Chapter 4
Cuáles fueran los pensamientos y contrarias resoluciones que estos acentos levantaron en los ya recelosos e inquietos corazones de las diversas personas del festejo, no es cosa que se sujetaría a fácil explicación: basta decir que María esperaba, que el soldado reía, que amenazaba Muley, que Gerif se inquietaba, el usurero temía, y que todos, ya curiosos, no ansiaban por mejor cosa que ver con los ojos aquella persona que tan bien halagaba los oídos con su canto y su destreza.
Muchos se dispersaron diligentemente por ver quién primero introduciría aquel cantor en el festejo; pero aunque tantos corrieron y rondaron la casa, fué vana toda diligencia, y así se volvieron como habían ido.
Muley, disimulando el mal reprimido coraje que le hervía en el pecho, venciéndose por aclarar sus sospechas, o reprimir las muestras de su cólera, se acercó al estropeado ya medio sano, y en voz baja le dijo:
--Mira, soldado; en todo lo que aquí se pasa hay algo de oculto, que conozco y no alcanzo: si yo me hubiera dejado ir a la mano de mi enojo, ya hubiera descendido el castigo, antes que la discreción mía quisiera satisfacerse de las artes que aquí se juegan; pero puesto que mi discreción ha hablado, quiero oirte decirme qué mensajes tienes con Zaida, con María quise decir, y quién puede ser esa persona que cantó poco ha.
El soldado escuchó sin la menor turbación del mundo hasta el fin el razonamiento de Muley, y sin dar importancia ni a lo que oyó, ni a lo que él decía, respondió:
--María, como se llama (y no Zaida como tú la mal nombraste), es mi bienhechora, y los agradecidos con los bienhechores tenemos ciertas obligaciones que no se pueden revelar. No sé, aunque bien sospecho, quién sea ese cantor que tanto te asusta; pero puesto que tú hablaste de discreción, yo la tengo bastante para no afirmar sino aquello que no sé ciertamente y sin duda alguna; mas siendo cierto que entrambos somos discretos, callémonos y soseguémonos, que, o yo me equivoco mucho, o la voz de ese cantor, de oirla hemos, no tan lejos y más a orilla de nosotros.
Y haciendo una breve pausa el soldado para dirigir la vista hacia donde aguzaba las orejas el gozque que al lado tenía, volviéndose con aire maligno y de triunfo a Muley, que le miraba con dos ascuas de vidrio que no con dos ojos, le dijo a éste riéndose:
--Hele ahí--Muley.
Y todos revolvieron la vista hacia las puertas de los huertos, y vieron llegar airosa y sosegadamente, mitad de caballero y mitad de camino, al mancebo más bizarro que pintarse pueda la imaginación. El talle era galán, la estatura aventajada, el rostro hermoso, y con una gravedad en él, y tal autoridad en su frente, que bien mostraba, con todo de estar en sus floridos años, los cargos de cuenta que habría desempeñado. Una ropa corta de fino paño pasada por los hombros le cubría hasta la rodilla; las calzas eran a la francesa, que solían llamar de _Francisco I_, y las botas eran de gamito de Flandes: todo mostraba que venía del lado allá de Europa, y cuando no, bastaría a certificarlo su arpa pequeña que traía en la mano, y ayudando a sostenerla por los hombros con una banda encarnada.
--Caballeros y doncellas--dijo--: no os parecerá descortesía que un pasajero, que a la dicha camina por aquí, haya osado turbar vuestro regocijo con su presencia; pero bien se podrá perdonar a un español que vuelve de tierras extrañas el deseo de gozarse en los festejos de los suyos, y mucha nobleza me muestra este aparato para que no confíe hallar agasajo en vuestra cortesanía.
--Caballero--le replicó el anciano Gerif--, seáis el bienvenido; y puesto que nos honramos con vuestra persona, bien os podéis regocijar en este concurso cuanto cumpla al gusto vuestro, pues el valor de vuestra persona nos paga colmadamente favor tan corto.
Muley hubo de reportarse de nuevo con la hospitalidad concedida por el tío al incógnito pasajero, y rabioso y despechado cuanto más se veía obligado al disimulo, se derribó otra vez sobre el arrimo de las columnas, atalayando como un neblí desde el cielo cuanto pasaba en derredor suyo.
Nuevo y mayor aliento tomó el festejo con la llegada del caballero, necesitándose de la turbación agradable de los sones de los acentos y de la blanda algazara del festejo para que María pudiese esconder, bajo la fuerza del disimulo, las más contrariadas impresiones que probaba en aquel punto. Ella, clavando los suyos en el entrado, no hacía sino seguir el corriente de cuantos hermosos ojos había en el concurso, que unos por curiosidad y otros por afición, todos se fijaban en el caballero; pero María miraba en él algo más que no un viajero vulgar.
La banda roja que sujetaba el arpa y un anillo que le vió brillar en la siniestra mano, le bastara a probar que tenía delante a don Lope, si ella ya con su vista no hubiera recogido aquella galana figura, para conferirla con el retrato que llevaba en su corazón, sacando de todo en claro que quien se hallaba delante era verdaderamente su antiguo y fiel amante, tantas veces pregonado por la fama en Italia y Alemania, y tan altamente estimado por el emperador Carlos V. Para mayor placer suyo, pues ya sin duda alguna estaba bien segura de quién era, hubo de oirle las endechas siguientes, que al mismo son del arpa cantó el caballero, vencido de tanto encarecimiento como se le hacía.
ENDECHAS
Galán que te marchas, por muerto te cuenta, que amores ausentes no hay cosa más muerta.
Son, sí, los amantes una vida entera, dos cuerpos y un alma que un nudo los sella.
Pero en los dos ellos hay tal diferencia, que muere el que es ido y vive el que queda.
Acaso el estante, porque bien parezca duelos por tres días al ido celebra.
El lienzo a los ojos acerca o aleja, mojado por ellos en llanto de fuerza.
Por cumplir se viste las tocas más negras, tocas que al domingo en galas se truecan.
Memorias pasadas se van como niebla, finezas del día sol es que penetra.
Y airoso mancebo que el coso pasea, y tercia la capa y ronda la reja.
Terceras mediando (mal hayan terceras) los ganados juros del ausente hereda.
Las glorias presentes el olvido engendran, fabrican mudanzas las nuevas ternezas.
Y en tanto el ausente gime, llora y pena, y en acento triste cantando se queja: _Mal haya quien fía en mujer que queda._
La intención que el cantor dió a los últimos versos fué tan ahincada, el acento tan blando y las circunstancias tan claras, que María, sin estar más en sí, dejó asomar a sus ojos las lágrimas más tiernas y de más amor y ternura; pero acaso al volver la cabeza, y al encontrar la airada vista de Muley, que ni un átomo perdía del canto ni de las lágrimas, fué tal el susto que sobrecogió a la ya tan combatida amante, que temerosa y confundida se sintió tomar de tan cruel desmayo, que apenas tuvo tiempo de dejarse caer en los brazos de las doncellas que alrededor estaban.
De un salto se hubiera puesto a los pies de la hermosa el rendido caballero, si su voluntad no hubiera impedido un brazo vigoroso que le sujetó, así como sucedió el desmayo, y se preparaba para acercarse a la desmayada.
--¿Quién sois vos?--gritó con voz de tigre Muley--. ¿Quién sois vos para venir a turbar los festejos de la gente principal, y poner asechanzas a las esposas de quien vale más que vos?
--¿Quién ha de ser--dijo el usurero, que conociendo a su amo quería así ganarle sagazmente el ánimo--, quien ha de ser, sino el noble caballero don Lope Zúñiga Dávalos Guzmán y Pacheco, heredero ricamente en estos contornos, señor de las villas de Alchor y Ferreyra, Merino que fué de la Reina, paje del Rey, comandante de tu tercio, querido del Emperador, y... no se oyó más; pues Muley, con un bote que tiró a don Lope, principió el estruendo más espantoso.
Don Lope, que verse sujetado, apostrofado, desasirse, tirarse a fuera y poner una daga en la mano, todo fué uno, no hubiera escapado de alguna grave herida del furioso golpe de Muley, a no llevar vestido bajo la ropa un fuerte jaco milanés. Reparado así tal golpe, la revuelta comenzó encendidamente, pues los moriscos a una voz decían:
--_Favor a nuestro príncipe Muley, muerte a los castellanos._
Don Lope, aunque sin espada, manejaba la daga tan viva y diestramente, que en derredor de su persona parecía haber abierto ancho foso en cuanto alcanzaba su brazo armado, que le ponía a cubierto de los más briosos; pero el furor de Muley le estrechaba mucho, y su peligro crecía a cada instante. Los cristianos viejos que allí se encontraban, prevenidos por la mano y no dispuestos para tal revuelta, apenas podían desembarazarse de la multitud morisca, y de la estrechez del lugar. En esto, que todo fué obrar en un átomo de tiempo, se oyó la voz del soldado, que dijo:
--Hermano Cigarral, la curación que principió María, conclúyala el peligro de mi amo y señor.
Y decir esto, y arrojarse de sobre las muletas, y despejarse con la una mano este ojo enfermizo, y garfiarse con la otra, y arrojar aquel negro parche, y tirar por el caballete de la una muleta, y sacar una terrible espada, y tirar del otro palo, y repetir otro igual acero, fué cosa hecha antes que vista.
--En vuestra ayuda soy, y a vuestro lado me tenéis, don Lope--dijo el soldado--; acordémonos de Pormán y cierra España.
Con esto, y por esto, aquellos que parecían miembros tan doblados, enrevesados y encogidos, mostraron tal elasticidad y vigor, que abriéndose calle el soldado con tanto desenfado como bizarría, revuelta una capa al brazo se le vió, sin saber cómo, al lado del valiente caballero, ya armado éste con una de aquellas espadas de máquina que sacó el soldado.
Era de ver, en tanto, la confusa gritería, las lástimas de las mujeres, los parasismos de éstas, los ruegos de aquéllas y los llantos y aflicciones de todas. Cuáles caían, cuáles se apresuraban por coger a hurto las puertas, buscando seguridad en la fuga, y cuáles, éstas eran las más principales, formando corro alrededor de María, manifestaban querer dividir una suerte común, rogando a unos y suplicando a otros que difieriesen para otro caso tanto encono y tanta pelea.
Dos espadas tan diestra y poderosamente manejadas pronto ladearon la victoria a la banda cristiana. Muley, a despecho de todos, contenía a los suyos, reparándose y mejorándose como más a cuento podía; pero un enemigo, con quien no contaba, le puso a la merced de sus contrarios. El pícaro gozque, como si entendiese el peligro en que se encontraban los suyos, o porque estuviese adiestrado también para jugar tales piezas, ello es que desde el comienzo de la danza no se entretenía sino en pasar y repasar, enredar y tropezarse entre los pies de los moriscos, derribando a muchos, embarazando a no pocos y procurando al fin la prisión de Muley, pues atravesándose muy al propósito a las espaldas del moro, cuando éste rompía en retirada, se enredó miserablemente y cayó en tierra, sin más poderse recuperar. Todos cargaron sobre él; pero las espadas de sus dos contrarios, ya amigables custodios, le libertaron de todo insulto.
--Levantaos--le dijo don Lope.
--No hará tal--replicó el alcalde--sino para entregarse a merced de la justicia, tanto y más cuanto que corren voces de venir don Fernando Muley de las costas de Berbería.
El Gerif, a cuyo desplacer tuvo principio tan grande revuelta, y que por más demostraciones que hizo no pudo apaciguarla, quiso interponer su respeto para excusar de la prisión a su sobrino; pero todo fué en balde, pues las sospechas de que andaban en tratos de rebelión, y apellidarle Príncipe durante la refriega, eran capítulos de no fácil enmienda. Sin embargo, la autoridad de don Lope alcanzó el que Muley asistiese como prisión en la propia casa del alcalde, mientras él acallaba los unos y podía prestar favor a los otros.
Hecha cata y cala de los botes, fendientes, estocadas, tajos y mandobles de la revuelta, resultó como casi siempre, ser mayor la salva que el provecho; quiero decir que todo se redujo a no muchos levantes de espadas y a cuatro abolladuras de cabeza. El miedo de ofender a las mujeres no permitía a los combatientes herir con el acierto que hubieran empleado a medirse cuerpo a cuerpo y en campo raso. Sin embargo de ello, se dejaban sentir unos lamentos tan tristes, que todo el mundo creyó haber acontecido mayor desgracia; pero tales duelos y lastimerías no eran más que los sollozos de la Bermúdez y los gritos del usurero: de aquélla, por otras tocas que acababa de perder, y de éste, por mirarse roto y manchado en todas las galas.
CAPITULO IV
Era la misma hora, era el propio lugar y frontero al puente aquel roto, debajo de los hermosos nogales y al lado mismo de aquella fuente clara, se miraba un hombre sentado, pero de muy distinta traza a la del mendigo ciego y lisiado con quien nos comunicamos en conocimiento al comienzo de esta historia.
Este personaje, muy al contrario, parecía gozar de la mejor agilidad de sus miembros, se hallaba en lo más duro y viril de los años, que no llegaban a los cuarenta, y con muestras tales de robustez y fuerzas, que si causara empacho viéndole saltar y defender delante de uno algún puesto o calle, en trueque haría el más confiado del mundo a quien lo trajese consigo y mirase al lado.
Unas calzas de gamuza muy traídas y llevadas, aunque todavía de buen servicio, le tomaban aquellas piernas, antes tan de rúbrica y garabato; unos follados de colores se sujetaban a una veste soldadesca, que llegaba en medias mangas a la mitad del brazo, tomadas las vueltas anchas con colorado tabí. La veste se cerraba sobre un coleto fuerte y robusto, que abultando algún tanto las espaldas, concluía en la misma muñeca defendiendo el brazo. Una valona azul, si no erizada, al menos con mucho engrudo, le encanutaba el cuello; y un sombrero campanudo de copa, galán con plumas, ancho de faldas, y éstas tomadas por delante con cuatro puntos de sirgo dorado, ponían cabo y fin a la tal figura. Estupenda filisberta toledana, tenía entre las rodillas, apoyándose las manos en ella, una daga flamenca le parecía en la cintura, y en su traza picaril y en su catadura aviesa y maligna, cualquiera le juzgara de la genealogía y linaje de los famosos Rinconete y Cortadillo.
Sentado como se hallaba, así y en media voz, y ésta ronquilla, y más asomada a lo bronco que a lo apacible, se entretenía cantando de esta manera:
MORETO
Nací muy pobre, ¡oh qué dolor! Bien, pobre aun soy, mas esto es hoy mañana no.
Que quien desprecia, ¡viva el valor!, en lid la muerte, al fin la suerte lo coronó.
Lid haya y guerra sí, ¡vive Dios!, bien corra el dado, y de soldado a conde iré.
Navarro y otros, ¡son más de dos!, soldados fueron, por do subieron yo subiré.
Mi Rey D. Carlos ¡entre en París! y Dios y él solo de polo a polo han de reinar.
Y por premiarnos, ¡grano de anís!, tal bizarría ya Dios envía de orbes un par.
Capitán tente, ¡bravo español!, Pizarro aguarda que una alabarda falta al Perú.
Que lo que vale, ¡o miente el sol!, un pica bravo, ¡oh insigne cabo!, lo sabes tú.
Iré a esas tierras. ¡vamos allá!, me haré de oro, de algún rey moro que venceré
O para colmo ¡gusto será! de suerte tanta, con una infanta me casaré.
Tendré esclavillos, ¡ah!, ¡ah!, lá, lá, rubís, topacios, cuatro palacios y un gran confín.
Y señor noble ¡lará, lará! con mayorazgo, de algún hartazgo moriré al fin.
Al darle a tales coplas, cantadas, como suele decirse, a palo seco, sin compás ni ayuda de instrumento alguno, y sólo con la buena o mala compañía de su áspera garganta, hele ahí que asoma por alto de la senda un galán y sobremanera bizarro caballero, que siendo el mismo que la pasada noche se presentó en fiesta, todavía se ostentaba ahora con todos los arreos de galas, plumas y argentería convenientes a la gentileza y calidad de don Lope de Zúñiga.
El ciego con vista y lisiado sin manquedad, ahora nuevamente restaurado en todo el valor de sus piernas y bien corregido y enmendado en el desembarazo de sus miembros, así como vió llegar al caballero, destocándose el sombrero y ahinojándose reverentemente, le comenzó a decir:
--Perdón, perdón, y mil veces piedad para el buen Mateo del Cigarral, soldado pica que fué de la compañía de Francisco Carvajal en Italia, arcabucero después en el tercio de Zamudio, y después continuo de la ilustre persona del ilustrísimo caballero don Lope de Zúñiga. Yo me confieso, señor, que sin enmienda a los pasados yerros cobré a vuestra orden los cien ducados en Gante del burgués Guillelmo Goffren: confiésome asimismo que sin mandato, ni contraseña de maese de campo, ni otro superior, con más arrojo que discreción los puse a lidiar, usurpando el título que no tenía de señor de ellos, en aquel negro negociado de palo y pinta. Confiésome (y es la peor confesión), que no embargante mi pericia y consumada experiencia, fuí roto, vencido y dado tan a merced, que a no ser por un real de a ocho que me dieron de barato, sabe Dios lo que fuera de mi estómago, quiero decir de mi persona. ¿Cómo, señor, después de tan infeliz jornada volveros a presentar mi pecadora catadura? ¿Cómo llevaros a juicio mi conciencia tan sucia, como limpias y escuetas las garduñas manos? Llorando mi desgracia, recordando mis muchos merecimientos, teniendo los galardones atrasados, doliéndome de los golpes futuros y despidiéndome en mente no sólo de vos, sino de aquellos cautivos cien ducados, tan llorados como perdidos, resolví volverme para España y buscar partido en esas aventuras de las Indias.
No pagar feudo a mesones y hosterías, no siendo tan devoto para romero, y sospechando que mi vestido de soldadesca me reclutase a fuerza viva para esas banderas de Italia, resolví cobijarme uno de tantos disfraces como aprendí y estudié con la noble caballería de la industria. Largas han sido mis peregrinaciones, aventuras curiosas me han asaltado, y con ellas os entretendré las horas de camino o los ocios de viaje, éstos por mar o aquéllas por tierra, si es que merezco por mi atrición y contrición _timore et tremore_, volver a tomar asiento en su servicio y asistir cercano a su ilustre persona. Siempre cuento, con buena justicia y equidad, que en contraria balanza de estos pecadillos y deslices, se me pondrán en cuenta y data, no los servicios de soldado, pues para premiar vos no sois Emperador, sino mi buen ingenio en el tiempo que os serví, la grata voluntad que siempre os tuve y tantas cuchilladas como dí a vuestro lado en diversas ocasiones. No os cargo nada ni aprecio en pizca los últimos cintarazos de anoche, pues la salud que cobré inopinadamente y la curación que se operó en mi lisiadura, las tomo y apunto por buena, legítima y muy sobrada solvencia.
¡Quién sabe dónde hubieran ido los dislates, burlas y taravillas del soldado Moyano del Cigarral, si D. Lope no le hubiese levantado con el mayor afecto, abrazándole y conmenzándole a hablar de sus pasadas peregrinaciones y aventuras!
En suma de cuento, ello es que D. Lope le endonó y perdonó a Cigarral las atrasadas trabacuentas, inclusive los cien ducados del burgués Goffren, lidiados y vencidos en el negro negociado de palo y pinta, concluyendo aquella ceremonia con que la buena maula entrase de nuevo al servicio de D. Lope.
Cigarral le añadió a éste por qué sucesos, caminando para Sevilla en busca de flota para el Perú y en lenguas de su capitán Carvajal, había llegado a aquella aldea, donde su disfraz mendigante, moviendo la piadosa condición de María, dilató de un día a otro día su peregrinación hasta aquel trance.
--No dudando yo--proseguía el soldado--, sirviéndome de disculpa para este mal pensamiento los sucesos ahora acontecidos, y sin que sea visto agraviar en un tilde la caridad de María, que para las obras pías dispensadas al lisiado Cigarral han intervenido y valido en mucho los merecimientos de D. Lope de Zúñiga, porque os hago saber, señor, que allá relatando, aquí mintiendo, y siempre alterando la verdad, como hace todo viajante, acerté a nombrar en una de tantas novelas vuestro apellido y condición, y no hay duda que desde entonces merecí más atención y agasajo, si no digo mayor caridad y limosna, de esa hermosísima señora de vuestros pensamientos.
Luengo espacio confirieron los antes conocidos y ahora nuevamente confirmados amo y escudero, sobre los medios de poner en práctica una entrevista con María, ya indudablemente celada, y muy de cerca puesta en custodia por Gerif, su tío, desde los sucesos de la noche.
La historia puesta ya en este punto, no será fuera de propósito advertir qué circunstancias había, y qué pensamientos animaban a los más principales de estos nuestros personajes.
Don Lope, alcanzada licencia del Emperador para enlazarse con la ilustre cuanto hermosa doña María de Granada, así como llegó en las galeras de Leiva y tomó tierra de España, no pensó sino en ser él mismo mensajero de tan agradables nuevas; y con poco séquito e infinitas esperanzas quiso llegar lo más luego a la aldea donde sabía asistir la amada suya.
Receloso de que el odio altivo de aquella familia destronada le burlase sus anhelos y su amor, había querido interesar en todo al Emperador, quien, por su parte, miraba con placer aquellos enlaces que pudieran apartar de toda revuelta a los renuevos de los Granadas.
Los moriscos, siempre fija la vista en su independencia y su venganza, no apartaban su cariño de aquella familia que por tantos años había sostenido en España el vacilante poder de los árabes haciendo de Granada la ciudad más hermosa del mundo. El descontento de la nación vencida tuvo sus intercadencias según y como que la política de la Corte los halagaba o los oprimía; pero siempre es cierto que mal avenidos con la religión que habían abrazado a la fuerza, sentidos con las fardas y gabelas con que eran pechados, ofendidos de las ordenanzas que les pregonaban, y rabiosos con la altivez de los vencedores, no esperaban sino ocasión adecuada para revolverse, tentando para ello los vecinos reinos de Africa, y el nuevo y formidable poder que desde Constantinopla amenazaba a toda la cristiandad.
Gerif, que alcanzó en pie en sus años primeros el Señorío de la Alhambra, no podía separar de su memoria aquel esplendor pasado, como ni de su alma la afición más vehemente por su nación desgraciada, mirando gustoso por lo mismo las revueltas que tramaba su sobrino Muley.
María temblaba con tales apariencias, pues su madre, que tomó el agua del bautismo de aquel Arzobispo de Granada a quien por alabanza llamaron el Santo los moriscos, imprimió a su hija el más tierno apego a la religión cristiana. Empeñada en los amores de D. Lope, y éste, ausente con el Emperador en la jornada de Alemania, vivía huérfana, lejos de los palacios de Granada, alegrando con su presencia los cansados ojos del anciano Gerif.
Muley, prendado de las gracias de su prima, él mismo se la había destinado y nombrado de antemano para premio de sus anhelos y corona de su trabajo desde que diese el grito de independencia, conociendo al mismo tiempo que nada podría ejecutar más bien visto como este enlace para aficionarse más y más las voluntades de sus moriscos.
Gerif, aunque de intento no apremiaba en nada a María por los amores de Muley, con todo ello bien la demostraba el placer que habría viendo así unidos los últimos vástagos de los Granadas, como decían los cristianos, o de los Benezeritas, según los genealogistas árabes.
Don Lope, sospechando por lo menos alguna de tan capitales asechanzas, ardía por verse con María para pintarle más vivamente lo que sólo apuntó en el billete que llegó a sus blanquísimas manos por los peregrinos medios que ya hemos relatado.