Part 2
--Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una garantía de que vivirán cuando yo no viva.
«¡Ah, canallas--me digo--, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.
»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no conseguiría esos veinte años.
Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.
--Todo lo he sido, todo lo he tenido--continuó--, y por eso mismo la vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero vivir, y me irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi existencia a pesar de mis riquezas.
»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba. Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto a través del cuerpo de todos los que le rodean.
»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino. ¿Qué me queda que hacer en la vida?...
La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes. Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído, dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el ambiente melancólico del atardecer.
--Nada espero--continuó--, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir. La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano, las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance. ¡Qué cosa triste es la muerte!...
»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la muerte, en nuestra ancianidad, podemos verla tal como es y darnos cuenta de la miseria de nuestro destino.
»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede consolarme a mí, que he triunfado y puedo seguir triunfando?...
»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará mañana, y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo después de su muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la ignorancia humana, nos afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto de un modo palpable a los que no tienen la ceguera de la fe?...
»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad el renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es lo que hay después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que ven nuestros ojos es que el organismo se deshace y desaparece, dejando un pálido recuerdo y un nombre que sólo dura unos cuantos años... Y después, la nada.
Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía por el horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo una faja de oro sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de peñascos parecían arder, como si transparentasen un incendio interior.
El millonario señaló el sol con su bastón.
--Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el último episodio de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que encontrarán media hora después... Lo terrible es saber que nuestra muerte no tiene remedio, ni puede repetirse. Morimos una vez nada más, y para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo tiempo que otros llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de su juventud.
»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud insolente que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente viejos y ven venir la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos menos felices; todo está desarreglado en la existencia, y los viejos morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más cruel.
La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad con que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas, murmurando un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de ciertos amores entre gente joven que eran motivo de comentarios a la hora del té?... Le parecía de mal augurio hablar tanto de la muerte. Cuando se es viejo no hay que acordarse de ella. Sabe venir sola y no debe nombrársela, pues puede creer que la llamamos...
Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio. El americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el suelo, a impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino.
--Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez es una simple combinación del azar, y así se explica su absurdo funcionamiento. De jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la conquista de la riqueza o de la gloria, y para realizar nuestras ilusiones consumimos la frescura de los primeros años y volvemos la espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al ser viejos, y cuando poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos de qué pueden servirnos...
Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las correcciones que necesitaba el actual orden de la vida.
Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez eran al principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas repugnantes trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En cambio, al final llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en mariposas vestidas de sedas multicolores, que revoloteaban sobre los jardines para alimentarse con néctares florales, y cuando morían era en medio de una embriaguez primaveral, en pleno éxtasis de amor.
Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que había triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo tenía veinticinco años y vagaba por la parte baja de la ciudad de Nueva York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría podido gozar verdaderamente de su triunfo.
--¡Pensar, duquesa--continuó--, que pasé años enteros sin ver la luz del día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las mismas horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la primavera para los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para suplir en ciertos casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso sobre cualquiera de esas cumbres peladas que vemos desde aquí; podría conseguir que mujeres iguales a las que me hacían temblar de emoción en mi juventud se interesasen actualmente por mi decrépita persona. ¡El poder del dinero es tan grande para los que no lo poseen y lo necesitan!...
»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en plena juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe decisivo. Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando sentimos las pasiones con más intensidad que en la adolescencia. El primer diente que se cae, los primeros cabellos que se marchan, anuncian que empezó ya la evolución de nuestra muerte. Pero somos ciegos y sordos. Poseemos la esperanza, compañera que sólo nos abandona en el momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos convencidos de que no podemos morir.
»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana, y el tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los demás mueran, pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se imagina que esta desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo esto, no quiero morir, y hago planes diariamente basados en lo futuro, como si contase con una vida infinita. Somos sordos para la muerte, y sin embargo, hablamos de ella a todas horas.
»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían. Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de nuestra existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les entenderán los jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas generaciones y generaciones de esta humanidad que basa en la muerte sus creencias religiosas y continúa viviendo sin querer convencerse de que existe la muerte mientras goza de salud.
La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador hizo un gesto de asentimiento.
--Esa dulce mentira--dijo--es necesaria para que continuemos nuestra existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres que parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese, duquesa, que a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un deseo que me ha devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome fuerzas para seguir adelante!...
Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió cómo era él cuando tenía treinta años.
IV
La guerra de Secesión le había hecho perder un tiempo precioso para sus negocios, pues por entusiasmo se convirtió en soldado. Luego ganó sus primeros miles de dólares y quiso viajar por Europa. Estuvo en el París de los últimos años de Napoleón III y visitó la famosa Exposición que fue como un resumen de la gloria imperial antes de que llegase la catástrofe.
--Entonces, duquesa, la vi a usted por primera vez, cuando todo París se ocupaba de su hermosura, de su lujo y sus fiestas.
--¡Oh, mister Baldwin!--interrumpió la anciana, conmovida por esta revelación--. Debió usted haberse hecho presentar. ¡Hubiera tenido tanto placer en conocerlo de joven!...
Sonrió el mayor de los ricos del mundo con una expresión de incredulidad. Se mostraba regocijado por la hipótesis de que él podía haber asistido en aquella época a las fiestas de la duquesa de Pontecorvo, como si esto le pareciese altamente grotesco.
--El Baldwin de entonces, aunque joven y vigoroso, resultaba menos presentable que el viejo que conoce usted ahora. Era un pobre que estaba educándose a sí mismo, y acababa de hacer la guerra en un país cuyas costumbres han progresado mucho desde entonces. Sus maneras eran bruscas; tenía las manos deformadas por el trabajo... No; el John Baldwin de entonces hubiera hecho un mal papel en los salones de usted. Sólo le correspondía quedarse al borde de la acera, entre la muchedumbre de las fiestas de la Exposición, aguardando el paso de la comitiva imperial para ver en un landó, detrás de la emperatriz, a la duquesa de Pontecorvo, que estaba entonces en lo mejor de su juventud y su belleza.
--¡Oh, mister Baldwin!--suspiró otra vez la anciana, mirando al suelo, al mismo tiempo que la lividez de sus mejillas se extendía por el resto de su cara, sustituyendo al rosa del antiguo rubor.
Siguió hablando el americano.
--Desde entonces la conozco, y jamás la olvidé. Todos, para vivir, necesitamos poner los ojos en una altura, y cuanto más inaccesible, mejor, pues de este modo se pueden conservar intactas las ilusiones que depositamos en ella. Para mí, esta cumbre fue usted. Estamos en una edad, duquesa, que nos permite decirlo todo, sin las timideces de la adolescencia.
»Durante mi época de peligros y trabajos, concentré toda mi ambición en realizar tres deseos, como resultado de mi victoria. Quería poseer un palacio rodeado de un parque inmenso, y un yate con el que pudiese navegar por todos los mares de la tierra... Mi tercer deseo, o mejor dicho, el primero, por resultar más vehemente que los otros dos, fue conseguir una mujer igual a la duquesa de Pontecorvo, o ella misma, pues la vida ofrece a veces limosnas inesperadas con las que uno no se habría atrevido nunca a soñar.
»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi deseo de correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a conseguir en toda su existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo.
--¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?--volvió a repetir la voz conmovida de la anciana.
--Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un hombre de mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas empresas y le queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales. Pero le juro que en los raros momentos de descanso, cuando evocaba el pasado y las ilusiones de la juventud, lo primero que surgía en mi memoria era el recuerdo de usted.
»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido la ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para seguir avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi triunfante. Ya era viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos se habían casado; tenía nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir la única ilusión que quedaba en pie dentro de mí?...
Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés, haciendo un esfuerzo mental para adivinar cómo habría sido el americano en los tiempos remotos de su juventud.
--¡Oh, mister Baldwin!--volvió a decir--. ¿Por qué no se dio usted a conocer entonces?
Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus pensamientos, expresándolos en voz baja.
--Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero de París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos. ¡Si usted viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha transcurrido el tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando no interesan, hacen reír por sus adornos grotescos cada vez que se las ve en un retrato viejo. En cambio, a la mujer amada nos la imaginamos siempre con el traje que vestía cuando la vimos por primera vez, y aunque luego cambien las modas, nunca nos parecen tan interesantes como las de entonces. Yo contemplaré siempre a la joven duquesa de Pontecorvo con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la emperatriz Eugenia y las otras damas elegantes de la corte imperial. No la puedo ver de otro modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy pocas mujeres lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor tuvo el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y que nunca conoció el otro.
--¡Oh, mister Baldwin!--repitió la vieja con una voz temblorosa, como si fuese a llorar--. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que me dice ahora?...
El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia inaudita de un extranjero desconocido, pobre y rudo.
Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre astral que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro vespertino. Por el lado de Italia el azul del cielo se mostró más intenso y obscuro, siendo punzado a trechos por los fulgores de nuevas estrellas.
El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar, estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja señora, impresionada aún por las palabras de su acompañante, permaneció insensible a este cambio de temperatura, que en otro atardecer la hubiese hecho huir hacia su automóvil.
--¿Por qué no habló usted a tiempo?--repetía--. ¿Por qué no me dijo entonces esas palabras tan interesantes?
Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la necesidad de confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde que encontró en Cap Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta revelación, y tal vez por esto la había buscado en el jardín de la iglesia. Pero una vez descubierto el misterio, no había por qué recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a los muertos!
La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la muerte, que la iba arrastrando ya en su corriente.
Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas de la boca del hombre más poderoso de la tierra!...
Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el jardín.
--Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí.
Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte.
--El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero nosotros!...
La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar, golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón.
No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de lo que lo rodeaba.
Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!...
Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras una voz temblorosa iba repitiendo:
--¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo lo que me dice ahora?...
La familia del doctor Pedraza
I
--Yo también--dijo Serrano--conocí, como algunos de ustedes, al doctor Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los restoranes de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.
Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización, y roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas productivas.
La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a hacerme más préstamos, dudando del éxito de mi colonización, tuve que buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos directores de este establecimiento, dependiente del gobierno, podría pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando mi prestigio financiero, y terminaría igualmente los trabajos de roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.
Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario. No era empresa fácil ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países americanos de habla española.
Todo lo que tiene una relación más o menos lejana con el gobierno debe desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los negocios con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que se ha hecho algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda oficina pública le responden a usted ordinariamente: «Vuelva mañana»; y este mañana, que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o tarda años.
Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto de protectores, y que además no estaba casado con una señora del país--alianza que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de la antigua tribu--, tuve que oír muchas veces «Vuelva usted mañana» y esperar semanas y semanas en las oficinas del Banco Hipotecario a que llegase mi «mañana», o sea la concesión del préstamo.
Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho Banco, vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna de su protectora conversación.
Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado «doctor», no porque fuese médico, sino por ser abogado.