Oasis en la vida

Part 4

Chapter 42,714 wordsPublic domain

--¡Qué siento! Deploro ver llegar la salud, que vá á robarme la presencia de Vd. y volverme otra vez para Vd. un extraño.

--¡Ah!--respondió Julia, en tanto que el rubor encendía sus mejillas--yo creía que el dolor había hecho nacer en nosotros un sentimiento de fraternidad por ambos comprendido y tácitamente aceptado.

--¡Fraternidad! ¡oh! no se llama así el sentimiento profundo, inmenso, que llena mi alma. ¿A ese lo acepta V.?--

Julia, bajos los ojos, callaba.

--¡Ah! ¡deje V. que interprete en mi favor ese silencio; indíquemelo una palabra sola, una mirada!--

Las miradas de los dos jóvenes se encontraron.

Y la mano blanca, fina, satinada, de uñas trasparentes y rosadas, se posó en las manos de Mauricio, que la llevó á sus lábios.

--¿Para siempre?--demandó el uno.

--¡Para siempre!--respondió el otro.

Y quedaron así, juntas las manos, silenciosos, la mente llena de radiosas visiones.

--Esposa mia,--dijo Mauricio, saboreando con delicia esta palabra,--permíteme sellar nuestra eterna union, colocando en tu mano esta prenda misteriosa que llevé siempre conmigo desde niño, sin saber quien me la diera ni de donde me venía: persuadido solamente de que perteneció á mi madre porque lleva sus iniciales y la fecha de su matrimonio.--

Hablando así, Mauricio quitó del dedo meñique de su mano un anillo de oro y lo pasó al anular de la de Julia.

La jóven besó aquella reliquia con religiosa uncion.

Su bello semblante habíase tornado grave; su voz suavísima tomó un acento solemne.

--Si yo dudase--dijo--si yo dudase de la intervencion sobrenatural en nuestro terrestre destino, desde esta hora habría comenzado á creer en ella.--

Y abriendo el secreto de un medallon de esmalte negro que llevaba al cuello, tomó otro anillo de oro que presentó á Mauricio.

--He aquí--le dijo--la alianza nupcial de mi padre, que yo recogí de su mano, helada ya por la muerte.

Los que moran en el cielo, envían á sus hijos en estos signos visibles, su bendicion.--

En ese momento las paseantes del jardin invadieron el cuarto, llenos pañuelos y sobrefaldas de hermosas rosas primaverales, que esparcieron sobre la cama de Mauricio; en los muebles y hasta en el pavimento.

--Así se quitan los engreimientos--decía riendo, la señora Sanabria.--Seguid, señoritas, echadle flores; _date lilia_, como dice Ovidio.

--¡Ah, señoras mias--dijo Mauricio, profundamente conmovido--¡cuánta bondad! ¿Cómo podré yo, jamás, hacerme digno de ella? ¡Razon tenía el doctor, que me llamaba feliz!

--¡Ah pícaro! ¡hacía el muerto y nos escuchaba! ¡Niñas, esto merece juicio y castigo! ¿á qué pena le condenarán Vds.? Eso sí, ¡por Dios! no ser tan rigorosas como la otra vez.--

Tras breve cuchicheo, alzóse una voz que exclamó:

--Condenado á la concesion antes negada: á ser nuestro comensal.

--¡Bravo!

--¡Bravísimo!

--Honorable tribunal: No sé donde existe la costumbre de que el reo, despues de oir su sentencia, bese la mano á sus jueces. Yo pido esa pena más, en mi cruel condenacion.--

Las jóvenes tendieron al sentenciado sus blancas manecitas.

Las viejas, todas muy discretas, lo eximieron de esa verdadera penitencia.

XXVI

Como se acercara la hora de la comida, á la que segun lo había declarado el doctor y sentenciado el tribunal, Mauricio debía asistir, las señoras se retiraron para dejarlo vestirse y hacer ellas su propia _toilette_.

Las jóvenes que iban riendo entre ellas--¡Adios! decían, magestuosos peplums.

--¡Adios! ¡encantadoras túnicas griegas de perdidas mangas y dorados flecos!

--¡Adios! redecillas de perlas.

--Bandas caballerescas, ¡adios!

--Ahora, asimilarse lo más posible al último figurin de «La Estacion», y así perifolladas, sentarse á la mesa con nuestro bello comensal.

--¡Ay! mi hija, ¿sabes que me quedé helada el primer dia que entramos á su cuarto, despues del accidente? Esa puerta cegada que sirve de ropero, es la que está detrás del piano en tu saloncito, Julieta.

--Yo lo sabía,--dijo Julia,--pero sabía tambien, y Vds. como yo, que mi vecino estaba ausente.

--Y yo, no obstante eso, temiendo que nos hubiera escuchado, comencé á hacer mi exámen de conciencia, pensando en los disparates que pudimos haber dicho.--

La campana del comedor anunció prevencion.

Las jóvenes se dispersaron.

Mauricio se apresuró á vestirse.

Con qué sentimiento de gozo vióse, otra vez, en pié, actuando en la vida, y un rayo de felicidad iluminando su alma.........

Renata vino á interrumpir este arrobamiento.

Armada de plumero y escoba y en las manos una gran jarra con agua, la curiosa camarera se precipitó, más bien que entró en el cuarto.

--¡Gracias á Dios!--exclamó--He aquí otra vez al señor, sano y listo como antes....... y mejor que antes, ¡bah!....... ¡amado por aquel ángel del cielo!......

--¿Qué dice Vd. Renata? No comprendo...

--¿No comprende el señor? Yo sí. ¡Ah! si hubiera visto el señor las lágrimas que yo he sorprendido, cuando él estaba tendido, cerrados los ojos, y que el doctor auguraba tan mal.

Pero ya, ya todo pasó; y yo que creía que no podían ser ya más bellos aquellos ojos que inundaba el dolor, veo que son divinos inundados por la felicidad.

--Renata, Vd. es el órgano de los enigmas.

--¡Qué semejante el anillo que la señorita Julia tiene en el dedo al que Vd. llevaba antes en el meñique!...... Pero lo más particular es que ese que lo ha reemplazado, es idéntico á otro: una reliquia que ella guarda en su medallon y aplica á sus lábios cuando reza.

--Nada tan natural, somos novios y hemos cambiado alianzas--dijo Mauricio, en la inminente necesidad de poner en buen camino el ánsia curiosa de la camarera.

Oyóse de nuevo la campana y madame Bazan vino muy contenta, en busca de Mauricio, para llevarlo al comedor.

XXVII

No hay médico tan hábil para las rápidas curaciones como la felicidad.

A su dulce influencia, Mauricio recobró luego la salud y volvió al trabajo con un ardor, perseverancia y afan que asombraron, inquietándolo, á Emilio, uno de sus compañeros de labor.

Era que tenía prisa de llenar las condiciones que él mismo había impuesto á la realizacion de su dicha: adquirir, si no una fortuna, un holgado bienestar, al menos, que ofrecer á la criatura idolatrada que iba á ser su esposa.

Pero ¡ah! el lucro en el trabajo, si bien seguro, es lento, y tarda en llegar.

Solo con audaces golpes de mano, y no en esa esfera de luz, sino en las regiones tenebrosas de la política, se improvisan las fortunas que con asombro vemos surjir, no obstante conocer su orígen.

Este pensamiento nublaba á veces su frente.

Una mirada de Julia le restituía la felicidad.

--¡Ah!--solía decirle ella entónces,--¿por qué no hemos de unir nuestro destino en el trabajo, como se han unido nuestros corazones en el amor? ¿Qué goces de la opulencia igualarán á la dulzura de caminar juntos, á través del destino, y apoyado el uno en el otro, buscar el pan de la vida?

--No, amada mia--respondió Mauricio, con acento de autoridad--nunca permitiría á mi esposa encadenarse á esa ley de labor, mision del hombre.

¡Ah! cuando seas mia, ¿había de dejarte salir de mis brazos para ir á desafiar las humillaciones, á que el trabajo expone á la mujer en el áspero contacto de la vida? ¡Jamás!

--Esperemos--repuso ella--pero, no impacientes, sino con plácida resignacion. ¡Ah! en cuanto á mí, encuéntrome tan feliz, que quisiera vivir eternamente en este trocito de cielo.--

Mauricio pensaba tambien así, en esos dulces momentos; pero en otros, las tristezas volvían á su alma.

XXVIII

--Tienes una carta en el correo--dijo Emilio á Mauricio, cuando éste entraba en la redaccion.

--¿Sí? Pues voy ahora mismo por ella. Quizá es de Francia. ¡Cuánto tiempo que nada sé de aquella querida gente!

Y salió á prisa.....

--La 3.3_S_4 para Mauricio Ridel--dijo éste al empleado del Correo en las cartas de posta restante.

Entre varias personas allí presentes, hallábase un caballero que al oir aquel nombre, volvióse y miró al que lo pronunciara.

El empleado con una carta en la mano, dirijió á Mauricio el sacramental--¿Puede Vd. dar comprobante de su persona?

--¿Si el señor quisiera aceptarme por fiador?--dijo á Mauricio con una voz benévola y tranquila, el caballero que en él se fijara.

--¡Ah! señor--respondió éste--no sé si debo......

--¿Por qué no, señor?--interrumpió el empleado--con tal fianza, no solamente esto: un tesoro.--

Y dió á Mauricio su carta.

Cuando éste se volvió hácia su favorecedor para darle las gracias, él lo interrumpió para preguntarle si era hijo del señor Cárlos Ridel.

--Soy su hijo único, señor; y á mi vez suplico á Vd. me diga por qué me hace esta pregunta.--

El desconocido, sin responderle, presentóle su tarjeta y le dijo:

--Ruego á Vd. que, acompañado de alguna persona caracterizada y de antigua relacion con el señor Cárlos Ridel, se presente en la oficina 128 Rivadavia, donde haré á Vd. una comunicacion que muy mucho le interesa.--

Perplejo, sin saber que quería de él el desconocido; pero atraido por el timbre simpático de su voz, buscó su nombre en la tarjeta que tenía en la mano, para saludarlo con la expresion de su gratitud.

--Eduardo M. Coll--leyó.

--No conozco este nombre: Pero ¿á quién conoce en su patria el pobre proscrito?

XXIX

--Mi querido tutor--dijo Mauricio, presentándose al escribano D...--necesito, una vez más, ampararme de su férula para un asunto misterioso en que debo actuar.--

Y refirió al escribano lo ocurrido en la casa de Correos, entregándole la tarjeta del fiador desconocido.

--El señor Eduardo M. Coll, hijo mio, es Gerente de «La Buenos Aires», Compañía de Seguros en la que yo mismo soy accionista ¿qué será ello? Vamos allá.....--

El presidente don Emilio N. Casares y el Gerente, recibieron al señor D.... como á un antiguo amigo.

Presentado Mauricio Ridel, el Gerente le manifestó que á la muerte de Cárlos Ridel, la Compañía había solicitado la presencia de los herederos, y demandado del síndico de la quiebra, la entrega de la póliza número 49 de un seguro que hiciera el señor Ridel.

La póliza no se encontró, ni en sus papeles particulares, ni en los de la razon social.

--¿Existiría en poder de Vd., por acaso?

--No señor--respondió Mauricio--El señor D.... ha manejado mis intereses, desde la muerte de mi madre, hasta el dia que, por mi órden, los entregó al concurso; y ni él, ni yo, hemos recibido papel alguno perteneciente á mi padre.

--Esme grato decir á Vd. que, en último caso, la presencia del heredero suple la falta de la póliza. Bastaría un documento del señor, con la declaracion de único heredero; el certificado del médico y la partida de defuncion. Veremos la resolucion del Directorio. Si fuera favorable, para llenar ciertas fórmulas, se pondrán avisos por seis dias, solicitando la póliza de vida del señor Cárlos Ridel.

XXX

Antes de aquel término el Gerente de «La Buenos Aires» recibía una citacion del Banco Nacional con motivo del aviso que por su órden registraban «La Prensa» y «La Tribuna Nacional».

Acudió el Gerente, y supo que allí se hallaba, depositado por el señor Cárlos Ridel, un paquete cerrado, que en Junio de 1888 debía ser entregado á la Compañía de Seguros «La Buenos Aires».

Abierto el paquete, encontráronse con la póliza de seguro sobre la vida de Cárlos Ridel, por 20,000 $ m/n. en 20 años, y en la que constaba el abono de la primera anualidad de 792 $ m/n.; una carta á su esposa, y en defecto de ésta, á su hijo Mauricio; y una letra por 792 $ m/n. á la órden de Cárlos Ridel y endosada por éste á «La Buenos Aires», como la segunda cuota que debía pagar por su póliza.

Mauricio leyó la carta que acompañaba estos documentos.

«Cuando leas estas líneas, mi bien amada Lucrecia,--decía Ridel á su esposa--muerto ó vivo, habrás de perdonar mi primera y única desobediencia, en gracia del motivo que la inspiró; hélo aquí:

«Tengo por toda institucion benéfica, la más alta estima; y profunda gratitud por las que se levantan en nuestro país.

«Entre estas, las Compañías de Seguros sónme especialmente simpáticas, sobretodo, «La Buenos Aires», por su importancia y valiosa organizacion.

«Así, en tanto que me permitas ser su accionista, he querido pertenecerle, al menos, por un seguro»......

Mauricio no pudo leer más.

Una ola amarga subió á su corazon despertando todos los antiguos dolores filiales.

En la vida como en la eternidad, siempre la sombra fatídica de su madrastra venía á colocarse entre él y su padre....

Pero, luego, la imágen de Julia, como un rayo de luz, borró aquella penosa impresion.

XXXI

--La Capilla de Nuestra Señora de las Victorias tenía hoy un aspecto imponente. Llenábala el cortejo de una boda.--

Así llegaron diciendo las jóvenes de vuelta de misa de ocho.

¡Una boda! Suena tan bien esta mágica palabra, que muy luego tuvo toda la casa por auditorio.

Y las jóvenes continuaban, y en su entusiasta lenguaje:

--¡Qué bella pareja!--decían.

--El, todo un buen mozo; con un aire tan sério y distinguido.

--¡Ella! ¡morena más linda! Qué alianza encantadora de lo blanco de la piel y lo negro de ojos y cabellos!

--¡Muchachas! ¡no hay que exagerar!

--¡Oh! si nada hemos dicho todavía. Escucha.--

Y dejando por aquí y por allí, sombreros, guantes y abanicos, continuaron, quitándose unas á otras la palabra:

--Que bien estaba la linda morocha, en su vestido de faya, tan sencillo como elegante, y su velo de tul de seda liso: el todo sin más adornos que azahares naturales.

--Un pié de Cendrillon calzando un zapatito de raso blanco, adornado tambien con azahares.

--Un precioso abanico formado de mariposas trasparentes: y chico, á la última moda.

--Pocas señoras; muy elegantes todas.

--Pero ¡qué gran séquito de caballeros! Toda la prensa: el general Mitre, Bartolito, Dávila, Lainez, Vedia, Laurencena, Lalanne, Walls, Ribaumont, Ortega, Alberú, Mulhall y tantos otros.

--Estaban tambien Eduardo Coll y Emilio Casares que fué el padrino y que dicen ha hecho un régio obsequio á la novia.

--Muchos literatos; el general Sarmiento, Santiago Estrada, José María Zuviría, el ministro de Bolivia doctor Vaca Guzman y tantos otros, hija, que yo no conozco. Apenas cabíamos en la capilla.

--El celebrante, que era el elocuentísimo padre Pera unió á los contrayentes con las palabras sacramentales, pronunciadas con uncion conmovedora.

Despues, volviéndose al auditorio, habló de la excelencia del matrimonio, de su orígen divino, de su utilidad en la comunion humana, de la santidad de su fin, del viático de virtudes que á él debe llevarse.

--Señores,--añadió--permitidme presentaros un modelo de esas virtudes en los cónyugues que acabo de unir: dos hijos animosos del trabajo. El uno, despojándose de una gran fortuna para salvar de la deshonra la memoria de un padre; el otro, en la débil adolescencia, luchando valerosamente con las dificultades de la vida y el desamparo de la orfandad.

Se amaban. Libres, podían unirse el uno al otro.

Pero eran pobres; y en la rectitud de su corazon, querían preparar el hogar, antes de traer la familia; y dados al trabajo, aguardaban, en ese penoso retardo á su dicha, resignados, confiando en Dios y en la fortaleza de sus almas.

Mas, no en vano confiaron en «Aquel que forma de las piedras hijos á Abraham»....

Existen varias instituciones creadas con capitales formados por la honradez y el trabajo, que con el modesto nombre de Compañías de Seguros, ejercen la más benéfica influencia en la vida económica de los pueblos; porque, cualquiera que sea la forma en que se tome, el seguro encierra el bienestar futuro de la familia.

En el seno de una de esas asociaciones tutelares, «La Buenos Aires», la Providencia guardaba un tesoro que á su hora, hizo surgir para recompensar la abnegacion filial y dar la felicidad á los que, creyendo en ella, esperaban.

--¡Que el Altísimo os bendiga!--

Y cayendo de rodillas, el hombre de Dios se absorbió en mental plegaria....

--Corrimos al pórtico para ver el desfile de la comitiva.

Veinte carruajes aguardaban alineados, al borde de la vereda.

Los esposos, entrelazados los brazos, salieron seguidos del cortejo, que se reunió delante del coche nupcial.

El novio estrechando con efusion la mano á Coll.

--¡Noble corazon!--le dijo--¡que el espectáculo de nuestra felicidad sea su recompensa!

Y volviéndose á la comitiva cambió con ella una mirada de inteligencia; luego dirigiéndose al cochero.

--¡Al muelle de pasageros!--ordenó.

La novia mirándolo sorprendida.

--¡Al muelle de pasageros!--repitió--¿Dónde vamos, pues?

--A Francia, amada mia, para pedir al sepulcro los restos que lloras y devolverlos á la tierra de la patria.

La jóven exhaló un gemido y arrojándose en los brazos del esposo, escondió la frente en su seno.

Todos lloramos....

Yo tambien lloraba.

End of Project Gutenberg's Oasis en la vida, by Juana Manuela Gorriti