Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 4

Chapter 44,122 wordsPublic domain

Esta, que lo encontró a la orilla del mar.

AGAMENÓN

¿Buscándolo porque lo sabía, o casualmente?

HÉCUBA

Fue a traer agua para lavar a Políxena.

AGAMENÓN

¿Lo arrojaría a él el huésped después de matarlo?

HÉCUBA

Así lo hizo, destrozando antes su cuerpo.

AGAMENÓN

¡Oh desventurada! ¡Cuán grandes son tus males!

HÉCUBA

No puedo resistirlos; no hay calamidad que no sufra.

AGAMENÓN

¿Qué mujer hubo nunca tan desventurada como esta?

HÉCUBA

No la hay, a no ser la misma desventura;[63] pero óyeme, ya que me prosterno a tus rodillas. Si crees que sufro con justicia, haré lo posible por sobrellevarlo; pero si no lo piensas así, ayúdame a vengarme de este huésped, el más impío de todos los hombres, que, sin temor a dioses celestes ni infernales, perpetró un crimen de los más nefandos, habiendo bebido muchas veces a mi mesa, y siendo el primero de mis amigos por la hospitalidad que le di; y después de recibir cuanto fue necesario, y de conocer nuestros más fervientes deseos, lo mató; y no satisfecho con esto, lo privó de la sepultura, arrojándolo a la mar. Esclavas y débiles somos, pero poderosos los dioses, y la ley más que todos: la ley nos dice que hay dioses, y nos enseña en la vida a distinguir lo justo de lo injusto. Si, pues, imploro tu ayuda para que se observe, y en vez de esto se huella, impunes quedarán los que matan a sus huéspedes, o los que cometen sacrilegios, y no habrá justicia entre los hombres. Si condenas también estos crímenes, respeta mi desdicha, compadécete de mí, y como el pintor que mira desde lejos, mírame también, y considera los males que sufro. ¡Antes reina, y hoy tu esclava; antes feliz, con larga prole, y ahora anciana y sin hijos, sin patria, abandonada, la más infeliz de las mujeres! (_Agamenón se aparta conmovido_). ¡Ay de mí! ¡Cuán grande es mi desdicha! ¿Por qué retiras tu pie? Ya veo que nada conseguiré. ¡Oh desventurada! ¿A qué fin los mortales cultivan y aprenden tantas artes útiles, si a la elocuencia, reina sola entre los hombres, no la perfeccionamos más que a otra alguna, ni recompensamos a los que la poseen, para persuadir lo que deseamos, y lograrlo al mismo tiempo? ¿Quién, después de esto, podrá tener ventura en lo que emprenda? De tantos hijos no me queda ya ninguno, y cautiva estoy, llena de ignominia, y todavía veo el humo que se escapa de la ciudad.[64] Y acaso de nada me sirva invocar a Afrodita, aunque se diga que mi hija la profetisa, la que llaman Casandra los frigios, descansa en el lecho a tu lado. ¿En dónde, ¡oh rey!, pasarás noches agradables, y disfrutarás de tiernos abrazos en el lecho? ¿No has de probar tu amor a mi hija, y a mí que soy su madre? Oye ahora, por último. ¿Ves a este muerto? Hazle bien, y lo harás a un pariente tuyo. Réstame solo decirte pocas palabras. Ojalá que pudiesen hablar mis brazos y mis manos, mis cabellos y todos mis miembros, por arte de Dédalo[65] o de algún dios, para adherirme a tus rodillas, y llorar a la vez con todo mi cuerpo, y a un mismo tiempo rogarte con todo género de súplicas: accede a ellas, que eres mi señor, el sol resplandeciente de la Grecia; ofrece a esta anciana tu mano vengadora, aunque ella nada sea; ofrécela por tu vida, que es de hombres honrados amar la justicia y castigar sin consideración a los criminales.

EL CORO

Sorprendente es observar cómo se trastorna todo entre los mortales, y cómo la necesidad se sobrepone a leyes y costumbres, haciendo amigos a los que eran enemigos y enemigos a los que se amaban antes.

AGAMENÓN[66]

Compadézcome de ti, ¡oh Hécuba!, de tu hijo, de tus desdichas y de tus ruegos, y en gracia de los dioses, y por amor a la justicia, quiero castigar a ese huésped impío si hay medio de hacer lo que deseas sin que sospeche el ejército que maquino la muerte del rey tracio por amor a Casandra. No estoy tranquilo, sin embargo, porque el ejército lo mira como amigo y como a enemigo a este muerto, pues que si tú lo amas, afecto tuyo es solo, no común a los griegos. Piénsalo, pues, que pronto estoy a socorrerte, pero tardo si han de acusarme los griegos.

HÉCUBA (_levantándose_).

¡Ay, que ningún mortal es libre! O son esclavos del dinero o de la fortuna, o el pueblo o las leyes le impiden seguir los impulsos de su corazón. Pero ya que temes y das tanta importancia a la muchedumbre, yo te libertaré de ese temor. Bástete saber los medios de que pienso valerme para castigar a mi enemigo; no me ayudes tú mismo; pero si los aqueos se alborotan y quieren socorrerlo, si le sobreviene algún daño, refrénalos y no descubras que lo haces por favorecerme. Confía por lo demás, que a mi cargo corre arreglarlo todo bien.

AGAMENÓN

¿Pero de qué manera? ¿Qué vas a hacer? ¿Empuñarás la espada con tus débiles manos y matarás a ese rey bárbaro, o con veneno o con ayuda ajena? ¿Quién te dará auxilio? ¿En dónde encontrarás un amigo?

HÉCUBA

Bajo estos techos se albergan muchas troyanas.

AGAMENÓN

¿De las cautivas hablas, presa de los griegos?

HÉCUBA

Con ellas castigaré al homicida.

AGAMENÓN

¿Pero cómo han de vencer a los hombres estas mujeres?

HÉCUBA

Mucho puede el número, y con la astucia es invencible.

AGAMENÓN

Verdad es que puede mucho, pero valen poco las mujeres.

HÉCUBA

¿Por qué no? ¿No fueron mujeres las que mataron a los hijos de Egipto[67] y exterminaron a los hombres en Lemnos?[68] Así se hará, y no hablemos más de esto; manda que no detengan a esta esclava en todo el campamento, y tú, sierva, acércate al huésped tracio, y dile: «Hécuba te llama, la que era hace poco reina de Ilión, porque así conviene a ti y a ella; que contigo vengan tus hijos, que ellos deben saber también lo que piensa hacer». Retarda, ¡oh Agamenón!, el entierro de Políxena, para que ambos, el hermano y la hermana, doble objeto de mi maternal amor, ardan en una misma pira y sean sepultados juntos.

AGAMENÓN

Así se hará, porque si navegase el ejército, no podría concederte esta gracia; pero ahora, y ya que por obra de los dioses no soplan vientos favorables, debemos permanecer aquí, esperando tranquilamente hacernos después a la vela. Que todo suceda con felicidad; es de interés de todos en general, de cada uno en particular y de la república que el malo sufra el mal y que el bueno sea afortunado. (_Vanse los dos en distintas direcciones_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Troya, mi patria! ¡Ya no te llamarán la inexpugnable! Te cercó una nube de griegos, y con la lanza, sí, con lanza te arruinaron. Derribaron la corona de tus torres, y la triste mancha del humo desfigura tu desventurado rostro; jamás te volveré a visitar.

_Antístrofa 1.ª_ — Consumose a media noche mi desastre, cuando el blando sueño que sigue a la cena cierra suavemente los ojos; mi esposo yacía en el lecho, descansando de sus cánticos y alegres fiestas, colgada su lanza, y sin ver la muchedumbre de enemigos que desde las naves acometía a la ilíaca Troya.

_Estrofa 2.ª_ — Y yo sujetaba mis cabellos con cintas,[69] y miraba los varios resplandores de los dorados espejos antes de subir al tálamo. Un ruido se oyó entonces, y una voz que resonaba en toda Troya, y decía de esta manera: «¿Cuándo, ¡oh hijos de los griegos!, cuándo volveréis a vuestra patria después de arruinar la ciudadela troyana?».

_Antístrofa 2.ª_ — Y yo dejé el dulce lecho, sencillamente vestida[70] como una doncella dórica,[71] y nada conseguí, intentando en vano que me fuese propicia Artemisa, y me arrastran, matando a mi esposo, al mar salado. Y miré desde lejos la plaza cuando las naves se alejaron, y me separé de mi patria, ¡ay de mí!, exhalando de dolor el alma.

_Epodo_. — Y maldije a Helena, hermana de los Dioscuros, y al pastor del Ida, al funesto Paris, porque me arrancaron de mi país natal, y abandoné mi hogar, no a causa de himeneo legítimo, sino por obra de numen maléfico. Que el marino piélago no la lleve en su seno, y que nunca vuelva a su patria. (_Antes de concluir el coro aparece Poliméstor con sus hijos y séquito, y las esclavas corren a la tienda a llamar a Hécuba_).

POLIMÉSTOR

¡Oh Príamo, el más querido de los hombres, y tú, Hécuba, mujer la más amada! Lloro al verte, a tu ciudad y a esa hija tuya, muerta hace poco; ni es duradera la gloria, ni feliz después el que lo es ahora; complácense los dioses en desconcertar a los hombres, ignorantes de lo futuro, para que los reverencien. Pero ¿a qué llorar si no he de aliviar tus males? No te quejes, sin embargo, de mi ausencia, que cuando llegaste aquí me hallaba en los últimos confines de la Tracia. A mi vuelta, y al tiempo de salir de mi palacio, me encontró esta esclava tuya y me habló de tu parte, y por esta causa me ves aquí.

HÉCUBA (_cubriéndose el rostro_).[72]

Me avergüenzo, ¡oh Poliméstor!, de mirarte frente a frente, siendo tantas mis desdichas. Tú me conociste feliz, y tu recuerdo, cuando lo comparo con mi infortunio presente, me hace bajar los ojos. No lo atribuyas a malevolencia, ¡oh Poliméstor!; otra es la causa, y las mujeres no deben mirar a los hombres con descaro.

POLIMÉSTOR

No lo extraño; mas ¿para qué me necesitas? ¿Por qué me mandaste llamar?

HÉCUBA

Quiero hablar en secreto contigo y con tus hijos; ordena, pues, a tu guardia que nos deje solos.

POLIMÉSTOR (_a los soldados_).

Alejaos, que no hay motivo de desconfianza en esta soledad. (_A Hécuba_). Tú eres mi amiga, y amigo mío es también el ejército aqueo. Indícame, por tanto, lo que pueden hacer los felices por los infortunados, porque estoy dispuesto a ello.

HÉCUBA[73]

Respóndeme primero si vive en tu palacio mi hijo Polidoro, el que te entregamos en persona yo y su padre; después te preguntaré lo demás.

POLIMÉSTOR

Sin duda alguna; y por lo que a él toca, puedes estar tranquila.

HÉCUBA

¡Oh amigo el más querido! ¡Qué dignidad y hombría de bien respiran tus palabras!

POLIMÉSTOR

¿Qué más quieres saber de mí?

HÉCUBA

¿Se acuerda algo de su madre?

POLIMÉSTOR

Tanto, que quería venir a verte ocultamente.

HÉCUBA

¿Y está seguro el oro que trajo de Troya?

POLIMÉSTOR

Seguro, y guardado en mi palacio.

HÉCUBA

Consérvalo, y no codicies los bienes ajenos.

POLIMÉSTOR

De ninguna manera; gozaré de lo que tengo.

HÉCUBA (_en voz baja_).

¿Sabes lo que quiero decirte y a tus hijos?

POLIMÉSTOR (_con curiosidad_).

No; ahora me lo dirás.

HÉCUBA

Hay, ¡oh amigo!, para que me estimes...

POLIMÉSTOR

¿Qué hay que yo y mis hijos debamos saber?

HÉCUBA

Un antiguo tesoro escondido por los hijos de Príamo.

POLIMÉSTOR

¿Quieres que lo sepa el tuyo?

HÉCUBA

Justamente, y por tu conducto, porque eres hombre piadoso.

POLIMÉSTOR

Y entonces, ¿para qué es necesaria la presencia de mis hijos?

HÉCUBA

Por si mueres, que lo sepan ellos.

POLIMÉSTOR

Dices bien; más prudente es.

HÉCUBA

¿Conoces tú acaso el lugar en donde se eleva el templo de Atenea troyana?

POLIMÉSTOR

¿Está allí el tesoro? Pero ¿qué señal podrá indicarlo?

HÉCUBA

Un peñasco negro que sobresale de la tierra.

POLIMÉSTOR

¿Quieres decirme más acerca de esto?

HÉCUBA

Deseo que guardes tú el dinero que he traído conmigo.

POLIMÉSTOR

¿En dónde está? ¿Lo ocultas bajo tus vestidos?

HÉCUBA

No; entre los despojos que aquí se guardan.

POLIMÉSTOR

¿En dónde? Estas son las tiendas que cercan a las naves aqueas.

HÉCUBA

Solo las habitan cautivas.

POLIMÉSTOR

¿Tienes en ellas confianza? ¿No hay hombre ninguno?

HÉCUBA

No hay dentro ningún aqueo; estamos nosotras solas. (_Entra detrás de él en la tienda_). Pero entra, porque los griegos anhelan soltar los cables para dirigirse a su patria desde Troya; prepara, pues, lo necesario para que vuelvas con tus hijos adonde dejaste el mío.

EL CORO

Aún no has expiado tu delito, pero quizá, pronto lo expíes, como el que cae de improviso en mar embravecido, perdiendo su vida, que tanto amaba. Mortal, mortal daño amenaza a quien ofende a la justicia y a los dioses. La esperanza que te mueve, ¡oh desgraciado!, te llevará al Orco, en donde habitan los muertos, y una débil mano te arrancará la vida.

POLIMÉSTOR (_dentro de la tienda_).

¡Ay de mí, que apagan la luz de mis ojos!

EL CORO

¿Habéis oído, ¡oh amigas!, los lamentos del tracio?

POLIMÉSTOR

¡Ay de mis hijos y de su funesta suerte!

EL CORO (_corriendo hacia la tienda_).

Nuevas calamidades, ¡oh amigas!, suceden en esta tienda.

POLIMÉSTOR

En vano huiréis con pies ligeros; yo venceré a la fuerza todos los obstáculos que estas tiendas me ofrecen.

EL CORO

Posada mano descargó este golpe. ¿Entramos? ¡Socorramos a Hécuba y a las troyanas!

HÉCUBA (_saliendo de la tienda con sus esclavas_).

Golpea, nada perdones; rompe las puertas; nunca verán tus ojos la luz, ni tampoco a tus hijos, muertos a mis manos.

EL CORO

¿Venciste al tracio, triunfaste de él, ¡oh mi dueña!, e hiciste lo que pensabas?

HÉCUBA

Lo veréis ciego delante de la tienda, vacilando con pies torpes, y los cadáveres de sus dos hijos, a quienes dimos muerte yo y las valerosas troyanas. Ya me he vengado. Míralo cómo sale de la tienda; pero huyo para escapar de la rabia de tan feroz tracio.

POLIMÉSTOR (_sale vacilante de la tienda, a cuya entrada deja los cadáveres de sus hijos_).

¡Ay de mí! ¿Adónde iré? ¿A quién acudiré? ¿A quién llamaré? Andando con las manos como los animales que frecuentan las selvas, ¿por dónde me dirigiré para apresar a las homicidas troyanas que me hirieron? ¡Malvadas, malvadas doncellas frigias! ¡Malditas seáis! ¿Adónde se habrán refugiado, huyendo de mí medrosas? ¡Si curaras, si curaras, ¡oh sol!, mis ensangrentados párpados y disiparas las tinieblas que me cercan! (_Se detiene y escucha_). Pero callemos; siento aquí tímidos pasos de mujeres. (_Corriendo ciego_). ¿Adónde me arrojaré para saciarme de huesos y de carne, celebrando un festín como el de las fieras de los montes y vengando mi mano la mutilación que he sufrido? ¡Oh desgraciado! (_Se detiene y vuelve a la tienda_). ¿Adónde, por dónde caminaré, dejando entregados mis hijos a estas infernales bacantes,[74] que los despedazarán después de haberlos asesinado, y los ofrecerán llenos de sangre a los perros, o los arrojarán a las fieras de las montañas? ¿En dónde me detendré? ¿Adónde iré? ¿Adónde tornaré, como nave de fuertes cordajes que pliega sus velas de lino, precipitándome hacia este lecho mortal para guardar el cuerpo de mis hijos? (_Se sienta al lado de sus hijos_).

EL CORO

¡Oh desventurado! ¡Qué intolerables son para ti tus males! Pero has cometido un crimen infame, y grave ha de ser su expiación.

POLIMÉSTOR

¡Ah, ah! ¡Tracios belicosos, caballeros de robustas lanzas, tan hábiles en el manejo de las armas! ¡Aqueos! ¡Atridas! Oíd mis clamores; oíd mis clamores; oíd mis clamores; andad, venid, por los dioses. ¿Me oye alguno? ¿Ninguno me socorre? ¿Por qué vaciláis? Mujeres cautivas me perdieron; graves, graves males hemos sufrido. Compadeceos de mi daño. ¿Adónde me volveré? ¿Adónde me encaminaré? ¿Volaré al celeste éter, a los aéreos palacios, en donde Orión o Sirio lanzan rayos de sus ojos,[75] o me precipitaré en las negras aguas de Hades?

EL CORO

Digno es de lástima el que, sufriendo males insoportables, desea morir.

AGAMENÓN

He oído clamores, y vengo aquí, que Eco, la hija jamás dormida de las agrestes rocas, ha resonado en todo el campamento, promoviendo gran alboroto; y, si no supiésemos que las torres de los frigios han caído al empuje de la lanza griega, nos hubiese infundido tal clamoreo temor inmenso. (_Acércanse a Agamenón Poliméstor y Hécuba_).

POLIMÉSTOR

¿Ves, ¡oh tú!, el muy amado (que he conocido la voz de Agamenón), los males que sufro?

AGAMENÓN

¡Ah, infeliz Poliméstor! ¿Quién te mutiló? ¿Quién cegó tus ojos, ensangrentando sus pupilas, y mató a tus hijos? Cualquiera que haya sido ha obrado así sin duda contra ti y contra ellos movido por ira poderosa.

POLIMÉSTOR

Hécuba y las cautivas me perdieron; no me perdieron, que hicieron algo más.

AGAMENÓN

¿Qué oigo? ¿Tú has hecho esto tal como él lo dice? ¿Tú, Hécuba, has tenido tanta audacia?

POLIMÉSTOR

¡Ay de mí! ¿Qué hablas? ¿Hay alguien aquí cerca? Indícame en dónde está, para desgarrarla con mis manos y llenarla de sangre.

AGAMENÓN (_conteniéndolo_).

Desgraciado, ¿qué te sucede?

POLIMÉSTOR

Por los dioses te ruego que dejes a mi furiosa mano apoderarse de ella.

AGAMENÓN

Detente, y despojándote de esa bárbara furia explícate, para que os oiga a ambos y juzgue con conocimiento de causa de tu desdicha.

POLIMÉSTOR[76]

Hablaré, pues. Polidoro, el menor de los hijos de Príamo y de Hécuba, me fue confiado por su padre para educarlo en mi palacio, presintiendo, sin duda, la ruina de Troya. Yo le maté, pero oye la razón que me movió a hacerlo, y aprecia mi previsión y sabiduría: recelaba que este niño, tu enemigo, se pusiese a la cabeza de los troyanos y reconstruyese la ciudad; y que los griegos, sabiendo que vivía alguno de los hijos de Príamo, acometiesen otra vez a la Frigia y devastasen después los campos de la Tracia y que, por nuestra proximidad a los troyanos, fuésemos víctimas de los mismos males que ahora sufrimos. Al conocer Hécuba la suerte fatal de Polidoro, me llamó pretextando indicarme el lugar en donde se ocultaba cierto tesoro de los hijos de Príamo, y me hizo venir solo con los míos, para que ningún otro lo supiese. Me siento en medio del lecho, dobladas las rodillas, y muchas doncellas troyanas se sentaron también a mi izquierda y a mi derecha, tratándome como a un amigo, y miraban mi manto, obra de mano edónica,[77] y lo celebraban y revolvían a la luz, mientras otras examinaban mi dardo tracio, despojándome así de mi doble defensa. Las que eran madres tomaban en sus brazos a mis hijos, como para admirarlos, separándolos de su padre, y los pasaban de mano en mano. Después de gratos coloquios, ¿cómo lo creerás?, sacan puñales, que llevaban ocultos bajo sus vestidos, y las unas matan a mis hijos, y las otras, como si fuesen mis enemigas, sujetan mis pies y mis manos; y cuando quería socorrerlos y levantar mi cabeza, me retenían por los cabellos; si movía las manos, nada conseguía contra tantas mujeres. Al fin, añadiendo un daño a otro, perpetraron un crimen espantoso: con sus broches[78] hirieron las niñas de mis ojos y las llenaron de sangre; después huyeron de la tienda. Yo salté entonces como una fiera que persigue a sanguinarios perros, tentando la pared como un cazador, y rompiendo y destrozándolo todo. Esto he sufrido, ¡oh Agamenón!, por hacerte bien y matar a tu enemigo. Para no pronunciar más largo discurso, resumiré en pocas palabras cuanto mal se ha dicho antes de las mujeres, cuanto ahora se diga y se dirá después: ni la tierra ni los mares albergan ningún ser que pueda comparárseles, lo cual, en verdad, saben como yo los que las tratan.[79]

EL CORO

No seas audaz ni insolente, ni hables así de todas las mujeres, excitado por tus males; muchas de nosotras somos objeto de envidia, aunque otras seamos malas en efecto.

HÉCUBA

La lengua de los hombres, ¡oh Agamenón!, nunca debía valer más que sus hechos, sino solo hablar bien si bien obraban, y si sus acciones eran vituperables, que sus palabras ahuyentasen a las gentes, y no revestir sus injusticias con elocuentes frases. Sabios los hay, en verdad, hablando con exactitud; pero es difícil serlo siempre, y cada cual recibe su premio o su castigo, y ninguno lo ha evitado hasta ahora. Y así es como debo empezar por lo que a ti atañe; pero ahora toca a él, y será a su vez interrogado, ya que ha dicho que por ahorrar dos trabajos a los griegos, y por afecto a Agamenón, ha dado muerte a mi hijo. Pero advierte en primer lugar, ¡oh infame!, que nunca fueron los bárbaros amigos de los griegos, ni podrán serlo. ¿Qué esperabas conseguir? ¿Intentabas acaso contraer algún matrimonio ventajoso, o vengar a tus parientes? ¿Qué motivo te impulsaba? ¿Temías quizá que, volviendo los griegos con sus naves, destrozasen tus sembrados? ¿A quién lo persuadirías? El oro y tu codicia, si quieres decir la verdad, han sido los asesinos de mi hijo. Pruébame, si no, por qué cuando Troya era feliz, cercada de sus murallas, y Príamo vivía, y Héctor empuñaba su robusta lanza, no lo mataste entonces por conciliarte la gracia de este, y lo alimentabas y lo hospedabas en tu palacio. ¿Por qué no lo entregaste vivo a los griegos? ¿Por qué cuando se nubló nuestra fortuna y los enemigos llenaron de humo la ciudad, mataste a tu huésped, al que se había refugiado en tu hogar? Oye además otras razones que probarán tu delito. Si eras amigo de los griegos, debiste dar el oro que guardabas, y que confiesas no ser tuyo, a los que tanto lo necesitaban peregrinando tan largo tiempo lejos de su patria; ni aun ahora quieres soltarlo, sino que persistes en retenerlo; y sin embargo, si hubieses alimentado, como era justo, y defendido a mi hijo, mucha gloria ganaras, si es cierto que los amigos verdaderos se conocen en la adversidad, y que la buena fortuna los atrae por sí misma. Si hubieses necesitado dinero y la suerte te hubiera sido propicia, mi hijo habría sido rico tesoro para ti, y ahora no puede ser este tu amigo, y has perdido esas riquezas y tus hijos, y te ves reducido a este extremo. Y te digo, ¡oh Agamenón!, que si socorres a este, te creerán también malvado, porque no serás benéfico con un huésped piadoso, ni fiel a los que debías serlo, ni santo, ni justo; antes bien, diremos que, si lo haces, es porque te agrada favorecer a los criminales. Pero no quiero proferir injurias contra mis dueños.

EL CORO

En verdad, en verdad que una buena causa inspira o los hombres discursos elocuentes.

AGAMENÓN[80]

Molesto es para mi juzgar pleitos ajenos, y, sin embargo, es preciso, porque sería indecoroso aceptar un compromiso y no cumplirlo. Has de saber, pues, que, en mi concepto, ni por favorecerme, ni por conciliarte la benevolencia de los aqueos has dado muerte a tu huésped, sino por guardar su tesoro en tu palacio. Tú hablas como te conviene, obligado por tus males. Fácil os será, acaso, matar a quienes dais hospitalidad; pero entre nosotros, los griegos, es una infamia. ¿Cómo, pues, si te absuelvo, evitaré el vituperio? Seguramente no puedo. Pero ya que osaste cometer lo que no era justo, sufre sus tristes consecuencias.

POLIMÉSTOR

¡Ay de mí! Vencido, a lo que parece, por una esclava, hasta los seres más despreciables me castigarán.

HÉCUBA

¿Y por qué no, habiendo cometido tantos delitos?

POLIMÉSTOR

¡Ay de mí, mísero, de mis hijos y de mis ojos!

HÉCUBA

¿Te lamentas? ¿Y yo? ¿Crees que no lloro al mío?

POLIMÉSTOR

¡Gozas insultándome, oh mujer maliciosa!

HÉCUBA

¿No he de alegrarme, habiéndome vengado de ti?

POLIMÉSTOR

Pero bien pronto se disipará tu gozo, cuando las saladas ondas...

HÉCUBA

¿Me llevarán en las naves hasta los confines de la Grecia?

POLIMÉSTOR

Al contrario, te tragarán cayéndote de lo alto de los mástiles.

HÉCUBA

¿Quién me hará dar tan mortal salto?

POLIMÉSTOR

Subirás por tus pies al mástil.

HÉCUBA

¿Con alas en mis espaldas, o de qué modo?

POLIMÉSTOR

Serás transformada en perra, y tus ojos parecerán de fuego.

HÉCUBA

¿Y cómo sabes que mi forma ha de cambiar?

POLIMÉSTOR

Dioniso, oráculo de los tracios,[81] me lo ha dicho.

HÉCUBA

¿Y no te anunció ninguno de los males que padeces?

POLIMÉSTOR

Nunca hubiese sido víctima de tus asechanzas.

HÉCUBA

Y lo que dices, ¿me sucederá en vida, o después de muerta?

POLIMÉSTOR

Después de muerta, y tu nombre designará tu sepulcro.

HÉCUBA

¿Que signifique mi nueva forma, o de qué manera?

POLIMÉSTOR

Sepulcro de una perra desdichada, y señal para los navegantes.

HÉCUBA

Poco me importa, siempre que me haya vengado de ti.

POLIMÉSTOR

También morirá tu hija Casandra.

HÉCUBA

Caiga sobre ti mi maldición, y ojalá que tú sufras esos males.

POLIMÉSTOR

La matará la esposa de este, cruel defensora de su palacio.

HÉCUBA

Que la hija de Tíndaro no delire hasta ese punto.

POLIMÉSTOR

Y también a Agamenón, levantando segunda vez su segur.

AGAMENÓN

¿Has perdido el juicio, desventurado? ¿Quieres ser víctima de nuevos infortunios?

POLIMÉSTOR

Mátame, que en Argos te espera el agua lustral de este homicidio.

AGAMENÓN

Llevadlo arrastrando de mi vista, ¡oh servidores!

POLIMÉSTOR