Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 35
El haber nacido en la provincia, ó tener en ella arraigo, no es de menos importancia, si recordamos que las primeras impresiones se graban para siempre en la cabeza del niño, y deciden de lo que ha de ser después cuando grande: ni es posible que un hombre conozca su provincia, y se interese por ella, si no ha nacido por allí cerca. Puede suceder que una provincia tenga más confianza en la reputación, en el saber de un forastero; pero páselo en paciencia la buena de la provincia, que más pasó Cristo por ella.
Dicen sin embargo que todos los electores no han tenido presentes todas esas verdades; así que, unos procuradores no han nacido, otros no tienen la renta, ¡qué sé yo! Esto tiene compostura habiendo comisión de poderes, y en todo caso se aplica la renta de unos á otros, como hacen los buenos cristianos con los méritos de nuestro Señor Jesucristo, que valen mucho más que las rentas; y así poniendo de aquí y quitando de allí tengo para mí que se ha de remediar. Y aun yo diría más. Don Juan Álvarez Mendizábal fué elegido por ejemplo por Barcelona, siendo natural de Cádiz, y no habiendo residido en Cataluña. Decían: «Pero no tiene nada suyo en Cataluña, sino los electores:» ¿pues eso no es tener?, ¿no valen tanto por lo menos los electores como una casa, ó una tapia, ó unas cuantas fanegas de pan llevar? ¡Sino que poniéndose á hablar las gentes!...
Por lo demás es sabido que el gobierno no ha influido absolutamente nada en las elecciones, y desde luego se dijo que eran á pedir de boca. Para que formes una idea, han salido elegidos los sugestos siguientes:
Por Barcelona, como llevo dicho, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Cádiz, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Gerona, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Granada, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Madrid, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Málaga, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Pontevedra, don Juan Álvarez Mendizábal, etc., etc., etc.
Que es el cuento de pasó una cabra, y volvió y pasó otra, y volvió á tornar y á pasar otra cabra, y así sucesivamente.
Si oyes decir que se abre el Estamento, di que es broma, que quien se abre es don Juan Álvarez Mendizábal.
No habrás olvidado que los ministros de estado y de hacienda, y el presidente del consejo, son don Juan Álvarez Mendizábal, y que los otros ministros no son sino una manera de ser, distinta sólo en la apariencia del don Juan Álvarez Mendizábal. Ahora figúrate el día que el Estamento don Juan Álvarez Mendizábal pida cuentas al ministro don Juan Álvarez Mendizábal...; aquí llaman esto un _gobierno representativo_: sin que sea murmuración, confieso que yo llamo esto un _hombre representativo_.
Una vez conocida la buena índole de las elecciones y la idoneidad de esos diversos señores procuradores, ocurrió la duda de si estas Cortes que iban á reunirse vendrían sólo para hacer una ley electoral mejor que la que les confiere su derecho; ó si podrían constituirse revisoras. Quiénes se agarraron á la legalidad, diciendo que esto último sería ilegal; quiénes intentaron probar que lo de menos era la legalidad, y que lo que importaba era la conveniencia. Por fin salimos del atolladero, y parece que no tratarán de constituirse por varias razones. Porque no han sido convocadas para eso. Porque siendo su objeto principal hacer una ley electoral, en virtud de la cual puedan convocarse luego las revisoras, es claro que los demás asuntos que á ellas se sometan, por importantes que sean, habrán de ser subalternos al principal. La nación tiene un cimiento, y necesita una casa: en estas Cortes va á decidir cuáles han de ser las circunstancias del arquitecto que se la puede hacer á su gusto. Por consiguiente, todo lo que sea proceder á construir el que sólo está comisionado para designar el constructor, es hacer la casa y dejar para después el arquitecto: equivale á blanquear después de pintar; es dejar al que venga detrás el derecho de poner en duda la validez de la construcción.
En estas disputas andábamos, cuando otro _run run_ más terrible vino á poner nuevo espanto en nuestro corazón. He aquí que una noche corre la voz de que se va á poner la constitución del año 12. ¡Bravo!, dije yo: esto es lo que se llama andar camino. Aquí no se sabe multiplicar, pero restar á las mil maravillas. Vamos á quién puede más. El año 14 vino el rey y dijo: quien de catorce quita seis, queda en ocho. Vuelvan pues las cosas al ser y estado del año 8. El año 20 vienen los otros y dicen: quien de veinte quita seis, queda en catorce: vuelvan las cosas al ser y estado del año 14. El año 23 vuelve el de más arriba y dice: quien de veinte y tres quita tres, queda en veinte; vuelvan las cosas al ser y estado de febrero del año 20. El año 1836 asoman los segundos, y éstos quieren restar más en grande: quien de treinta y seis quita veinte y cuatro, queda en doce; vuelva todo al año 12. Éstos han pujado, si se exceptúa el del Estatuto, que más picado que nadie cogió y lo restó todo, y nos plantó en el siglo XV.
¡Diantre!, ¡si volveremos todavía á la venida de Túbal! Sepamos primero cómo se entiende nuestro progreso. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia atrás, ó hacia adelante? Tengamos el cuento del cochero, que, montado al revés, arreaba al coche.
Ya te lo he dicho: tejedores; tejer y destejer. Nadie vende su tela, y nadie hace tela nueva.
Decían ellos que el volver atrás no era más que tomar carrera. ¡Dios los bendiga, y qué larga la toman!
Vamos claros. La constitución del año 12 era gran cosa en verdad, pero para el año 12: en el día da la maldita casualidad de que somos más liberales que entonces: si te he de hablar ingenuamente, á mí me parece poco.
Las circunstancias del año 12, la guerra que sosteníamos apoyada en el fanatismo popular, y el mayor atraso de la época, exigieron concesiones en el día no necesarias, ridículas.
En ellas hablan las Cortes en nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo: gran principio para una novena: buena es la devoción, pero á su tiempo: eso es adoptar, heredar de la monarquía el derecho divino: la sociedad puede servir á Dios en toda clase de gobiernos. El Supremo Hacedor no delega facultades temporales ningunas, ni en un soberano, ni en un congreso; la sociedad se hace ella misma por derecho propio sus reyes y sus asambleas. Cristo vino al mundo á predicar, no á redactar códigos. Á Dios daremos cuenta de nuestras creencias, no á los hombres: reflexión igualmente aplicable al capítulo II, artículo 12, porque el Salvador quiso convencer, no obligar, porque no quiere más homenajes que los voluntarios.
Ítem más: en la constitución del año 12 no está consignada la libertad de imprenta, sino para las ideas políticas, y eso es decirle á un hombre: _Ande usted, pero con una sola pierna_.
En cambio nos impone como ley fundamental el amor á la patria y la obligación de ser justos y benéficos... en cambio... Andrés mío, callemos, porque, repito, que la venero, y tengo por indigno de un liberal poner en ridículo el paladión de nuestra independencia nacional, y la cuna de nuestra libertad, por fácil que eso sea. Pero la respeto, como Cristo respetó el testamento viejo, fundando el nuevo. Veneremos el viejo código, y venga no obstante otro nuevo más adecuado á la época.
Parécense los hombres del año 12, amigo Andrés, al cura que no sabía leer más que en su breviario: ó mejor al gastrónomo en Vista-Alegre, que viendo su mesa puesta, pugna por sentarse á ella en cuanto le dejan un momento libre, en cuanto ve un resquicio por donde acercarse á la mesa. El caso es el mismo: todos les hacemos cumplimientos, pero no les dejamos sentarse. Unas veces se lo impidió el poseedor don Pascual de la Rivera, otras los mozos de su fábrica... Convengo en que es una desesperación; pero culpen, no á nosotros, sino á ellos mismos, que tantas veces se dejaron interrumpir antes de llegar el bocado á la boca.
Aténgome á su artículo, que dice:
«La nación española es libre é independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia, ni persona».
Esto digo yo: entre á gobernar, no éste ni aquél, sino todo el que se sienta con fuerzas, todo el que dé pruebas de idoneidad. Basta de ensayos. Á eso nos responden ellos: «¿Y dónde están esos hombres?» ¿Dónde han de estar? En la calle, esperando á que acaben de bailar los señores mayores, para entrar ellos en el baile.
«¿Cómo no salen esos hombres?», añaden. ¿Cómo han de salir? De Calomarde acá, ¿qué protección, qué ley electoral ha llamado á los hombres nuevos para darles entrada en la república? Cuenta sin embargo con ella, y llámelos la ley presto: ¡¡¡déjese entrar legalmente á los hombres del año 1836, ó se entrarán ellos de rondón!!!
En conclusión, hombres nuevos para cosas nuevas: en tiempos turbulentos hombres fuertes sobre todo, en quienes no esté cansada la vida, en quienes haya ilusiones todavía, hombres que se paguen de gloria, y en quien arda una noble ambición y arrojo constante contra el peligro.
«¿Qué saben los jóvenes?», exclaman. Lo que ustedes nos han enseñado, les responderemos, más lo que en ustedes hemos escarmentado, más lo que seguimos aprendiendo. ¡Y qué eran ustedes el año 12! Nosotros fundaremos nuestro orgullo en ser sus sucesores, en aprovechar sus lecciones, en coronar la obra que empezaron. Nosotros no rehusamos su mérito; no rehúsen ellos nuestra idoneidad, que el árbol joven es la esperanza del jardinero, si el viejo ya le da sombra.
Según el miedo que tienen de que la juventud entre en los puestos, no parece sino que es posible hacerlo peor que ellos.
Para el año 1836 la única constitución posible es la constitución de 1836.
Una idea te diría, si no la hubieras de contar; y sólo á ti te la diría, porque ellos la tomarán á personalidad, si de ella hiciese un artículo, y sabe Dios que no lo digo por tal. Mucho venero á los hombres de otra época, Andrés mío; mucho saben, sobre todo en no hablándose de gobernar, para lo cual ya nos han manifestado repetidas veces hasta donde rayan: mucho saben, y tanto que no sólo no los lanzaría yo de la república, sino que los guardara muy guardados como guardaban los romanos los libros sibilinos, para consultarlos con el mayor respeto: de ellos armaría una biblioteca viva, donde vueltos de espaldas en muy pulidos estantes, leyese el estudioso encima _Fulano, de Economía Política_; _Mengano, de Reformas Constitucionales_; _Zutano, de la Guerra de la Independencia_; _Perengano, de Metáforas y del Espíritu del Siglo_, etc., etc.; de suerte que no hubiese más que volverlos y ojearlos en un apuro, cuidando mucho de quitarles antes y después el polvo, y de tornarlos á volver hasta otra duda, como pergaminos preciosos.
Ahí verás tú si los respeto, y si los tengo en estima.
Hasta aquí de la constitución y de los hombres del año 12. Pasó el susto, y la noticia, como habrás visto, no tuvo consecuencia. Sin duda el ruido que metió fué el último cumplimiento de despedida que nos hizo.
No ganamos para sustos. Posteriormente se cruzaron de palabras el pueblo de Valencia y su capitán general. Éste tomó una porción de providencias, entre otras las de Villadiego; con cuyo ingenioso arbitrio no le pudieron haber los valencianos, que es decir que ha podido más que ellos, que se ha burlado de ellos. Tiene mucho talento. Buen chasco se han llevado. Así, así: á los alborotadores hay que jugarles esas pasadas; con eso escarmientan. Á buen seguro que si Basa hubiera hecho otro tanto, no le hubieran deshecho á él, y el pueblo de Barcelona se hubiera llevado el mismo chasco que el de Valencia. ¿No queréis capitán general? Pues tomad capitán general. ¿No te figuras tú al pueblo de Valencia buscando á su capitán general por todas partes, como quien busca una sanguijuela extraviada, y él trota que trota para Madrid? Á mí me hace morir de risa. Es lo que él dice: «¿Pues qué, querían ustedes que me mataran?» ¿Qué habíamos de querer?
Conque ahora está aquí bueno, gordo y tranquilo; no ha sido poca fortuna el poderlo contar.
En Zaragoza fué por otro estilo: salieron unos carlistas sentenciados á qué sé yo qué bobería: se levantó el pueblo, sitió á los jueces, y dieron en quererlos juzgar. Al maestro cuchillada. Pero no les da el naipe para esos pasajes á los jueces de Zaragoza, como á los capitanes generales de Valencia.
Entre tanto el ministerio de gracia y justicia sigue siempre de mudanza, y hace bien, porque el juez que no da fruto en una tierra, lo da en otra. El juez ha de ser como el zapato, hecho al pie; por eso el que no le viene bien al uno, le viene al otro.
Para eso el de la gobernación no se mete con nadie, ni habla mal de nadie. Es un excelente señor; á su oficina y no más. Da lástima hacerle daño, y sería completo si se le volviese _C_ la _H_ de su apellido; pero llámalo _h_.
En cuanto al de la guerra nadie sabe una palabra de él.
En mi última te pintaba en globo la confusión que en el Estamento y fuera de él había causado la ley electoral, y te añadía:
«Yo por el pronto sólo veo clara una cosa, y es que para el 22 de marzo se reunirán de nuevo en Madrid otras Cortes... que para entonces es probable que empecemos á entendernos... y que seguramente no tendremos facción, porque estarán al caer los seis meses de la promesa, ó no tendremos ministerio, si no la cumple, porque estará caído, etc.».
De todas esas profecías sólo en la primera acerté; porque en cuanto á entendernos da gusto. Unos dicen que Mendizábal es el primer hombre del mundo; otros que no es tal, sino el último; que el primero es Istúriz y Galiano; te advierto que éste son dos: otros que ni Istúriz ni Mendizábal: no sé qué te diga: quién asegura que esto puede durar unos quince días, quién defiende que durará más que un constipado mal curado: éste no ve más que el prestigio que tiene todavía en las provincias, el cual no se destruye tan fácilmente, sobre todo cuando no deja de tener algún fundamento; aquél no atiende más que al descrédito en que ha caído en sus corros y cafés, y cree que toda la nación puede juzgarle con igual talento, y tan de cerca como él. Éstos disputan que no hay hombres aquí; aquéllos que sí hay hombres; los de la izquierda que hay dinero; los de la derecha que no hay un cuarto; estoy por éstos. Quién opina que la guerra es inacabable; quién la da por acabada; añadiendo que no falta más que tirar una línea: uno dice que el mal de España no tiene remedio; otro que ésa es la mejor señal, que empieza la revolución, y que en Francia sucedía lo mismo, á pesar de que todo era diferente; varios juzgan que el rigor es de justicia, y que el árbol de la libertad se riega con sangre: algunos creen que la humanidad repugna tales horrores: no falta quien piensa que es guerra de empleos, y sobra quien no piensa ni eso ni nada. Pero todos somos liberales y vamos á una: eso sí. Por lo cual esto se acabará pronto de un modo ó de otro: en prueba de ello te puedo decir que se empiezan ya á acabar dos cosas: el dinero y la paciencia.
Pero son tantas las opiniones en fin y los hechos que se acumulan, y tantas las cosas que van á suceder, sin contar las que han sucedido desde la apertura de las Cortes, que me es indispensable reservarlas para otras cartas: me limito en ésta á ponerme al corriente, saliendo del atraso de noticias en que te tenía. En lo sucesivo aprovecharé todas las ocasiones posibles de escribirte, y al siguiente correo para Francia recibirás la inmediata, salvo extravío, golpe de mano airada, ó caso fortuito.
Si en el ínterin, y en medio de este conflicto de opiniones encontradas, me pides la mía, te contaré un caso que juzgo oportuno.
Sitiaban los Franceses al mando del mariscal Moncey esa misma Valencia, que en distintas épocas han mandado el Cid y Carratalá. Reuniéronse en tan grave apuro el ayuntamiento y las personas más ricas del pueblo, entre las cuales quedóse dormido de confusión y pesadumbre un confitero, que entendía más de ramilletes que de disturbios políticos. Iba diciendo cada uno en la asamblea su opinión como mejor lo entendía. Llegada que le fué su vez á nuestro hombre,--y usted, le dijo sacudiéndole del brazo el que á su lado tenía, ¿qué piensa?--Sí, ¿cuál es su opinión de usted?, preguntaron todos á un tiempo; á cuya pregunta contestó despertando y todo despavorido el confitero: ¡¡¡mi opinión, sí, mi opinión, señores, es de que _Dios nos asista_!!! En cuyo voto imitaba el confitero la rara discreción del padre Froilán Díaz, confesor de Carlos II.
Eso mismo opino yo, Andrés mío, por ahora, y mientras no vea levantarse en masa á la nación para ahogar de una vez y para siempre el monstruo que en el norte nos devora, en vez de entretenerse en cuestiones secundarias y en rencillas personales, de las cuales debiera el país hacer justicia, como del orgullo mezquino y de la loca vanidad de sus dueños.--Tu amigo,--_Fígaro_.
FIN DEL TOMO SEGUNDO
PARIS.--ÉDOUARD BLOT, IMPRIMEUR, RUE BLEUE, 7