Nuevas poesías y evangélicas con un estudio del Dr. Alfredo Palacios
Part 8
Como prende su túnica de raso con su joya mejor, la soberana, como entre todas las estrellas reina el lucero magnífico del alba; Así pulida, y así gallarda, sobre todos los pueblos de su estirpe, resplandor y joyel, ¡surge mi patria! Como buscan la luz y el aire libre las macilentas yerbas subterráneas, como ruedan tenaces y tranquilas al anchuroso piélago, las aguas; Así sedienta, y así pordiada, la triste humanidad se precipita al pie de la bandera azul y blanca. ¡Allí van congregándose a la sombra, para formar después una montaña! ¡Allí van adhiriéndose en el tiempo partícula a partícula las razas! Allí se funde, y allí se amasa el hombre, tal como surgió en la mente del autor de los orbes y las almas. Que así pulida, y así gallarda, sobre todos los pueblos de su estirpe, resplandor y joyel, ¡surgió mi patria!
SÓLO DIOS
Yo sé que fieros, hambrientos, dos ojos, en ti clavados, siguiendo van tus cuidados, miradas y movimientos. Por más que sigan atentos los giros de tu pasión, podrá ser que la ocasión sin aprovechar se queden... ¡Pues vigilarte no pueden las telas del corazón!
Yo sé que una mano artera, porque te olvides de mí separaría de ti cuanto en mi pensar te hiciera. Su dueño, infeliz, espera, que al suprimir mi visión, logrará que tu pasión desamparada se quede... ¡Pero robarte no puede mi sombra del corazón!
Yo sé, que el labio de un hombre, por tu amor capaz de todo, recoge, a montones, lodo, para volcarlo en mi nombre. Me callo, sin que me asombre la bajeza de su acción; de su vil difamación si queda rastro que quede... ¡Yo sé que manchar no puede Mi nombre en tu corazón!
Y ojos, mano y labio impío, apostados, en acecho, para robarte del pecho tu corazón todo mío, lucharán en el vacío, sin lograr su pretensión, hasta que de mi pasión, libertada por Dios quedes... ¡Porque ni tú misma puedes mandar en tu corazón!
NOCTURNO CANTO DE AMOR
Nocturno canto de amor, que ondulas en mis pesares, como en los negros pinares las notas del ruiseñor;
Nube que cruza tranquila la extensión ilimitada, dulcemente iluminada por la luz de mi pupila;
Ideal benefactor en el espíritu mío, como el collar de rocío con que despierta la flor;
Sumisa paloma fiel, sobre mi pecho fornido, como si fuera en un nido, de mirtos y de laurel;
Coloración singular Que mi desgracia iluminas como al desierto y las ruinas la claridad estelar;
Blanco jazmín entre tules y carnes blancas prendido por mi pasión circuido de pensamientos azules;
Música, nube, ideal, ave, estrella, blanca flor, preludio, esbozo, fulgor de otro mundo espiritual,
Aquí vengo, aquí me ves, aquí me postro, aquí estoy, como un esclavo que soy, abandonado a tus pies.
MÁTER DOLOROSA
(Balada medioeval)
I
Las róseas mejillas De leche y frutillas; Los ojos dormidos Como dos cupidos; La boquita breve De púrpura en nieve; Los pechos cual proras Que van triunfadoras; Las manos tan finas Como manos chinas; Y el talle tan noble Como tierno roble; Tras de la persiana De una torre altiva Yace pensativa Gentil castellana.
II
Con el rostro yermo Como un dios enfermo Dos ojos sombríos Como dos vacíos; Destrozado el pecho Como altar deshecho; Doblados los hombros Cual pétreos escombros; La feroz espada Torcida y mellada; Cota y paramentos Flojos y sangrientos; Sin rumbo, sin noto Como barco roto; Por los pedregales Cruza un caballero Sollozando fiero Como cien chacales.
III
Sudor, sangre y cieno Del ijar al freno; Revueltos los ojos Nublados y rojos; Los flancos hundidos Latiendo afligidos; Llenos de los trazos De los espolazos; Lanzando del cuello Trémulo resuello; Barriendo la tierra Con su arnés de guerra; Golpeando sin tino La faz del camino; Frente al minarete La jaca cansada Cayó fulminada ¡Matando al jinete!
IV
Tras de la persiana Do la castellana Yace pensativa Como una cautiva, Se oye un gran gemido, ¡Se oye un alarido! Corren los arqueros Con pasos ligeros; Giran los soportes Sobre sus resortes; Bajan estridentes Los ferrados puentes; Y ella misma--¡ella!-- Toda blanca y bella, Mujer y caudillo Sale del castillo; Pues la noble maga Quiere decidida, Salvar una vida, Que tal vez se apaga.
V
¡Rodaron al mismo Formidable abismo! Venían de lejos Ya tristes y viejos ¡Como dos difuntos Que vagaran juntos! Acaso sus vidas Así confundidas, Tuvieron dos nombres Que honraron los hombres; Y acaso no fueron Porque no pudieron; Pues no todos hieren La cuerda que quieren. ¡Nada más que un jaco Miserable y flaco; Nada más que un huero Sonar de matraca Caballero y jaca, ¡Jaca y caballero!
VI
Cual ponto revuelto Su cabello suelto; Rígida la cara Cual si no pensara; Blanca como cera Cual si no viviera; Las manitas juntas Como dos preguntas; Erguidos los hombros Como dos asombros; Las cejas alzadas Como dos arcadas; Los ojos abiertos Sobre aquellos muertos, Y enhiesta con noble Majestad de roble; La bella, la ufana, La gran castellana, Trágica y hermosa Dolorida y tierna ¡Parece la eterna Máter dolorosa!
EPITALAMIO
_En el casamiento de la hija de Don Anacleto Domínguez._
I
Sólo vibra mi salterio pensativas notas graves. Yo no sé, como las aves, «saludar al padre sol»; Para mí la gran natura, por su cielo y por su tierra nada dice, nada encierra que cautive mi emoción.
Por lo mismo--porque nunca ni vacila, ni fracasa y es eterna y solo pasa por el riel de lo cabal-- no la tengo yo por sabia como el sabio que la escruta: Fuerza misma, fuerza bruta, que no sabe adonde va.
Yo la siento un mecanismo que no piensa, que no fragua-- cual su gas, como su agua que proceden porque sí-- un recurso, un instrumento del propósito divino: Un vehículo en camino con un fin que no es su fin.
Y jamás de los jamases me absorbieron las esferas, ni el verdor de las praderas, ni el desierto, ni la mar, ni las aves, ni las flores, ni los ríspidos insectos: Serán bien, serán perfectos, mas lo son sin voluntad.
¿Quién dirá que la Gioconda modeló sus propios labios y esos finos ojos sabios que Leonardo eternizó?... Así el sol, así los astros de más fúlgida apariencia: Luminarias sin conciencia que dan luz y dan calor.
Nada saben, nada quieren, nada buscan, nada inventan, ni reforman ni violentan ningún fin, ninguna ley. Y a pesar de que circulan por el éter tan audaces, son idiotas incapaces de pensar y resolver.
II
Pero el Hombre, pero el Genio, más que un sol en el abismo, por sí solo, por sí mismo marcha mal o marcha bien: Tiene rumbos preconceptos, con sus planos y su equipo y ha forjado el arquetipo supraexcelso de su ser.
Y persigue aquel modelo por más leyes que lo impidan, por más fuerzas que coincidan y le arrastren hacia atrás: Presidiario incorregible que la ergástula no arredra y en el hierro y en la piedra va y escribe ¡Libertad!
Eso canta, mi Gertrudis, ese arcángel, ese mito que ultramonta lo infinito tras la sombra de su Dios: Que reniega de sí propio, de sí propio horrorizado, que se siente desolado, que se siente triunfador.
No te asombre pues, hijita si en la noche de tus bodas yo no cuento y nombro todas tus bellezas de mujer: Si a la faz de tus encantos cual un torpe, cual un ciego, yo renuncio, yo reniego del color y del pincel.
Si no tengo ni una nota, si no bordo ni una frase que pregone de tu enlace la suntuaria señoril, que compare las estrellas con los soles de tus ojos y tus rojos labios rojos con la fresa y el rubí.
III
Yo te canto en este día, para ti de augurios lleno, la canción del bardo bueno, del poeta del Dolor: La canción de los tesoros todavía insuperables, superpuros, inefables de un anciano corazón.
Yo te llamo a tus deberes de mujer americana, con los sones de campana de más ansias de la luz: Y con voz que por los senos de tu espíritu prolongo, yo te intimo, yo te impongo tu segunda esclavitud.
Yo desciendo a la perpleja candidez de tu alma informe, con mi sola, con mi enorme potestad de creación: Y adobando y sazonando tus candores de camelia de Penélope y Cornelia las dos almas te doy yo.
Yo te muestro a las miradas de tus jóvenes hermanos, cuyos pechos espartanos fueron muros para ti, cuyo nombre sin mancilla tú llevabas hace poco... ¡Yo te yergo bajo el foco de su gesto emperatriz!
Yo te limpio y te perfumo con los besos de tu hermana, cual perfuma una manzana la manzana que rozó: Bajo el cetro formidable de su almita de azucena, yo sé bien que serás buena, santa y buena por las dos.
Yo me lanzo a las regiones del misterio donde moran, donde ríen, donde lloran los que nunca serán más: Y pulsando los abismos con mis manos como plectros; yo conozco los plectros, familiares de tu hogar
Y a la faz de los deleites que sospechas y no sabes, de la entrega de las llaves de tu altivo corazón: De los planes deliciosos que proyectas y no nombras, pongo juntas esas sombras por testigos de tu honor.
Yo te riego con el llanto de tu madre cariñosa, la veraz, la decorosa, la perfecta gran mujer,-- y en sus bíblicas virtudes que yo aplaudo, que yo admiro, como en púrpura de Tiro yo te envuelvo hasta los pies.
Yo levanto frente a frente de tu nueva dulce aurora, la cabeza pensadora de tu sabio genitor; Y te forjo deslumbrantes prodigiosas filigranas, con la crín de aquellas canas... ¡Misma crín del mismo sol!...
Yo te ciño por coraza de tu amable inexperiencia, su criterio, su prudencia, su dialéctica fugaz: Y te labro cinto y peplo de matrona, de patricia, con su afán de la justicia con su fresca voluntad...
Y así noble, y así pura, y así sabia, y así fuerte, y así dueña de tu suerte cual un ínclito varón: Yo el errante, yo el postrero, yo el sin patria, yo el sin nido, te presento a tu marido... ¡Tu marido y tu señor!...
End of Project Gutenberg's Nuevas poesías y evangélicas, by Pedro B. Palacios