Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 8
Pero veamos ahora cómo pudo pasar al catolicismo esta idea que no existía ni en la Biblia ni en los Santos Evangelios. Ni Moisés ni Jesucristo hacen la más pequeña mención de él, y el único pasaje que citan de los Macabeos es insuficiente, además de que este libro fué declarado por el concilio de Laodicea apócrifo, y la Santa Iglesia Católica sólo lo ha admitido con posterioridad. La religión pagana tampoco tenía nada que se pareciese á él. El pasaje tan citado de Virgilio de Aliæ panduntur inanes [54], que diera ocasión á S. Gregorio el Grande para hablar de almas ahogadas, y á Dante para otro relato en su «Divina Comedia», no puede ser el origen de esta creencia. Ni los bramines, ni los budhistas, ni los egipcios, que dieron á Grecia y Roma su Caronte y su Averno, tenían nada que se pareciese á esta idea. No hablo ya de las religiones de los pueblos del Norte de Europa: estas religiones de guerreros, bardos y cazadores, pero no de filósofos, si bien conservan aún sus creencias y hasta ritos cristianizados, no han podido acompañar á sus hordas en los saqueos de Roma ni sentarse en el Capitolio: religiones de las brumas, se disipaban al sol del mediodía.--Pues bien, los cristianos de los primeros siglos no creían en el Purgatorio: morían con esa alegre confianza de ver en breve cara á cara á Dios. Los primeros padres de la Iglesia que al parecer lo mencionaron, fueron san Clemente de Alejandría, Orígenes y san Ireneo, quizás influídos por la religión zarathustriana, que entonces florecía aún y estaba muy extendida por todo el Oriente, pues nosotros leemos á cada paso reproches al orientalismo de Orígenes. San Ireneo probaba su existencia por el hecho de haber permanecido Jesucristo «tres días en las profundidades de la tierra», tres días de Purgatorio, y sacaba de esto que cada alma debía permanecer en él hasta la resurrección de la carne, por más que en esto el Hodie mecum eris in Paradiso [55] parece contradecirle. San Agustín habla también del Purgatorio, pero, si no afirma su existencia, no la cree sin embargo imposible, suponiendo que podrían continuarse en la otra vida los castigos que en ésta recibimos por nuestros pecados.
--¡Diantre con San Agustín!--exclamó don Filipo;--¡no estaba satisfecho con lo que aquí sufrimos y quería la continuación!
--Pues así andaba la cosa: unos creían y otros no. Sin embargo de que San Gregorio lo llegó ya á admitir en su de quibusdam levibus culpis esse ante judicium purgatorius ignis credendus est, [56] nada hubo sobre ello definitivo hasta el año 1439, esto es, ocho siglos más tarde, en que el Concilio de Florencia declaró que debía existir un fuego purificador para las almas de los que han muerto en el amor de Dios, pero sin haber satisfecho aún á la Justicia divina. Ultimamente el Concilio Tridentino, bajo Pío IV, en mil quinientos sesenta y tres, en la sesión XXV, dió el decreto del Purgatorio que empieza: Cum catholica ecclesia, Spiriiu Sancto edocta etc. [57], en donde dice que los sufragios de los vivos, las oraciones, limosnas y otras obras piadosas eran los medios más eficaces de librar á las almas, si bien antepone á todo el sacrificio de la misa. Los protestantes no creen sin embargo en él, y los Padres griegos tampoco, pues echan de menos un fundamento cualquiera bíblico, y dicen que el plazo para el mérito ó desmérito termina á la muerte, y que el Quodcumque ligaberis in terra... [58] no quiere decir usque ad purgatorium, etc. [59]; pero á esto se puede contestar que estando el Purgatorio en el centro de la tierra, caía naturalmente bajo el dominio de san Pedro. Pero no acabaría si tuviese que repetir aquí todo lo que sobre el asunto se ha dicho. Un día que queráis discutir conmigo la materia, venid á mi casa y allá abriremos volúmenes y discutiremos libre y tranquilamente. Ahora me voy: yo no sé por qué esta noche la piedad de los cristianos permite el robo,--ustedes, las autoridades, lo dejan,--y yo temo por mis libros. Si me los robasen para leerlos, los dejaría, pero sé que muchos los quieren quemar para hacerme una obra de caridad, y esta clase de caridad, digna del califa Omar, es temible. Algunos por estos libros me creen ya condenado.
--Pero ¿supongo que creerá usted en la condenación?--preguntó sonriendo Doray, que aparecía llevando en un braserillo hojas secas de palma que despedían humo fastidioso y agradable perfume.
--¡Yo no sé, señora, lo que de mí hará Dios!--respondió el viejo Tasio pensativo.--Cuando esté agonizando, me entregaré á Él sin temor; haga de mí lo que quiera. Pero se me ocurre un pensamiento.
--Y ¿qué pensamiento es ese?
--Si los únicos que pueden salvarse son los católicos, y de entre estos un cinco por ciento, como dicen muchos curas, y formando los católicos una duodécima parte de la población de la tierra si hemos de creer lo que dicen las estadísticas, resultaría que después de haberse condenado millares de millares de hombres durante los innumerables siglos que transcurrieron antes que el Salvador viniese al mundo, después que un hijo de Dios se ha muerto por nosotros, ahora sólo conseguiría salvarse cinco por cada mil doscientos. ¡Oh ciertamente no! prefiero decir y creer con Job: ¿Serás severo contra una hoja que vuela y perseguirás una arista seca? ¡No, tanta desgracia es imposible, creerlo es blasfemar, no, no!
--¿Qué quiere usted? La Justicia, la Pureza divina...
--¡Oh! ¡pero la Justicia y la Pureza divina veían el porvenir antes de la creación!--contestó el viejo estremeciéndose y levantándose.--La creación, el hombre es un sér contingente y no necesario, y ese Dios no debía haberle criado, no, si para hacer feliz á uno debía condenar á centenares á una eterna desgracia, y todo por culpas heredadas ó de un momento. ¡No! Si eso fuera cierto, ahogue usted á su hijo que allí duerme; si tal creencia no fuese una blasfemia contra ese Dios que debe ser el Supremo Bien, entonces el Molok fenicio que se alimentaba con sacrificios humanos y sangre inocente, y en cuyas entrañas se quemaban á los niños arrancados del seno de sus madres, ese dios sanguinario, esa divinidad horrible sería al lado de él una débil doncella, una amiga, la madre de la Humanidad.
Y lleno de horror, el loco ó el filósofo abandonó la casa, corriendo á la calle á pesar de la lluvia y de la oscuridad.
Un deslumbrador relámpago, acompañado de un espantoso trueno, sembrando el aire de mortíferas chispas alumbró al viejo que, tendidas las manos al cielo, gritaba:
--¡Tú protestas! ¡Ya sé que no eres cruel, ya sé que sólo debo llamarte El Bueno!
Los relámpagos redoblaban, la tempestad arreciaba...
XV
LOS SACRISTANES
Los truenos retumbaban á cortos intervalos, cruzándose unos con otros, y cada trueno precedido del espantoso zigzag del rayo: habríase dicho que Dios escribía con un incendio su nombre y que la bóveda eterna temblaba medrosa. La lluvia caía á torrentes y, azotada por el viento, que silbaba lúgubremente, cambiaba atontada á cada momento de dirección. Las campanas entonaban con voz llena de miedo su melancólica plegaria, y en el breve silencio, que dejaba el robusto rugido de los elementos desencadenados, un triste tañido, queja al parecer, gemía plañidero.
En el segundo cuerpo de la torre hallábanse los dos muchachos, que vimos de paso hablando con el filósofo. El menor, que tenía grandes ojos negros y tímido semblante, procuraba pegar su cuerpo al de su hermano, que se le parecía mucho en las facciones, sólo que la mirada era más profunda y la fisonomía más decidida. Ambos vestían pobremente trajes llenos de zurcidos y remiendos, Sentados sobre un trozo de madera, cada uno tenía en la mano una cuerda, cuya extremidad se perdía en el tercer piso, allá arriba entre sombras. La lluvia, empujada por el viento, llegaba hasta ellos y atizaba un cabo de vela, que ardía sobre una gran piedra, de que se sirven para imitar el trueno en Viernes Santo haciéndola rodar por el coro.
--¡Tira de tu cuerda, Crispín!--dijo el mayor á su hermanito.
Este se colgó de ella, y arriba se oyó un débil lamento, que apagó al instante un trueno, multiplicado por mil ecos.
--¡Ah! si estuviéramos ahora en casa, con madre!--suspiró el pequeño mirando á su hermano; allí no tendría miedo.
El mayor no contestó; estaba mirando cómo se derramaba la cera y parecía preocupado.
--¡Allá nadie me dice que robo!--añadió Crispín; ¡madre no lo permitiría! Si supiese que me pegan...
El mayor separó su vista de la llama, levantó la cabeza mordiendo con fuerza la gruesa cuerda de la que tiró violentamente, dejando oir una sonora vibración.
--¿Vamos á vivir siempre así, hermano?--continuó hablando Crispín.--¡Quisiera enfermar mañana en casa, quisiera tener una larga enfermedad para que madre me cuidase y no me dejase volver al convento! Así no me llamarían ladrón, ni me pegarían! Y tú también, hermano, debías enfermar conmigo.
--¡No!--contestó el mayor;--nos moriríamos todos: madre de pena, y nosotros de hambre.
Crispín no replicó.
--¿Cuánto ganas tú este mes?--preguntó al cabo de un momento.
--Dos pesos: me han impuesto tres multas.
--Paga lo que dicen que he robado, así no nos llamarán ladrones; ¡págalo, hermano!
--¿Estás loco, Crispín? Madre no tendría qué comer; el sacristán mayor dice que has robado dos onzas, y dos onzas son treinta y dos pesos.
El pequeño contó en sus dedos hasta llegar á treinta y dos.
--¡Seis manos y dos dedos! Y cada dedo un peso,--murmuró después pensativo.--Y cada peso... ¿cuántos cuartos?
--Ciento sesenta.
--¿Ciento sesenta cuartos? Ciento sesenta veces un cuarto? ¡Madre! Y ¿cuántos son ciento sesenta?
--Treinta y dos manos,--contestó el mayor.
Crispín se quedó un momento viéndose las manecitas.
--¡Treinta y dos manos!--repetía;--seis manos y dos dedos, y cada dedo treinta y dos manos... y cada dedo un cuarto... ¡Madre, cuántos cuartos! No podrá uno contarlos en tres días... y se puede comprar chinelas para los pies, y sombrero para la cabeza cuando calienta el sol, y un gran paraguas cuando llueve, y comida, y ropas para tí y madre y...
Crispín se puso pensativo.
--¡Ahora, siento no haber robado!
--¡Crispín!--le reprendió su hermano,
--¡No te enfades! El cura ha dicho que me mataría á palos si no parece el dinero; si yo lo hubiese robado, lo podría hacer aparecer... y si muero, que al menos tengáis ropas tú y madre! ¡Si lo hubiese robado!
El mayor se calló y tiró de su cuerda. Después repuso suspirando:
--¡Lo que temo es que regañe madre contigo cuando lo sepa!
--¿Lo crees tú?--preguntó el pequeño sorprendido.--Tú dirás que á mí ya me han pegado mucho, yo le enseñaré mis cardenales, y mi bolsillo roto: no he tenido más que un cuarto que me dieron en la Pascua, y el cura me lo quitó ayer. No he visto otro cuarto más hermoso. ¡Madre no lo va á creer, no lo creerá!
--Si el cura lo dice...
Crispín empezó á llorar, murmurando entre sollozos:
--Entonces retírate solo, no quiero retirarme; dí á madre que estoy enfermo; no quiero retirarme.
--¡Crispín, no llores!--dijo el mayor.--Madre no lo creerá; no llores; el viejo Tasio dijo que nos espera una buena cena...
Crispín levantó la cabeza y miró á su hermano:
--¡Una buena cena! Yo todavía no he comido; no me quieren dar de comer hasta que parezcan las dos onzas... Pero ¿si madre lo cree? Tú le dirás que el sacristán mayor miente, y el cura que le cree, también, que todos ellos mienten; que dicen que somos ladrones porque nuestro padre es un vicioso que...
Pero una cabeza apareció saliendo del fondo de la escalerilla que conducía al piso principal, y esta cabeza, como la de Medusa, heló la palabra en los labios del niño. Era una cabeza prolongada, flaca, con largos cabellos negros; unas gafas azules le disimulaban un ojo tuerto. Era el sacristán mayor que así solía aparecer, sin ruido, sin prevenir.
Los dos hermanos se quedaron fríos.
--¡A tí, Basilio, te impongo una multa de dos reales por no tocar á compás!--dijo con voz cavernosa como si no tuviese cuerdas vocales.--Y tú, Crispín, te quedas esta noche hasta que aparezca lo que has robado.
Crispín miró á su hermano como pidiéndole amparo.
--Tenemos ya permiso... madre nos espera á las ocho,--murmuró tímidamente Basilio.
--¡Es que tampoco te retiras tú á las ocho! ¡hasta las diez!
--Pero, señor, á las nueve ya no se puede andar y la casa está lejos.
--Y ¿me querrás tú mandar á mí?--le preguntó irritado aquel hombre. Y cogiendo á Crispín del brazo trató de arrastrarle.
--¡Señor! ¡hace ya una semana que no hemos visto á nuestra madre! suplicó Basilio cogiendo á su hermanito como para defenderle.
El sacristán mayor de una palmada le apartó la mano y arrastró á Crispín, que comenzó á llorar dejándose caer al suelo mientras decía á su hermano:
--¡No me dejes, me van á matar!
Pero el sacristán, sin hacerle caso, le arrastró escaleras abajo, desapareciendo entre las sombras.
Basilio se quedó sin poder articular una palabra. Oyó los golpes que daba el cuerpo de su hermanito contra las gradas de la escalerilla, un grito, varias palmadas, y después se perdieron poco á poco aquellos acentos desgarradores.
El muchacho no respiraba: escuchaba de pie, con los ojos extremadamente abiertos, y los puños cerrados.
--¿Cuándo podré arar un campo!--murmuró entre dientes, y bajó precipitadamente.
Al llegar al coro se puso á escuchar con atención; la voz de su hermanito se alejaba á toda prisa y el grito: ¡madre! ¡hermano! se extinguió completamente al cerrarse una puerta. Tembloroso, sudando, detúvose un momento; mordióse el puño para ahogar un grito que se le escapaba del corazón y dejó vagar sus miradas en la semiobscuridad de la iglesia. Allí ardía débilmente la lámpara de aceite; el catafalco estaba en medio: las puertas todas cerradas, y las ventanas tenían rejas.
De repente subió la escalerilla, pasó por el segundo cuerpo, donde ardía la vela, y subió al tercero. Desató las cuerdas que sujetaban los badajos, y después volvió á descender pálido, pero sus ojos brillaban y no por las lágrimas.
La lluvia en tanto comenzaba á cesar y el cielo se despejaba poco á poco.
Basilio anudó las cuerdas, ató un cabo á un balaustre da la barandilla, y sin acordarse de apagar la luz se dejó deslizar en medio de la obscuridad.
Algunos minutos después, en una de las calles del pueblo se oyeron voces y resonaron dos tiros; pero nadie se alarmó y todo quedó otra vez en silencio.
XVI
SISA
La noche es obscura: duermen en silencio los vecinos; las familias que han recordado á los que dejaron de existir, se entregan al sueño tranquilas y satisfechas: han rezado tres partes de rosario con requiems, la novena de las almas, y quemado muchas velas de cera delante de las sagradas imágenes. Los ricos y pudientes han cumplido con los deudos que les legaron su fortuna; al día siguiente oirían las tres misas que dice cada sacerdote, darían dos pesos para otra en su intención, y luego comprarían la bula de los difuntos, llena de indulgencias. A fe que la Justicia divina no parece tan exigente como la humana.
Pero el pobre, el indigente que apenas gana para mantenerse y tiene que sobornar á los directorcillos, escribientes y soldados para que le dejen vivir en paz, ese no duerme con la tranquilidad que creen los poetas cortesanos, los cuales tal vez no hayan sufrido las caricias de la miseria. El pobre está triste y pensativo. Aquella noche, si ha rezado poco, ha orado mucho, con dolor en los ojos y lágrimas en el corazón. No tiene las novenas, ni sabe las jaculatorias, ni los versos, ni los oremus, que han compuesto los frailes para los que no tienen ideas propias, ni propios sentimientos; no los entiende tampoco. Reza en el idioma de su miseria; su alma llora por él y por los seres muertos cuyo amor era su bien. Sus labios pueden proferir salutaciones, pero su mente grita quejas y acusa lamentos. ¿Estaréis satisfechos, tú que bendijiste la pobreza, y vosotras sombras atormentadas, con la sencilla oración del pobre, proferida delante de una mal grabada estampa, á la luz de un timsim [60], ó deseáis por ventura cirios delante de Cristos sangrientos, de Vírgenes de boca pequeña y ojos de cristal, las misas en latín, que dice maquinalmente el sacerdote? Y tú, Religión predicada para la humanidad que sufre, ¿habrás olvidado tu misión de consolar al oprimido en su miseria y de humillar al poderoso en su orgullo, y sólo tendrías ahora promesas para los ricos, para los que pueden pagarte?
La pobre viuda vela entre los hijos que duermen á su lado; piensa en las bulas que debe comprar para el descanso de los padres y del difunto esposo. «Un peso, dice, un peso es una semana de amores para mis hijos, una semana de risas y alegrías, mis economías de un mes, un traje para mi hija que se va haciendo mujer...»--«Pero es menester que apagues estos fuegos, dice la voz que ella oyó predicar; es menester que te sacrifiques.» ¡Si! ¡es necesario! La Iglesia no te salva gratuitamente las almas queridas: no reparte bulas gratis. La debes comprar y, en vez de dormir la noche, trabajarás. Tu hija que enseñe entretanto sus desnudeces púdicas; ¡ayuna, que el cielo es caro! ¡Decididamente parece que los pobres no entran en el cielo!
Estos pensamientos van volando por el ámbito que separa el sahig [61], donde está tendida la humilde estera, del palupu [62] de donde cuelga la hamaca en que se mece el niño. Su respiración es fácil y reposada; de cuando en cuando mastica la saliva y articula sonidos: sueña comer el estómago hambriento que no está satisfecho con lo que le han dado los hermanos mayores.
Las cigarras van cantando monótonamente uniendo su nota eterna y continuada á los trinos del grillo, oculto en la hierba, ó de la zarandija que sale de su agujero para buscar alimento, mientras el chacón [63], ya no temiendo el agua, turba el concierto con su fatídica voz asomando la cabeza por el hueco de un tronco carcomido. Los perros ladran lastimeramente allá en la calle, y el supersticioso que lo escucha, está convencido de que los animales ven los espíritus y las sombras. Pero ni los perros ni los otros insectos ven los dolores de los hombres, y sin embargo ¡cuántos existen!
Allá lejos del pueblo, á una distancia como de una hora, vive la madre de Basilio y de Crispín, mujer de un hombre sin corazón, la cual procura vivir para sus hijos mientras el marido vaga y juega al gallo. Sus entrevistas son raras, pero siempre dolorosas. El le ha ido despojando de sus pocas alhajas para alimentar sus vicios, y cuando la sufrida Sisa [64] ya no poseía nada para sostener los caprichos de su marido, entonces comenzó á maltratarla. Débil de carácter, con más corazón que cerebro, ella sólo sabía amar y llorar. Para ella su marido era su Dios; sus hijos eran sus ángeles. El, que sabía hasta qué punto era adorado y temido, se portaba también como todos los falsos dioses; cada día se hacía más cruel, inhumano, voluntarioso.
Cuando le consultó Sisa, una vez que le vió con el semblante más sombrío que nunca, sobre su proyecto de hacer sacristán á Basilio, continuó acariciando el gallo, no dijo ni sí ni no, y sólo preguntó si ganaría mucho dinero. Ella no se atrevió á insistir; pero su apurada situación y el deseo de que los chicos aprendieran á leer y escribir en la escuela del pueblo, la obligaron á llevar á cabo el proyecto. El marido tampoco dijo nada.
Aquella noche, á eso de diez y media ú once, cuando las estrellas brillaban ya en el cielo que la tempestad ha despejado, estaba Sisa sentada sobre un banco de madera, mirando algunas ramas que medio ardían en su hogar, compuesto de piedras vivas más ó menos angulares. Sobre uno de estos trípodes ó tunkô, había una ollita en donde cocía arroz, y sobre las brasas tres sardinas secas, de las que se venden tres dos cuartos.
Tenía la barba apoyada sobre la palma de su mano, mirando la llama amarillenta y débil que da la caña, cuyas pasajeras brasas se volvían pronto ceniza; triste sonrisa iluminaba su rostro. Se acordaba del gracioso acertijo de la olla y del fuego, que Crispín le propuso una vez. El muchacho decía:
Naupú si Maitim, sinulut ni Mapulá Nang malaó y kumara kará [65].
Era aún joven y se conocía que un tiempo debió ser bella y graciosa. Sus ojos, que, al igual de su alma, diera ella á sus hijos, eran hermosos, de largas pestañas y profunda mirada; su nariz era correcta; sus pálidos labios, de un gracioso dibujo. Era lo que los tagalos llaman kayumanging kaligatan, esto es, morena, pero de un color limpio y puro. Sin embargo de su juventud, el dolor, ó acaso el hambre, empieza á socavar las pálidas mejillas, la abundante cabellera, en otro tiempo gala y adorno de su persona, si está aún aliñada no es por coquetería, sino por costumbre: un moño muy sencillo sin agujas ni peinetas.
Había estado varios días sin salir de casa, cosiendo una obra que le habían encargado concluyese lo más pronto posible. Ella, para ganar dinero, dejó de oir misa aquella mañana, pues habría empleado en ir y venir al pueblo dos horas lo menos:--¡la pobreza obliga á pecar!--Concluído su trabajo, lo llevó al dueño, pero éste sólo le prometió pagar.
Todo el día estuvo pensando en los placeres de la noche: supo que sus hijos iban á venir, y pensó regalarles. Compró sardinas, cogió de su jardinito los tomates más hermosos, porque sabía que eran la comida favorita de Crispín; pidió á su vecino, el filósofo Tasio, que vivía á medio kilómetro, tapa de jabalí y una pierna de pato silvestre, los bocados favoritos de Basilio. Y llena de esperanzas coció el más blanco arroz, que ella misma había recogido en las eras. Aquello era, en efecto, una cena de curas para los pobres chicos.
Pero por una desgraciada casualidad vino el marido y se comió el arroz, la tapa de jabalí, la pierna del pato, cinco sardinas y los tomates. Sisa no dijo nada, si bien le pareció que la comían á ella misma. Harto ya él, se acordó de preguntar por los hijos; entonces Sisa pudo sonreir y, contenta, prometió en su interior no cenar aquella noche, pues de lo que quedaba no había para tres. El padre preguntó por sus hijos, y esto para ella era más que comer.
Después él cogió su gallo y quiso marcharse.
--¿No quieres verlos?--preguntó temblorosa;--el viejo Tasio me ha dicho que se retardarían un poco; Crispín ya lee y... ¡quizás Basilio traiga su sueldo!
A esta última razón el marido se detuvo, vaciló, pero triunfó su ángel bueno.
--¡En ese caso guárdame un peso!--dijo, y se marchó.
Sisa lloró amargamente, pero se acordó de sus hijos y secóse las lágrimas. Coció nuevo arroz, y preparó las tres sardinas que quedaron: cada uno tendría una y media.
--¡Traerán buen apetito!--pensaba;--el camino es largo y los estómagos hambrientos no tienen corazón.
Atenta á todo rumor la encontramos escuchando las más ligeras pisadas; fuertes y claras, Basilio; ligeras y desiguales, Crispín, pensaba ella.
El kalao [66] cantó en el bosque dos ó tres veces ya, desde que la lluvia había cesado, y no obstante sus hijos no llegaban todavía.
Puso las sardinas dentro de la olla para que no se enfriaran y se acercó al umbral de la choza para mirar hacia el camino. A fin de distraerse se puso á cantar en voz baja. Ella tenía una hermosa voz, y cuando sus hijos la oían cantar kundiman [67] lloraban sin saber por qué. Pero aquella noche su voz temblaba, y las notas salían perezosas.
Suspendió su canto y hundió la mirada en la obscuridad. Nadie venía del pueblo, á no ser el viento que hacía caer el agua de las anchas hojas de los plátanos.
De repente vió un perro negro aparecer delante de ella; el animal rastreaba algo en el sendero. Sisa tuvo miedo, cogió una piedra y se la arrojó. El perro echó á correr aullando lúgubremente.
Sisa no era supersticiosa, pero tanto había oído hablar sobre presentimientos y perros negros que el terror se apoderó de ella. Cerró precipitadamente la puerta, y se sentó al lado de la luz. La noche favorece las creencias, y la imaginación puebla el aire de espectros.