Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)
Part 16
¿Hay algún troyano de los que toman parte en este diálogo que quiera ir de explorador a las naves de los griegos? ¿Quién prestará ese servicio a su patria? ¿Quién se obliga a ello? Yo solo no puedo hacerlo todo, mandando a un tiempo a los troyanos y sus aliados.
DOLÓN
Yo, exponiéndome al peligro por la salud de la patria, quiero espiar las naves de los griegos, y volveré después que conozca sus proyectos; con estas condiciones afrontaré la muerte.
HÉCTOR
Tienes, ¡oh Dolón!, un nombre[223] que conviene a tu empresa, y eres amante de tu patria, y duplicas la nobleza de tu paterno linaje, ya noble.
DOLÓN
Debo, pues, acometer esta hazaña, pero el que trabaja ha de obtener proporcionada recompensa. Cuando esperamos ganar lucro, doble es nuestro deleite.
HÉCTOR
Seguramente, y es justo, y no digo lo contrario. Fija, pues, tú el premio, excepto mi mando.
DOLÓN
No apetezco tu mando, lleno de cuidados.
HÉCTOR
Pero contraerás himeneo con una hija de Príamo y serás su yerno.
DOLÓN
No quiero esposa de alcurnia más elevada que la mía.
HÉCTOR
Hay también oro si lo deseas.
DOLÓN
Tengo en mi casa; no me aflige la pobreza.
HÉCTOR
¿Qué deseas, pues, de lo que guarda Troya?
DOLÓN
Si vences a los griegos, prométeme alguna parte del botín.
HÉCTOR
La tendrás; pide la que quieras, excepto los capitanes de las naves.
DOLÓN
Mátalos; no me opondré a que dejes caer tu mano sobre Menelao.
HÉCTOR
¿No quieres el hijo de Oileo?
DOLÓN
Las manos acostumbradas al regalo son perezosas para labrar la tierra.
HÉCTOR
¿Acaso el precio del rescate de algún griego vivo?
DOLÓN
Ya te he dicho antes que tengo oro en mi casa.
HÉCTOR
Tú mismo elegirás los despojos que quieras.
DOLÓN
Cuélgalos en los templos de los dioses.
HÉCTOR
¿Anhelas más rico don?
DOLÓN
Los caballos de Aquiles: el que expone su vida a los azares de la suerte, debe obtener digna recompensa.
HÉCTOR
Me disputas estos caballos, que yo también deseo: inmortales e hijos de inmortales, llevan al belicoso hijo de Tetis. Dicese que Poseidón, rey de los mares, después de domarlos, los dio a su padre Peleo. Pero ya que te sonríe esa esperanza, no la verás frustrada. Te daré, pues, como deseas, el más bello adorno de tu casa, el carro de Aquiles.[224]
DOLÓN
Bien; si lo consigo, diré que entre todos los frigios he recibido el más rico presente en premio de mi valor. No debes tenerme envidia; tú poseerás otros muchos presentes que te han de deleitar, ya que eres el más esforzado de los troyanos.
EL CORO
Grande es el peligro; grande la recompensa. Feliz serás cuando disfrutares de ella, y gloriosa tu hazaña. Y honor insigne es también casarse con la hija de príncipes. Por lo que hace a los dioses, que te proteja la Justicia; de mano de los hombres obtendrás la más preciosa recompensa.
DOLÓN
Iré; pero voy antes a mi casa, a mis lares, y me vestiré como conviene, y desde allí enderezaré mis pasos a las naves de los argivos.
EL CORO
Dime si tu vestido será distinto del que ahora llevas.
DOLÓN
Adecuado a esta empresa y a mi furtiva peregrinación.
EL CORO
Bueno es conocer hasta dónde llega tu astucia; di, ¿cuál será tu traje?
DOLÓN
Cubrirá mis espaldas una piel de lobo; la abertura de su boca caerá sobre mi cabeza, sus garras delanteras vendrán a mis manos, y a mis pies las traseras, e imitaré su paso; así será difícil que me sientan los enemigos, y me acercaré al foso y a las trincheras de las naves. Al penetrar en algún lugar desierto andaré en dos pies; tal es mi estratagema.
EL CORO
Que Hermes, el hijo de Maya, te lleve y te traiga con felicidad, que él es rey de los ladrones. Bien lo has pensado; solo falta que la fortuna te favorezca.
DOLÓN
Así me escaparé de la muerte, mataré a Odiseo y verás su cabeza. Seguro podrás decir entonces que Dolón estuvo junto a las naves de los griegos. Quizá muera el hijo de Tideo;[225] no volveré a mi casa sin llenar de sangre mis manos, antes que la luz alumbre de nuevo a la tierra.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Apolo Delio, que moras en tu templo de Timbrea y de Licia!;[226] ¡oh numen divino!, ven armado de tu arco, ven y sirve de guía salvador en esta peregrinación nocturna; ven y socorre a los hijos de Dárdano,[227] que eres todopoderoso y el fundador de las antiguas murallas de Troya.[228]
_Antístrofa 1.ª_ — Que el espía llegue a las naves, y se salve, después de observar al ejército griego, y vuelva otra vez a los lares de Troya, su patria, y que suba en el carro tirado de yeguas ftiotas,[229] presente que el dios de la mar hizo a Peleo, el hijo de Éaco, cuando Héctor, nuestro dueño, derrotare al Ares griego.
_Estrofa 2.ª_ — Él solo, por sus lares y su patria, osa explorar las estaciones navales de los griegos. Yo admiro su valor, pocos son en verdad los hombres esforzados, cuando las tinieblas envuelven la mar y la ciudad se estremece.[230] Algún frigio, sí, alguno hay animoso; hay una lanza bastante osada para atacar a los que desprecian mi alianza con los misios.[231]
_Antístrofa 2.ª_ — ¿A cuál de los aqueos herirá en sus tiendas este guerrero que camina a pie imitando el paso de una fiera? ¡Perezca Menelao, y traiga la cabeza de Agamenón, para aliviar el llanto que derrama la infortunada Helena, y entréguesele en castigo de haber venido contra la patria y contra Troya al frente de mil naves!
EL MENSAJERO
¡Oh rey!, que siempre anuncie yo a mis soberanos nuevas como las que sabrás en breve.
HÉCTOR
Necios son de ordinario los rústicos; tú, sin duda, creerás participar a tus dueños noticias importantes si les hablas de la fecundidad de sus rebaños en ocasión inoportuna. ¿No sabes a mi palacio o al de mi padre, adonde debías dirigirte si la fortuna sonríe a tus rebaños?
EL MENSAJERO
Necios somos los pastores, no lo niego; pero, sin embargo, es fausto mi mensaje.
HÉCTOR
No me hables de dichas pastoriles, que ahora solo nos preocupan las batallas y los combates.
EL MENSAJERO
De lo mismo vengo a hablarte: un capitán, al frente de numeroso ejército, se acerca a tus tiendas para ayudarte en la guerra como amigo y aliado.
HÉCTOR
¿Y cuál es la patria que ha abandonado por socorrerme?
EL MENSAJERO
La Tracia;[232] él se llama el hijo del Estrimón.[233]
HÉCTOR
¿Dices que Reso pisa el suelo troyano?
EL MENSAJERO
Así es, y me ahorras las molestias de un largo discurso.
HÉCTOR
¿Y cómo camina por los bosques del Ida, alejándose de los caminos llanos y trillados?
EL MENSAJERO
No lo sé de cierto, pero no es difícil conjeturarlo. Peligroso es mover de noche un ejército, sabiendo que la llanura está cubierta de tropas enemigas. Gran terror ha infundido en los rústicos pastores que habitamos en el monte Ida, primer hogar de este pueblo,[234] penetrando de noche en selvas llenas de fieras. El ejército tracio marchaba con gran ruido, como la mar, y nosotros, consternados y atónitos, nos llevamos los rebaños a los montes más altos, temiendo que los griegos nos atacaran y robasen tus ganados, hasta que nuestros oídos percibieron voces amigas y perdimos el miedo. Salí yo entonces a su encuentro, y pregunté en lenguaje tracio a los exploradores que enviaba su general, y de ellos supe el nombre y el linaje del guerrero que venía a socorrer a la ciudad de Príamo. Y después que oí cuanto deseaba, me detuve y vi a Reso, que, como un dios, regía un carro tracio. El yugo, de oro, sujetaba el cuello de caballos más blancos que la nieve. En los hombros traía una pelta de bronce,[235] de dorados relieves, y las frentes de los caballos relucían como la Gorgona de la diosa,[236] sembrando el terror al agitar sus numerosas campanillas. No hubieras podido contar sus tropas. ¡Tanta era su numerosa caballería, las multiplicadas filas de los armados de peltas, los infinitos flecheros y la multitud de los armados a la ligera que vestían el traje tracio! Formidable aliado se presenta; ya huya, ya le aguarde[237] para combatir, el hijo de Peleo no podrá escapársele.
EL CORO
Cuando los hombres aplacan sumisos la cólera de los dioses, la fortuna siempre los favorece.
HÉCTOR
Encontraré muchos amigos, ya que vence mi lanza con ayuda de Zeus. Pero no necesitamos de los que no compartieron antes nuestros trabajos, cuando encarnizada guerra rasgaba con violencia las velas de esta nave. La llegada de Reso en estos momentos prueba bien a las claras la clase de amistad que profesa a Troya; viene a disfrutar del festín, no habiendo acompañado a los cazadores que se apoderaron de la presa, ni manejado con ellos sus armas.
EL CORO
Con razón desprecias y acusas a esos amigos; disimula, no obstante, tu enojo, y no rechaces a los que vienen en ayuda de la ciudad.
HÉCTOR
Bastamos nosotros, que la hemos defendido largo tiempo.
EL CORO
¿Crees ya haber vencido a tus enemigos?
HÉCTOR
Sí; lo probarán los rayos del sol de mañana.
EL CORO
Ignoramos lo futuro; recuerda los cambios que decretan los dioses.
HÉCTOR
Odio a los que socorren tarde a sus amigos.
EL MENSAJERO
Rechazar a los aliados es peligroso. Bastará su presencia para aterrar a los argivos.
EL CORO
Que el que llega ahora no se siente como aliado a nuestra mesa, sino como simple huésped; no son para él los favores de los hijos de Príamo.
HÉCTOR
Bien me aconsejas (_Al coro_), y oportuna es tu advertencia; ese Reso, de brillantes y doradas armas, según anuncia el mensajero, será recibido como aliado nuestro.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Que Adrastea,[238] hija de Zeus, ahuyente la envidia que puedan excitar mis palabras; diré ya lo que me agrada. Viniste, ¡oh hijo!, de un río; viniste, te acercaste a la tienda frigia y salgo a saludarte, ya que te envió al fin tu madre, una de las Piérides,[239] y el Estrimón, de bellos puentes.
_Antístrofa 1.ª_ — Este te engendró en otro tiempo, revolviendo sus ondas por el inmaculado seno de la cantora Musa. Tú has venido a buscarme como Zeus esplendente arrastrado por veloces caballos. Ahora, ¡oh patria!, ¡oh Frigia!, si Dios nos es propicio, podrás entonar cánticos en alabanza de Zeus salvador.
_Estrofa 2.ª_ — ¿Celebrará otra vez ahora la antigua Troya, durante todo el día, estas fiestas acompañadas de cantos amorosos, embriagándose con las copas que circulan alternadamente por la huida a Esparta de los Atridas, que atravesarán el mar desde las troyanas costas? ¡Oh rey amado, ojalá que después de darles muerte con tu mano y con tu lanza vuelvas a tu patria!
_Antístrofa 2.ª_ — Ven, comparece, muestra a los ojos del hijo de Peleo tu pelta de brillante oro, levantándola oblicuamente junto a la abertura circular de tu carro, mientras animas a los caballos y vibras el dardo de dos puntas. Ninguno podrá resistirte; ninguno volverá jamás a danzar en el templo de la argiva Hera; que esta tierra soportará esa carga muy deseada después que muera a manos de un tracio. (_Reso se acerca_). ¡Viva, viva! ¡Oh gran rey!, ¡oh Tracia! Criaste un hijo de noble aspecto, hoy tu soberano. Mira las armas de oro que lo defienden; oye el ruido de las campanillas de la embrazadura de su escudo. Un dios, ¡oh Troya!, un dios, el mismo Ares es este hijo del Estrimón y de la Musa cantora, que viene a socorrerte.
RESO
¡Salve, Héctor, buen hijo de buen padre, señor de esta región! Al fin te hallo después de tanto tiempo. Alégrome que venzas, y que sities las torres de tus enemigos; yo también vengo a derribar las trincheras de los griegos y a incendiar sus naves.
HÉCTOR
Hijo de madre cantora, una de las Musas, y del Estrimón, río tracio, agrádame decir siempre la verdad, porque no soy hombre artificioso. Mucho tiempo ha, sí, mucho tiempo ha que debías haber venido a nuestro socorro, y no consentir, en cuanto pudieras, que los argivos sitiasen armados a Troya. No dirás que no te llamaron tus amigos, y que por eso no viniste a auxiliarnos ni te has cuidado de nosotros. ¿Cuántos heraldos o embajadas de los frigios, llegando hasta tu palacio, no te han rogado que socorrieses a nuestra ciudad? ¿Qué presentes no te han llevado de nuestra parte? Tú, pariente nuestro y también bárbaro, nos has abandonado a merced de los griegos. Y yo, con esta diestra, cuando era reducido tu imperio, te di el cetro de la vasta Tracia, cerca del monte Pangeo y de las llanuras peonias,[240] acometiendo a los más valerosos tracios, y destrocé sus escudos y sometí este pueblo. Olvidaste tan grandes beneficios, y tarde socorres a tus amigos que padecen. Algunos, que por cierto no son nuestros parientes, habiendo venido hace mucho tiempo, yacen muertos en apiñados túmulos, en prueba de su lealtad; otros, armados y cerca de sus ecuestres carros, continúan arrostrando esforzadamente los vientos helados, y el fuego del dios que engendra sed, no como tú, haciendo frecuentes libaciones en los lechos del festín. Tales son los cargos que te hago; tales mis recomendaciones, para que conozcas la franqueza de Héctor.
RESO
Igual al tuyo es mi carácter: de los que buscan en sus palabras el camino más corto; no falaz ni artificioso. Mayor que la tuya era mi indignación y el dolor que roía mis entrañas al verme lejos de ti, pero los escitas,[241] mis vecinos, me hicieron la guerra cuando pensaba venir a Troya, y me dirigí a las costas del mar Euxino,[242] al frente de mi ejército. Allí la sangre escita, al par que la tracia, derramada por la lanza, ha empapado la tierra. Tal ha sido la causa que me detenía, impidiéndome venir a esta guerra como aliado tuyo. Después que los derroté y que me dieron en rehenes a sus hijos, obligándose a pagar un tributo anual, emprendí mi marcha, pasando en naves las gargantas del Ponto, y recorriendo otros países, no, como tú dices en mi oprobio, bebiendo en grandes copas ni descansando bajo artesonados de oro, sino azotado por los vientos que combaten el mar de Tracia y por las brisas heladas de la Peonia, sin dormir, y arrostrándolas con estos vestidos. Pero aunque tarde, todavía llego a tiempo; diez años ha que peleas y nada consigues, sino que pasa un día y otro día sufriendo los inconstantes azares de la guerra; uno solo me bastará a mí para asaetear sus torres, acometer las estaciones navales y destruirlos, y al siguiente tornaré a mi patria desde Ilión, dando breve fin a tus trabajos. Que ninguno de vosotros levante con sus manos el clípeo;[243] yo, aunque haya venido tarde, refrenaré a los aqueos, orgullosos con sus lanzas.
EL CORO
¡Viva, viva! Gratas son tus palabras; amigo eres de Zeus...; pero que Zeus Máximo aleje la invencible envidia que pueden excitar tus palabras. Ni ahora ni antes trajo la armada de Argos varón más ilustre que tú. ¿Cómo Aquiles, cómo Áyax podrán resistir tu empuje? ¡Ojalá, oh rey, que yo vea el día en que los castigues con tu lanza, llenando de sangre tus manos!
RESO
Disculparás mi larga ausencia cuando te deje gozar de esos deleites; dígote, pues, con perdón de Adrastea, que después de librar a Troya de sus enemigos, y cuando apartes los despojos que has de consagrar a los dioses, iremos juntos a la tierra argiva y devastaré con mis armas a toda la Grecia, para que a su vez sufran tan aflictivos males.
HÉCTOR
Sí; libre del que ahora nos aqueja, habitaré en Troya, segura como en otro tiempo, y daré eternas gracias a los dioses. Por lo que toca a Argos y a la Grecia, no es tan fácil devastarla como aseguras.
RESO
¿No dicen que los sitiadores son los más esforzados de los griegos?
HÉCTOR
No, en verdad; rebajamos su valor; bástanos rechazarlos siempre.
RESO
Muertos, pues, estos, lo demás será fácil empresa.
HÉCTOR
No pienses ahora en lo más remoto, olvidándote de lo que tienes más a la mano.
RESO
¿Y te contentas con sufrir, no con curar males?
HÉCTOR
Vasto es mi imperio, aun sin salir de aquí; llévate, pues, los armados de peltas, y acampa tu ejército, ya en el ala izquierda, ya en la derecha, ya en el centro de los aliados.
RESO
Mi único deseo es pelear con los enemigos, ¡oh Héctor! Así, si no te avergüenzas de no incendiar conmigo las popas de las naves, ya que tantas han sido tus bélicas fatigas, déjame acampar frente a las huestes de Aquiles.
HÉCTOR
Es imposible que le ataques con irresistible lanza.
RESO
Se dijo que había navegado también contra Troya.
HÉCTOR
Navegó y vino, en efecto; pero airado con los generales, dejó ociosa su mano.
RESO
Después de él, ¿cuál se distingue más?
HÉCTOR
En mi concepto, no le son inferiores Áyax y el hijo de Tideo; Odiseo es también elocuentísimo hablador, bastante animoso, y fautor de muchos males que afligen a Troya. Penetró de noche en el templo de Atenea, robó el Paladión[244] y lo llevó a las naves de los argivos. Merodeando otra vez, disfrazado de mendigo, atravesó las murallas y pedía a los dioses que enviasen a los argivos muchas desdichas, y vino de espía a Ilión, y se escapó, después de matar a los centinelas y capitanes de las puertas; siempre está armando asechanzas cerca de la ciudad, junto al altar Timbreo,[245] y sostenemos con él frecuentes luchas, hijas de su sagacidad maléfica.
RESO
Ningún varón esforzado quiere matar a su enemigo a traición, sino atacándolo frente a frente. A mis manos vendrá vivo el que tú dices que trama dolorosas asechanzas y espía ocasión oportuna para ejecutar sus insidiosos intentos, y lo clavaré por la espalda a la salida de las puertas, y será pasto de los buitres y demás aves; que si es un salteador y despoja los templos de los dioses, debe sufrir este género de muerte.
HÉCTOR
Ahora ocupad vuestro puesto en los reales, que es de noche. Yo te enseñaré el lugar en donde pernoctará tu ejército, separado de las filas. No olvides, por si fuera menester, que la seña es «Febo», y anuncíalo a los tracios. Adelantaos vosotros (_A los vigilantes_) un poco y vigilad con cuidado, y aguardad a Dolón, que ha ido a explorar las naves, que, si se salva, no tardará en volver al campamento troyano.[246]
EL CORO
¿A quién toca hacer la guardia? ¿Quién me releva? Ya se ocultan las primeras estrellas y se ven las siete Pléyades, y el águila vuela en los aires. Despertad. ¿Por qué vaciláis? Levantaos del lecho; despertad, que la vigilia os aguarda. ¿No veis la luz de la luna? Ya se acerca, ya se acerca la aurora, precedida del matutino lucero.
EL SEMICORO
¿A quién toca la primera guardia?
EL OTRO SEMICORO
Dicen que a Corebo, el hijo de Migdón.
EL SEMICORO
¿Y a quién después?
EL OTRO SEMICORO
El ejército peonio relevó a los cilicios, y nosotros a los misios.
EL SEMICORO
Tiempo es ya, según ha dispuesto la suerte, de que nosotros llamemos a los licios para la cuarta vigilia.
EL CORO
Ya oigo al ruiseñor de artificioso canto, asesino de sus hijos,[247] que a las orillas ensangrentadas del Simois canta sus penas; ya los rebaños pastan en el Ida, ya se percibe el sonido de la flauta, que interrumpe el silencio de la noche; el sueño solicita dulcemente mis ojos, y al despuntar la aurora, se desliza suavísimo en mis párpados.
EL SEMICORO
¿Por qué no vendrá el espía que envió Héctor a explorar las naves?
EL OTRO SEMICORO
Algo temo; mucho dura su ausencia.
EL SEMICORO
¿Habrá perecido víctima de ocultas asechanzas? Casi estoy por creerlo.
EL OTRO SEMICORO
Llamemos a los licios, a quienes la suerte ha designado para montar la quinta vigilia.[248]
ODISEO
¿Oíste, Diomedes? ¿Son vanos ruidos que se deslizan hasta mí? ¿Es estrépito de armas?
DIOMEDES
No; son las cadenas de hierro de los carros ecuestres; el miedo me sobrecogió también antes de asegurarme que era el crujir de las cadenas de los caballos.
ODISEO
Cuida no tropieces con los centinelas nocturnos.
DIOMEDES
Mío es ese cuidado, aunque nos oculten las tinieblas.
ODISEO
Si despierta alguno, ¿te acordarás de la seña del ejército troyano?
DIOMEDES
«Febo» es la seña, según dijo Dolón.
ODISEO
Vamos; abandonadas están estas tiendas.
DIOMEDES
Mas Dolón dijo que era la tienda de Héctor, contra cuyo pecho viene esta lanza.
ODISEO
¿Qué será, pues? ¿Se habrá ido a otra parte su cohorte?
DIOMEDES
Quizá a armarnos alguna asechanza.
ODISEO
Audaz es Héctor; audaz porque ahora vence.
DIOMEDES
¿Qué hacemos, Odiseo? No encontramos a nuestro hombre en la tienda, y vano ha sido nuestro empeño.
ODISEO
Vayamos cuanto antes a la estación naval. Sálvalo algún dios que lo favorece; no debemos pelear contra la fortuna.
DIOMEDES
Busquemos, pues, a Eneas, o a Paris, el más odioso de los frigios, y cortemos en castigo su cabeza.
ODISEO
Pero ¿cómo podrás encontrarlos de noche, en medio de un ejército enemigo, y matarlos sin peligro?
DIOMEDES
Es vergonzoso volver a las naves de los argivos sin ejecutar ninguna hazaña que humille a los troyanos.
ODISEO
¿Cómo que no? ¿No matamos a Dolón, espía de nuestras naves, y guardamos sus despojos? ¿Crees que tú solo acabarás con todo el ejército? Obedéceme y volvámonos. ¡Que la fortuna nos favorezca!
ATENEA
¿Adónde, pues, os volvéis desde el campamento troyano, agobiado vuestro corazón por la tristeza, porque los dioses no os conceden matar a Héctor ni a Paris? ¿No sabéis que ha venido Reso, aliado de Troya, con pomposo aparato? Si mañana viene, ni la lanza de Aquiles ni la de Áyax le impedirán destruir el campamento griego, arruinar las trincheras y abrirse con su esfuerzo ancha puerta dentro de ellas. Si lo matas, todo es tuyo. Deja la tienda de Héctor, y no pienses en cortarle la cabeza, que otra mano ha de matarlo.
ODISEO
Hiriome, ¡oh Atenea soberana!, el eco conocido de tu voz; tú siempre me socorres en el peligro; dinos en dónde yace ese guerrero y en qué parte del ejército bárbaro tiene su puesto.
ATENEA
Aquí cerca, separado de sus compañeros, fuera de las filas, por orden de Héctor, hasta que suceda a la noche la luz del día. Caballos blancos, visibles en la noche, están próximos, atados a sus carros tracios; brillan como el plumaje del cisne de los ríos. Robadlos, pues, que son riquísimo botín, después de matar a sus dueños; en todo el orbe no se encontrará un carro semejante.
ODISEO
O mata tú, Diomedes, a los tracios, o déjame a mí que lo haga y tú robarás los caballos.
DIOMEDES
Yo mataré y tú sujetarás los caballos. Mucha es tu experiencia en tales hazañas y grande tu sagacidad. Es menester que se utilicen los servicios de cada uno según sus facultades.
ATENEA
Alejandro[249] se acerca a nosotros, sin duda porque algún centinela le habrá comunicado sus vagas sospechas acerca de la llegada de los enemigos.
DIOMEDES
¿Solo o acompañado?
ATENEA
Solo; según parece, viene a la tienda de Héctor a participarle que espías griegos rondan el campamento.
DIOMEDES
¿Muere este primero?
ATENEA
Tú no podrás más que el destino, el cual no consiente que perezca a tus manos. Pero aproxímate cuanto antes a Reso, a quien has de dar muerte fatal; yo me apareceré a Paris como si fuese Afrodita que le socorre en sus peligros, y me burlaré a mansalva de mi enemigo. Y esto solo vosotros lo sabéis, que quien debe padecer, ni lo conoce ni lo oye, aunque esté inmediato.
PARIS
¿Duermes, Héctor, mi capitán y hermano? ¿No debías velar? Enemigos se acercan a nuestro ejército, ya sean ladrones, ya espías.
ATENEA
Nada temas; yo, Afrodita,[250] que te estimo, cuido de ti. Yo también me intereso en esta guerra, y no me olvido de la palma que me diste, y agradecida te favorezco. Y ahora vengo a salvar al ejército troyano y te traigo un guerrero esforzado, amigo tuyo, hijo tracio de la divina Musa que canta,[251] y a cuyo padre llaman Estrimón.
PARIS
Siempre eres benévola conmigo y con mi patria; gran tesoro aseguré en favor de Troya dándote la palma. He venido, no por saber claramente lo que pasaba, sino guiado por cierto rumor vago. Los centinelas dicen que se han acercado espías griegos; y el que no los ha visto lo afirma, y el que los vio no puede indicar el camino que han tomado. He aquí el motivo que me trajo a la tienda de Héctor.
ATENEA
Nada temas; no amenaza al ejército peligro alguno. Tu hermano, ausente, da sus órdenes para que acampe el ejército tracio.
PARIS
Tus palabras me persuaden, y dándoles la fe que merecen, voy, libre de temor, a conservar el orden en el campo.
ATENEA