Nuevas poesías y evangélicas con un estudio del Dr. Alfredo Palacios
Part 6
Como las aguas muertas desparraman pestíferos vapores, de juncos y de flores y de brillos fantásticos cubiertas; y como al fin la gente, ya su prole cual muertos insepultos,-- descubre los ocultos focos de la malaria pestilente: ¡oh, calumnia cobarde, tu maldad, como un charco, ni se agita, y tu lengua maldita se arranca finalmente, pero tarde!
II
Tarde... como hay estrellas que cerraron sus ojos soberanos y en los ojos humanos ya muertas en el éter, viven ellas: tus perdurables signos no los borra ni el mar... mucho más anchas donde fueron tus manchas dibujan otras manchas los malignos! Tarde... Como en el suelo que abona el viejo Nilo en sus crecientes, germinan las simientes al primer gestador beso del cielo: las catervas esclavas repletas del rencor de sus fatigas, devuelven cien espigas por cada gota puerca de tus babas.
III
Tarde... Como traidora la lengua de Don Juan va sugerente bruñendo la pendiente que conduce al nefasto «cuarto de hora»; así, rufián hediondo, al propio corazón del que difamas le tientas y le llamas y le arrojas vencido a lo más hondo; así los directrices de carácter más neto y más hidalgo, vienen a ser por algo lo mismo que tú inventas y tú dices.
IV
Tarde... Los que tú lames para siempre jamás doblan sus lomos, egregios eccehomos ungidos de las mirras más infames;-- porque la frase artera que lanzas al azar y medio trunca, ya no se borra nunca, ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera.
V
Como va sin testigos, bajo el dosel astral del firmamento, desflorando el jumento la fulgurante gloria de los trigos; o como en el follaje, trémula de ponzoña, la serpiente fulmina de repente la regia vida del león salvaje; o como las carcomas, en el frondoso, perfumado huerto, con diabólico acierto taladran la más roja de las pomas; o como traicioneras, ya mordidas del mal que no se cura, sobre la tez más pura ponen su placa impura las rameras; tú matas, tú suprimes la Virtud, el Honor, los Ideales, y has poblado hospitales con una multitud de almas sublimes.
VI
Por ti van cohibidas con los ojos en tierra cien mujeres: no concibes, no quieres nada más que bellezas prostituidas; por ti, por tu mandato, no llegan a ser madres las doncellas y apagan sus estrellas en la iracunda paz del celibato; por ti los más garridos, los púberes Apolos más hermosos pasan por tenebrosos, satánicos arcángeles caídos; por ti van los aciagos, impulsivos demonios de los celos, bramando en los Otelos que surgieren al chisme de tus Yagos; por ti marchan sujetas al índice vulgar vidas preciosas sufriendo silenciosas una carrera diaria de baquetas; por ti, locuaz arpía, todos los seres, todos juntos, gimen y la idea del crimen suele turbar a la razón más fría; por ti blancos armiños de máculas y taras están llenos... y no parecen buenos, santos y buenos, ¡ni los propios niños!
VII
Tú tienes los secretos del reproche y el óbice y la mengua: tan sólo por tu lengua Sócrates y Platón no son completos, por ti los inmortales, en el mármol y el bronce redivivos, aguardan pensativos que caigan de una vez sus pedestales; tú acechas la subida del Tabor de la Gloria en un repliegue, para que nadie llegue sin llevar en el rostro tu escupida; por ti se para el carro del más gran triunfador donde tú mandes; tú obligas a los grandes a ceñir un laurel sucio de barro... ¡y tanto les azotas y es tanto lo que injurias su grandeza que sienten la tristeza de no ser unos míseros idiotas!
VIII
Sí, calumnia cobarde, tu maldad, como un charco, ni se agita y tu lengua maldita se arranca finalmente, pero tarde; porque la frase artera que lanzas al azar y medio trunca ya no se borra nunca, ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera.
LA INMORTAL
Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo.--Jesús.
Aquí salgo del seno profícuo de la cósmica chusma sagrada, como surgen los rudos poceros, ungidos en greda, del pozo que cavan; con el acre sabor de la simple, desolante sentencia judaica: la ansiedad de la luz en los hombres recién aparece después que se sacian.
Aquí traigo los puños repletos de corrientes vergüenzas palmarias, cual un frío bufón que mostrase los ruedos raídos de un manto de grana; de vergüenzas corrientes que corren sin herir, sin rozar suspicacias... ¡Por qué tanto repican las cosas que ya no penetran ni a golpes de maza!
De vergüenzas corrientes que quiera sujetar con mi sola pujanza; de sus crines hirsutas cogerlas y al rostro perplejo del orbe lanzarlas. Pues yo sé que los nudos gordianos al más leve tirón se desatan; que se buscan misterios y surgen verdades que ciegan de simples y claras.
Que cualquier intelecto mediano para dar en la clave se basta, como al propio través de la noche con un candilejo cualquiera se marcha, que con sólo pulsar una vida ya se pulsan las cuerdas humanas; pues un solo vellón, uno solo, resume, presume la ingente majada.
Y aquí voy a tejer mis estrofas a favor del azar, como salgan, cual un niño que hacina en manojos jazmines dilectos y agrestes retamas; como corren, según las caídas, por el dorso terráqueo las aguas, y según las arrugas y gestos las perlas del santo sudor por la cara.
Porque nadie trenzó las ideas con mayor solidez y más gracia, que la gracia de flor con que nacen y van, por sí mismas, tramando su trama; porque toda labor que perdure y al rodar de los siglos no caiga, la sacaron así, paulatinas, las inusas ambientes del fondo de un alma.
Yo no sé qué saldrá de mi numen con mi pobre conciencia turbada: la conciencia del gusto vacila la vez que la miden conciencias villanas. Mas yo sé que bajé los peldaños por amor maternal de las llagas: si hay un juez que las vidas escruta, la gota de Cristo que tengo, me salva.
No será mi labor un conciso, bien trabado, bien lógico drama; las verdades morales se chocan y el arte más alto jamás las enlaza. Mas también, la visión de mi chusma cual andrajo flotante divaga... que descienda mi Dios a mis versos: ¡de pie!... ¡de rodillas!... ¡que voy a cantarla!
Pues, ¿qué son las grandezas más grandes, las blancuras del pecho más blancas, frente mismo del máximo fondo de donde salieron tan fuertes y santas?... ¡Lo que fueran tus gotas de llanto con las que hay que llorar, comparadas! ¡Lo que fueran chocando tus besos si dos muchedumbres de soles chocaran!
¡Lo que fueran tus piedras preciosas en los campos del éter bordadas! ¡Lo que fuera tu gesto de hormiga de todos los orbes ritmando la marcha! ¡Lo que fuera tu voz gobernando la revista de todas las razas! ¡Lo que fueron tus horas de insecto si todas las horas de Dios las tragaran!
Como en esos arcaicos escombros que silvestre zarzal amortaja, sobre plintos de mármol augusto discurren culebras terrosas y flavas, las culebras del hambre y los vicios su semblante de Dios desencajan y la bilis del Odio, superbas, de pálido azufre dantesco la bañan.
Ni el más leve, gentil sentimiento centellea su faz demacrada: pues al dulce rubor de las rosas la luz lo genera, la noche lo mata. Sus afectos flotando confusos en el mar del instinto sin playas, leviatanes enormes parecen que dentro su vago cubículo vagan.
¡Leviatanes enormes!... lo mismo que el vapor fantasmal de las aguas, con sus lívidos velos llorosos difuma de Londres la enérgica mancha: tras aquel invasor aguardiente que a geniales y a estúpidos mata, los contornos humanos asumen grotescos dibujos de bestias nefarias.
Turpitud multiforme, deforme, cuyo suero de gimio deprava cual tenaz filtración del infierno, familias y tribus, naciones y razas. Turpitud alevosa que viene de vigor y placer disfrazada sepultando la luz en la Sombra, torciendo, rompiendo la psiquis humana.
¡Leviatanes protervos!... Del modo que sus bravos arpones enlazan los torcidos anzuelos, la noche que dos espineles muy próximos atas: su persona moral es enjambre de torcidas pasiones bastardas, que la influencia de un astro maldito sacude, alborota, revuelve y engancha.
¡Leviatanes horribles!... Lo propio que las pobres personas baldadas, con los órganos sanos que tienen reponen o finjen aquél que les falta: de palpar sus tupidas tinieblas, ha sacado, también sus ventajas, y al dolor sin amigos que sufre le brotan ideas con dientes y garras.
Y cual dos huracanes contrarios que barriendo la tez de la Pampa, sibilantes de furia se funden y en férvidas rondas al éter se lanzan: su contrato social es un choque de violencias rasantes y pravas, remolino de pestes, coyundas que toda la recua del mal acollaran.
Pero como de dos peregrinos que repechan abrupta montaña, más lesiona sus pies el cobarde que menos afirma sus pies en la marcha: solamente los mansos corderos en aquel pedregal se desangran... ¡Mujerzuela procaz a quien rinde la limpia, sonante, genial bofetada!
Y es amigo traidor, vil hermano, vil esposo, vil padre... ¡Que caigan los brazos de Cristo y le formen cual una materna, mimosa muralla! Yo no dejo a mi plebe convicta faz a faz de tus nobles infamias... ¡Será todo lo vil; pero nunca más vil que tu vida más útil y sana!
¡Qué! ¿No tienes amigos amables que te ponen el pie cuando pasas, ni jamás un gorrión de tus migas llamándote padre rajó tus espaldas? ¡Qué! ¿No venden los grandes hermanos a sus grandes hermosas hermanas y los grandes maridos no suben después que sus honras bajaron muy bajas?
¡Qué! ¿Dirás que tus niños de cera no son tigres cachorros que lactan; que tus lazos efebos no sufren vigilias perplejas, insólitas ansias; que tu joven doctor,--ese mismo que repujan masaje y gimnasia,-- siente claro, vivaz, fulminante cualquiera resorte maestro del alma?
¡Qué! ¿Dirás que tu guante de Suecia diez pulidas ganzúas no envaina; que tu sacro cerebro de Newton no vibra quién sabe que celdas nefandas? ¡Qué! ¿Dirás que mi firme cuchilla cuando hiende la carne del paria, porque bruñes tu piel con gamuza no hiere tu propia, tu misma carnaza?
Como están bajo el rubio topacio del provecto jerez agolpadas, por subir y flotar y engreirse,-- chusmaje bravío,--las heces amargas; como están en el frígido lecho de los hondos aljibes de Arabia, muchedumbres de vírgulas viles debajo del puro cristal de las aguas;
Como está la ocasión del estrago,-- ella misma, total, fulminaria,-- tras el amplio dosel de esas nubes fugaces cual sueños fugaces que pasan; como cuelgan de regios tapices primorosas, bellísimas dagas, aguardando al Caín, al Otelo, o el cívico Bruto que vibre sus lamas;
Cual desdobla, crespones azules en las cumbres del monte la larva, mientras hierve iracunda en el fondo como una iracunda, perpetua amenaza: cual recoge la bestia felina su retráctil, su elástica zarpa, mientras duerme feliz meditando su opípara cena de carnes humanas;
Como terca y astuta y sumisa, sin tal vez amagar, se recata por detrás de la piel reluciente, del cáncer hediondo la red soberana: como corre a través de cien cráneos, dubitante y anónima y canta, la imperial, la furiosa locura que al fin sobre alguno se afirma y estalla:
Así están en tu ser los extremos do tu heroico egoísmo se lanza cada vez que tu yo, tu persona, tu fin, tu destino, peligran y claman. Así están aguardando pacientes la ocasión, de reinar como amas, las que tú denominas torpezas no sé con qué gesto de arcángel sin alas.
Así está lo más vil soportando su capullo de túnicas blancas, sin decir, ni vibrar, ni radiarse si el mar de tu vida no agita sus aguas... ¡Por qué toda esa luz que refulges puede ser en tinieblas trocada, miserable montón de miseria que todas las manos moldean y amasan!
Porque tú,--gran señor, gran patricio, gran ilustre, gran genio, gran lama,-- por lo mismo que moro en las sombras, a mí no me ciegas, te cuento las manchas; y detrás de tu aspecto solemne, del perfume de honor que derramas, de la curva triunfal de tu testa... ¡Yo sé lo que sobra, yo sé lo que falta!
¡Que abandonen la cruz esos brazos que sin ver ni juzgar nos abrazan, y las lepras de todos envuelva su blanca batista que siempre está blanca que desciendan al mundo esas manos que la furia del mar amansaban, y al cerebro más firme y completo le impongan la enorme locura cristiana!
¡Que me cieguen mis ojos malditos, que con sólo mirar ya difaman! ¡Que me arranquen mi lengua de sierpe que sólo destila verdades airadas! ¡Que sacudan mi frente y la rompan como a frágil redoma de miasmas! ¡Que desgarren mi pecho y fulminen la esponja de viles vilezas que guarda!
¡Sí! ¡Yo sé que un perfume inefable, que un fulgor indeciso de alba, que una música sorda y sublime desprenden y esparcen las vidas más bajas! ¡Sí! ¡Yo sé que del fondo más hondo surgirán las alturas más altas, mientras haya girones, andrajos, deshechos, minucias de carnes humanas!
¡Sí! ¡Lo mismo que charcos hediondos resplandecen al sol como plata, y al brochazo del genio las formas, la cárcel del lienzo desertan y saltan; la presión de las manos divinas en la creta del Cosmos, echada, realizó la sutil y evidente, fugaz y absoluta presencia del alma!
¡Sí! ¡Que venga la luz a raudales, a diluvios ardientes de llamas! ¡Que me fluya del fondo del cráneo, y al último cráneo dilate su cauda! ¡Que se colme mi ser de justicia, del afán de ser justo sin saña, y lo mismo que a un campo sembrado me broten verdades eternas y mansas!
Aunque hieran los ojos del sandio que prefiere no ver lo que palpa; aunque surjan tan recias que rompan sus torsos ciclópeos, mi mísera entraña; ¡Aunque ya no me quede cerebro para hilar las ideas más vacuas y me tienda sin fuerzas, idiota, contando las olas del mar, en la playa!
Si el Amor electriza sus carnes,-- el Amor que prolonga las razas, que los pies de marfil de Itacto besó con sus besos de nardos y ascuas;-- yo no sé qué lupercos infames a tender ese tálamo bajan; yo no sé de qué vientre surgieron aquellas legiones de vicios con alas.
Primer vago rumor en el nido, primer vago matiz en la rama, primer vago fulgor en el cielo, los niños; pichones retoños y albas. Pero nunca sonríen aquellas mañanitas del polo nubladas; querubines de Dios... ¡querubines que bregan cubiertos de pupas y canas!
¡Valerosos impunes pichones que del nido paupérrimo saltan y a buscar su comida comienzan, nacientes el pico, la felpa y la garra; valerosos rapaces que tornan con sus tiernas manitas manchadas, a llenar, como próvidos padres, las faldas maternas de ricas migajas!
Como tienden al sol los rosales que tenaz el taladro taladra, sus dolientes pimpollos lo mismo que tiende sus brazos la vieja traviata: su precoz pubertad es el gesto, la sonrisa senil de las razas: floración de sepulcros, pimpollos que tardos, muy tardos, en fruto se cuajan.
Enfermizos, nacientes pimpollos cuyas hojas de seda desatas con tus artes de fauno... ¡con esos deleites sombríos que tú no declaras! Satinados pezones que sucias, callejeras deidades arrastran y recoje y estruja y exprime quién sabe qué mano de prócer, malvada.
Miserandos capullos marchitos con que nutres el horno y la fragua como quien alumbrase sus noches con rayos pedidos al sol de mañana, como quien recubriese sus minas con los propios diamantes que guardan... ¡salvación del afán de un minuto con toda la serie siglos que faltan!
Como aquellos duraznos salvajes que comercias a sendas barcadas, exquisitos algunos, carecen de rojos matices, de pulpa y de savia: cuando trueca su flor en espigas,-- si en la vil soledad no se mata,-- como fruto silvestre de bosque, de ser una vida rodando no pasa.
Y una vida vulgar es un cofre de inseguras, de fáciles tapas, donde mete cualquiera sus manos y el pobre tesoro completo le saca; pero hay vidas vulgares que suelen, como ciertas anónimas arcas, ocultar cautelosos resortes que saltan a veces... ¡y a veces no saltan!
¡Cautelosos resortes!... Lo mismo que los raudos cohetes traspasan el capuz de la noche y se vuelcan a chorros de luces brillantes y varias; de la mar bonancible, sumisa, de vulgares cabezas humanas, brotan siempre la curva silbante que vuelca sus luces o rojas o blancas.
Lo ruín, lo vulgar; el repuesto del templado cordaje del arpa; las torcidas virutas endebles que va como rulos dejando la tabla: la porción de color que pudiera ser mejilla, ser labio y es granza... ¡material de proyectos divinos que sirve de cuñas, andamios y gradas.
Como ruedan las noches de invierno, prematuras y torvas y tardas, sobre cada primor de las yemas poniendo colgajos de crudas escarchas, va también su vejez a dormirse del osario común a la zanja, sobre cada ilusión que despunta poniendo seguro, mordaz epigrama.
Porque toda vejez se defiende de los rayos del sol que se alza, circuyendo su calva de nimbos y echando a la joven burlonas miradas; porque toda vejez disimula su rencor al placer de las alas, desdoblando feroces antenas que hieren precisos la nota que falla.
Porque a cada ilusión que perdemos una fúlgida luz nos apagan y un nidal de pichones azules del fondo del pecho nos hurtan y matan: ¡y aquel antro se puebla de sombras que maldicen la lumbre del alba, y aquel nido desierto y helado, se colma de sendas tarántulas bravas!
Mas cual esos heroicos guerreros, cuya tez embellecen y manchan cicatrices de sable y estoque... con otras habidas en otras campañas; por la tez de mi plebe proterva, por sus manos roñosas y flacas, el afán del oficio depuso la tosca y excelsa señal de la garra.
Y así como los tales ilustres,-- descreídos, borrachos y mandrias,-- en las cuevas del pecho mantienen cual santo rescoldo, la fe de su patria; por haber ejercido de mártir en la ruda, perpetua jornada, yo no sé qué fulgor indecible de gran sacerdote, sus ojos irradian.
Como aquel rapazuelo sin padres que te sirve de pie mientras yantas, cuanto más te retiene la gula más fría recibe la sobra que traga: mientras cubre de goces tu vida, mientras llena de luz tu morada, su ración del placer que te sobra, se cubre, se llena de pútridas larvas.
Y cual esas mujeres abyectas que te sorben la bolsa y el alma, simulando llenar tus deseos con una presteza de madres y hermanas: cada vez que cualquier beneficio, tus umbrales de pórfido baja... ¡baja un garfio voraz de drenaje, un buzo equipado de recia escafandra!
¡Yo diviso diez lojas ardientes que conminan la gleba reacia, cuando miro tus dos manecitas jugar en sus lomos de acémila exhausta! ¡Yo percibo tu voz alentando la jipante cuadriga cansada cuando veo caer tus coronas en esas virtudes sombrías y flacas!
Yo me tapo los ojos y tiemblo cada vez que sus dotes alabas: me pareces un boa del Chaco que ya la fascina, que ya se la traga; me pareces un pulpo inhartable cuyas tenias flexibles alarga y en las carnes del náufrago inerte succiona la chispa final de substancia: