Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Part 19

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«Yo, señor Fígaro, con permiso del gobierno, soy liberal de padre á hijo, porque en mi casa éste fué mal de familia. Mala herencia me dejaron; pero sobre no haber otra, quien lo hereda no lo hurta. Á saber yo hurtar otro gallo me cantara, y no tendría necesidad de ser hoy en el día liberal, que antes pudiera ser lo que me diese la gana; y así podría irme á Francia con el dinero y la maldición del público, como tomar á mi cargo un buen destino de donde pudiera seguir haciendo de las mías, que el dinero llama dinero.

»El hecho es que no hay nada de esto, y que en mi casa no hay más que dos cosas: mi opinión liberal, con la cual me doy á todos los diablos, y una silla en la cual me siento.

»Yo fuí de los primeros que tomaron las armas contra los Franceses en tiempo de la independencia: á un mismo tiempo casi acabó la guerra y la constitución. Entonces no extrañé yo que no me diese premio el recién llegado; pero llegó el año 20, y por más que peroré en todos los cafés de Madrid, por más patriotismo que lucí en listas públicas y motines, no pude ser nunca más que empleado en loterías. Yo fuí miliciano nacional, yo pedí regencia... yo... qué sé yo lo que hice. Pero mi suerte era trabajar siempre para otros. En la guerra de la independencia trabajé, como todos, para su majestad; y dejemos este cuento, que es cuento de cuentos. En la constitución trabajé para que se hiciesen ministros unos cuantos, y para que se hiciesen ricos otros pocos. Ésta es la suerte de los que vamos de buena fe. Hasta en mi empleo de loterías, al cabo, ¿qué hacía? Trabajar porque les cayese á otros.--El año 23 se fué á Cádiz la patria, y yo me fuí con ella. Llegué roto y descalzo: hice prodigios en el Trocadero: la cosa se puso de pésima data, y cada pedazo de la patria tomó por donde pudo. Pedazo hubo que no paró hasta América. Sólo yo, sin patria, que se me había ido entre las manos, y sin empleo, que se encargó un realista de regentar en Madrid durante mi ausencia; sin dinero, porque yo no había hecho más que motines mientras que otros habían hecho pacotilla, volvíme á Madrid, donde me pasé en la cárcel muy buenos meses por haber sido liberal.--Los diez años, no hablemos de ellos. ¡Ojalá hubiera sido emigrado! Con sólo este deseo se podrá formar idea de mi situación.

»Ocurre lo de la Granja, y viendo un resquicio por donde salvar la patria, hágome _cristino_ de aquellos primeros que en secreto casi se armaron en Madrid. Á poco el ministro famoso que no quería innovaciones peligrosas, debió encontrar malo que hiciéramos la innovación de ser _cristinos_, y salimos desterrados yo y otros pocos.

»Vuelvo del destierro á fuerza de empeños, y amanece el día 27 de octubre. Los realistas amenazan á Madrid. Lleno de patriotismo salgo á salvar la patria en peligro, desarmo cuantos puedo, á riesgo de mi vida, pero pasa el peligro, ceden los rebeldes, y una autoridad á quien presento mis trofeos me prende porque la patria no necesita de mis servicios, y porque ando armado sin autorización. He aquí lo que es la suerte de los hombres. Si los realistas aprietan más, soy un héroe aquel día: cedieron pronto, y fuí un desobediente, un perturbador. Si ellos hubieran vencido, me hubieran ahorcado. Mi partido fué más generoso, se contentó con prenderme.

»Salgo, por fin, de la cárcel, y mi entusiasmo siempre en pie. Al fin los liberales, digo para mí, hemos de ser premiados algún día. Me presento á alistarme en las filas de la urbana, y me dicen que habiendo perdido mis pocos bienes el año 23, no ofrezco garantías. ¡Qué bien hicieron los realistas en dejarnos sin camisa! Si nos dejan algo hubiéramos podido armarnos contra ellos.--En el ínterin nace el Estatuto y las leyes fundamentales. Me presento á reclamar mi destino; pero, amigo, las leyes fundamentales no dicen nada de loterías: llévese el diablo las invenciones modernas. Por más que he registrado crónicas y partidas, nada he encontrado: me he convencido, pues, de que las loterías es una innovación. Mi empleo, pues, nada tiene que ver con la monarquía: no apoyándose mi reclamación en las leyes fundamentales, es considerada como sin fundamento.

»Amplíase entre tanto la milicia, y al fin entro en ella. Me ofrezco á la patria para lo de Vizcaya, creyendo hacer falta. ¡Error! Nadie hace falta allí. Aprendo el ejercicio, y como no nos reunimos, ¿querrá usted creer, señor Fígaro, que todavía no conozco la cara de mis compañeros?

»Pero no importa; ocurren no sé qué conspiraciones, y préndenme por anarquista. Se indaga, se busca; lo único que se ha descubierta es que yo he estado en la cárcel. El peligro, pues, no era para la patria, sino para mí.

»Éste es mi estado, señor Fígaro. Con todo sigo siendo liberal: así es, que no me llega la camisa al cuerpo.

»En atención á estos datos, suplico á usted que se sirva no dejar dormir su pluma en ese camino de la oposición, en que ha marchado con tanta gloria; en la inteligencia de que si usted afloja, yo y los míos haremos correr por todas partes la voz de que se ha vendido usted al ministerio.

»Esto no marcha, y sólo una oposición sostenida puede salvarnos. Á ellos, pues, señor Fígaro, y dóblelos usted á sátiras si quiere conservar el aprecio de su seguro servidor.--_El liberal progresivo, y sin destino._»

Ésas son las dos cartas: las dos son liberales; las dos de hombres de buena fe, que sólo desean el bien de la patria.--Si escribo en liberal, dirán unos que estoy vendido á don Carlos. Si escribo en ministerial, dirán otros que estoy vendido al ministerio. ¡Si al menos se supiese quién paga mejor!

¡¡¡Gracias á Dios, por fin, que ya estamos de acuerdo; gracias á Dios que nos entendemos!!!

LA VIDA DE MADRID

Muchas cosas me admiran en este mundo: esto prueba que mi alma debe pertenecer á la clase vulgar, al justo medio de las almas; sólo á las muy superiores, ó á las muy estúpidas les es dado no admirarse de nada. Para aquéllas no hay cosa que valga algo, para éstas no hay cosa que valga nada. Colocada la mía á igual distancia de las unas y de las otras, confieso que vivo todo de admiración, y estoy tanto más distante de ellas cuanto menos concibo que se pueda vivir sin admirar. Cuando en un día de ésos, en que un insomnio prolongado, ó un contratiempo de la víspera preparan al hombre á la meditación, me paro á considerar el destino del mundo: cuando me veo rodando dentro de él con mis semejantes por los espacios imaginarios, sin que sepa nadie para qué, ni adónde; cuando veo nacer á todos para morir, y morir sólo por haber nacido; cuando veo la verdad igualmente distante de todos los puntos del orbe, donde se la anda buscando, y la felicidad siempre en casa del vecino á juicio de cada uno; cuando reflexiono que no se le ve el fin á este cuadro halagüeño, que según todas las probabilidades tampoco tuvo principio; cuando pregunto á todos y me responde cada cual quejándose de su suerte; cuando contemplo que la vida es un amasijo de contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de arrepentimientos, me admiro de varias cosas. Primera, del gran poder del Ser supremo, que haciendo marchar el mundo de un modo dado, ha podido hacer que todos tengan deseos diferentes y encontrados, que no suceda más que una sola cosa á la vez, y que todos queden descontentos. Segunda, de su gran sabiduría en hacer corta la vida. Y tercera, en fin, y de ésta me asombro más que de las otras todavía, de ese apego que todos tienen sin embargo á esta vida tan mala. Esto último bastaría á confundir á un ateo, si un ateo, al serlo, no diese ya claras muestras de no tener su cerebro organizado para el convencimiento; porque sólo un Dios y un Dios Todopoderoso podía hacer amar una cosa como la vida.

Esto, considerada la vida en general, donde quiera que la tomemos por tipo; en las naciones civilizadas, en los países incultos, en todas partes, en fin. Porque en este punto, me inclino á creer que el hombre variará de necesidades, y se colocará en una escala más alta ó más baja; pero en cuanto á su felicidad nada habrá adelantado. Toda la diferencia entre el hombre ilustrado y el salvaje estará en los términos de su conversación. Lord Wellington hablará de los whigs, el Indio nómade hablará de las panteras; pero iguales penas le acarreará á aquél el concluir con los primeros, que á éste el dar caza á las segundas. La civilización le hará variar al hombre de ocupaciones y de palabras; de suerte, es imposible. Nació víctima, y su verdugo le persigue enseñándole el dogal, así debajo del dorado artesón, como debajo de la rústica techumbre de ramas. Pero si se considera luego la vida de Madrid, es preciso cerrar el entendimiento á toda reflexión para desearla.

El joven que voy á tomar por tipo general es un muchacho de regular entendimiento, pero que posee sin embargo más doblones que ideas, lo cual no parecerá inverosímil si se atiende al modo que tiene la sabia naturaleza de distribuir sus dones. En una palabra, es rico sin ser enteramente tonto. Paseábame días pasados con él, no precisamente porque nos estreche una grande amistad, sino porque no hay más que dos modos de pasear, ó solo ó acompañado. La conversación de los jóvenes más suele pecar de indiscreta que de reservada: así fué, que á pocas preguntas y respuestas nos hallamos á la altura de lo que se llama en el mundo franqueza, sinónimo casi siempre de imprudencia. Preguntóme qué especie de vida hacía yo, y si estaba contento con ella. Por mi parte pronto hube despachado: á lo primero le contesté: «Soy periodista; paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor público, en escribir lo que no pienso y en hacer creer á los demás lo que no creo. ¡Cómo sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida está reducida á querer decir lo que otros no quieren oir». Á lo segundo, de si estaba contento con esta vida, le contesté, que estaba por lo menos tan resignado como lo está con irse á la gloria el que se muere.

¿Y usted?, le dije. ¿Cuál es su vida en Madrid?--Yo, me repuso, soy muchacho de muy regular fortuna; por consiguiente no escribo. Es decir... escribo... ayer escribí una esquela á Borrel para que me enviase cuanto antes un pantalón de patincour que me tiene hace meses por allá. Siempre escribe uno algo. Por lo demás, le contaré á usted.

Yo no soy amigo de levantarme tarde; á veces hasta madrugo; días hay que á las diez ya estoy en pie. Tomo té, y alguna vez chocolate; es preciso vivir con el país. Si á esas horas ha parecido ya algún periódico me lo entra mi criado, después de haberle ojeado él: tiendo la vista por encima; leo los partes, que se me figura siempre haberlos leído ya; todos me suenan á lo mismo: entra otro, lo cojo, y es la segunda edición del primero. Los periódicos son como los jóvenes de Madrid, no se diferencian sino en el nombre. Cansado estoy ya de que me digan todas las mañanas en artículos muy graves todo lo felices que seríamos si fuésemos libres, y lo que es preciso hacer para serlo. Tanto valdría decirle á un ciego que no hay cosa como ver.

Como á aquellas horas no tengo ganas de volverme á dormir, dejo los periódicos: me rodeo al cuello un echarpe, me introduzco en un surtú, y á la calle. Doy una vuelta á la Carrera de San Jerónimo, á la calle de Carretas, del Príncipe, y de la Montera, encuentro en un palmo de terreno á todos mis amigos que hacen otro tanto, me paro con todos ellos, compro cigarros en un café, saludo á alguna asomada, y me vuelvo á casa á vestir.

¿Está malo el día?, el capote de barragán: á casa de la marquesa hasta las dos; á casa de la condesa hasta las tres; á tal otra casa hasta las cuatro: en todas partes voy dejando la misma conversación; en donde entro oigo hablar mal de la casa de donde vengo, y de la otra adonde voy: ésta es toda la conversación de Madrid.

¿Está el día regular? Á la calle de la Montera. Á ver á La Gallarde ó á Tomás. Dos horas, tres horas, según. Mina, los facciosos, la que pasa, el sufrimiento y las esperanzas.

¿Está muy bueno el día? Á caballo. De la puerta de Atocha á la de Recoletos, de la de Recoletos á la de Atocha. Andado y desandado este camino muchas veces, una vuelta á pie. Á comer á Genieys, ó al Comercio: alguna vez en mi casa; las más fuera de ella.

¿Acabé de comer? Á Solito. Allí dos horas, dos cigarros, y dos amigos. Se hace una segunda edición de la conversación de la calle de la Montera. ¡Oh!, y felizmente esta semana no ha faltado materia. Un poco se ha ponderado, otro poco se ha... Pero en fin, en un país donde no se hace nada, sea lícito al menos hablar.

--¿Qué se da en el teatro?, dice uno.

--Aquí: 1.° sinfonía; 2.º pieza del célebre Scribe; 3.º sinfonía; 4.º pieza nueva del fecundo Scribe; 5.° sinfonía; 6.º baile nacional; 7.º la comedia nueva en dos actos, traducida también del ingenioso Scribe; 8.º sinfonía; 9.º...

--Basta, basta; ¡santo Dios!

--Pero, chico, ¿qué lees ahí?, si ése es el Diario de ayer.

--Hombre, parece el de todos los días.

--Sí, aquí es _Guillermo_ hoy.

--_¿Guillermo?_ ¡Oh, si fuera ayer! ¿Y allá?

--Allá es el teatro de la Cruz. Cualquier cosa.

--Á mí me toca el turno aquí. ¿Sabe usted lo que es tocar el turno?

--Sí, sí, respondo á mi compañero de paseo; á mí también me suele tocar el turno.

Pues bien, subo al palco un rato. Acabado el teatro, si no es noche de sociedad, al café otra vez á disputar un poco de tiempo al dueño. Luego á ninguna parte. Si es noche de sociedad, á vestirme; gran tualeta. Á casa de E... Bonita sociedad; muy bonita. Ello sí, las mismas de la sociedad de la víspera, y del lunes, y de... y las mismas de las visitas de la mañana, del Prado, y del teatro, y... pero lo bueno, nunca se cansa uno de verlo.

--¿Y qué hace usted en la sociedad?

--Nada; entro en la sala; paso al gabinete; vuelvo á la sala; entro al ecarté; vuelvo á entrar en la sala; vuelvo á salir al gabinete; vuelvo á entrar en el ecarté...

--¿Y luego?

--Luego á casa, y ¡buenas noches!

Ésta es la vida que de sí me contó mi amigo. Después de leerla y de releerla, figurándome que no he ofendido á nadie, y que á nadie retrato en ella, é inclinándome casi á creer que por ésta no tendré ningún desafío, aunque necios conozco yo para todo, trasládola á la consideración de los que tienen apego á la vida.

BAILE DE MÁSCARAS BILLETES POR EMBARGO

Desgraciadamente para la empresa de teatros, que no se cansa de hacer en obsequio del público todos los sacrificios que están al alcance de una especulación que con tantas dificultades tiene que luchar, el tiempo no ha favorecido la entrada del segundo. Sólo á esta causa podemos achacar la poca concurrencia, si es que no se quiere seguir la opinión de los que aseguran que no es Madrid pueblo que pueda resistir tres meses de carnaval. Acaso han empezado los bailes demasiado pronto, si bien nosotros tenemos entendido que para embromarse y engañarse los hombres unos á otros todos los meses son buenos. Sea de esto lo que quiera, el hecho es que el teatro del Príncipe ha presentado, sobre todo en este segundo baile, en que se han procurado corregir los leves defectos notados en el primero, un aspecto de lujo y de hermosura poco común en bailes de esta especie; y es de esperar que el sentido común venza por fin la resistencia que ideas ridículas de intempestiva aristocracia parecen oponer todavía entre nosotros á la igualdad y publicidad que reina en esta diversión, aun en tiempos en que dicen que la libertad tiende sus alas protectoras sobre todas las clases indistintamente.

Sólo una cosa encontramos notable y digna de ser al público referida en estos bailes de teatro hasta ahora; cosa que contaremos, pero como es conocido el cuidado que siempre en nuestros artículos ponemos de huir de toda inculpación de personalidad, y como por repetidas órdenes, instrucciones censoriales y reglamentos, todavía vigentes, no le es permitido á la libertad de imprenta decir todo lo que piensa, la contaremos sencillamente, y sin darle color, con la natural malignidad que suelen encontrar en nuestros escritos los benévolos lectores. Al referir un hecho, sucedido en Madrid, en estos tiempos y á vista de todo el que lo haya querido ver, no podemos hacernos culpables de nada; si la cosa hace reir por sí, no estará la malicia en nosotros, sino en la cosa.

Sabido es, y ojalá no lo fuera, que el excelentísimo ayuntamiento tiene en cada teatro de esta ilustrada capital de esta renegada patria, un palco, palco que por más señas vale por dos; localidad que en la contrata del gobierno con el empresario de teatros ha sido conservada para el uso de los señores capitulares.

Llegada sin embargo la época de los bailes de máscaras parece que el señor corregidor de esta muy heroica villa pasó al empresario un bando, ó sea instrucción, relativa á varias medidas de policía interior de estas funciones, en la cual no dejó de tocarse la grave cuestión de si los señores capitulares, cuyo número parece montar á setenta y cinco, deberían ó no tener entrada á las funciones. Pareció indudable que tenían derecho á su palco, pero no tan indudable que lo tuviesen igualmente á entrar en el salón y disfrutar en él y en las demás localidades dispuestas ad hoc por el empresario, á fuerza de dinero suyo. El empresario creyó cumplir con lo que la justicia exigía dando pase á los señores setenta y cinco para su palco; pero no satisfaciendo esto á dichos señores setenta y cinco, parece que se recrecieron disturbios y reyertas de graves consecuencias para la república. Nuestro corregidor, cuya ilustración sería difícil poner en duda, ofició al empresario para que se diesen á los setenta y cinco señores otros tantos billetes, es decir, setenta y cinco. Pero montando setenta y cinco billetes, á razón de 23 reales por cada uno, á la cantidad de 1885 reales de vellón, desfalco notable en la entrada de cada noche, y pudiendo estos billetes ser luego regalados y no servir aun para su uso primitivo, dado caso que éste fuese de justicia, el empresario no sólo se negó á darlos, sino que elevó la cuestión al señor gobernador civil, y con ánimo, según creemos, de seguirlo elevando en todo caso hasta la última potencia posible, y de no ceder de su derecho sino á la fuerza.

En tan apuradas circunstancias, yendo y viniendo días, llegábase el día del baile, y en el ínterin que se decidía si los señores setenta y cinco capitulares, por representar la villa de Madrid, la cual ha cedido en una contrata particular los teatros á una empresa, deben disfrutar ó no gratis de todas las funciones que en el local puede dar la empresa, incluso alumbrado, alfombra, mesas de juego, ambigú y demás; en el ínterin, repetimos, que esto se decidía, se presentó en el despacho de los billetes el alguacil mayor, con su correspondiente escribano y demás alguaciles menores, y embargó dichos setenta y cinco billetes, para dichos setenta y cinco capitulares, previa la competente protesta del despachador de ceder á la fuerza, y el competente recibo del competente escribano. Ignoramos cuáles puedan ser las decisiones ulteriores que sobre esta cuestión, que pudiéramos llamar de los setenta y cinco, recaigan, ni es esto de nuestra incumbencia, ni nos adelantaremos á dar nuestro voto en el particular, si bien nadie ha dicho que no lo podemos tener como cada vecino de esta villa, á quien representan los setenta y cinco capitulares.

Sólo sí contaremos un caso que nada tiene que ver con lo que llevamos contado, y al referir el cual protestamos contra toda alusión. Es capítulo aparte: táchesenos, si se quiere, de confundir unas materias con otras: en un periódico no pueden venir las materias muy separadas aunque uno quiera; pero no se nos tache de malignos, que ésta fuera inculpación á la cual no podríamos resistir.

El caso era que en un pueblo solía salir en un día señalado todos los años una procesión, no sabemos á qué propósito, la cual tenía de costumbre inmemorial designada la carrera que debía seguir. Ocurrió un año, antes del tiempo de la procesión, tapiar é incomunicar cierta calleja, por la cual solía pasar aquélla; y convertida ya la calleja en callejón sin salida, fué preciso variar la carrera que la solemnidad ambulante llevaba. Alborotóse empero el pueblo, y sobre todo los vecinos de la calleja, que querían disfrutar del paso de la Virgen; y tanta fué la grita y la zalagarda, que fué indispensable la intervención del alcalde, el cual oídas las partes, que fué cosa rara, decretó: «En atención á lo que se me ha dicho por una y otra parte, y á pesar de estar hecha la calleja callejón sin salida, mando y ordeno que se guarden los usos y costumbres, y que vaya la procesión por la calleja».

LA CALAMIDAD EUROPEA[2]

Muchas y grandes han sido las calamidades con que la Providencia en sus secretos fines quiso afligir en distintas épocas al hombre. Ya desde un principio pudo conocer el más lego la desgracia que presidía á la creación de este mísero globo. El que vió en los primeros tiempos que fué preciso arrancar al hombre de su propia costilla la mujer, ó había de tener poco olfato, ó debía ya decir para su capote (permítaseme el anacronismo) que había de venir presto abajo nuestra felicidad. Así fué; habló una serpiente; la mujer dió oídos al primer advenedizo, fragilidad que desgraciadamente se ha transmitido de siglo en siglo; cortóse la manzana del árbol del bien y del mal, que por lo visto sólo tenía el mal para nosotros, hincóle el diente el crédulo esposo, y vínose abajo á renglón seguido todo el edificio del primaveral paraíso. Primera calamidad, y no la más floja. Henos aquí ya habitando la tierra, merced á la picia del primer hombre: nace el segundo mortal, y segunda picia: lo primero que hace es matar al tercero: he aquí una raza maldita, y la segunda calamidad. Con tan galanos principios no debió de ser difícil augurar los fines. El primer homicidio no debía de ser el último. Endurécese el hombre en el mal, sucédele un vicio á otro, un crimen abona el anterior, y pónese la cosa tan de mala data, que cansado y arrepentido el Hacedor, lluévele encima al hombre, y pónelo perdido. ¡Día de agua! Ni sirven ramas, ni valen altos montes. Se abren las cataratas del cielo, derrámase el líquido abundante, ahógase todo bicho, y he aquí la tercera calamidad.

Vuelve el hombre á poblar, y ya de aquí en adelante imposible fuera poner orden en las calamidades. No bien sale del reciente escarmiento, lánzase de nuevo al crimen: olvida su Dios y su religión; de nada ha servido el diluvio; el Criador lo conoce, y vista la ineficacia del agua, aquí prueba con Sodoma y Gomorra la virtud del fuego: igual resultado. Allá convierte en sal al curioso. Acá confunde en Babel las lenguas insolentes, y vuélvese la torre una cazuela de un teatro de Madrid. Tiempo perdido. Desde entonces todos hablan y ninguno se entiende; pero no por eso se ha mejorado nuestra condición. Caiga agua, baje fuego, venga sal, lluevan lenguas sobre nosotros; el hombre insolente todo lo aprovecha. Inventa barcos, y anda sobre el agua; recoge la lumbre, y caliéntase á ella; toma la sal, y échala en el puchero; aprende las lenguas, y corre á enseñarlas por el equitativo estipendio de treinta reales al mes...