Part 23
Sé que en su corazón, nido de sierpes, No hay una fibra que al amor responda; Que es una estatua inanimada... pero... ¡Es tan hermosa!
XL
Su mano entre mis manos, Sus ojos en mis ojos, La amorosa cabeza Apoyada en mi hombro, ¡Dios sabe cuántas veces Con paso perezoso, Hemos vagado juntos Bajo los altos olmos Que de su casa prestan Misterio y sombra al pórtico! Y ayer... un año apenas Pasado como un soplo, Con qué exquisita gracia, Con qué admirable aplomo, Me dijo al presentarnos Un amigo oficioso: --Creo que en alguna parte He visto á usted.--¡Ah! bobos, Que sois de los salones Comadres de buen tono, Y andáis por allí á caza De galantes embrollos: ¡Qué historia habéis perdido! ¡Qué manjar tan sabroso Para ser devorado _Sotto voce_ en un corro, Detrás del abanico De plumas y de oro! . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡Discreta y casta luna, Copudos y altos olmos, Paredes de su casa, Umbrales de su pórtico, Callad, y que el secreto No salga de vosotros! Callad; que por mi parte Lo he olvidado todo: Y ella... ella... ¡no hay máscara Semejante á su rostro!
XLI
Tú eras el huracán, y yo la alta Torre que desafía su poder: ¡Tenías que estrellarte ó abatirme!... ¡No pudo ser! Tú eras el Océano y yo la enhiesta Roca que firme aguarda su vaivén: ¡Tenías que romperte ó que arrancarme!... ¡No pudo ser! Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados Uno á arrollar, el otro á no ceder; La senda estrecha, inevitable el choque... ¡No pudo ser!
XLII
Cuando me lo contaron sentí el frío De una hoja de acero en las entrañas; Me apoyé contra el muro, y un instante La conciencia perdí de donde estaba. Cayó sobre mi espíritu la noche; En ira y en piedad se anegó el alma... ¡Y entonces comprendí por qué se llora, Y entonces comprendí por qué se mata! Pasó la nube de dolor... con pena Logré balbucear breves palabras... ¿Quién me dió la noticia?... Un fiel amigo... ¡Me hacía un gran favor!... Le di las gracias.
XLIII
Dejé la luz á un lado, y en el borde De la revuelta cama me senté, Mudo, sombrío, la pupila inmóvil Clavada en la pared. ¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme La embriaguez horrible del dolor, Expiraba la luz, y en mis balcones Reía el sol. Ni sé tampoco en tan terribles horas En qué pensaba ó qué pasó por mí; Sólo recuerdo que lloré y maldije, Y que en aquella noche envejecí.
XLIV
Como en un libro abierto Leo de tus pupilas en el fondo; ¿Á qué fingir el labio Risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences De confesar que me quisiste un poco. ¡Llora! Nadie nos mira. Ya ves; yo soy un hombre... ¡y también lloro!
XLV
En la clave del arco mal seguro, Cuyas piedras el tiempo enrojeció, Obra de cincel rudo, campeaba El gótico blasón.
Penacho de su yelmo de granito. La hiedra que colgaba en derredor Daba sombra al escudo, en que una mano Tenía un corazón.
Á contemplarlo en la desierta plaza Nos paramos los dos: Y «ése--me dijo--es el cabal emblema De mi constante amor.»
¡Ay! es verdad lo que me dijo entonces: Verdad que el corazón Lo llevará en la mano... en cualquier parte... Pero en el pecho, no.
XLVI
Me ha herido recatándose en las sombras, Sellando con un beso su traición. Los brazos me echó al cuello, y por la espalda Partióme á sangre fría el corazón.
Y ella prosigue alegre su camino, Feliz, risueña, impávida; ¿y por qué? Porque no brota sangre de la herida... ¡Porque el muerto está en pie!
XLVII
Yo me he asomado á las profundas simas De la tierra y del cielo, Y les he visto el fin ó con los ojos Ó con el pensamiento.
Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo, Y me incliné por verlo, Y mi alma y mis ojos se turbaron: ¡Tan hondo era y tan negro!
XLVIII
Como se arranca el hierro de una herida Su amor de las entrañas me arranqué, Aunque sentí al hacerlo que la vida Me arrancaba con él.
Del altar que le alcé en el alma mía La voluntad su imagen arrojó, y la luz de la fe que en ella ardía Ante el ara desierta se apagó.
Aún para combatir mi firme empeño Tiene á mi mente su visión tenaz... ¡Cuándo podré dormir con ese sueño En que acaba el soñar!
XLIX
Alguna vez la encuentro por el mundo Y pasa junto á mí; Y pasa sonriéndose, y yo digo: --¿Cómo puede reir?
Luego asoma á mi labio otra sonrisa, Máscara del dolor, Y entonces pienso:--¡Acaso ella se ríe Como me río yo!
L
Lo que el salvaje que con torpe mano Hace de un tronco á su capricho un dios, Y luego ante su obra se arrodilla, Eso hicimos tú y yo.
Dimos formas reales á un fantasma, De la mente ridícula invención, Y hecho el ídolo ya, sacrificamos En su altar nuestro amor.
LI
De lo poco de vida que me resta Diera con gusto los mejores años, Por saber lo que á otros De mí has hablado.
Y esta vida mortal... y de la eterna Lo que me toque, si me toca algo, Por saber lo que á solas De mí has pensado.
LII
Olas gigantes, que os rompéis bramando En las playas desiertas y remotas, Envuelto entre la sábana de espumas, ¡Llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán, que arrebatáis Del alto bosque las marchitas hojas, Arrastrado en el ciego torbellino, ¡Llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad, que rompe el rayo Y en fuego ornáis las desprendidas orlas, Arrebatado entre la niebla oscura, ¡Llevadme con vosotras!
Llevadme, por piedad, adonde el vértigo Con la razón me arranque la memoria... ¡Por piedad!... ¡Tengo miedo de quedarme Con mi dolor á solas!
LIII
Volverán las oscuras golondrinas En tu balcón sus nidos á colgar, Y otra vez con el ala á sus cristales Jugando llamarán;
Pero aquellas que el vuelo refrenaban Tu hermosura y mi dicha al contemplar, Aquellas que aprendieron nuestros nombres... Ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas De tu jardín las tapias á escalar, Y otra vez á la tarde, aún más hermosas, Sus flores se abrirán;
Pero aquellas cuajadas de rocío, Cuyas gotas mirábamos temblar Y caer, como lágrimas del día... Ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos Las palabras ardientes á sonar; Tu corazón de su profundo sueño Tal vez despertará;
Pero mudo y absorto y de rodillas, Como se adora á Dios ante su altar, Como yo te he querido... desengáñate, ¡Así no te querrán!
LIV
Cuando volvemos las fugaces horas Del pasado á evocar, Temblando brilla en sus pestañas negras Una lágrima pronta á resbalar.
Y al fin resbala, y cae como gota De rocío, al pensar Que, cual hoy por ayer, por hoy mañana, Volveremos los dos á suspirar.
LV
Entre el discorde estruendo de la orgía Acarició mi oído, Como nota de música lejana, El eco de un suspiro.
El eco de un suspiro que conozco, Formado de un aliento que he bebido, Perfume de una flor, que oculta crece En un claustro sombrío.
Mi adorada de un día, cariñosa, --¿En qué piensas?--me dijo. --En nada...--¿En nada, y lloras?--Es que tengo Alegre la tristeza y triste el vino.
LVI
Hoy como ayer, mañana como hoy, ¡Y siempre igual! un cielo gris, un horizonte eterno, ¡Y andar... andar!
Moviéndose á compás, como una estúpida Máquina, el corazón; La torpe inteligencia, del cerebro Dormida en un rincón.
El alma, que ambiciona un paraíso, Buscándolo sin fe; Fatiga sin objeto, ola que rueda Ignorando por qué.
Voz que incesante con el mismo tono Canta el mismo cantar; Gota de agua monótona que cae, Y cae sin cesar.
Así van deslizándose los días Unos de otros en pos, Hoy lo mismo que ayer... y todos ellos Sin goce ni dolor.
¡Ay! á veces me acuerdo suspirando Del antiguo sufrir... Amargo es el dolor; pero siquiera ¡Padecer es vivir!
LVII
Este armazón de huesos y pellejo, De pasear una cabeza loca Cansado se halla al fin, y no lo extraño; Pues, aunque es la verdad que no soy viejo, De la parte de vida que me toca En la vida del mundo, por mi daño He hecho un uso tal, que juraría Que he condensado un siglo en cada día.
Así, aunque ahora muriera, No podría decir que no he vivido; Que el sayo, al parecer nuevo por fuera, Conozco que por dentro ha envejecido.
Ha envejecido, sí; ¡pese á mi estrella! Harto lo dice ya mi afán doliente; Que hay dolor que al pasar, su horrible huella Graba en el corazón, si no en la frente.
LVIII
¿Quieres que de ese néctar delicioso No te amargue la hez? Pues aspírale, acércale á tus labios, Y déjale después.
¿Quieres que conservemos una dulce Memoria de este amor? Pues amémonos hoy mucho, y mañana Digámonos _¡adiós!_
LIX
Yo sé cuál el objeto De tus suspiros es; Yo conozco la causa de tu dulce Secreta languidez. ¿Te ríes?... Algún día Sabrás, niña, por qué: Tú acaso lo sospechas, Y yo lo sé.
Yo sé lo que tú sueñas, Y lo que en sueños ves; Como en un libro puedo lo que callas En tu frente leer. ¿Te ríes?... Algún día Sabrás, niña, por qué: Tú acaso lo sospechas, Y yo lo sé.
Yo sé por qué sonríes Y lloras á la vez; Yo penetro en los senos misteriosos De tu alma de mujer. ¿Te ríes?... Algún día Sabrás, niña, por qué: Mientras tú sientes mucho y nada sabes, Yo, que no siento ya, todo lo sé.
LX
Mi vida es un erial: Flor que toco se deshoja; Que en mi camino fatal, Alguien va sembrando el mal Para que yo lo recoja.
LXI
Al ver mis horas de fiebre É insomnio lentas pasar, Á la orilla de mi lecho, ¿Quién se sentará?
Cuando la trémula mano Tienda, próximo á expirar, Buscando una mano amiga, ¿Quién la estrechará?
Cuando la muerte vidríe De mis ojos el cristal, Mis párpados aún abiertos, ¿Quién los cerrará?
Cuando la campana suene (Si suena en mi funeral), Una oración al oirla, ¿Quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos Oprima la tierra ya, Sobre la olvidada fosa, ¿Quién vendrá á llorar?
¿Quién, en fin, al otro día, Cuando el sol vuelva á brillar, De que pasé por el mundo, Quién se acordará?
LXII
Primero es un albor trémulo y vago, Raya de inquieta luz que corta el mar; Luego chispea y crece y se dilata En ardiente explosión de claridad.
La brilladora luz es la alegría; La temerosa sombra es el pesar: ¡Ay! en la oscura noche de mi alma, ¿Cuándo amanecerá?
LXIII
Como enjambre de abejas irritadas, De un oscuro rincón de la memoria Salen á perseguirme los recuerdos De las pasadas horas.
Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo inútil! Me rodean, me acosan, Y unos tras otros á clavarme vienen El agudo aguijón que el alma encona.
LXIV
Como guarda el avaro su tesoro, Guardaba mi dolor; Yo quería probar que hay algo eterno A la que eterno me juró su amor.
Mas hoy le llamo en vano, y oigo al tiempo Que le agotó, decir: --¡Ah, barro miserable, eternamente No podrás ni aun sufrir!
LXV
Llegó la noche y no encontré un asilo; ¡Y tuve sed!... Mis lágrimas bebí; ¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos Cerré para morir!
¡Estaba en un desierto! Aunque á mi oído De las turbas llegaba el ronco hervir, Yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba Desierto... para mí!
LXVI
¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero De los senderos busca: Las huellas de unos pies ensangrentados Sobre la roca dura; Los despojos de un alma hecha jirones En las zarzas agudas, Te dirán el camino Que conduce á mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste De los páramos cruza; Valle de eternas nieves y de eternas Melancólicas brumas. En donde esté una piedra solitaria Sin inscripción alguna, Donde habite el olvido, Allí estará mi tumba.
LXVII
¡Qué hermoso es ver el día Coronado de fuego levantarse, Y á su beso de lumbre Brillar las olas y encenderse el aire!
¡Qué hermoso es tras la lluvia Del triste otoño en la azulada tarde, De las húmedas flores El perfume aspirar hasta saciarse!
¡Qué hermoso es cuando en copos La blanca nieve silenciosa cae, De las inquietas llamas Ver las rojizas lenguas agitarse!
¡Qué hermoso es cuando hay sueño Dormir bien... y roncar como un sochantre... Y comer... y engordar!... ¡y qué desgracia Que esto sólo no baste!
LXVIII
No sé lo que he soñado En la noche pasada; Triste, muy triste debió ser el sueño, Pues despierto la angustia me duraba.
Noté, al incorporarme, Húmeda la almohada, Y por primera vez sentí, al notarlo, De un amargo placer henchirse el alma.
Triste cosa es el sueño Que llanto nos arranca; Mas tengo en mi tristeza una alegría... ¡Sé que aún me quedan lágrimas!
LXIX
Al brillar un relámpago nacemos, Y aún dura su fulgor cuando morimos: ¡Tan corto es el vivir!
La gloria y el amor tras que corremos, Sombras de un sueño son que perseguimos: ¡Despertar es morir!
LXX
¡Cuántas veces al pie de las musgosas Paredes que la guardan, Oí la esquila que al mediar la noche A los maitines llama!
¡Cuántas veces trazó mi triste sombra La luna plateada, Junto á la del ciprés, que de su huerto Se asoma por las tapias!
Cuando en sombras la iglesia se envolvía, De su ojiva calada, ¡Cuántas veces temblar sobre los vidrios Vi el fulgor de la lámpara!
Aunque el viento en los ángulos oscuros De la torre silbara, Del coro entre las voces percibía Su voz vibrante y clara.
En las noches de invierno, si un medroso Por la desierta plaza Se atrevía á cruzar, al divisarme El paso aceleraba.
Y no faltó una vieja que en el torno Dijese á la mañana, Que de algún sacristán muerto en pecado Acaso era yo el alma.
A oscuras conocía los rincones Del atrio y la portada; De mis pies las ortigas que allí crecen Las huellas tal vez guardan.
Los buhos que espantados me seguían Con sus ojos de llamas, Llegaron á mirarme con el tiempo Como á un buen camarada.
A mi lado sin miedo los reptiles Se movían á rastras; ¡Hasta los mudos santos de granito Vi que me saludaban!
LXXI
No dormía; vagaba en ese limbo En que cambian de forma los objetos, Misteriosos espacios que separan La vigilia del sueño.
Las ideas, que en ronda silenciosa Daban vueltas en torno á mi cerebro, Poco á poco en su danza se movían Con un compás más lento.
De la luz que entra al alma por los ojos, Los párpados velaban el reflejo; Mas otra luz el mundo de visiones Alumbraba por dentro.
En este punto resonó en mi oído Un rumor semejante al que en el templo Vaga confuso, al terminar los fieles Con un _amén_ sus rezos.
Y oí como una voz delgada y triste Que por mi nombre me llamó á lo lejos, Y sentí olor de cirios apagados, De humedad y de incienso.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Entró la noche, y del olvido en brazos Caí, cual piedra, en su profundo seno: Dormí, y al despertar exclamé: «¡Alguno Que yo quería ha muerto!»
LXXII
PRIMERA VOZ
--Las ondas tienen vaga armonía, Las vïoletas suave olor, Brumas de plata la noche fría, Luz y oro el día, Yo algo mejor: ¡Yo tengo _Amor_!
SEGUNDA VOZ
--Aura de aplausos, nube radiosa, Ola de envidia que besa el pie, Isla de sueños donde reposa El alma ansiosa, ¡Dulce embriaguez La _Gloria_ es!
TERCERA VOZ
--Ascua encendida es el tesoro, Sombra que huye la vanidad. Todo es mentira: la gloria, el oro. Lo que yo adoro Sólo es verdad: ¡La _Libertad_! . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Así los barqueros pasaban cantando La eterna canción, Y al golpe del remo saltaba la espuma Y heríala el sol.
--¿Te embarcas?--gritaban;--y yo sonriendo Les dije al pasar: --Ha tiempo lo hice; por cierto que aún tengo La ropa en la playa tendida á secar.
LXXIII
Cerraron sus ojos Que aún tenía abiertos; Taparon su cara Con un blanco lienzo; Y unos sollozando, Otros en silencio, De la triste alcoba Todos se salieron.
La luz, que en un vaso Ardía en el suelo, Al muro arrojaba La sombra del lecho; Y entre aquella sombra Veíase á intervalos, Dibujarse rígida La forma del cuerpo.
Despertaba el día, Y á su albor primero, Con sus mil ruidos Despertaba el pueblo. Ante aquel contraste De vida y misterios, De luz y tinieblas, Medité un momento: _¡Dios mío, qué solos_ _se quedan los muertos!_
De la casa en hombros Lleváronla al templo, Y en una capilla Dejaron el féretro. Allí rodearon Sus pálidos restos De amarillas velas Y de paños negros.
Al dar de las ánimas El toque postrero, Acabó una vieja Sus últimos rezos; Cruzó la ancha nave, Las puertas gimieron, Y el santo recinto Quedóse desierto.
De un reloj se oía Compasado el péndulo, Y de algunos cirios El chisporroteo. Tan medroso y triste, Tan oscuro y yerto Todo se encontraba... Que pensé un momento: _¡Dios mío, qué solos_ _se quedan los muertos!_
De la alta campana La lengua de hierro, Le dió volteando Su adiós lastimero. El luto en las ropas, Amigos y deudos Cruzaron en fila, Formando el cortejo.
Del último asilo, Oscuro y estrecho, Abrió la piqueta El nicho á un extremo. Allí la acostaron, Tapiáronle luego, Y con un saludo Despidióse el duelo.
La piqueta al hombro, El sepulturero Cantando entre dientes Se perdió á lo lejos. La noche se entraba, Reinaba el silencio; Perdido en las sombras. Medité un momento: _¡Dios mío, qué solos_ _se quedan los muertos!_
En las largas noches Del helado invierno, Cuando las maderas Crujir hace el viento Y azota los vidrios El fuerte aguacero, De la pobre niña A solas me acuerdo.
Allí cae la lluvia Con un son eterno; Allí la combate El soplo del cierzo. Del húmedo muro Tendida en el hueco, ¡Acaso de frío Se hielan sus huesos!... . . . . . . . . . . . . . . .
¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es vil materia, Podredumbre y cieno? ¡No sé; pero hay algo Que explicar no puedo, Que al par nos infunde Repugnancia y duelo, Al dejar tan tristes, Tan solos los muertos!
LXXIV
Las ropas desceñidas, Desnudas las espadas, En el dintel de oro de la puerta, Dos ángeles velaban.
Me aproximé á los hierros Que defienden la entrada, Y de las dobles rejas en el fondo La vi confusa y blanca.
La vi como la imagen Que en leve ensueño pasa, Como rayo de luz tenue y difuso, Que entre tinieblas nada.
Me sentí de un ardiente Deseo llena el alma: ¡Como atrae un abismo, aquel misterio Hacia sí me arrastraba!
Mas ¡ay! que de los ángeles Parecían decirme las miradas: --¡El umbral de esta puerta Sólo Dios lo traspasa!
LXXV
¿Será verdad que cuando toca el sueño Con sus dedos de rosa nuestros ojos, De la cárcel que habita huye el espíritu En vuelo presuroso?
¿Será verdad que, huésped de las nieblas, De la brisa nocturna al tenue soplo, Alado sube á la región vacía Á encontrarse con otros?
¿Y allí, desnudo de la humana forma, Allí, los lazos terrenales rotos, Breves horas habita de la idea El mundo silencioso?
¿Y ríe y llora, y aborrece y ama, Y guarda un rastro del dolor y el gozo, Semejante al que deja cuando cruza El cielo un meteoro?
¡Yo no sé si ese mundo de visiones Vive fuera ó va dentro de nosotros; Pero sé que conozco á muchas gentes A quienes no conozco!
LXXVI
En la imponente nave Del templo bizantino, Vi la gótica tumba, á la indecisa Luz que temblaba en los pintados vidrios.
Las manos sobre el pecho, Y en las manos un libro, Una mujer hermosa reposaba Sobre la urna, del cincel prodigio.
Del cuerpo abandonado Al dulce peso hundido, Cual si de blanda pluma y raso fuera, Se plegaba su lecho de granito.
De la postrer sonrisa, El resplandor divino Guardaba el rostro, como el cielo guarda Del sol que muere el rayo fugitivo.
Del cabezal de piedra Sentados en el filo, Dos ángeles, el dedo sobre el labio, Imponían silencio en el recinto.
No parecía muerta; De los arcos macizos Parecía dormir en la penumbra, Y que en sueños veía el paraíso.
Me acerqué de la nave Al ángulo sombrío, Como quien llega con callada planta Junto á la cuna donde duerme un niño.
La contemplé un momento, Y aquel resplandor tibio, Aquel lecho de piedra que ofrecía Próximo al muro otro lugar vacío,
En el alma avivaron La sed de lo infinito, El ansia de esa vida de la muerte, Para la que un instante son los siglos... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cansado del combate En que luchando vivo, Alguna vez recuerdo con envidia Aquel rincón oscuro y escondido.
De aquella muda y pálida Mujer, me acuerdo y digo: ¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte! ¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!
FIN
ÍNDICE
_Páginas_
A MANERA DE PRÓLOGO. v INTRODUCCIÓN. 1
LEYENDAS
Maese Pérez el Organista. 7 Los Ojos Verdes. 25 El Rayo de Luna. 35 Tres Fechas. 47 La Corza Blanca. 69 La Rosa de Pasión. 91 La Promesa. 103 El Monte de las Ánimas. 117 El Gnomo. 127 El Miserere. 145 Las Hojas Secas. 157 La Venta de los Gatos. 163
DESDE MI CELDA.--CARTAS LITERARIAS