Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Part 29

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No perdieron, pues, instantes preciosos, y antes de anochecer los caballeros habían hecho voto solemne de llevar adelante su empresa, mientras que estuviese pegado el puño de la espada á la hoja, y mientras que corriese una gota de sangre por las venas: todos habían ofrecido al santo de su devoción el don que les parecía más grato á sus ojos, y se habían separado, después de conferidos poderes á cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que llamaron _capítulo extraordinario_, y al cual supusieron igual poder que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las circunstancias en que se había celebrado.

Verdad es que tampoco se había dormido don Enrique de Villena, á quien no se le ocultaba que podría encontrar una enérgica oposición en los caballeros; antes disponiendo de varios de los que se habían pronunciado en su favor en la corte de aquella mañana, tomó igual providencia enviando á Calatrava, á Alhama y á otros puntos emisarios que le dieran á reconocer, que animasen á los tibios con promesas de adelantamiento, ganasen á los descontentos con plazas efectivas de comendadores, y enardeciesen á los amigos para que no pudiese en ningún caso ser contraria á la elección de su alteza la elección del capítulo, que bien sabía él que se necesitaba para la tranquila é indisputable posesión del apetecido maestrazgo.

Dejemos empero á los emisarios de uno y otro corriendo los campos de Castilla, y llevando de una parte á otra órdenes contradictorias, y volvamos á seguir el hilo de las maquinaciones, de que era teatro la parte del alcázar destinada á las habitaciones de su alteza y de sus más allegados servidores.

* * * * *

CAPÍTULO XX

Quien esto vos aconseja, Vuestra honra no quería.

_Rom. de don García_

Empezaba á anochecer cuando el astrólogo Abrahem Abenzarsal, paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecía esperar á alguna persona, ó el éxito por lo menos de alguna de las muchas intrigas en que le tenía embarcado á la sazón su desmedida avaricia.

--¿Si habré cometido una imprudencia? decía. ¡Oh! á mi edad sería imperdonable. ¡¡Los motivos que me expuso fueron tan poderosos y tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos!! No sé qué principio de condescendencia hay en el corazón del hombre, el más duro, el más empedernido, el más viejo, para con una mujer, y una mujer hermosa y joven que suplica... pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí imprudencia alguna.--Señora, me halláis en la mayor inquietud... estaba anocheciendo ya...

--Os di mi palabra, respondió la dama, que entraba, é hicisteis mal en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana os advertí: bien conocéis cuán difícil es que en mi posición pueda continuar semejante enredo. Os he dicho ya que las razones que á ocultarme me obligaron nada tenían de común con su alteza; muchas veces no se puede hacer una obra buena á cara descubierta; las posiciones de la vida... En fin, ya me habéis comprendido. Espero, pues, que si no habéis hablado á su alteza, lo habléis cuanto antes os sea posible.

--Esta misma noche, señora, podréis retiraros. Una vez que sepa su alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber?...

--¡Qué agradecida debo estaros, sabio Abrahem!

--Vuestra estancia aquí es ahora indispensable. Su alteza pudiera querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra parte no es de extrañar que quiera tomar con la acusadora de su querido pariente todas las medidas que la prudencia indica, sobre todo cuando no presenta acusación tan atrevida vislumbre alguno de verosimilitud.

--¿Vos también, Abenzarsal, vos que conocéis á don Enrique de Villena?...

--Porque le conozco, señora, no le creí nunca capaz de un...

--De todo, Abrahem, de todo.

--Veo que os hace obrar, señora, algún resentimiento particular... ¡Oh! sabido es que el conde fué siempre aficionado en demasía á las bellas...

--De nada le hubiera servido esa afición para conmigo...

--Conozco vuestra virtud... pero pudiera muy bien...

--¿Sí? ¿y qué? ¿para qué negarlo? largo tiempo duró su persecución; pero si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo, él es y no yo...

--Lo sé, señora.

--Por lo que á mí hace, me ha movido la amistad que á la condesa, mi señora, siempre he profesado, y el cielo; no otras consideraciones. Las que puedan moverle á él contra mí me interesan poco, Abenzarsal. Hállome bajo la protección de las leyes, bajo la salvaguardia de mi estado, bajo la custodia ahora de su alteza mismo.

--Decís bien, hermosa dama. Perdonadme si no entro ahora mismo á hablar por vos á su alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su cámara todavía su doncel favorito, cuya larga ausencia no podía menos de dar lugar ahora á largas entrevistas. ¿Conocéis supongo al doncel Macías? ¡Pero qué distracción! es vuestro defensor.

--Sin embargo, respondió la dueña cubriéndose el rostro con su abanico morisco, nunca le hablé...

--¿No?

--Ya visteis que su presencia en la corte no tenía indicio de cosa premeditada de consuno. La casualidad sin duda le trajo... á tiempo que ningún caballero de la corte de don Enrique quería arrostrar por una débil mujer el poder del insolente Villena.

--Y su bizarro valor fué en ese caso y su cortesanía lo que le obligó á...

--¡Oh! eso no es nada. Más es de admirar la cobardía de los demás caballeros que su valor. Ése es deber...

--No seréis vos sin embargo, prosiguió el astuto astrólogo, la que negaréis al único caballero que os ha librado del riesgo en que estábais las brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le concede...

--Ciertamente, no. ¿Sabéis qué hora es?

--Aquí tenéis el arenero... Un solo defecto suelen encontrarle...

--¿Á quién?

--Al doncel.

--¿Y cuál? repuso la dama afectando una indiferencia que por cierto no sentía...

--Nada; dícese que nunca se le ha conocido dama alguna: sin embargo, tiene ya edad de enamorarse...

--¿Quién sabe si lo estará realmente? ¿Es forzoso decir á gritos?...

--No; pero sabéis que á su edad es raro el caballero que no puede llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor de su dama. Hasta es desdoro. Como no sea que adore en secreto á alguna belleza cuyo mote no pueda llevar...

--¿Qué decís?

--Ó es eso, señora, ó es que el doncel no es sensible, sino al aguijón de la gloria. En ese caso su galantería sería pura caballerosidad...

--¿Estará ya solo su alteza? interrumpió la agitada dama.

--Paréceme, señora, que tenéis interés en interrumpir la conversación del doncel... ¿Sería yo indiscreto al hablar delante de vos?...

--Oh, no, no, nada de eso; hablad de él como pudierais de cualquiera otro. Sólo me relaciona con él el vínculo de la gratitud que recientemente me ha merecido.

--Sólo una cosa tenía que añadir, en el supuesto de que esta conversación no os incomode... ¿Estáis inquieta?

--No, os he dicho que no: estoy tranquila. ¿Por qué no habría de estarlo?

--Digo, pues, que acaso ahora con ser vuestro caballero...

--¡Mi caballero!

--Forzosamente ha de serlo.

--Sí, mi campeón, repuso la enlutada con un suspiro escapado del pecho á su pesar.

--Como queráis. La posición en que está para con vos, ese misterio que os empeñáis en guardar, la compasión que inspiráis, y el entusiasmo al mismo tiempo á que inclina el hermoso rasgo de amistad que habéis...

--No me lisonjeéis, y acabad.

--Todo eso, pues, hará nacer acaso en su imaginación ideas que no habrá tenido nunca tal vez, y en su corazón una afición...

--Perdonad, Abrahem, si os interrumpo; pero admiro vuestra penetración. ¿Habéis conocido antes en mi rostro que me sentía incomodada?...

--¿Será cierto? esta conversación...

--No, la conversación no, repuso la dama reclinándose; pero la agitación del día, la precipitación además con que he tenido que andar no me ha permitido tomar alimento, y siento una debilidad...

--¿No os decía yo? La palidez de vuestro rostro me lo anunciaba. Ved qué necio, yo creía que era la conversación... ¡Qué tontería! Ya veo que el día que habéis traído hoy es más que suficiente motivo...

--Decís bien.

--Ya sabéis que mi primera ciencia es la de curar; si queréis seguir mis consejos...

--¡Ah! ¿Creéis que esta debilidad?...

--¿Queréis tomar algún alimento?

--Me será imposible...

--Verdad es... Si quisierais una bebida cordial que os diese fuerzas...

--¿Tenéis?...

--Yo mismo os la prepararía... Os daría descanso y fuerzas...

--Como gustéis, Abrahem.

--La tomaréis, dijo el físico preparando unas yerbas, y podréis descansar un rato aquí mientras que paso á hablar á su alteza.

--Pero en vuestra ausencia...

--No temáis: nadie viene á mi cámara: el estudio y el retiro en que vivo alejan de mí las visitas que pudieran turbar vuestro reposo. Ningún sitio del palacio más seguro que éste; su inmediación á la cámara del rey, las muchas guardias que custodian las próximas galerías...

--No, no es que tema ningún peligro; pero...

--Perded miedo; por otra parte tenéis vuestro antifaz, que puede en todo caso guardaros de la indiscreción, y vuestras dos dueñas esperan vuestras órdenes en mi antecámara. Á la menor voz, ellas y los ballesteros...

--Decís bien.

--Perdonad si vuestros mismos intereses me obligan á dejaros sola en mi habitación; mi ausencia será corta.

--Eso deseo.

--Tomad, pues, señora, esa bebida.

--¿Pero me respondéis de su eficacia?...

--Estoy seguro de ella: apuradla.

--Ya veis si tengo confianza en el físico de su alteza; ni una sola gota he dejado.

--Obrasteis como prudente, repuso el empírico con una alegría que disimulaban mal sus ojos llenos de fuego y de esperanza. Reclinaos ahora un momento.

--No, no hay necesidad.

--Presto conoceréis sus efectos: es maravillosa la virtud de la bebida: al principio parecerá quitaros las fuerzas; pero después... y obra con una rapidez...

--Sí; paréceme que siento como pesadez...

--¿No os dije? acaso os hará dormir...

--¡Dormir, Dios mío! y aquí... ¡Abrahem!!!

--¡Señora!

--¡Santo Dios! ¿por qué no me lo habéis dicho?

--¡Oh! será un momento... una hora.

--¡Una hora, Abrahem! Quiero marcharme... me pondré el antifaz...

--¿Qué decís? si queréis, mi lecho...

--¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Qué sueño, Abrahem, qué pesadez! es de plomo mi cabeza... Abrahem, Abrah... ah.... Bien.

Apenas tuvo fuerza para pronunciar esta última palabra, á la cual no podía ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó caer su brazo lánguidamente, abrióse su mano, y desprendióse de ella sobre su sitial el hermoso pañuelo que bordado de su propia mano traía, y en que lucía su nombre con gruesos caracteres góticos de oro y seda artificiosamente mezclados. El más profundo letargo había sobrecogido á la enlutada: y el astrólogo conocía efectivamente muy bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida.

--¡Es mía! dijo, después de un momento de silencio, el físico: ¡es mía! añadió levantando el antifaz con que se había cubierto la dueña la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola segura aquí para más de dos horas. Una hora tengo para hablar con su alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, sí, pero pagada. Ésta es la circunstancia que han de tener las intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitación y las puertas de ella: cerró la comunicación con la escalera secreta, y salió con dirección sin duda á la cámara de su alteza.

* * * * *

CAPÍTULO XXI

¿Cuyo es aquel caballo Que allá bajo relinchó? ............................ ¿Cuyas son aquellas armas Que están en el corredor? ............................ ¿Cuya es aquella lanza Que desde aquí la veo yo?

_Canc. de r.m. anón._

Más de una hora había pasado desde que el intrigante viejo había sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no había alterado en aquel espacio el más mínimo ruido la tranquilidad que en el laboratorio reinaba.

Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco buriel el otro, armado aquél simplemente con una espada, balanceando éste en su diestra mano un agudo venablo, entraron en la pieza inmediata á la del astrólogo.

--¿Conque está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese astrólogo?

--Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he visto en la cámara de su alteza. «Dentro de una hora, me dijo, estaré en mi aposento: esperadme, si tardare, un momento».

--¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!

--¿Por qué, Hernando?

--Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver y nos ha costado andar meses enteros perdiendo balcones en los montes de Calatrava, que así sirven para los de Madrid como sirven los más de los perros del rey Enrique para mi leal Brabonel.

--Así estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa suerte.

--Voto va, señor, que yo no tuve nunca más constelación que mi mano derecha, y lo que sé decirle es que siempre está escrito que muera el venado contra el cual disparo mi venablo.

--¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?

--No niego nada, pesiamí; pero si tienes enemigos, señor, y si quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna nueva no habías de poderte hacer una buena zamarra con la piel de la bestia.

--Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede más el ingenio que la fuerza.

--¿Y que no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para monteros de corazón. No gusto yo de ardides; pero por ti, válame Dios, que monteara yo presto de todos modos. También yo estuve en tu tierra; allí en Galicia aprendí la montería á buitrón, y más de un lobo he cogido al alzapié.

--Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza más de ardides de montería que intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.

--Toscos, señor, pero seguros. Aquí te espero, y á la buena de Dios. Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado pudiendo cazar.

--No temas, Hernando, que en el último apuro no ha de fallarme nunca una buena lanza, y eso es lodo lo que necesita un caballero. Entre tanto no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquél prevenido se está.

--Como de esas veces sale la fiera de donde menos se espera. El oso era enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea más feliz esta predicción del astrólogo que la pasada.

Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el objeto de su supersticiosa visita.

La luz que alumbraba la habitación era una lámpara de que sólo ardía un mechero, y ése con pálido resplandor, porque el adivino no ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solía estar sentado trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba la dama reclinada, caía del otro lado de la mesa, y el aburrido caballero se creyó solo por consiguiente.--No está, dijo para sí; le esperaré. No había mucho que se había abandonado en un asiento á sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distracción un ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados y creyó que su oído le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle en su primera sospecha.

--¿Quién hay aquí, dijo levantándose, quién? Alguien duerme en esta habitación: ¿será que el judío, rendido al poder del sueño?... pero santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo vestido se confundía en color con el fondo oscuro de los muebles y de la habitación. Una persona... ella... ella es... la dama que esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, santo Dios, por esta ocasión que me deparas propicio para averiguar lo que tanto anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de despertarla; ¡haced, Dios mío, que no venga nadie ahora, nadie!

La postura que el abandono de su letargo había hecho adoptar á la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa dormida: su ropa la cubría enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, y levantando el extremo de su vestido, dejaba ver el torneado y ascendente contorno de una pierna modelada por el deseo: no la hubiera hecho más perfecta la imaginación. Reclinábase sobre la una mano su cabeza y la otra, naturalmente caída, parecía destinada á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su extremada blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, la hacía semejante á esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse todavía á fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. La agitación de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada forma de su seno, que se alzaba y deprimía como suelen alzarse y deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda, y dejaba descubierta un instante la extremidad de su rostro, por la cual parecía poderse deducir fundadamente la hermosura del resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco más el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago más prolongado suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del ansioso espectador una porción del cielo que dejan á descubierto los intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo plateado.

El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni acercarse por no terminar él mismo con el más leve ruido la dicha de su contemplación, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como si hubiese de ir viendo cada vez más porción de aquel tan deseado rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.

No era, sin embargo, el descanso del tierno objeto de su expectación aquel que en la inmediación de la mañana tiñe en alegres imágenes la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible pesadilla producida por la pena, ó por una bebida ponzoñosa y antinatural. Algún gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho oprimido: un _ay_ oscuramente pronunciado moría al nacer en sus trémulos labios, y la mano que pendía, moviéndose con dificultad, parecía querer desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin duda su intranquilo sueño.

--Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién puede ser sino ella? ¿quién sino ella podría atar de esta manera mis acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitación que á un mismo tiempo me dominan?

Un movimiento, en fin, más marcado pareció anunciar que iba á despertarse.

--Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la muerte...

--No, dijo Macías sin poderse contener por más tiempo, no; la vida, la vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando Macías á tu lado?

Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el antifaz.

--Salgamos de una vez, exclamó, de esta penosa situación. Recordó entonces que en la mañana del mismo día había manifestado la enlutada su deseo de no ser conocida, y que él la había empeñado su palabra de no descubrirla.

--¡Horrible tormento! exclamó; pero respetaré tu voluntad, mujer cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un fuego desconocido corrió por sus venas.

--¡Dios mío! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué hacéis? ¡Abrahem! Pero, cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.

--Callad por Dios, callad, exclamó Macías mirando á la puerta. No llaméis á nadie: señora, ¿qué teméis?

--¿Quién sois? ¡Ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?

--¿Tu deseo? ¿has dicho tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.

--No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estáis aquí? ¿qué hacéis? Huid, huid ahora que os conozco.

--¡Cruel! ¿por qué?

--Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...

--¡No es mía! ¡mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, lo conozco, es el mismo.

--¡Imprudente! exclamó la dama retirando y escondiendo precipitadamente su mano.

--¡Elvira!

--¡Silencio!

--Vos sois, vos sois: no me lo ocultéis por más tiempo, si no queréis que muera á vuestros pies.

--Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hacia atrás para poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto que fuera inútil negároslo por más tiempo. Y ¿qué queréis? ¿qué exigís de mí?

--¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?

--Huid, pues, y no turbéis por más tiempo mi tranquilidad.

--¿Vuestra tranquilidad? y la mía, señora, ¿quién la turbó sino vos? ¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?

--¿Yo?

--¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? ¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?

--¿Yo?

--Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los míos, y bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á leer en ellos.

--Santo Dios, ¿qué decís?

--¿Juzgáis, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? ¿Creéis que no vale tanto un hombre como una mujer? ¿Imaginasteis que su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la compráis; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; ¡con amor!

--¿Pero, Macías, deliráis?

--Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la felicidad que anhelaba y que huía hace tres años. ¡Tres años, Elvira! Tú sabes los días, los larguísimos días que encierran cuando se pasan sin esperanza. He huido yo también, pero no hay hombre más fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Ámame, ó mátame.

--Elegid, caballero, lo que gustéis, exclamó Elvira fuera de sí, y haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osáis ofenderme, vos abusáis de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? ¿Olvidáis que no puedo ser vuestra nunca jamás?

--¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado olvidarlo! ¿Quién más dichoso entonces? Pero nunca creí que vos misma os complaceríais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese hidalgo...

--¿Y si os lo dijera mentiría? Le amo...