Part 14
Veislas aquí do vienen a rogaros No las dejéis en tantos embarazos; Aunque seáis de acero han de ablandaros; Los tiernos hijos vuestros en los brazos Las tristes traen: ¿no veis con qué señales De amor les dan los últimos abrazos? M.1.ª ¿Qué pensáis, varones claros? ¿Revolvéis aún todavía En la triste fantasía De dejarnos y ausentaros? ¿Y a los libres hijos vuestros Queréis esclavos dejallos? ¿No será mejor _ahogallos_ Con los propios brazos vuestros? No apresuréis el camino Al morir, porque su estambre Cuidado tiene la hambre De cercenarla contino. M.3.ª Hijos de estas tristes madres, ¿Qué es esto? ¿Cómo no habláis Y con lágrimas rogáis Que no os dejen vuestros padres? Baste que la hambre insana Os acaben con dolor, Sin esperar el rigor De la aspereza romana. Decildes que os engendraron Libres, y libres nacistes, Y que vuestras madres tristes También libres os criaron. Decildes que, pues la suerte Nuestra va tan decaída, Que, como os dieron la vida, Ansí mismo os den la muerte; ¡Oh muros de esta ciudad! Si podéis hablar, decid, Y mil veces repetid: "¡Numantinos, libertad Los templos, las casas vuestras Levantadas en concordia! Hoy piden misericordia Hijos y mujeres vuestras. Ablandad, caros varones, Esos pechos diamantinos, Y mostrad, cual numantinos, Amorosos corazones; Que no por romper el muro Se remedia un mal tamaño; Antes en ello está el daño Más propincuo y más seguro." LIRA. También las tristes doncellas Ponen en vuestra defensa El remedio de su ofensa Y el alivio a sus querellas. Desesperación notoria Es ésta que hacer queréis, Adonde sólo hallaréis Breve muerte y larga gloria. Mas ya que salga mejor Que yo pienso esta hazaña, ¿Qué ciudad hay en España Que quiera daros favor? Mi pobre ingenio os advierte Que si hacéis esta salida, Al enemigo dais vida Y a toda Numancia muerte. De vuestro acuerdo gentil Los romanos burlarán; Pero, decidme: ¿qué harán Tres mil con ochenta mil? Aunque tuviesen abiertos Los muros y su defensa, Seríades con ofensa Mal vengados y bien muertos. Mejor es que la ventura O el daño que el cielo ordena, O nos salve o nos condena Dé la vida o sepoltura. TEÓG. Limpiad los ojos húmidos del llanto, Mujeres tiernas, y tené entendido Que vuestra angustia la sentimos tanto, Que responde al amor nuestro subido. Ora crezca el dolor, ora el quebranto Sea por nuestro bien disminuído, Jamás en muerte o vida os dejaremos; Antes en muerte y vida os serviremos. Pensábamos salir al foso, ciertos Antes de allí morir que de escaparnos, Pues fuera quedar vivos aunque muertos, Si muriendo pudiéramos vengarnos; Mas, pues nuestros disinios descubiertos Han sido, y es _locura_ aventurarnos, Amados y hijos y mujeres nuestras, Nuestras vidas serán de hoy más las vuestras. Sólo se ha de mirar que el enemigo No alcance de nosotros triunfo o gloria; Antes ha de servir él de testigo Que aprueben y determinen la historia; Y si todos venís en lo que digo, Mil siglos durará nuestra memoria, Y es que no quede cosa aquí en Numancia De do el contrario pueda hacer ganancia. En medio de la plaza se haga un fuego, En cuya ardiente llama licenciosa Nuestras riquezas todas se echen luego, Desde la pobre a la más rica cosa; Y esto podréis tener a dulce juego, Cuando os declare la intención honrosa Que se ha de efectuar después que sea Abrasada cualquier rica presea. Y para entretener por algún hora La hambre que ya roe nuestros huesos, Haréis descuartizar luego a la hora Esos tristes romanos que están presos. Y sin del chico al grande hacer mejora, Repártase entre todos, que con esos Será nuestra comida celebrada Por España, cruel, necesitada. CAR. Amigos, ¿qué os parece? ¿Estáis en esto? Digo que a mí me tiene satisfecho, Y que a la ejecución se venga presto De un tan extraño y tan honroso hecho. TEÓG. Pues yo de mi intención os diré el resto: Después que sea lo que digo hecho, Vamos a ser ministros todos luego De encender el ardiente y rico fuego. M.1.ª Nosotras desde aquí ya comenzamos A dar con voluntad nuestros arreos, Y a las vuestras las vidas entregamos Como se han entregado los deseos. LIRA. Pues caminemos presto; vamos, vamos, Y abrásense en un punto los trofeos Que pudieran hacer ricas las manos, Y aun hartar la codicia de romanos.
Vanse todos, y salen dos NUMANTINOS.
N.1.° ¡Derrama, dulce hermano, por los ojos El alma en llanto amargo convertida! ¡Venga la muerte y lleve los despojos De nuestra miserable y triste vida! N.2.° Bien poco durarán estos enojos; Que ya la muerte viene apercebida Para llevar en presto y breve vuelo A cuantos pisan de Numancia el suelo. En la plaza mayor ya levantada Queda un ardiente y cudiciosa hoguera, Que de nuestras riquezas menistrada, Sus llamas suben a la cuarta esfera. Allí, con triste priesa acelerada Y con mortal y tímida carrera, Acuden todos, como santa ofrenda, A sustentar las llamas con su hacienda. Allí la perla del rosado #_Oriente_#, Y el oro en mil vasijas fabricado, Y el diamante y rubí más excelente, Y la estimada púrpura y brocado, En medio del rigor fogoso ardiente De la encendida llama se ha arrojado: Despojos que pudieran los romanos Hinchir los senos y ocupar las manos.
Aquí salen con cargas de ropa por una parte y éntranse, por otra.
#_Vuelve al triste espectáculo la vista_#; Verás con cuánta priesa y cuánta gana Toda Numancia en numerosa vista Aguija a sustentar la llama insana; Y no con verde leño o seca arista, No con materia al consumir liviana, Sino con sus haciendas mal gozadas, Pues se guardaron para ser quemadas. N.1.° Si con esto acabara nuestro daño, Pudiéramos llevallo con paciencia; Mas, ¡ay!, que se ha de dar, si no me engaño, De que muramos todos cruel sentencia. ¡Primero que el rigor bárbaro extraño Muestre #_en_# nuestras gargantas su inclemencia, Verdugos de nosotros nuestras manos Serán, y no los pérfidos romanos! Han ordenado que no quede alguna Mujer, niño ni viejo con la vida, Pues al fin la cruel hambre importuna Con más fiero rigor es su homicida.
Sale una mujer con una criatura en los brazos y otra de la mano, y ropa para echar en el fuego.
MADR. ¡Oh duro vivir molesto! ¡Terrible y triste agonía! HIJO. Madre, ¿por ventura, habría Quien nos diese pan por esto? MADR. ¿Pan, hijo? ¡Ni aun otra cosa Que semeje de comer! HIJO. Pues ¿tengo de fenecer De dura hambre rabiosa? ¡Con poco pan que me deis, Madre, no os pediré más! MADR. Hijo, ¡qué pena me das! HIJO. ¿Por qué, madre, no queréis? MADR. Sí quiero; mas ¿qué haré, Que no sé donde buscallo? HIJO. Bien podréis, madre, comprallo; Si no, yo lo compraré. Mas, por quitarme de afán, Si alguno conmigo topa, Le daré toda esta ropa Por un pedazo de pan. MADR. ¿Qué mamas, triste criatura? ¿No sientes que, a mi despecho, Sacas ya del flaco pecho, Por leche, la sangre pura? Lleva la carne a pedazos, Y procura de hartarte, Que no pueden ya llevarte Mis flacos, cansados brazos. Hijos, mi dulce alegría, ¿Con qué os podré sustentar, Si apenas tengo qué os dar De la propia sangre mía? ¡Oh hambre terrible y fuerte, Cómo me acabas la vida! ¡Oh guerra, sólo venida Para causarme la muerte! HIJO. ¡Madre mía, que me fino! Aguijemos. ¿A dó vamos, Que parece que alargamos La hambre con el camino? MADR. Hijo, cerca está la plaza Adonde echaremos luego En mitad del vivo fuego El _peso_ que te embaraza.
JORNADA CUARTA
Tocan al arma con gran priesa, y a este rumor sale CIPIÓN, y IUGURTA, y MARIO, alborotados.
CIP. ¿Qué es esto, capitanes? ¿Quién nos toca Al arma en tal sazón? ¿Es, por ventura, Alguna gente desmandada y loca Que viene a demandar su sepoltura? Mas no sea algún motín el que provoca Tocar al arma en recia coyuntura: Que tan seguro estoy del enemigo, Que tengo más temor al que es amigo.
Sale QUINTO FABIO con el espada desnuda, y dice:
QUIN. Sosiega el pecho, general prudente, Que ya de esta arma la ocación se sabe, Puesto que ha sido a costa de tu gente, De aquel en quien más brío o fuerza cabe. Dos numantinos con soberbia frente, _#Cuyo valor será razón se alabe#_, Saltando el ancho foso y la muralla, Han movido a tu campo cruel batalla. A las primeras guardas envistieron, Y en medio de mil lanzas se arrojaron, Y con tal furia y rabia arremetieron, Que libre paso al campo les dejaron. Las tiendas de Fabricio acometieron, Y allí su fuerza y _su_ valor mostraron De modo, que en un punto seis soldados Fueron de agudas puntas traspasados. Con presta diligencia discurriendo Iban de tienda en tienda, hasta que hallaron Un poco de bizcocho, el cual cogieron; El paso, y no el furor, atrás tornaron. El uno de ellos se escapó huyendo; Al otro mil espadas le acabaron, Por donde infiero que la hambre ha sido Quien les dió atrevimiento tan subido. CIP. Si, estando deshambridos y encerrados, Muestran tan demasiado atrevimiento, ¿Qué hicieran siendo libres y enterados En sus fuerzas primeras y ardimiento? ¡Indómitos! ¡Al fin seréis domados, Porque contra el furor vuestro violento Se tiene de poner la industria nuestra, Que de domar soberbios es maestra!
Vanse todos.
Sale una mujer, armada con una lanza en la mano y un escudo, que significa la GUERRA, y trae consigo la ENFERMEDAD y la HAMBRE: la ENFERMEDAD arrimada a una muleta y rodeada de paños la cabeza, con una máscara amarilla; y la HAMBRE saldrá con un desnudillo de muerte, y encima, una ropa de bocací amarilla y una máscara descolorida.
GUERR. Hambre, Enfermedad, ejecutores De mis terribles mandos y severos, De vidas y salud consumidores, Con quien no vale ruego, mando o fieros, Pues ya de mi intención sois sabidores, No hay para qué de nuevo encareceros De cuánto gusto me será y contento Que luego, luego, hagáis mi mandamiento. La fuerza incontrastable de los hados, Cuyos efectos nunca salen vanos, Me fuerzan que de mí sean ayudados Estos sagaces mílites romanos. Ellos serán un tiempo levantados, Y abatidos también estos hispanos; Pero tiempo vendrá en que yo me mude, Y dañe al alto y al pequeño ayude; Que yo, que soy la poderosa Guerra, De tantas madres desterrada en vano, Aunque quien me maldice a veces yerra, Pues no sabe el valor de esta mi mano, Sé bien que en todo el orbe de la tierra, Seré llevada del valor hispano En la dulce ocasión que estén reinando Un Carlos, y un Filipo, y un Fernando. ENF. Si ya la Hambre, nuestra amiga _querida_. No hubiera tomado con instancia A su cargo de ser fiera homicida De todos cuantos viven en Numancia, Fuera de mí _tu_ voluntad cumplida, De modo que se viera la ganancia Fácil y rica que _el_ romano hubiera, Harto mejor de aquello que se espera. Mas ella, en cuanto su _poder alcanza_, Ya tiene tal el pueblo numantino, Que de esperar alguna buena andanza, Le ha tomado las sendas y el camino; Mas del furor la rigurosa lanza, La influencia del contrario sino, Le trata con tan áspera violencia, Que no es menester hambre ni dolencia. El Furor y la Rabia, tus secuaces, Han tomado en su pecho tal asiento, Que, cual si fuese de romanas haces, Cada cual de esa sangre está sediento. Muertos, incendios, iras son sus paces; En el morir han puesto su contento, Y, por quitar el triunfo a los romanos, Ellos mesmos se matan con sus manos. HAMBR. Volved los ojos, y veréis ardiendo De la ciudad los encumbrados techos. Escuchad los suspiros que saliendo Van de mil tristes, lastimados pechos. Oíd la voz y lamentable estruendo De bellas damas a quien, ya deshechos Los tiernos miembros de ceniza y fuego, No valen padre, amigo, amor ni ruego. Cual salen las ovejas descuidadas, Siendo del fiero lobo acometidas, _Andar aquí y allí descarriadas_, Con temor de perder las simples vidas, Tal niños y mujeres desdichadas, Viendo ya las espadas homicidas, Andan de calle en calle, ¡oh hado insano!, Su cierta muerte dilatando en vano. No hay plaza, no hay rincón, no hay calle o casa Que de sangre y de muertos no esté llena; El hierro mata, el duro fuego abrasa, Y el rigor ferocísimo condena. Presto veréis que por el suelo tasa Hasta la más subida y alta almena, Y las casas y templos más preciados En polvo y en cenizas son tornados. Venid; veréis que _en_ los amados cuellos De tiernos hijos y mujer querida, Teogenes afila agora y prueba en ellos De su espada cruel corte homicida, Y cómo ya, después de muertos ellos, Estima en poco la cansada vida, Buscando de morir un modo extraño, Que causó en el suyo más de un daño. GUERR. Vamos, pues, y ninguno se descuide De ejecutar por eso aquí su fuerza, Y a lo que digo sólo atienda y cuide, Sin que de mi intención un punto tuerza.
Vanse, y sale TEÓGENES con dos espadas desnudas y ensangrentadas las manos.
TEÓG. Sangre de mis entrañas derramada, Pues sois aquella de los hijos míos; Mano, contra _ti_ mesma acelerada, Llena de honrosos y crueles bríos; Fortuna, en daño mío conjurada; Cielos, de justa piedad vacíos: Ofrecedme en tan dura, amarga suerte, Alguna honrosa, aunque cercana muerte. Valientes numantinos, haced cuenta Que yo soy algún pérfido romano, Y vengad en mi pecho vuestra afrenta, Ensangrentando en él espada y mano. Una de estas espadas os presenta Mi airada furia y mi dolor insano; Que, muriendo en batalla, no se siente Tanto el rigor del último accidente.
Vase, y sale CIPIÓN, y IUGURTA, y QUINTO FABIO, y MARIO, y ERMILIO y otros soldados romanos.
CIP. Si no me engaña el pensamiento mío, O salen mentirosas las señales _Que_ habéis visto _en_ Numancia, del estruendo Y lamentable son, y ardiente llama, Sin duda alguna _que_ recelo y temo Que el bárbaro furor del enemigo Contra su propio pecho no se vuelva. _Ya no parece gente en la muralla_, Ni suenan las usadas centinelas; Todo está en calma y en silencio puesto, Como si en paz tranquila y sosegada Estuviesen los fieros numantinos. MAR. Presto podrás salir de aquesa duda, Porque, si tú lo quieres, yo me ofrezco De subir sobre el muro, aunque me ponga Al riguroso trance que se ofrece, Sólo por ver aquello que en Numancia Hacen nuestros soberbios enemigos. CIP. Arrima, pues, ¡_oh_ Mario!, alguna escala A la muralla, y haz lo que prometes. MAR. Id por la escala luego, y vos, Ermilio, Haced que mi rodela se me traiga, Y la celada blanca de las plumas; Que a fe que tengo de perder la vida O sacar de esta duda al campo todo. ERM. Ves aquí la rodela y la celada; La escala vesla allí: la trajo Limpio. MAR. Encomiéndame a Júpiter inmenso, Que yo voy a cumplir lo prometido. IUG. Alza más la rodela, Mario, Encoge el cuerpo, y encubre la cabeza. ¡Animo, que ya llegas a lo alto! ¿Qué ves? MAR. !Oh santos dioses! _Y_ ¿qué es esto? IUG. ¿De qué te admiras? MAR. De mirar de sangre Un rojo lago, y de ver mil cuerpos Tendidos por las calles de Numancia, De mil agudas puntas traspasados. CIP. ¿Qué? ¿No hay ninguno vivo? MAR. ¡Ni por pienso! A lo menos, ninguno se me ofrece En todo cuanto alcanzo con la vista. CIP. Salta, pues, dentro, y mira por tu vida.
Salta MARIO en la ciudad. _Síguele Iugurta y al poco rato_ torna a salir _el primero_ por la muralla, y dice:
MAR. En balde, ilustre general prudente, Han sido nuestras fuerzas ocupadas. En balde te has mostrado diligente, Pues en humo y en viento son tornadas Las ciertas esperanzas de victoria, De tu industria contino aseguradas. En lamentable fin la triste historia De la ciudad invicta de Numancia Merece ser eterna en la memoria; Sacado han de su pérdida ganancia; Quitádote han el triunfo de las manos, Muriendo con magnánima constancia; Nuestros disinios han salido vanos, Pues ha podido más su honroso intento Que toda la potencia de romanos. El fatigado pueblo en fin violento Acaba la miseria de su vida, Dando triste remate al largo cuento. Numancia está en un lago convertida, De roja sangre y de mil cuerpos llena, De quien fué su rigor propio homicida. De la pesada y sin igual cadena Dura de esclavitud se han escapado Con presta audacia, de temor ajena. En medio de la plaza levantado Está un ardiente fuego temeroso, De sus cuerpos y haciendas sustentado. Al tiempo llegué a verlo, que el furioso Teogenes, valiente numantino, De fenecer su vida deseoso, Maldiciendo su corto amargo sino, En medio se arrojaba de la llama, Lleno de temerario desatino, Y al arrojarse dijo: "Clara fama, Ocupa aquí tus lenguas y tus ojos En esta hazaña, que a contar te llama. ¡Venid, romanos, ya por los despojos Desta ciudad, en polvo y humo vueltos, Y sus flores y frutos en abrojos!" De allí, con pies y pensamientos sueltos, Gran parte de la tierra he rodeado, Por las calles y pasos más revueltos, Y un solo numantino no he hallado Que poderte traer vivo siquiera, Para que fueras dél bien informado Por qué ocasión, de qué suerte o manera Acometieron tan grave desvarío, Apresurando la mortal carrera. CIP. ¿Estaba, por ventura, el pecho mío De bárbara arrogancia y muertes lleno, Y de piedad justísima vacío? ¿Es de mi condición, por dicha, ajeno Usar benignidad con el rendido, Como conviene al vencedor que es bueno? #_¡Mal_#, por cierto, tenían conocido El valor en Numancia de mi pecho, Para vencer y perdonar nacido! QUIN. Iugurta te hará más satisfecho, Señor, de aquello que saber deseas, Que vesle vuelve lleno de despecho.
Asómase IUGURTA a la muralla.
IUG. Prudente general, en vano empleas Más aquí tu valor. Vuelve a otra parte La industria singular de que te arreas. No hay en Numancia cosa en que ocuparte. Todos son muertos, y sólo uno #_creo_# Que queda vivo para el trunfo darte, Allí en aquella torre, según veo. Yo vi denantes un muchacho; estaba Turbado en vista y de gentil arreo. CIP. Si eso fuese verdad, eso bastaba Para trunfar en Roma de Numancia, Que es lo que más agora deseaba. Lleguémonos allá, y haced instancia Como el muchacho venga aquestas manos Vivo, que es lo que agora es de importancia.
Dice VARIATO, muchacho, desde la torre:
VAR. ¿Dónde venís, o qué buscáis, romanos? Si en Numancia queréis entrar por fuerte, Haréislo sin contraste, a pasos llanos; Pero mi lengua desde aquí os advierte Que yo las llaves mal guardadas tengo Desta ciudad, de quien trunfó la muerte. CIP. Por ésas, joven, deseoso vengo, Y más de que tú hagas insperiencia, Si en este pecho piedad sostengo. VAR. ¡Tarde, cruel, ofreces tu clemencia, Pues no hay con quien usarla: que yo quiero Pasar por el rigor de la sentencia Que con suceso amargo y lastimero De nuestros padres y patria tan querida Causó el último fin terrible y fiero! QUIN. _#Dime#_: ¿tienes, por suerte, aborrecida, Ciego de un temerario desvarío, Tu floreciente edad y tierna vida? CIP. Tiempla, pequeño joven, templa el brío; Sujeta el valor tuyo, que es pequeño, Al mayor de mi honroso poderío; Que desde aquí te doy la fee y empeño Mi palabra, que solo de ti seas Tú mismo el propio, el conocido dueño; _#Y#_ que de ricas joyas y preseas Vivas lo que vivieres abastado, Como yo podré darte y tú deseas, Si a mí te entregas y te das de grado. VAR. Todo el furor de cuantos ya son muertos En este pueblo y en polvo reducido, Todo _#el huir#_ los pactos y conciertos, Ni el dar a sujeción jamás oído, Sus iras, sus rancores descubiertos, Está en mi pecho solamente unido. Yo heredé de Numancia todo el brío; Ved, si pensáis vencerme, es desvarío. Patria querida, pueblo desdichado, No temas, ni imagines que admire De lo que debo ser de ti engendrado, Ni que promesa o miedo me retire, Ora me falte el suelo, el cielo, el hado, Ora vencerme todo el mundo aspire; Que imposible será que yo _#no#_ haga A tu valor la merecida paga. Que si a esconderme aquí me trujo el miedo De la cercana y espantosa muerte, Ella me sacará con más denuedo, Con el deseo de seguir tu suerte; De vil temor pasado, como puedo, Será la enmienda agora osada y fuerte, Y el temor de mi edad tierna, inocente Pagaré con morir osadamente. Yo os aseguro, ¡oh fuertes ciudadanos!, Que no falte por mí la intención vuestra _#De que no triunfen pérfidos romanos#_, Si ya no fuere de ceniza nuestra. Saldrán conmigo sus intentos vanos, _#Ora#_ levanten contra mí su diestra, O me aseguren con promesa incierta A vida y a regalos ancha puerta. Tened, romanos, sosegad el brío, Y no os canséis _#en#_ asaltar el muro; Con que fuera mayor el poderío Vuestro, de no vencerme estad seguro. Pero muéstrese ya el intento mío, Y si ha sido el amor perfecto y puro Que yo tuve a mi patria tan querida, Asegúrelo luego esta caída.
Arrójase el muchacho de la torre, y dice CIPIÓN: