esperiencia te aconseja Que es fortuna morirte siendo hermosa, Y no ver el ultraje de ser vieja.
XI.
_A Lucrecia._
¡Oh famosa Lucrecia! gentil dama De cuyo desgarrado noble pecho Salió la sangre que extinguió, á despecho Del rey injusto, la lasciva llama!
¡Oh con cuánta razon el mundo aclama Tu virtud! pues por premio de tal hecho Aun es para tus sienes cerco estrecho La amplísima corona de tu fama.
Pero si el modo de tu fin violento Puedes borrar del tiempo y sus anales, Quita la punta del puñal sangriento
Con que pusiste fin á tantos males, Que es mengua de tu honrado sentimiento Decir que te valiste de puñales.
XII.
_A la misma._
Intenta de Tarquino el artificio A tu pecho, Lucrecia, dar batalla: Ya amante llora, ya modesto calla, Ya ofrece toda el alma en sacrificio.
Y cuando piensa ya que mas propicio Tu pecho á tanto imperio se avasalla, El premio, como Sísifo, que halla Es empezar de nuevo el ejercicio.
Arde furioso y la amorosa tema Crece en la resistencia de tu honra, Con tanta privacion mas obstinada.
¡Oh providencia de deidad suprema! Tu honestidad motiva tu deshonra, Y tu deshonra te eterniza honrada.
XIII.
_La esposa de Pompeyo._
La esposa heroica de Pompeyo altiva, Al ver su vestidura en sangre roja, Con generosa cólera se enoja De sospecharlo muerto y estar viva.
Rinde la vida en que el sosiego estriva De esposo y padre, y con mortal congoja La concebida sucesion arroja, Y de la paz con ella á Roma priva.
Si el infeliz concepto que escondia En sus entrañas Julia, no abortara, La muerte de Pompeyo escusaria.
¡Oh tirana fortuna! quién pensara Que con el mismo amor que le tenia, Con ese mismo amor se la causara!
XIV.
_A Porcia._
¿Qué pasion, Porcia, que dolor tan ciego Te obliga á ser de tí fiera homicida? O ¿en qué te ofende tu inocente vida Que así le das batalla á sangre y fuego?
Si la fortuna airada, al justo ruego De tu esposo se muestra endurecida, Bástele el mal de ver su accion perdida, No acabes con tu muerte su sosiego.
Deja las brasas, Porcia, que mortales Impaciente tu amor elegir quiere; No al fuego de tu amor el fuego iguales;
Porque, si bien de tu pasion se infiere, Mal morirá en las brasas materiales Quien en las llamas del amor no muere.
XV.
¿Vesme, Alcino, que atada á la cadena De amor, sufro en sus hierros aherrojada Mísera esclavitud, desesperada De libertad, y de consuelo ajena?
¿Ves de dolor y angustia mi alma llena, De tan fieros tormentos lastimada, Y entre las vivas llamas abrasada, Juzgarse por indigna de su pena?
¿Vesme seguir, sin alma, un desatino Que yo misma condeno por estraño? ¿Vesme derramar sangre en el camino,
Siguiendo los vestigios de un engaño? ¿Muy admirado estás? Pues mira, Alcino, Mas merece la causa de mi daño.
XVI.
_Despues de una enfermedad de la autora. A la vireina, marquesa de Mancera._
En mi vida, que siempre tuya fué, Laura divina, y siempre lo será, La parca fiera, que en seguirme da, Quiso asentar por triunfo el duro pié.
Yo de su atrevimiento me admiré, Que si debajo de tu imperio está, Tener fuero no puede en ella ya, Pues del suyo contigo me libré.
Para cortar el hilo, que no hiló, La tijera mortal abierta ví: “¡Ay parca fiera! dije entonces yo,
Mira que Laura sola manda aquí.” Ella corrida al punto se apartó, Y dejóme morir solo por ti.
XVII.
(CONSONANTES FORZADOS.)
Aunque eres, Teresilla, tan _muchacha_, Le das qué hacer al pobre de _Camacho_, Porque dará tu disimulo un _cacho_ A aquel que se pintare mas sin _tacha_.
De los empleos que tu amor _despacha_ Anda el triste cargado como un _macho_, Y tiene tan crecido su _penacho_, Que ya no puede entrar, si no se _agacha_.
Estás á hacerle burlas ya tan _ducha_, Y á salir de ellas bien estás tan _hecha_, Que de lo que tu vientre _desembucha_.
Sabes darle á entender, cuando _sospecha_, Que has hecho, por hacer su hacienda _mucha_, De ajena siembra suya la _cosecha_.
XVIII.
(CONSONANTES FORZADOS.)
Ines, yo con tu amor me _refocilo_, Y viéndome querer me _regodeo_; En mirar tu hermosura me _recreo_, Y cuando estás celosa me _reguilo_.
Si á otros miras, de celos me _aniquilo_, Y tiemblo de tu gracia y tu _meneo_, Porque sé, Ines, que tu con un _boleo_ No dejarás humor ni para _quilo_.
Cuando estás enojada, no _resuello_; Cuando me das picones, me _refino_; Cuando sales de casa, no _reposo_;
Y espero, Ines, que entre esto y entre _aquello_ Tu amor, acompañado de mi _vino_, Dé conmigo en la cama ó en el _coso_.
XIX.
_A la esperanza._
Diurna enfermedad de la esperanza, Que así entretienes mis cansados años, Y en el fiel de los bienes los daños Tienes en equilibrio la balanza,
Que siempre suspendida, en la tardanza De inclinarse, no dejan tus engaños Que lleguen á exceder en los tamaños La desesperacion ó la confianza;
¿Quién te ha quitado el nombre de homicida? Pues lo eres mas severa, si se advierte, Que suspendes el alma entretenida;
Y entre la infausta ó la felice suerte No lo haces tú por conservar la vida, Sino por dar mas dilatada muerte.
XX.
¿Qué es esto, Alcino? ¿Cómo tu cordura Se deja así vencer de un mal celoso, Haciendo con estremos de furioso Demostraciones más que de locura?
¿En qué te ofendió Celia, si se apura? O al amor ¿por qué culpas de engañoso, Si no aseguró nunca poderoso La eterna posesion de su hermosura?
La posesion de cosas temporales, Temporal es, Alcino, y es abuso El querer conservarlas siempre iguales.
Conque, tu error ò tu ignorancia acuso; Pues fortuna y amor de cosas tales La propiedad no han dado, sino el uso.
XXI.
Silvio, yo te aborrezco, y aun condeno El que estés de esta suerte en mi sentido, Que infama el hierro el escorpion herido, Y mancha, á quien lo huella, inmundo el cieno.
Eres como el mortífero veneno Que daña á quien lo vierte inadvertido; Y, en fin, eres tan malo y fementido Que aun para aborrecido no eres bueno.
Tu aspecto vil á mi memoria ofrezco, Aunque con susto me lo contradice, Por darme yo la pena que merezco;
Pues cuando considero lo que hice, No solo á ti, corrida, te aborrezco, Pero á mí, por el tiempo que te quise.
XXII.
Dices que yo te olvido, Celio, y mientes En decir que me acuerdo de olvidarte, Pues no hay en mi memoria alguna parte En que, aun como olvidado, te presentes.
Mis pensamientos son tan diferentes Y en todo tan ajenos de tratarte, Que ni saben si pueden olvidarte, Ni si te olvidan saben si lo sientes.
Si tù fueras capaz de ser querido, Fueras capaz de olvido, y ya era gloria Al ménos la potencia de haber sido;
Mas tan léjos estás de esa victoria, Que aqueste no acordarme, no es olvido, Sino una negacion de la memoria.
XXIII.
_Al rey de España, con ocasión de un acto piadoso para con el Santísimo Sacramento._
Altísimo señor, monarca hispano, Que á Dios entre accidentes escondido Cuando quereis mostraros mas rendido Es cuando os ostentais mas soberano.
Aquesta accion, señor, que al luterano Asombró en Cárlos quinto esclarecido, Y esa por quien el gran Rodulfo vido Del mundo el cetro en su piadosa mano,
Aunque aplaudida en el hispano suelo Ha sido con católica alegria, No causa admiracion á mi desvelo:
Quede admirado aquel que desconfia, Y de vuestra piedad, virtud y celo Esa y mas religion no suponía.
XXIV.
Firma Pilato la que juzga agena Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte! ¿Quién creerá que firmando ajena muerte El mismo juez en ella se condena?
La ambición de tal modo le enagena, Que con el vil temor, ciego, no advierte Que carga sobre sí la infausta suerte Quien al justo sentencia á injusta pena.