Part 36
Y luego les contó punto por punto todo lo que hasta aquí se ha dicho: de lo cual el duque y el señor Lorenzo recebieron tanto placer y gusto, que D. Lorenzo se abrazó con D. Juan, y el duque con D. Antonio; el duque prometiendo todo su Estado en albricias, y el señor Lorenzo su hacienda, su vida y su alma. Llamaron á la doncella, que entregó á D. Juan la criatura, la cual habiendo conocido á Lorenzo, estaba temblando: preguntáronle si conoceria al hombre á quien habia dado el niño. Dijo que no, sino que ella le habia preguntado si era Fabio, y él habia respondido que sí, y con esta buena fe se le habia entregado.
--Así es la verdad, respondió D. Juan; y vos, señora, cerrastes la puerta luego, y me dijistes que la pusiese en cobro y diese luego la vuelta.
--Así es, señor, respondió la doncella llorando.
Y el duque dijo:
--Ya no son menester lágrimas aquí, sino júbilos y fiestas: el caso es, que yo no tengo de entrar en Ferrara, sino dar la vuelta luego á Bolonia, porque todos estos contentos son en sombra hasta que los haga verdaderos la vista de Cornelia.
Y sin mas decir, de comun consentimiento dieron la vuelta á Bolonia.
Adelantóse D. Antonio para apercebir á Cornelia, por no sobresaltarla con la improvisa llegada del duque y de su hermano; pero como no la halló ni los pajes le supieron decir nuevas della, quedó el mas triste y confuso hombre del mundo; y como vió que faltaba el ama, imaginó que por su industria faltaba Cornelia. Los pajes le dijeron que faltó el ama el mismo dia que ellos habian faltado, y que la Cornelia por quien preguntaba, nunca ellos la vieron. Fuera de sí quedó D. Antonio con el no pensado caso, temiendo que quizá el duque los tendria por mentirosos ó embusteros, ó quizá imaginaria otras peores cosas, que redundasen en perjuicio de su honra y del buen crédito de Cornelia. En esta imaginacion estaba, cuando entraron el duque, y D. Juan y Lorenzo, que por calles desusadas y encubiertas, dejando la demas gente fuera de la ciudad, llegaron á la casa de D. Juan, y hallaron á D. Antonio sentado en una silla, con la mano en la mejilla, y con una color de muerto.
Preguntóle D. Juan qué mal tenia y dónde estaba Cornelia. Respondió D. Antonio:
--¿Qué mal quereis que no tenga? pues Cornelia no parece, que con el ama que la dejamos para su compañía, el mismo dia que de aquí faltámos, faltó ella.
Poco le faltó al duque para espirar, y á Lorenzo para desesperarse, oyendo tales nuevas. Finalmente, todos quedaron turbados, suspensos é imaginativos. En esto se llegó un paje á D. Antonio, y al oido le dijo:
--Señor, Santisteban, el paje del señor don Juan, desde el dia que vuesas mercedes se fueron, tiene una mujer muy bonita encerrada en su aposento, y yo creo que se llama Cornelia, que así la he oido llamar.
Alborótose de nuevo D. Antonio, y mas quisiera que no hubiera parecido Cornelia, que sin duda pensó que era la que el paje tenia escondida, que no que la hallaran en tal lugar. Con todo eso no dijo nada, sino callando se fué al aposento del paje, y halló cerrada la puerta, y que el paje no estaba en casa: llegóse á la puerta, y dijo con voz baja:
--Abrid, señora Cornelia, y salid á recebir á vuestro hermano y al duque vuestro esposo, que vienen á buscaros.
Respondiéronle de dentro: ¿Hacen burla de mí? pues en verdad que no soy tan fea ni tan desdichada que no podian buscarme duques y condes, y eso se merece la persona que trata con pajes.
Por las cuales palabras entendió D. Antonio que no era Cornelia la que respondia. Estando en esto vino Santisteban el paje, y acudió luego á su aposento, y hallando allí á D. Antonio, que pedia que le trujesen las llaves que habia en casa, por ver si alguna hacia á la puerta, el paje hincado de rodillas, y con la llave en la mano le dijo:
--El ausencia de vuesas mercedes, y mi bellaquería, por mejor decir, me hizo traer una mujer estas tres noches á estar conmigo: suplico á vuesa merced, señor D. Antonio de Isunza, así oiga buenas nuevas de España, que si no lo sabe mi señor D. Juan de Gamboa, que no se lo diga, que yo la echaré al momento.
--Y ¿cómo se llama la tal mujer? preguntó D. Antonio.
--Llámase Cornelia, respondió el paje.
El paje que habia descubierto la celada, que no era muy amigo de Santisteban, ni se sabe si simplemente ó con malicia bajó donde estaban el duque, D. Juan y Lorenzo, diciendo:
--Tómame el paje, por Dios que le han hecho gormar á la señora Cornelia: escondidita la tenia: á buen seguro que no quisiera él que hubieran venido los señores para alargar el _gaudeamus_ tres ó cuatro dias mas.
Oyó esto Lorenzo, y preguntóle:
--¿Qué es lo que decís, gentilhombre? ¿Dónde está Cornelia?
--Arriba, respondió el paje.
Apénas oyó esto el duque, cuando como un rayo subió la escalera arriba á ver á Cornelia, que imaginó que habia parecido, y dió luego en el aposento donde estaba D. Antonio, y entrando dijo:
--¿Dónde está Cornelia, dónde está la vida de la vida mia?
--Aquí está Cornelia, respondió una mujer que estaba envuelta en una sábana de la cama, y cubierto el rostro, y prosiguió diciendo: ¡Válanos Dios! ¿es este algun buey de hurto? ¿Es cosa nueva dormir una mujer con un paje, para hacer tantos milagrones?
Lorenzo que estaba presente, con despecho y cólera tiró de un cabo de la sábana, y descubrió una mujer moza y no de mal parecer, la cual de vergüenza se puso las manos delante del rostro y acudió á tomar sus vestidos, que le servian de almohada, porque la cama no la tenia, y en ellos vieron que debia de ser alguna pícara de las perdidas del mundo.
Preguntóle el duque que si era verdad que se llamaba Cornelia: respondió que sí, y que tenia muy honrados parientes en la ciudad, y nadie dijese desta agua no beberé. Quedó tan corrido el duque, que casi estuvo por pensar si hacian los españoles burla dél; pero por no dar lugar á tan mala sospecha, volvió las espaldas, y sin hablar palabra, siguiéndole Lorenzo, subieron en sus caballos y se fueron, dejando á D. Juan y á D. Antonio harto mas corridos que ellos iban, y determinaron de hacer las diligencias posibles y aun imposibles en buscar á Cornelia y satisfacer al duque de su verdad y buen deseo. Despidieron á Santisteban por atrevido, y echaron á la pícara Cornelia, y en aquel punto se les vino á la memoria que se les habia olvidado de decir al duque las joyas del _agnus_ y la cruz de diamantes que Cornelia les habia ofrecido, pues con estas señas creeria que Cornelia habia estado en su poder, y que si faltaba no habia estado en su mano. Salieron á decirle esto, pero no le hallaron en casa de Lorenzo, donde creyeron que estaria: á Lorenzo sí, el cual les dijo que sin detenerse un punto se habia vuelto á Ferrara, dejándole órden de buscar á su hermana.
Dijéronle lo que iban á decirle, pero Lorenzo les dijo que el duque iba muy satisfecho de su buen proceder, y que entrambos habian echado la falta de Cornelia á su mucho miedo, y que Dios seria servido de que pareciese, pues no habia de haber tragado la tierra al niño, y al ama, y á ella. Con esto se consolaron todos, y no quisieron hacer la inquisicion de buscalla por bandos públicos, sino por diligencias secretas, pues de nadie sino de su prima se sabia su falta; y entre los que no sabian la intencion del duque, correria riesgo el crédito de su hermana, si la pregonasen, y ser gran trabajo andar satisfaciendo á cada uno de las sospechas que una vehemente presuncion les infunde.
Siguió su viaje el duque, y la buena suerte, que iba disponiendo su ventura, hizo que llegase á la aldea del cura, donde ya estaban Cornelia, y el niño, y su ama y la consejera; y ellas le habian dado cuenta de su vida, y pedídole consejo de lo que harian.
Era el cura grande amigo del duque, en cuya casa, acomodada á lo de clérigo rico y curioso, solia el duque venirse desde Ferrara muchas veces, y desde allí salia á caza, porque gustaba mucho así de la curiosidad del cura, como de su donaire, que le tenia en cuanto decia y hacia. No se alborotó por ver al duque en su casa, porque como se ha dicho no era la vez primera; pero descontentóle verle venir triste, porque luego echó de ver que con alguna pasion traia ocupado el ánimo.
Entreoyó Cornelia que el duque de Ferrara estaba allí, y turbóse en estremo, por no saber con qué intencion venia: torcíase las manos, y andaba de una parte á otra, como persona fuera de sentido: quisiera hablar Cornelia al cura, pero estaba entreteniendo al duque, y no tenia lugar de hablarle.
El duque le dijo:
--Yo vengo, padre mio, tristísimo, y no quiero hoy entrar en Ferrara, sino ser vuestro huésped; decid á los que vienen conmigo, que pasen á Ferrara, y que solo se quede Fabio.
Hízolo así el buen cura, y luego fué á dar órden como regalar y servir al duque, y con esta ocasion le pudo hablar Cornelia, la cual tomándole de las manos le dijo:
--¡Ay, padre y señor mio! y ¿qué es lo que quiere el duque? por amor de Dios, señor, que le dé algun toque en mi negocio, y procure descubrir y tomar algun indicio de su intencion; en efeto, guíelo como mejor le pareciere y su mucha discrecion le aconsejare.
Á esto le respondió el cura:
--El duque viene triste, hasta ahora no me ha dicho la causa: lo que se ha de hacer es, que luego se aderece ese niño muy bien, y ponedle, señora, las joyas todas que tuviéredes, principalmente las que os hubiere dado el duque, y dejadme hacer, que yo espero en el cielo, que hemos de tener hoy un buen dia.
Abrazóle Cornelia, y besóle la mano, y retiróse á aderezar y componer el niño. El cura salió á entretener al duque en tanto que se hacia hora de comer, y en el discurso de su plática preguntó el cura al duque, si era posible saberse la causa de su melancolía, porque sin duda de una legua se echaba de ver que estaba triste.
--Padre, respondió el duque, claro está que las tristezas del corazon salen al rostro; en los ojos se lee la relacion de lo que está en el alma; y lo peor es, que por ahora no puedo comunicar mi tristeza con nadie.
--Pues en verdad, señor, respondió el cura, que si estuviérades para ver cosas de gusto, que os enseñara yo una, que tengo para mí que os le causara y grande.
--Simple seria, respondió el duque, aquel que ofreciéndole el alivio de su mal, no quisiese recebirle: por vida mia, padre, que me mostreis eso que decís, que debe de ser alguna de vuestras curiosidades, que para mí son todas de grandísimo gusto.
Levantóse el cura, y fué donde estaba Cornelia, que ya tenia adornado á su hijo, y puéstole las ricas joyas de la cruz y del _agnus_, con otras tres piezas preciosísimas, todas dadas del duque á Cornelia, y tomando al niño entre sus brazos, salió adonde el duque estaba, y diciéndole que se levantase, y se llegase á la claridad de una ventana, quitó al niño de sus brazos, y le puso en los del duque, el cual cuando miró y reconoció las joyas, y vió que eran las mismas que él habia dado á Cornelia, quedó atónito; y mirando ahincadamente al niño, le pareció que miraba su mismo retrato; y lleno de admiracion preguntó al cura cúya era aquella criatura, que en su adorno y aderezo parecia hijo de algun príncipe.
--No sé, respondió el cura, solo sé que habrá no sé cuántas noches, que aquí me le trujo un caballero de Bolonia, y me encargó mirase por él, y le criase, que era hijo de un valeroso padre, y de una principal y hermosísima madre: tambien vino con el caballero una mujer para dar leche al niño, á quien yo he preguntado si sabe algo de los padres desta criatura, y responde que no sabe palabra; y en verdad que si la madre es tan hermosa como el ama, que debe ser la mas hermosa mujer de Italia.
--¿No la veríamos? preguntó el duque.
--Sí por cierto, respondió el cura; veníos, señor, conmigo, que si os suspende el adorno y la belleza desa criatura, como creo que os ha suspendido, el mismo efeto entiendo que ha de hacer la vista de su ama.
Quísole tomar la criatura el cura al duque, pero él no la quiso dejar, ántes la apretó en sus brazos, y le dió muchos besos. Adelantóse el cura un poco, y dijo á Cornelia que saliese sin turbacion alguna á recebir al duque. Hízolo así Cornelia, y con el sobresalto le salieron tales colores al rostro, que sobre el modo mortal la hermosearon. Pasmóse el duque cuando la vió, y ella arrojándose á sus piés, se los quiso besar. El duque sin hablar palabra dió el niño al cura, y volviendo las espaldas se salió con gran priesa del aposento. Lo cual visto por Cornelia, volviéndose al cura, dijo:
--¡Ay, señor mio! ¿si se ha espantado el duque de verme? ¿si me tiene aborrecida? ¿si le he parecido fea? ¿si se le han olvidado las obligaciones que me tiene? ¿no me hablará siquiera una palabra? ¿tanto le cansaba ya su hijo, que así le arrojó de sus brazos?
Á todo lo cual no respondia palabra el cura, admirado de la huida del duque, que así le pareció que fuese huida, ántes que otra cosa, y no fué sino que salió á llamar á Fabio, y decirle:
--Corre, Fabio amigo, y á toda diligencia vuelve á Bolonia, y dí que al momento Lorenzo Bentibolli, y los dos caballeros españoles, D. Juan de Gamboa y D. Antonio de Isunza, sin poner escusa alguna, vengan luego á esta aldea: mira, amigo, que vuelvas, y no te vengas sin ellos, que me importa la vida el verlos.
No fué perezoso Fabio, que luego puso en efeto el mandamiento de su señor.
El duque volvió luego adonde Cornelia estaba derramando hermosas y cristalinas lágrimas: cogióla el duque en sus brazos, y añadiendo lágrimas á lágrimas, mil veces le bebió el aliento de la boca, teniéndoles el contento atadas las lenguas; y así en silencio honesto y amoroso se gozaban los dos felices amantes y esposos verdaderos.
El ama del niño y la Crivela por lo ménos, como ella decia, que por entre las puertas de otro aposento habian estado mirando lo que entre el duque y Cornelia pasaba, de gozo se daban de calabazadas por las paredes, que no parecia sino que habian perdido el juicio. El cura daba mil besos al niño, que tenia en sus brazos, y con la mano derecha, que desocupó, no se hartaba de echar bendiciones á los dos abrazados señores. El ama del cura, que no se habia hallado presente al grave caso, por estar ocupada aderezando la comida, cuando la tuvo en su punto, entró á llamarlos que se sentasen á la mesa. Esto apartó los estrechos abrazos, y el duque desembarazó al cura del niño, y le tomó en sus brazos, y en ellos le tuvo todo el tiempo que duró la limpia y bien sazonada, mas que suntuosa comida: y en tanto que comian, dió cuenta Cornelia de todo lo que le habia sucedido hasta venir á aquella casa por consejo de la ama de los dos caballeros españoles, que la habian servido, amparado y guardado con el mas honesto y puntual decoro que pudiera imaginarse. El duque le contó asimismo á ella todo lo que por él habia pasado hasta aquel punto. Halláronse presentes las dos amas, y hallaron en el duque grandes ofrecimientos y promesas. En todos se renovó el gusto con el felice fin de su suceso, y solo esperaban á colmarle y á ponerle en el estado mejor que acertara á desearse con la venida de Lorenzo, de D. Juan y D. Antonio, los cuales de allí á tres dias vinieron desalados y deseosos por saber si alguna nueva sabia el duque de Cornelia, que Fabio, que los fué á llamar, no les pudo decir ninguna cosa de su hallazgo, pues no la sabia.
Saliólos á recebir el duque á una sala ántes de donde estaba Cornelia, y esto sin muestras de contento alguno, de que los recien venidos se entristecieron. Hízolos sentar el duque, y él se sentó con ellos, y encaminando su plática á Lorenzo, le dijo:
--Bien sabeis, señor Lorenzo Bentibolli, que yo jamas engañé á vuestra hermana, de lo que es buen testigo el cielo y mi conciencia: sabeis asimismo la diligencia con que la he buscado, y el deseo que he tenido de hallarla para casarme con ella, como se lo tengo prometido: ella no parece, y mi palabra no ha de ser eterna: yo soy mozo, y no tan esperto en las cosas del mundo, que no me deje llevar de las que me ofrece el deleite á cada paso: la misma aficion que me hizo prometer ser esposo de Cornelia, me llevó tambien á dar ántes que á ella palabra de matrimonio á una labradora desta aldea, á quien pensaba dejar burlada por acudir al valor de Cornelia, aunque no acudiera á lo que la conciencia me pedia, que no fuera pequeña muestra de amor; pero pues nadie se casa con mujer que no parece, ni es cosa puesta en razon, que nadie busque la mujer que le deja por no hallar la prenda que le aborrece: digo que veais, señor Lorenzo, qué satisfaccion puedo daros del agravio que no os hice, pues jamas tuve intencion de hacérosle, y luego quiero que me deis licencia para cumplir mi primera palabra, y desposarme con la labradora, que ya está dentro desta casa.
En tanto que el duque esto decia, el rostro de Lorenzo se iba mudando de mil colores, y no acertaba á estar sentado de una manera en la silla, señales claras que la cólera le iba tomando posesion de todos sus sentidos. Lo mismo pasaba por D. Juan y por D. Antonio, que luego propusieron de no dejar salir al duque con su intencion, aunque le quitasen la vida. Leyendo pues el duque en sus rostros sus intenciones, dijo:
--Sosegáos, señor Lorenzo, que ántes que me respondais palabra, quiero que la hermosura que veréis en la que quiero recebir por mi esposa, os obligue á darme la licencia que os pedí; porque es tal y tan estremada, que de mayores yerros será disculpa.
Esto dicho, se levantó donde Cornelia estaba riquísimamente adornada, con todas las joyas que el niño tenia, y muchas mas. Cuando el duque volvió las espaldas, se levantó D. Juan, y puestas ambas manos en los dos brazos de la silla donde estaba sentado Lorenzo, al oido le dijo:
--Por Santiago de Galicia, señor Lorenzo, y por la fe de cristiano y de caballero que tengo, que así deje yo salir con su intencion al duque como volverme moro: aquí, aquí y en mis manos ha de dejar la vida, ó ha de cumplir la palabra que á la señora Cornelia vuestra hermana tiene dada, ó lo ménos nos ha de dar tiempo de buscarla, y hasta que de cierto se sepa que es muerta, él no ha de casarse.
--Yo estoy dese parecer mismo, respondió Lorenzo.
--Pues del mismo estará mi camarada D. Antonio, replicó D. Juan.
En esto entró por la sala adelante Cornelia en medio del cura y del duque, que la traia de la mano, detras de los cuales venian Sulpicia la doncella de Cornelia, que el duque habia enviado por ella á Ferrara, y las dos amas, la del niño y la de los caballeros.
Cuando Lorenzo vió á su hermana, y la acabó de refigurar y conocer, que al principio la imposibilidad á su parecer de tal suceso no le dejaba enterar en la verdad, tropezando en sus mismos piés, fué á arrojarse á los del duque, que le levantó, y le puso en los brazos de su hermana: quiero decir, que su hermana le abrazó con las muestras de alegría posibles. D. Juan y D. Antonio dijeron al duque, que habia sido la mas discreta y mas sabrosa burla del mundo. El duque tomó al niño, que Sulpicia traia, y dándosele á Lorenzo, le dijo:
--Recebid, señor hermano, á vuestro sobrino y mi hijo, y ved si quereis darme licencia que me case con esta labradora, que es la primera á quien he dado palabra de casamiento.
Seria nunca acabar contar lo que respondió Lorenzo, lo que preguntó D. Juan, lo que sintió D. Antonio, el regocijo del cura, la alegría de Sulpicia, el contento de la consejera, el júbilo del ama, la admiracion de Fabio, y finalmente el general contento de todos.
Luego el cura los desposó, siendo su padrino don Juan de Gamboa: y entre todos se dió traza que aquellos desposorios estuviesen secretos hasta ver en qué paraba la enfermedad, que tenia muy al cabo á la duquesa su madre, y que en tanto la señora Cornelia se volviese á Bolonia con su hermano. Todo se hizo así: la duquesa murió, Cornelia entró en Ferrara alegrando al mundo con su vista, los lutos se volvieron en galas, las amas quedaron ricas, Sulpicia por mujer de Fabio, D. Antonio y D. Juan contentísimos de haber servido en algo al duque, el cual les ofreció dos primas suyas por mujeres con riquísima dote. Ellos dijeron que los caballeros de la nacion vizcaína por la mayor parte se casaban en su patria; y que no por menosprecio, pues no era posible, sino por cumplir su loable costumbre y la voluntad de sus padres, que ya los debian de tener casados, no aceptaban tan ilustre ofrecimiento.
El duque admitió su disculpa, y por modos honestos y honrosos, y buscando ocasiones lícitas, les envió muchos presentes á Bolonia, y algunos tan ricos y enviados á tan buena sazon y coyuntura, que aunque pudieran no admitirse por no parecer que recebian paga, el tiempo en que llegaban lo facilitaba todo: especialmente los que les envió al tiempo de su partida para España, y los que les dió cuando fueron á Ferrara á despedirse dél, y hallaron á Cornelia con otras dos criaturas hembras, y al duque mas enamorado que nunca. La duquesa dió la cruz de diamantes á D. Juan, y el _agnus_ á D. Antonio, que sin ser poderosos á hacer otra cosa, las recebieron.
Llegaron á España y á su tierra, adonde se casaron con ricas, principales y hermosas mujeres, y siempre tuvieron correspondencia con el duque y la duquesa, y con el señor Lorenzo Bentibolli con grandísimo gusto de todos.
EL CASAMIENTO ENGAÑOSO.
Salia del hospital de la Resurreccion, que está en Valladolid, fuera de la puerta del Campo, un soldado que por servirle su espada de báculo, y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era tiempo muy caluroso, debia de haber sudado en veinte dias todo el humor que quizá granjeó en una hora: iba haciendo pinitos, y dando traspiés como convaleciente; y al entrar por la puerta de la ciudad, vió que hácia él venia un su amigo, á quien no habia visto en mas de seis meses, el cual santiguándose, como si viera alguna mala vision llegándose á él le dijo:
--¿Qué es esto, señor alférez Campuzano? ¿Es posible que está vuesa merced en esta tierra? ¡Como quien soy, que le hacia en Flándes, ántes terciando allá la pica, que arrastrando aquí la espada! ¿Qué color, qué flaqueza es esa?
Á lo cual respondió Campuzano:
--Á lo si estoy en esta tierra, ó no, señor licenciado Peralta, el verme en ella le responde: á las demas preguntas no tengo que decir, sino que salgo de aquel hospital de sudar catorce cargas de bubas que me echó á cuestas una mujer que escogí por mia, que no debiera.
--Luego ¿casóse vuesa merced? replicó Peralta.
--Sí, señor, respondió Campuzano.
--Seria por amores, dijo Peralta, y tales casamientos traen consigo aparejada la ejecucion del arrepentimiento.
--No sabré decir si fué por amores, respondió el alférez, aunque sabré afirmar que fué por dolores, pues de mi casamiento ó cansamiento, saqué tantos en el cuerpo y en el alma, que los del cuerpo para entretenerlos me cuestan cuarenta sudores, y los del alma no hallo remedio para aliviarlos siquiera; pero porque no estoy para tener largas pláticas en la calle, vuesa merced me perdone, que otro dia con mas comodidad le daré cuenta de mis sucesos, que son los mas nuevos y peregrinos que vuesa merced habrá oido en todos los dias de su vida.
--No ha de ser así, dijo el licenciado, sino que quiero que venga conmigo á mi posada, y allí haremos penitencia juntos, que la olla es muy de enfermo; y aunque está tasada para dos, un pastel suplirá con mi criado, y si la convalecencia lo sufre, unas lonjas de jamon de Rute nos harán la salva, y sobre todo la buena voluntad con que lo ofrezco, no solo esta vez, sino todas las que vuesa merced quisiere.
Agradecióselo Campuzano, y aceptó el convite y los ofrecimientos. Fueron á San Llorente, oyeron misa, llevóle Peralta á su casa, dióle lo prometido, y ofreciósele de nuevo, y pidióle en acabando de comer, le contase los sucesos que tanto le habian encarecido. No se hizo de rogar Campuzano, ántes comenzó á decir desta manera.
--Bien se acordará vuesa merced, señor licenciado Peralta, cómo yo hacia en esta ciudad camarada con el capitan Pedro de Herrera, que ahora está en Flándes.
--Bien me acuerdo, respondió Peralta.