Obras completas de Fígaro, Tomo 2
Part 25
De estos dos teatros sin embargo, peor el uno que el otro, vino á desalojarme una frase que lo ocupó todo: la política. ¿Quién hubiera leído un ligero bosquejo de nuestras costumbres, torpe, y débilmente trazado acaso, cuando se estaban dibujando en el gran telón de la política escenas, si no mejores, de un interés ciertamente más próximo y positivo? Sonó el primer arcabuz de la facción, y todos volvimos la cara á mirar de dónde partía el tiro: en esta nueva representación, semejante á la fantasmagórica de Mantilla, donde empieza por verse una bruja, de la cual nace otra y otras, hasta _multiplicarse al infinito_, vimos un faccioso primero, y luego vimos _un faccioso más_, y en pos de él poblarse de facciosos el telón. Lanzado en mi nuevo terreno esgrimí la pluma contra las balas, y revolviéndome á una parte y otra, di la cara á dos enemigos; al faccioso de fuera, y al justo medio, á la parsimonia de dentro. ¡Débiles esfuerzos! El monstruo de la política estuvo en cinta y dió á luz lo que había mal engendrado; pero tras éste debían venir hermanos menores, y uno de ellos, nuevo Júpiter, debía destronar á su padre. Nació la censura, y heme aquí poco menos que desalojado de mi última posición. Confieso francamente que no estoy en armonía con el reglamento: respétole y desobedezco; he aquí cuanto se puede exigir de un ciudadano: á saber, que no altere el orden; es bueno tener entendido que en política se llama _orden_ á lo que existe, y que se llama _desorden_ este mismo _orden_ cuando le sucede otro _orden_ distinto; por consiguiente es perturbador el que se presenta á luchar contra el orden existente con menos fuerzas que él; el que se presenta con más, pasa á _restaurador_, cuando no se le quiere honrar con el pomposo título de _libertador_. Yo nunca alteraré el orden probablemente, porque nunca tendré la locura de creerme por mí solo más fuerte que él: en este convencimiento, infinidad de artículos tengo solamente rotulados, cuyo desempeño conservo para más adelante; porque la esperanza es precisamente lo único que nunca me abandona; pero al paso que no los escribiré, porque estoy persuadido de que me los habían de prohibir (lo cual no es decir que me los han prohibido, sino todo lo contrario, puesto que yo no los escribo), tengo placer en hacer de paso esta advertencia, al refugiarme, de cuando en cuando, en el único terreno que deja libre á mis correrías el temor de ser rechazado en posiciones más avanzadas. Ahora bien, espero que después de esta previa inteligencia no habrá lector que me pida lo que no puedo darle: digo esto porque estoy convencido de que ese pretendido acierto de un escritor depende más veces de su asunto y de la predisposición feliz de sus lectores que de su propia habilidad. Abandonado á esta sola, considérome débil, y escribo todavía con más miedo que poco mérito, y no es ponderarlo poco, sin que esto tenga visos de afectada modestia.
Habiendo de parapetarme en las costumbres, la primera idea que me ocurre es que el hábito de vivir en ellas, y la repetición diaria de las escenas de nuestra sociedad, nos impide muchas veces pararnos solamente á considerarlas, y casi siempre nos hace mirar como naturales cosas que en mi sentir no debieran parecérnoslo tanto. Las tres cuartas partes de los hombres viven de tal ó cual manera porque de tal ó cual manera nacieron y crecieron; no es una gran razón; pero ésta es la dificultad que hay para hacer reformas: he aquí por qué las leyes difícilmente pueden ser otra cosa que el índice reglamentario y obligatorio de las costumbres: he aquí por qué caducan multitud de leyes que no se derogan: he aquí la clave de lo mucho que cuesta hacer libre por las leyes á un pueblo esclavo por sus costumbres.
Pero nos apartamos demasiado de nuestro objeto: volvamos á él: este hábito de la pena de muerte, reglamentada y judicialmente llevada á cabo en los pueblos modernos con un abuso inexplicable, supuesto que la sociedad al aplicarla no hace más que suprimir de su mismo cuerpo uno de sus miembros, es causa de que se oiga con la mayor indiferencia el fatídico grito que desde el amanecer resuena por las calles del gran pueblo, y que uno de nuestros amigos acaba de poner atinadísimamente por estribillo á un trozo de poesía romántica.
Para hacer bien por el alma Del que van á ajusticiar.
Ese grito, precedido por la lúgubre campanilla, tan inmediata y constantemente como sigue la llama al humo, y el alma al cuerpo; este grito que implora la piedad religiosa en favor de una parte del ser que va á morir, se confunde en los aires con las voces de los que venden y revenden por las calles los géneros de alimento y de vida para los que han de vivir aquel día. No sabemos si algún reo de muerte habrá hecho esta singular observación, pero debe ser horrible á sus oídos el último grito que ha de oir de la _coliflorera_ que pasa atronando las calles á su lado.
Leída y notificada al reo la sentencia, y la última venganza que toma de él la sociedad entera, en lucha por cierto desigual, el desgraciado es trasladado á la capilla, en donde la religión se apodera de él como de una presa ya segura: la justicia divina espera allí á recibirle de manos de la humana. Horas mortales transcurren allí para él: gran consuelo debe de ser el creer en un Dios, cuando es preciso prescindir de los hombres, ó, por mejor decir, cuando ellos prescinden de uno. La vanidad sin embargo se abre paso al través del corazón en tan terrible momento, y es raro el reo que pasada la primera impresión, en que una palidez mortal manifiesta que la sangre quiere huir y refugiarse al centro de la vida, no trata de afectar una serenidad pocas veces posible. Esta tiránica sociedad exige algo del hombre hasta en el momento en que se niega entera á él; injusticia por cierto incomprensible; pero reirá de la debilidad de su víctima. Parece que la sociedad al exigir valor y serenidad en el reo de muerte con sus constantes preocupaciones se hace justicia á sí misma, y extraña que no se desprecie lo poco que ella vale y sus fallos insignificantes.
En tan críticos instantes, sin embargo, rara vez desmiente cada cual su vida entera y su educación; cada cual obedece á sus preocupaciones hasta en el momento de ir á desnudarse de ellas para siempre. El hombre abyecto, sin educación, sin principios, que ha sucumbido siempre ciegamente á su instinto, á su necesidad, que robó y mató maquinalmente, muere maquinalmente. Oyó un eco sordo de religión en sus primeros años, y este eco sordo, que no comprende, resuena en la capilla, en sus oídos, y pasa maquinalmente á sus labios. Falto de lo que se llama en el mundo honor, no hace esfuerzo para disimular su temor, y muere muerto. El hombre verdaderamente religioso vuelve sinceramente su corazón á Dios, y éste es todo lo menos infeliz que puede el que lo es por última vez. El hombre educado á medias, que ensordeció á la voz del deber y de la religión, pero en quien estos gérmenes existen, vuelve de la continua afectación de despreocupado en que vivió, y duda entonces y tiembla. Los que el mundo llama impíos y ateos, los que se han formado una religión acomodaticia, ó las han desechado todas para siempre, no deben ver nada al dejar el mundo. Por último, el entusiasmo político hace veces casi siempre de valor: y en esos reos, en quienes una opinión es la preocupación dominante, se han visto las muertes más serenas.
Llegada la hora fatal entonan todos los presos de la cárcel, compañeros de destino del sentenciado, y sus sucesores acaso, una salve en un compás monótono, y que contrasta singularmente con las jácaras y coplas populares, inmorales é irreligiosas, que momentos antes componían juntamente con las preces de la religión el ruido de los patios y calabozos del espantoso edificio. El que hoy canta esa salve se la oirá cantar mañana.
En seguida, la cofradía vulgarmente dicha de la Paz y Caridad recibe al reo, que vestido de una túnica y un bonete amarillos, es trasladado atado de pies y manos sobre un animal, que sin duda por ser el más útil y paciente, es el más despreciado, y la marcha fúnebre comienza.
Un pueblo entero obstruye ya las calles del tránsito. Las ventanas y balcones están coronados de espectadores sin fin, que se pisan, se apiñan, y se agrupan para devorar con la vista el último dolor del hombre.--¿Qué espera esa multitud? diría un extranjero que desconociese las costumbres. ¿Es un rey el que va á pasar; ese ser coronado, que es todo un espectáculo para un pueblo? ¿Es un día solemne? ¿Es una pública festividad? ¿Qué hacen ociosos esos artesanos? ¿Qué curiosea esta nación?--Nada de eso. Ese pueblo de hombres va á ver morir á un hombre.--¿Dónde va?--¿Quién es?--¡Pobrecillo!--Merecido lo tiene.--¡Ay! si va muerto ya.--¿Va sereno?--¡Qué entero va!
He aquí las preguntas y expresiones que se oyen resonar en derredor. Numerosos piquetes de infantería y caballería esperan en torno del patíbulo. He notado que en semejante acto siempre hay alguna corrida: el terror que la situación del momento imprime en los ánimos causa la mitad del desorden: la otra mitad es obra de la tropa que va á poner orden. ¡Siempre bayonetas en todas partes! ¿Cuándo veremos una sociedad sin bayonetas? ¡No se puede vivir sin instrumento de muerte! Esto no hace por cierto el elogio de la sociedad ni del hombre.
No sé por qué al llegar siempre á la plazuela de la Cebada mis ideas toman una tintura singular de melancolía, de indignación y de desprecio. No quiero entrar en la cuestión tan debatida del derecho que puede tener la sociedad de mutilarse á sí propia: siempre resultaría ser el derecho de la fuerza, y mientras no haya otro mejor en el mundo, ¿qué loco se atrevería á rebatir ése? Pienso sólo en la sangre inocente que ha manchado la plazuela; en la que manchará todavía. ¡Un ser que como el hombre no puede vivir sin matar, tiene la osadía, la incomprensible vanidad de presumirse perfecto!
Un tablado se levanta en un lado de la plazuela: la tablazón desnuda manifiesta que el reo no es noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué quiere decir garrote vil? Quiere decir indudablemente que no hay idea positiva ni sublime que el hombre no impregne de ridiculeces.
Mientras estas reflexiones han vagado por mi imaginación, el reo ha llegado al patíbulo: en el día no son ya tres palos de que pende la vida del hombre; es un palo solo: esta diferencia esencial de la horca al garrote me recordaba la fábula de los Carneros de Casti, á quienes su amo proponía, no si debían morir, sino si debían morir cocidos ó asados. Sonreíame todavía de este pequeño recuerdo, cuando las cabezas de todos, vueltas al lugar de la escena, me pusieron delante que había llegado el momento de la catástrofe: el que sólo había robado acaso á la sociedad, iba á ser muerto por ella: la sociedad también da ciento por uno: si había hecho mal matando á otro, la sociedad iba á hacer bien matándole á él. Un mal se iba á remediar con dos. El reo se sentó por fin. ¡Horrible asiento! Miré el reloj: las doce y diez minutos: el hombre vivía aún... De allí á un momento una lúgubre campanada de San Millán, semejante al estruendo de las puertas de la eternidad que se abrían, resonó por la plazuela: el hombre no existía ya: todavía no eran las doce y once minutos.--«La sociedad, exclamé, estará satisfecha: ya ha muerto un hombre».
UNA PRIMERA REPRESENTACIÓN
En los tiempos de Iriarte y de Moratín, de Comella y del abate Cladera, cuando divididas las pandillas literarias se asestaban de librería á librería, de corral á corral, las burlas y los epigramas, la primera representación de una comedia (entonces todas eran comedias ó tragedias) era el mayor acontecimiento de la España. El buen pueblo madrileño, á cuyos oídos no habían llegado aún, ó de cuya memoria se habían borrado las encontradas voces de _tiranía_ y _libertad_, hacía entonces la vista gorda sobre el gobierno. Su majestad cazaba en los bosques del Pardo, ó reventaba mulas en la trabajosa cuesta de la Granja; en la corte se intrigaba, poco más ó menos como ahora, si bien con un tanto más de hipocresía; los ministros colocaban á sus parientes y á los de sus amigos; esto ha variado completamente; la clase media iba á la oficina; entonces un empleo era cosa segura, una suerte hecha; y el honrado, el heroico pueblo iba á los toros á llamar _bribón_ á boca llena á Pepe-hillo y Pedro Romero cuando el toro no se quería dejar matar á la primera. Entonces no había más guerra civil que los famosos bandos y parcialidades de _chorizos_ y _polacos_. No se sospechaba siquiera que podía haber más derecho que el de tirar varias cáscaras de melón á un _morcillero_, y el de acompañar la silla de manos de la Rita Luna, de vuelta á su casa desde el teatro, lloviendo dulces sobre ella. En aquellos tiempos de tiranía y de inquisición había sin embargo más libertad; y no se nos tome esto en cuenta de paradojas, porque al fin se sabía por donde podía venir la tempestad, y el que entonces la pagaba era por poco avisado. En respetando al rey, y á Dios, respeto que consistía más bien en no acordarse de ambas majestades, que en otra cosa, podía usted vivir seguro sin carta de seguridad, y viajar sin pasaporte. Si usted quería escribir, imprimía y vendía cuanto á las mientes se le viniese, y ahí están si no las obras de Saavedra, las del mismo Comella, las de Iriarte, las de Moratín, las poesías de Quintana, que escritas en nuestros días no podrían probablemente ver en muchos años la luz pública. Entonces ni había espías, ni menos policía: no le ahorcaban á usted hoy por liberal y mañana por carlista, ni al día siguiente por ambas cosas: tampoco había esta comezón que nos consume de ilustración y prosperidad: el que tenía un sueldo se tenía por bastante ilustrado, y el que se divertía alegremente se creía todo lo próspero posible. Y esto pesado en la balanza de las compensaciones es algo sin duda.
Había otra ventaja, á saber, que si no quería usted cavar la tierra, ni servir al rey en las armas, cosas ambas un si es no es incómodas; si no quería usted quemarse las cejas sobre los libros de leyes ó de medicina; si no tenía usted ramo ninguno de rentas donde meter la cabeza, ni hermana bonita, ni mujer amable, ni madre que lo hubiese sido; si no podía usted ser paje de bolsa de algún ministro ó consejero, decía usted que tenía una estupenda vocación; vistiendo el tosco sayal tenía usted su vida asegurada, y dejando los estudios, como fray Gerundio, se metía usted á predicador. El oficio en el día parece también haber perdido algunas de sus ventajas.
Por nuestros escritos conocerán nuestros lectores que no debimos alcanzar esos tiempos bienaventurados. Pero ¿quién no es hijo de alguien en el mundo? ¿Quién no ha tenido padres que se lo cuenten?
Entonces en el teatro se escuchaban pocas silbas, y el ilustrado público, menos descontentadizo, era á la par más indulgente. Lo que por aquellos tiempos podía ser una _primera representación_, lo ignoramos completamente; y como no nos proponemos pintar las costumbres de nuestros padres, sino las nuestras, no nos aflige en verdad demasiado esta ignorancia.
En el día una primera representación es una cosa importantísima para el autor de..., ¿de que diremos? Es tal la confusión de los títulos y de las obras, que no sabemos cómo generalizar la proposición. En primer lugar hay lo que se llama _comedia antigua_, bajo cuyo rótulo general se comprenden todas las obras dramáticas anteriores á Comella; de capa y espada, de intriga, de gracioso, de figurón, etc., etc.; hay en segundo el drama, dicho melodrama, que fecha de nuestro interregno literario, traducción de la _Porte Saint-Martin_ como _el Valle del torrente_, _el Mudo de Arpenas_, etc., etc.: hay el drama sentimental y terrorífico, hermano mayor del anterior, igualmente traducción, como _la Huérfana de Bruselas_; hay después la comedia dicha clásica de Molière y Moratín, con su versito asonantado ó su prosa casera; hay la tragedia clásica, ora traducción, ora original, con sus versos pomposos y su correspondiente hojarasca de metáforas y pensamientos sublimes de sangre real: hay la piececita de costumbres, sin costumbres, traducción de Scribe: insulsa á veces, graciosita á ratos, ingeniosa por aquí y por allí; hay el drama histórico, crónica puesta en verso, ó prosa poética, con sus trajes de la época y sus decoraciones _ad hoc_, y al uso de todos los tiempos: hay, por fin, si no me dejo nada olvidado, el drama romántico, nuevo, original, cosa nunca hecha ni oída, cometa que aparece por primera vez en el sistema literario con su cola y sus colas de sangre y de mortandad, el único verdadero; descubrimiento escondido á todos los siglos y reservado sólo á los Colones del siglo XIX. En una palabra, la naturaleza en las tablas, la luz, la verdad, la libertad en literatura, el derecho del hombre reconocido, la ley sin ley.
He aquí que el autor ha dado la última mano á lo que sea: ya lo ha cercenado la censura decentemente; ya la empresa se ha convencido de que se puede representar, y de que acaso es cosa buena.
Entonces los periodistas, amigos del autor, saben por casualidad la próxima representación, y en todos los periódicos se lee, entre las noticias de facciosos derrotados completamente, la cláusula que sigue:
«Se nos ha asegurado ó sabemos (el _sabemos_ no se aventura todos los días) que se va á poner en escena un drama nuevo en el teatro de... (por lo regular del Príncipe). Se nos ha dicho que es de un autor conocido ya _ventajosamente_ por obras literarias de un mérito incontestable. Deben desempeñar los principales papeles nuestra célebre señora Rodríguez y el señor Latorre. La empresa no ha perdonado medio alguno para ponerlo en escena con toda aquella brillantez que requiere su argumento; y tenemos _fundados motivos_ (la amistad, nadie ha dicho que no sea un motivo, ni menos que no sea fundado) para asegurar que el éxito corresponderá á las esperanzas, y que por fin el teatro español, etc., etc.», y así sucesivamente.
Luego que el público ha leído esto, es preciso ir al café del Príncipe: allí se da razón de quién es el autor, de cómo se ha hecho la comedia, de por qué la ha hecho, de que tiene varias alusiones sumamente picantes, lo cual se dice al oído: el café del Príncipe, en fin, es el memorialista, el valenciano del teatro.
¿Ha visto usted eso del drama que trae _la Revista_?--¿Qué drama es ése?--No sé.--Sí, hombre, si es aquél que estaba componiendo...--¡Ah!, sí. ¡Hombre, debe ser bueno!--Preciso.--¿Cómo se titula?--¡FULANO!--¿Á secas?--No sé si tiene otro título.--Es regular.--¿Cuántos actos?--Cinco creo.--No son actos, dice otro.--¿Cómo?, ¿no son actos?--Sí, son actos, pero... yo no sé.--¡Ah!, sí.--¿Y muere mucha gente?--¡Por fuerza!, dicen que es bueno.
¡Gustará!, dicen en otro corrillo.--Hombre, eso como este público es así... yo no me atrevería... pero mi opinión es que ó debe alborotar, ó le tiran los bancos.--¡Hola!--No hay medio. Hay cosas atrevidas; ¡pero qué escenas! Figúrese usted que hay uno que es hijo de otro.--¡Oiga!--Pero el hijo está enamorado... Deje usted: yo no me acuerdo si es el hijo ó el padre el que está enamorado. Es igual. El caso es que luego se descubre que la madre no es madre: no; el padre es el que no es padre; pero hay un veneno, y luego viene el otro, y el hijo ó la madre matan al padre ó al hijo.--¡Hombre! Eso debe ser de mucho efecto.--¡Ya lo creo! Y hay una tempestad y una decoración oscura, tétrica, romántica... en fin, con decirle á usted que la dama, ayer en el ensayo no podía seguir hablando.--¡[¡¡¡]Ui!!!!
Si la cosa es por otro estilo, aunque ahora no hay cosas por otro estilo:--Es bonita, dicen, sólo que es pesada; pero á mí me hizo reir mucho cuando la leí; es clásica por supuesto; pero no hay acción; no sucede nada.
El autor entre tanto se las promete felices, porque en los ensayos han convenido los actores (que son muy inteligentes) que hay una escena que levanta del asiento: sólo se teme que el galán, que ha creído que el papel no es para su carácter, porque no es de bastante bulto, le haga con tibieza: y el segundo gracioso no ha entendido una palabra del suyo: no hay forma de hacérselo entender. Por otra parte, una dama está un poquillo ofendida porque la protagonista, que nació demasiado pronto, tiene más años de los que ella quiere aparentar. Y los segundos papeles están en malas manos, porque como aquí no hay actores...
Esto, sin embargo, los ensayos siguen su curso natural: el autor se consume porque los actores principales no dicen su papel en el ensayo, sino que lo rezan entre dientes.--Un poco más energía, se atreve á decir el autor, en ademán de pedir perdón.--No tenga usted cuidado, le responden: á la noche verá usted.--Con esto apenas se atreve á hacer nuevas advertencias; si las hace, suele atraerse alguna risilla escondida; verdad es que á veces el autor suele entender de representar menos todavía que el actor.
--¿Qué saco yo en la cabeza?, le pregunta una joven. ¿Diadema?--No es necesario.--Como soy...--No importa, se va usted á acostar cuando sucede el lance.--Es verdad.
--Y yo, ¿qué saco en las piernas?--La época, el calzón ajustado, pie y brazo acuchillados.--Es que no tengo.--Sí tienes, dice un compañero, el calzón que te sirvió para Dido.--Ya; pero eso debe ser otra época.--No importa; le pones cuatro lazos, y es eso.
--Yo saco peluca rubia, dice el gracioso.--¿Por qué rubia?--No tengo más que rubias; todas las hacen rubias.--Bien; así como así la escena es en Francia.--¡Ah!, ¡entonces!... los Franceses son rubios.--¿Y calva, por supuesto?--No, hombre, no: si no tiene usted más que cincuenta años.--Es que todas mis pelucas tienen calva.--Entonces saque usted lo que usted quiera.
Yo necesito un retrato, ¿qué saco?, dice otro.--No, un medallón: cualquiera cosa: desde fuera no se ve.
Arreglado ya lo que cada uno saca, se conviene en que las decoraciones harán efecto, porque se han anunciado como nuevas: la del pabellón de _la Expiación_, en poniéndole cuatro retratos, es romántica enteramente, y si se añaden unas armas, no digo nada; un gabinete de la edad media; la de tal otra comedia en abriéndole dos puertas laterales, y en cerrándole la ventana, es el cuarto de la dama.
Si hay comparsas se arma una disputa sobre si se deben afeitar ó no; si tienen que afeitarse es preciso que se les den dos reales más; ¿se han de poner limpios de balde? Para conciliar el efecto con la economía, se convienen en que los cuatro que han de salir delante se afeiten; los que están en segundo término, ó confundidos en el grupo, pueden ahorrarse las navajas. Si deben salir músicos, es obra de romanos encontrarlos; porque es cosa degradante soplar en un serpentón, ó dar porrazos á un pergamino á la vista del público; cuando van por la calle ó de casa en casa, entonces nadie los ve.
Por fin, ha llegado la noche: merced á los anuncios de los periódicos y de los carteles, en los cuales se previene al público que si se tarda en los entreactos es porque hay que hacer, y que como la función es larga, no admite intermedio ni sainete; merced á estas inocentes estratagemas, se acaban los billetes al momento, y á la tarde están á dos, tres duros las lunetas. El autor ha tomado los suyos, y los amigos, que han comido con él, le tranquilizan, asegurándole que si el drama fuera malo se lo hubieran dicho francamente en las repetidas lecturas que se han hecho previamente en casa de éste ó de aquél. Todo lo contrario: se han extasiado: y no es decir que no lo entiendan. El buen ingenio anda aquel día distraído; no responde con concierto á cosa alguna; reparte algunos apretones de manos, lo más expresivos posibles, á cuenta de aplausos, y está muy modesto; se cura en salud; refuerza alguna sonrisa para contestar á los muchos que llegan y le dicen embromándole, sin temor de Dios: «Conque hoy es la silba; voy á comprar un pito».