Obras selectas de la celebre monja de Mejico, sor Juana Ines de la Cruz
Part 19
Pues ¿qué os pudiera contar, señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Ver que un huevo se une y frie en la manteca ó aceite; y por contrario se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluido, basta echarle un muy mínima parte de agua, en que haya estado membrillo ú otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí, y juntas no. Por no cansaros con tales frialdades, que solo refiero por daros entera noticia de mi natural, y creo que os causarán risa... Pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina? Bien dijo Supercio Leonardo: _Que bien se puede filosofar y aderezar la cena_. Y yo suelo decir, viendo estas cosillas: _Si Aristóteles hubiera guisado, mucho mas hubiera escrito_. Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo, que esto es tan continuo en mí, que no necesito de libros; y en una ocasion que por un grave accidente de estómago me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos dias; y luego les propuse que era ménos dañoso el concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumian mas espíritus en un cuarto de hora, que el estudio de los libros en cuatro dias; y así se redujeron á concederme que leyese; y mas, señora mia, que ni aun el sueño se libró de este continuo movimiento de mi imaginativa, ántes suele obrar en él mas libre y desembarazada, confiriendo con mayor claridad y sosiego las especies que ha conservado del dia; arguyendo, haciendo versos, de que os pudiera hacer un catálogo muy grande, y de algunas razones y delgadezas que he alcanzado dormida mejor que despierta; y las dejo por no cansaros, pues basta lo dicho para que vuestra discrecion y trascendencia penetre y se entere perfectamente en toda mi natural, y del principio, medios y estado de mis estudios.
Si estos, señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres) no lo hubieran sido en mí, porque obra necesariamente; si son culpa, por la misma razon creo que no la he tenido; mas con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fio de mi juicio; y así remito la decision á ese soberano talento, somefiéndome luego á lo que sentenciare, sin contradiccion ni repugnancia, pues este no ha sido mas de una simple narracion de mi inclinacion á las letras. Confieso tambien que con ser esto verdad tal, que (como he dicho) no necesitaba de ejemplares, con todo, no me han dejado de ayudar los muchos que he leido, así en divinas como en humanas letras. Porque veo á una Débora dando leyes, así en lo militar como en lo político, y gobernando el pueblo donde habia tantos varones doctos. Veo una sapientísima reina de Sabá, tan docta que se atreve á tentar con enigmas la sabiduría del mayor de los sabios, sin ser por ello reprendida; ántes por ello será juez de los incrédulos. Veo tantas y tan insignes mujeres; unas adornadas del don de profecía, como una Abigail; otras de persuacion, como Ester; otras de piedad, como Raab; otras de perseverancia, como Ana, madre de Samuel, y otras infinitas en otras especies de prendas y virtudes.
Si revuelvo á los gentiles, lo primero que encuentro es con las Sibilas, elegidas de Dios para profetizar los principales misterios de nuestra fe, y en tan doctos y elegantes versos, que suspenden la admiracion. Veo adorar por diosa de las ciencias á una mujer como Minerva, hija del primer Júpiter y maestra de toda la sabiduría de Aténas. Veo una Bola Argentaria que ayudó á Lucano, su marido, á escribir la gran batalla de Farsalia. Veo á la hija del divino Tiresias mas docta que su padre. Veo á una Cenobia, reina de los palmirenos, tan sabia como valerosa; á un Agete, hija de Arístipo, doctísima; á Nicóstrata, inventora de las letras latinas y eruditísima en las griegas; á una Aspasia Milesia que enseñó filosofía y retórica, y fué maestra del filósofo Perícles; á una Hipasía que enseñó astrología, y leyó mucho tiempo en Alejandría; á una Leoncia, griega, que escribió contra el filósofo Teofrasto y le convenció; á una Jucia, á una Corina, á una Cornelia; y en fin, á toda la gran turba de las que merecieron nombre ya de griegos, ya de musas, ya de pitonisas; pues todas no fueron mas que mujeres doctas, tenidas y celebradas, y tambien veneradas de la antigüedad por tales. Sin otras infinitas de que están los libros llenos, pues veo aquella egipciaca Catarina, leyendo y convenciendo todas las sabidurías de los sabios de Egipto; veo una Gertrúdis leer, escribir y enseñar; y para no buscar ejemplos fuera de casa, veo una santísima madre mia Paula, docta en las lenguas hebrea, griega y latina, y aptísima para interpretar las Escrituras. Y ¿qué mas? que siendo su coronista un máximo Gerónimo, apénas se hallaba el Santo digno de serlo, pues con aquella viva ponderacion y enérgica eficacia con que sabe esplicarse dice: _Si todos los miembros de mi cuerpo fuesen lenguas, no bastarian á publicar la sabiduría y virtud de Paula_. Las mesmas alabanzas le mereció Blesilla, viuda, y las mismas la esclarecida vírgen Eustoquia, hijas ambas de la misma Santa; y la segunda tal, que por su ciencia era llamada _Prodigio del mundo_. Faviola, romana, fué tambien doctísima en la Sagrada Escritura. Proba Falconia, mujer romana, escribiò un elegante libro con centones de Virgilio, de los misterios de nuestra Santa fe. Nuestra reina doña Isabel, mujer del décimo Alfonso, es corriente que escribió de astrología. Sin otras que omito por no trasladar lo que otros han dicho (que es vicio que siempre he abominado), pues en nuestros tiempos está floreciendo la gran Cristina Alejandra, reina de Suecia, tan docta como valerosa y magnánima, _y las Exmas. señoras duquesa de Abeiro y condesa de Villa-umbrosa_.
El venerable doctor Arce (digno profesor de Escritura por su virtud y letras) en su estudio _Bibliorum_ excita esta cuestion: _An liceat fœminis sacrorum Bibliorum studio incumbere?_ eaque interpretari? Y trae por la parte contraria muchas sentencias de Santos en especial aquello del Apóstol: _Mulieres in Eclesijs taceant, non enim permittitur eis loqui, &._ (_1. ad Cor, cap. 14. v. 344, cap. 2. v. 3. ad Titum._) Trae despues otras sentencias, y del mismo Apóstol aquel lugar _ad Titum_: _Anus similiter in habitu sancto bené docentes_, con interpretaciones de los Santos Padres; y al fin resuelve con su prudencia, y el leer publicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito en las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no solo les es lícito, pero muy provechoso y útil: claro está que esto no se debe entender con todas, sino con aquellas á quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia, y que fueren muy provectas y eruditas, y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo; y esto es tan justo, que no solo á las mujeres (que por tan ineptas están tenidas) sino á los hombres (que con solo serlo piensan que son sabios) se habia de prohibir la interpretacion de las Sagradas Letras, en no siendo muy doctas y virtuosas, y de ingenios dóciles y bien inclinados; porque de lo contrario, creo yo, que han salido tantos sectarios, y que ha sido la raiz de tantas heregías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la ley (que es quien las rehusa); y así, hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una heregía, no están contentos. De estos dice el Espíritu Santo; _In malevolam animan non introibit sapientia_. A estos mas daño les hace el saber, que les hiciera el ignorar. Dijo un discreto: _Que no es necio entero el que no sabe, latin; pero el que lo sabe, está calificado_. Y añado yo, que le perfecciona (si es perfeccion la necedad) el haber estudiado su poco de filosofía y teología, y el tener alguna noticia de lenguas, que con eso es necio en muchas ciencias y lenguas; porque un necio grande no cabe en solo la lengua materna.
A estos vuelvo á decir, hace daño el estudiar, porque es poner espada en manos del furioso; que siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos es muerte suya y de muchos. Tales fueron las divinas letras en poder del malvado Pelagio y del protervo Arrio, del malvado Lutero y de los demas heresiarcas, como lo fué nuestro doctor (nunca fué nuestro ni doctor) Cazalla; á los cuales hizo daño la sabiduría, porque aunque es el mejor alimento y vida del alma, á la manera que en el estómago mal acomplexionado y de viciado calor, miéntras mejores son los alimentos que recibe, más áridos, fermentados y perversos son los humores que cria; así estos malévolos, miéntras mas estudian peores opiniones engendran; obstrúyeseles el entendimiento con lo mismo que habia de alimentarle, y es que estudian mucho y digieren poco, sin proporcionarse al vaso limitado de sus entendimientos. A esto dice el Apóstol: _Dico enim per gratiam, quæ data est mihi, omnibus, qui sunt inter vos: Non plus sapere, quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem, unicuique sicut Deus divisit mensuram fidei._ (_Ad Rom. Cap. 12, v. 3_). Y en verdad, no lo dijo el Apóstol á las mujeres sino á los hombres; y que no es solo para ellos el _taceant_, sino es para todos los que no fueren muy aptos. Querer yo saber tanto ó mas que Aristóteles ó que San Agustin, si no tengo la aptitud de San Agustin ó de Aristóteles (aunque estudie mas que los dos), no solo no lo conseguiré sino que debilitaré y entorpeceré la operacion de mi flaco entendimiento, con la desproporcion del objeto.
¡Oh, si todos (y yo la primera, que soy una ignorante) nos tomásemos la medida del talento ántes de estudiar [y lo peor es, de escribir] con ambiciosa codicia de igualar, y aun de exceder á otros, qué poco ánimo nos quedara y de cuántos errores nos escusáramos, y cuántas torcidas inteligencias que andan por ahí no anduvieran! Y pongo las mias en primer lugar, pues si conociera, como debo, esto mismo no escribiera; y protesto que solo lo hago por obedeceros, con tanto recelo, que me debeis mas en tomar la pluma con este temor, que me debiérades si os remitiera mas perfectas obras. Pero bien que va á vuestra correccion: borradlo, rompedlo y reprendedme, que eso apreciaré yo mas que todo cuanto vano aplauso me pueden otros dar: _Corripiet me justus in misericordia, & increpabit: oleum autem peccatoris non impinguet caput meum._ (_Ps. 140, v. 5._)
Y volviendo á nuestro Arce, digo que trae, en confirmacion de su sentir, aquellas palabras de mi padre San Gerónimo, _ad Lætam de institutione filiæ_, donde dice: _Adhut tenera lingua Psalmis dulcibus imbuatur. Ipsa nomina per quæ consuescit paulatim verba contexere, non sint fortuita, sed certa, & conservata de industria, Prophetarum videlicet, atque Apostulorum, & omnis ab Adam Patriarcharum series, de Mathæo, Lucaque descendat, ut dum aliud agit, futuræ memoriæ præparetur. Reddat tibi pensum quotidie de Scripturorum floribus carptum._ (_Ep. 7._) Pues si así queria el Santo que se educase una niña que apénas empezaba á hablar, ¿Qué querrá en sus monjas y en sus hijas espirituales? Bien se conoce en las referidas Eustoquia y Fabiola y en Marcela, su hermana, Pacátula y otras, á quienes el Santo honra en sus Epístolas exhortándolas á este sagrado ejercicio; como se conoce en la citada epístola donde noté yo aquel _Reddat tibi pensum_, que es reclamo y concordante del _Bené docentes_ de San Pablo; pues el _Reddat tibi_ de mi gran padre da á entender, que la maestra de la niña ha de ser la misma Leta su madre.
¡Oh cuántòs daños se escusaran en nuestra república, si las ancianas fueran doctas como Leta, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi padre San Gerónimo! Y no que por defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar á las pobres mujeres, si algunos padres desean doctrinar mas de lo ordinario á sus hijas, les fuerza la necesidad y falta de ancianas sabias á llevar maestros hombres á enseñar á leer, escribir y contar, á tocar y otras habilidades, de que no pocos daños resultan, como se experimentan cada dia en lastimosos ejemplos de desiguales consorcios; porque con la inmediacion del trato y la comunicacion del tiempo, suele hacerse fácil lo que no se pensó ser posible. Por lo cual muchos quieren mas dejar bárbaras é incultas á sus hijas, que no exponerlas á tan notorio peligro, como la familiaridad con los hombres, lo cual se escusara si hubiera ancianas doctas, como quiere San Pablo, y de unas en otras fuese subcediendo el magisterio, como sucede en el de hacer labores, y lo demas que es costumbre. Porque ¿qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa conversacion y costumbres tuviese á su cargo la educacion de las doncellas? Y no que estas, ó se pierden por falta de doctrina, ó por querérsela aplicar por tan peligrosos medios, cuales son los maestros hombres, que cuando no hubiera mas riesgo que la indecencia de sentarse al lado de una mujer verecunda (que aun se sonrosea de que la mire á la cara su propio padre) un hombre tan estraño, á tratarla con casera familiaridad, y á tratarla con magistral llaneza; el pudor del trato con los hombres y de su conversacion, basta para que no se permitiese. Y no hallo yo que este modo de enseñar de hombres á mujeres pueda ser sin peligro, si no es en el severo tribunal de un confesonario, ó en la distante decencia de los púlpitos, ó en el remoto conocimiento de los libros; pero no en el manoseo de la inmediacion. Y todos conocen que esto es verdad, y con todo, se permite solo por el defecto de no haber ancianas sabias; luego es grande daño el no haberlas. Esto debian considerar las que atados al _Mulieres in Ecclesia taceant_, blasfeman de que las mujeres sepan y enseñen, como que no fuera el mismo Apóstol el que dijo: _Bené docentes_. Demas de que aquella prohibicion cayó sobre lo historial que refiere Eusebio, y es que en la Iglesia primitiva se ponian las mujeres á enseñar las doctrinas unas á otras en los templos, y este rumor confundia cuando predicaban los apóstoles; y por eso no se les mandó callar, como ahora sucede, que miéntras predica el predicador no se reza en alta voz.
No hay duda de que para la inteligencia de muchos lugares, es menester mucha historia, costumbres, ceremonias, proverbios y aun maneras de hablar de aquellos tiempos en que se escribieron, para saber qué caen y á qué aluden algunas locuciones de las divinas Letras: _Seindite corda vestra, & non vestimenta vestra._ (_Joel, Cap. 2, v. 13._) ¿No es alusion á la ceremonia que tenian los hebreos de rasgar los vestidos en señal de dolor, como lo hizo el mal pontífice cuando dijo que Cristo habia blasfemado? Muchos lugares del Apóstol sobre el socorro da las viudas, ¿no miraban tambien á las costumbres de aquellos tiempos? Aquel lugar de la mujer fuerte: _Nobilis impartis vir eius._ (_Prov. Cap. 31, v. 23_) ¿no alude á la costumbre de estar los tribunales de los jueces en las puertas de las ciudades? El _Dare terram Deo_, ¿no significaba hacer algun voto? ¿_Hyemantes_, no se llamaban los pecadores públicos, porque hacian penitencia á cielo abierto, á diferencia de los otros que la hacian en un portal? Aquella queja de Cristo al fariseo, de la falta del ósculo y lavatorio de pies, ¿no se fundó en la costumbre que de hacer estas cosas tenian los judíos? Y otros infinitos lugares, no solo de las Letras Divinas, sino tambien de las humanas, que se topan á cada paso, como el _adoratem purpuram_, que significa obedecer al rey, el _Manumittee eum_, que significa dar libertad, aludiendo á la costumbre y ceremonia de dar una bofetada al esclavo para darle libertad? Aquel _Intonui Cœlum_ de Virgilio, que alude al agüero de tronar hácia Occidente, que se tenia por bueno? Aquel _Tu nunquam leporem edisti_ de Marcial, que no solo tiene el donaire del equívoco en el _Leporem_, sino la alusion á la propiedad que decian, tener la libertad? Aquel proverbio, _Maleam legens, quæ sunt domi obliviscere_, que alude al gran promontorio de Laconia? Aquella respuesta de la casta matrona al pretensor molesto, de _por mi no se untarán los quicios ni arderán las teas_, para decir que no queria casarse, aludiendo á la ceremonia de untar las puertas con manteca y encender las teas nupciales en los matrimonios, como si ahora dijéramos: Por mí no se gastarán las arras ni echará bendiciones el cura. Y así hay tanto comento de Virgilio y Homero, y de todos los poetas y oradores. Pues fuera de esto, ¿qué dificultades no se hallan en los lugares sagrados, aun en lo gramatical de ponerse el plural por singular, de pasar de segunda á tercera persona, como aquello de los Cantares: _Osculetur me osculo oris sui: quia meliora sunt ubera tua vino?_ (_Cant. 1, Cap. 7, v. 1._) Aquel poner los adjetivos en genitivo, en vez de acusativo, como, _Calicem salutaris accipiam?_ Aquel poner el femenino por masculino; y al contrario, ¿llamar adulterio á cualquier pecado?
Todo esto pide mas leccion de lo que piensan algunos, que de meros gramáticos; ó cuando mucho con cuatro términos de súmulas quieren interpretar las Escrituras, y se aferran del _Mulieres in Ecclesia taceant_, sin saber cómo se ha de entender. Y de otro lugar, _Mulieres in silentio discat_. Siendo este lugar mas en favor que en contra de las mujeres, pues manda que aprendan; y miéntras aprenden, claro está que es necesario que callen. Y tambien está escrito: _Audi Israel, & tace._ Donde se habla con toda la coleccion de los hombres y mujeres, y á todos se manda callar; porque quien oye y aprende es mucha razon que atienda y calle. Y si no yo quisiera que estos intérpretes y expositores de San Pablo me explicaran cómo entienden aquel lugar, _Mulieres in Ecclesia taceant_; porque ó lo han de entender de lo material de los púlpitos y cátedras, ó de lo formal de la universalidad de los fieles, que es la Iglesia: si lo entienden de lo primero, que es (en mi sentir) su verdadero sentido, pues vemos que, con efecto, no se permite en la Iglesia que las mujeres lean pùblicamente ni prediquen, ¿por qué reprenden á las que privadamente estudian? Y si lo entienden de lo segundo y quieren que la prohibicion del Apóstol sea trascendentalmente, que ni en lo secreto se permita escribir ni estudiar á las mujeres, ¿cómo vemos que la Iglesia ha permitido que escriba una Gertrúdis, una Teresa, una Brígida, la monja Agreda y otras muchas? Y si me dicen que _estas eran santas_, es verdad; pero no obsta á mi argumento: lo primero, porque la proposicion de San Pablo es absoluta y comprende á todas las mujeres sin excepcion de santas; pues tambien en su tiempo lo eran Marta y María, Marcela, María madre de Jacob, y Salomé y otras muchas que habia en el fervor de la primitiva Iglesia, y no las exceptúa; y ahora vemos que la Iglesia permite escribir á las mujeres santas y no santas, pues la Agreda y María de la Antigua no están canonizadas, y corren sus escritos; y ni cuando Santa Teresa y las demas escribieron, lo estaban. Luego la prohibicion de San Pablo solo miró á la publicidad de los púlpitos, pues si el Apóstol prohibiera el escribir, no lo permitiera la Iglesia. Pues ahora yo no me atrevo á enseñar, que fuera en mí muy desmedida presuncion, y el escribir mayor talento que el mio requiere, y muy grande consideracion. Así lo dice San Cipriano: _Gravi consideratione indigent, quæ scribimus._ Lo que solo he deseado es estudiar para ignorar ménos que (segun San Agustin) unas cosas se aprenden para hacer y otras para solo saber: _Discimus quædam, ut sciamus; quædam, ut faciamus._ Pues ¿en qué ha estado el delito, si aun lo que es lícito á las mujeres, que es enseñar escribiendo, no hago yo, porque conozco que no tengo caudal para ello? Siguiendo el consejo de Quintiliano: _Noseat quisque, & non tantum ex alienis præceptis, sed ex natura sua capiat consilium._ Si el crímen está en la Carta Atenagórica, ¿fué aquella mas que referir sencillamente mi sentir, con todas las venias que debo á nuestra Santa Madre Iglesia? Pues si ella con su santísima autoridad no me lo prohibe, ¿por qué me lo han de prohibir los otros? Llevar una opinion contraria á la de Vieyra ¿fué en mí atrevimiento, y no lo que fué en su paternidad llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia? Mi entendimiento tal cual, ¿no es tan libre como el suyo, pues viene de un solaz? ¿Es alguno de los principios de la Santa Fe revelados su opinion, para que la hayamos de creer á ojos cerrados? Demas que yo ni falté al decoro que á tanto varon se debe, como acá ha faltado su defensor, olvidando la sentencia de Tito Lucio: _Artes committatur decor_. Ni toqué á la sagrada compañía el pelo de la ropa, ni escribí mas que para el juicio de quien me insinuó; y segun Plinio. _Non similis est conditio publicantis, & nominatim dicentis_. Que si creyera se habia de publicar, no fuera con tanto desaliño como fué. Si es (como dice el censor) heretica, ¿por qué no la delata? y con eso él quedará vengado y yo contenta, que aprecio (como debo) mas el nombre de católica y obediente hija de mi Santa Madre Iglesia, que todos los aplausos de docta. Si está bárbara (que en eso dice bien) ríase, aunque sea con la risa que dicen del conejo; que yo no le digo que me aplauda, pues como yo fuí libre para disentir de Vieyra, lo será cualquiera para disentir de mi dictámen.
Pero ¿dónde voy, señora mia? que esto no es de aquí ni para vuestros oidos, sino que como voy tratando de mis impugnadores, me acordé de las cláusulas de uno que ha salido ahora, é insensiblemente se deslizó la pluma á quererle responder en particular, siendo mi intento hablar en general. Y así volviendo á nuestro Arce, dice que conoció en esta ciudad dos monjas, la una en el convento de Regina, que tenia el breviario de tal manera en la memoria, que aplicaba con grandísima prontitud y propiedad sus versos, salmos y sentencias de homilías de santos en las conversaciones. La otra en el convento de la Concepcion, tan acostumbrada a leer las Epístolas de mi padre San Gerónimo y locuciones del Santo de tal manera, que dice Arce: _Hieronymum ipsum Hispané loquentem audire me existimarem._ Y de esta dice que supo, despues de su muerte, habia traducido dichas Epístolas en romance; y se duele de que tales talentos no se hubieran empleado en mayores estudios, con principios científicos, sin decir los nombres de la una ni de la otra, aunque las trae para confirmacion de su sentencia; que es que no solo es lícito, pero utilísimo y necesario á las mujeres el estudio de las sagradas letras; y mucho mas á las monjas, que es lo mismo á que vuestra discrecion me exhorta, y á que concurren tantas razones.