Part 2
--En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte dentro: toma este escudo que en el romance viene.
--Basta, dijo Preciosa, que me ha tratado de pobre el poeta; pues cierto que es mas milagro darme á mí un poeta un escudo, que yo recebirle: si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade todo el Romancero general, y enviémelos uno á uno, que yo les tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos.
Admirados quedaron los que oian á la jitanica, así de su discrecion como del donaire con que hablaba.
--Lea, señor, dijo ella, y lea alto, veremos si es tan discreto ese poeta, como es liberal.
Y el caballero leyó así:
Jitanica, que de hermosa Te pueden dar parabienes, Por lo que de piedra tienes Te llama el mundo Preciosa. De esta verdad me asegura Esto, como en tí verás: Que no se apartan jamas La esquivez y la hermosura. Si como en valor subido, Vas creciendo en arrogancia, No le arriendo la ganancia Á la edad en que has nacido. Que un basilisco se cria En tí que mata mirando, Y un imperio, que aunque blando, Nos parezca tiranía. Entre pobres y aduares ¿Cómo nació tal belleza? ¿Ó cómo crió tal pieza El humilde Manzanares? Por esto será famoso Á par del Tajo dorado, Y por Preciosa preciado Mas que el Gánges caudaloso. Dices la buenaventura, Y dasla mala contino; Que no van por un camino Tu intencion y tu hermosura. Porque en el peligro fuerte De mirarte ó contemplarte, Tu intencion va á desculparte, Y tu hermosura á dar muerte. Dicen que son hechiceras Todas las de tu nacion; Pero tus hechizos son De mas fuerzas y mas veras; Pues por llevar los despojos De todos cuantos te ven, Haces, ó niña, que estén Los hechizos en tus ojos. En sus fuerzas te adelantas, Pues bailando nos admiras, Y nos matas, si nos miras, Y nos encantas, si cantas. De cien mil modos hechizas, Hables, calles, cantes, mires, Ó te acerques ó retires, El fuego de amor atizas. Sobre el mas exento pecho Tienes mando y señorío; De lo que es testigo el mio, De tu imperio satisfecho. Preciosa joya de amor, Esto humildemente escribe El que por tí muere y vive Pobre, aunque humilde amador.
--En pobre acaba el último verso, dijo á esta sazon Preciosa, mala señal; nunca los enamorados han de decir que son pobres, porque á los principios á mi parecer la pobreza es muy enemiga del amor.
--¿Quién te enseña eso, rapaza? dijo uno.
--¿Quién me lo ha de enseñar? respondió Preciosa; ¿no tengo yo mi alma en mi cuerpo? ¿no tengo ya quince años? No soy manca, ni ronca, ni estropeada del entendimiento: los ingenios de las jitanas van por otro norte que los de las demas gentes; siempre se adelantan á sus años, no hay jitano necio, ni jitana lerda; que como el sustentar su vida consiste en ser agudos, astutos y embusteros, despabilan el ingenio á cada paso, y no dejan que crie moho en ninguna manera. ¿Ven estas muchachas mis compañeras, que están callando, y parecen bobas? pues éntrenles el dedo en la boca, y tiéntenlas las cordales, y verán lo que verán: no hay muchacha de doce que no sepa lo que de veinticinco, porque tienen por maestros y preceptores al diablo y al uso, que les enseña en una hora lo que habian de aprender en un año.
Con esto que la Jitanilla decia, tenia suspensos á los oyentes, y los que jugaban le dieron barato, y aun los que no jugaban. Cogió la hucha de la vieja treinta reales, y mas rica y mas alegre que una pascua de flores, antecogió sus corderas, y fuese en casa del señor tiniente, quedando que otro dia volveria con su manada á dar contento á aquellos tan liberales señores.
Ya tenia aviso la señora Doña Clara, mujer del señor tiniente, como habian de ir á su casa las jitanillas, y estábalas esperando como agua de mayo ella y sus doncellas y dueñas, con las de otra señora vecina suya, que todas se juntaron para ver á Preciosa; y apénas hubieron entrado las jitanas, cuando entre las demas resplandeció Preciosa, como la luz de una antorcha entre otras luces menores; y así corrieron todas á ella: unas la abrazaban, otras la miraban, estas la bendecian, aquellas la alababan. Doña Clara decia:
--Este sí que se puede decir cabello de oro, estos sí que son ojos de esmeraldas.
La señora su vecina la desmenuzaba toda, y hacia pepitoria de todos sus miembros y coyunturas; y llegando á alabar un pequeño hoyo que Preciosa tenia en la barba, dijo:
--¡Ay qué hoyo! en este hoyo han de tropezar cuantos ojos le miraren.
Oyó esto un escudero de brazo de la señora Doña Clara, que allí estaba, de luenga barba y largos años, y dijo:
--¿Ese llama vuesa merced hoyo, señora mia? pues yo sé poco de hoyos, ó ese no es hoyo, sino sepultura de deseos vivos: por Dios tan linda es la Jitanilla, que hecha de plata ó de alcorza no podria ser mejor. ¿Sabes decir la buenaventura, niña?
--De tres ó cuatro maneras, respondió Preciosa.
--Y ¿eso mas? dijo Doña Clara, por vida del tiniente mi señor, que me la has de decir, niña de oro, y niña de plata, y niña de perlas, y niña de carbunclos, y niña del cielo, que es lo mas que puedo decir.
--Denle, denle la palma de la mano á la niña, y con qué haga la cruz, dijo la vieja, y verán qué de cosas les dice; que sabe mas que un dotor de melecina.
Echó mano á la faldriquera la señora tinienta, y halló que no tenia blanca: pidió un cuarto á sus criadas, y ninguna le tuvo, ni la señora vecina tampoco. Lo cual, visto por Preciosa, dijo:
--Todas las cruces en cuanto cruces son buenas; pero las de plata ó de oro son mejores, y el señalar la cruz en la palma de la mano con moneda de cobre, sepan vuesas mercedes que menoscaba la buenaventura, por lo ménos la mia: y así tengo aficion á hacer la cruz primera con algun escudo de oro, ó con algun real de á ocho, ó á lo ménos de á cuatro; que soy como los sacristanes que cuando hay buena ofrenda se regocijan.
--Donaire tienes, niña, por tu vida, dijo la señora vecina.
Y volviéndose al escudero le dijo:
--Vos, señor Contreras, ¿tendréis á mano algun real de á cuatro? dádmele, que en viniendo el dotor mi marido os le volveré.
--Sí tengo, respondió Contreras, pero téngole empeñado en veinte y dos maravedís que cené anoche: dénmelos, que yo iré por él en volandas.
--No tenemos entre todas un cuarto, dijo Doña Clara, ¿y pedís veinte y dos maravedís? Andad, Contreras, que siempre fuisteis impertinente.
Una doncella de las presentes, viendo la esterilidad de la casa, dijo á Preciosa:
--Niña, ¿hará algo al caso que se haga la cruz con un dedal de plata? Antes, respondió Preciosa, se hacen las cruces mejores del mundo con dedales de plata, como sean muchos.
--Uno tengo yo, replicó la doncella; si este basta, héle aquí, con condicion que tambien se me ha de decir á mí la buenaventura.
--¡Por un dedal tantas buenasventuras! dijo la jitana vieja: nieta, acaba presto, que se hace noche.
Tomó Preciosa el dedal, y la mano de la señora tinienta, y dijo:
Hermosita, hermosita, La de las manos de plata, Mas te quiere tu marido Que al rey de las Alpujarras. Eres paloma sin hiel, Pero á veces eres brava Como leona de Oran, Ó como tigre de Ocaña. Pero en un tras, en un tris, El enojo se te pasa, Y quedas como alfeñique, Ó como cordera mansa. Riñes mucho, y comes poco; Algo celosita andas; Que es jugueton el tiniente, Y quiere arrimar la vara. Cuando doncella te quiso Uno de una buena cara; Que mal hayan los terceros Que los gustos desbaratan. Si á dicha tú fueras monja, Hoy tu convento mandaras, Porque tienes de abadesa Mas de cuatrocientas rayas. No te lo quiero decir, Pero poco importa, vaya, Enviudarás otra vez, Y otras dos serás casada. No llores, señora mia, Que no siempre las jitanas Decimos el Evangelio; No llores, señora, acaba. Como te mueras primero Que el señor tiniente, basta Para remediar el daño De la viudez que amenaza. Has de heredar y muy presto Hacienda en mucha abundancia; Tendrás un hijo canónigo, La iglesia no se señala, De Toledo no es posible. Una hija rubia y blanca Tendrás, que si es religiosa, Tambien vendrá á ser prelada. Si tu esposo no se muere Dentro de cuatro semanas, Verásle corregidor De Búrgos ó Salamanca. Un lunar tienes: ¡qué lindo!, ¡Ay Jesus, qué luna clara! ¡Qué sol, que allá en los antipodas Escuros valles aclara! Mas de dos ciegos por verle Dieran mas de cuatro blancas: Agora si es la risica; ¡Ay, que bien haya esa gracia! Guárdate de las caidas, Principalmente de espaldas; Que suelen ser peligrosas En las principales damas. Cosas hay mas que decirte: Si para el viérnes me aguardas, Las oirás, que son de gusto, Y algunas hay de desgracias.
Acabó su buenaventura Preciosa, y con ella encendió el deseo de todas las circunstantes en querer saber la suya, y así se lo rogaron todas; pero ella las remitió para el viérnes venidero, prometiéndole que tendrian reales de plata para hacer las cruces.
En esto vino el señor tiniente, á quien contaron maravillas de la Jitanilla: él las hizo bailar un poco, y confirmó por verdaderas y bien dadas las alabanzas que á Preciosa habian dado: y poniendo la mano en la faldriquera, hizo señal de querer darle algo; y habiéndola espulgado y sacudido, y rascado muchas veces, al cabo sacó la mano vacía, y dijo:
--Por Dios que no tengo blanca, dadle vos, doña Clara, un real á Preciosica, que os le daré despues.
--Bueno es eso, señor, por cierto; sí, ahí está el real de manifiesto: no hemos tenido entre todas nosotras un cuarto para hacer la señal de la cruz, ¿y quiere que tengamos un real?
--Pues dadle alguna valoncica vuestra, ó alguna cosa, que otro dia nos volverá á ver Preciosa, y la regalaremos mejor.
Á lo cual dijo Doña Clara:
--Pues porque otra vez venga, no quiero dar nada ahora á Preciosa.
--Antes si no me dan nada, dijo Preciosa, nunca mas volveré acá: mas, sí, volveré á servir á tan principales señores; pero traeré tragado que no me han de dar nada, y ahorraréme la fatiga del esperarlo. Coheche vuesa merced, señor tiniente, coheche y tendrá dineros, y no haga usos nuevos, que morirá de hambre. Mire, señor; por ahí he oido decir (y aunque moza, entiendo que no son buenos dichos) que de los oficios se ha de sacar dineros para pagar las condiciones de las residencias, y para pretender otros cargos.
--Así lo dicen y lo hacen los desalmados, replicó el tiniente; pero el juez que da buena residencia, no tendrá que pagar condenacion alguna, y el haber usado bien su oficio, será el valedor para que le den otro.
--Habla vuesa merced muy á lo santo, señor tiniente, respondió Preciosa; ándese á eso, y cortarémosle de los harapos para reliquias.
--Mucho sabes, Preciosa, dijo el tiniente: calla, que yo daré traza que sus Majestades te vean, porque eres pieza de reyes.
--Querránme para truhana, respondió Preciosa, y yo no lo sabré ser, y todo irá perdido; si me quisiesen para discreta, aun llevarmeian; pero en algunos palacios mas medran los truhanes que los discretos: yo me hallo bien con ser jitana y pobre, y corra la suerte por donde el cielo quisiere.
--Ea, niña, dijo la jitana vieja, no hables mas, que has hablado mucho, y sabes mas de lo que yo te he enseñado; no te asotiles tanto, que te despuntarás: habla de aquello que tus años permiten, y no te metas en altanerías, que no hay ninguna que no amenace caida.
--El diablo tienen estas jitanas en el cuerpo, dijo á esta sazon el tiniente.
Despidiéronse las jitanas, y al irse dijo la doncella del dedal:
--Preciosa, díme la buenaventura, ó vuélveme mi dedal, que no me queda con que hacer labor.
--Señora doncella, respondió Preciosa, haga cuenta que se la he dicho, y provéase de otro dedal, ó no haga vainillas hasta el viérnes, que yo volveré, y le diré mas venturas y aventuras que las que tiene un libro de caballerías.
Fuéronse, y juntáronse con las muchas labradoras que á la hora de las Avemarías suelen salir de Madrid, para volverse á sus aldeas, y entre otras vuelven muchas, con quien siempre se acompañaban las jitanas, y volvian seguras; porque la jitana vieja vivia en continuo temor no le salteasen á su Preciosa.
Sucedió pues que la mañana de un dia que volvian á Madrid á coger la garrama con las demas jitanillas, en un valle pequeño que está obra de quinientos pasos ántes que se llegue á la villa, vieron un mancebo gallardo y ricamente aderezado de camino: la espada y daga que traia eran, como decir se suele, un ascua de oro: sombrero con rico cintillo, y con plumas de diversas colores adornado. Repararon las jitanas en viéndole, y pusiéronsele á mirar muy despacio, admiradas de que á tales horas un tan hermoso mancebo estuviese en tal lugar á pié y solo. Él se llegó á ellas, y hablando con la jitana mayor, le dijo:
--Por vida vuestra, amiga, que me hagais placer que vos y Preciosa me oyais aquí aparte dos palabras, que serán de vuestro provecho.
--Como no nos desviemos mucho, ni nos tardemos mucho, sea en buen hora, respondió la vieja.
Y llamando á Preciosa, se desviaron de las otras obra de veinte pasos, y así en pié como estaban, el mancebo les dijo:
--Yo vengo de manera rendido á la discrecion y belleza de Preciosa, que despues de haberme hecho mucha fuerza para escusar llegar á este punto, al cabo he quedado mas rendido, y mas imposibilitado de escusallo. Yo, señoras mias (que siempre os he dar este nombre, si el cielo mi pretension favorece), soy caballero, como lo puede mostrar el hábito; y apartando el herreruelo, descubrió en el pecho uno de los mas calificados que hay en España: soy hijo de fulano (que por buenos respetos aquí no se declara su nombre), estoy debajo de su tutela y amparo: soy hijo único, y el que espera un razonable mayorazgo: mi padre está aquí en la corte pretendiendo un cargo, y ya está consultado, y tiene casi ciertas esperanzas de salir con él; y con ser de la calidad y nobleza que os he referido, y de la que casi se os debe ya de ir trasluciendo, con todo eso quisiera ser un gran señor para levantar á mi grandeza la humildad de Preciosa, haciéndola mi igual y mi señora: yo no la pretendo para burlalla, ni en las veras del amor que la tengo puede caber género de burla alguna: solo quiero servirla del modo que ella mas gustare: su voluntad es la mia; pero con ella es de cera mi alma, donde podrá imprimir lo que quisiere, y para conservarlo y guardarlo, no será como impreso en cera, sino como esculpido en mármoles, cuya dureza se opone á la duracion de los tiempos: si creeis esta verdad, no admitirá ningun desmayo mi esperanza; pero si no me creeis, siempre me tendrá temeroso vuestra duda: mi nombre es este, y díjoselo: el de mi padre ya os le he dicho: la casa donde vive es en tal calle, y tiene tales y tales señas: vecinos tiene de quien podréis informaros, y aun de los que no son vecinos tambien; que no es tan escura la calidad y el nombre de mi padre, y el mio, que no le sepan en los patios de Palacio, y aun en toda la corte: cien escudos traigo aquí en oro para daros en arras y señal de lo que pienso daros; porque no ha de negar la hacienda el que da el alma.
En tanto que el caballero esto decia, le estaba mirando Preciosa atentamente, y sin duda que no le debieron de parecer mal ni sus razones ni su talle; y volviéndose á la vieja, le dijo:
--Perdóneme, abuela, de que me tome licencia para responder á este tan enamorado señor.
--Responde lo que quisieres, nieta, respondió la vieja, que yo sé que tienes discrecion para todo.
Y Preciosa dijo:
--Yo, señor caballero, aunque soy jitana, pobre y humildemente nacida, tengo un cierto espiritillo fantástico acá dentro, que á grandes cosas me lleva: á mí ni me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas, ni me inclinan sumisiones, ni me espantan finezas enamoradas: y aunque de quince años (que segun la cuenta de mi abuela para este San Miguel los haré), soy ya vieja en los pensamientos, y alcanzo mas de aquello que mi edad promete, mas por mi buen natural que por la esperiencia; pero con lo uno ó con lo otro sé que las pasiones amorosas en los recien enamorados son como ímpetus indiscretos que hacen salir á la voluntad de sus quicios, la cual atropellando inconvenientes, desatinadamente se arroja tras su deseo, y pensando dar con la gloria de sus ojos, da con el infierno de sus pesadumbres: si alcanza lo que desea, mengua el deseo con la posesion de la cosa deseada, y quizá abriéndose entónces los ojos del entendimiento, se ve ser bien que se aborrezca lo que ántes se adoraba: este temor engendra en mí un recato tal, que ningunas palabras creo, y de muchas obras dudo: una sola joya tengo, que la estimo en mas que á la vida, que es la de mi entereza y virginidad, y no la tengo de vender á precio de promesas ni dádivas, porque en fin será vendida, y si puede ser comprada, será de muy poca estima: ni me la han de llevar trazas ni embelecos, ántes pienso irme con ella á la sepultura, y quizá al cielo, que ponerla en peligro que quimeras y fantasías soñadas la embistan ó manoseen: flor es la de la virginidad que á ser posible aun con la imaginacion no habia de dejar ofenderse: cortada la rosa del rosal, ¡con qué brevedad y facilidad se marchita! Este la toca, aquel la huele, el otro la deshoja, y finalmente, entre las manos rústicas se deshace: si vos, señor, por sola esta prenda venís, no la habeis de llevar sino atada con las ligaduras y lazos del matrimonio; que si la virginidad se ha de inclinar, ha de ser á este santo yugo, que entónces no seria perderla, sino emplearla en ferias que felices ganancias prometen: si quisiéredes ser mi esposo, yo lo seré vuestra; pero han de proceder muchas condiciones y averiguaciones primero: primero tengo de saber si sois el que decís: luego, hallando esta verdad, habeis de dejar la casa de vuestros padres y la habeis de trocar con nuestros ranchos, y tomando el traje de jitano, habeis de cursar dos años en nuestras escuelas, en el cual tiempo me satisfaré yo de vuestra condicion, y vos de la mia: al cabo del cual, si vos os contentades de mí, y yo de vos, me entregaré por vuestra esposa; pero hasta entónces tengo de ser vuestra hermana en el trato, y vuestra esclava en serviros: y habeis de considerar que en el tiempo deste noviciado podria ser que cobrásedes la vista, que agora debeis de tener perdida, ó por lo ménos turbada, y viésedes que os convenia huir de lo que agora seguís con tanto ahinco; y cobrando la libertad perdida, con un buen arrepentimiento se perdona cualquier culpa: si con estas condiciones quereis entrar á ser soldado de nuestra milicia, en vuestra mano está, pues faltando alguna dellas, no habeis de tocar un dedo de la mia.
Pasmóse el mozo á las razones de Preciosa, y púsose como embelesado mirando al suelo, dando muestras que consideraba lo que de responder debia. Viendo lo cual Preciosa, tornó á decirle:
--No es este caso de tan poco momento, que en los que aquí nos ofrece el tiempo pueda ni deba resolverse: volvéos, señor, á la villa, y considerad despacio lo que viéredes que mas os convenga, y en este mismo lugar me podeis hablar todas las fiestas que quisiéredes, al ir ó venir de Madrid.
Á lo cual respondió el gentil hombre:
--Cuando el cielo me dispuso para quererte, Preciosa mia, determiné de hacer por tí cuanto tu voluntad acertase á pedirme, aunque nunca cupo en mi pensamiento que me habias de pedir lo que me pides; pero pues es tu gusto, que el mio al tuyo se ajuste y acomode, cuéntame por jitano desde luego, y haz de mí todas las esperiencias que mas quisieres, que siempre me has de hallar el mismo que ahora te significo: mira cuándo quieres que mude el traje, que yo queria que fuese luego, que con ocasion de ir á Flándes engañaré á mis padres, y sacaré dineros para gastar algunos dias, y serán hasta ocho los que podré tardar en acomodar mi partida: á los que fueren conmigo, yo los sabré engañar de modo que salga con mi determinacion; lo que te pido es, si es que ya puedo tener atrevimiento de pedirte y suplicarte algo, que si no es hoy donde te puedes informar de mi calidad y de la de mis padres, que no vayas mas á Madrid, porque no querria que algunas de las demasiadas ocasiones que allí pueden ofrecerse, me salteasen la buena ventura que tanto me cuesta.
--Eso no, señor galan, respondió Preciosa: sepa que conmigo ha de andar siempre la libertad desenfadada, sin que la ahogue ni turbe la pesadumbre de los celos; y entienda que no la tomaré tan demasiada que no se eche de ver desde bien léjos, que llega mi honestidad á mi desenvoltura; y en el primero cargo en que quiero enteraros, es en el de la confianza que habeis de hacer de mí: y mirad que los amantes que entran pidiendo celos, ó son simples ó confiados.
--Satanas tienes en tu pecho, muchacha, dijo á esta sazon la jitana vieja: mira que dices cosas, que no las dirá un colegial de Salamanca: tú sabes de amor, tú sabes de celos, tú de confianzas: ¿cómo es esto? que me tienes loca, y te estoy escuchando como á una persona espiritada, que habla latin sin saberlo.
--Calle, abuela, respondió Preciosa, y sepa que todas las cosas que me oye son nonadas, y son de burlas para las muchas que de mas veras me quedan en el pecho.
Todo cuanto Preciosa decia, y toda la discrecion que mostraba, era añadir leña al fuego que ardia en el pecho del enamorado caballero. Finalmente, quedaron en que de allí á ocho dias se verian en aquel mismo lugar, donde él vendria á dar cuenta del término en que sus negocios estaban, y ellas habrian tenido tiempo de informarse de la verdad que les habia dicho. Sacó el mozo una bolsilla de brocado, donde dijo que iban cien escudos de oro, y dióselos á la vieja; pero no queria Preciosa que los tomase en ninguna manera, á quien la jitana dijo:
--Calla, niña, que la mejor señal que este señor ha dado de estar rendido, es haber entregado las armas en señal de rendimiento; y el dar, en cualquiera ocasion que sea, siempre fué indicio de generoso pecho; y acuérdate de aquel refran que dice: al cielo rogando, y con el mazo dando; y mas, que no quiero yo que por mí pierdan las jitanas el nombre que por luengos siglos tienen adquirido de codiciosas y aprovechadas: ¿cien escudos quieres tú que deseche, Preciosa, que pueden andar cosidos en el alforza de una saya que no valga dos reales, y tenerlos allí como quien tiene un juro sobre las yerbas de Estremadura? Si alguno de nuestros hijos, nietos ó parientes cayere por alguna desgracia en manos de la justicia, ¿habrá favor tan bueno que llegue á la oreja del juez y del escribano, como estos escudos, si llegan á sus bolsas? Tres veces por tres delitos diferentes me he visto casi puesta en el asno, para ser azotada; y de la una me libró un jarro de plata, y de la otra una sarta de perlas, y de la otra cuarenta reales de á ocho, que habia trocado por cuartos, dando veinte reales mas por el cambio: mira, niña, que andamos en oficio muy peligroso y lleno de tropiezos y de ocasiones forzosas, y no hay defensas que mas presto nos amparen y socorran, como las armas invencibles del gran Filipo: no hay pasar adelante de su _plus ultra_: por un doblon de dos caras se nos muestra alegre la triste del procurador y de todos los ministros de la muerte, que son arpías de nosotras las pobres jitanas, y mas precian pelarnos y desollarnos á nosotras, que á un salteador de caminos: jamas por mas rotas y desastradas que nos vean, nos tienen por pobres, que dicen que somos como los jubones de los gabachos de Belmonte, rotos y grasientos, y llenos de doblones.