Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 13

Chapter 134,155 wordsPublic domain

¿A qué disputar sobre la sabiduría con este hombre? Si todos distinguen lo justo de lo injusto, ¿qué mortal hubo más necio que este, que ni se cuidó de las leyes, ni del derecho común a todos los griegos? Después de morir Agamenón, herido en la cabeza por mi hija, crimen de los más infames (que nunca alabaré), debió perseguir al asesino, acusando a su culpable madre, y expulsarla del palacio: semejante moderación en medio de talos desdichas, sería celebrada; hubiera obedecido las leyes y obrado piadosamente. Su destino es ahora igual al de su madre, porque creyendo, con razón, que era criminal, él lo ha sido más dándole muerte. Esto tan solo te preguntaré, ¡oh Menelao!: si la esposa que te acompaña en el tálamo te mata, y después la asesina su hijo, y el nieto hace lo mismo con su padre, ¿cuándo se acabarán tantos males? Con razón dispusieron nuestros antepasados que ni se dejase ver de nadie el reo de homicidio, ni hablase con ninguno; y lo castigaban con el destierro, no autorizando interminables asesinatos, porque siempre había uno amenazado de muerte y contaminadas las manos con la última mancha de sangre. Aborrezco, en verdad, a las mujeres impías, y a mi hija la primera por haber asesinado a su esposo, y ni alabaré jamás a tu esposa Helena, ni te alabaré tampoco, ni celebraré que hayas ido a Troya por una mujer impúdica: defenderé la ley en cuanto pueda, anulando esta costumbre bestial y parricida, perdición de reinos y ciudades. (_Volviéndose hacia Orestes._) ¿Qué sentías, ¡oh miserable!, cuando tu madre descubrió su pecho suplicándote? Yo, que no lo presencié, derramo lágrimas de mis arrugados ojos. Confirma también mi parecer que los dioses te aborrecen, y pagas la pena que debes a tu madre vagando aterrado y delirante. ¿A qué hemos de oír testigos, cuando nosotros mismos vemos las cosas? Sabe, pues, Menelao, que no debes oponerte a la voluntad de los dioses ayudando a este, sino dejar que lo maten a pedradas; de otro modo no entres en Esparta. Justa ha sido la muerte de mi hija, pero no por mano de este: yo, afortunado en otras cosas, no lo soy con mis hijas, que seguramente no me hacen dichoso.[270]

EL CORO

Digno de envidia es el que tiene fortuna con sus hijos y no sufre por su causa grandes calamidades.

ORESTES

Temo, ¡oh anciano!, hablar contra ti, porque te he de afligir y contristar tu ánimo. No nos acordemos ahora de tu vejez, que me turba cuando hablo, y persistiré en mi propósito, rindiendo antes, como he dicho, homenaje a tu años. Yo, en verdad, impío por haber asesinado a mi madre, soy piadoso bajo otro aspecto por haber vengado a mi padre. ¿Qué debía yo hacer? Compara unas cosas con otras: mi padre me engendró, y tu hija me parió, recibiendo como un campo su semilla, pues sin padre nunca nace el hijo.[271] Yo creía, pues, que debía hacer más por el que me engendró que por la que solo me alimentó; pero tu hija (temo llamarla madre), casándose sin más guía que su capricho, subió al tálamo de otro esposo. Si hablo mal de ella, hablaré también de mí; pero no callaré: Egisto era su marido, oculto en el palacio; lo maté y a mi madre después, cometiendo una impiedad, pero también vengando a mi padre. En cuanto a tu amenaza de que he ser apedreado, óyeme para que lo sepa toda la Grecia: si la audacia de las mujeres llega al extremo de matar a sus maridos, buscando luego auxilio en sus parientes y moviendo a lástima con sus desnudos pechos, poco les importará asesinarlos todos pretextando cualquier motivo; pero yo, en el momento en que ejecuté las atrocidades de que hablas, abolí esta ley. Odiaba a mi madre, y la maté con razón, porque ella faltó a su esposo, general de todos los griegos, y ausente antes con su ejército, y no mantuvo su tálamo inmaculado, y cuando conoció que pecaba, no se castigó a sí misma, sino que, en vez de expiar su delito, quedó impune y mató a mi padre. Por los dioses (no debí nombrarlos defendiendo un asesinato), si callando hubiese yo aprobado el delito de mi madre, ¿qué hubiera hecho conmigo el muerto? Si me odiaba, ¿no suscitaría contra mí a las Furias? ¿Auxiliarán acaso a mi madre y no a mi padre, más ofendido y con mejor derecho? Tú, ¡oh anciano!, que engendraste una hija malvada, tú me has perdido, que por su osadía me quedé sin padre y fui matricida. Telémaco no mató a la mujer de Odiseo: no se casó en vida de su primer marido, sino que fue fiel a su esposo. ¿No sabes que Apolo habita en el centro de la tierra, y pronuncia para los mortales certísimos oráculos, a quien todos obedecemos, mande lo que quiera? Por obedecerlo maté a la que me dio a luz. Sea él el impío, y dadle muerte, que él pecó, no yo. ¿Qué debía yo hacer? ¿No te satisface que un dios tome sobre sí la responsabilidad de la expiación? ¿Qué refugio buscarán los hombres, si el que lo ordenó no me libra de la muerte? No digas, por tanto, que no es justo lo que he hecho, sino que fue adversa mi suerte. Feliz la vida de aquellos cuyo casamiento es afortunado: los que no tienen esa dicha, infelices son dentro y fuera de su casa.

EL CORO

Siempre las mujeres sirvieron de pesada rémora a la fortuna de los hombres.

TINDÁREO

Ya que tú cobras aliento y no cedes, sino que me respondes de tal modo que me afliges y me incitas a perseverar en tu muerte, coronaré el propósito laudable que aquí me trajo de honrar el sepulcro de mi hija. Yo me presentaré a la asamblea de los argivos cuando se reúna, y excitaré a los ciudadanos, ya inclinados a hacerlo, contra ti y tu hermana, para que sufráis la pena de ser apedreados, pues ella merece morir más bien que tú, porque te alentó contra tu madre, animándote siempre con sus palabras y contándote los sueños en que se le aparecía Agamenón, y hablándote del adúltero Egisto: ojalá que siga siendo odiosa a los dioses infernales, ya que aun en la tierra la aborrecían, llegando a incendiar el palacio con fuego, que no era de Vulcano. Dígote, ¡oh Menelao!, y yo mismo lo haré, que no los defiendas de la muerte contra los dioses si en algo estimas mi amistad y mi parentesco, sino que dejes a los ciudadanos que los maten a pedradas, o de lo contrario, que no entres en territorio espartano. No olvides mis palabras, y no prefieras amigos impíos rechazando los piadosos. Vosotros, servidores, llevadme de este palacio. (_Vase_).

ORESTES

Vete, para que libre prosiga mi discurso y persuada a Menelao sin el temor que me inspiran tus años. ¿Por qué discurres así, paseándote a uno y otro lado, y en lucha con dos opuestos sentimientos?

MENELAO

Déjame; por más que reflexiono, no sé qué hacer.

ORESTES

No te decidas ni deliberes sin oírme antes.

MENELAO

Habla, que has dicho bien. Hay ocasiones en que el silencio debe ceder su puesto a las palabras, y otras en que las palabras han de cederlo al silencio.

ORESTES[272]

Hablaré, pues. Más vale una oración larga que breve, que así se comprenderá más fácilmente. No me des nada tuyo, ¡oh Menelao!, sino devuélveme tan solo lo que recibiste de mi padre. No hablo de riquezas, que la más preciada es para mí ahora la vida. Obré mal, y por esta razón debo sufrir algún daño de tu parte, ya que mi padre Agamenón, juntando injustamente a los griegos, fue a Troya, no por falta suya, sino para enmendar la de tu esposa y su injusticia. Solo por esto debes tú concederme otra gracia. Ya he dicho que convocó a unos amigos para favorecer otros, y se puso a tu servicio, pasando por ti trabajos en el campo de batalla para que recobraras a tu Helena. Devuélveme, pues, ahora lo que entonces recibiste de él, trabajando un solo día en mi favor, no diez años cumplidos. No hablaré ahora del sacrificio de mi hermana en Áulide,[273] ni exijo que mates a Hermíone, porque encontrándome en tan triste situación has de tener más ventajas que yo, y me toca ser indulgente. Devuelve mi vida a mi desgraciado padre, y también la de mi hermana, virgen ha largo tiempo, porque si yo muero, se acaba el linaje de mi padre. Dirás que es imposible acceder a mi ruego; pero si no hay duda que los amigos deben socorrerse unos a otros en la desgracia, ¿qué necesidad hay de ellos, si los dioses han de hacer buenamente sus veces? Basta que un dios quiera para auxiliar a quien lo agrade. Todos los griegos creen que amas a tu esposa, y no te lo digo por adularte, sino para suplicarte en su nombre (_Aparte_).[274] (¡Oh cuánta es mi desventura cuando a tales extremos recurro!) (_En voz alta_). ¿Por qué he de sufrir tanto? Por mi linaje imploro tu ayuda. ¡Oh tú, hermano de mi padre; imagínate que oye mis ruegos debajo de la tierra, que su alma vuela a tu alrededor, y que dice lo que yo digo! Tales son mis súplicas entre lágrimas, gemidos y males sin cuento, para pedirte la vida, amada no solo por mí, sino por todos.[275]

EL CORO

Y yo te suplico, aunque sea una mujer, que, ya que puedes, socorras a quienes imploran tu auxilio.

MENELAO

Yo respeto tu desgracia, ¡oh Orestes!, y quiero ayudarte en tus males, pues debemos aliviar los de nuestros parientes, si el cielo nos da fuerzas, ya muriendo por ellos, ya matando a sus enemigos. Pido a los dioses que me lo concedan, aunque solo traigo mi lanza, y he sufrido infinitas penalidades y sobrevivido a ellas con un puñado de amigos. Peleando no podemos, pues, vencer a los pelásgicos argivos; pero esperamos lograrlo con palabras persuasivas. Porque ¿cómo hacer grandes cosas con escasas fuerzas? Hasta de necios es intentarlo. Cuando el pueblo se amotina, ardiendo en ira, es tan difícil apaciguarlo como un fuego terrible; pero si se cede con maña y se aprovecha la ocasión oportuna, se mitigará quizá su cólera, y en este caso se conseguirá de él lo que se desee. Domínalo a veces la compasión, a veces espantosa rabia, joya preciosa para el que aguarda el momento favorable. Iré, pues, para persuadir a Tindáreo y a la muchedumbre que moderen sus ímpetus. La nave se sumerge si tiendes demasiado las amarras de las velas, pero vuelve a salir a flote si las aflojas. El cielo odia los arrebatos apasionados, los ciudadanos también; conviene, pues, que yo (y no hablo temerariamente) te libre con cordura de los que pueden más que tú, no por la violencia. No lo conseguiría, como tú crees, empleando la fuerza de las armas, porque una sola lanza no triunfa de los males que te cercan. Nunca fui humilde con los argivos; pero es necesario que los sabios se hagan esclavos de la fortuna. (_Vase hacia la ciudad_).

ORESTES

Hombre, que solo sirves para pelear por mujeres, ¡oh tú el más cobarde en defender a tus amigos! ¿Huyes y me dejas? Vanos fueron los beneficios de Agamenón. En la adversa fortuna, ¡oh padre!, te abandonan tus amigos. ¡Ay de mí, que me hacen traición y pierdo toda esperanza de escapar al suplicio a que me condenan los argivos! Este era mi único recurso en medio de mis males. Pero veo a Pílades, que viene corriendo de la Fócide,[276] grato consuelo, porque es para mí el mortal más querido; que al hombre que no nos abandona en el infortunio se mira con mejores ojos que al mar tranquilo los navegantes. (_Llega Pílades corriendo_).

PÍLADES

Más presuroso de lo que debía he atravesado la ciudad y asistido en parte a la asamblea de los ciudadanos convocada contra ti y contra tu hermana, al parecer para mataros en breve. ¿Qué es esto? ¿Cómo van tus asuntos? ¿Que haces tú, el más amado de mis compañeros, amigos y parientes? Todo esto a un tiempo eres para mí.

ORESTES

Perdidos somos, para darte cuenta de mis males en pocas palabras.

PÍLADES

Perdido soy yo también, que las desgracias de mis amigos son las mías.

ORESTES

La conducta de Menelao conmigo y con mi hermana es lo más infame.

PÍLADES

Natural es que sea esposo malvado de mujer malvada.

ORESTES

Como si no hubiese venido, puesto que con su llegada no se han aliviado mis cuitas.

PÍLADES

¿Pero ha venido aquí en efecto?

ORESTES

Mucho tiempo ha tardado, pero pronto dio pruebas de deslealtad a sus amigos.

PÍLADES

¿Y ha traído en su misma nave a su criminal esposa?

ORESTES

No él a ella, sino ella a él.

PÍLADES

¿En dónde está la mujer que ha perdido sola a tantos argivos?

ORESTES

En mi propio palacio, si puedo llamarle mío.

PÍLADES

¿Y qué has dicho al hermano de tu padre?

ORESTES

Que hiciese lo posible para no presenciar mi suplicio y el de mi hermana, si así lo decretan los ciudadanos.

PÍLADES

¡Por los dioses!, ¿qué dijo? Deseo saberlo.

ORESTES

Contestó con cautela, como hacen los malos amigos.

PÍLADES

¿Y cuáles fueron sus razones? Sabido esto, todo lo comprendo.

ORESTES

También vino el padre de tan excelentes hijas.

PÍLADES

¿Aludes a Tindáreo?; acaso esté airado contigo por la muerte de su hija.

ORESTES

Así es: entre Tindáreo, su suegro, y mi padre, que es su hermano, se decide por el primero.[277]

PÍLADES

¿Y estando aquí, no se ha atrevido a socorrerte en tus males?

ORESTES

No es guerrero, sino esforzado entre mujeres.

PÍLADES

Terribles son tus infortunios, y tienes que morir.

ORESTES

No tardarán los ciudadanos en emitir sus sufragios.

PÍLADES

¿Y qué resolverán?, dime; yo tengo miedo.

ORESTES

Que muera, o que viva: pocas palabras su necesitan para resolverlo, no obstante la importancia del asunto.

PÍLADES

¿Por qué no huyes con tu hermana y abandonas este palacio?

ORESTES

¿No ves? Por todas partes nos cercan.

PÍLADES

He visto las plazas de Argos guardadas por soldados.

ORESTES

Como ciudad sitiada por enemigos estamos nosotros.

PÍLADES

Pregúntame también lo que me sucede: mi perdición es segura.

ORESTES

¿A quién la deberás? Esto solo me faltaba.

PÍLADES

Mi padre Estrofio me ha desterrado lleno de ira.

ORESTES

¿Por algún delito común, o por alguno público contra tu patria?

PÍLADES

Porque, en su juicio, me había contaminado, siendo cómplice tuyo en el asesinato de tu madre.

ORESTES

¿Tú también, ¡oh mísero!, vas a verte envuelto en mis males?

PÍLADES

No soy como Menelao; no hay más recurso que sufrirlos.

ORESTES

¿No temes que también te maten los argivos?

PÍLADES

No deben ellos castigarme, sino mis conciudadanos los focenses.

ORESTES

Atroz es el pueblo cuando son malos sus gobernantes.

PÍLADES

Pero si son buenos, resuelve siempre lo mejor.[278]

ORESTES

Sea en buen hora; pero deliberemos ambos.

PÍLADES

¿Acerca de nuestra crítica situación?

ORESTES

Si yo me acerco a los ciudadanos para decirles...

PÍLADES

¿Que has obrado en justicia?

ORESTES

Que lo hice por vengar a mi padre.

PÍLADES

Mira no se alegren de que caigas en sus manos.

ORESTES

¿Moriré callando de miedo?

PÍLADES

Es de cobardes.

ORESTES

¿Y qué he de hacer?

PÍLADES

¿Tienes alguna esperanza de salvarte si nada haces?

ORESTES

No.

PÍLADES

Y si vas allá, ¿podrás lograrlo?

ORESTES

Quizá lo consiga, si la fortuna me favorece.

PÍLADES

Luego es preferible a permanecer aquí.

ORESTES

Iré, pues.

PÍLADES

Si mueres, mueres con honra.

ORESTES

Dices bien: así no incurriré en la nota de cobarde.

PÍLADES

Mejor que si te quedas.

ORESTES

Y por una causa que creo justa.

PÍLADES

Ojalá que lo mismo parezca a ellos.

ORESTES

Y alguno acaso se compadecerá de mí...

PÍLADES

Vale mucho tu noble alcurnia.

ORESTES

Recordando la muerte de mi padre.

PÍLADES

Todo esto es claro.

ORESTES

Hay que ir: es de cobardes morir deshonrados.

PÍLADES

Alabo tu propósito.

ORESTES

¿Lo diremos a mi hermana?

PÍLADES

No, por los dioses.

ORESTES

Tendremos llantos.

PÍLADES

Y será mal presagio.

ORESTES

Conviene, pues, callar.

PÍLADES

Y aprovecharás el tiempo.

ORESTES

Solo temo...

PÍLADES

¿Qué dices ahora?

ORESTES

Que las diosas me hagan delirar otra vez.

PÍLADES

Yo te curaré.

ORESTES

Molesto es vivir un hombre enfermo.

PÍLADES

Tú no lo estás para mí.

ORESTES

Guárdate, no te contagie mi locura.

PÍLADES

Suceda lo que quiera.

ORESTES

¿No vacilarás?

PÍLADES

La duda es mal grave entre amigos.

ORESTES

Anda pues, que tú eres el timón que gobierna mis pasos.

PÍLADES

Grato es para mí este cuidado.

ORESTES

Y llévame al sepulcro de mi padre.

PÍLADES

¿Para qué?

ORESTES

Para suplicarle que me salve.

PÍLADES

Paréceme bien.

ORESTES

Y que no vea la tumba de mi madre.[279]

PÍLADES

Era tu enemiga. Pero apresúrate, no te condenen los sufragios de los argivos; y apóyate en mi brazo, que la enfermedad ha debilitado tus fuerzas. Atravesaré contigo la ciudad sin curarme de la plebe y sin que la vergüenza me intimide. ¿Cuándo te probaré mi amistad, si no te ayudo ahora, agobiado de males tan terribles?

ORESTES

Esto es tener amigos, no solo parientes. El hombre que, libre de ese sagrado lazo, simpatiza con nosotros, nos sirve mucho más que un ejército de aquellos. (_Vanse a la ciudad_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Las grandes riquezas y el vano esplendor de los Atridas, que, llenando la Grecia, penetraron hasta las orillas del Simois, se desvanecieron desde aquella antigua calamidad de su linaje, cuando la discordia dio a los Tantálidas la oveja de vellón dorado,[280] y desde aquel misérrimo banquete y muerte de nobles hijos; y un asesinato sucede al otro, y una nube de sangre envuelve a los dos Atridas.

_Antístrofa 1.ª_ — No honra, que deshonra es herir con el acero el cuerpo de nuestros padres, y enseñarlo a la luz del sol manchado de sangre; al contrario, cometer tales atentados es impiedad insana y delirio de hombres criminales. El miedo a la muerte hizo exclamar así a la hija de Tindáreo: «¡Oh hijo, no eres piadoso matando a tu madre; que por congraciarte con tu padre no contraigas perpetua infamia!».

_Epodo_. — ¿Qué causa más justa de dolor y de lágrimas, qué calamidad hay mayor en la tierra que asesinar a una madre? El hijo de Agamenón, que cometió ese crimen, será presa del delirio, y en él se cebarán las Furias para castigar su delito, y andará errante con ojos extraviados. ¡Oh mísero, que sin cuidarse del seno maternal, que dejaron ver sus vestidos desgarrados, se atrevió a matar a su madre por vengar a su padre!

ELECTRA (_que sale del palacio_).

¡Oh mujeres!, ¿adónde ha ido Orestes desde este palacio, dominado por el furor que los dioses le inspiran?

EL CORO

No ha sido así, que fue a la asamblea de los argivos para defenderse en esa terrible lucha, en la cual se ha de decidir de vuestra vida o de vuestra muerte.

ELECTRA

¡Ay de mí! ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo ha persuadido?

EL CORO

Pílades; pero pronto nos anunciará aquel mensajero lo que ha sucedido allá a tu hermano.

EL MENSAJERO

¡Oh mísera! ¡Oh veneranda Electra, hija infeliz del guerrero Agamenón! Oye la triste nueva que te traigo.

ELECTRA

¡Ay, ay! Cierta es nuestra muerte; así lo indican tus palabras; mensajero eres de malas nuevas, según parece.

EL MENSAJERO

Los sufragios de los argivos han decretado hoy tu muerte y la de tu hermano.[281]

ELECTRA

¡Ay de mí! Acaeció lo que esperaba, lo que temía hace ya tiempo, causa de mis lágrimas incesantes. Pero ¿qué certamen, qué discursos precedieron al decreto de los argivos que nos condena a muerte? Di, ¡oh anciano!, si exhalaremos el alma apedreados, o por medio del hierro, víctimas ambos de una misma desventura.

EL MENSAJERO

Casualmente yo había venido del campo deseando conocer la decisión de este asunto, que os interesaba; porque siempre tuve afecto a tu padre, y tu familia me mantuvo, pobre, es verdad, aunque fiel a mis amigos. Vi al pueblo que se encaminaba a la colina,[282] en donde dicen que Dánao lo convocó primero para resolver su litigio con Egipto. Ya en la asamblea pregunté a uno de los ciudadanos: «¿Qué ocurre en Argos? ¿Alguna nueva de enemigos alborota así la ciudad de las Danaides?». Él me respondió: «¿No ves a Orestes, que llegó hace poco para sufrir su juicio capital?». Entonces presencié un espectáculo inesperado que nunca hubiera creído; a saber: a Pílades y a Orestes, que llegaban juntos, triste este y devorado por su mal, como un hermano aquel, compartiendo los dolores de su amigo, y asistiéndolo en sus males, y cuidándolo como a un hijo. Después que todos se reunieron, levantose el heraldo y dijo: «¿Queréis declarar si Orestes debe o no morir, por haber asesinado a su madre?». Entonces Taltibio, que con tu padre combatió contra los troyanos, pronunció palabras ambiguas, como quien se doblega ante los poderosos, celebrando en verdad a Agamenón, pero sin alabar a tu hermano, y haciendo malévolas alusiones a la ley nada buena que se establecería contra los padres, y mirando siempre a los amigos de Egisto con ojos expresivos. Tales son los heraldos: sonríen siempre a los felices, y son amigos de los que más pueden, y de los magistrados de las ciudades. Luego habló el rey Diomedes,[283] oponiéndose a tu muerte y a la de tu hermano, y defendiendo por piedad la pena del destierro. Aclamáronlo algunos, porque, en su concepto, decía la verdad; otros no lo alababan. Después se levantó un hombre de lengua desenfrenada, temible por su audacia, argivo no verdadero sino intruso,[284] confiado en el tumulto, y a quien su osadía, no su saber, inspiraba, capaz de persuadirle todo lo malo; porque cuando elocuente en sus discursos, aunque de ideas funestas, convence al vulgo, gran daño resulta a la ciudad. Al contrario, los que solo atienden a su bien, son siempre a la larga útiles a su patria. Así debemos juzgar al que más manda en una ciudad, si examinamos este punto, porque igual es la condición del orador a la del que desempeña los cargos más importantes. Este, pues, proponía que tú y Orestes murieseis a pedradas, sobornado por Tindáreo para que hablase en este sentido y recayera sentencia de muerte. Otro sostuvo lo contrario: su traza no era brillante, pero grande su fortaleza, poco amigo de visitar la ciudad y el ágora, dedicado a labrar sus tierras, de los que sirven a su país, de agudo ingenio cuando quiere disputar, íntegro, que vive honradamente: declaró que Orestes, hijo de Agamenón, debía ser coronado porque obró así por vengar a su padre, dando muerte a una mujer tan malvada como impía, y cuando de no hacerlo, nadie querría tomar las armas y hacer la guerra, abandonando su casa, si los que se quedan seducen y corrompen a las mujeres, encargadas de los cuidados domésticos. Aprobáronlo los buenos, y fue el último que habló. Entonces se acercó tu hermano y dijo: «Por vengaros a vosotros, los que poseéis el país pelásgico[285] de Ínaco,[286] y por vengar también a mi padre, di muerte a mi madre. Porque si es lícito a las mujeres asesinar a sus esposos, pronto moriréis o seréis sus esclavos, y haréis lo contrario de lo que debéis hacer. Ha muerto, es verdad, la que fue infiel a mi padre; pero si me condenáis al último suplicio, la ley es inútil, y ninguno evitará la muerte, puesto que la osadía de Clitemnestra tendrá muchas imitadoras». Mas no persuadió a la muchedumbre, aunque pensaron que hablaba con cordura, consiguiéndolo aquel malvado que había sostenido que tú y tu hermano debíais perecer. Con dificultad obtuvo Orestes que no se le apedreara en el acto, prometiendo que ambos os suicidaríais hoy mismo. Pílades, llorando, se lo llevó de la asamblea en compañía de otros amigos, llenos los ojos de lágrimas y compadecidos de sus desdichas; pronto presenciarás un espectáculo doloroso y digno de lástima.[287] Prepara, pues, el puñal o el lazo que ha de poner fin a tu vida, ya que precisamente has de dejar la luz: ni vuestra nobleza ni el pítico Apolo, sentado en su trípode, os han servido para otra cosa que para perderos.

EL CORO

¡Oh virgen sin ventura! Tu mirada fija en la tierra y tu silencio anuncian que lágrimas, acompañadas de gemidos, inundarán bien pronto tu faz.

ELECTRA

_Estrofa 1.ª_ — Ya comienzo mis lamentaciones, ¡oh Pelasgia!, desgarrando mis mejillas con mis blancas uñas,[288] tiñéndolas de sangre y golpeando mi cabeza en honor de la diosa, tan joven como bella, que reina en la subterránea mansión de los infiernos. Gima la clamorosa tierra ciclópea, y corten los argivos sus cabellos. ¡Familia criminal! ¡Compadeceos, compadeceos de los que han de morir en breve, hijos del que capitaneó en otro tiempo a todos los griegos!