Part 5
--Hermano, si yo fuera juez, y vos hubiérades caido debajo de mi jurisdicion por algun delito, el cual pidiera que se os hicieran las preguntas que yo os he hecho, la respuesta que me habeis dado obligara á que os apretara los cordeles: yo no quiero saber quién sois, cómo os llamais, ó adónde vais; pero adviértoos que si os conviene mentir en este vuestro viaje, mintais con mas apariencia de verdad: decís que vais á la Peña de Francia, y dejaisla á la mano derecha, mas atras deste lugar donde estamos bien treinta leguas: caminais de noche por llegar presto, y vais fuera de camino por entre bosques y encinares que no tienen sendas apénas, cuanto mas caminos: amigo, levantáos y aprended á mentir, y andad enhorabuena; pero por este buen aviso que os doy, ¿no me diréis una verdad? que sí diréis pues tan mal sabeis mentir: decidme, ¿sois por ventura uno que yo he visto muchas veces en la corte entre paje y caballero, que tenia fama de ser gran poeta, uno que hizo un romance y un soneto á una Jitanilla que los dias pasados andaba por Madrid, que era tenida por singular en la belleza? decídmelo, que yo os prometo por la fe de caballero jitano de guardaros todo el secreto que vos viéredes que os conviene; mirad que el negarme la verdad de que no sois el que yo digo, no llevaria camino, porque este rostro que yo veo aquí es el propio que vide en Madrid: sin duda alguna, que la gran fama de vuestro entendimiento me hizo muchas veces que os mirase como á hombre raro é insigne: y así se me quedó tan estampada en la memoria vuestra figura, que os he venido á conocer por ella, aun puesto en el diferente traje en que estais agora del en que yo os vi entónces: no os turbeis, animáos, y no penseis que habeis llegado á un pueblo de ladrones, sino á un asilo que os sabrá guardar y defender de todo el mundo: mirad, yo imagino una cosa, y si es así como lo imagino, vos habeis topado con vuestra buena suerte en haber encontrado conmigo: lo que imagino es que enamorado de Preciosa (aquella hermosa jitanica á quien hicisteis los versos) habeis venido á buscarla, por lo que yo no os tendré en ménos, sino en mucho mas; que aunque jitano, la esperiencia me ha mostrado adónde se estiende la poderosa fuerza de amor y las transformaciones que hace hacer á los que coge debajo de su jurisdicion y mando: si esto es así, como creo que sin duda lo es, aquí está la jitanica.
--Sí, aquí está, que yo la vi anoche, dijo el mordido: razon con que Andres quedó como difunto, pareciéndole que habia salido al cabo con la confirmacion de sus sospechas: Anoche la vi, tornó á referir el mozo; pero no me atrevia á decirle quién era, porque no me convenia.
--Desta manera, dijo Andres, ¿vos sois el poeta que yo he dicho?
--Sí soy, replicó el mancebo, que no lo puedo ni lo quiero negar: quizá podria ser que donde he pensado perderme, hubiese venido á ganarme, si es que hay fidelidad en las selvas y buen acogimiento en los montes.
--Hayle sin duda, respondió Andres, y entre nosotros los jitanos el mayor secreto del mundo: con esta confianza podeis, señor, descubrirme vuestro pecho, porque hallaréis en el mio lo que veréis sin doblez alguna: la Jitanilla es parienta mia y está sujeta á lo que yo quisiere hacer della: si la quisiéredes por esposa, yo y todos sus parientes gustaremos dello, y lo tendremos por bien: y si por amiga, no usarémos de ningun melindre con tal que tengais dineros, porque la codicia por jamas sale de nuestros ranchos.
--Dineros traigo, respondió el mozo; en estas mangas de camisa, que traigo ceñida por el cuerpo, vienen cuatrocientos escudos de oro.
Este fué otro susto mortal que recibió Andres, viendo que el traer tanto dinero no era sino para conquistar ó comprar su prenda; y con lengua ya turbada dijo:
--Buena cantidad es esa, no hay sino descubriros, y manos á la labor, que la muchacha que no es nada boba, verá cuán bien le está ser vuestra.
--¡Ay, amigo! dijo á esta sazon el mozo: quiero que sepais que la fuerza que me ha hecho mudar de traje no es la de amor que vos decís, ni de desear á Preciosa; que hermosas tiene Madrid que pueden y saben robar los corazones y rendir las almas tan bien y mejor que las mas hermosas jitanas; puesto que confieso que la hermosura de vuestra parienta á todas las que yo he visto se aventaja: quien me tiene en este traje, á pié y mordido de perros, no es amor, sino desgracia mia.
Con estas razones que el mozo iba diciendo, iba Andres cobrando los espíritus perdidos, pareciéndole que se encaminaban á otro paradero del que se imaginaba, y deseoso de salir de aquella confusion, volvió á reforzarle la seguridad con que podia descubrirse, y así él prosiguió diciendo:
--Yo estaba en Madrid en casa de un título á quien servia, no como á señor, sino como á pariente; este tenia un hijo único heredero suyo, el cual así por el parentesco, como por ser ambos de una edad y de una condicion misma, me trataba con familiaridad y amistad grande: sucedió que este caballero se enamoró de una doncella principal, á quien él escogiera de bonísima gana para su esposa, si no tuviera la voluntad sujeta como buen hijo á la de sus padres, que aspiraban á casarle mas altamente; pero con todo eso la servia á hurto de todos los ojos que pudieran con las lenguas sacar á la plaza sus deseos; solos los mios eran testigos de sus intentos: y una noche que debia de haber escogido la desgracia para el caso que ahora os diré, pasando los dos por la puerta y calle desta señora, vimos arrimados á ella dos hombres al parecer de buen talle: quiso reconocerlos mi pariente, y apénas se encaminó hácia ellos, cuando echaron con mucha lijereza mano á las espadas y á dos broqueles, y se vinieron á nosotros, que hicimos lo mismo, y con iguales armas nos acometimos: duró poco la pendencia, porque no duró mucho la vida de los dos contrarios, que de dos estocadas que guiaron los celos de mi pariente y la defensa que yo le hacia, las perdieron (caso estraño, y pocas veces visto): triunfando pues de lo que aquí no quisiéramos, volvimos á casa, y secretamente tomando todos los dineros que podimos, nos fuimos á San Jerónimo, esperando el dia que descubriese lo sucedido y las presunciones que se tenian de los matadores: supimos que de nosotros no habia indicio alguno, y aconsejáronnos los prudentes religiosos que nos volviésemos á casa, y que no diésemos ni despertásemos con nuestra ausencia alguna sospecha contra nosotros: y ya que estábamos determinados de seguir su parecer, nos avisaron que los señores alcaldes de corte habian preso en su casa á los padres de la doncella y á la misma doncella, y que entre otros criados á quien tomaron la confesion, una criada de la señora dijo como mi pariente paseaba á su señora de noche y de dia, y que con este indicio habian acudido á buscarnos, y no hallándonos, sino muchas señales de nuestra fuga, se confirmó en toda la corte ser nosotros los matadores de aquellos dos caballeros (que lo eran, y muy principales). Finalmente, con parecer del conde mi pariente, y del de los religiosos, despues de quince dias que estuvimos escondidos en el monesterio, mi camarada en hábito de fraile con otro fraile se fué la vuelta de Aragon, con intencion de pasarse á Italia, y desde allí á Flándes, hasta ver en qué paraba el caso: yo quise dividir y apartar nuestra fortuna, y que no corriese nuestra suerte por una misma derrota: seguí otro camino diferente del suyo, y en hábito de mozo de fraile, á pié salí con un religioso que me dejó en Talavera; desde allí á aquí he venido solo y fuera de camino, hasta que anoche llegué á este encinar, donde me ha sucedido lo que habeis visto: y si pregunté por el camino de la Peña de Francia, fué por responder algo á lo que se me preguntaba, que en verdad que no sé dónde cae la Peña de Francia, puesto que sé que está mas arriba de Salamanca.
--Así es verdad, respondió Andres, y ya la dejais á mano derecha casi veinte leguas de aquí, porque veais cuán derecho camino llevábades, si allá fuérades.
--El que yo pensaba llevar, replicó el mozo, no es sino á Sevilla, que allí tengo un caballero jinoves, grande amigo del conde mi pariente, que suele enviar á Jénova gran cantidad de plata, y llevo designio que me acomode con los que la suelen llevar como uno dellos, y con esta estratagema seguramente podré pasar hasta Cartagena, y de allí á Italia, porque han de venir dos galeras muy presto á embarcar esta plata. Esta es, buen amigo, mi historia: mirad si puedo decir que nace mas de desgracia pura, que de amores aguados; pero si estos señores jitanos quisiesen llevarme en su compañía hasta Sevilla, si es que van allá, yo se lo pagaria muy bien, que me doy á entender que en su compañía iria mas seguro, y no con el temor que llevo.
--Sí llevarán, respondió Andres; y si no fuéredes en nuestro aduar, porque hasta ahora no sé si va al Andalucía, iréis en otro que creo que habemos de topar dentro de dos ó tres dias, y con darles algo de lo que llevais, facilitaréis con ellos otros imposibles mayores.
Dejóle Andres, y vino á dar cuenta á los demas jitanos de lo que el mozo le habia contado y de lo que pretendia, con el ofrecimiento que hacia de la buena paga y recompensa. Todos fueron de parecer que se quedase en el aduar; solo Preciosa tuvo el contrario: y la abuela dijo que ella no podia ir á Sevilla ni á sus contornos, á causa que los años pasados habia hecho una burla en Sevilla á un gorrero llamado Triguillos, muy conocido en ella, al cual le habia hecho meter en una tinaja de agua hasta el cuello, desnudo en carnes, y en la cabeza puesta una corona de cipres esperando el filo de la media noche, para salir de la tinaja á cavar y sacar un gran tesoro que ella le habia hecho creer que estaba en cierta parte de su casa: dijo que como oyó el buen gorrero tocar á maitines, por no perder la coyuntura se dió tanta priesa á salir de la tinaja, que dió con ella y con él en el suelo, y con el golpe y con los cascos se magulló las carnes, derramándose el agua, y él quedó nadando en ella y dando voces, que se anegaba: acudieron al momento su mujer y sus vecinos con luces, y halláronle haciendo efectos de nadador, soplando y arrastrando la barriga por el suelo, y meneando los brazos y las piernas con mucha priesa, y diciendo á grandes voces: Socorro, señores, que me ahogo; tal le tenia el miedo, que verdaderamente pensó que se ahogaba: abrazáronse con él, sacáronle de aquel peligro, volvió en sí, contó la burla de la jitana, y con todo eso cavó en la parte señalada mas de un estado en hondo, á pesar de todos cuantos le decian que era embuste mio; y si no se lo estorbara un vecino suyo, que tocaba ya en los cimientos de su casa, él diera con entrambas en el suelo, si le dejaran cavar todo cuanto él quisiera: súpose este cuento por toda la ciudad, y hasta los muchachos le señalaban con el dedo, y contaban su credulidad y mi embuste.
Esto contó la jitana vieja, y esto dió por escusa para no ir á Sevilla. Los jitanos, que ya sabian de Andres Caballero que el mozo traia dineros en cantidad, con facilidad le acogieron en su compañía y se ofrecieron de guardarle y encubrirle todo el tiempo que él quisiese, y determinaron de torcer el camino á mano izquierda, y entrarse en la Mancha, y en el reino de Murcia.
Llamaron al mozo y diéronle cuenta de lo que pensaban hacer por él; él se lo agradeció, y dió cien escudos de oro para que los repartiesen entre todos. Con esta dádiva quedaron mas blandos que unas martas: solo á Preciosa no contentó mucho la quedada de D. Sancho (que así dijo el mozo que se llamaba), pero los jitanos se lo mudaron en el de Clemente, y así le llamaron desde allí adelante: tambien quedó un poco torcido Andres, y no bien satisfecho de haberse quedado Clemente, por parecerle que con poco fundamento habia dejado sus primeros designios; mas Clemente como si le leyera la intencion, entre otras cosas le dijo se holgaba de ir al reino de Murcia por estar cerca de Cartagena, adonde si viniesen galeras, como él pensaba que habian de venir, pudiese con facilidad pasar á Italia. Finalmente, por traerle mas ante los ojos, y mirar sus acciones, y escudriñar sus pensamientos, quiso Andres que fuese Clemente su camarada, y Clemente tuvo esta amistad por gran favor que se le hacia: andaban siempre juntos, gastaban largo, llovian escudos, corrian, saltaban, bailaban y tiraban la barra mejor que ninguno de los jitanos, y eran de las jitanas mas que medianamente queridos, y de los jitanos en todo estremo respetados.
Dejaron pues á Estremadura, y entráronse en la Mancha, y poco á poco fueron caminando al reino de Murcia: en todas las aldeas y lugares que pasaban habia desafíos de pelota, de esgrima, de correr, de saltar, de tirar la barra, y de otros ejercicios de fuerza, maña y lijereza, y de todos salian vencedores Andres y Clemente, como de solo Andres queda dicho; y en todo este tiempo, que fué mas de mes y medio, nunca tuvo Clemente ocasion, ni él la procuró, de hablar á Preciosa, hasta que un dia estando juntos Andres y ella, llegó él á la conversacion porque le llamaron, y Preciosa le dijo:
--Desde la vez primera que llegaste á nuestro aduar te conocí, Clemente, y se me vinieron á la memoria los versos que en Madrid me diste; pero no quise decir nada por no saber con qué intencion venias á nuestras estancias, y cuando supe tu desgracia me pesó en el alma, y se aseguró mi pecho que estaba sobresaltado, pensando que como habia D. Juanes en el mundo que se mudaban en Andreses, así podia haber D. Sanchos que se mudasen en otros nombres: háblote desta manera, porque Andres me ha dicho que te ha dado cuenta de quién es, y de la intencion con que se ha vuelto jitano (y así era la verdad, que Andres le habia hecho sabidor de toda su historia por poder comunicar con él sus pensamientos): y no pienses que te fué de poco provecho el conocerte, pues por mi respeto y por lo que yo de tí dije, se facilitó el acogerte y admitirte en nuestra compañía, donde plega á Dios te suceda todo el bien que acertares á desearte: este buen deseo quiero que me pagues en que no afees á Andres la bajeza de su intento, ni le pintes cuán mal le está perseverar en este estado: que puesto que yo imagino que debajo de los candados de mi voluntad está la suya, todavía me pesaria de verle dar muestras, por mínimas que fuesen, de algun arrepentimiento.
Á esto respondió Clemente:
--No pienses, Preciosa única, que D. Juan con lijereza de ánimo me descubrió quién era: primero le conocí yo, y primero me descubrieron sus ojos sus intentos: primero le dije yo quién era, y primero le adiviné la prision de su voluntad que tú señalas, y él dándome el crédito que era razon que me diese, fió de mi secreto el suyo, y él es buen testigo si alabé su determinacion y escogido empleo; que no soy, ó Preciosa, de tan corto ingenio que no alcance hasta dónde se estienden las fuerzas de la hermosura; y la tuya, por pasar de los límites de los mayores estremos de belleza, es disculpa bastante de mayores yerros, si es que deben llamarse yerros los que se hacen con tan forzosas causas: agradézcote, señora, lo que en mi crédito dijiste, y yo pienso pagártelo en desear que estos enredos amorosos salgan á fines felices, y que tú goces de tu Andres, y Andres de su Preciosa en conformidad y gusto de sus padres, porque de tan hermosa junta veamos en el mundo los mas bellos renuevos que pueda formar la bien intencionada naturaleza: esto desearé yo, Preciosa, y esto le diré siempre á tu Andres, y no cosa alguna que le divierta de sus bien colocados pensamientos.
Con tales afectos dijo las razones pasadas Clemente, que estuvo en duda Andres si las habia dicho como enamorado ó como comedido; que la infernal enfermedad celosa es tan delicada y de tal manera, que en los átomos del sol se pega, y de los que tocan á la cosa amada se fatiga el amante y se desespera; pero con todo esto no tuvo celos confirmados, mas fiado de la bondad de Preciosa, que de la ventura suya; que siempre los enamorados se tienen por infelices en tanto que no alcanzan lo que desean. En fin, Andres y Clemente eran camaradas y grandes amigos, asegurándolo todo la buena intencion de Clemente, y el recato y prudencia de Preciosa, que jamas dió ocasion á que Andres tuviese della celos.
Tenia Clemente sus puntas de poeta, como lo mostró en los versos que dió á Preciosa, y Andres se picaba un poco, y entrambos eran aficionados á la música. Sucedió pues que estando el aduar alojado en un valle cuatro leguas de Murcia, una noche por entretenerse, sentados los dos, Andres al pié de un alcornoque, Clemente al de una encina, cada uno con una guitarra, convidados del silencio de la noche comenzando Andres y respondiendo Clemente, cantaron estos versos:
A. Mira, Clemente, el estrellado velo Con que esta noche fria Compite con el dia, De luces bellas adornado el cielo: Y en esta semejanza, Si tanto tu divino ingenio alcanza, Aquel rostro figura Donde asiste el estremo de hermosura.
C. Donde asiste el estremo de hermosura, Y adonde la preciosa Honestidad hermosa Con todo estremo de bondad se apura: En un sujeto cabe, Que no hay humano ingenio que le alabe, Si no toca en divino, En alto, en raro, en grave y peregrino.
A. En alto, en raro, en grave y peregrino Estilo nunca usado, Al cielo levantado, Por dulce al mundo y sin igual camino. Tu nombre, ¡oh Jitanilla! Causando asombro, espanto y maravilla, La fama yo quisiera Que le llevara hasta la octava esfera.
C. Que le llevara hasta la octava esfera Fuera decente y justo, Dando á los cielos gusto Cuando el son de su nombre allá se oyera; Y en la tierra causara Por donde el dulce nombre resonara Música en los oidos, Paz en las almas, gloria en los sentidos.
A. Paz en las almas, gloria en los sentidos Se siente cuando canta La sirena que encanta, Y adormece á los mas apercebidos: Y tal es mi Preciosa, Que es lo ménos que tiene ser hermosa: Dulce regalo mio, Corona del donaire, honor del brio.
C. Corona del donaire, honor del brio Eres, bella Jitana, Frescor de la mañana, Céfiro blando en el ardiente estío: Rayo con que amor ciego Convierte el pecho mas de nieve en fuego: Fuerza que ansí la hace Que blandamente mata y satisface.
Señales iban dando de no acabar tan presto el libre y el cautivo, si no sonara á sus espaldas la voz de Preciosa que las suyas habia escuchado: suspendiólos el oirla, y sin moverse, prestándola maravillosa atencion, la escucharan: ella (no sé si de improviso, ó si en algun tiempo los versos que cantaba le compusieron) con estremada gracia, como si para responderles fueran hechos, cantó los siguientes.
En esta empresa amorosa Donde el amor entretengo, Por mayor ventura tengo Ser honesta que hermosa. La que es mas humilde planta, Si la subida endereza Por gracia ó naturaleza, Á los cielos se levanta. En este mi bajo cobre Siendo honestidad su esmalte, No hay buen deseo que falte, Ni riqueza que no sobre. No me causa alguna pena No quererme ó no estimarme; Que yo pienso fabricarme Mi suerte y ventura buena. Haga yo lo que en mí es Que á ser buena me encamine, Y haga el cielo y determine Lo que quisiere despues. Quiero ver si la belleza Tiene tal prerogativa, Que me encumbre tan arriba Que aspire á mayor alteza. Si las almas son iguales, Podrá la de un labrador Igualarse por valor Con las que son imperiales. De la mia lo que siento Me sube al grado mayor, Porque majestad y amor No tienen un mismo asiento.
Aquí dió fin Preciosa á su canto, y Andres y Clemente se levantaron á recebilla: pasaron entre los tres discretas razones, y Preciosa descubrió en las suyas su discrecion, su honestidad y su agudeza, de tal manera que en Clemente halló disculpa la intencion de Andres, que aun hasta entónces no la habia hallado, juzgando mas á mocedad que á cordura su arrojada determinacion.
Aquella mañana se levantó el aduar, y se fueron á alojar en un lugar de la jurisdicion de Murcia, tres leguas de la ciudad, donde le sucedió á Andres una desgracia que le puso en punto de perder la vida; y fué que despues de haber dado en aquel lugar algunos vasos y prendas de plata en fianzas como tenian de costumbre, Preciosa y su abuela, y Cristina con otras dos jitanillas, y los dos, Clemente y Andres, se alojaron en un meson de una viuda rica, la cual tenia una hija de edad de diez y siete ó diez y ocho años, algo mas desenvuelta que hermosa, y por mas señas se llamaba Juana Carducha: esta habiendo visto bailar á las jitanas y jitanos, la tomó el diablo, y se enamoró de Andres tan fuertemente que propuso de decírselo y tomarle por marido, si él quisiese, aunque á todos sus parientes les pesase; y así buscó coyuntura para decírselo, y hallóla en un corral donde Andres habia entrado á requerir dos pollinos: llegóse á él, y con priesa por no ser vista le dijo:
--Andres (que ya sabia su nombre), yo soy doncella y rica, que mi madre no tiene otro hijo sino á mí, y este meson es suyo, y amen desto tiene muchos majuelos, y otros dos pares de casas; hasme parecido bien; si me quieres por esposa, á tí te está bien, respóndeme presto, y si eres discreto quédate, y verás qué vida nos damos.
Admirado quedó Andres de la resolucion de la Carducha, y con la presteza que ella pedia, le respondió:
--Señora doncella, yo estoy apalabrado para casarme, y los jitanos no nos casamos sino con jitanas: guárdela Dios por la merced que me queria hacer, de que yo no soy digno.
No estuvo en dos dedos de caerse muerta la Carducha con la aceda respuesta de Andres, á quien replicara, si no viera que entraban en el corral otras jitanas: salióse corrida y asendereada, y de buena gana se vengara si pudiera. Andres como discreto determinó de poner tierra en medio, y desviarse de aquella ocasion que el diablo le ofrecia; que bien leyó en los ojos de la Carducha que sin los lazos matrimoniales se le entregara á toda su voluntad, y no quiso verse pié á pié y solo en aquella estacada; y así pidió á todos los jitanos que aquella noche se partiesen de aquel lugar. Ellos, que siempre le obedecian, lo pusieron luego por obra, y cobrando sus fianzas aquella tarde, se fueron.
La Carducha, que vió que en irse Andres se le iba la mitad de su alma, y que no le quedaba tiempo para solicitar el cumplimiento de sus deseos, ordenó de hacer quedar á Andres por fuerza, ya que de grado no podia: y así con la industria, sagacidad y secreto que su mal intento le enseñó, puso entre las alhajas de Andres, que ella conoció por suyas, unos ricos corales, y dos patenas de plata con otros brincos suyos; y apénas habian salido del meson, cuando dió voces diciendo que aquellos jitanos le llevaban robadas sus joyas, á cuyas voces acudió la justicia y toda la gente del pueblo.
Los jitanos hicieron alto, y todos juraban que ninguna cosa llevaban hurtada, y que ellos harian patentes todos los sacos y repuestos de su aduar: desto se congojó mucho la jitana vieja, temiendo en aquel escrutinio no se manifestasen los dijes de la Preciosa y los vestidos de Andres, que ella con gran cuidado y recato guardaba; pero la buena de la Carducha lo remedió con mucha brevedad todo, porque al segundo envoltorio que miraron, dijo que preguntasen cuál era el de aquel jitano gran bailador que ella habia visto entrar en su aposento dos veces, y que podria ser que aquel las llevase. Entendió Andres que por él lo decia, y riéndose, dijo:
--Señora doncella, esta es mi recámara, y este es mi pollino; si vos halláredes en ella ni en él lo que os falta, yo os lo pagaré con las setenas, fuera de sujetarme al castigo que la ley da á los ladrones.
Acudieron luego los ministros de la justicia á desbalijar el pollino, y á pocas vueltas dieron con el hurto, de que quedó tan espantado Andres y tan absorto, que no pareció sino estatua sin voz, de piedra dura.