Oasis en la vida

Part 1

Chapter 13,824 wordsPublic domain

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

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Ilustraciones han sido eliminadas.

OASIS EN LA VIDA.

DE LA MISMA AUTORA:

Sueños y Realidades 2 tomos en 4º Panoramas de la Vida 2 idem en 4º Miscelánea 1 idem en 4º El Mundo de los Recuerdos 1 idem en 8º

EN PREPARACION:

Salta. Perfiles históricos. Perfiles divinos. Perfiles contemporáneos.

JUANA MANUELA GORRITI.

OASIS EN LA VIDA.

[Ilustración: SINE LABORE NIHIL]

BUENOS AIRES. FÉLIX LAJOUANE, EDITOR. (LIBRAIRIE GÉNÉRALE) 1888.

(Derechos de propiedad reservados)

Impreso por la Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco

160--CALLE SAN MARTIN--160

INTRODUCCION.

ECONOMÍA POLÍTICA.

El sombrío Prudhon, imbuído, sin duda, en las ideas de los Santos Padres de la Iglesia que predicaban el desden por los bienes terrenales, decía que la pobreza es una ley de nuestra naturaleza, ley bajo la cual hemos sido constituídos, de donde se deduce que el pauperismo es mal que no tiene remedio ni cura.

Muy desconsolados debieron quedar los menesterosos con tan ingrata noticia, pero la actividad humana, que no siempre se lleva de teorías, ha venido á confortar á los aflijidos trayéndoles más plausibles nuevas y muy eficaces promesas. La industria, con sus innúmeras palancas de impulsion; las ciencias, con sus multiplicados alfileres de exámen; el cálculo, con su prevision y su aritmética; todos estos agentes de la vitalidad social, han venido á operar el milagro de la multiplicacion del pan y el aumento del vino, sustentando anchamente á los hambrientos y engordando, hasta más no poder, á los hartos.

La manera de realizar el prodigio lo ha dado á conocer esa venerable matrona, que los entendidos en materias graves creo que denominan _Economía política_. Esta tutriz moralizadora de la sociedad, evidenciando la fecundidad del trabajo y los beneficios del ahorro, se ha propuesto dignificar al hombre otorgándole los medios de sacudir el vasallaje servil de la indigencia.

El ahorro, tomando forma colectiva, ha dado orígen á la más preciosa de las combinaciones especulativas: á la que tiene por objeto asegurar el bienestar individual en vida y garantir el porvenir de los que quedan, despues de concluida la jornada.

Este tema, abstracto de suyo, y que parece ageno al dominio del arte, acaba de ser desenvuelto por la ilustre escritora cuyo nombre ocupa tan elevado rango en la gerarquía del movimiento intelectual americano.

Es atributo de las inteligencias creadoras trasformar y embellecer las ideas que pasan por su espíritu; parece que poseyeran ese don vivificador de la lujuriosa primavera que todo lo hermosea, lo cubre de flores y lo esmalta de celajes.

Por si existe incrédulo que ponga en duda el aserto, invoco por testigo, en mi abono, el presente libro.

Su autora comprueba, bajo la forma atrayente de la novela, los beneficios que reportan el trabajo, la perseverancia y el ahorro; nunca un tema económico ha sido tratado con más galanura, con más gracia picarezca, ni con más natural é ingénua intriga.

Despues de recorrer este trozo de historia social, cuya trama la forman las peripecias de dos caractéres nobles y fuertes, se encuentra no sé qué de consolatorio, de purificador, en medio de la arenosa senda por donde nos conduce diariamente la mano de la tristeza.

Si la mision de los cultores privilegiados del arte es la de alentar, la de consolar, la de dilatar el horizonte de la esperanza, la prestigiosa autora de estas páginas ha sabido encerrar en ellas, suficientes rayos de luz para satisfacer la ansiedad de las almas soñadoras, y bastantes rosas para coronar, aunque ellos no lo quieran, la adusta efigie de los más hipocondriacos economistas.

S. VACA-GUZMAN.

Diciembre 22 de 1887.

OASIS EN LA VIDA.

Á «LA BUENOS AIRES»

_LA AUTORA._

OASIS EN LA VIDA.

I

--¡Bah!--exclamó Mauricio Ridel, arrojando la pluma despues de escribir la palabra Fin bajo la última línea de una cuartilla marcada con el guarismo 60.

--¿Qué es eso?--interrogó un jóven que escribía allí cerca.

--El postrer párrafo del folletin--respondió Mauricio, alargando la hoja á un cajista que aguardaba.

--¡Cómo! ¿Mañana acaba CHAMUSQUINAS DE AMOR? Hoy quedaba su héroe en una situacion extrema: la mano armada de un revólver, esperando para morir el primer rayo de sol; y ya, este comenzaba á dorar las copas de los árboles; y al verlo, «Enrique apoya el arma contra el corazon, enviando á María su último pensamiento; á Dios su última plegaria.»--¿Muere?

--No; porque--«De repente, un brazo cariñoso rodeó su cuello; un rostro pálido y mojado de lágrimas se apoyó en su rostro...

--¡Perdon!

--¡Perdon!--se oyó á la vez...

«Y el primer rayo de sol aguardado como una señal de muerte, fué la aurora de su felicidad».

--¡Bien! ¡oh! ¡Qué bien!--aplaudió el otro; y añadió con dramático ademan:

--¡Ah! que no haya para nosotros, párias del destino, ¡un rayo de sol que venga á redimirnos!

--Sí: y más que uno: dos--repuso Mauricio.--La resignacion y el trabajo.

--¡La resignacion! ¡el trabajo!--replicó el interlocutor con forzada risa.--Solo tú puedes decir eso; tú, que no contento con la tarea diaria, la has subido á catorce horas. Catorce horas, pluma en mano, encorvado sobre la implacable cuartilla, y precisamente, apenas en convalecencia de la terrible herida que casi te lleva al sepulcro.

--Sin embargo, ya lo vés: estoy sano y fuerte. Un poco de sueño; á veces, un poco de fatiga; pero se piensa en el fin propuesto, y todo eso vuela y se desvanece.--

Hablando así, Mauricio consultó su reloj.

--Las siete--Y levantándose, fué á tomar de una percha su sombrero.

--¡Las siete! ¡Con qué desenfado lo dices! ¿Sabes que has estado sentado ahí, escribiendo desde las nueve? ¡Diez horas! ¡Ah! hombres como este son un pésimo ejemplo en la Redaccion.

--Y tú, que así hablas, querido Emilio, eres uno de sus mejores obreros.

--A más no poder: Sábelo.

--Notificado--dijo Mauricio, sonriendo.--Ruégote que al salir digas al Regente que me tenga listas las pruebas para las once.

--Y correccion hasta las dos de la mañana. Suma: ¡catorce horas!... ¡Adios, escriba!

--Adios, fariseo.--

Y ambos rieron.

Mauricio cerró su carpeta y se fué.

Emilio se extendió perezosamente en su silla; encendió un cigarro, que aspiró con ánsia; y arrojando una larga espiral de humo, entornando los ojos--¡Deliciosa fruicion!--exclamó:--¿qué no haces tú olvidar?... Y sin embargo, Mauricio te desdeña. Uncido á un rudo trabajo, pegado ahí, á esa mesa de redaccion, hasta los codos en la seccion editorial; cronista, traductor, folletinista, corrector de pruebas: ¿á qué móvil obedecerá ese anhelo de aglomerar sueldos? Él, no es avaro ni derrochador; no frecuenta clubs ni bailes; por tanto, ni juega ni galantea. En los teatros tiene las entradas de periodista. ¿A qué tanto afan de ganar dinero? ¿qué hace de él? No es mucho, en verdad; pero ¿qué hace de él? Enigma insoluble es para mí este jóven, tan franco, sin embargo, y tan bueno...

Y Emilio dejando la pluma en largo holgorio, quedóse engolfado en sus pensamientos y en el humo de su cigarro.

II

Mauricio se alejó con el paso presuroso, habitual en aquellos que tienen contado el tiempo.

Aunque en la plácida edad de veinte años, y bello y apuesto, hay en la expresion de su semblante esa gravedad melancólica, signo de un destino adverso.

En verdad, adverso había sido el destino para Mauricio: adverso desde la cuna, mecida por manos extrañas, desierta de cuidados y caricias.

Y no fué esto solo ¡ay! no fué esto solo.

Cárlos Ridel, subyugado por una pasion que causó la muerte á su esposa, llevando todavía el luto de la viudez, dió una sucesora á la difunta; á su hijo una madrastra.

¡Madrastra! Al solo pronunciar esta palabra de aspereza siniestra, compréndese la tristura de esos pobres niños que crecen temerosos, acoquinados, bajo aquella sombra fatídica.

Para ellos no existen las alegrías del hogar. Siempre espiados por la mirada suspicaz de un fiscal inexorable que les achaca á delito su gozosa turbulencia, su inocente espontaneidad, vuélvense taciturnos, desconfiados; ocúltanse para reir; ocúltanse para llorar; y en el primer albor de la vida, aprenden esa triste ciencia de la vejez: el disimulo. ¿Ni qué otro recurso les queda? ¿A quién volver sus ojos?

La casa paterna se ha tornado para ellos en campo enemigo, donde todo les es hostil, hasta su mismo padre á quien no le es dado mostrárseles propicio, so pena de despertar celos retrospectivos, que empeoren la situacion tristísima de esos náufragos de la vida.

Tal suerte cupo á Mauricio.

Víctima de una semejanza que importunaba á su padre como un remordimiento, á su madrastra como una vision de ultratumba, vióse un dia arrebatado de su casa y entregado al capitan de un buque inglés, que lo llevó á Europa y lo encerró en un colegio.

Aunque del hogar de sus padres, el pobre niño, solo guardara crueles recuerdos, la lengua materna, el suelo de la patria, su aire, su luz, éranle necesarios, y languideció, echándolos de menos.

Por dicha suya fué el «bello país de Francia,» la hospitalaria Paris, el lugar de su destierro.

La bondad característica de los hijos de aquella tierra, tiene, en todas las clases sociales, desde el aristócrata hasta el obrero, una gracia irresistible que cautiva el alma y mata toda nostalgia.

Desde el sábio Blain, director del colegio donde fué el niño consignado, hasta el ama de llaves, la buena Colombe; desde los alumnos hasta los profesores: todos acogiéronlo con tan benévola conmiseracion, que primero la serenidad y luego la alegría, vinieron como nunca, expansivas á aquel pobre corazon, por tanto tiempo oprimido.

El desterrado comenzó á encontrarse feliz en su nueva familia.

--¡Ah!--pensaba, recordando el pasado--¿así se ama, se acaricia y se protege? ¿Por qué no he conocido yo hasta hoy, estos bienes?

Y refugiábase en esa atmósfera de calurosos afectos; y sentía el dulce bienestar del que renace á la salud despues de una larga enfermedad.

III

Los años trascurrieron así, con sus épocas clásicas, en la vida del niño. Los exámenes; los premios; el paso á estudios superiores; el del vestido infantil al traje viril; la primera comunion.....

¡Qué ceremonia, á la vez tan imponente y tierna!

Cumplido en él, el divino misterio, de rodillas ante el altar, el niño tiende la mano sobre el Sagrado Libro y jura ser virtuoso y bueno.

El celebrante lo bendice y coloca en su pecho una reliquia.

La voz del órgano derrama gozosas notas; nubes de incienso se elevan á lo alto de la bóveda; y en la nave central, las madres aguardan con el llanto en los ojos, en el lábio la sonrisa.

Mauricio vió á sus compañeros ir hácia ellas y caer en sus brazos.

¡Ay! ¡él estaba solo!

Ni padre ni madre que lo aguardaran; solo en esa hora solemne de la vida.

¿Solo?

No: ahí estaba Mr. Blain que le sonreia; ahí estaba la buena Colombe que le tiende los brazos y lo contempla enternecida.

--Ama--díjole Mauricio--¿Quieres que te dé mi reliquia? Mírala: es muy linda: _Notre Dame du bon Secour_.

--No, hijo mio--respondió la vieja sirvienta, volviendo la reliquia al pecho del niño.--Este recuerdo le es debido á mamá. Envíaselo dentro de tu primera carta.--

La hora, el lugar, la escena imponente en que acababa de actuar; la voz del órgano; el humo del incienso; las sagradas preces; todo esto despertó en el alma del niño una emocion profunda, al oir las palabras de la vieja Colombe. La luz de un lejano recuerdo brilló en su mente, mostrándole allá, como entre las nieblas de un ensueño, la figura angelical de una mujer que lo miraba sonriendo.

Sonrióle él tambien, y dos lágrimas se desprendieron de sus ojos.

Colombe las comprendió. Besó la santa imágen; guardóla en su seno; y en la noche, á la hora de acostarse, Mauricio la encontró á la cabecera de su cama.

IV

Desde ese dia un notable cambio se efectuó en su carácter. A la inquieta turbulencia del niño, sucedieron la mesura y la reflexion del hombre; al gusto por los juegos, el amor al estudio; á su indiferencia cosmopolita, el sentimiento exaltado de la nacionalidad.

Cuando en los dias clásicos, al flamear de la bandera tricolor, sus compañeros cantaban: «_Allons enfants de la patrie_,» Mauricio buscaba en el cielo, el azul pabellon; y del fondo de su alma exhalábase el grito sagrado del himno nacional. Allá, surgiendo de las brumas del lejano pasado, la imágen de la patria aparecíale con su inmensa pampa, su magestuoso rio, sus cerúleas lontananzas, llamándolo con poderoso reclamo.

Pero ¡ah! siempre que estas luminosas imágenes visitaban su mente, un siniestro recuerdo venía á oscurecerlas.

Su madrastra.

Este sentimiento de repulsion creció más todavía, cuando Mauricio comprendió por las cartas de su padre, la humillante dependencia en que yacía. Cada frase parecía consultada, corregida ó dictada por el déspota que leía sobre su hombro.

El jóven vertía sobre ella lágrimas de indignacion y de dolor; y una palabra de uno ú otro, contenían sus respuestas.

Así, la correspondencia entre padre é hijo tomó un carácter de acritud que, poco á poco, degeneró en frialdad.

Y, cuando á la edad de diez y ocho años, acabados sus estudios y rendido con brillo el último exámen, su padre le habló de regreso.

--Amo á mi patria y anhelo volver á verla--respondió Mauricio,--amo á mi padre y deseo estrecharlo en mis brazos; pero no podría presenciar el espectáculo vergonzoso de su servidumbre; y porque lo amo; y porque lo respeto, prefiero un eterno destierro.

A esta declaracion siguió un profundo silencio; y como única respuesta Mauricio recibió una carta que contenía inesperadas revelaciones. Suscribíala el escribano D..., uno de los hombres más honorables de Buenos Aires.

--«Alejados y sin conocernos uno á otro--decíale éste--únenos, sinembargo, el mandato de una persona que ya no existe; y que para mí fué por esto, más sagrado.--Y proseguía:

--«Hace quince años, fuí llamado un dia á casa del señor Cárlos Ridel, cuya esposa, en trance de muerte, debía otorgar testamento.

«Mi colega, el señor R..., autorizaba el acto; y yo creía haber sido requerido como testigo, cuando la testante, habiendo declarado que dejaba á su hijo único, Mauricio Ridel, el valor de doscientos mil pesos en propiedades urbanas y rurales, volviéndose á su esposo, pidióle permiso para instituirme á mí, hasta la mayoría de aquel, guardador de dichos bienes.

«Repugnábame una mision visiblemente motivada por disensiones conyugales; pero los ojos de la moribunda enviáronme una mirada de angustioso ruego, que me hizo aceptarla.

«Ella entónces suspiró como aliviada de una grave preocupacion; estrechó mi mano con gratitud, y murió en paz.

«Yo he cumplido fielmente el deber que me impuse: he administrado esos bienes con el acierto que dá una larga experiencia en los negocios; los he conservado, los he hecho fructificar: pero siempre en el limite que mi delicadeza me prescribía: no como guardador, sino como administrador, rindiendo cuentas de mi cometido y entregando al señor Ridel las fuertes sumas que producen.

«Hoy me ha hecho saber que V. se ha emancipado; y que, por tanto, la ingerencia que yo le daba en los asuntos de su hijo, ha cesado.

«Por consecuencia, y persuadido de que él habrá informado á V. del estado floreciente de su fortuna, no solo por mi buena voluntad en su administracion, sino á causa del subido precio que ha adquirido la propiedad, réstame solo ponerla á su disposicion, y pedirle se sirvo impartirme sus órdenes».

Esta carta de un tutor hasta entónces ignorado, fué un rayo de luz en el misterio que rodeaba el pasado de Mauricio, y efectuó un cambio favorable en su destino.

Alejado de su padre, por la funesta influencia que se alzaba hostil entre ambos, el hijo desechado, bendijo la ternura previsora de aquella madre moribunda, que viendo cernerse la desgracia sobre la cuna del niño que le era forzoso abandonar, había querido, asegurándole una fortuna independiente, preservarlo en los azares del porvenir.

Mauricio expresó su profunda gratitud al honrado escribano; confióle los dolorosos motivos de su doble ostracismo; y le suplicó, en nombre de aquella cuyo encargo había tan noblemente cumplido, quisiera favorecerlo á él, continuando en la administracion de aquellos bienes, para lo cual le confirió un pleno poder.

V

Las lágrimas de una infancia desamparada y las tristezas de su juventud, sin patria, ni hogar, habían dado al carácter de Mauricio una gravedad melancólica que, alejándolo de los placeres bulliciosos de sus compañeros, lo preservó de la disipacion.

Así, cuando libre y en posesion de una fortuna independiente, podía entregarse á los goces que Paris ofrece con mano pródiga, él, sin esfuerzo, sin sacrificio, consagróse, á una vida de labor intelectual. Frecuentó la Sorbona, los Institutos, las academias y las bibliotecas. Arrojóse en el periodismo y tomó activa parte en los trabajos de uno de los principales diarios de Paris, haciéndose notar por su brillante estilo y la originalidad de sus ideas.

Ensayó la novela; y muy pronto los folletines firmados por Valerio--su seudónimo,--fueron leidos con entusiasmo, sobre todo por las jóvenes, que encontraban en sus páginas, á vueltas de los pálidos excepticismos de la época, el color ardiente de la pasion.

Era que el ideal evocado en sus creaciones despertaba y hacía palpitar un sentimiento que hasta entónces yacía latente en el alma de Mauricio:

--El amor.--

Y aunque más de una vez, las seducciones de la mujer habían deslumbrado sus ojos, rozado su epidermis, jamás lograron llegar á su corazon.

Tres años pasaron para Mauricio en aquella vida activa del espíritu. Proponíase ensancharla con viajes de recreo en torno á Europa y con la fundacion de un periódico de espíritu americano, que uniese en un contacto intelectual más íntimo, los dos continentes; trasfusionando en la savia cansada y empobrecida del uno, la savia rica y jóven del otro.

¡Ah! de todas las vanidades que deplora el Sagrado Libro, ¡ninguna tan vana como nuestros proyectos!

Creo haberlo dicho ya, en otra ocasion. No importa: las frases son las mismas, cuando es idéntica la situacion.

En el momento que Mauricio preparaba la realizacion de tan lisongero propósito, una carta de Buenos Aires, portadora de fatales nuevas, vino á destruir sus proyectos y sus esperanzas.

«Deber del hombre es ser fuerte y resignado, mi querido Mauricio--decía el escribano D... en aquella carta.--Por tanto, valor y resignacion.

«El padre de Vd. ha muerto.

«Envuelto en una quiebra producida por la fuga de un sócio bribon, falleció víctima de una congestion fulminante.

«Los acreedores se presentaron munidos de sus derechos, y obtuvieron la liquidacion.

«Pero como el sócio (hermano de la señora Ridel) había sustraido en su fuga todo el numerario existente en caja, quedó un enorme pasivo, que toda la fortuna particular de Cárlos Ridel, no ha sido bastante á cubrir.

«Bajo el peso de tres catástrofes: la infame fuga de aquel hermano, impuesto por ella á la sumision de su marido; la súbita muerte de éste, y la miseria que le aparecía con su séquito de humillaciones, la desventurada mujer enloqueció.

«Silenciosa, sin lágrimas, huraño el ademan y fija la mirada, escuchó la intimacion de desalojo; y cuando intentaron hacerla salir de su casa, subióse á lo alto del mirador que coronaba el edificio, abrió un balcon y se arrojó á la calle.

«Cuando la levantaron de la vereda estaba muerta».

La carta cayó de las manos de Mauricio, que lloró con lágrimas de dolor á ese padre de quien no había recibido ni cuidados, ni caricias, pero cuyo desvío disculpaba, atribuyéndole su verdadera causa: la debilidad humana.

Mas, luego, secando sus lágrimas, escribió rápidamente, cual si temiera que su carta no llegara á tiempo:

--Ponga Vd. inmediatamente á la órden del Juez que entiende en la liquidacion de los bienes de Cárlos Ridel, todos los que de mi propiedad están bajo la administracion de Vd.--

Aquella carta iba acompañada del poder especial para el acto.......

--«Todo se ha perdido, menos el honor--escribía á Mauricio el buen tabelion.

--«Puestas en remate las casas de Victoria y Cuyo y los campos de El Rosal, han producido ciento cincuenta mil pesos oro. Había además en mi poder diez mil nacionales, valor de alquileres cobrados de las dos propiedades y que tambien entregué.

«Canceladas las deudas con el valor de los bienes que durante diez y siete años he administrado, el síndico del concurso me devolvió dos mil pesos moneda nacional, importe de la letra adjunta.

«El noble sacrificio que Vd. ha hecho á la memoria de su padre, es solo el cumplimiento de un deber: lo sé; pero, como tales virtudes son cada dia más raras, permítame felicitarlo.

«Si la experiencia de un anciano mereciera ser escuchada, yo aconsejaría á Vd. el regreso. El regreso es tambien un deber para Vd. El hombre se debe á su país, que reclama su presencia y todos los actos de su vida. Además, en Buenos Aires que se agita á impulsos de un inmenso progreso, podrá Vd. con el trabajo rehacer su fortuna».

Así tambien pensaba Mauricio.

Solo en el mundo, sin familia, sin fortuna, ningun vínculo ligaba su vida, sino era el sentimiento nacional, que mal grado el tiempo y la ausencia, vivió siempre, puro y ardiente en su alma.

Y cuando las puertas de la patria se abrieron para él, aunque por la mano severa de un desastre, el pobre desterrado apresuróse á volver á ella.

Sin embargo, Mauricio amaba tambien la Francia.

Allí su niñez desamparada, había encontrado el calor de una benevolencia tutelar; allí comenzaron á formarse sus ideas y sus sentimientos; allí se abrió su alma á la vida intelectual.

Sangraba su corazon al dejar aquel país riente y hospitalario; al decir adios á sus amigos, á sus compañeros en las tareas del espíritu; á sus antiguos profesores; al sábio Blain y hasta á la buena Colombe: á ella sobre todo, tan buena y maternal para él, en la orfandad de su infancia.

Al separarse de ellos, al alejarse de Paris, llorando, Mauricio recordó el dia que, llorando tambien, allí llegara: un dia helado de Diciembre.

El pobre niño seguía penosamente, con sus pequeños pasos, el tranco largo del capitan inglés que lo había traido á su bordo, con el mismo despego que ahora lo guiaba á pié, al través de largas calles. Tenía frio, tenía cansancio, tenía miedo. Lloraba, sintiéndose solo en esa ciudad inmensa, entre una multitud que hablaba un idioma desconocido; bajo un cielo gris, de donde llovían copos de nieve que caían sobre sus mejillas y coagulaban sus lágrimas.....

Manos piadosas lo recibieron de aquel hombre, que lo entregó con indiferencia, y se alejó sin dirigirle una mirada.

Acojido con amor, tratado con los tiernos cuidados que la piedad consagra á la infancia, su alma, hasta entónces reconcentrada, entumecida, abrióse á los afectos de la amistad, de la gratitud; y echó dulces raíces en esa plácida etapa del bienestar y de bonanza que era ahora necesario abandonar.

Así es la vida: ¡perpétua nostalgia!

VI

Mauricio llegó á Burdeos cuando el vapor «Senegal» aguardaba á sus pasajeros en la rada de Pouillac.

Quedábale una hora, que empleó en la visita de adios á un amable anciano, un digno funcionario argentino, que, más de una vez, habíalo halagado con su aprobacion y felicitaciones, cuando en la prensa francesa, Mauricio había alzado la voz para defender los intereses del Plata.