Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz
Part 2
Un dia el marques de Mancera entró en tentacion de someter á dura prueba la sabiduría de la jóven, y reunió en palacio mas de cuarenta personas de lo mas ilustrado de Méjico para que la examinasen. Juana Ines, que siempre hizo gala de su obediencia y sumision á quienes la protegian, se rindió á los deseos y mandato del virey, y se presentó al acto singular. Llovian sobre ella de todas partes las proposiciones y argumentos sobre variadas y difíciles materias; mas no era vulgar colegiala quien respondia, sino una maestra que, sobre bien fundados y extensos conocimientos, poseía un admirable talento para comprender y juzgar, y grande viveza de imaginacion para dar vigor y diversos movimientos á su discurso y raciocinio. Su dialéctica era invencible porque no era aprendida, sino obra espontánea de la razon ilustrada. Así, pues, el triunfo que obtuvo en la controversia fué completo. Merecen copiarse las palabras que trae su biógrafo, el P. Calleja, refiriéndose al marques de Mancera: “A la manera, dice, que un galeon real se defendiera de unas pocas chalupas que la envistiesen, así se desembarazaba Juana Ines de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, y cada uno en su clase la propusieron”.
Tan buen éxito, sinembargo, no dejó en el ánimo de la jóven ninguna impresion. ¿Fué modestia? ¿fué orgullo? Acaso no quedó satisfecha de sí misma; talvez no juzgó gran cosa el haberse sobrepuesto á quienes sabian ménos que ella; si bien, como ya dijimos, parece que fué la única que nunca conoció su propio valer. En todo caso, si obró la modestia, digna fué de alabanza, y si el orgullo, harto justificado quedó.
Pudiera creerse con razon que mucha parte de la fama de Juana Ines fué debida al tiempo en que vivió; pero si se examinan sus escritos aunque sea á sobre peine, no es difícil descubrir en ellos, á pesar de sus innegables defectos, hijos ellos sí del tiempo, que aquella jóven poseía prendas naturales y conocimientos de tan genuino mérito, que hoy en dia tanto como entónces nadie podria menospreciar, á no ser algun bárbaro.
Prueba es tambien de su mérito no vulgar el deseo de conocerla personalmente que tuvieron los sujetos mas distinguidos de Nueva España y de toda la América latina, y el eco que hizo su nombre en la Península, no obstante que la condicion de americana debió influir acaso en suscitar algunos celos. Parece que en todo tiempo se ha tenido á la América por mas fecunda en oro y plata que en riqueza de inteligencia; y, sinembargo, la historia prueba que si las arcas reales de España se colmaban con los metales preciosos de las colonias, las letras no dejaron de percibir su tributo, si relativamente corto en verdad, en ningun caso despreciable, ya se atienda á su mérito real, ya al mismo atraso en que por aquellos siglos se bailaba la educacion literaria de nuestro continente.
Juana Ines nació en mala época, no cabe duda, y habria sido milagro que no se contaminase de los vicios literarios dominantes, como lo fuera que un cisne conservara blancas las plumas en una charca de tinta. Pero la fuerza del talento la salvó de la completa perdicion en que tantos de sus contemporáneos se sumieron: ha dejado versos que la recomiendan hoy y que la harán pasar á la posteridad mas remota, y trozos de prosa en que se paladea el puro lenguaje de Santa Teresa. Casi no hay obra suya, aun entre las mas culteranas, que no tenga cierto sello que patentiza una alma no comun, un corazon de oro y una fecundísima imaginacion. Así como entre las nubes tempestuosas se ven intersticios luminosos que dan á conocer que el sol está tras ellas, así tambien en las mas defectuosas de las piezas de nuestra poetisa hay rasgos que revelan su genio. La necedad y la ignorancia nunca tienen lúcidos intérvalos ni pueden producir jamas cosa ni medianamente buena. El verdadero talento nunca se eclipsa del todo, porque tiene algo divino, y por tanto superior á las miserias de la tierra. Ademas de todo esto, y aunque la mayor parte de las obras de Juana Ines estuvieran por estremo enfermas del mal gusto de Góngora, las que se libertaron de este achaque, así en verso como en prosa, bastarian para justificar el buen nombre de la autora.
Y ¿no sucede otro tanto con el mismo Góngora? Todo el mundo condena sus funestos delirios que echaron por tierra la literatura española; mas ¿quién no admira sus aciertos? El famoso demoledor del buen gusto de las musas castellanas es mas responsable por este daño causado con su ejemplo, que por haber extraviado su propio talento; pero ¿quién se atreverá á negarle sus insignes dotes de poeta? Atinado anduvo á fe quien le llamó _Angel de tinieblas_. Sì, se envolvió de tinieblas, mas no dejò de ser àngel; cayó arrastrando consigo multitud de secuaces, mas no se confundió con ninguno de ellos.
V.
Costumbre ó necesidad española fué que los mayores ingenios, tanto en la Península como en América, se encerraran en las claustros ò se arrimaran, en pos de mejor suerte, á las inmunidades del altar. Recórrase la estensa lista de los escritores españoles, prosistas ó poetas, hasta muy avanzada la segunda mitad del último siglo, y se hallará que la mayor parte fueron eclesiásticos, debiendo notarse que muchos tomaron este estado ya entrados en edad y despues que habian adquirido fama literaria en el mundo.
La vida retirada y de contemplacion debe ser muy favorable á las letras, porque en ella se robustece el espíritu y aguza la inteligencia. En efecto, nuestra literatura religiosa debida á Santa Teresa, frai Luis de Leon y otros muchos varones que brillaron en la Iglesia hispánica, muestra cuánto alcanza el talento concentrado en sí mismo y léjos de las distracciones del mundo.
Pero el ascetismo no es para todos; ni siquiera los que á el se consagran pueden, con bien raras escepciones, olvidarse que son compuestos de carne y sangre. La naturaleza visible y palpable que los rodea, el gérmen de las pasiones humanas que nunca se aniquila del todo con los ayunos y las maceraciones, los sacan de tarde en tarde de las mìsticas regiones para que den un respiro en las de la materia y la vida real. El mismo frai Luis de Leon hizo mas de una vez sonar profanamente su lira, y estudió, imitó y tradujo los clásicos latinos; y unos cuantos otros frailes y clérigos ilustres, ó mezclaron las inspiraciones divinas con las reminiscencias de la tierra, ó contentos con honrosos títulos y una conducta arreglada aunque no mística, se dieron á visitar con frecuencia los templos de Apolo y de Minerva: querian á un tiempo asegurar su entrada en la bienaventuranza y figurar con afamado nombre en la sociedad. Si este proceder era evangélico, ó por lo contrario digno de censura, no nos toca examinar; nos basta confesar que creemos hay organizaciones naturalmente inclinadas á la vida monacal, y que los llamados á ella por un secreto y poderoso atractivo hacen muy bien de seguirla. Debe ser cosa agradable y consoladora para quien no tiene apego á los objetos mundanos, volverles las espaldas con noble desden, reducirse á una sociedad de pocos individuos, acortar las necesidades del cuerpo, satisfacer ampliamente las del alma y aspirar en el silencio de las pasiones y el olvido de sí mismo á un bien inmenso que solo se encuentra allá arriba.
Ceguedad de la costumbre ó impulso de la necesidad ó acaso arranque de despecho fué lo que llevò tambien á Juana Ines de Asbaje á un monasterio. Hallamos tal contradiccion entre su carácter revelado claramente en sus poesías, y las austeridades del claustro, que hemos meditado mucho por descubrir el verdadero motivo que la indujo á huir de la sociedad mundana y cubrirse con las tocas monjiles. Dícese que la mujer es infiel guardiana del secreto. Créase en hora buena en tal acusacion; mas su propio corazon es un arcano que aunque nos lo quisiera esplicar ella misma, no lo podriamos comprender. Lo único que se nos alcanza es que miéntras mas lucido sea el talento de una mujer, mas fogosas son sus pasiones, y por consiguiente con mayor facilidad se sacrifica en las aras del ídolo, cualquiera que sea, que ha podido seducirla. En la antigüedad las Safos daban el salto de Léucades; en los siglos modernos las Eloisas se sepultan vivas en los claustros. La naturaleza moral de las mujeres es la misma; solo las creencias y las costumbres han cambiado; mas el resultado de sus afectos llevados al ùltimo grado de tirantez, es el mismo tambien: es buscar con ansia febril léjos de mundo, léjos de la vida, léjos del ruido el antídoto contra los celos ó el dolor intenso, la calma de la tempestad que agita el corazon; alguna cosa, en fin, que apague esa especie de electricidad de que está poseido todo su ser y que estalla en forma de llanto, de quejas, de ayes agudos, hasta de gritos frenéticos. La vocacion, á nuestro ver, no se forma: es innata, y Dios la imprime en la naturaleza humana. No es, pues, el hombre quien la adquiere; lo que el hombre hace con frecuencia, es contradecir la voluntad de Dios y labrarse su desgracia. Dudamos que Juana Ines haya tenido inclinacion natural á la vida monástica, y nos atrevemos á creer que, consagrándose á ella, se impuso un sacrificio violento por causas que no es dable penetrar, pero que se traslucen bastante bien. Si fué desgraciada ó venturosa en el convento, tampoco lo podemos asegurar; mas fué virtuosa y es probable que seria feliz cuanto es posible serlo en medio de las contradicciones de una existencia amarrada por fuerza á un yugo estraño y pesado. Ademas, amaba con pasion la lectura y el estudio, que son tambien elementos de consuelo y bienestar.
El _Diccionario histórico_, y, siguiendo el dicho de este, varios otros escritores, aseguran que la resolucion de nuestra heroina fué ocasionada por la muerte del jóven con quien iba á casarse. Nuestra opinion concuerda bastante con esta. No sabemos cuáles sean las fuentes de donde tal noticia se ha tomado; pero que hubo muerte, ausencia ó pérdida del amante de cualquier modo que sea, es un hecho mas que probable. Sinembargo, aceptando por una parte como evidentes la reparticion que la jóven hizo de sus bienes à los pobres, y el haber esperado que muriesen sus padres para darse definitivamente á la vida monástica, como lo aseveran dichos autores, queremos en todo lo demas atenernos á los contemporáneos de la religiosa y á sus propias obras; aquí, en estas bases mucho mas seguras apoyaremos nuestro criterio. Los últimos son contradictorios de los primeros: Sor Ines misma dice y presenta cosas capaces de hacer vacilar al observador que no tenga el pulso necesario para sujetarlas en la tenaza de la lógica; y no obstante, allí está la verdad; sí, allí está; la estamos viendo: la túnica con que se la ha cubierto es de gasa de Cos.
El P. Calleja, ántes mentado, asegura que Juana Ines nunca pensó en casarse, y para justificar su resolucion de tomar el velo, habla con gracia de lo caduco y fútil de la belleza exterior y de los peligros que la rodean, “porque el verdor de los pocos años tiene su misma ternura por amenaza de su duracion; y no hay abril que pase de un mes ni mañana que llegue á un dia;” y porque “la buena cara de la mujer pobre es una pared blanca donde no hay necio que no quiera echar su borron.” El mismo Padre habla en seguida sobre lo incompatible de los estudios á que se habia aplicado la jóven, con las obligaciones de religiosa, obstáculo que, no sabemos cómo, allanó el jesuita Antonio Núñez, sacerdote bien reputado y confesor de los vireyes de Méjico. A este propósito dice la misma Juana Ines estas notables palabras: “Y sabe (su Divina Magestad) que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra (segun algunos) en la mujer, y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien su Magestad que, no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele solo á quien me le dió, y que no otro motivo me entró en la religion, no obstante que al desembarazo y quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el Señor y lo sabe en el mundo quien solo debió saber, lo que intenté en órden á esconder mi nombre, y que no me lo permitió diciendo que era tentacion; y así seria.” “Éntreme religiosa, dice en otro lugar, porque aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo mas decente que podia elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo primer respecto, como al mas importante, cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.”
Lo que dejamos trascrito pudiera ser buen testimonio de que Juana Ines buscó en los claustros solo la perfeccion de la virtud ascética: queria que se apagase su inteligencia y que su nombre no luciese en el mundo; queria consagrarse toda á Dios; se humillaba, se abatia, se anonadaba. Mas ¿cómo armonizar este procedimiento con su delirante pasion á los estudios profanos? ¿cómo convenir en que haya llegado aquella austera virtud á ser la reina absoluta de un corazon cuyo fuego, que nada tiene de místico, está todavía y estará vivo y abrasador como el de la musa de Lésbos,[C] en mas de un centenar de versos? “A la verdad, yo nunca he escrito, dice nuestra heroína, sino violentada y forzada, y solo por dar gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia”... “El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza ajena, que les pudiera decir con verdad: _Vos me coegistes_” ¡Qué conflictos los nuestros! Todo esto es verdad sin duda; pero lo es tambien lo que pensamos, y nuestra lógica está fundada en pruebas que nos proporciona la misma poetisa...
Pero no, no es así; corrijamos nuestros conceptos que van errados. La aficion de Juana Ines á los estudios debia producir frutos; pero estos, si provenian de asunto sagrado, eran peligrosos, y “yo no quiero, confiesa ella, ruido con el Santo Oficio, y tiemblo de decir alguna proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun lugar.”... “El cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una heregía contra el arte no castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura.”
¿Satisface esta razon? Sí que satisface, contestamos. El espíritu religioso de aquellos tiempos que se mezclaba tanto en las menudencias del hogar como en los mas trascendentales enredos de la vida pública, hacia difícil el tratar ciertas materias; y entre lo sagrado que podia abrir al escritor las puertas de una mazmorra para encerrarle por largos años, y esto saliendo bien librado, y lo profano que deleitaba sin peligro, no cabia vacilacion: se elegia lo segundo, por mas que hubiese necesidad de rozarse, y á veces hasta ensuciarse (¡oh fea contradiccion!) con el sensualismo de los paganos, tan opuesto á las puras doctrinas del Evangelio. Juana Ines, que tenia necesidad de dar salida á un gran caudal de pensamientos que bullian represos en su mente, obró muy bien en levantar la compuerta de plata del lado de la tierra, y mirar con respetuoso temor la de oro del lado del cielo. Sí, muy bien obrò, y tanto mas cuanto, á nuestro juicio, lo profano que aceptó por necesidad, no dañó nunca el sentimiento piadoso arraigado en su alma.
Pero Juana Ines asegura que nunca se inclinó al matrimonio, y esos versos de fuego, esos versos que centellean como desprendidos del hierro candente golpeado sobre el yunque, fueron arrancados por la fuerza, casi con violencia; ¿cómo entendemos esto? ¡Ah! ¿os acordáis de Eloisa? Tambien se opuso al matrimonio. ¡Noble espíritu de la décima musa, perdonadnos! vos habeis dejado impreso vuestro ser en unas cuantas estrofas, y sois la causa de que así os juzguemos... La fuerza, la violencia, el poder de una mano que la jóven besaba y bendecia con gratitud, el dulce imperio de una voz para ella mágica é irresistible, la hicieron pulsar el laud y cantar: Juana nunca pudo resistir á los deseos é insinuaciones de su protectora la marquesa de Mancera, y de otras personas que, por el afecto y consideracion que la merecian, habian llegado á adquirir una suerte de imperio sobre ella. Cantó, pues, y aunque lo hizo de la manera que lo dice, no pudo ocultar sus propios afectos, y los trasladó á sus versos. Sea espontáneamente, ó bien por la herida que hace el acero en la corteza, el enebro produce incienso, y no ninguna otra resina. Para ocultar esos afectos era preciso guardar silencio; al cantar, su aparicion era infalible. De lo contrario habria mentido la poetisa: sus cantares fueran falsos, descoloridos, insustanciales, frios como témpanos. Cierto, Juana Ines queria esconder lo que sentia, y le causaba _positiva repugnancia_ aquello que debia hacer traicion á su secreto.
Quedan, pues, en su punto nuestras sospechas. ¡Qué! sospechas, decimos, y decimos mal: á nuestro juicio hay evidencia: Juana abrigaba una pasion de esas vehementes, violentas, consumidoras pasiones que prenden solo en el pecho de las poetisas formadas por el amor y para el amor. La sensibilidad con que nacen constituye su tormento y su gloria. Aman con delirio, padecen sin tregua, se sacrifican con heroismo; la espresion de su cariño, sus quejas, suspiros, gritos de angustia... todos son cantares, todos son melodías; y enbebecidas en los afectos ó en los dolores que las dominan, no advierten que el mundo las escucha; y absortas en su historia íntima actual, no tienden las miradas á lo porvenir donde brilla ya la seductora estrella de su fama. El poeta es un templo vivo consagrado á los afectos y á las ilusiones, y su propio corazon es la víctima del cotidiano sacrificio; mas la poetisa añade tanta ternura, tanto atractivo y misterio á ese culto sublime, que casi siempre se hace superior, por este respecto, á su hermano de sentimiento y de armonía.
“Deja que nuestras dos almas, Pues un mismo amor las rige, Teniendo la union en poco, Amantes se identifiquen.
Un espíritu amoroso Nuestras dos vidas anime, Y Láchises al formarlas De un solo copo las hile;
Nuestros dos conformes pechos Con solo un aura respiren, Un destino nos gobierne Y una inclinacion nos guie”.
¿Escuchais? Es Juana Ines quien deja escapar esas veces del corazon, esa melodía del amor.
Y estos no son los únicos ni los mas lucidos versos en que muestra su pasion: ¡oh, no! los hemos tomado á la ventura, reservándonos examinar mas adelante las mejores de sus poesías amorosas. Con todo, vienen muy á cuento las siguientes cuartetas para la materia que tratamos:
“Yo me ocuerdo (¡oh nunca fuera!) Que he querido en otro tiempo, Lo que pasó de locura Y lo que excedió de extremo.”
“Tan precisa es la apetencia Que á ser amados tenemos, Que aun sabiendo que es inútil, Nunca dejarla sabemos.”
“Si es delito, ya lo digo; Si es culpa, ya la confieso; Mas no puedo arrepentirme, Por mas que hacerlo pretendo.”
“Pero valor, corazon, Porque tan dulce tormento, En medio de cualquier suerte, No dejar de amar protesto.”
He ahí una confesion que ha debido excusarnos de escribir la mitad de cuanto en este capítulo llevamos dicho: ¡Juana Ines amaba! No importa que no sepamos quien fué el dichoso mortal en quien fijó sus ojos esta eminente mujer; contentámonos de saber que fué apasionada en el amor, de entrever que no fué dichosa en él, de recelar que algun desengaño, alguna pérdida, alguna de esas hondas penas propias de las almas elevadas y vehementes, contribuyeron á llevarla al monasterio, asilo frecuente, aun en dias de vivos, de las desgracias que no tienen remedio en el mundo. Juana halló, queremos suponer, el consuelo que buscaba, y llegó talvez á disfrutar alguna felicidad: fué virtuosa, amaba el estudio; ya lo hemos dicho.
Poco tiempo despues de haberse colmado de gloria sosteniendo el certámen á que fué obligada, y ántes de haber llegado á los diez y ocho años de edad, tomó el velo en el monasterio de San Gerónimo de Méjico. Mas no por esto rompió del todo con el mundo: era una lámpara que Dios habia encendido para que puesta en alto alumbrara á todos los de la casa, y no para que fuese escondida debajo del celemin. La fama de su sabiduría la obligaba á vivir en comunicacion con las personas doctas y de encumbrada gerarquía; era un oráculo consultado por los vireyes, los prelados, los literatos y hombres científicos, nacionales y estranjeros, y por este medio participaba, mal su grado, de la vida social y profana que se agitaba allende los muros de su convento. Su sed de mayor sabiduría iba á par del brillo de su nombre y de la admiracion general de que era objeto, y doblaba el estudio y la meditacion. Sinembargo, no dejaba de cumplir con puntualidad sus deberes de monja, y como “la caridad era su virtud reina,” buscaba y aprovechaba las ocasiones de ejercerla, ya por medio de oportunos consejos y advertencias, ya con ocultas limosnas, ya sirviendo hasta de enfermera en el monasterio. Lo que rehusó siempre, porque le gustaba ménos que estas santas ocupaciones, ó por juzgarlo como ocasion de malgastar el tiempo, fué tener mando en la comunidad: dos veces fué electa abadesa, y ambas renunció decididamente. Fué quizás tambien obra de humildad; mas sino lo fué, bien se comprende la razon que tendria para rechazar el dominio sobre una reducida grey de mujeres, quien habia llegado á dominar por la fuerza del ingenio sobre toda una sociedad lucida y numerosa.
El tino en la distribucion del tiempo lo dobla y hasta triplica, y como Sor Juana Ines era en todo cuerda y activa, despues de las horas gastadas en sus piadosas atenciones y en entender en los asuntos profanos que como á sabia y literata la encomendaban, las tenia, pues, largas para consagrarse á sus favoritas labores intelectuales y departir á solas con sus _cuatro mil amigos_ que habia logrado reunir en su biblioteca. Metida aquí, con leer y mas leer, estudiar y mas estudiar, como ella misma dice; teniendo por únicos maestros los libros y por condiscípulo el tintero, alcanzó mayor grado de perfeccion en las ciencias y artes que ya sabia, aprendió otras y escribió unas cuantas obras en prosa y verso.
Parece que su organismo hubiera sido hecho exprofeso para la observacion y la meditacion: cuando no tenia el libro en las manos, hallaba motivos de estudio en las personas que veía, en los objetos que la rodeaban, en el suelo que pisaba, en los ángulos de un aposento, en la luz, en el aire, en todo. “Paseábame, dice en una carta, en el testero de un dormitorio nuestro, que es una pieza muy capaz, y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo á nivel, la vista fingia que las líneas se inclinaban una á otra, y que el techo estaba mas bajo en lo distante que en lo próximo; de donde inferia que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van á formar una figura piramidal. Y discurria si seria esta la razon que obligó á los antiguos á dudar si el mundo era esférico ó no; porque aunque lo parece, podia ser engaño de la vista, &.”
A nuestro juicio, aunque en el convento escribió muchas cosas profanas, las poesías eróticas deben referirse al tiempo anterior; pues si, como pensamos y tenemos por indudable, quiso ahogar en el claustro alguna desgraciada pasion, mal pudo haber atizado su dolencia en vez de remediarla. A lo ménos no era mujer que no pudiese hacer el sacrificio de cubrir en lo posible un sentimiento mundano con una piedad necesaria é imprescindible.