Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 9
Trató de rezar, de invocar á la Virgen, á Dios para que cuidasen de sus hijos, sobre todo, de su pequeño Crispín. Y distraídamente olvidó el rezo para no pensar más que en ellos, recordando las facciones de cada uno, aquellas facciones que le sonríen continuamente, ya en sueños, ya en vigilias. Mas de repente sintió erizarse sus cabellos, sus ojos se abrieron desmesuradamente; ilusión ó realidad, ella veía á Crispín de pie al lado del hogar, allí donde solía sentarse para charlar con ella. Ahora no decía nada; la miraba con aquellos grandes ojos pensativos, y sonreía.
--¡Madre, abrid! ¡abrid, madre!--decía la voz de Basilio desde fuera.
Sisa se estremeció vivamente y la visión desapareció.
XVII
BASILIO
La vida es sueño.
Apenas pudo entrar Basilio, y tambaleando se dejó caer en los brazos de su madre.
Un frío inexplicable se apoderó de Sisa al verle llegar solo. Quiso hablar, pero no halló sonidos; quiso abrazar á su hijo, pero tampoco halló fuerzas; llorar, érale imposible.
Pero á la vista de la sangre que bañaba la frente del niño, pudo gritar con ese acento que parece anunciar la rotura de una cuerda del corazón:
--¡Hijos míos!
--¡No temáis nada, madre!--lo contestó Basilio;--Crispín se ha quedado en el convento.
--¿En el convento? ¿se ha quedado en el convento? ¿Vive?
El niño levantó hacia ella sus ojos.
--¡Ah!--exclamó pasando de la mayor angustia á la mayor alegría. Sisa lloró, abrazó á su hijo cubriéndole de besos la ensangrentada frente.
--¡Vive Crispín! tú le dejaste en el convento... y ¿por qué estás herido, hijo mío? ¿Te has caído?
Y le examinaba cuidadosamente.
--El sacristán mayor, al llevarse á Crispín, me dijo que no podría salir hasta las diez, y como es muy tarde me escapé. En el pueblo me dieron los soldados el ¿quién vive? eché á correr, dispararon, y una bala rozó mi frente. Temía que me prendiesen y que me hiciesen fregar el cuartel á palos como lo hicieron con Pablo, que aún está enfermo.
--¡Dios mío, Dios mío!--murmuró la madre estremeciéndose.--¡Tú le has salvado!
Y añadía mientras buscaba paños, agua, vinagre y plumón de garza:
--¡Un dedo más y te matan, me matan á mi hijo! ¡Los guardias civiles no piensan en las madres!
--Diréis que me he caído de un árbol; que no sepa nadie que fuí perseguido.
--¿Por qué se ha quedado Crispín?--preguntó Sisa, después que hubo hecho la cura á su hijo.
Este la contempló por algunos instantes, después, abrazándola, le refirió poco á poco lo de las onzas; sin embargo, no habló de las torturas que hacían sufrir á su hermanito.
Madre é hijo confundieron sus lágrimas.
--¡Mi buen Crispín! ¡acusar á mi buen Crispín! ¡Es porque somos pobres, y los pobres tenemos que sufrirlo todo!--murmuraba Sisa, mirando con sus ojos llenos de lágrimas el tinhoy [68], cuyo aceite se acababa.
Así permanecieron algún rato silenciosos.
--¿Has cenado ya? ¿No? Hay arroz y sardinas secas.
--No tengo ganas; agua, quiero agua no más.
--¡Sí!--repuso la madre con tristeza;--ya sabía yo que no te gustaban las sardinas secas; yo te había preparado otra cosa, pero vino tu padre, ¡pobre hijo mío!
--¿Vino padre?--preguntó Basilio, y examinó instintivamente la cara y las manos de su madre. La pregunta del hijo hizo oprimirse el corazón de Sisa, que le comprendió demasiado, así es que se apresuró á añadir:
--Vino y preguntó mucho por vosotros, quería veros; tenía mucha hambre. Ha dicho que si seguís siendo buenos, volvería á quedarse con nosotros.
--¡Ah!--interrumpió Basilio, y sus labios se contrajeron con disgusto.
--¡Hijo!--le reprendió ella.
--¡Perdonad, madre!--repuso seriamente:--¿no estamos mejor nosotros tres, vos, Crispín y yo? pero lloráis; no he dicho nada.
Sisa suspiró.
--¿No cenas? Entonces acostémonos, que ya es tarde.
Sisa cerró la choza y cubrió las pocas brasas con ceniza para que no se extinguiesen, como hace el hombre con los sentimientos del alma: cubrirlos con la ceniza de la vida que llaman indiferencia, para que no se apaguen con el trato cotidiano de nuestros semejantes.
Basilio murmuró sus oraciones y acostóse cerca de su madre, que rezaba arrodillada.
Sentía calor y frío; procuró cerrar los ojos pensando en su hermanito que aquella noche contaba dormir en el regazo de la madre, y ahora lloraría y temblaría de miedo en un rincón obscuro del convento. Sus oídos le repetían aquellos gritos, como los había oído en la torre, pero la cansada naturaleza principió á confundir sus ideas, y el espíritu de los sueños descendió sobre sus ojos.
Vió una alcoba donde ardían dos velas. El cura, con el bejuco en la mano, escuchaba sombrío al sacristán mayor, que le hablaba en un extraño idioma, con gestos horribles. Crispín temblaba y volvía los ojos llorosos á todas partes como buscando á alguien ó un escondite. El cura se vuelve á él y le interpela irritado, y el bejuco silba. El niño corre á esconderse detrás del sacristán, pero éste le coge, le sujeta y le ofrece al furor del cura: el infeliz pugna, patalea, grita, se tira al suelo, rueda, se levanta, huye, resbala, cae y para los golpes con las manos, que, heridas, esconde vivamente aullando. ¡Basilio le ve retorcerse, golpear el suelo con la cabeza, ve y oye silbar el bejuco! Desesperado su hermanito se levanta; loco de dolor, se arroja sobre sus verdugos y muerde al cura en la mano. Este suelta un grito, deja caer el bejuco; el sacristán mayor coge un bastón, le da un golpe en la cabeza, y el niño cae aturdido; el cura, al verse herido, le patea, pero ya no se defiende, ya no grita: rueda por el suelo como una masa inerte y deja un húmedo rastro [69]...
La voz de Sisa le llamó á la realidad.
--¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?
--¡Soñé!... ¡Dios mío!--exclamó Basilio incorporándose cubierto de sudor.--Fué un sueño, decid, madre, que no fué más que un sueño, ¡un sueño no más!
--¿Qué has soñado?
El muchacho no contestó. Sentóse para enjugarse las lágrimas y el sudor. La choza estaba toda á obscuras.
--¡Un sueño, un sueño!--repetía Basilio en voz baja.
--¡Cuéntame qué has soñado; no puedo dormir!--decía la madre cuando su hijo volvió á acostarse.
--Pues,--dijo éste en voz baja,--soñé que fuimos á recoger espigas... en una sementera donde había muchas flores... las mujeres tenían cestos llenos de espigas... los hombres tenían también cestos llenos de espigas... y los niños también... ¡No me acuerdo más, madre, no me acuerdo de lo demás!
Sisa no insistió; ella no hacía caso de los sueños.
--Madre, he formado un proyecto esta noche,--dijo Basilio después de algunos minutos de silencio.
--¿Qué proyecto?--preguntó ella.
Sisa, humilde en todo, era humilde hasta con sus hijos; los creía más juiciosos que ella misma.
--¡Ya no quisiera ser sacristán!
--¿Cómo?
--Oid, madre, lo que he pensado. Hoy ha llegado de España el hijo del difunto don Rafael, y el cual será tan bueno como su padre. Pues bien, madre, mañana sacáis á Crispín, cobráis mi sueldo y decís que ya no seré sacristán. Tan pronto como me ponga bueno, iré á verle á don Crisóstomo y le suplicaré me admita como pastor de vacas ó carabaos: ya soy bastante grande. Crispín podrá aprender en casa del viejo Tasio, que no pega y es bueno, por más que no lo crea el cura. ¿Qué tenemos ya que temer del padre? ¿Puede hacernos más pobres de lo que somos? Creedlo, madre, el viejo es bueno; yo le he visto varias veces en la iglesia cuando no hay nadie en ella; se arrodilla y ora, creedlo. Con que, madre, dejaré de ser sacristán, se gana poco, y todavía lo que se gana se va en multas. Todos se quejan de lo mismo. Seré pastor, y cuidando bien lo que se me confíe, me haré querer del dueño; quizás nos dejen ordeñar una vaca para tomar leche; á Crispín le gusta mucho la leche. ¡Quién sabe! quizás os regalen una ternerita si ven que me porto bien; la cuidaremos y la engordaremos como nuestra gallina. En el bosque cogeré frutas y las venderé en el pueblo juntamente con las legumbres de nuestra huerta, y así tendremos dinero. Armaré lazos y trampas para coger aves y gatos monteses, pescaré en el río, y cuando sea más grande, cazaré. Podré también cortar leña para vender ó regalar al dueño de las vacas, y así le tendremos contento. Cuando pueda arar, le pediré me confíe un pedazo de tierra para sembrar caña de azúcar ó maíz, y no tendréis que coser hasta media noche. Tendremos ropas nuevas cada fiesta, comeremos carne y pescados grandes. Entretanto viviré libre, nos veremos todos los días y comeremos juntos. Y ya que dice el viejo Tasio que Crispín tiene mucha cabeza, le enviaremos á Manila á estudiar; yo le mantendré trabajando: ¿verdad, madre? Y será doctor, ¿qué decís?
--¿Qué he de decir? ¡Que sí!--contestó Sisa abrazando á su hijo.
Había notado que el hijo no contaba para nada con su padre en el porvenir, y lloró lágrimas silenciosas.
Basilio siguió hablando de sus proyectos con esa confianza de los años que no ve más que lo que se quiere ver. Sisa á todo decía sí, todo le parecía bueno. El sueño volvió á descender poco á poco sobre los cansados párpados del niño, y esta vez el Ole Luköie de que nos habla Andersen desplegó sobre él su hermoso paraguas, lleno de alegres pinturas.
Ya se veía pastor con su hermanito; cogían guayabas, alpay [70] y otras frutas en el bosque; andaban de rama en rama, ligeros como las mariposas; entraban en las grutas y veían que las paredes brillaban; bañábanse en los manantiales, y la arena eran polvos de oro, y las piedras como las piedras de la corona de la Virgen. Los pececillos les cantaban y reían, las plantas inclinaban sus ramas, cargadas de monedas y frutas. Luego vió una campana, colgada de un árbol, y una cuerda larga para tocarla: á la cuerda había atada una vaca con un nido de pájaros entre las astas, y Crispín estaba dentro de la campana, etcétera. Y así fué soñando.
Pero la madre, que no tenía su edad ni había corrido durante una hora, no dormía.
XVIII
ALMAS EN PENA
Serían las siete de la mañana cuando fray Salví concluyó de decir su última misa: las tres se ofrecieron en el espacio de una hora.
--El padre está enfermo,--decían las devotas;--no se mueve con la pausa y elegancia de costumbre.
Despojóse de sus vestiduras sin decir una palabra, sin mirar á nadie, sin hacer ninguna observación.
--¡Atención!--se cuchicheaban los sacristanes;--¡el barreno progresa! ¡Van á llover multas, y todo por culpa de los dos hermanos!
Abandonó la sacristía para subir á la casa parroquial, en cuyo zaguán escuela aguardábanle sentadas en los bancos unas siete ú ocho mujeres y un hombre, que se paseaba de un extremo á otro. Al verle venir, levantáronse, una mujer se adelantó para besarle la mano, pero el religioso hizo un gesto tal de impaciencia, que la detuvo en medio de su camino.
--¿Habrá perdido un real Kuriput? [71]--exclamó la mujer con risa burlona, ofendida de tal recibimiento. ¡No darle á besar la mano á ella, la celadora de la Hermandad, la hermana Rufa! Aquello era inaudito.
--¡Esta mañana no se ha sentado en el confesonario!--añadió hermana Sipa, una vieja sin dientes;--yo quería confesarme para comulgar y ganar las indulgencias.
--¡Pues os compadezco!--repuso una joven de cándida fisonomía;--esta semana gané tres plenarias, y las dediqué al alma de mi marido.
--¡Mal hecho, hermana Juana!--dijo la ofendida Rufa.--Con una plenaria había bastante para sacarle del Purgatorio; no debéis malgastar las santas indulgencias; haced lo que yo.
--Yo decía: ¡cuanto más, mejor!--contestó la sencilla hermana Juana sonriendo.--Pero, decid, ¿qué es lo que hacéis?
Hermana Rufa no contestó al instante: primero pidió un buyo, lo mascó, miró á su auditorio que escuchaba atento, escupió á un lado, y comenzó mientras mascaba tabaco:
--¡Yo no malgasto ni un santo día! Desde que pertenezco á la Hermandad he ganado 457 indulgencias plenarias, 760,598 años de indulgencias. Apunto todas las que gano, porque me gusta tener cuentas limpias; no quiero engañar, ni que me engañen.
Hermana Rufa hizo una pausa y continuó mascando; las mujeres la miraban con admiración, pero el hombre que se paseaba se detuvo, y le dijo un poco desdeñoso:
--Pues yo, solamente este año, he ganado cuatro plenarias más que vos, hermana Rufa, y cien años más, y eso que este año no he rezado mucho.
--¿Más que yo? ¿Más de 689 plenarias de 994,856 años?--repitió hermana Rufa algo disgustada.
--Eso es, ocho plenarias más y ciento quince años más y en pocos meses,--repitió el hombre, de cuyo cuello pendían escapularios y rosarios mugrientos.
--No es extraño,--dijo la Rufa dándose por vencida;--¡sois el maestro y el jefe en la provincia!
El se sonrió lisonjeado.
--No es extraño que gane más que vos, en efecto; casi, casi puedo decir que aún durmiendo gano indulgencias.
--Y ¿qué hacéis de ellas, maestro?--preguntaron cuatro ó cinco voces á la vez.
--¡Psh!--contestó el hombre haciendo una mueca de soberano desprecio; ¡las tiro por aquí y por allá!
--¡Pues en eso sí que no os puedo alabar, maestro!--protestó la Rufa.--¡Iréis al purgatorio por malgastar indulgencias! Ya sabéis que por cada palabra inútil se padecen cuarenta días de fuego, según el cura; por cada palmo de hilo, sesenta; por cada gota de agua, veinte. ¡Vais al purgatorio!
--¡Ya sabré yo salir de él!--contestó hermano Pedro con una confianza sublime.--¡He sacado tantas almas del fuego! ¡He hecho tantos santos! Y además, in articulo mortis puedo ganarme todavía, si quiero, lo menos siete plenarias, y podré salvar á otros, muriendo!
Y dicho esto, se alejó orgullosamente.
--Sin embargo, debíais hacer lo que yo, que no pierdo un día y hago bien mis cuentas. ¡No quiero engañar ni que me engañen!
--¿Qué hacéis?--preguntó la Juana.
--Pues debéis imitar lo que hago. Por ejemplo: suponed que gano un año de indulgencias, lo apunto en mi cuaderno y digo: Bienaventurado Padre Señor Santo Domingo, haced el favor de ver si en el purgatorio hay alguno que precisamente necesite un año, ni un día más ni un día menos. Juego cara y cruz; si sale cara, no; si sale cruz, sí. Pues supongamos que sale cruz, entonces escribo: Cobrado; ¿sale cara? entonces retengo la indulgencia, y de este modo hago grupitos de cien años que tengo bien apuntados. Lástima que con ellos no se pueda hacer lo que con el dinero: darlas á interés; se podrían salvar más almas. Creedme, haced lo que yo.
--¡Pues yo hago otra cosa mejor!--contestó hermana Sipa.
--¿Qué? ¿mejor?--pregunta sorprendida la Rufa.--¡No puede ser! ¡Lo que yo hago es inmejorable!
--¡Oid un momento y os convenceréis, hermana!--contesta la vieja Sipa en tono desabrido.
--¡A ver, á ver! ¡oigamos!--dijeron las otras.
Después de toser ceremoniosamente, habló la vieja de esta manera:
--Vosotras sabéis muy bien que rezando el Bendita sea tu Pureza, y el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo por el gozo, se ganan diez años por cada letra...
--¡Veinte!--No, ¡menos!--¡Cinco!--dijeron varias voces.
--¡Uno más, uno menos, no importa! Ahora; cuando un criado ó una criada me rompe un plato, vaso ó taza, etc., le hago recoger todos los pedazos, y por cada uno, aún por el más pequeñito, tiene que rezarme el Bendita sea tu Pureza y el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo por el gozo, y las indulgencias que gano las dedico á las almas. En casa todos los saben, menos los gatos.
--Pero estas indulgencias las ganan las criadas y no vos, hermana Sipa,--objeta la Rufa.
--Y ¿mis tazas, y mis platos quién me los paga? Ellas están contentas de pagarlos así, y yo también; no les pego, sólo algún coscorrón ó pellizco...
--¡Os imitaré!--¡Haré lo mismo!--¡Y yo!--decían las mujeres.
--Pero ¡si el plato no se ha roto más que en dos ó tres pedazos, ganáis poco!--observa aún la terca Rufa.
--¡Bah!--contesta la vieja Sipa,--les hago rezar también, hago colar los pedazos y no perdemos nada.
Hermana Rufa no supo ya qué objetar.
--Permitidme que os someta una duda,--dice tímidamente la joven Juana.--Vosotras, señoras, entendéis tan bien estas cosas del cielo, purgatorio é infierno... yo confieso que soy ignorante.
--¡Hablad!
--Encuentro muchas veces en las novenas y otros libros este encargo: Tres padrenuestros, tres avemarías y tres gloriapatris...
--¿Y bien?...
--Pues quería saber cómo hay que rezarlos; ó tres padrenuestros seguidos, tres avemarías seguidas y tres gloriapatris seguidos, ó tres veces, un padrenuestro, un avemaría y un gloriapatri?
--Pues así es, tres veces un padrenuestro...
--¡Perdonad, hermana Sipa!--interrumpe la Rufa;--deben rezarse de la otra manera: á los machos no hay que mezclarlos con las hembras: los padrenuestros son machos, las avemarías son hembras y las glorias son los hijos.
--¡Eh! perdonad, hermana Rufa; padrenuestro, avemaría y gloria son como arroz, vianda y salsa, un bocado de los santos...
--¡Estáis equivocada! Ved solamente, vos que rezáis así no conseguís nunca lo que pedís.
--¡Y vos porque rezáis así, no sacáis nada de vuestras novenas!--replica la vieja Sipa.
--¿Quién?--dice la Rufa levantándose;--hace poco perdí un cerdito, recé á San Antonio, y lo encontré, y tanto que lo vendí á un buen precio...
--¿Sí? ¡por eso decía vuestra vecina que vendisteis un cerdito suyo!
--¿Quién? ¡La sinvergüenza! ¿Acaso soy yo como vos?...
El maestro tuvo que intervenir para poner paz: ya nadie se acordaba de los padrenuestros, sólo se hablaba de cerdos.
--¡Vamos, vamos, no hay que reñir por un cerdito, hermanas! Las Santas Escrituras nos dan ejemplo: los herejes y protestantes no le han reñido á Nuestro Señor Jesucristo, que arrojó al agua una piara de puercos que les pertenecían, y nosotros que somos cristianos y además hermanos del Santísimo Rosario, ¿habremos de reñir por un cerdito? ¿Qué dirían de nosotros nuestros rivales, los Hermanos Terceros?
Calláronse todas admirando la profunda sabiduría del maestro, y temiendo el qué dirán de los Hermanos Terceros. Aquel, satisfecho de tanta obediencia, cambió de tono y prosiguió:
--Pronto nos hará llamar el cura. Hay que decirle qué predicador elegimos de los tres que ayer propuso: el padre Dámaso, el padre Martín ó el coadjutor. No sé si han elegido ya los Terceros; es menester decidir.
--El coadjutor...--murmura tímidamente la Juana.
--¡Hum! ¡El coadjutor no sabe predicar!--dice la Sipa;--mejor es el padre Martín.
--¿El padre Martín?--exclama otra con desdén;--no tiene voz: mejor es el padre Dámaso.
--¡Ese, ese es!--exclama la Rufa.--¡El padre Dámaso sí que sabe predicar, ese parece un comediante!
--¡Pero no le entendemos!--murmura la Juana.
--¡Porque es muy profundo! y con tal que predique bien...
En esto llegó Sisa, llevando una cesta sobre la cabeza, dió los buenos días á las mujeres y subió las escaleras.
--¡Aquella sube! ¡subamos también!--dijeron.
Sisa sentía latir con violencia su corazón mientras subía las escaleras: no sabía qué iba á decir al padre para aplacar su enojo ni qué razones iba á darle para abogar por su hijo. Aquella mañana, con las primeras tintas de la aurora había bajado á la huerta para coger sus más hermosas legumbres, que colocó en un cesto entre hojas de plátano y flores. Fué á orillas del río á buscar pakô [72], que sabía le gustaba al cura comer en ensalada. Vistióse sus mejores ropas, y con la cesta sobre la cabeza, sin despertar á su hijo, partió para el pueblo.
Procurando hacer el menor ruido posible, subía las escaleras lentamente, escuchando atenta por si acaso oía una voz conocida, fresca, infantil.
Pero no oyó mi encontró á nadie, y se dirigió á la cocina.
Allí miró á todos los rincones: criados y sacristanes la recibieron con frialdad. Saludó y apenas la contestaron.
--¿Dónde podré dejar estas legumbres?--preguntó sin darse por ofendida.
--¡Allí... en cualquier parte!--contestó el cocinero sin mirarlas apenas, atento á su faena: estaba desplumando un capón.
Sisa fué colocando ordenadamente sobre la mesa las berengenas, los amargosos, las patolas, la zarzalida y los tiernos ramos de pakô [73]. Después puso las flores encima, medio se sonrió, y preguntó á un criado, que le pareció más tratable que el cocinero:
--¿Podré hablar con el padre?
--Está enfermo,--contestó éste en voz baja.
--Y ¿Crispín? ¿Sabéis si está en la sacristía?
El criado la miró sorprendido.
--¿Crispín?--preguntó frunciendo las cejas.--¿No está en vuestra casa? ¿Lo querréis negar?
--Basilio está en casa, paro Crispín se ha quedado aquí,--repuso Sisa;--quiero verle...
--¡Ya!--dice el criado;--se quedó, pero después... después se escapó, robando muchas cosas. El cura me ha mandado esta mañana temprano al cuartel para dar parte á la Guardia Civil. Ya deben haber ido á vuestra casa á buscar á los chicos.
Sisa se tapó las orejas, abrió la boca, pero sus labios se agitaron en vano: no salió ningún sonido.
--¡Vaya con los hijos que tenéis!--añadió el cocinero.--Se conoce que sois fiel esposa: ¡los hijos han salido como el padre! ¡Cuidado que el pequeño le va á sobrepasar!
Sisa prorrumpió en amargo llanto, dejándose caer sentada sobre un banco.
--¡No lloréis aquí!--le gritó el cocinero:--¿no sabéis que el padre está enfermo? Id á llorar en la calle.
La pobre mujer casi á empujones descendió las escaleras, al mismo tiempo que las hermanas, que murmuraban y hacían conjeturas acerca de la enfermedad del cura.
La desgraciada madre ocultó su cara con el pañuelo y reprimió el llanto.
Al llegar á la calle, miró indecisa en torno suyo, y después, como si hubiese tomado una determinación, se alejó rápidamente.
XIX
AVENTURAS DE UN MAESTRO DE ESCUELA
El vulgo es necio, y pues lo paga, es justo Hablarle en necio para darle gusto.
(Lope de Vega).
El lago, rodeado de sus montañas, duerme tranquilo con esa hipocresía de los elementos, como si la noche anterior no hubiese hecho coro á la tempestad. A los primeros reflejos de luz, que despiertan en las aguas á los genios fosforescentes, se dibujan á lo lejos, casi en el confín del horizonte, parduscas siluetas: son las bancas de los pescadores que recogen la red; cascos y paraos [74] que tienden sus velas.
Dos hombres, vestidos de riguroso luto, contemplan silenciosos el agua desde una altura: uno de ellos es Ibarra y el otro es un joven de aspecto humilde y fisonomía melancólica.
--¡Aquí es!--decía este último;--aquí fué arrojado el cadáver de su padre. ¡Aquí nos condujo el sepulturero al teniente Guevara y á mí!
Ibarra estrechó con efusión la mano del joven.
--No tiene usted que agradecérmelo!--repuso éste.--Debía muchos favores á su padre, y el único que le hice fué acompañarle al sepulcro. Había venido sin conocer á nadie, sin recomendaciones, sin nombre, sin fortuna, como ahora. Mi predecesor había abandonado la escuela para dedicarse á vender tabaco. Su padre de usted me protegió, me procuró una casa y me facilitó cuanto pudiera necesitar para el adelanto de la enseñanza; iba á la escuela y repartía algunos cuartos á los chicos pobres y aplicados, los proveía de libros y papeles. ¡Pero esto, como todas las cosas buenas, duró muy poco!
Ibarra se descubrió y pareció orar largo rato. Volvióse después á su compañero y le dijo:
--Decía usted que mi padre socorría á los chicos pobres. ¿Y ahora?
--Ahora hacen lo posible y escriben cuando pueden,--contestó el joven.
--¿Por qué?
--La causa está en sus rotas camisas y avergonzados ojos.
Ibarra guardó silencio.
--¿Cuántos alumnos tiene usted ahora?--preguntó con cierto interés.
--Más de doscientos en la lista, y en la clase veinticinco.
--¿Cómo es eso?
El maestro de escuela se sonrió melancólicamente y exclamó:
--Decirle á usted las causas es contarle una larga y fastidiosa historia.