Nuevas cartas americanas

Part 4

Chapter 43,828 wordsPublic domain

Cuadro completo de la España política, social, científica, artística y literaria, en el siglo presente, el libro está dividido en tres partes. La primera: Estudios generales. La segunda: Estudios bibliográficos. Y Estudios literarios, la tercera.

En los tres Estudios se advierte un espíritu de contradicción, exaltado por _ese malhadado y pretencioso menosprecio_, que, como dice usted, hay en Chile, aunque ya va de caída, contra todo lo español. Esto convierte su libro de usted en defensa ó apología; esto disculpa, en cierto modo, la exageración en las alabanzas.

He de confesar á usted también que en ellas advierto desproporción: á saber, que con muchos es usted tan pródigo, que proporcionalmente es corto con otros. En absoluto, á casi todos, en mi sentir, empezando por mí, nos tasa usted en bastante más de lo que valemos.

Como es usted tan joven, y como nos declara con delicada modestia que su libro no es libro, sino _notas y proyectos_ para escribir un libro, los cuales _proyectos y notas_ saca prematuramente á luz, cediendo á los ruegos de un amigo, mis observaciones no deben valer como censura. Si yo las pongo es para que valgan, aunque sean en daño mío, cuando aparezca esa otra obra más meditada y más completa que, según usted nos anuncia, acaso pueda escribir algún día.

Dispénseme usted que insista, hasta con pesadez en mis reparos. Lo hago por el interés que usted me inspira, y que no tiene que agradecerme, ya que la apología de usted, si no pecase por desproporción ni por exageración, nos lisonjearía más y nos sería mucho más útil.

Esa misma desproporción, que noto yo en sus juicios de usted, no nace de parcialidad apasionada, sino de que usted ó bien conoce á unos autores más y por eso los celebra más que á los que conoce menos, ó bien por ser su obra un conjunto de estudios hace usted resaltar á los que son objeto especial de cada estudio, y deja á los otros eclipsados ó en la sombra. De aquí que Revilla, Bactrina y yo, salgamos mejor librados que los otros, salgamos encomiados con exceso.

Fuera de esto, y cuando habla usted en general, muestra usted en sus juicios la equidad y el tino más benévolos, sin que los ofusque ningún espíritu de partido, del cual, por lo mismo que vive usted tan lejos, no puede dejarse influir.

Así tienen, á mis ojos, tanta autoridad las sentencias de usted en desagravio de los autores españoles, injustamente maltratados por críticos españoles. Su voz de usted viene, desde el otro extremo del mundo, á dar la razón á quien la tiene y á tildar de injustas, de apasionadas y de falsas no pocas censuras.

Salvo algún levísimo error en los pormenores, disculpable en quien escribe sobre cosas de aquí desde tan lejos, me parece usted discretísimo y guiado por alto é imparcial criterio, cuando dice que «la crítica estrecha y pequeña no se estila hoy sino cuando se quiere rebajar, con el insuficiente apoyo de yerros aislados y de versos sueltos, méritos verdaderos que por fortuna resisten siempre tan poco elevados ataques.»

«Digan esto por mí, añade usted, las reputaciones de Zorrilla, Gil y Zárate, Rubí, Escosura, Mesonero Romanos, duque de Rivas, Martínez de la Rosa y otros, que tan gloriosamente han resistido las malignas críticas de Villergas; las de Velarde, Ferrari, Cánovas y otros, que no han sufrido ni sufrirán nada con los sermones apasionados de Clarín: las de Echegaray, Cano y Sellés, que se abrillantan más cada día, á pesar de las nimias observaciones de Cañete; y las de Menéndez Pelayo, marqués de Valmar, marqués de Molins, conde de Cheste y otros más, para cuya justa apreciación el público ilustrado desprecia las pueriles invectivas de Venancio Gonzalez (Valbuena).»

No quiero ni puedo extenderme más sobre la primera y la tercera parte de los _Estudios_ de usted.

Voy á decir algo sobre la parte segunda: sobre los curiosísimos _Estudios bibliográficos_.

La idea de hacerlos, según usted mismo confiesa, se la sugirió á usted Menéndez Pelayo; pero es justo asegurar que, atendido el modestísimo título de _notas y proyectos_, la tal bibliografía es rica y no deja de estar á veces bien razonada ó comentada. Es un catálogo de libros franceses, italianos, ingleses, alemanes, hispano-americanos y yankees, que tratan de España, y que pasan de cuatrocientos, aunque usted sólo cita los que se han publicado desde 1808 hasta ahora.

Ya que su obra de usted sobre España no es definitiva y ya que usted piensa mejorarla y completarla con el tiempo, usted me perdonará las siguientes observaciones y excitaciones:

1.ª Que ponga en este catálogo orden que facilite buscar en él cualquier libro: ya sea el orden por materias, ya alfabético por nombres de autores, ya cronológico.

2.ª Que añada cuantos libros faltan ó sepa usted que faltan por citar, á fin de que el catálogo sea completo en lo posible.

Y 3.ª Que distinga mejor las obras de cuya lectura resulte un concepto bueno de España, aunque en parte se censuren muchas cosas de nuestro país; las obras que tiran á desacreditarnos y son una franca y horrible diatriba, como la del marqués de Custine, por ejemplo; y las obras más comunes donde á vuelta de pomposas alabanzas á lo pintoresco del paisaje, de los monumentos, de los trajes y de las costumbres, ya por odio, ya por ignorancia y ligereza, ya por afán de referir hechos portentosos y usos rarísimos, ya por el mal humor y la bilis que nuestros guisos y nuestro aceite han infundido, no pocos viajantes extranjeros han hecho de nosotros la más lastimosa caricatura. No he de negar que haya algún fundamento. ¿Qué individuo ni qué colectividad no ofrece lado que se preste á lo ridículo? Nosotros además hemos dado, si no motivo, pretexto á que se abulte lo que hay de grotesco en nosotros, abultándolo y ponderándolo con amor, y mirándolo como excelencias y grandezas de nuestro sér egregio. Así el entusiasmo por el salero y los discreteos rudos de Andalucía, por la desenvoltura de chulas y majas, por los toros, por lo flamenco y por lo jitano, por los jaques, contrabandistas y demás gente del bronce, y por otros primores, que fuera de desear que nos entusiasmasen un poquito menos. Pero aun así, nada de esto justifica muchos chistes acedos de Dumas y de Gautier, y mil ofensivas invenciones de otros, entre los cuales descuella y resplandece el inglés Jorge Borrow, autor de _La Biblia en España_, libro por otra parte de los más amenos y disparatados que imaginarse pueden.

No voy á defender aquí nuestro _romancero_, ni menos el _antiguo teatro español_ y el espíritu que le informa. Esto me llevaría lejos y no hay para qué dilucidarlo ahora. Sólo digo que no acepto las siguientes expresiones de usted: «Víctor Hugo y el grande Alfredo de Musset, poetas que tan bien estudiaron y tan bien supieron asimilarse el jugo sabroso del antiguo romancero y del teatro clásico español.» Yo no veo en D. Páez, en la marquesa de Amaegui, en Gaztibelza el de la carabina, en Rui-Blas, en Hernani y en el viejo Silva, vigésimo nieto de Don Silvio, cónsul de Roma, sino _fantoches_, personajes embadurnados con falso _colorete local_, y por consiguiente _caricatos_.

En resolución, yo no he de negar que usted y yo discrepamos en bastantes puntos. No se opone esto, sin embargo, á que yo aplauda el interesante trabajo de usted, á que me admire de lo mucho que usted ha leído y estudiado, á que celebre, como es justo, la facilidad, pureza y elegancia de su estilo; á que convenga perfectamente con usted en ese empeño en que todos los hombres de lengua ó raza española nos confederemos intelectualmente y para ello nos conozcamos mejor; y, por último, á que, sin aceptar las pródigas y bondadosas alabanzas con que usted me honra, las agradezca con todo mi corazón, asegurándole que ya no me olvidaré nunca de usted, ni del beneficio recibido, ni del alto valer de su ingenio, del que espero frutos más sazonados y abundantes para gloria de las letras españolas, en su general acepción.

VOCABULARIO RIOPLATENSE RAZONADO

(AL SEÑOR DON DANIEL GRANADA)

I

Muy señor mío: Con mucho placer he recibido y leído la interesante obra de usted cuyo título va por epígrafe, y que acaba de publicarse en Montevideo.

Me parece que á usted le sucede lo mismo que á mí en lo tocante á pronosticar sobre el porvenir de la lengua castellana en esas regiones. No vemos sino allá, dentro de muchos siglos, la posibilidad de que se olvide ó se pierda por ahí dicha lengua, y salgan ustedes hablando italiano, francés ó algún idioma nuevo, mezcla de todos.

Es verdad que el territorio rioplatense es inmenso y poco poblado aún. Sólo la República Argentina comprende cerca de tres millones de kilómetros cuadrados: mayor extensión que Francia, Alemania, Inglaterra y España juntas. Y si añadimos las tierras del Uruguay y del Paraguay, la grandeza territorial de lo que llamamos país rioplatense se presta á contener y á alimentar en lo futuro centenares de millones de seres humanos. A fin de que tanta tierra sea poblada y cultivada, la inmigración entra ya y seguirá entrando por mucho. Cada año va la inmigración en aumento.

Según los datos que me da Ernesto Van Bruyssel (_La Republique Argentine_), en 1886 sólo á Buenos Aires llegaron cerca de 70.000 inmigrantes, y en 1887 más de 120.000. Si así continúa creciendo la inmigración, donde predomina el elemento italiano, tal vez dentro de diez ó doce años haya más gentes venidas de Italia que de origen español, desde las fronteras de Bolivia hasta el extremo austral de la Patagonia, y desde Buenos Aires y Montevideo hasta más allá de Mendoza.

En los quince años que van desde 1855 á 1870 ha entrado en la República Argentina un millón de emigrados. Bien podemos, pues, calcular, no haciendo sino duplicar el número en los años que quedan de siglo, que al empezar el siglo XX habrá en la República Argentina cinco millones más de población no criolla, ó venida de fuera, y principalmente de Italia. Yo entiendo, con todo, que en el pueblo argentino hay fuerza informante para poner el sello de su propia nacionalidad á esta invasión pacífica y provechosa, y que en 1900, lo mismo que en 1889, habrá allí una nación de carácter español y de lengua castellana, sólo que ahora consta esta nación de cuatro ó cinco millones de individuos y en 1900 acaso conste de 18 ó de 20 millones.

El aumento de la población se infiere del aumento de la riqueza que la inmigración trae consigo. En veinte años, de 1866 á 1886, la renta del Estado argentino se ha quintuplicado. De nueve millones de duros ha subido á más de cuarenta y cinco. Durando la paz, con suponer igual aumento proporcional en otros veinte años, no es aventurado predecir que el presupuesto de ingresos de la República Argentina podrá ser, á principios del siglo XX, y sin recargar las contribuciones y sin aumentarlas, de más de doscientos millones de duros.

Todo induce á presumir, que si no sobrevienen imprevistas perturbaciones, la principal Confederación del Río de la Plata, será en el siglo XX una potencia tan fuerte y rica como lo es ahora la república norte-americana de origen británico. Las huellas de este origen no se han borrado de entre los yankees. Natural es que no se borren tampoco entre los argentinos y uruguayos las huellas de su origen español.

La lengua es el signo característico que tardará más en perderse. La lengua además no es lazo sólo que une entre sí á los argentinos, sino vínculo superior que no puede menos de estrechar y ligar en fraternal concierto á dicha república con muchas otras, todas, digámoslo así, oriundas de España, y que se extienden por las tres Américas, desde más allá de la Sierra Verde y del Río Bravo del Norte hasta la Tierra del Fuego.

Las cuestiones de Gramática y de Diccionario, de unión de Academias de la lengua, de literatura española é hispano-americana, de versos y de novelas, escritos y publicados en español en ese Nuevo-Mundo, no son meramente literarias, críticas ó filológicas: tienen mucho más alcance, aunque uno no se le quiera dar.

No me parece que divago al decir lo que va dicho, con ocasión del excelente aunque modesto trabajo de usted que, si bien es meramente filológico, tiene mayor trascendencia[A].

Nuestro Diccionario de la lengua castellana no es sólo el inventario de los vocablos que se emplean en Castilla, sino de los vocablos que se emplean en todo país culto donde se sigue hablando en castellano, donde el idioma oficial es nuestro idioma.

Será provincialismo ó americanismo el vocablo que se emplee sólo en una provincia y que tenga á menudo su equivalente en otras; pero el vocablo que no tiene equivalente y que se emplea en más de una provincia ó en más de una república ó en regiones muy dilatadas, y más aun cuando designa un objeto natural, que acaso tiene su nombre científico, pero que no tiene otro nombre común ó vulgar, este vocablo, digo, siendo muy usual y corriente, es tan legítimo como el más antiguo y castizo, y debe ser incluído y definido en el Diccionario de la lengua castellana. La Academia Española no puede menos de incluirle en su Diccionario.

Así como nosotros, los peninsulares europeos, hemos impuesto á los hispano-americanos un caudal de voces, que provienen del latín, del teuton, del griego, del árabe y del vascuence, los americanos nos imponen otras voces que provienen de idiomas del Nuevo Mundo y que designan, casi siempre, cosas de por ahí.

Es curiosísimo el catálogo razonado que ha hecho usted de estas voces (de las usadas en la región rioplatense) y las definiciones y explicaciones que da sobre cada una de ellas. Sin duda, su libro de usted será documento justificativo de que los individuos de la Academia Española tengan que valerse y se valgan para aumentar su obra léxica en la edición décimotercera.

Casi todos los vocablos que usted pone y explica en su libro, ó no están incluidos en nuestro Diccionario ó están mal ó insuficientemente definidos en él. Y sin embargo, no pocos de estos vocablos, á más de estar en poesías, en novelas, en relaciones de viajes y en otras obras en idioma castellano posteriores á la independencia, es casi seguro que se hallan en libros ó documentos españoles de antes de la independencia, escritos por los viajeros, misioneros, sabios y demás exploradores de esos países, que dieron á conocer en Europa su flora y su fauna.

En los tiempos novísimos han estudiado y descrito la naturaleza de la América del Sur Humbold, Burmeister, Orbigny, Darwin, Martius y otros extranjeros; pero nuestros compatriotas se les adelantaron en todo, como lo demuestran los trabajos y publicaciones de Montenegro, Acosta, los padres Lozano, Cobo, Gumilla y Molina, Mutis, Oviedo, Azara, Pavón, Ruiz y otros cien, de que trae catálogo el Sr. Menéndez Pelayo en su _Ciencia española_.

Los nombres, pues, que se dan ahí vulgarmente á plantas y árboles, aves, cuadrúpedos, peces, insectos y reptiles, no están fuera de nuestra lengua común española, por más que aparezcan y suenen, en nuestros oidos, como peregrinos é inusitados.

Tal vez deban incluirse en nuestro Diccionario, si no lo están ya, y creo que no lo están, las más de las voces que usted define, como las siguientes:

_Nombres de árboles, plantas y hierbas._--Aguaraibá, alpamato, arazá, biraró, burucuyá, caá, camalote, caraguatá, curí, chalchal, chañar, chilca, gegen, guayabira, guayacán, gembé, ibaró, isipó, lapacho, molle, ñandubay, ñapindá, ombú, pitanga, sarandí, sebil, tacuara, taruma, tataré, timbó, tipa, totora, urunday, yatay y yuyo.

_Peces._--Bagre, manduví, manguruyú, pacú, patí y zurubí.

_Aves._--Biguá, caburé, chingolo, macá, macaguá, ñacurutú, ñandú, urú, urutao y yacú.

_Cuadrúpedos._--Aguará, bagual, cuatí, guazubirá, puma, tamanduá, tucutuco y tatú en vez de tato.

_Insectos_, _reptiles_, etc.--Alua, camoatí, manganga, tambeyuá, tuco, yaguarú y yarará.

Me dice usted en la amable dedicatoria con que me envía su libro, que, «caso de que me digne pasar la vista por él, me agradecerá mis advertencias.»

Yo me prevalgo de este ruego para hacer algunas.

Aunque usted describe bien los objetos naturales que sus vocablos designan, echo yo de menos, para mayor claridad y universal inteligencia del objeto, el nombre científico con que los naturalistas le marcan y señalan, y la familia en que le clasifican.

Válganme algunos ejemplos. Empecemos por la voz _caá_. Usted, hablando con franqueza, no nos declara lo que significa en guaraní, y es menester inferirlo por conjeturas, y comparando lo que usted dice con lo que dice D. Miguel Colmeiro en su _Diccionario de los diversos nombres vulgares de muchas plantas usuales ó notables del antiguo y nuevo mundo_. _Caá_, con evidencia, ha de significar en guaraní planta, yerba, árbol: lo vegetal de modo genérico, y no solo _mate_, como usted afirma. Supongamos, no obstante, que _caá_ significa _mate_. Sin haber oído hablar jamás á los guaraníes y sin saber palabra de su idioma, cualquiera adivina el valor de ciertos adjetivos que entran á cada instante en composición de nombres; v. gr. _merí_, pequeño, y _guazú_, grande. Así vemos claro que _caamerí_ y _caaguazú_, y _caaquí_ y _caaminí_, todo es mate, según sean las hojas de que se compone grandes ó pequeñas, tiernas ó más ricas y jugosas.

Hasta aquí todo va bien, y _caá_ y _mate_ pueden ser lo mismo; pero cuando nos define usted _caapau_, bosquecillo, conjunto de árboles aislado, vemos claro que _pau_ ha de significar conjunto ó montón, y _caá_ árbol, arbusto, planta, yerba, mata y no mate, á no ser por excelencia, como también llaman al mate _yerba_ por excelencia.

El Sr. Colmeiro trae en su Diccionario todos estos compuestos de _caá_: caataya, caamerí, caapiá, caapeba, caapin, caatiguá y caavurana; y como con tales nombres se designan plantas gramíneas, meliáceas, ciperáceas, hipericineas y de otras cuantas y diversas familias, queda más demostrada la vaga generalidad del significado de la palabra _caá_.

_Guayacán._ El Diccionario de la Academia Española trae también esta palabra; pero ¿el guayacán que describe es el mismo que describe usted? Yo creo que no. Usted nos describe el guayacán del Chaco y del Paraguay; la Academia el de las Antillas, y como Colmeiro me da diez especies de guayacanes ó guayacos, no sé con cuál quedarme. El guayacán ya es _diospyros lotus_, ya _guayacum sanctum_, ya _guayacum officinale_, ya _porliera higrométrica_, y ora pertenece á la familia de las leguminosas, ora á la de las ebenáceas, ora á otra familia.

_Arazá._ No está en el Diccionario de la Academia. Colmeiro la trae, y pone, como usted, dos clases: el arazá arbóreo y el rastrero. Convendría, con todo, que dijese usted, como dice Colmeiro, que ambas clases pertenecen á la familia de las mirtaceas.

Bastan los ejemplos aducidos, que para no cansar no aumento, á fin de comprender la conveniencia de determinar mejor los objetos que se describen.

Diré ahora otro requisito que echo de menos en su libro de usted. Echo de menos las _autoridades_. Me explicaré.

Nada hay más borroso é inseguro que los límites entre lo vulgar y lo técnico ó científico de las palabras. Cada día, á compás que se difunde la cultura, entran en el uso familiar, general y diario, centenares de vocablos que antes empleaban sólo los sabios, los peritos ó los maestros en los oficios, ciencias y artes á que los vocablos pertenecen. De aquí que todo Diccionario de la lengua de cualquier pueblo civilizado, sin ser y sin pretender ser enciclopédico, vaya incluyendo en su caudal mayor número de palabras técnicas, sabias ó como quieran llamarse. Pero aun así, importa poner un límite á esto, aunque el límite sea vago y no muy determinado.

Dos indicios nos pueden servir de guía. Por muy patrióticos que seamos, no es dable que nos figuremos que somos un pueblo más docto, en este siglo, que el pueblo inglés ó el francés. Nuestro Diccionario de la lengua vulgar, no debe, pues, sin presumida soberbia, incluir más palabras técnicas que los Diccionarios de Webster y de Littré, pongo por caso.

El otro indicio es más seguro. Consiste en citar uno ó más textos, en que esté empleado el vocablo, que se quiere incluir en el Diccionario, por autores discretos y juiciosos, que no escriban obra didáctica. En virtud de estos textos es lícito inferir que es de uso corriente el nuevo vocablo y debe añadirse al inventario de la riqueza léxica del idioma.

Convengo en que á veces es de tal evidencia el uso frecuente de un vocablo que la autoridad ó el texto puede suprimirse. Así por ejemplo, _ombú_. El Diccionario de la Academia no trae _ombú_, y, sin embargo, apenas hay cuento ni poesía, ni escrito argentino de otra clase, donde no se mienten los _ombúes_.

Es voz tan común por ahí como en esta Península _álamo_ ó _encina_.

En ocasiones cita usted los textos, y así demuestra la necesidad de la introducción de la palabra en nuestro vulgar Diccionario. Sirva de ejemplo la voz _chaco_, montería de cierto género que dió nombre propio á la gran llanura que se extiende desde la cordillera de Tucuman hasta las márgenes del Río de la Plata. La voz _chaco_ está empleada por el padre Lozano, _Historia de la conquista del Paraguay_, etc., y por Argote de Molina en su _Discurso sobre el libro de montería del rey D. Alonso_.

Con frecuencia falta texto autorizado que pruebe el empleo vulgar de la palabra, y, cuando haga usted nueva edición de su libro, conviene que le añada. El vocabulario ganaría mucho con esto; y esto ha de ser muy fácil para usted. Si usted no siempre lo ha hecho, es porque pensó sólo en sus paisanos uruguayos y argentinos al escribir su obra, y no en los demás pueblos de lengua española, donde vocablos comunísimos ahí tienen que aparecer exóticos.

Su vocabulario de usted es además poco copioso é importa aumentarle. El número de palabras que faltan no debe ser corto, cuando yo, que conozco tan poco de la literatura de ese país, puedo citar palabras que en su vocabulario de usted no están incluídas. Así por ejemplo, _seibo_. Rafael Obligado, en una de sus más lindas composiciones, _En la ribera_, del Paraná se entiende, dice:

El año que tú faltas, La flor de sus seibos, Como cansada de esperar tus sienes, Cuelga sus ramos de carmín marchitos.

¿Será el seibo el árbol que llaman del Paraíso en Andalucía? ¿Quién sabe? Colmeiro no trae seibo, á no ser _seibo_ lo mismo que _ceibo_ ó _ceiba_, que está en Colmeiro y en el Diccionario vulgar.

Otras veces, si bien usted define y aun cita textos, encuentro yo deficiente la definición.

No basta decir que _camalote_ es «cierta planta acuática». Convendría saber algo más del _camalote_ en esta primera acepción. ¿De qué color, de qué tamaño, de qué forma son sus flores? Sobre la otra acepción de _camalote_ trae usted textos curiosísimos, que la explican bien. Es un conjunto de plantas del mismo nombre y de otras plantas, que forman como isla ó matorral, que flota y navega, y que suele ser tan grande, que asegura el Padre José de Parras que en su centro se ocultan con facilidad los indios con sus canoas, «y como pueden muy bien dar el rumbo á toda aquella armazón hacia los barcos, con poca diligencia suelen llegar á ellos, y estando inmediatos, se enderezan, arman gritería, y como logren alguna turbación en los españoles, ya los vencieron.»

En Colmeiro no hay _camalote_ pero hay _camelote_, dando á la planta el nombre que se da á la tela. ¿Será este _camelote_ de Colmeiro el _camalote_ de usted?

Su libro de usted me sugiere no pocas observaciones más, algunas de las cuales no quiero dejar de hacer, pero, por ser ya muy extensa esta carta, las dejo para otra.

II.