Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 22

Chapter 223,966 wordsPublic domain

El periódico tratará... de todo. ¿Qué menos?, pero como no ha de ser ni tan grande como nuestra paciencia, ni tan corto como nuestra esperanza, y como han de caber mis artículos, no pondremos las reales órdenes. Por otra parte, no gusto de afligir á nadie; por consiguiente no se pondrán los reales nombramientos: menos gusto de estar siempre diciendo una misma cosa; por lo tanto fuera los partes oficiales. Estoy decidido á no gastar palabras en balde; mi periódico ha de ser todo sustancia; así, cada sesión de Cortes vendrá en dos líneas; algunos días en menos; como de esas veces no ocupará nada.

Artículos de _política_. Los habrá. Éstos, en no entendiéndolos nadie, estamos al cabo de la calle. Y eso no es difícil, sobre todo quien no los ha de entender es el censor. Oposición: eso por supuesto. Á mí, cuando escribo, me gusta siempre tener razón.

De _hacienda_. Largamente, pero siempre en broma, para nosotros será un juego esto; no nos faltará á quien imitar. Los asuntos de cuentas sólo son serios para quien paga; pero para quien cobra...

De _guerra_. También daremos artículos, y en abundancia: buscaremos primero quien lo entienda y quien sepa hablar de la materia; por lo demás saldremos del paso, si no bien, mal: nunca serán los artículos tan pesados como el asunto.

De _interior_. Hasta los codos. Desentrañaremos esto; y tanto queremos hablar de esta materia, que no nos detendremos en enumerar lo que se ha hecho; sólo hablaremos de lo que falta por hacer.

De _estado_. Aquí nos extenderemos sobre el _statu quo_ y sobre el Estatuto, y nos quedaremos extendidos; ni moveremos pie ni pata.

De _marina_. Esto es más delicado. ¿Ha de ser _Fígaro_ el único que hable de eso? No me gusta ahogarme en poca agua.

De _gracia y justicia_. He dicho muchas veces que no soy ministerial: haré por lo tanto justicia seca. ¡Ojalá que me dejen también hacer gracias!

De _literatura_. En cuanto se publique un libro bueno le analizaremos; por consiguiente, no seremos pesados en esta sección.

De _teatro español_. No diremos nada mientras no haya nada que decir. Felizmente va largo.

De _actores_. Aquí seremos malos de buena fe: seremos actores hablando de actores.

De _música_. Buscaremos un literato que sepa música, ó un músico que sepa escribir: entre tanto, _Fígaro_ se compondrá como se han compuesto hasta el día los demás periódicos. Felizmente pillaremos al público acostumbrado; y él y nosotros estamos iguales.

_Modas._ En esta sección hablaremos de empréstitos, de intrigas, de favor... en una palabra, lo que corre... á la _dernière_ siempre.

De _costumbres_. Por supuesto: malas: lo que hay: escribiremos como otros viven sobre el país. _Fígaro_ hablará, bajo este título, de paciencia, de tinieblas, de mala intención, de atraso, de pereza, de apatía, de egoísmo. En una palabra, de nuestras costumbres.

_Anuncios._ Queriendo hacer lo más corta posible esta parte del periódico, sólo anunciará las funciones buenas, los libros regulares, las reformas, los adelantos, los descubrimientos. Ni se pondrán las pérdidas, ni menos todo lo que se vende entre nosotros. Esto sería no acabar nunca.

He aquí el periódico de Fígaro. Ya está concebida la idea. Sin embargo, no es eso todo. Es preciso pedir licencia; pero para pedir licencia es preciso poder presentar fianzas. Si yo las tuviera no sería yo el que me pusiera á escribir tonterías para divertir á otros, _ó tener empleo con sueldo_... Pero si tuviera empleo, y jefe, y horas fijas, y once, y expedientes, y la cesantía al ojo, no tendría yo humor de escribir periódicos... _ó ser catedrático_... pero si fuera catedrático sabría algo, y entonces no servía para periodista...

Está decidido que no sirvo para pedir licencia. Otro al canto; un testaférreo; un sueldo al testaférreo; seguridades contra seguridades, fianza, depósito, licencia, en fin. He aquí ya á _Fígaro_ con licencia: no esa licencia tan temida, esa licencia fantasma, esa licencia que nos ha de volver al despotismo, esa licencia que está detrás de todo, acechando siempre el instante, y el ministro, y el... No, sino licencia de imprimirse á sí mismo.

Ya no falta más que imprenta. Corro á una...--Aquí es imposible: no hay letra.--Corro á otra: aquí, le diré á usted francamente, no hay prensas.--Á otra: aquí no queremos periódicos, hay que trabajar de noche. Dios ha hecho la noche para dormir.--Sí, pero no el impresor, contesto furioso.--¿Qué quiere usted? Luego es trabajo en que no se gana: como no hay cajistas en España, piden un sentido, se hacen valer; el público no quiere pagar caro, el oficial no quiere trabajar barato.--¿Conque es imposible imprimir un periódico?--Poco menos, señor; y si acaso se lo imprimen á usted, será caro y mal. Pondrán unas letras por otras.--Eso ¡pardiez! no será imprimir mi periódico, sino otro del cajista.--Pues eso, señor, sucederá; en habiendo un día de formación no tendrá usted cajistas; y si usted se enfada algún día por una errata, le dejarán plantado, y si no se enfada también.

¿Es posible? ¿Conque no hay _Fígaro_? ¡Oh! ¡Habrá _Fígaro_, habrá _Fígaro_! Venceremos las dificultades... ¡Ah! se me olvidaba. ¡Papel! Á una fábrica, á otra, á otra... Éste es chico, éste caro, éste grande, éste moreno, éste con demasiada cola...--Mire usted, como usted le quiere no le hay, me dicen por fin. Es preciso mandarlo hacer.--Pues lo mando hacer: para dentro de ocho días.--Señor, la fábrica está á sesenta leguas; hay que hacer los moldes, y luego el papel, y luego secarlo, y si llueve... y luego traerlo... y el ordinario echa quince días ó veinte... y...--¿No hay quien le eche á usted á los infiernos?... grito desesperado. ¡País de obstáculos!

Es preciso resignarse, esperar... Al fin lo habrá todo... demasiado va á haber luego... ésta es la idea que me detiene, por fin, que cuando haya editor, redactores, impresor, cajistas, papel... entonces también habrá censor... Eso sí, eso siempre lo hay... ni hay que mandarle hacer, ni hay que esperar...--Aquí acabo de perder la cabeza, enciérrome en mi casa, ¡voto va! Pues ha de haber _Fígaro_, sí, señor, por lo mismo ha de haber _Fígaro_, y ha de hablar de todo, absolutamente de todo.

Diciendo esto llego á mi casa, me siento á mi bufete para tomar disposiciones.--¿Qué hace usted?, le digo á mi escribiente, de mal humor.--Señor, me responde, estoy traduciendo, como me ha mandado usted, este monólogo de su tocayo de usted, en el _Mariage de Figaro_ de Beaumarchais, para que sirva de epígrafe á la colección de sus artículos que va usted á publicar.--¿Á ver cómo dice?

«Se ha establecido en Madrid un sistema de libertad que se extiende hasta á la imprenta; y con tal que no hable en mis escritos, ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de los empleados, ni de las corporaciones, ni de los cómicos, ni de nadie que pertenezca á algo, pueda imprimirlo todo libremente, previa la inspección y revisión de dos ó tres censores. Para aprovecharme de esta hermosa libertad anuncio un periódico...».

--Basta, exclamó al llegar aquí mi escribiente, basta; eso se ha escrito para mí; cópielo usted aquí al pie de este artículo: ponga usted la fecha en que eso se escribió...--1784.--Bien. Ahora la fecha de hoy.--22 de enero de 1835.--Y debajo:--_Fígaro_.

LA POLICÍA

Así como hay en el mundo hombres buenos, también hay cosas buenas: no citaremos nombres propios en la primera clase, por no ofender á la mayoría; pero en la segunda preciso será citar si queremos que nos crean. Cosa buena por ejemplo es la previa censura, y para algunos no sólo buena sino excelente. Que manda usted, y que manda usted mal, dos cosas que pueden ir juntas. ¿Pues no es cosa buena y rebuena que nadie pueda decirle á usted una palabra? Que manda usted, y que no manda usted mal, pero que es usted hombre de calma; y como había usted de mandar algo bueno, no manda usted nada, ni bueno, ni malo. ¿Pues no es un placer verdaderamente que si hay algún escritorzuelo atrevido que sale á decir: «Esto no marcha», salga por otra parte el censor que usted le pone, y le escriba en letra gorda y desigual al pie del folleto: «Esto no puede correr?». Vaya si es cosa buena. Que es usted un sujeto de luces por otra parte, amigo del gobierno, y que tiene usted poco sueldo, ó no tiene usted ninguno, como suele suceder; vaya si es cosa buena que le den á usted 20,000 reales de sueldo, ú opción á los primeros que vaquen, sólo por poner: «Esto no puede correr», que al cabo es decir una verdad como un templo... Cosa buena es y muy buena. Replicáronnos los que viven de disputar que la tal previa censura no es igualmente buena para el que escribió el artículo que no puede correr, ni para el país que de él pudiera sacar provecho; pero en primer lugar, que al sentar nosotros la proposición de que hay cosas buenas, no hemos dicho para quién, y en segundo añadiremos que ése es el destino de las cosas de este mundo, en las cuales no hay una sola buena para todos. Países hay donde se cree que la perfección consiste en que las cosas sean buenas para los más; pero también hay países donde se cree en brujas, y no por eso son las brujas más verdaderas. Dejemos por consiguiente este punto, que entra en el número de los muchos que no son oportunos todavía para nosotros, y convengamos únicamente en que hay cosas buenas.

Sabido esto, pocas hay que se puedan comparar con la policía. Por de pronto su origen está en la naturaleza; la policía se debe al miedo, y el miedo es cosa tan natural, que poco ó mucho no hay quien no tenga alguno; y esto sin contar con los que tienen demasiado, que son los más. Todos tenemos miedo: los cobardes á todo: los valientes á parecer cobardes: en una palabra, el que más hace es el que más lo disimula, y esto no lo digo yo precisamente; antes que yo lo ha dicho Ercilla, en dos versos, por más señas, que si bien pudieran ser mejores, difícilmente podrían ser más ciertos.

El miedo es natural en el prudente, Y el saberlo vencer es ser valiente.

Preclaro es, pues, el origen de la policía. No nos remontaremos á las edades remotas para encontrar apoyos en favor de la policía. Trabajo inútil fuera, pues ya nos lo dan hecho; un orador ha dicho que en todos los países la ha habido _con este ó aquel nombre_, y es punto sabido y muy sabido que la había en Roma y en el consulado de Cicerón: no se sabe si con este ó con aquel nombre, no precisamente con su subdelegado al frente y sus celadores al pie; pero ello es que la había, y si la había en Roma, es cosa buena: si á esto se añade que la hay en Portugal, y que el pueblo da á sus individuos el nombre de _morcegos_, ya no hay más que saber.

Venecia ha sido el estado que ha llevado á más alto grado de esplendor la policía; pues ¿qué otra cosa era el famoso tribunal pesquisidor de aquella república? Á ella se debía la hermosa libertad que se gozaba en la reina del Adriático, y que con colores tan halagüeños nos ha presentado un literato moderno en la escena, y un célebre novelista en su _Bravo_. La inquisición no era tampoco otra cosa que una policía religiosa; y si era buena la inquisición, no hay para qué disputarlo. Aquí se prueba lo que ha dicho el orador citado, de que siempre ha existido en todos los países _con este ó aquel nombre_.

Otra prueba de que es cosa buena la policía es su existencia, no sólo en Roma y en Portugal, sino también en Austria; y sobre todo, en la Italia sujeta á aquel imperio, donde es delito á los ojos de la policía haber á las manos un papel francés. Así son los Italianos tan felices, así se hacen lenguas del emperador de Austria. Óigase otro ejemplo. Ahí está la Polonia, que debe su actual felicidad, ¡vaya si es feliz!, á la policía rusa. Que la policía es, pues, una institución liberal, se deduce claramente de su existencia en Austria y en Polonia; y si nos venimos más acá, veremos que en Francia la instaló Bonaparte, uno de los amigos más acérrimos de la libertad; y tanto, que él tomó para sí toda la que pudo coger á los pueblos que sujetó; y á España, por fin, la trajo el célebre conquistador del Trocadero el año 23, y fué lo que nos dió en cambio y permuta de la constitución que se llevó; prueba de que él creía que valía tanto por lo menos la policía como la constitución.

Pues luego, si ha hecho bienes al país, no hay para qué ponerlo en cuestión.

Á la policía debió el desgraciado Miyar su triste fin; y como ha dicho muy bien otro orador, á la policía se debió sin duda alguna aquella inocente treta por la cual se sonsacó de Gibraltar á un célebre patriota para acabarlo en territorio español, con toda nobleza y valentía. Pero ¿á qué más ejemplos?; de cuantos liberales han muerto judicialmente asesinados en los diez años, acaso no habrá habido uno que no haya tenido algo que agradecer á esa brillante institución. Ahora bien, continuador el año 35 y heredero universal, como se ha pretendido, de los diez años, mal pudiera rehusar herencia tan legítima: así hemos visto á nuestra policía recientemente hacer prodigios en punto á conspiraciones.

La policía se divide en política y en urbana. Y es cosa tan buena como otra. Por la primera, supongamos que sabe usted que se habla en un café, en una casa, ó que no se habla, pero que tiene usted un enemigo; ¿quién no tiene un enemigo? Va usted á la policía, y con contar el caso, y con añadir que en la casa tienen pacto con _isabelinos_, y que detrás del _viva de ordenanza_ está tapada la anarquía, hace usted prender á su enemigo. ¿Pues no es cosa excelente? Luego, para cualquier carrera se necesita saber algo, suponiendo que no haya favor ó parentesco; para médico, por ejemplo, alargar la enfermedad; para abogado, embrollar el asunto; para militar, ir á Vizcaya... para cura, todos sabemos ya lo que se necesita saber, y por ese estilo; pero para ser de policía, basta con no ser sordo, ¡Y es tan fácil no ser sordo! Ahora, si fuera preciso hacerse el sordo, ya era otra cosa: era preciso saber entonces casi tanto como para ser ministro.

Por otra parte decía un ilustre amigo nuestro, que la España se había dividido siempre en dos clases; gentes que prenden á gentes que son prendidas: admitida esta distinción, no se necesita preguntar si es cosa buena la policía.

Acerca de los premios destinados á la delación, y para cuyos gastos será sin duda gran parte de los millones del presupuesto, esto es indispensable: primero, porque uno no ha de delatar de balde, y segundo, porque no se cogen truchas, etc., refrán que pudiéramos convertir en _no se cogen anarquistas_, etc. En una palabra, ó se ha de prender, ó no se ha de prender: si se ha de prender, es preciso que haya quien delate; y si ha de haber delatores, éstos han de comer, porque tripas llevan pies. Por consiguiente, no sólo es cosa buena la policía, sino también los ocho millones.

En los Estados-Unidos y en Inglaterra no hay esta policía política; pero sabido es en primer lugar el desorden de ideas que reina en aquellos países; allí puede uno tener la opinión que le dé la gana; por otra parte, la libertad mal entendida tiene sus extremos, y nosotros leyendo en el gran libro abierto de las revoluciones, como ha dicho muy bien otro orador, debemos aprender algo en él, y no seguir las mismas huellas de los países demasiado libres, porque vendríamos á parar al mismo estado de prosperidad que aquellas dos naciones. La riqueza vicia al hombre, y la prosperidad le hace orgulloso por más que digan.

La otra policía es urbana. Ésta es todavía más cosa buena que la otra. Entre las ventajas que produce nos contentaremos con los pasaportes, con los cuales va usted adonde quiere y adonde le dejan. Paga usted su peseta, y ya sabe usted que tiene pasaporte. Suponga usted que á imitación de Inglaterra no hubiera pasaportes. En verdad que no se concibe cómo se puede ir de una parte á otra sin pasaporte: si fuera sin caminos, sin canales, sin carruajes, sin posadas, ¡vaya!, ¡pero sin pasaportes! Por el mismo consiguiente saca usted su carta de seguridad, y ya está usted seguro de haberse gastado dos reales; pero en cambio hay otro que desde que usted los tiene de menos los tiene de más. De modo, que para éste, sobre todo la carta de seguridad es cosa buena, tan buena por el pronto como dos reales. Hay cosas mejores, es verdad, pero siempre es cosa buena.

Probada, pues, hasta la evidencia la bondad de la policía, ¿cómo pudiéramos no agregarnos al voto de los 50 señores Procuradores que han perdido la última votación? Poco vale por cierto nuestra opinión; no somos desgraciadamente ni procuradores ni inviolables, pero en cambio tendremos policía por lo menos; pagaremos en compañía de nuestros compatriotas ocho millones para que nos averigüen nuestras conversaciones, nuestros pensamientos, nuestros... y si algún día la policía nos prende, como es probable, por anarquistas, exclamaremos con justo entusiasmo: «¡Buena cárcel nos mamamos! ¡Pero buen dinero nos cuesta!»

POR AHORA

En nuestro último artículo, en que defendíamos la policía, dejamos ligeramente apuntado que hay _cosas buenas_ en el mundo; y probamos hasta la evidencia, como solemos, que una de ellas es la policía. Como no nos pasa por la imaginación que uno solo de nuestros lectores se haya resistido á nuestras razones, tratamos de probar hoy otra verdad más indisputable todavía, á saber: que sentado el principio de que hay cosas buenas, hay _palabras_ que parecen _cosas_, es decir, que hay _palabras buenas_.

Á primera vista parece que buenas deben ser todas las palabras, puesto que sirven todas para hablar, ó sea para gastar conversación, que es el fin que parecemos proponernos; esto es un error sin embargo, y error grave. Palabras hay malas, profundamente malas por sí mismas, y sin necesidad de accesorios, que forman por sí solas oración y sentido, por más que suelan ellas no tener sentido común. Palabras que valen más que un discurso, y que dan que discurrir; cuando uno oye por ejemplo la palabra _conspiración_, cree estar viendo un drama entero, y aunque no sea nada en realidad. Cuando uno oye la palabra _libertad_, sólo ella, solita, cree uno estar oyendo una larga comedia. Cuando uno oye la palabra _imprenta_, ¿no cree ver detrás la censura, el imposible vencido, la cuadratura del círculo, la gran quisicosa? ¿No hay quien ve en ella el abismo, la anarquía, aquel qué sé yo, que nadie sabe explicar ni comprender? Cada una de estas palabras son verdaderas linternas mágicas: el mundo todo pasa al través de ellas. Una vez encendidas todo se ve dentro.

Estas palabras que encierran por sí solas una significación entera y determinada son malas generalmente: las buenas son aquéllas que no dicen nada por sí, como por ejemplo: _prosperidad_, _ilustración_, _justicia_, _regeneración_, _siglo_, _luces_, _responsabilidad_, _marchar_, _progreso_, _reforma_, etc., etc. Éstas no tienen un sentido fijo y decisivo: hay quien las entiende de un modo, hay quien las entiende de otro, hay, por fin, quien no las entiende de ninguno. Éstas son buenas, porque, blandas como cera, adáptanse á todas las figuras: éstas son, en fin, el alimento de toda conversación. Con ellas no hay discurso que no se pueda sostener, no hay cosa que no se pueda probar, no hay pueblo á quien no se pueda convencer. Éstas son las palabras que parecen cosas.

Ahora bien, cuando dos de estas palabras insignificantes y maleables se llegan á encontrar en el camino una de otra, únense al momento y se combinan por una rara afinidad filológica; y entonces no toman por eso mayor sentido; todo lo contrario, juntas suelen querer decir menos todavía que separadas: entonces estas palabras buenas suelen convertirse en lo que vulgarmente llamamos _buenas palabras_.

He aquí las reflexiones que teníamos presentes al sentar en el papel el titulillo de este artículo. Nadie nos negará que la palabra _por_ quiere decir poco cuando va sola; pues de la palabra _ahora_, no decimos nada. He aquí, pues, dos palabras excelentes, y combínense como se combinen. Júntese el _por_ con el _que_, y resultará el _porqué_. Siempre se ha dicho que el _porqué_ de las cosas es inaveriguable; por consiguiente no quiere decir nada. Póngase el _ahora_ en _oración_, y digamos, por ejemplo: «¿Qué hay ahora? ¿Qué se hace ahora?» Nada. Ambas son, pues, palabras nulas, y buenas por consiguiente. Combínense ahora juntas y digamos: _por ahora_, y se verá el efecto peregrino de la suma de todas las nulidades.

Pocas palabras hay tan buenas, tan útiles en el día, tan en boga; pocas palabras buenas que puedan tan fácilmente convertirse en _buenas palabras_. ¿Á qué nos contesta usted con el _por ahora_? Es la espada de Alejandro, que corta todo nudo gordiano; es la panacea universal que templa todos los dolores. Buena jornada habíamos echado, si no pudiéramos contestar á todo: _Por ahora_.

¿Cuánto no suaviza esta frase toda mala contestación? Por mejor decir, no hay con ella mala contestación posible, y todo aquél que sepa lo que es una repulsa seca, sabrá apreciar cuánto valen las buenas palabras. Son el vino que se mezcla con el agua para quitarle su crudeza. Ejemplo. _No_, quiere decir que _no_. Pero si en vez de decir _no_, dice usted _por ahora no_, aunque usted quiera decir lo mismo, si habla usted sobre todo con un tonto, como suele suceder, ha dicho usted una gran cosa. ¿Y qué cuesta decir dos palabras más?

Convencidos hombres muy ilustrados de esta verdad, ¿cómo pudieran no usarlas continuamente?

Lluevan sobre ellos en buen hora demandas y peticiones, renuévese la tabla de los derechos, clamen por todas partes tribuna y periódicos por la libertad de imprenta; no le responderán á usted con un no seco, sino que _por ahora no conviene_. Pida usted más garantías; abogue usted por una verdadera seguridad individual; porque tal ó cual estado es absurdo. _Lo vemos_, responderán, y lo que es más _con dolor_; empero _por ahora_ no es oportuno. Para que un pueblo esté bien gobernado, para que sea feliz, es preciso que se difunda la _ilustración_; para que un pueblo sea libre, es preciso que sepa mucho... y esté bastantemente ilustrado... véase si no _Grecia_ y _Roma_; aquéllos eran pueblos libres... ¡pero lo que se sabía allí!, ¡qué pueblos tan ilustrados! ¿Qué tiene que ver la España del siglo XIX con la _Grecia_ de _Licurgo_ y la _Roma_ de _Numa_?

Venga usted á decirme que el sistema judicial no es gran cosa. Que cada uno multa como le da la gana, y juzga como le parece. Pero eso es _por ahora_ no más. Deje usted que llegue aquel día raro, aquel día particular, que ha de ser el decisivo; el día, en fin, de la oportunidad, el día que nos convenga pasarlo bien, que ese día será otra cosa.

Que hay confusión de poderes, de palabras y de cosas; que no nos entendemos; que es una verdadera Babel; que no andamos un paso, un solo paso; pero eso es _por ahora_. Todavía no conviene que nos entendamos. Es preciso buscar el momento oportuno. Pues qué, ¿no hay más que entenderse cualquier día del año, cualquier año del siglo?

¿Y quién es el encargado, preguntarán ustedes, de conocer el momento?, ¿quién es ese sabio sagaz y penetrante, que ha de conocer cuándo nos conviene ser iguales, ser libres, poder hablar, ser, en una palabra, felices?, ¿dónde está la línea divisoria entre la inoportunidad y la oportunidad?, ¿quién es el ilustrado encargado de medir nuestra ilustración?

_Por ahora_, amigo lector, no se columbra todavía á ese sabio: responderemos: ni nosotros hemos hecho ánimo de responder _por ahora_ á todas las preguntas, ni nos dejarán responder tampoco _por ahora_; aunque quisiéramos. Limitándonos _por ahora_ á probar que como hay cosas buenas entre nosotros, hay palabras que parecen cosas, y _palabras buenas_ que nos dan por _buenas palabras_. Que las voces _por ahora_ son las primeras de ese género, y si bien se mira, bastante hemos dicho _por ahora_.

LITERATURA

POESÍAS DE DON JUAN BAUTISTA ALONSO