Nuevas poesías y evangélicas con un estudio del Dr. Alfredo Palacios

Part 7

Chapter 73,204 wordsPublic domain

Me pareces un torpe cruz roja que la quiere sentir consternada y lo mismo que un sátiro ebrio le busca, le frota, le lama la sarna... ¡Caridad es pillaje, comedia, vanidad, precaución, diplomacia, relucientes retobos que cubren la bola de mármol del alma pagana!

Como aquellos hipócritas canes que regresan contritos al alba, rasguñando tu puerta febriles, con sordo gruñido suplican y llaman: a la faz de las puertas de bronce que la Luz de la Sombra separan, gemirán con gemido espantable tus más soberanos ingenios y famas.

Y cual ven al pasar los obreros que al par mismo del sol se levantan, a los lacios, tenaces mastines que lamen gimiendo la puerta cerrada: las legiones de siglos y siglos que lo Eterno en lo Eterno derrama, mirarán al pasar a tus grandes batiendo afanosos las áureas aldabas.

Y así como los amos del perro,-- ya la sombra nocturna pasada,-- vagamente recuerdan que alguno quién sabe ni cuándo ni dónde lloraba: la flamígera mente absoluta que al nidito de tórtolas haja, puede ser que sospeche algún día que suele ser genio la pécora humana.

¡Sí! Cual esa fugaz arenilla que en las losas del pórtico vaga, cuando silban los vientos airados y al ras del arroyo sus sondas arrastran: por los blancos pretiles del cielo y a la faz de su puerta sellada, rodarán reducidos a polvo... laureles, retortas, diademas y espadas.

Pues lo mismo que al joven recluta que reduce cobarde su talla, le despojan furiosos y cuasi le miden y escrutan las mismas entrañas: para dar con el peso preciso de la brizna de Amor que alentabas, tendrá Dios que arrancarte a montones las púrpuras necias que ciñen tu alma.

De la propia manera que cuando la jauría descubre la caza, si es algún jabalí temeroso, ladrando los canes parece que hablan; tu fortuna, tus leyes, tu ciencia que no fueron,--no, nunca,--cristianas, si perciben su faz en la sombra, clamando castigo parece que ladran.

Y así como Eliphas esgrimía su torzal de retórica sabia, cuando Job delirante, rugiente, royendo su podre con Dios altercaba cualquier lengua señora del verbo pretendió conducirla y salvarla... ¡si el Dolor es de Dios, Dios lo guía y el mismo trabajo secreto trabajan!

Cuando da su pulmón el sonoro resollar del titán que batalla: cuando rompe los aires cerúleos a enormes rebatos de viejas campanas cuando brilla su faz a las rojas claridades del odio y las llamas: cuando va deponiendo cabezas ya rubias y locas, ya graves y calvas.

Habrá siempre malignas y ocultas filtraciones de hiel en su alma: habrá siempre dos manos cubiertas de gruesos diamantes que compren y aplaudan: habrá siempre chispazos perdidos que fulminen las trojes humanas: habrá siempre fanáticos ebrios que azucen al dogo por pura jactancia...

¡Habrá siempre, jamás en tus puertas de valioso marfil incrustadas, rajadura secreta por donde vislumbre tu siervo verdades amargas! ¡Habrá siempre detrás de tus tronos un Luzbel que les roa las gradas y un bufón ofendido mostrando que son deleznables montones de paja!

Como no se concierta la sierpe con la sierpe vecina y hermana, para dar un asalto de lenguas regidas en orden, al tigre que pasa: pero como la sierpe que yace respirando rencor solitaria, si la pisa la fiera se torna silbante, furente, y el dardo le clava:

Cuando ya un dolor excesivo de su torpe modorra la saca, reacciona feroz y acomete la insignia primera de mando que alcanza. ¡Porque nunca el Dolor tuvo tiempo de inventar y medir represalias, y atropella por sí; por impulso, por ley, por instinto, por lógica innata!

Como va por el foso la Vida de sutil fetidez rodeada; como yacen los limos profícuos detrás de sus vuelos de fúnebre miasma: como triste, deforme, difusa, la materia del caos aguardaba los acentos de Dios que dijesen, ¡sé nube, sé piedra, sé carne, sé planta!

Así van las burbujas de gloria, las virtudes más bellas y mansas, por el ancho zanjón del arroyo, prolijas y sordas, latentes y bravas; así espera mi pulpa del genio, fluctuante, deforme, callada, la presión del Arar que decrete su toga, su lauro, su cetro, su tiara.

Y cual brotan del mar esas nubes que simulan paisajes de nácar; como luego, por múltiples modos, regresan y siempre la mar las exhala: no son más que vapor de sí propia tiranías, alcurnias y famas; flotarán esas nubes el tiempo que floten y rujan abajo esas aguas.

La crearon las leyes eternas al tomar al Dolor como causa y al poner la noción de lo Puro por fin, por objeto de todas las ansias: pero aquel bravo vivo doliente, para dar con la Luz que le llama, requirió sus declives y cauces, su plan y esqueleto de leyes humanas.

Y así fueron las leyes... tus leyes, que no salen jamás de una pauta: la feroz oriental que produjo los clásicos moldes de todos los parias; la que dió sus pacientes ilotas a la hirsuta virtud espartana; la de Roma imperial recubriendo de fúlgida gloria, cadenas y lacras:

La del recio trotar de barbarie por la fría cultura pagana, que llamó cosa vil al vencido, gordura del campo, terruño con alma: la cruel de tu ciencia de nombres desatando las turbas incautas, para verlas correr delirantes detrás de rotundas vacías palabras;

La presente, la tuya, la nuestra, la que tanto retocas y lavas, la que llena de tildes al débil y al fuerte le carpe y alfombra la cancha... rufianesca noción de un querube cuyas dobles, amplísimas alas ¡recubrieran cual toldos discretos, los torpes deleites de quien las pagara!

Sólo fué la grandeza que gozas por su fiebre de hacer, consumada... ¡mis hormigas de Dios, si quisieran, con finos buriles el aire labraran...! Mal oliente sudor de cuadrilla sangre vil de las hordas en armas: cenagoso caudal que tú riges... ¡lo mismo que rigen al mar sus resacas!

Si reclinas tu faz en el globo como quien su pulmón auscultara, cual recogen echados en tierra los indios errantes la voz de la Pampa; sentirás el traqueo solemne, de su heroica labor cotidiana, cual si fuera timbal ese globo y en él repicase la Vida su marcha.

Si tu yunta pujante sujetas, al plebeyo camino te bajas y un puñado de polvo recojes del mismo que bate la yunta que piafa: cogerás un terrón del progreso que sobó como el pan con sus palmas, sentirás el hedor de la sangre que puso diademas a todas las patrias.

Si cual un catador eminente que cien viejos borgoñas compara, comparando la sal de los mares en todos los mares tu crátera escancias: brindarás con el férvido mosto de la carne de chusma que tragan, con el trágico néctar del simple que fió de los genios que tú desamparas.

Si registras el haz del planeta, si sus dos hemisferios indagas cual pudiese la tigre llorosa buscar sus cachorros por cuevas y zarzas: no verás un rincón del desierto donde fije un pie la canalla, buscarás el solar, sin hallarlo, de aquel que tu feudo triangula y dilata.

Si barrenas la costra terrestre más allá de las últimas napas, como un niño voraz con sus dedos perfora y vacía su propia naranja: sacarás el serrín de los tristes que debajo del suelo trabajan... ¡se cerró como un puño el abismo, tal vez protestando de recua tan mansa!

Si tu joya más breve, más necia, con tu rítmica mano contrastas, como aquellas matronas que buscan a graves tanteos los granos que faltan: sentirás un imán prodigioso que tus hilos de nervios alarma... la pasión del orfebre ¡que puso tremantes de vida las prendas que gastas!

Si lo propio que sueñas dormido con un hecho anormal de tu infancia, las arenas del circo rehaces adonde moría la chusma cristiana: a verás fulminar los excesos faz a faz de Nerón que los ama: faz a faz de la cruz y los garfios cantar ideales, cantar esperanzas.

Y si como entre sueños consigues prolongar los que más se regalan, tu visión expectral prolongases y en cuevas y osarios la noche pasaras: la verías cavar en las tumbas el zanjón de la tumba pagana, la verías alzar los altares... ¡los mismos altares que ya no la salvan!

Si del reino ideal de Minerva desarrollas y extiendes el mapa, y persigues en él fríamente la ciencia más pura, la más algebraica: convendrás que tu triunfo primero triunfo fué de la humana ignorancia, y hallarás que los sueños de un loco van siempre alumbrando cualquiera vanguardia.

Si tus graves filósofos abres por sus hojas más plenas y sabias, con el propio fervor con que buscas los versos mejores del vate que aclamas: no verás en las hojas aquellas nada más que un montón de palabras que fulguran, a veces, la chispa del Sancho del siglo, la zona y la raza.

Si a tus negros presidios penetras, en tus patios ruidosos te paras, en la jerga del preso meditas y acoges y estudias los dijes que labra: sentirás que tu lengua y tus artes de los fondos humanos arrancan, como van por el cieno, latentes, los lirios, los nardos, las rosas, las dalias.

Si visitas en noches de planes de Caín y de Caco las aulas y su bronca función de poderes, la tuya de felpa, prolijo comparas: hallarás con horror y amargura, que tus goces orgánicos bajan y concuerdan con ese del crimen tan justo, tan fino manejo de garras.

Si la lívida frente del santo con genial entereza trepanas, y en sus nobles abismos arrojas ecuánime, libre, sedienta mirada: hallarás la molécula misma de algún cáncer atroz de cloaca, que pasando de padres en hijos abrió candorosas clemátides blancas.

Si en tus rondas nocturnas asieras al primer ganapán que pasara, como quien al azar, distraído, cualquier retoño del árbol arranca: detenerlas al César del orbe que sin rumbo ni séquito vaga, mientras alguien combina sus horas y el trono y el cetro de rey la depara.

Si la pulpa del vago, del ebrio, del peor, del más ínfimo palpas, como quien al buscar una perla registra la zona más vil de una casa: sentirás sollozar esas mudas, adiposas, abyectas piltrafas con el hondo plañir de los astros, que se hunden por siempre jamás en la nada.

Si la voz del silencio interrogas, del febril, del genial, del que brama, del que llena de sangre los cráneos, tañendo sonoras campanas de plata: pasará galopando mi Chusma por las teclas de luz de tu alma, cual si Dios, con sus manos, pulsase la gran sinfonía final de las causas.

Jadeante, grotesca, inasible:-- por tenaz, por insólita y vaga,-- soportando por siglos de siglos, minuto a minuto la cúpula humana: así está la misérrima plebe, la inmortal invencible alimaña que los tercos lebreles vigilan y acosan y aturden y aprietan y aplastan.

¡No! ¡No puede quedar en mi Chusma, nada más que la torva mirada con que atisban, tahures vencidos, sutiles, absurdas, quiméricas trampas! ¡No! ¡No puede sentir en su pecho nada más que rencores de paria, y el horresco furor de que todo reviente y en finas moléculas caiga!

Ni podrás vaporar para siempre las barreras de hiel que separan la mansión de las risas amables, de aquel «pandemonium» de sombras airadas,-- ¡nada más que poniendo tus labios donde mismo supuran sus llagas, nada más que llenando tus leyes del fuego divino del alma cristiana!

Ella ve desfilar tus manjares en tus platos de Sévres y plata, mientras yace rendida, gimiendo debajo del bofe que cuasi no alcanza: y pues tiene tus órganos mismos, cualquier vez esos órganos mandan, ¡y sin dar una voz, cual un dogo del menos culpable la faz ataraza!

Ella siente la péndula loca de tus días felices, que pasan como fresca visión capitante de ninfas que ríen, de senos que saltan: y pues tiene sentidos y tiene por tenerlos, pasiones y ansias, ¡con su gran maldición de sedienta maldice, hasta mismo, tu vaso de agua!

Ella ve tus pasiones que vienen con talantes de santos y santas, reprimiendo gazmoñas, en ella, la mínima culpa, la mínima falta; y pues tiene noción de lo justo, de no sé qué suprema balanza,-- ¡tu disfraz de Catón la sulfura, y enloda y escupe tu clámide blanca!

Ella ve florecer tus virtudes donde mismo resultan premiadas, cual escogen, sagaces, las hiedras, la sombra jocunda de cedros y tapias: y pues ella, la gran perseguida, sabe bien el coturno que calzas, cuando pisa tus pisos de roble, sospecha que pisa diabólicas trampas,

Ella ve que tu ley no sostiene ni el derecho ni el bien que consagra, cual un zarzo ruín que doblegan los rubios, copiosos racimos que carga: y pues ella prefiere los frutos al sostén deleznable de cañas, menosprecia tus leyes viviendo la vida salvaje del puño y la daga.

Ella ve que cualquier sacerdocio pone tren con la fe que levanta, como aquellas mujeres que dicen: ¡más oro, más lujo de quien más nos ama! y pues mora Minerva en su cráneo, y pues vive Jesús en su alma, ¡ni respeto ni amor le despiertan tus borlas de sabio, tus cruces de plata!

Ella ve que poder y fortuna con tu solo sudor no los ganas: que las flores no son del que riega, sino del dichoso señor de las plantas: y pues ese deber sin derechos, del nivel del señor la rebaja, ¡le parecen dogales malditos los clásicos yunques, las nobles azadas!

Ella busca la vida del ángel: de la simple función soberana, del dominio total de las olas que el cerebro ciñen turbantes de llamas; y al sermón del trabajo que suelen predicar los que nunca trabajan, magistrales modelos opone de trágicos robos, de finas estafas.

Ella siente brotar en sí misma, como sienten sus yemas las ramas, la legión palpitante de sueños que tientan, que buscan la luz de mañana: y ella ve que su propia belleza de lamentos del vientre no pasan: pues un sólo mendrugo que baje, cien días... ¡mil días de sueños aplasta!

Ella mira flotar en la zona del poder, el honor y la fama, las torcidas pasiones aquellas que sólo merecen el fuego y el hacha: y al buscar el abismo sin fondo donde deben caer fulminadas, ¡con espanto sublime las oye nombrar supervidas y cumbres humanas!

Y volviendo su rostro a sí misma de sí misma dudando, se palpa; y al mirar otra vez, le parece que todos un mismo secreto se pasan: y cien claros dilemas terribles la postrer ilusión le desgarran; ¡y una risa glacial y cortante del fétido fondo del hígado, lanza!

Formidable, diabólica risa... si Luzbel sus cavernas dejara, en los templos de Dios penetrase los días que visten de luces y galas, y riése de aquel artefacto de cartones y tules y panas: su rajante, su právida risa, ¡no, nunca pusiera más bajo las almas!

Desquiciante, profética risa... cual retumba la bóveda vasta y al tremendo tronar, trepidando, sus áureos, bruñidos estucos se rajan: ¡tal cuartea los tenues revoques, tal asorda la bóveda glauca del templo gentil del ensueño, aquella pujante, bestial carcajada!

Carcajada bestial de la bestia cuyo fuerte ronzal se desata: que se sueña sin freno, sin brida, sin un sofrenazo, sin una mirada; que presiente la selva salvaje, la continua, la libre vagancia; la existencia imperial del instinto, sin ver lo que pisan y rompen las patas.

¡No te pasme su furia! No temas sus arranques de virgen insana: mientras haya quien crea, no importa que templos y reyes y códigos caigan. Teme, sí, que cruzando tus ojos con sus ojos sin luz, te deshagas, como torre de horror y energía si el firme cimiento de piedra, le falta.

Teme, si con pavor indecible, con el mismo pavor de la nada, cual si todas las furias en coro pasasen mostrando sus hórridas caras, cual si todos los puntos del orbe le negasen apoyo a tus plantas, cual si todos los astros del cielo cerrasen de golpe sus ojos de llamas:

Que la bestia sublime descubra que no va su ración en la carga; que la virgen hermética sueñe y olvide sus votos de virgen y caiga: ¡que la mártir rechace su cáliz, que renuncie su nimbo y su palma cual un vil desertor, cual un Cristo que un día dejase su cruz solitaria!

POSTAL

Toda ciudad es semejante a un anciano, lleno de recuerdos y cicatrices. Cada una de sus calles tiene su historia, cada uno de sus monumentos merece su capítulo y cada una de sus piedras, ha visto lo que no se sabrá nunca.

MI JUVENTUD

Ayer te ví... No estabas bajo el techo de tu tranquilo hogar ni doblando la frente arrodillada delante del altar, ni reclinando la gentil cabeza sobre el augusto pecho maternal. Te ví... Si ayer no te siguió mi sombra en el aire, en el sol, es que la maldición de los amantes no la recibe Dios, ¡o acaso el que me roba tus caricias tiene en el cielo más poder que yo!

Otros te digan palmas del desierto, otros te llamen flor de la mañana, otros queman incienso a tu hermosura, yo te diré mi amada; ellos buscan un pago a sus vigilias, ellos compran tu amor con sus palabras ellos son elocuentes porque esperan, ¡y yo no espero nada! yo sé que la mujer es vanidosa yo sé que la lisonja la desarma, y yo sé que un esclavo de rodillas más que todos alcanza... Otros te digan palma del desierto otros compren tu amor con sus palabras, yo seré más audaz pero más noble, ¡yo te diré mi amada!

MI FE

Y tal vez por eso mismo Restallante de lirismo, Lo fatal y lo imposible Me deleita contrariar y resolver; Cual un ángel del Averno Partidario del Eterno, Que a los réprobos absortos Predicase las bellezas del Edén; Cual un punto de la esfera Que ser punto no quisiera, Y en las cumbres de los soles Resolviese proclamar su rebelión; Cual un ente miserable Que soñando lo inefable, Desde el fondo de la sombra ¡Suspirase por su cruz de redentor!

Y delante de la furia Con que rueda tu cintura, Como tropa de bisontes Poseída del delirio de migrar, Cual innúmera majada Perseguida y azotada Por las lluvias invernales, Que la llevan sin saber a dónde va. Como férvido torrente Que a la faz de la pendiente Se desploma fragoroso Sin más ley que la maldita de caer: Yo la brizna sin historia, Vil sobrante, vil escoria, ¡Me levanto formidable, Me propongo fulminar tu estolidez!

Si vacía, si pomposa, Si ruín, si delictuosa, Si maligna, si cobarde, Si proterva, si bestial humanidad: Por la faz arrebolada Más abajo de la nada, Más abajo, todavía, Pues te voy a maldecir y apostrofar Soy tu padre, tu poeta, Tu maestro, tu profeta, Tu señor indiscutible, ¡Tu verdugo sin entrañas y tu juez! No me asustas: te domino, Te someto, te fascino Con la luz esplendorosa, ¡Con el hierro incandescente de la fe!

A LA LIBERTAD

Como del fondo mismo de los cielos el sol eterno rutilante se alza, como el seno turgente de una virgen al fuego de la vida se dilata; Así radiosa, y así gallarda, se levantó del mar donde yacía la exuberante tierra americana.