Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 27

Chapter 274,064 wordsPublic domain

En los tiempos antiguos, tiempos de confusión y de barbarie, el que faltando á otro abusaba de cualquier superioridad que le daban las circunstancias ó su atrevimiento, se infamaba á sí mismo, y sin hablar tanto de honor quedaba deshonrado. Ahora es enteramente al revés. Si una persona baja ó mal intencionada le falta á usted, usted es el infamado. ¿Le dan á usted un bofetón? Todo el mundo le desprecia á usted, no al que le dió. ¿Le faltan á usted su mujer, su hija, su querida? Ya no tiene usted honor. ¿Le roban á usted? Usted robado queda pobre, y por consiguiente deshonrado. El que le robó, que quedó rico, es un hombre de honor. Va en el coche de usted y es un hombre decente, caballero. Usted se quedó á pie, es usted gente ordinaria, canalla. ¡Milagros todos de la ilustración!

En la historia antigua no se ve un solo ejemplo de un duelo. Agamenón injuria á Aquilea, y Aquiles se encierra en su tienda, pero no le pide satisfacción: Alcibíades alza el palo sobre Temístocles, y el gran Temístocles, según una expresión de nuestra moderna civilización, queda como un cobarde.

El duelo, en medio de la duración del mundo, es una invención de ayer: cerca de seis mil años se ha tardado en comprender que cuando uno se porta mal con otro, le queda siempre un medio de enmendar el daño que le ha hecho, y este medio es matarle. El hombre es lento en todos sus adelantos, y si bien camina indudablemente hacia la verdad, suele tardar en encontrarla.

Pero una vez hallado el desafío, se apresuraron los reyes y los pueblos, visto que era cosa buena, á erigirlo en ley, y por espacio de muchos siglos no hubo entre caballeros otra forma de enjuiciar y sentenciar el combate. El muerto, el caído era el culpable siempre en aquellos tiempos: la cosa no ha cambiado por cierto. Siguiendo, empero, el curso de nuestros adelantos, se fueron haciendo cabida los jueces en la sociedad, se levantó el edificio de los tribunales con su séquito de escribanos, notarios, autos, fiscales y abogados, que dura todavía y parece tener larga vida, y se convino en que los _juicios de Dios_ (así se había llamado á los desafíos jurídicos, merced al empeño de mezclar constantemente á Dios en nuestras pequeñeces) eran cosa mala. Los reyes entonces alzaron la voz en nombre del Altísimo, y dijeron á los pueblos: «No más juicios de Dios; en lo sucesivo nosotros juzgaremos».

Prohibidos los juicios de Dios, no tardaron en prohibirse los duelos; pero si las leyes dijeron: «No os batiréis», los hombres dijeron: «No os obedeceremos»; y un autor de muy buen criterio asegura que las épocas de rigorosa prohibición han sido las más señaladas por el abuso del desafío. Cuando los delitos llegan á ser de cierto bulto, no hay pena que los reprima. Efectivamente, decir á un hombre: «No te harás matar, pena de muerte», es provocarle á que se ría del legislador cara á cara; es casi tan ridículo como la pena de muerte establecida en algunos países contra el suicidio; sabia ley que determina que se quite la vida á todo el que se mate, sin duda para su escarmiento.

Se podría hacer á propósito de esto la observación general de que sólo se han obedecido en todos tiempos las leyes que han mandado hacer á los hombres su gusto; las demás se han infringido y han acabado por caducar. El lector podrá sacar de esto alguna consecuencia importante.

Efectivamente, al prohibir los duelos en distintas épocas, no se ha hecho más que lo que haría un jardinero que tirase la fruta queriendo acabarla; el árbol en pie todos los años volvería á darle nueva tarea.

Mientras el _honor_ siga entronizado donde se le ha puesto; mientras la opinión pública valga algo, y mientras la ley no esté de acuerdo con la opinión pública, el duelo será una consecuencia forzosa de esta contradicción social. Mientras todo el mundo se ría del que se deje injuriar impunemente, ó del que acuda á un tribunal para decir: «Me han injuriado», será forzoso que todo agraviado elija entre la muerte y una posición ridícula en sociedad. Para todo corazón bien puesto la duda no puede ser de larga duración: y el mismo juez que con la ley en la mano sentencia á pena capital al desafiado indistintamente ó al agresor, deja acaso la pluma para tomar le espada en desagravio de una ofensa personal.

Por otra parte, si se prescinde de la parte de preocupación más ó menos visible ó sublime del pundonor, y si se considera en el duelo el mero hecho de satisfacer una cuenta personal, diré francamente que comprendo que el asesino no tenga derecho á quitar la vida á otro, por dos razones: primera, porque se la quita contra su gusto siendo suya: segunda, porque él no da nada en cambio.

Los duelos han tenido sus épocas y sus fases enteramente distintas: en un principio se batían los duelistas á muerte, á todas armas, y tras ellos sus segundos: cada injuria producía entonces una escaramuza. Posteriormente se introdujo el duelo á primera sangre; el primero le comprendo sin disculparle; el segundo ni le comprendo ni le disculpo; es de todas las ridiculeces la mayor: los padrinos ó testigos han sucedido á los segundos, y su incumbencia en el día se reduce á impedir que su mala fe abuse del valor ó del miedo. Al arma blanca se sustituye muchas veces la pistola, arma de cobarde, con que nada le queda que hacer al valor sino morir; en que la destreza es infame si hay superioridad, é inútil si hay igualdad.

La libertad empero, si no es la licencia de mi imaginación, me ha llevado más lejos de lo que yo pretendía ir: al comenzar este artículo no era mi objeto explorar si las sociedades modernas entienden bien el honor, ni si esta palabra es algo; individuo de ellas y amamantado con sus preocupaciones, no seré yo quien me ponga de parte de unas leyes que la opinión pública repugna, ni menos de parte de una costumbre que la razón reprueba. Confieso que pensaré siempre en este particular como Rousseau, y los más rígidos moralistas y legisladores, y obraré como el primer calavera de Madrid. ¡Triste lote del hombre el de la inconsecuencia!

Mi objeto era referir simplemente un hecho de que no ha muchos meses fuí testigo ocular; pero como yo no presencié, digámoslo así, más que el desenlace, mis lectores me perdonarán si tomo mi relación _ab ovo_.

Mi amigo Carlos, hijo del marqués de ***, era heredero de bienes cuantiosos, que eran en él, al revés que en el mundo, la menos apreciable de sus circunstancias. Adorado de sus padres, que habían empleado en su educación cuanto esmero es imaginable, Carlos se presentó en el mundo con talento, con instrucción, con todas esas superfluidades de primera necesidad, con una herencia capaz de asegurar la fortuna de varias familias, con una figura á propósito para hacer la de muchas mujeres, y con un carácter destinado á constituir la de todo el que de él dependiese.

Pero desgraciadamente la diferencia que existe entre los necios y los hombres de talento suele ser sólo que los primeros dicen necedades, y los segundos las hacen: mi amigo entró en sociedad, y á poco tiempo hubo de enamorarse; los hombres de imaginación necesitan mujeres muy picantes ó muy sensibles, y esta especie de mujeres deben de ser mejores para ajenas que para propias. La joven Adela era sin duda alguna de las picantes: hermosa á sabiendas suyas, y con una conciencia de su belleza acaso harto pronunciada, sus padres habían tratado de adornarla de todas las buenas cualidades de sociedad; la sociedad llama buenas cualidades en una mujer lo que se llama alcance en una escopeta y tino en un cazador; es decir, que se había formado á Adela como una arma ofensiva con todas las reglas de la destrucción: en punto á la coquetería era una obra acabada, y capaz de acabar con cualquiera; muy poco sensible, en realidad, podía fingir admirablemente todo ese sentimentalismo, sin el cual no se alcanza en el día una sola victoria; cantaba con una languidez mortal; le miraba á usted con ojos de víctima espirante, siendo ella el verdugo; bailaba como una sílfida desmayada; hablaba con el acento del candor y de la conmoción; y de cuando en cuando un destello de talento ó de gracia venía á iluminar su tétrica conversación, como un relámpago derrama una ráfaga de luz sobre una noche oscura.

¿Cómo no adorar á Adela? Era la verdad entre la mentira, el candor entre la malicia, decía mi amigo al verla en el gran mundo; era el cielo en la tierra.

Los padres no deseaban otra cosa: era un partido brillante, la boda era para entrambos una especulación; de suerte que lo que sin razón de estado no hubiera pasado de ser un amor, una calamidad, pasó á ser un matrimonio. Pero cuando el mundo exige sacrificios los exige completos, y el de Carlos lo fué; la víctima debía ir adornada al altar. Negocio hecho: de allí á poco Carlos y Adela eran uno.

He oído decir muchas veces que suele salir de una coqueta una buena madre de familias: también suele salir de una tormenta una cosecha: yo soy de opinión que la mujer que empieza mal, acaba peor. Adela fué un ejemplo de esta verdad: medio año hacía que se había unido con santos vínculos á Carlos; la moda exigía cierta separación, cierto abandono. ¿Cuánto no se hubiera reído el mundo de un marido atento á su mujer? Adela por otra parte estaba demasiado bien educada para hacer caso de su marido. ¡La sociedad es tan divertida y los jóvenes tan amables! ¿Qué hace usted en un rigodón si le oprimen la mano? ¿Qué contesta usted si le repiten cien veces que es interesante? Si tiene usted visita todos los días, ¿cómo cierra usted sus puertas? Es forzoso abrirlas, y por lo regular de par en par.

Un joven del mejor tono fué más asiduo y mañoso, y Adela abrazó por fin las reglas del gran mundo: el joven era orgulloso, y entre el cúmulo de adoradores de camino trillado parece despreciar á Adela; con mujeres coquetas y acostumbradas á vencer, rara vez se deja de llegar á la meta por ese camino.¡¡¡Adela no quería faltar á su virtud... pero Eduardo era tan orgulloso!!! Era preciso humillarlo: esto no era malo; era un juego; siempre se empieza jugando. Cómo se acaba no lo diré; pero así acabó Adela como se acaba siempre.

La mala suerte de mi amigo quiso que entre tanto marido como llega á una edad avanzada diariamente con la venda de himeneo sobre los ojos, él sólo entreviese primero su destino, y lo supiese después positivamente. La cosa desgraciadamente fué escandalosa, y el mundo exigía una satisfacción. Carlos hubo de dársela. Eduardo fué retado, y llamado yo como padrino no pude menos de asistir á la satisfacción.

Á las cinco de la mañana estábamos los contendientes y los padrinos en la puerta de..., de donde nos dirigimos al teatro frecuente de esta especie de luchas. Ésta no era de aquéllas que debían acabar con su almuerzo. Una mujer había faltado, y el _honor_ exigía en reparación la muerte de dos hombres. Es incomprensible, pero es cierto.

Se eligió el terreno, se dió la señal, y los dos tiros salieron á un tiempo: de allí á poco había espirado un hombre útil á la sociedad. Carlos había caído, pero habían quedado en pie su _mujer_ y su _honor_.

Un año hizo ayer de la muerte de Carlos: su familia, sus amigos le lloran todavía.

¡He aquí el mundo!, ¡he aquí el honor!, ¡he aquí el duelo!

EL ÁLBUM

El escritor de costumbres no escribe exclusivamente para esta ó aquella clase de la sociedad, y si le puede suceder el trabajo de no ser de ninguna de ellas leído, debe de figurarse al menos, mientras que su modestia ó su desgracia no sean suficientes á hacerle dejar la pluma, que escribe imparcialmente para todos. Ni los colores que han de dar vida al cuadro de las costumbres de un pueblo ó de una época pudieran por otra parte tomarse en un cálculo determinado y reducido; la mezcla atinada de todas las gradaciones diversas es la que puede únicamente formar el todo, y es forzoso ir á buscar en distintos puntos las tintas fuertes y las medias tintas, el claro oscuro, sin los cuales no habría cuadro.

La cuna, la riqueza, el talento, la educación, á veces obrando separadamente, obrando otras de consuno, han subdividido siempre á los hombres hasta lo infinito, y lo que se llama en general la sociedad es un amalgama de mil sociedades colocadas en escalón, que sólo se rozan en sus fronteras respectivas unas con otras, y las cuales no reúne en un todo compacto en cada país sino el vínculo de una lengua común, y de lo que se llama entre los hombres patriotismo ó nacionalismo. Hay más puntos de contacto entre una reunión de _buen tono_ de Madrid y otra de Londres ó de París, que entre un habitante de un cuarto principal de la calle del Príncipe y otro de un cuarto bajo de Avapiés, sin embargo de ser estos dos españoles y madrileños.

Sabiendo esto el escritor de costumbres no desdeña muchas veces salir de un brillante _rout_, ó del más elegante sarao, y previa la conveniente transformación de traje, pasar en seguida á contemplar una escena animada de un mercado público, ó entrar en una simple horchatería á ser testigo del modesto refresco de la capa inferior del pueblo, cuyo carácter trata de escudriñar y bosquejar.

¡Qué de costumbres diversas establecidas en una atmósfera, que en otra inferior, ni aun sabiéndolas se comprenderían! El título de este artículo, sin ir más lejos, es verdadero griego para la inmensa mayoría que compone este pueblo. No harán, pues, un gesto de desagrado nuestras elegantes lectoras cuando nos vean explicar la significación de nuestro título: esta explicación no es ciertamente para ellas; pero nosotros no tenemos la culpa si su extraordinaria delicadeza y si su civilización llevada al extremo, que forma de ellas un pueblo aparte, y pueblo escogido, nos pone en el caso de empezar para traducir hasta las palabras de su elegante vocabulario, cuando queremos dar cuenta al público entero de los usos de su impagable sociedad.

El que la voz _álbum_ no sea castellana es para nosotros, que ni somos ni queremos ser _puristas_, objeción de poquísima importancia; en ninguna parte hemos encontrado todavía el pacto que ha hecho el hombre con la divinidad ni con la naturaleza de usar de tal ó cual combinación de sílabas para explicarse: desde el momento en que por mutuo acuerdo una palabra se entiende, ya es buena: desde el punto en que una lengua es buena para hacerse entender en ella, cumple con su objeto, y mejor será indudablemente aquélla cuya elasticidad le permite dar entrada á mayor número de palabras exóticas, porque estará segura de no carecer jamás de las voces que necesite: cuando no las tenga por sí, las traerá de fuera. En esta parte diremos de buena fe lo que ponía Iriarte irónicamente en boca de uno que _estropeaba_ la lengua de Garcilaso:

«Que si él habla lengua castellana, Yo hablo la lengua que me da la gana».

Pasando por alto este inconveniente, el _álbum_ es un enorme libro, en cuya forma es esencial condición que se observe la del papel de música. Debe de estar, como la mayor parte de los hombres, por de fuera, encuadernado con un lujo asiático, y por dentro en blanco: su carpeta, que será más elegante si puede cerrarse á guisa de cartera, debe ser de la materia más rica que se encuentre, adornada con relieves del mayor gusto, y la cifra ó las armas del dueño: lo más caro, lo más inglés, eso es lo mejor: razón por la cual sería muy difícil lograr en España uno capaz de competir con los extranjeros. Sólo el conocido y el hábil _Alegría_ podría hacer una cosa que se aproximase á un _álbum_ decente. Pero en cambio es bueno advertir que una de las circunstancias que debe tener, es que se pueda decir de él: «Ya me han traído el _álbum_ que encargué á Londres». También se puede decir en lugar de Londres, París; pero es más vulgar, más trivial. Por lo tanto, nosotros aconsejamos á nuestras lectoras que digan _Londres_: lo mismo cuesta una palabra que otra; y por supuesto que digan de todas suertes que se lo han enviado de fuera, ó que lo han traído ellas mismas cuando estuvieron allá la primera, la segunda, ó cualquiera vez, y aunque sea obra de _Alegría_.

¿Y para qué sirve, me dirá otra especie de lectores, ese gran librote, ese especie de misal, tan rico y tan enorme, tan extranjero y tan raro? ¿De qué trata?

Vamos allá. Ese librote es, como el abanico, como la sombrilla, como la tarjeta, un mueble enteramente de uso de señora, y una elegante sin _álbum_ sería ya en el día un cuerpo sin alma, un río sin agua, en una palabra, una especie de Manzanares. El _álbum_, claro está, no se lleva en la mano, pero se transporta en el coche; el _álbum_ y el _coche_ se necesitan mutuamente: lo uno no puede ir sin lo otro; es el agua con el chocolate; el _álbum_ se envía además con el lacayo de una parte á otra. Y como siempre está yendo y viniendo, hay un lacayo destinado á sacarlo; el lacayo y el _álbum_ es el ayo y el niño.

_¿De qué trata?_ No trata de nada; es un libro en blanco. Como una bella conoce de rigor á los hombres de talento en todos ramos, es un libro el _álbum_ que la bella envía al hombre distinguido para que éste estampe en una de sus inmensas hojas, si es poeta, unos versos, si es pintor, un dibujo, si es músico, una composición, etc. En su verdadero objeto es un repertorio de la vanidad: cuando una hermosa, por otra parte, le ha dispensado á usted la lisonjera distinción de suplicarle que incluya algo en su _álbum_, es muy natural pagarle en la misma moneda; de aquí el que la mayor parte de los versos contenidos en él suelen ser variaciones de distintos autores sobre el mismo tema de la hermosura y de la amabilidad de su dueño. Son distintas fuentes donde se mira y se refleja un solo Narciso. El _álbum_ tiene una virtud singular, por la cual deben apresurarse á hacerse con él todas las elegantes que no lo tengan, si hay alguna á la sazón en Madrid: hemos reparado que todas las dueñas de _álbum_ son hermosas, graciosas, de gran virtud y talento, y amabilísimas: así consta á lo menos de todos estos libros en blanco, conforme van tomando color.

Como el caso es tener un recuerdo, propio, intrínsecamente de la persona misma, es indispensable que lo que se estampe vaya de puño y letra del autor; un _álbum_, pues, viene á ser un _panteón_ donde vienen á enterrarse en calidad de préstamos adelantados hechos á la posteridad una porción de notabilidades; á pesar de que no todos los hombres de mérito de un _álbum_ lo son igualmente en las edades futuras. Y como por una distinción de exquisito precio, la amistad participa del privilegio del mérito, de poner algo en el _álbum_, y como se puede ser muy buen amigo y no tener ninguna especie de mérito, un _álbum_ viene á ser frecuentemente, más bien que un panteón, un cementerio, donde están enterrados, tabique por medio, los tontos al lado de los discretos, con la única diferencia de que los segundos honran al _álbum_, y éste honra á los primeros.

Sabido el objeto del _álbum_, cualquiera puede conocer la causa á que debe su origen: el orgullo del hombre se empeña en dejar huellas por todas partes; en rigor las pirámides famosas ¿qué son sino la firma de los Faraones en el gran _álbum_ de Egipto? Todo monumento es el _fac simile_ del pueblo que le erigió, estampado en el grande _álbum_ del triunfo. ¿Qué es la historia sino el _álbum_ donde cada pueblo viene á depositar sus obras?

La Alhambra está llena de los nombres de viajeros ilustres que no han querido pasar adelante sin enlazar con aquellos grandes recuerdos sus grandes nombres; esto que es lícito en un hombre de mérito, confesado por todos, es risible en un desconocido, y conocemos un sujeto que se ha puesto en ridículo en sociedad por haber estampado en las paredes de la venerable antigüedad de que acabamos de hablar, debajo del letrero puesto por Chateaubriand: «Aquí estuvo también Pedro Fernández el día tantos de tal año». Sin embargo, la acción es la misma, por parte del que la hace.

He aquí cómo motiva el origen de la moda del _álbum_ un autor francés, que escribía como nosotros un artículo de costumbres acerca de él el año 11, época en que comenzó á hacer furor esta moda en París:

«El origen del _álbum_ es noble, santo, majestuoso. San Bruno había fundado en el corazón de los Alpes la cuna de su orden; dábase allí hospitalidad por espacio de tres días á todo viajero. En el momento de su partida se le presentaba un registro, invitándole á escribir en él su nombre, el cual iba acompañado por lo regular de algunas frases de agradecimiento, frases verdaderamente inspiradas. El aspecto de las montañas, el ruido de los torrentes, el silencio del monasterio, la religión grande y majestuosa, los religiosos humildes y penitentes, el tiempo despreciado, y la eternidad siempre presente, debían de hacer nacer bajo la pluma de los huéspedes que se sucedían en la augusta morada altos pensamientos y delicadas expresiones. Hombres de gran mérito depositaron en este repertorio cantidad de versos y pensamientos justamente célebres. El _álbum_ de la Gran Cartuja es incontestablemente el padre y modelo de los _albums_».

Esta afición, recién nacida, cundió extraordinariamente; los ingleses asieron de ella; los franceses no la despreciaron, y todo hombre de alguna celebridad fué puesto á contribución: el valor por consiguiente de un _álbum_ puede ser considerable; una pincelada de Goya, un capricho de David, ó de Vernet, un trozo de Chateaubriand, ó de lord Byron, la firma de Napoleón, todo esto puede llegar á hacer de un _álbum_ un mayorazgo para una familia.

Nuestras señoras han sido las últimas en esta moda como en otras, pero no las que han sabido apreciar menos el valor de un _álbum_: ni es de extrañar: el libro en blanco es un templo colgado todo de sus trofeos; es su _lista civil_, su presupuesto, ó por lo menos el de su amor propio. Y en rigor, ¿qué es una bella sino un _álbum_, á cuyos pies todo el que pasa deposita su tributo de admiración? ¿Qué es su corazón muchas veces sino _álbum_? Perdónenos la atrevida comparación; ¡pero dichoso el que encuentra en esta especie de _álbum_ todas las hojas en blanco! ¡Dichoso el que no pudiendo ser el primero (no pende siempre de uno el madrugar) puede ser siquiera el último!

El _álbum_ no se llama nunca _el álbum_, sino _mi álbum_: esto es esencial. En rigor las señoras no han tomado de él más que la parte agradable: todos los inconvenientes están de parte de los que han de quitarle hoja á hoja la calidad de _blanco_. ¡Qué admirable fecundidad no se necesita para grabar un cumplimiento, por lo regular el mismo, y siempre de distinto modo, en todos los _albums_ que vienen á parar á manos de uno! Luego, ¡hay tantas mujeres á quienes es más fácil profesar amor que decírselo! ¡Cuánta habilidad no es menester para que comparados después estos diversos depósitos no pueda picarse ningún amor propio! ¡Qué delicadeza para decir galanterías, que no sean más que galanterías, á una hermosa de la cual sólo se conoce el _álbum_!

Si éste es el mueble indispensable de una mujer de moda, también es la desesperación del poeta, del hombre de mérito, del amigo. Siempre se espera mucho del talento, y nunca es más difícil lucirle que en semejantes ocasiones.

Nosotros para tales casos, si en ellos nos encontrásemos, reclamaríamos siempre toda indulgencia, y no concluiremos este artículo sin recordar á las hermosas que cada una de ellas no tiene más que un _álbum_ que dar á llenar, y que cada poeta suele tener á la vez varios á que contribuir.

LAS ANTIGÜEDADES DE MÉRIDA PRIMER ARTÍCULO

Hace mucho tiempo creo haber dado cuenta á mis lectores de cierta inconstancia y versatilidad, bases de mi carácter, el cual podría muy bien venir á ser el de no tener ninguno: yo no sé si hace demasiada falta el carácter para vivir; pero en caso de duda bien se podrían encontrar no lejos de nosotros multitud de ejemplares de gentes, que no teniendo ninguno conocido, no sólo aciertan á vivir, sino que están sanas y gordas, y aun cómodamente establecidas.