Part 2
Debemos decir con el místico alemán Novalis: «Lo que se dice de Dios no me satisface, la _sobredivinidad_ es mi luz y mi vida.» Esto es, que el verdadero Dios está muy por cima del concepto que yo de Dios me formo. Y si Dios está hoy muy por cima del concepto que de él me formo, ¿cuánto más no lo estaría del concepto que de él se formaban hasta los hombres de mayor santidad y de mayor entendimiento hace diez, veinte ó treinta siglos, en el seno de una sociedad bárbara y ruda, mucho menos moral, más ignorante y más cruel mil veces que la de ahora?
Cierto ingenioso amigo mío, glosando á su modo la célebre frase de que Dios está _in fieri_, en el llegar á ser, lo cual es indudable si se aplica á nuestro humano, racional y limitado concepto de Dios, siempre deficiente aunque va siempre creciendo, decía que Dios hoy le llevaba mucha ventaja, pero que dentro de cierto número de años, sería él y valdría él mucho más que Dios ahora. Ocurriría, no obstante, que Dios en este tiempo habría ganado tanto que se le adelantaría mil veces más que ahora se le adelanta, y así hasta lo infinito, por manera que jamás su mente, ni ninguna otra mente humana, lograría alcanzar y comprender á Dios.
Despojado esto de su aparato paradoxal, que le da trazas de blasfemia, es afirmación juiciosa y hasta de mucha sustancia. Para el hombre que vive en la sucesión de los tiempos, y que vive breve y trabajosa vida, en el seno de las cosas finitas y caducas, no hay más forma de concebir á Dios que prestándole cuantas cualidades hay en el hombre, elevadas por la imaginación á infinita potencia. Si prescindimos, pues, del fetichismo más irracional y grosero ó de un simbolismo anti-estético que tal vez representa y adora las fuerzas naturales por medio de monstruos, no hay religión ni teodicea ó filosofía de lo divino que no sea antropomórfica. Sin duda por un esfuerzo de ingenio logramos abstraer de este concepto de Dios la sustancia material y reducirle á puro espíritu; pero este espíritu será siempre como el nuestro, magnificado y sublimado, en cuanto vemos en él de mejor ó mejor nos parece.
De lo dicho se deduce que cuando la humanidad, en un período de civilización, ó el individuo, en un momento de su vida en que se ha ilustrado y pulido algo más de lo que estaba, llega ó se figura que llega á ponerse por cima del concepto que de Dios tenía, le deseche por falso ó por incompleto. Entonces el que llega á tal situación de espíritu hace una de estas tres cosas: ó forma de Dios otro concepto más alto, ó venerando y respetando el concepto de Dios, que tuvo y que ha desechado, prescinde ya de Dios en sí, porque le niega ó le supone _incognoscible_, ó bien, no sólo niega á Dios, sino que se vuelve furioso contra todo concepto que de él ha formado hasta su tiempo la mente humana, en su marcha progresiva, á través de varias evoluciones.
Esto último es lo más absurdo. Podemos llamarlo antiteísmo ó enemistad á Dios. D. Jesús Ceballos Dosamantes y el coronel Roberto Ingarsoll son de estos enemigos en el Nuevo Mundo. En este viejo mundo hay tantos, que llenaría yo pliegos enteros con sólo citar nombres de los más famosos.
Por dicha, usted no pertenece á esta clase, sino á la clase de los que siguen el segundo camino. En esta clase hay mil grados y matices, pero, en fin, casi todos los que á ella pertenecen tienen el buen tino y mejor gusto de reverenciar las antiguas creencias religiosas, aun desechándolas ya. En ellas ven, en cada momento histórico, en cada evolución, la más fecunda causa de progreso y de mejora. El supremo sér que imaginó el creyente fué, según ellos, el más alto ideal del hombre mismo objetivado, ó digase _exteriorizado_, para servirle de guía y de modelo.
Augusto Comte, Littré y usted son así; pero usted de modo más terminante y claro supera y vence á sus maestros en esta veneración de Dios en la historia. Para usted no hay hombre que valga lo que San Pablo después de Cristo y después de Augusto Comte. San Pablo para usted hubiera sido el Apóstol de las gentes en el positivismo si hubiera nacido ahora, y el más ferviente deseo que usted muestra es el de que le salga ó le salte á Augusto Comte su respectivo San Pablo.
El respeto de usted hacia lo pasado, la equidad de usted, el imparcial criterio con que usted practica la máxima de _distingue los tiempos y concordarás los derechos_, son tales que, después de San Pablo, no hay hombre á quien usted ensalce más (y yo le aplaudo y me adhiero á las alabanzas) que á nuestro admirable San Ignacio de Loyola.
En todo esto, usted es fiel á Augusto Comte y á Emilio Littré; pero usted es más claro, más franco y más explícito. Caro, cuando nos pinta el estado del alma de Littré, después de haber negado, añade; «La filosofía positiva vino á calmar todas las fluctuaciones de su espíritu, fijando su nuevo punto de vista, que es tratar las teologías como un producto histórico de la evolución humana, y convencernos de lo _relativo_ de nuestro entendimiento, y no afirmar ni negar nada en presencia de un inmenso _incognoscible_.» En nombre de la evolución histórica, se reserva Littré el derecho de no ser «el menospreciador absoluto del cristianismo y de reconocer sus grandezas y sus beneficios.» Littré va más allá: Littré confiesa que «no siente ninguna repugnancia á prestar oído á las cosas antiguas que le hablan en secreto y le echan en cara el que las abandone».
En esta situación de ánimo está usted lo mismo que Littré. Ambos piensan ustedes que hay incompatibilidad entre toda teología y el moderno concepto del mundo; pero ambos ven que las religiones entran en el tejido íntimo de la historia del desenvolvimiento humano, y así, al alabar este desenvolvimiento y la civilización á que nos ha traído, alaban las religiones que han creado é informado dicha civilización.
Y sin embargo, ambos niegan ustedes toda religión, si bien la niegan, no porque quieren, sino porque suponen que no pueden menos de negarla. Parodiando á Pío IX, dicen ustedes: _Non possumus._
Tenemos, pues, á ustedes ateos, imaginando que lo son á pesar suyo, porque en el concepto del Dios de los creyentes no cabe el concepto que, según la ciencia, tienen ustedes ó presumen tener de las cosas todas.
El conflicto entre la razón y la fe, entre la religión y la ciencia, se diría que es la causa de todo. No parece sino que es ahora nuevo y recién nacido este conflicto, cuando en realidad, y entendido, no del modo burdo que le entienden Draper, Büchner y otros materialistas, sino por estilo sublime, es conflicto que existe desde que hubo hombre que se puso á filosofar. Elevado este conflicto á su mayor altura, es raíz de lo que llaman los místicos _contemplación negativa_, por la cual negamos á Dios todo lo que por afirmación le atribuímos: destruímos el concepto de Dios que por afirmación nos hemos formado. Y así, copiando aquí las palabras del iluminado y extático padre fray Miguel de la Fuente, diré «que Dios no es sustancia, porque es más que sustancia; ni es sér, porque excede infinitamente á todo sér, ni es bondad, porque es mucho más que toda bondad; y que Dios, en su sér esencial, no es grande, ni hermoso, ni sabio, ni poderoso, como nosotros le conocemos y le entendemos, porque es de otra muy diferente manera, la cual no la pueden comprender ni alcanzar todos los entendimientos juntos de hombres y de ángeles.»--«De aquí que cuanto lo supremo de nuestra alma puede entender y pensar de Dios, no es Dios.» Muchos santos llaman á este altísimo conocimiento de Dios ignorancia pura, tinieblas de luz inaccesible y falta absoluta de proporción entre nuestra mente y el sér de Dios, por lo cual, quien aspire á conocerle ha de cerrar los ojos.
Augusto Comte, Littré y usted los cierran sin duda, pero de muy distinta manera, y así se quedan sin el concepto de Dios por afirmación y sin el más puro conocimiento de Dios que nace de la contemplación negativa.
Y como conservan ustedes la aspiración y el sentimiento religiosos, ya sin objeto adecuado y condigno, inventan y procuran difundir la nueva religión atea de la humanidad y de su progreso.
III.
La moral que predica usted en su _Circular religiosa_ es, á mi ver, la más pura moral cristiana, así en lo que es de precepto, cuya omisión ó infracción es pecado, como en lo sublime, que puede llamarse de exhortación y consejo, á donde no pueden llegar todos y que se pone como término de la aspiración virtuosa. Usted convida á sus prójimos al desinterés, á la devoción, al sacrificio. No hay virtud cristiana cardinal que usted no recomiende é inculque. La prudencia, la justicia, la paciencia, la generosidad, la longanimidad para perdonar las injurias, la fidelidad en amistades y en amores, y hasta la castidad y la continencia virgíneas. ¿Qué he de decir yo á esto sino que está muy bien? ¡Ojalá que fuésemos todos tan buenos como usted quiere, que ya andarían las cosas mejor y la tierra sería un trasunto ó antesala del Paraíso!
La diferencia, con todo, entre la moral cristiana y la moral de usted y de los positivistas, no está en los preceptos y consejos, sino en la base en que éstos se fundan. La moral cristiana tiene base sólida y bastante para sostener todo el edificio. La moral de usted está en el aire, ó al menos fundada sobre terreno movedizo, inseguro é insuficiente. Usted, como Littré, funda la moral en razones empíricas y mezquinas. Esto en cuanto al principio. En cuanto al fin, yo hallo que ustedes los positivistas degradan y malean la moral sometiéndola á lo útil, aunque sea lo útil colectivo, y buscándole un fin práctico fuera de ella misma.
Para mí, cuando están bien entendidos los términos, no hay discusión que valga contra la sentencia que dice: «El arte por el arte.» Y lo que digo en estética lo digo con más razón en moral. Yo no subordino lo bello á lo bueno, ¿cómo he de subordinar lo bueno á lo útil? Si lo subordinase, el fin justificaría los medios. La moralidad de cada acción se mediría por el provecho que sacásemos ó que supiésemos que de ella íbamos á sacar para muchas personas, ó para todas las que componen la nación ó para todas las que componen el linaje humano. Esto sería muy peligroso y nos llevaría, con pretexto ó motivo de hacer el bien, á incurrir en mil faltas y delitos, convirtiéndonos, con desmedida soberbia, en delegados y ejecutores de la Providencia ó del Destino.
La Providencia, y para los que en ella no creen, el Destino inflexible, es quien convierte el mal en bien, y no nosotros. Identificando lo bueno y lo útil vendríamos á justificar mil actos horribles que no sería difícil probar que tuvieron dichosísimos resultados. Tal tirano hizo que triunfase en su país la unidad nacional, ejecutando infinitas barbaridades: tales bandidos fundaron la libertad y la independencia de su pueblo, y aun extremando el argumento, bien se podría sostener que Caifás y Poncio Pilatos son dignos de gratitud y de encomio, ya que concurrieron como el que más, á la Redención, haciendo que crucificasen á Cristo. Filósofos modernos y exegetas hay, como Bruno Bauer y otros, que han hecho, siguiendo este modo de argumentar, la más brillante apología de Judas Iscariote.
En cambio, cuando la moral pone en ella misma su fin, y no convierte en instrumento providencial consciente á cada individuo, la máxima del fin justifica los medios queda condenada y aparece en su lugar la hermosa máxima que dice: _fiat justitia et ruat cœlum_.
No vale la distinción entre el egoísmo y el altruísmo. No es para nosotros la utilidad más ó menos general la medida de la moralidad de las acciones. El hombre bueno ó justo hace lo que debe, suceda lo que suceda, aunque el universo se hunda.
Para el que tiene fe todo es sencillo y no hay conflicto posible. Cualquier acto suyo es el cumplimiento de un mandato del cielo. Acaso no prevé su utilidad; pero en un sentido elevado, en el plan divino del conjunto de las cosas y de los sucesos, su acto será útil, si bien él le hace, no porque va á ser útil, sino porque hay una ley que se le prescribe.
Cuando en ocasiones, ó ya en la vida real, ó ya en dramas y novelas, vemos alguna virtud muy calamitosa, y sentimos cierto deseo de que el héroe ó la heroína de la historia afloje un poquito en virtud que tantos infortunios acarrea, es porque estamos relajados, es porque no damos grande importancia al precepto moral, con cuya infracción se evitarían por lo pronto las calamidades.
No hace mucho tiempo asistí yo á la representación de un drama francés, cuya heroína es una comedianta.
No es _La Tosca_; es otro nombre italiano de otra _prima donna_, del cual, por más que hago, no logro ahora acordarme. Pero el nombre importa poco. Lo que importa es el caso, y el caso es que la comedianta es tan severa y tan púdica que de resultas unos se suicidan, otros se matan en desafío, otros son perseguidos por no sé qué tirano, y otros se mueren de hambre y de miseria. Si la comedianta, en vez de ser tan cogotuda, hubiese sido, como hablando de la feroz Lucrecia dice Lope en cierto famoso soneto,
.....más blanda y menos necia,
se hubieran ahorrado todos aquellos trabajos y desazones.
Pero claro está que esta idea de mirar la virtud como perjuicio y estorbo, ocurre porque la virtud es falsa, porque en el drama ó en el caso real se nota _sensiblería_ de mal gusto que excita á tan grotesca broma.
Cuentan que el infante D. Alfonso de Portugal disgustadísimo con que Amadís, por ser tan fiel á Oriana, tuviese tan desesperada á la princesa Briolanja, enamorada de él, hizo que el autor portugués de un nuevo Amadís, ablandase el corazón de este héroe y le moviese á ser caritativamente infiel, por donde se salvó la vida de aquella augusta y hermosa señora, y aun se dió vida á dos principillos gemelos, con ligero menoscabo de la gentil Oriana. Pero luego Garci-Ordóñez de Montalvo volvió á poner la verdad en su punto, y convirtió á Amadís á su inmaculada fidelidad primitiva, sin la cual no hubiera acabado jamás la aventura de la Insula Firme, pasando por debajo del arco de los leales amadores, porque la estatua encantada le hubiera derribado con el espantoso son de su trompeta, en vez de celebrar su honestidad y su triunfo con una clarinada melodiosa y apacible.
Más patente se ve aún el peligro de subordinar lo bueno á lo útil, ó de identificar ambas calidades, en el cuento de Voltaire, titulado «Cosi-Santa», linda dama de Hipona, cuya fidelidad conyugal dió ocasión á crímenes y desventuras, y que luego, con ser tres veces infiel y con tres distintos galanes, salvó la vida de su marido, de su hermano y de su hijo. Por donde supone Voltaire que Cosi-Santa murió en olor de santidad y hasta que la canonizaron y pusieron en su sepulcro:
Chico mal y mucho bien.
Y tal vez el infante D. Alfonso de Portugal y Voltaire y otros muchos sujetos así, de manga ancha, tendrían razón, si lo útil y lo bueno se confundiesen: si no hubiese, por cima y con plena independencia de toda utilidad, el deber, el decoro y la honra; si no resonase con imperio en el fondo de nuestra alma aquel mandato que tan bien expresa Juvenal, aun siendo gentil, estigmatizando al que consiente en
.....vítam preferre pudori Et propter vitam vivendi perdere causas.
Lo singular es que Littré, en el escrito titulado _Origen de la idea de justicia_, conviene en la distinción entre lo bueno y justo y lo útil. Dice que los que confunden lo útil con lo justo «causan detrimento al rigor de las nociones y á la claridad de las cosas.» Y confiesa también Littré que la inmoralidad inspira aversión; que es espontáneamente odiada y despreciada, aunque no cause ningún perjuicio. Después añade: «Cuando obedecemos á la justicia, obedecemos á convicciones muy semejantes á las que nos impone la vista de la verdad. De ambos lados es mandato el asentimiento: ya el mandato se llame demostración, ya se llame deber.»
Tenemos, pues, que el deber no nace empíricamente y por experiencia, sino que se impone con imperio y graba sus irrevocables preceptos en la conciencia por buril penetrante y con indeleble escritura.
Imposible parece que, después de esta afirmación de lo absoluto, de lo imperativo y de lo independiente y superior á lo útil que es lo justo, venga Littré á fundar la idea de la justicia y de toda moral en la concordancia ó equilibrio de dos impulsos, del egoísmo y del altruísmo. Y más insuficiente, ruín y frágil aparece aún el fundamento de Littré cuando añade que dicho egoísmo y dicho altruísmo proceden de dos necesidades del hombre: la de alimentarse y la de propagar la especie.
Aunque me tilden de criticón y descontentadizo, ¿cómo no he de reirme y burlarme de estos descubrimientos de la ciencia novísima, ciencia de experiencia, de observación, que no da brincos, que va con pies de plomo y con el método más severo, y que después de mucho afanar, se descuelga con semejantes antiguallas, olvidadas ya de puro sabidas?
¿Quién ha de negar que dos cosas mueven al hombre, según afirma Aristóteles, chistosamente citado por el famoso Juan Ruiz, arcipreste de Hita; _mantenencia y ayuntamiento con fembra_? Es verdad que el deseo de mantenerse y el de propagarse son los dos móviles primeros de todo sér con vida; de
Omes, aves, animalias, toda bestia de cueva.
como sigue explicando el bueno de arcipreste; pero es desatino poner en el hambre y en la lujuria el origen de ideas, de sentimientos y de pasiones de superior elevación.
Sin duda que el arcipreste no escasea merecidas alabanzas al amor, encareciendo sus benéficos milagros: al hombre rudo le vuelve _sotil_, al cobarde valiente, al perezoso listo, y al mudo _fablador lozano_; pero si dejamos á un lado agudezas y discreciones ingeniosas, y consideramos el asunto con juicio recto, jamás sacaremos del afán de mantenencia y de ayuntamiento nada que nos distinga mucho de las _animalias_ y de las _bestias de cueva_. Nuestro altruísmo se quedará en raíz, en su embrión inicial y bestial, y no logrará elevarse sobre la tierra, transfigurado gloriosamente en amor de la patria, en amor de la humanidad toda, y hasta en amor de Dios, pues aunque para los positivistas no haya Dios, los positivistas no pueden negar que el amor de lo sobrenatural y divino se da en el alma humana, aunque carezca de objeto.
El gorrión y el mico tienen más altruísmo inicial ó radical que nosotros y, sin embargo, no salen místicos, ni patriotas, ni mártires, entre los micos y entre los gorriones; y en punto á progreso y mejoras siguen estacionarios.
Aun cuando concediésemos que el altruísmo no es más que el instinto sexual trasformado en devoción, todavía no explica esto la idea de la justicia. Al decir Littré que la justicia es el equilibrio entre el altruísmo y el egoísmo, pone sin caer en cuenta algo que no es altruísmo ni egoísmo: la causa de ese equilibrio, la virtud que tiene en su fiel la balanza, la justicia misma, que es la moderadora de ambas tendencias, en vez de nacer de ellas.
Otro no menos sofístico origen empírico de la justicia imagina Littré: la idea de indemnización. Causamos un daño y es menester subsanarle, á fin de que el perjudicado no cause otro mayor mal.
Para evitar que nadie se indemnice ó se vengue por su mano, se funda la autoridad pública. Y el castigo, además de ser como venganza, es como freno, es como escarmiento saludable.
Littré queda satisfecho con su explicación; pero yo creo que nada ha explicado. Aun retrocediendo con la imaginación á siglos remotos y sociedades bárbaras, todavía no es la justicia ni venganza, ni indemnización, ni medio de conservar el orden por temor del castigo, sino la virtud que regula y ejerce la indemnización, el castigo y aun la venganza, á fin de que indemnización, venganza y castigo sean justos.
Vuelvo, después de lo dicho, á mi primera afirmación: la moral de usted es muy buena, pero carece de base.
La moral no puede fundarse empíricamente; tiene que fundarse en una metafísica ó en una teología, y sus maestros de usted, Comte y Littré, arrojan del reino del espíritu á la teología y á la metafísica.
La teología fué primero. Por ella se empezó á educar la humanidad, pasando sucesivamente por el fetichismo, el politeísmo y el monoteísmo.
De la teología, que se fundaba en autoridad, se pasó á la metafísica, que quiso fundar en raciocinio el conocimiento de lo trascendental y absoluto. Pero según los maestros de usted, pasó la metafísica como la teología había pasado.
Para ellos, en la historia de la civilización hay tres grandes períodos: el teológico, el metafísico y el positivo. Ahora estamos ya en el tercer período. El rasgo esencial que le caracteriza es el extrañamiento de la metafísica: su exclusión de la enciclopedia, de toda la ciencia, del cuadro de los conocimientos humanos. Este cuadro se compone de matemáticas, astronomía, física, química, biología y ciencia social.
Littré se desata en alabanzas de tan rara y fecunda invención de su maestro, y la encuentra llena de armonía.
No ve ó no quiere ver una gravísima discordancia que lo invalida todo. El método de la ciencia primera, de las matemáticas, es distinto del método de las otras ciencias y hace de las matemáticas como órgano ó instrumento que habilita á la mente humana para adquirir la verdad.
Las matemáticas parten de principios inconcusos y proceden por deducción. Las otras ciencias parten de la observación de los hechos y se elevan á las leyes generales. Resulta de aquí que para que la observación y la experiencia sean fecundas y no erróneas, tenemos en las matemáticas guía infalible, pero sólo en lo que se refiere á la cantidad, al más y al menos. Y como por desgracia no hay matemáticas de la calidad (sobre todo para los que niegan la metafísica), la experiencia y la observación dan mezquinísimos ó erróneos resultados en cuanto á la cantidad no se refiere.
Esta carencia de guía en lo que no es meramente cantidad se nota cada vez más mientras más complicada va siendo la ciencia. En la astronomía apenas se nota, porque apenas se emplea la astronomía sino en medir y en pesar ó en evaluar masas, tamaños, fuerzas y movimientos. En física y en química, ya la carencia de matemáticas de calidad se advierte bastante más. En biología la dificultad crece, y por último en la ciencia social (moral y política) llega la dificultad á su colmo.
Y sin embargo, á mi ver, el recto juicio, la elevación de miras y la serena imparcialidad en la contemplación y estudio de los sucesos humanos, se sobreponen en Comte, en Littré y en usted, á esa ciega negación de la metafísica y hacen que, sin querer, empleen ustedes á veces la mejor metafísica á par que la niegan, y que digan y sostengan cosas que á mí me parecen razonables y justísimas, por más que no vea yo, ni nadie, cómo las infieren sólo de la observación, de la experiencia y de las matemáticas. Que hay un orden y un plan en la historia cuya ley es el progreso; que Europa está predestinada y cumple esta ley desde hace cerca de tres mil años; que las naciones que en la antigüedad hicieron más por este progreso fueron Grecia y Roma; que en los tiempos modernos ni los adelantos en las ciencias, ni la perfección de las bellas artes, ni el brillo de la literatura, ni el desarrollo de la industria se explicarían, como dice Littré, si se suprimiese uno solo de los grandes órganos del espíritu de la humanidad: Italia, España, Francia, Inglaterra y Alemania. Todo esto me parece muy atinado. Yo voy casi hasta á dar la razón á Littré cuando afirma que los tres tiranos más retrógrados, los que más se han opuesto á la ley del progreso, han sido Juliano el Apóstata, Felipe II y Napoleón I.
Lo que me aflige y lo que me llevaría á perdonar á Juliano el Apóstata, á Felipe II y á Napoleón I el haber sido tan retrógrados, es la idea de usted de que el término de tanto progreso será convertir á la Santísima Trinidad en Humanidad, Tierra y Espacio, tres personas, una de las cuales, la Humanidad, es además la Virgen Madre á quien, según usted asegura, hubiera adorado Fray Luis de Granada si hubiera vivido en nuestros días.