Oasis en la vida

Part 3

Chapter 33,911 wordsPublic domain

--Pero si no ha comido ni el peso de un adarme. Un cachito de pan y medio trago de vino. ¡Jesús! no lo haría peor un cartujo.--

¡Nada! Más pegado todavía á la cuartilla, Mauricio, callando como un muerto, escribía, escribía.

La astuta camarera, dando otro giro al ataque:

--¡Poder de la curiosidad!--exclamó.--Dos jóvenes charlan en la vecindad. ¿Qué dicen? Fruslerías, fruslerías, que, sin embargo, el señor, de pié, quietecito y el oído en acecho, escucha, al parecer, tan absorto, que no me siente llegar, ni el ruido que hago al servirlo.--

Con gran contento de la pillastrona, aquella bomba produjo el efecto deseado.

Mauricio se enderezó; y volviéndose vivamente hácia ella:

--Mi buena Renata--díjole estrechando sus manos--espero que esas señoras no quieran hacerme un calvario por el inocente placer de haber escuchado, no sus palabras, sino el éco dulcísimo de su voz.

--¡Vaya! no le harían á Vd. un calvario y sí hasta dos, si lo supieran. Pero, ¿quién ha de decírselo? No seré yo, por cierto; yo, que cuando estaba allí con ellas, ya imaginaba que usted estaba ocupado en escucharlas. Porque, señor, para juzgar de los otros con acierto, no hay como poner la mano sobre el propio corazon.

Así, cuando encontré á Vd. extático, no lo tomé á novedad.

--¿Entónces, Vd. me absuelve y no cree que he procedido mal?

--No, por cierto. ¿Qué daño hácia Vd. á esas señoritas en escucharlas?

--Es Vd. una excelente jóven; una verdadera francesa por su bondad y honrada indulgencia.

--El señor me favorece. Pero en verdad, nada tan natural. Un jóven se encuentra solo, encerrado como en una prision; oye de repente, cerca de sí, voces frescas que ríen y hablan; y aunque digan nimiedades que él no entiende, interésanle esos misterios femeninos y escucha. A fé mia, yo hubiera hecho otro tanto.

--Querida amiga, me alivia Vd. de una penosa preocupacion. Yo estaba confuso, avergonzado.

--¡Oh! ¡bah! pues yo pienso hacer más: quiero presentar á Vd. las señoras de esta casa; quiero que vengan á que Vd. haga con ellas íntimo conocimiento.

--¡Qué dice Vd. presentarme á ellas!

--Usted á ellas, no; ellas á Vd.

--¿Cómo puede ser eso? Vd. se burla.

--Ya verá Vd.--dijo ella con misteriosa sonrisa.

Y salió, cerrando tras sí la puerta.

Mauricio se quedó dando vueltas en torno al enigma que había dejado ante él la traviesa sirvienta; en la mente, la imágen ideal de Julia Lopez; en el corazon, el éco dulcísimo de su voz.

XVI

Una ruidosa invasion en la vivienda inmediata interrumpió aquellas cavilaciones.

Risas, remocion de muebles, apertura del piano.

Una mano inteligente, pero ¡ay! no la mano de aquella noche, recorrió el teclado con una avalancha de melodías.

--Por Dios, Rosita, acaricia ese obsequio de la señora D..., no lo aporrées--decía la voz que Mauricio sentía vibrar en su alma.

--¡Ah!--replicaba otra--esa intemperancia de manoteos es lo único que me desagrada en la escuela francesa.

--Y lo que yo nunca pude sufrir en Gottschallk--añadió la voz temblona de una vieja;--cerraba los ojos para no verlo en el piano; porque me parecía un caballo picado de tábanos. (Perdóneme el arte esta blasfemia).

Rosita, moderando su ruidosa manera, ejecutó una preciosa composicion.

--¿Qué es eso?

--«La Emancipacion de la Mujer».

--¿Quién es su autor?

--Ortíz Zeballos, un artista limeño.

--¡Un hombre, partidario de esa causa!

--¡Un fénix!

--¡En verdad! ¡con qué ardor atacan los hombres esa idea!

--¡Y con qué argumentos! El otro dia lei en un artículo firmado por una notabilidad literaria:

--.... El mismo Cristo, en las bodas de Caná, estableció su dependencia del hombre.--Mujer, dijo á su madre, que le pedía un milagro, ¿qué hay de comun entre tú y yo?

Alicia, ruégote que tomes de sobre aquella mesa los Santos Evangelios y leas en San Juan las palabras de Jesús á su Madre, en aquella ocasion.

Oyóse hojear el libro y la voz de Alicia leyó:

--..... Y como faltara el vino, dijo á Jesús su Madre:--«No tienen vino»--y Jesús respondió--«Mujer, ¿qué tenemos que hacer en esto, tú y yo? Mi hora aún no ha llegado».

--Jesús se refería á la edad en que un profeta debía comenzar su obra: los treinta años, que él no había alcanzado todavía.

Pero la madre que tenía la seguridad de ser obedecida, dijo á los criados:--«Haced lo que él os dijere.»

Y Jesús obedeció: y por obedecerla hizo su primer milagro: convirtió el agua en vino esquisito que hizo exclamar á los convidados:--«¿Por qué nos dan ahora este vino que debimos gustar al principio?»

--Pues que de citas equivocadas se habla, ninguna como la de aquel señor diputado que en plena Cámara llamó precepto evangélico al--«Creced y multiplicaos»--del Génesis.

--Y diputado por Córdoba: la ciudad teóloga por excelencia.

--¡Ah! ¡y que con todas estas deficiencias se atrevan los hombres á disputarle á la mujer su emancipacion!

--Emancipada ó no, la mujer será siempre reina del mundo. Nada en él se hace sin su influencia: todo por obedecerla, para agradarla, por merecerla.

Recorramos la Historia, desde los remotos dias de la creacion, hasta la hora presente.

¿Qué encontramos?

Siempre y en todas partes el culto de la mujer.

A ella, por ella, para ella. He ahí el móvil humano en toda la extension del planeta, como diría Emilio Castelar.

--Puedo afirmarlo yo--intervino la voz de la anciana--yo, que he vivido y visto mucho; yo, que, durante los últimos catorce años, he tenido ante mí, el espectáculo repugnante del despotismo de una esposa y la sumision de un marido.

Era aquello tan odioso, que más de una vez me sorprendí anhelando para ella la esclavitud; y en él, con un garrote en la mano, una hora de tiranía.--

Risas.

--¿Quiénes son ellos?

--Por Dios, misia Laurencia, delátelos V.

--¡Ah! demasiado alto ha delatado una doble catástrofe, esa culpable inversion de la debilidad y la fuerza.--

Siguió un largo silencio.

Luego, aquí y allí--Ya sé--Ya sé--dijeron varias voces.

--¡Ay!--Ya sé--podía decir tambien, aquel que detrás de la puerta escuchaba.

Y en el corro femenil:

Usted habitaba en su vecindad, ¿no es cierto?--dijeron.

--En frente mismo de su casa, con nuestros balcones, por decirlo así, cara á cara, mediando solo, entre unos y otros, la angosta calle de Esmeralda: en la mayor proximidad. Sin embargo, y por esto mismo, nunca nos tratamos. Yo no podía sufrir, ni de vista, á aquella mujer autoritaria, que hacía de su marido un esclavo y lo ponía en ridículo con las extravagancias de su capricho. Hace daño el espectáculo de tales desequilibrios en un hogar.

Así, cuando dejé aquella casa al propietario que quería habitarla, aunque hacía años que moraba en ella, me plació alejarme de la proximidad de aquel infierno.....

¿Sonrien Vds.? ¡Ah! otra cosa era oirlo. Aquel eterno contrariar cuanto pensaba ó deseaba el esposo.

¡Y este!... El desventurado, por más que ante ella sonreia siempre, á vueltas de esa sonrisa su semblante estaba triste.

Una vez sola, vilo con aire gozoso. Fué pocos dias antes de su muerte.

Salía yo de aquí, á tiempo que él pasaba en compañía de un amigo, á quien decía alegre frotándose las manos:

--Dice V., que tiene curiosidad de saber ¿por qué estoy tan contento?

--De seguro, un buen negocio--replicaba el otro.

--Sí; pues anda V. léjos--breve: es un obsequio que he hecho á mi mujer en el porvenir; y lo mejor aún, sin que ella lo sospeche, siquiera; y todavía, contra la poderosa voluntad de aquella querida criatura.

El desgraciado hablaba así, de aquella que lo arrastró á la ruina y á la muerte.

--¡Pobre mujer! demasiado cruelmente ha expiado sus faltas. ¡Paz á su memoria!--oyóse decir á Julia Lopez, con piadoso acento.

--Yo he hablado así, hija, y hecho esas referencias, para impugnar, ya sea explícita, ya implícita, la emancipacion de la mujer.

¿Qué piensa Vd. de ello, Julia?

--Yo pienso que la mujer es la mitad del hombre; que ambos son las dos partes integrantes de un ser; y que, por tanto, están destinados á juntarse y unirse eternamente por el amor, para formar el Todo humano: la idea del Creador...--

Mauricio sintió una ola de deliciosa embriaguez inundar su alma.

El, tambien, creyó que le faltaba la mitad de sí mismo, parecíale que venía á él, que se acercaba; que la voz que hablaba era la suya y lo llamaba.

Cuando el nimbo radioso que lo envolvía se hubo disipado, y Mauricio pudo darse cuenta de lo que en él pasaba, encontróse profundamente apasionado.

Otro habría reido del idealismo de ese amor, encarnado en el sonido de una voz, en la sombra de un velo.

Mauricio le abrió el corazon y se entregó á su misterioso encanto.

XVII

El reloj de la casa, dando las cuatro, despertó á Mauricio de aquel enagenamiento.

Parecióle descender de elevadas esferas y miró con asombro en torno suyo.

Su trabajo concluido, enrollado y sobre el sombrero, aguardaba desde las dos de la tarde que debió ser puesto en caja.

Avergonzado de aquella inexactitud, apresuróse á correr á la imprenta, no sin las precauciones del proscrito: escurriéndose sin ruido y cuidando de no ser visto al salir de su cuarto.

Felizmente, el diario había debido preferir la publicacion de documentos más urgentes.

XVIII

Aquella noche, Mauricio encontró sobre la mesita central de su cuarto y bajo el globo de gas, un album en cuero de Rusia con sus broches de plata cuidadosamente cerrados y un aire de coqueto misterioso.

--Hé aquí el enigma insoluble de Renata--pensó Mauricio.

Nada tan claro y sencillo.

Sin embargo, al abrir aquel album, al contacto de sus páginas, sentía algo del pavor que inspira el santuario.

Iba á descorrerse el velo que ocultaba al objeto de su amor.

El album aquel era un libro _sui géneris_; una galería de retratos seguida de filiaciones biográficas que le daban interés y novedad.

Contenía en órden cronológico las fotografías de todas las señoras que habitaban la casa.

Comenzaba la série, el retrato de una dama de sesenta años, con ojos vivos y alegrísimo semblante.

Su filiacion decía que la señora de Sanabria era viuda de un rico estanciero y poseía campos y haciendas innumerables.

El biógrafo terminaba cada filiacion con un chiste referente al carácter de su heroina.

Así, de la señora de Sanabria, decía que, de una manera desordenada, tenía la manía de la caridad. Para poner á sus anchas la confianza de sus pobres, declaraba sus riquezas inagotables, conjurándolos á pedir y pedir.

A esta seguía la señora Zárate, antigua directora de un colegio de niñas fundado por la Sociedad de Señoras de la Misericordia y servido por Hermanas del Huerto.

El carácter de la Zárate, concluye el biógrafo, es tan recto y justiciero, que, un dia, asistiendo á la clase de religion, oyó á la profesora explicar la escena de Jesús, niño, en el templo, con su Madre y los doctores de la Ley.

--Pues yo, hijas mias--dijo ella dirigiéndose á las chiquitinas--yo, en lugar de mi Señora, en el templo y delante de los doctores de la Ley, le habría dado á mi Señor Jesucristo una _limpia_ de azotes por cimarron.

Al siguiente dia, delatada por la hermana profesora de religion, perdía su puesto en la escuela.

Pero Aquel que lee en los corazones, indemnizó aquella pérdida, mandándole el beneficio de una herencia con la que vivía tranquila.

Seguía así una docena de viejas que apesar de su insignificancia, Mauricio las contemplaba con profunda gratitud.

Ellas habíanle abierto las puertas de aquella casa, donde le aguardaba el dulcísimo sentimiento que llenaba su alma.

Grupos de jovencitas, lindas todas--pues que la juventud es belleza--llenaban el resto del album.

Sobre ellas el biógrafo había arrojado una lluvia de flores, de esas flores que convienen á todas las jóvenes, sean grandes ó chicas, rosadas ó pálidas, morenas ó rubias.

Mauricio sintió temblarle la mano y el corazon, al volver la última página.

Un cerco de viñetas representando coronas y ramilletes, ofrendas de cariño, rodeaban el retrato de una jóven morena, esbelta, de rostro oval, frente elevada y abundosos cabellos.

Vestida de negro, con esa sencillez elegante y severa que es y será la moda en todos los tiempos, cruzados los brazos sobre el pecho, apoyábase en la reja de un balcon.

Sus grandes ojos negros miraban á lo léjos, y una ténue sonrisa suavizaba la seriedad de su boca.

En aquel semblante, á la vez, juvenil y reflexivo, había un encanto indefinible, que atraia y hacía meditar.

Mauricio, cerrando los ojos, cotejó aquella imágen con la que había en su corazon....

Era la misma, era el ideal que soñara bajo el velo de crespon negro en la rada de Pouillac y en la bahía de Rio Janeiro....

XIX

¿Cuánto tiempo permaneció así, fija la mirada en aquel retrato, absorto en su contemplacion?

Gritos de alarma demandando auxilio alzáronse de repente del interior de la casa, llenando de terror á sus tímidas habitantes, que medio desnudas, asomaban á las puertas, haciendo coro al angustioso clamor.

Vuelto de su abstraccion, Mauricio tomó un revólver y se lanzó al través de los patios, guiado por la voz, ya medio ahogada, de una mujer que llamaba en su ayuda.

El lugar de donde partían los gritos, era una habitacion cuya puerta estaba cerrada.

Mauricio no quiso llamar: saltó por una ventana y se encontró en un dormitorio, encarado con tres hombres, dos de los cuales pugnaban por amordazar á una mujer, en tanto que el tercero desbalijaba los cajones de una cómoda de donde había extraido un paquete de billetes de banco y un cofre de ébano con incrustaciones de plata.

Los primeros, creyendo sobre ellos la policía, dejaron á la mujer, y abriendo la puerta, huyeron á tiempo que Mauricio les enviaba dos balas de su revólver.

El otro, sin soltar su presa, quiso huir; pero Mauricio, tomándolo por el cuello, lo arrinconó en un ángulo del cuarto.

El bandido logró echar al seno el paquete; y sin desprenderse del cofre, con la mano libre, sacó rápidamente un cuchillo y lo hundió en el pecho de Mauricio.

Cuando guiada por Renata llegó la policía, la mano del herido, á impulsos de una convulsion, estrechaba todavía el cuello de aquel caco tan empecinado en el latrocinio, que aferrándose al cofre y paquete de billetes, costó trabajo arrancarlos de sus manos.

XX

Cuando Mauricio volvió en sí, despues de largos dias de estar entre la vida y la muerte, encontróse en su cuarto, acostado en su cama, el pecho cubierto de vendas, bajo las que sentía, sin darse cuenta de ello, la punzada de un dolor sordo y persistente.

A la semiclaridad que penetraba al través de espesas cortinas en puerta y ventana, Mauricio divisó dos personas sentadas al lado de la cama.

Aquella que estaba enfrente á él, era una anciana.

¿Conocíala?

No podía recordarla, pero creía haberla visto otra vez....

De pronto, se sobresaltó, y en su corazon hízose un gran tumulto....

Sobre una falda negra, lo único que descubría de la persona sentada á su cabecera, habíase extendido una mano blanca, fina, satinada, con uñas rosadas y transparentes.

¡Oh! esa mano sí, la conocía él. La distinguiría entre mil otras manos bellas, porque la tenía presente, siempre, desde que la vió enjugando lágrimas en la rada de Pouillac.

Mauricio quiso volverse para mirar al dueño de aquella mano; pero al primer movimiento sintió un dolor agudo que le obligó á quejarse.

Sus dos enfermeras se inclinaron hácia él.

--¡Cuidado, mi hijo!--díjole la una--¡Quietud y tranquilidad! Así lo prescribe el médico.--

La otra guardó silencio; pero fijó en Mauricio una mirada de dulce conmiseracion que llenó de delicias su alma.

A la luz de aquella mirada, los recuerdos acudieron en tropel á su mente.

Los retratos del album; su amorosa contemplacion; el grito de alarma; el despertar de su arrobamiento; su entrada en aquel interior desconocido; los semblantes aterrados de sus vecinas; su lucha con los ladrones, su herida... Despues, allá, como entre nieblas, un largo anonadamiento.

Sus dos enfermeras habían vuelto á sus puestos.

Mauricio cerró los ojos y se quedó inmóvil, entregado á un dulce desvarío.

XXI

Llegó el médico, y tras él las vecinas, que venían á escuchar el diagnóstico del facultativo.

--¿Cómo vá nuestro enfermo?--preguntó éste, acercándose á la cama.

--¡Ay! doctor Ramos--respondió la anciana--un momento creimos que volvía en sí y abría los ojos; pero solo fué aquel un movimiento automático; y hélo ahí más inmóvil y postrado.--

El médico entre tanto consultaba el pulso del herido y examinaba su semblante.

--Pues yo digo á Vds., señoras, que la fiebre ha bajado hasta el punto de desaparecer. Esa inmovilidad es sueño natural, que es necesario ayudar, dejándolo en completa quietud.

Cuando despierte, renovadle el apósito. Esta noche haré yo esa operacion que ahora dejo en manos de la señorita Julia; pues, en esta ocasion, ha dado pruebas de hábil practicante.

--Efectos de mi buena voluntad, doctor.--

Mauricio escuchaba radioso.

Habría querido llevar la mano á su herida, para tocar el sitio donde se había posado aquella mano adorable.

Y el doctor, haciendo un ojito de malicia:

--¡Qué mozo feliz!--concluyó--¡rodeado de enfermeras tan bellas!

--¡Ah! doctor--dijo la anciana, que no era otra que la señora de Sanabria--es lo menos que debemos á nuestro salvador. Sin él nos habrían degollado aquellos desalmados.

--Y Vd. perdido sus joyas.

--Y mis billetes de banco: cinco mil nacionales, doctor.

--¡Demonios! ¿Creo que los tres están en poder de la justicia?

--¡Ay! ¡si! ¡Pobres!

--Doctor, el enfermo tiene mucha sed. ¿Qué bebida le daremos?

--Orchata con hielo, á discrecion.

XXII

Ido el médico, formóse en torno á la mesita central el corro femenil. Julia estaba en él. Mauricio, entreabriendo los ojos, veia su silueta destacándose en el claro oscuro del cuarto, blanca, ligeramente pálida en su vestido de luto.

Tenía en la mano un trozo de tela de lino que deshilaba con sus rosadas uñas, colocando cuidadosamente las hebras extraidas en un papel de seda, abierto sobre la mesa.

--Se dá Vd. un trabajo inútil--díjole la señora de Sanabria.--Yo he traido un paquete de hilas de la botica.

--Quién sabe qué manos las hicieron y de qué tela.

--Julia tiene razon. Ejemplo: Fernando B... padeció dos años de un cortesito en la mano, convertido en una grande llaga, por el uso de ciertas hilas que, averiguado su orígen, resultaron ser despojo de la sábana de un enfermo de viruelas.

--¡Qué horror!

--¿Y ha escrito Fernando B...?

--De todos los lugares donde se ha detenido: de Barcelona, de Valencia, de Sevilla. Encantados él y Carmencita.

--¡El, desde luego! Es su patria.

--Pues, hé ahí, que, en la ciudad natal, Madrid, aguardábale un gran pesar; uno de esos pesares que es necesario haberlos sentido para poderlos comprender.

El dia mismo de su llegada á la Corte, hijo amante, fué á visitar los sepulcros de sus padres, que, diez años antes, había dejado con un adios de lágrimas y plegarias.

Pero al llegar al sitio que antes ocupaba el cementerio, no pudo reconocerlo. Reemplazaban al fúnebre recinto, calles y edificios....

--¡Ay! ¡padre querido!--murmuró Julia, juntas las manos--¡quién me dice á mí, que cuando algun dia me sea dado ir á buscar tus amados restos, no encuentre desaparecido el sepulcro que los guarda!--

Mauricio envió una execracion al destino, que le negaba la dicha de realizar para Julia esos anhelos, que constituian la felicidad de su alma.

Execró, sobre todo, la vanidad de esa utopía que tanto tiempo había mecido sus ensueños. Querer es poder...

--El relato de Vd. misia Laurencia, ha entristecido á Julia.

--Pésame de ello. En verdad, que estas pláticas en que se mezcla el dolor, despiertan siempre écos de reminiscencia en algun corazon. Hablemos de otra cosa.

--¡Qué bien duerme nuestro enfermo! Si parece que no respira.--

Era que Mauricio comprimía el aliento para mejor escuchar el cuchicheo de aquellas nimiedades que, inmensamente, sin embargo le interesaban, porque Julia tomaba parte en ellas.

--Es hora de renovar el apósito; pero el doctor ha recomendado que se le guarde el sueño.--

A la idea del contacto de esa mano que iba á posarse en su pecho, Mauricio sintió un estremecimiento delicioso que le recordó la leyenda del condenado que, camino del infierno, se despeñó en una sima y.... cayó en el cielo.

--Al cabo llega Vd., Renata.

--¡Ah! señorita Julia, en este momento acabo el arreglo de los cuartos. ¿Cómo vá el caballero? ¿Debe tomar alguna bebida?

--Orchata con hielo. Vaya V. á traerla de la Confitería «La Gema.» No de otra parte, porque allí la hacen deliciosa. Al volver, compre Vd. de paso el hielo en cantidad bastante á cubrir la garrafa. Porque el hielo dentro del líquido, es malsano.

--Yo creía que la mejor orchata es la que se hace al minuto: pisando la almendra en el momento de confeccionarla.

--Yo tambien creía eso; pero un dia tomé una orchata en «La Gema» y declaro que es esquisita.

--Qué magníficos aguinaldos han llegado á esa confitería; qué lujo y variedad de bombones; qué delicadas masas, y los dueños, los hermanos Baez, tan afables y corteses.

XXIII

El Director del diario en que Mauricio escribía, vino á visitar á su empleado.

Fué entónces preciso que el que fingía dormir, se despertara.

El distinguido hombre de mundo saludó al grupo femenino con galante cortesía.

--Perdon, señoras mias,--dijo inclinándose respetuoso.--La oscuridad y el silencio me hicieron creer que el enfermo estaba solo. Grande ha sido mi sorpresa encontrándolo rodeado de tan amable asamblea.

--Confiese Vd., señor, que su verdadera sorpresa fué nuestro silencio--repuso misia Laurencia.--Pero Vd. se engañaba: charlábamos; bien que con el secreto que es el fuerte de las mujeres--concluyó la viejecita, guiñando un ojo con espiritual picardía.

El Director rió del chiste.

Luego, acercándose á Mauricio, informóse del estado de su salud; habló con él de los asuntos del diario; de la importancia de algunos de sus trabajos editoriales.

Despues, abordando la broma.

--¡Ah! señor folletinista--le dijo, volviéndose hácia las señoras para generalizar la conversacion;--Vd. ya no se contenta solo con escribir dramas y romances: los pone en accion.

Y dando una furtiva mirada á la esbelta figura de Julia:

--Veo venir el idilio--prosiguió.--A éste seguirá un epílogo..... y..... un dulcísimo punto final.

A estas palabras, por un impulso unísono de misteriosa intuicion, Julia y Mauricio, volviéronse el uno hácia el otro, y sus miradas se encontraron.

Desde esa hora, ambos supieron que se amaban.

Nada de ello tampoco escapó á la perspicacia del Director. Sonrió con la benevolencia que las altas inteligencias acuerdan á estos juveniles poemas de la vida: y se despidió, recomendando á las señoras, no engreir á su enfermo, y devolverlo cuanto antes á las luchas del periodismo, la más fortificante de las convalecencias--añadió riendo.

XXIV

--Ya lo ha oído V., amiguito,--dijo la señora de Sanabria, alzando el dedo con cómica autoridad;--diz que no debemos engreirlo.

--¡Ah! señora--exclamó Mauricio--jamás podrían Vds. curarme de este delicioso engreimiento.

--¿Qué no? ¡Vamos á ver!... Señoras, comencemos por dejarlo solo y vamos á cosechar las primeras rosas del jardin, para... adornarle el cuarto.--

Y riendo, salieron todas en tropel.

Julia iba á seguirlas, cuando sobrevino el médico.

--¡Hola!; ¡buena señal! Cuando hay alegría, todo vá bien. ¿No es verdad, señorita Julia? ¿Cómo vá, mi jóven amigo? Pero ¡bah! deje Vd. que lo averigüe yo mismo... ¡Qué! si este pulso está de plácemes... Magnífico... Veamos la herida... ¡Casi cicatrizada! Parece increible, sobre todo, cuando se ha visto el cuchillo que la hizo. ¡Poder de la juventud!... Cuando se ha hecho buen uso de ella,--añadió el doctor, estrechando cordialmente la mano á Mauricio.

--Adios, señorita. Mañana levantaremos al enfermo, que ya no es tal, sino convaleciente.

--¿Lo cree Vd. así, doctor?

--¡Vaya si lo creo! Sí, señorita.

XXV

--Sin embargo--dijo Julia, cuando el médico se hubo ido--por más que el doctor encuentre el pulso excelente, yo veo el ánimo de Vd. decaido... ¿Qué siente Vd.?