Nuevas poesías y evangélicas con un estudio del Dr. Alfredo Palacios
Part 2
Valerosa lección de energía. «Es necesario comenzar de nuevo,» dice el poeta.
Sí; cuando se reconoce que no se ha ahondado bien en el surco, menester es empuñar de nuevo el arado, con la misma tenacidad, con el mismo entusiasmo. Toda empresa humana exige el esfuerzo perseverante. Un camino nuevo no se abre a un solo golpe de piqueta.
El poeta sabe que la brega es dolorosa, pero sabe también que el dolor es necesario; no produce en él la depresión; es acicate, fuerza sin la cual no se desplegarían las alas, no se emprendería el vuelo, la gloriosa ascensión hacia formas siempre mejores. Menester será reconciliarnos con el dolor, calumniado por los pesimistas; el dolor advierte, a veces purifica, levanta de lo más hondo y redime.
El día sin dolor sería el estancamiento. Si no hubiera dolor, no habría piedad, no habría amor.
Alguien ha afirmado equivocadamente que el poeta fué pesimista y citó en apoyo de sus tesis el «Trémolo.» Ya veremos que no es así.
Almafuerte no se detuvo en la faz sombría del dolor sino por excepción expresando un estado transitorio de su espíritu. Se queja, impreca, maldice, blasfema, pero para mejorar el mundo, y teniendo siempre en vista un ideal, una luz que no se apaga nunca.
No así Leopardi, el gran lírico italiano. Para él la vida no merece sino desprecio; el progreso es mentira y como combatir sería inútil, se resigna. Por eso dice en «A se stesso»:
Or poserai per sempre Stanco mio cor..... ............................ Posa per sempre. Assai palpitasti. Non val cosa nessuna i moti tuoi; né di sospiri e degna la terra. Amaro e noia la vita, altro mai nulla: e fange e il mondo. .............................................
Así también en el canto nocturno de un pastor errante, donde el gran recanatiense expresa su desesperación por todo y su incapacidad para la acción. Se dirige a la luna y le pregunta cuál es su misión en los cielos. Surge, contempla los desiertos, pasa y se oculta. ¿Acaso no sufre el cansancio de volver a seguir tantas veces por los mismos caminos? ¿No se hastía de mirar siempre los mismos valles que conoce? y dice triste, dolorosamente, que su vida es semejante a la vida monótona del pastor, es decir, del poeta que vive sin esperanza y que por eso de nada le sirve la vida...
Somiglia alla tua vita la vita del pastore Sorge in sul primo albore, move la greggia oltre pel campo, e vede greggi, fontane ed erbe; poi stanco si riposa in su la sera altro mai non ispera. Dimmi, o luna: a che vale al pastor la sua vita, la vostra vita a voi?--dimmi: ove tende questo vagar mio breve il tuo corso immortale?
Nuestro gran poeta es el cantor del Hombre, de sus poderosos anhelos y le exalta y le diviniza. En cambio, Leopardi siente envidia por el rebaño que descansa tranquilo, que no conoce su esclavitud.
O greggia mia che posi, o te beata che la miseria tua, credo non sai! quanta invidia ti porto!
Leopardi es el precursor del pesimismo sistemático de Schopenhauer cuya filosofía se ha creído encontrar también en los versos de Almafuerte. Nada más falso.
La vida es esfuerzo, dice el filósofo alemán y el esfuerzo es el dolor; de ahí que sólo el dolor sea positivo.
Siendo la vida la objetivación de la voluntad, menester es negarse a querer, necesario es huir del amor que perpetuando la especie, perpetúa el dolor. Así se entra en el Nirvana que para Schopenhauer es el aniquilamiento del ser, la cesación de todos los dolores por la destrucción de la voluntad, pero que para el budhismo esotérico, es más: es el reposo consciente en la omniscencia.
Parece escucharse al través de los siglos la palabra de Sakia Muni que llega de la orilla del Ganges: «El mal es la existencia,» o la palabra del Eclesiastés, el escéptico cuyo espíritu era negación del espíritu hebraico:
«Mejor es el día de la muerte que el día de nacer.»
Nada tiene de común nuestro poeta con los pesimistas.
Leopardi dice que nada vale el esfuerzo; que la tierra no es digna de suspiros: «non val cosa nessuna y moti tuoi, né di sospiri é degna la terra.» El filósofo alemán dice que la esencia de la voluntad es el esfuerzo y que todo esfuerzo es dolor.
Almafuerte, en cambio cree que el esfuerzo es una necesidad, que el hombre debe trabajar incesantemente para que venga el Prometido, el que será un cerebro con alas. Tiene una fe inmensa, y porque sabe que toda acción humana repercute a través de los siglos, que nada se pierde, que todo esfuerzo conquista algo y debe ser recompensado, se cuadra frente a Dios, le acusa de crueldad y le dice magníficamente:
«Aquí estoy, ante ti... ¡Ni un solo gesto! ¡Págame mi dolor!»
Es el optimismo de profeta de Israel, que ve las miserias de los que sufren y que reclama, por eso, de Jehová, dialogando con él, la justicia inmensa sobre la tierra; que no se desespera, que va cantando un himno a la voluntad soberana, que exalta, para levantar el hombre hasta Dios.
«Yo sé que hay una luz que no se apaga», dice Almafuerte en el «Trémolo». Eso es la negación del pesimismo. Lo que hay en sus versos, es el gesto airado del profeta; alguna vez el lamento amargo de Job, y siempre la rebelión judaica que blasfema y vuelve a Jehová.
«Tengo el corazón hecho una llaga, Como el cuerpo de Job.»
Y otra vez:
«No hagas, solemne Dios, ni un solo gesto ¡Te acuso de crueldad!»
El libro de Job, citado tan frecuentemente por el poeta, es un libro filosófico en el cual se plantea el problema que preocupó intensamente a los judíos. ¿Por qué los buenos sufren si hay un Dios justo? Para los beni-israel no había castigos ni penas de ultratumba: por eso sus profetas pedían la justicia, hoy, en seguida y sobre la tierra.
«Ved aquí, dice Job, que clamaré padeciendo violencia y nadie me oirá; vocearé y no hay quién me haga justicia» (Job, capítulo XIX).
Pero no se resigna; sabe que su esfuerzo vale, y le dice a Dios:
«No me condenes; hazme entender por qué pleiteas conmigo» (Capítulo X-2) «¿Por qué se esconde tu rostro?» (Capítulo X-24.).
Almafuerte es un optimista, como aquel Isaías que también fué poeta, que se indignaba contra la injusticia y rugía entonces como un viejo león, que discutiendo con Jehová concluyó por transformarlo haciéndolo más bueno.
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En la «Sombra de la Patria,» clamaba contra la injusticia y rugía entonces tan admirablemente los sentimientos humano y nacionalista, como desmintiendo la afirmación de su crítico que explica tendenciosamente la evolución del poeta; en la «Sombra de la Patria,» está palpitando el pensamiento hebraico.
Almafuerte ve pasar la patria con el corazón oprimido.
Sueltos van los cabellos; en guedejas por el busto de mármol se derraman como velo de angustias, o sombría melena de león. Siniestra, pálida, desencajado el rostro...
Así la sombra de Italia aparece en el alma dolorida de Leopardi, donde no hay esperanza, que es soberana en el espíritu de nuestro poeta. Así la sombra de Italia: lívida, suelta también la cabellera y arrancado el velo:
Sí che sparte le chiome e senza velo siede in terra negletta e sconsolata nascondendo la faccia tra le ginocchia e piange.
Así Israel «regada en llanto por haber torcido sus caminos,» pasa por el alma ardiente de Jeremías. (Capítulo IV, V 21).
Almafuerte ve cruzar la patria llena de dolor; le parece que se arrastran gloriosas banderas y entonces airado se dirige a Dios, llamándolo siempre Jehová. Jehová no era ya el Dios patriarcal de las tribus semitas, nómadas, era el Dios nacional, el Dios «del pueblo elegido.»
Dice el poeta:
«¿Dónde estás Jehová, dónde te ocultas? ¡Qué! ¿no vuelves tus ojos y la salvas?»
¿Por qué mira caer sobre el pueblo todos los apetitos que carcomen su entraña y no lanza el rayo de su enojo, no descarga su brazo justiciero, no obscurece su cielo y no para sus mundos atónitos, si menester es salvar a su pueblo?
Y agrega:
«¿Oyes la voz de «tu poeta» y callas? La voz de tu poeta que te clama La voz de tu poeta que te adora.»
Almafuerte dice: «Tu pueblo,» dirigiéndose a Jehová y en las «Milongas clásicas,» donde canta con hermoso optimismo a nuestra patria, hablándole de nobles ideales, termina con esta estrofa:
«Y Dios al verte dormido Sobre todo tu progreso Te dé la paz con su beso. Como a su «pueblo elegido.»
Almafuerte dice también «tu poeta.» Carlyle afirma que «vate» en lenguas antiguas quiere decir «poeta y profeta.» Si alguien todavía dudara que nuestro gran Almafuerte viene de los libros hebraicos, oiga a los «vigías de Israel.»
Así habla Isaías en los capítulos LXIII, v. 15 y 17 y LXIV, v. 11:
«¿Dónde está tu celo y tu fortaleza, Jehová? ¿Han amenguado acaso? ¿Por qué, oh Jehová, nos has hecho errar tus caminos? ¿Por qué endureciste nuestro corazón? ¡Vuélvete por tu pueblo, por las tribus de tu heredad! La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria fué destruida: ¿por qué te detienes? ¿por qué «callas» y nos afliges de esta manera?»
Y así, Jeremías, en el capítulo XIV, versículo 19, preguntando a Jehová por qué no salva a su pueblo:
«¿Has abandonado a Judá? ¿Aborrece tu alma a Sión?»
Almafuerte es un optimista estupendo. De lo más hondo del dolor saca fuerzas. El dolor mismo es su gran fuerza, su acicate. Por eso, lejos de desesperarse como Leopardi, después de hablar a Jehová que calla, sin negarle le abandona y busca los jóvenes que saben de amor heroico para impulsarlos a la lid, a la pasión, a la venganza, ¡pero antes les advierte que si callan, si permanecen quietos en una indiferencia infame deberán arrancarse de los rostros a puñados las mal nacidas barbas, dejando que sus novias escolten la sombra dolorosa de la patria!
El espíritu de este Profeta nuestro es una fragua, cuyos rojos resplandores llegan a todas las almas. Quema pero alumbra. Hay allí una infinita sed de justicia; más que de justicia, de amor y de bondad; un anhelo soberano de ascensión, una eterna rebeldía; una esperanza que no se acaba nunca y muchas maldiciones y blasfemias y cóleras santas que caen como latigazos sobre las espaldas de los poderosos que exprimen y maltratan a la «sudorosa chusma sagrada.»
Y esta alma atormentada por el dolor, el amor y la esperanza, esta alma de titán que pelea con Dios por la causa de los hombres; esta gran alma agitada por todas las pasiones generosas como una selva por todas las tempestades, sólo tuvo dulces vibraciones para la mujer. Allí está el «Cantar de cantares», joya cincelada por manos divinas y que también viene de los libros hebraicos.
Alguna vez, leyendo esos versos, he pensado que el poeta era el pino solitario de Heine que bajo la nieve soñaba con una lánguida, melancólica palmera del Oriente muy lejano... pero se ha dicho que en la lira de Almafuerte faltaba una cuerda, la que hace vibrar la mujer; que el poeta no sintió la emoción amorosa, que no amó nunca; que en sus versos de amor no puso la pasión sino el arte.
Lo niego. En la boca de este león, que es bíblico como el otro, también se ha encontrado la miel.
Hablo de la amada, no de la madre. La madre nunca estuvo más alto que en los versos del poeta, al extremo de que cuando éste resume toda su obra y exalta su orgullo hasta el infinito dice:
«Soy el llanto que rueda sobre lo inmundo, Yo he nacido, sin duda, para ser madre.»
Hablo de la amada de la cual no siempre se expresa el poeta como en el «Cantar de cantares», dulce, suavemente.
Cuando nos habla de sus desengaños amorosos, la pasión del autor del «Misionero», se desborda.
En «Mancha de tinta», donde las sombras se amontonan, donde el poeta siente la deslealdad, la traición del amigo, del discípulo, que yo sé cómo desgarra el corazón; donde casi llega a perder la esperanza que siempre le alienta, al referirse a la mujer infiel dice en un arrebato:
«Llamé, gemí... ¡No salió! Aullé como loba hambrienta; ¡En sus puertas de caoba Grabé con sangre su nombre!»
En «Castigo», expresa, así, soberbiamente su venganza:
«Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas hasta rozar los astros: ¡tócale a mi venganza de poeta dejarte abandonada en el espacio!»
«Cantar de cantares» está inspirado en las deliciosas páginas bíblicas, y si le falta la voluptuosidad de éstas, puede afirmarse, a pesar de lo sostenido por algún crítico, que en la poesía de Almafuerte hay algo más que respeto por la mujer; hay emoción amorosa.
Habla el cantor bíblico y dice:
«Como manada de cabras que se muestran desde el monte de Galaad son tus cabellos; como un hilo de grana tus labios; como torre de marfil tu cuello; como dos cabritos mellizos de gama que son apacentados entre lirios, tus pechos; panal de miel destilan tus labios; ¡oh, hermosa mía, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada!»
Y Almafuerte canta:
«Como el bíblico poeta, Como el rey de los proverbios seculares Que no pasan, que no mueren, ¡yo te canto!»
Y compara, luego, los ojos de su amada con sellos de turquesa; sus hoyuelos le parecen cicatrices de caricias de dos besos fraternales; sus orejas, caracoles nacarados de la playa; sus labios, pétalos de rosa purpurada como sangre; su cuello torrecilla de alabastro cimbradora; sus pechos bloques de azucena.
Y sigue:
«Florecitas de durazno que la veste de las auras amontona bajo el cielo de la tarde--tus mejillas; tus mejillas de sedosos, inefables terciopelos, son las flores que un arcángel amontona bajo el cielo de tus ojos por los valles de sonrisas y sonrojos ¡que divide tu severa naricita de matrona!»
En esta estrofa hay una honda emoción amorosa. Aquí yo veo una mujer, no la mujer en abstracto, ni el «dolce pensiero» de Leopardi emanado sólo de la idea de mujer.
Almafuerte no fué nunca pesimista, ni sintió ni conoció a los filósofos que a ese respecto sistematizaron, y cometen un error lamentable por incomprensión de su obra, los que le creen inspirado en el hosco alemán para quien la mujer es «la intermediaria del insigne engaño de que es víctima el hombre».
Para Almafuerte existe una luz que nunca se apaga y que alumbra hasta en el calvario; es el ideal, fuerza que impulsa a la ascensión, y alguna vez el poeta confunde ese ideal, esa luz, esa fuerza con la mujer querida:
«Es la lámpara votiva del santuario que fulgura dulcemente, ¡que derrama dulcemente, tiernamente, sus bondades luminosas en la cruz de mi calvario!»
¿Y cómo no había de ser así?
¿Acaso es posible realizar alguna gran obra sin amar a una mujer? ¿Acaso se concibe que el hidalgo aquél que «santificara todos los caminos con el paso augusto de su austeridad», hubiera defendido a los débiles y levantado la enseña del ideal, sin su amor a Dulcinea?
Pero dejemos la vida íntima del poeta, que amó--y de eso no hay duda--porque fué caballero de grandes empresas, y, sabido es, pues lo dijo Don Quijote a Vivaldo, que tan propio y natural les es a los tales amar, como al cielo tener estrellas, y que a buen seguro no se habrá visto historia donde se halle caballero andante sin amores...
Un crítico que amaba profundamente al maestro, Más y Pí, respondiendo quizá a una tendencia de su espíritu, al estudiar la evolución del poeta, incurrió en el error de sostener que, fracasado el ideal de patria, surge en Almafuerte el de humanidad, para después llegar al refugio de su reino interior, donde el escepticismo contamina el alma.
Ya hemos visto cómo en el poeta eran compatibles los conceptos de patria y humanidad, así como en los profetas, patriotas austeros que a la vez propagaban un principio de universalidad que fué fecundo en la historia.
Almafuerte no se decepcionó nunca de la patria. La amó entrañablemente y quiso que fuera ejemplo para los demás pueblos. Es original que la refutación a Más y Pí, esté precisamente en un soneto dedicado por el poeta a su crítico, que hoy reposa en el fondo del mar. Dice así:
«En el crestón de peñas submarinas en que chocó tu frente soberana un faro se alzará de luz arcana como una encarnación de tus doctrinas. ¡Él mostrará las rutas argentinas A la esperanza humana!»
Ya antes, en «Milongas clásicas», le dice al pueblo que no se amontone en las ciudades; que recubra la inmensa extensión de la tierra exuberante. «¡Virgen núbil, que debe encontrar su varón!» Quiere ver trigales y aldeas desparramados por su patria, donde jamás deberá faltar, por sobre todas las cosas, un ideal.
La «Sombra de la Patria», lejos de ser un canto de desesperación, es una llamarada de fe. La escribió en una época política de desorden; pero él sabía que la juventud era la salvación del pueblo, y por eso la invoca en versos lapidarios.
El 90 la juventud cumplió con su deber. A su frente estaba junto a un apóstol de la democracia, la figura noble y caballeresca que preside esta fiesta. Poco después, el mismo Almafuerte empuñaba un fusil para combatir contra los malos gobiernos.
Habíamos decidido ser libres por un hermoso acto de voluntad, y menester era que realizáramos nuestro aprendizaje de libertad. La evolución política es notoria. De la violencia, que caracterizaba los comicios, fuimos al fraude; se pasó de las formas violentas y musculares a las formas astutas e intelectuales. Es la evolución de la criminalidad en general.
Del fraude a la venalidad después. Esta última así repugnante, significaba un adelanto. El pueblo sabía ya que su voto valía algo. Era inmoral, pero era libre.
Y después de la venalidad vino el comicio abierto. Almafuerte, que nunca se decepcionó; que comienza un soneto diciendo: «No te dés por vencido, ni aún vencido», no podía abandonar, como equivocadamente afirmó Más y Pí, su hermoso ideal de patria, que, por otra parte, él conciliaba perfectamente con los ideales humanos de justicia social--y así se explica esa hermosa carta que Almafuerte, el ciudadano, me enviara en 1912 adhiriéndose a mi candidatura a diputado--perdóneseme esta justificada vanidad--carta que con orgullo he colocado a manera de prólogo en un libro que se refiere a mi acción parlamentaria.
En esa esquela Almafuerte habla del «auroral despertamiento que maravillosamente la nueva legislación electoral ha producido».
No mutilemos pues, al poeta. La evolución de su espíritu que señala el crítico, es falsa. Sus ideales no se apagaron nunca, y jamás se encerró en su reino interior sin comunicación con el mundo.
Vivió entre los hombres; amó sus dolores y sus miserias; trabajó por la patria, y en presencia de esta grande colosal conflagración humana, se puso del lado de la justicia, y cantó a Bélgica mártir, incorporándola a la pléyade de los torturados, que él amó tanto. Y antes de morir lanzó su maldición terrible, su anatema, su apóstrofe vibrante, como un profeta, contra el poderoso que violó la justicia y escarneció el derecho.
El pueblo reclama la estatua de Almafuerte.
Levantemos el monumento; rodeémosle de flores, y que, como el sepulcro de Tesco, según nos lo cuenta Plutarco en sus «Vidas paralelas», vayan a él los miserables, los caídos, los débiles, con la esperanza de encontrar consuelo.
ALFREDO L. PALACIOS.
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EVANGÉLICAS
1.--Subir, ascender, prosperar en el mejor sentido de las palabras, no es encaramarse en los sitios más visibles, como los gatos en las chimeneas, y los cuadrumanos del jardín zoológico, en los tinglados de sus jaulas.
2.--Subir es evolucionar; evolucionar es mejorarse; mejorarse es desbestializarse; desbestializarse es adquirir la prerrogativa de ser creído y de ser seguido: asumir el derecho del mando, que es el más alto de los derechos, porque es el que impone más deberes.
3.--Como crece un cedro desde su raíz hasta su copa, así debe crecer tu vida; y como se desarrolla una parra hasta cubrirse de racimos, así debe desenvolverse tu persona física y moral; porque nada que no se resuelva en plato de todos, vale nada.
4.--Que sirvas de algo, que produzcas algo, que dejes el recuerdo de algo: los árboles que no dan fruto, o que no dan madera, o que no dan leña, son inferiores a las patatas.
5.--Vestir mejores ropas que los demás, no es tener mejor carnadura que aquéllos que las visten remendadas, como el que sube a una torre está más alto que los otros; pero, no es más alto, por eso, que ninguno de los otros: trata de merecerlo todo, hasta el aire que respiras.
6.--Procura no distinguirte de tus semejantes nada más que por lo accidental y contingente: que antes de recibir el aplauso ajeno, ya te hayas aplaudido tú mismo; y que al despojarte de tus vestimentas, de tu fortuna, de tu alto puesto y aun de tu fama, no se vaya ninguno de tus atributos esenciales dentro de esas cosas, como se va la piel en un parche cáustico, o como se queda sin dientes, al acostarse, aquél que los lleva postizos.
7.--Camina con tu persona no con la que te atribuyen: no hagas como esas mujeres, que se quedan muy satisfechas con los apetitos que despiertan sus pechos de algodón.
8.--Que tu vida sea una vida, y no un fenómeno cerebral; o de los que te odian o de los que te aman.
9.--Cualquier escarabajo puede yacer, por combinación, en el augusto regazo de Jove, aunque sólo sea por el término de diez segundos; cuando tú palpes las alturas, todavía doblegándote, como un muchacho que junta frutillas, recién serás grande.
10.--Solamente los muy simples y los muy pillastres juzgan a las personas según los casos, o por el peldaño que ellas pisan o por la situación de espíritu que ellas atraviesan: nunca seas ni tonto ni pillo, pero si no has nacido capaz del término medio, ojalá que prefieras el primer extremo... ¡y seas tonto!
11.--Hay muchos optimistas que creen, como en un artículo de fe, que en todas las sillas de marfil se sienta, o un Alfonso el Sabio o un Cicerón; y muchos positivistas que saben, que en cualquier elevación de la orografía social, hay alguno que puede dar, si quiere dar.
12.--Y, también hay muchos inocentes que piensan que todos los dolores son motivados por alguna injusticia; y muchos espíritus fuertes que razonan así: la muerte de un marido, de un padre, de un hermano mayor, puede proporcionar una cocinera barata.
13.--Los hombres están colocados en la sociedad como los ladrillos de una pared, al azar y según fueron viniendo: no pienses que sean héroes, porque llevan charreteras, ni que sean mártires, porque lloren a lágrima viva.
14.--Todos ocupamos un sitio, por una ley intransgredible, más bien física que moral; pero, muy pocos, el sitio que nos corresponde: ten el valor de descender al postrero, ése es el que te mereces en tu propia conciencia.
15.--Tan melancólico y pensaroso se manifiesta un criminal después de cometido su crimen, como un sabio experimentador después de fracasado su experimento: las lágrimas y las carcajadas no tienen letrero como algunas píldoras.
16.--El espectáculo de las alegrías y de las tristezas ajenas es deprimente del espíritu: sensualiza, enloquece, amujerenga, mata el sentido de lo que realmente es y desafila la intuición de lo que debe ser: es como la música, que emociona las almas y las atonta.
17.--A los hombres se les conoce por lo que desean, no por lo que les acontece.
18.--Cuántos imbéciles, cuántos vesánicos andan por las supercapas sociales, gozosos y satisfechos; y cuántos tan imbéciles y tan vesánicos como ellos, andan llorosos y hambrientos por los bajos fondos de aquella sociedad misma... ¡Miremos y pasemos, como diría el Dante!