Part 4
Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a las oficinas.
El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de muchos centenares de miles de pesos.
Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel país.
Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.
Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.
--Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...
Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial; aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.
--Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi «petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo soñado.
Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una de sus miradas bondadosas.
--Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos señores le acepten la operación?...
Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas. Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la importancia del hombre que me estaba escuchando.
--Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...
Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas, modernizándolas...
Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de los directores del Banco.
Como si la protección que me había dispensado el doctor--expresada únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas majestuosas--empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.
Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a Europa.
Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en Europa la vida de un personaje de tal clase?...
Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las gentes hablaban todos los días del _Cap Bojador_, trasatlántico alemán que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el tal _Cap Bojador_, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río de la Plata.
Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación, de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar esta maravilla flotante.
¡Pobre _Cap Bojador_! La organización germánica lo había previsto todo en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros ingleses cerca de las costas de África.
Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda ser pasajero del _Cap Bojador_ en su primera travesía. Representaba una gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el vulgo, este gusto inaudito.
Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los opulentos pasajeros del _Cap Bojador_, cuando precisamente iba yo a Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro millonario?...
La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal. Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, ¡_hochs_!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo; cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de pañuelos tremolados como banderas...
Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.
Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a París apenas la familia decidió el viaje.
El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos visto aún los retratos de Lloyd George!...
Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables, rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me acogieron con una indiferencia cortés.
Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos y por su lujosa instalación.
Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde estaban las mejores habitaciones.
La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una de ellas, ¡y eran siete!...
Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda, otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus hermanas.
En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en sus paseos por el buque.
--Es un doctor de Buenos Aires--decían algunos europeos de regreso a su tierra, al mostrarse a este personaje--, un estanciero riquísimo, una persona «bien». ¡La plata que debe tener!...
Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.
--¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?... Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.
¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del Banco Hipotecario.
Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir en su mayor parte para este viaje suntuoso.
Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban a sus espaldas.
IV
Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo plano que este millonario.
Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir una nueva luz sobre París.
_Le Figaro_, que es el diario que presta más atención al paso de los americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre dama argentina, y sus hermosas hijas».
Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor, su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.
No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote; pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias argentinas».
El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas. París es muy grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares, la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.
En los establecimientos de la _rue de la Paix_, de los Campos Elíseos y de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de Pedraza y sus _demoiselles_, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces, al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios, escuché las mismas palabras:
--Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...
Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida, inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible, inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario.
Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había visto al otro lado del Océano.
En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso añadir: «¿Cuánto debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.
Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia. Al año siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas ventas de «hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él me había descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría para pagar enteramente su deuda, sin tener que imponerse sacrificio alguno.
Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de su sexo, lo mismo que su noble madre.
--Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra tierra.
Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los elogios de las mujeres.
En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido por todos los círculos más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido los últimos miles de francos en la sala destinada al juego.
Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos geográficos de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se ensancharon con esto considerablemente.
Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país, dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno.
Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el tango y chapurrear algunas palabras de español.
Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una rivalidad aristocrática.
--Yo puedo ser duquesa si quiero--decía una de ellas--, y a ti sólo te pretende un marqués.
--Pero el mío es más joven que el tuyo--contestaba la otra.
Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si llegaban a casarse con sus niñas, no tendrían por qué ruborizarse, pues éstas eran iguales a ellos.
Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con títulos nobiliarios.
Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo que debió ocurrir.
Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés cuando llega el momento de tratar las condiciones materiales que deben regir la asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven millonaria, no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares discusiones financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un notario que ha servido siempre a su familia, o al administrador de su hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los padres.
El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de rapiña.
Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital positivo, aunque la renta fuese menor: campos, casas, valores mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora, dando una seguridad de riqueza a sus poseedores.
En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten los gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros.
El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco. ¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más íntimas, para envidia de las amigas!...
Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.