Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau

Part 7

Chapter 73,794 wordsPublic domain

En medio de aquel vasto corral se levanta una grande cruz de madera sobre un pedestal de piedra. La tempestad ha doblado su INRI de hoja de lata, y la lluvia ha borrado las letras. Al pie de la cruz, como en el verdadero Gólgota, están en confuso montón calaveras y huesos, que el indiferente sepulturero arroja de las fosas que va vaciando. Allí esperarán probablemente, no la resurrección de los muertos, sino la llegada de los animales, que con sus líquidos les calienten y laven aquellas frías desnudeces.--En los alrededores recientes excavaciones se notan: acá el terreno está hundido, allá forma pequeña colina. Crecen en toda su lozanía el tarambulo y el pandakakî [51]: el primero para pinchar las piernas con sus espinosas bayas, y el segundo para añadir su olor al del cementerio por si éste no olía bastante. Sin embargo, matizan el suelo algunas florecitas, flores que, como aquellos cráneos, son ya únicamente conocidas de su Criador: la sonrisa de sus pétalos es pálida, y su perfume es el perfume de los sepulcros. La hierba y las trepadoras cubren los rincones, se encaraman por las paredes y nichos vistiendo y hermoseando la desnuda fealdad; á veces penetran por las hendiduras que hicieran temblores y terremotos, ocultando á las miradas los venerables vacíos de la tumba.

A la hora en que entramos, los hombres han ahuyentado á los animales; sólo alguno que otro cerdo, animal difícil de convencer, se asoma con brillantes ojitos sacando la cabeza por un gran hueco de la cerca, levanta el hocico al aire y parece decir á una mujer que reza:

--No lo comas todo; déjame algo ¿eh?

Dos hombres cavan una fosa cerca del muro que amenaza desplomarse: el uno, que es el sepulturero, lo hace indiferentemente: arroja vértebras y huesos, como un jardinero piedras y ramas secas; el otro está preocupado, suda, fuma y escupe á cada momento.

--¡Oye!--dice el que fuma, en tagalo.--¿No sería mejor que cavásemos en otro sitio? Esto es muy reciente.

--Son tan recientes unas fosas como otras.

--¡No puedo más! Ese hueso que has partido aún sangra... ¡hum! ¿y esos cabellos?

--Pero ¡qué delicado eres!--le reprocha el otro.--¡Ni que fueras tú escribiente del Tribunal! Si hubieses desenterrado, como yo lo he hecho, un cadáver de veinte días, por la noche, á obscuras, lloviendo... Se apagó mi linterna.

El otro se estremeció.

--El ataúd se desclavó, el muerto medio salió, olía... y tenerlo tú que cargar... y llovía, y estábamos ambos mojados, y...

--¡Brrr! Y ¿por qué lo has desenterrado?

El sepulturero le miró con extrañeza.

--¿Por qué? ¿lo sé yo acaso? ¡Me lo han mandado!

--¿Quién te lo mandó?

El sepulturero medio retrocedió y examinó de pies á cabeza á su compañero.

--¡Hombre! pareces un español; las mismas preguntas me hizo después un español, pero en secreto. Pues te voy á contestar como al otro: me lo mandó el cura grande.

--¡Ah! y ¿qué has hecho después del cadáver?--continuó preguntando el delicado.

--¡Diablo! si yo no te conociera y supiera que eres hombre, diría que verdaderamente eres español civil: preguntas como el otro. Pues... el cura grande me mandaba que lo enterrase en el cementerio de los chinos, pero como el ataúd era pesado y el cementerio de los chinos está lejos...

--¡No, no! ¡yo no cavo más!--interrumpió el otro, lleno de horror, soltando la pala y saltando de la fosa;--he partido un cráneo y temo que no me deje dormir esta noche.

El sepulturero soltó una carcajada al ver como el melindroso se alejaba haciéndose cruces.

El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de luto. Algunos buscaban algún tiempo la fosa, disputaban entre sí, y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se arrodillaba donde le parecía mejor; otros, los que tenían nichos para sus parientes, encendían cirios y se ponían devotamente á rezar; oíanse también suspiros y sollozos que se procuraban exagerar ó reprimir. Ya se oía un run run de orápreo, orápreiss y requiemæternams.

Un viejecito, de ojos vivos, entró descubierto. Al verle, muchos se rieron, y algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo parecía no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigió al montón de cráneos, se arrodilló y buscó algún tiempo con la mirada algo entre los huesos; después con cuidado fué apartando los cráneos uno tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrugó las cejas, movió á un lado y otro la cabeza, miró á todas partes, y finalmente se levantó y se dirigió al sepulturero.

--¡Oye!--le dijo.

Este levantó la cabeza.

--¿Sabes dónde está una hermosa calavera, blanca como la carne del coco, con una completa dentadura, y que yo tenía allí al pie de la cruz, debajo de aquellas hojas?

El sepulturero se encogió de hombros.

--¡Mira!--añadió el viejo enseñándole una moneda de plata;--no tengo más que esto, pero te la daré si me la encuentras.

El brillo de la moneda le hizo reflexionar, miró hacia el osario y dijo:

--¿No está allá? ¿No? Pues entonces no lo sé.

--¿Sabes? Cuando me paguen los que me deben te daré más,--continuó el viejo.--Era el cráneo de mi esposa; con que si me la encuentras...

--¿No está allá? ¡Pues no lo sé! Pero si queréis, os puedo dar otro.

--¡Eres como la tumba que cavas!--le apostrofó el viejo nerviosamente;--no sabes el valor de lo que pierdes. ¿Para quién es la fosa?

--¿Lo sé yo acaso? ¡Para un muerto!--contestó malhumorado el otro.

--¡Como la tumba, como la tumba!--repitió el viejo riendo secamente;--ni sabes lo que arrojas, ni lo que tragas. ¡Cava, cava!

Y se volvió dirigiéndose á la puerta.

El sepulturero entretanto había concluído con su tarea; dos montículos de tierra fresca y rojiza se levantaban en los bordes de la fosa. Sacó de su salakot buyo, y púsose á mascarlo, mirando con aire estúpido cuanto en su derredor pasaba.

XIII

PRESAGIOS DE TEMPESTAD

En el momento en que el viejo salía, parábase á la entrada del sendero un coche que parecía haber hecho un largo viaje; estaba cubierto de polvo y los caballos sudaban.

Ibarra descendió seguido de un viejo criado; despidió el coche de un gesto y se dirigió al cementerio, silencioso y grave.

--¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver!--decía el anciano tímidamente;--capitán Tiago dijo que se cuidaría de hacer levantar un nicho; pero yo planté flores y una cruz labrada por mí.

Ibarra no contestó.

--¡Allí detrás de esa cruz grande, señor!--continuó el criado, señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.

Ibarra iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de algunas personas al reconocerle, quienes suspendieron el rezo y le siguieron con la vista llenas de curiosidad.

El joven caminaba con cuidado, evitando pasar por encima de las fosas que se conocían fácilmente por un hundimiento del terreno. En otro tiempo las pisaba, hoy las respetaba: su padre yacía en iguales condiciones. Detúvose al llegar al otro lado de la cruz y miró á todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado; buscaba huellas en el suelo y en ninguna parte se veía cruz alguna.

--¿Es aquí?--murmuraba entre dientes:--no, es allá, pero ¡la tierra está removida!

Ibarra le miraba angustiado.

--¡Sí!--continuó,--recuerdo que había una piedra al lado; la fosa era un poco corta; el sepulturero estaba enfermo, y la tuvo que cavar un aparcero, pero preguntaremos á ése qué se ha hecho de la cruz.

Dirigiéronse al sepulturero, que les observaba con curiosidad.

Este les saludó quitándose el salakot.

--¿Podéis decirnos cuál es la fosa que allá tenía una cruz?--preguntó el criado.

El interpelado miró hacia el sitio y reflexionó.

--¿Una cruz grande?

--Sí, grande,--afirmó con alegría el viejo, mirando significativamente á Ibarra, cuya fisonomía se animó.

--¿Una cruz con labores, y atada con bejucos?--volvió á preguntar el sepulturero.

--¡Eso es, eso es, así, así!--y el criado trazó en la tierra un dibujo en forma de cruz bizantina.

--Y ¿en la tumba había flores sembradas?

--¡Adelfas, sampagas y pensamientos! ¡eso es!--añadió el criado lleno de alegría, y le ofreció un tabaco.

--Decidnos cuál es la fosa y dónde está la cruz.

El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando:

--Pues la cruz... ¡yo la he quemado!

--¿Quemado? y ¿por qué la habéis quemado?

--Porque así lo mandó el cura grande.

--¿Quién es el cura grande?--preguntó Ibarra.

--¿Quién? El que pega, el padre Garrote.

Ibarra se pasó la mano por la frente.

--Pero, á lo menos, ¿podéis decirnos dónde está la fosa? la debéis recordar.

El sepulturero se sonrió.

--¡El muerto ya no está allí!--repuso tranquilamente.

--¿Qué decís?

--¡Ya!--añadió el hombre en tono de broma;--en su lugar enterré hace una semana una mujer.

--¿Estáis loco?--le preguntó el criado;--si todavía no hace un año que le hemos enterrado.

--¡Pues eso es! hace ya muchos meses que lo desenterré. El cura grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero como era pesado y aquella noche llovía...

El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y sacudiéndole.

--Y ¿lo has hecho?--preguntó el joven con acento indescriptible.

--No os enfadéis, señor,--contestó palideciendo y temblando;--no le enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos, dije para mí, y arrojé el muerto al agua!

Ibarra le puso ambos puños sobre los hombros y le miró largo tiempo con una expresión que no se puede definir.

--¡Tú no eres más que un desgraciado!--dijo, y salió precipitadamente, pisoteando huesos, fosas, cruces, como un loco.

El sepulturero se palpaba el brazo y murmuraba:

--¡Lo que dan que hacer los muertos! El Padre Grande me pegó de bastonazos por haberlo dejado enterrar estando yo enfermo; ahora éste á poco me rompe el brazo por haberlo desenterrado. ¡Lo que son estos españoles! Todavía voy á perder mi oficio.

Ibarra andaba aprisa con la mirada á lo lejos; el viejo criado le seguía llorando.

El sol estaba ya para ocultarse; gruesos nimbus entoldaban el cielo hacia el Oriente; un viento seco agitaba las copas de los árboles y hacía gemir á los cañaverales.

Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lágrima, de su pecho no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atravesó el pueblo dirigiéndose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa que desde hace muchos años no había vuelto á pisar. Rodeada de un muro donde crecen varios cactus, parecía que le hacía señas: las ventanas se abrían: el ilang-ilang [52] se balanceaba agitando alegremente sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor del cónico techo de su vivienda, colocada en medio del jardín.

Pero el joven no se fijaba en estas alegrías que ofrece la vuelta al antiguo hogar: tenía sus ojos clavados en la figura de un sacerdote, que avanzaba en dirección contraria. Era el cura de San Diego, aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alférez. El aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hábito de guingón se aplastaba y amoldaba á sus formas, marcando unos muslos delgados y algo estevados. En la diestra llevaba un bastón de palasán [53] con puño de marfil. Era la primera vez que Ibarra y él se veían.

Al encontrarse, detúvose el joven un momento y le miró de hito en hito; fray Salví esquivó la mirada y se hizo el distraído.

Sólo un segundo duró la vacilación: Ibarra se dirigió á él rápidamente, le paró dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz apenas inteligible.

--¿Qué has hecho de mi padre?--preguntó.

Fray Salví, pálido y tembloroso al leer los sentimientos que se pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentíase como paralizado.

--¿Qué has hecho de mi padre?--le volvió á preguntar con voz ahogada.

El sacerdote, doblegado poco á poco por la mano que le oprimía, hizo un esfuerzo y contestó:

--¡Está equivocado; yo no le he hecho nada á su padre!

--¿Que no?--continuó el joven oprimiéndole hasta hacerle caer de rodillas.

--¡No, se lo aseguro! fué mi predecesor, fué el padre Dámaso...

--¡Ah!--exclamó el joven soltándole y dándose una palmada en la frente. Y abandonando al pobre fray Salví se dirigió precipitadamente hacia su casa.

El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile á levantarse.

XIV

TASIO EL LOCO Ó EL FILÓSOFO

El extraño viejo vagaba distraído por las calles.

Era un antiguo estudiante de filosofía, que dejó la carrera por obedecer á su anciana madre, y no fué ni por falta de medios ni de capacidad: fué precisamente porque su madre era rica, y se decía que él tenía talento. La buena mujer temía que su hijo llegase á ser un sabio y se olvidase de Dios, por lo que le dió á escoger entre ser sacerdote ó dejar el colegio de San José. El, que estaba enamorado, optó por lo último, y se casó. Viudo y huérfano en menos de un año, buscó un consuelo en los libros para librarse de su tristeza, de la gallera y de la ociosidad. Pero se aficionó de tal modo á los estudios y á la compra de libros, que descuidó completamente su fortuna y se arruinó poco á poco.

Llamábanle las personas bien educadas don Anastasio ó el filósofo Tasio, y las de mala educación, que eran la mayoría, Tasio el loco, por sus raros pensamientos y extraña manera de tratar á los hombres.

Como decíamos, la tarde amenazaba tempestad; algunos relámpagos iluminaban con pálida luz el cielo plomizo; la atmósfera era pesada y el aire sumamente bochornoso.

El filósofo Tasio parece haber olvidado ya su querida calavera: ahora sonríe mirando las obscuras nubes.

Cerca de la iglesia encontróse con un hombre, vestido de una chaqueta de alpaca, llevando en la mano más de una arroba en velas y un bastón de borlas, insignia de la autoridad.

--¿Parece que estáis alegre?--preguntóle éste en tagalo.

--En efecto, señor capitán; estoy alegre porque tengo una esperanza.

--¡Ah! ¿y qué esperanza es esa?

--¡La tempestad!

--¡La tempestad! ¿Pensáis bañaros sin duda?--preguntó el gobernadorcillo en tono burlón, mirando el modesto traje del viejo.

--Bañarme... no está mal, sobre todo cuando se tropieza con una basura,--contestó Tasio en tono igual, si bien algo despreciativo, mirando en la cara á su interlocutor;--pero espero otra cosa mejor.

--¿Qué, pues?

--¡Algunos rayos que maten personas y quemen casas!--contestó seriamente el filósofo.

--¡Pedid de una vez el diluvio!

--¡Lo merecemos todos, y vos y yo! Vos, señor gobernadorcillo, tenéis allí una arroba de velas que vienen de la tienda del chino; yo hace más de diez años que voy proponiendo á cada nuevo capitán la compra de pararrayos, y todos se me ríen, y compran bombas y cohetes, y pagan repiques de campanas. Aun más, vos mismo, al siguiente día de mi proposición, encargasteis á los fundidores chinos una esquila para Santa Bárbara, cuando la ciencia ha averiguado que es peligroso tocar las campanas en días de tempestad. Y decidme, ¿por qué el año 70 cuando cayó un rayo en Biñan, cayó precisamente en la torre y destrozó reloj y un altar? ¿Qué hacía la esquila de Santa Bárbara?

En aquel momento brilló un relámpago.

--¡Jesús, María y José! ¡Santa Bárbara bendita!--murmuró el gobernadorcillo palideciendo y santiguándose.

Tasio soltó una carcajada.

--¡Sois dignos del nombre de vuestra patrona!--dijo en castellano dándole las espaldas, y se dirigió hacia la iglesia.

Los sacristanes levantaban dentro un túmulo rodeado de cirios en candelabros de madera. Eran dos mesas grandes, puestas una encima de otra, cubiertas con lienzos negros listados de blanco; aquí y allá se veían calaveras pintadas.

--¿Es por las almas ó por las velas?--preguntó.

Y viendo á dos muchachos de diez años el uno y siete el otro aproximadamente, se dirigió á éstos sin esperar la contestación de los sacristanes.

--¿Venís conmigo, muchachos?--les preguntó.--Vuestra madre os tiene preparada una cena de curas.

--¡El sacristán mayor no nos deja salir hasta las ocho, señor!--contestó el mayorcito.--Espero cobrar mi sueldo para dárselo á nuestra madre.

--¡Ah! y ¿á dónde vais?

--A la torre, señor, para doblar por las almas.

--¿Vais á la torre? Pues ¡cuidado! no os acerquéis á las campanas durante la tempestad.

Después abandonó la iglesia no sin haber seguido antes con una mirada de compasión á los dos muchachos, que subían las escaleras para dirigirse al coro.

Tasio se frotó los ojos, miró otra vez al cielo y murmuró:

--Ahora sentiría que cayesen rayos.

Y con la cabeza baja dirigióse pensativo hacia las afueras de la población.

--¡Pase usted antes!--le dijo en español una voz desde una ventana.

El filósofo levantó la cabeza y vió á un hombre de treinta á treinta y cinco años que le sonreía.

--¿Qué lee usted ahí?--preguntó Tasio señalando hacia un libro que el hombre tenía en la mano.

--Es un libro de actualidad: ¡Las penas que sufren las benditas ánimas del Purgatorio!--contestó el otro sonriendo.

--¡Hombre, hombre, hombre!--exclamó el viejo en diferentes tonos de voz entrando en la casa;--el autor debe ser muy listo.

Al subir las escaleras fué recibido amistosamente por el dueño de la casa y su joven señora. El se llamaba don Filipo Lino y ella doña Teodora Viña. Don Filipo era el teniente mayor y el jefe de un partido casi liberal, si se le puede llamar así, y si es posible que haya partidos en los pueblos de Filipinas.

--¿Ha encontrado usted en el cementerio al hijo del difunto don Rafael, que acaba de llegar de Europa?

--Sí, le ví cuando bajaba del coche.

--Dicen que ha ido á buscar el sepulcro de su padre... El golpe debió haber sido terrible.

El filósofo se encogió de hombros.

--¿No se interesa usted por esa desgracia?--preguntó la joven señora.

--Ya sabe usted que fuí yo uno de los seis que acompañamos al cadáver; fuí yo quien me presenté al Capitán General cuando ví que aquí todo el mundo, hasta las autoridades, se callaban ante tan grande profanación, y eso que prefiero siempre honrar al hombre bueno en su vida á adorarle en su muerte.

--¿Entonces?

--Ya sabe usted, señora, que no soy partidario de la monarquía hereditaria. Por las gotas de sangre china que mi madre me ha dado, pienso un poco como los chinos: honro al padre por el hijo, pero no al hijo por el padre. Que cada uno reciba el premio ó el castigo por sus obras, pero no por las de los otros.

--¿Ha mandado usted decir una misa por su difunta esposa, como se lo aconsejaba ayer?--preguntó la mujer cambiando de conversación.

--¡No!--contestó el viejo sonriendo.

--¡Lástima!--exclamó ella con verdadero pesar;--dicen que hasta mañana, á las diez, las almas vagan libres esperando los sufragios de los vivos; que una misa en estos días equivale á cinco en otros días del año, ó á seis, como dijo el cura esta mañana.

--¡Hola! ¿es decir que tenemos un gracioso plazo que hay que aprovechar?

--¡Pero, Doray!--intervino don Filipo;--ya sabes que don Anastasio no cree en el purgatorio.

--¿Que no creo en el purgatorio?--protestó el viejo medio levantándose de su asiento.--¡Hasta sé algo de su historia!

--¡La historia del purgatorio!--exclamaron llenos de sorpresa ambos consortes.--¡A ver! ¡Cuéntenosla usted!

--¿No la saben ustedes y mandan allá misas y hablan de sus penas? ¡Bueno! ya que empieza á llover y parece que va á durar, tendremos tiempo de no aburrirnos,--contestó Tasio poniéndose un momento á meditar.

Don Filipo cerró el libro que tenía en la mano, y Doray se sentó á su lado, dispuesta á no creer en nada de lo que el viejo Tasio iba á decir. Este comenzó de la siguiente manera:

--El purgatorio existía mucho antes de que viniera al mundo N. S. Jesucristo, y debía estar en el centro de la tierra según el P. Astete, ó en las cercanías de Cluny, según el monje de que nos habla el P. Girard. El sitio aquí es lo de menos. Ahora bien; ¿quiénes se tostaban en aquellos fuegos que ardían desde el principio del mundo? Su existencia antiquísima la prueba la Filosofía cristiana, que dice que Dios no ha creado nada nuevo desde que descansó.

--Podría haber existido in potentia, pero no in actu,--objetó el teniente mayor.

--¡Muy bien! Sin embargo, os contestaré que algunos lo conocieron como existente in actu, y uno de ellos fué Zarathustra ó Zoroastro, que escribió parte del Avesta y fundó una religión, que tenía ciertos puntos de contacto con la nuestra; y Zarathustra, según los sabios, existió ochocientos años lo menos antes de Jesucristo. Digo lo menos, pues Gaffarel, después de examinar los testimonios de Platón, Xanto de Lidia, Plinio, Hermipos y Eudoxo, le cree anterior en dos mil quinientos años á nuestra era. Sea de esto lo que se quiera, es lo cierto que Zarathustra hablaba ya de una especie de purgatorio, y daba los medios para librarse de él. Los vivos pueden redimir las almas de los muertos en pecado, recitando pasajes del Avesta, haciendo buenas obras, pero con la condición de que el que ha de orar sea un pariente hasta la cuarta generación. El tiempo para esto tenía lugar cada año y duraba cinco días. Más tarde, cuando esta creencia se hubo afirmado en el pueblo, los sacerdotes de aquella religión vieron en ella un gran negocio y explotaron aquellas «cárceles profundamente oscuras en donde reinan los remordimientos,» como dice Zarathustra. Establecieron, pues, que por el precio de un derem, una moneda de poco valor según dicen, se le puede ahorrar al alma un año de torturas; pero como para aquella religión había pecados que costaban de 300 á 1000 años de sufrimiento, como la mentira, la mala fe, el no cumplir una palabra dada, etc., resultaba que los pícaros se embolsaban millones de derems. Aquí verán ustedes algo que se parece ya á nuestro purgatorio, si bien con la diferencia sobrentendida de la diferencia de religiones.

Un relámpago, seguido de un retumbante trueno, hizo levantarse á Doray, quien dijo santiguándose:

--¡Jesús, María y José! Los dejo á ustedes; voy á quemar palma bendita y encender candelas de perdón.

La lluvia empezó á caer á torrentes. El filósofo Tasio prosiguió, mientras miraba alejarse á la joven:

--Ahora que no está, podemos hablar de la materia más razonadamente. Doray, aunque un poco supersticiosa, es una buena católica, y no me gusta arrancar la fe del corazón: una fe pura y sencilla se distingue del fanatismo como la llama del humo, como una música de una algarabía: los imbéciles como los sordos los confunden. Entre nosotros podemos decir que la idea del Purgatorio es buena, santa y razonable; continúa la unión entre los que fueron y los que son, y obliga á una mayor pureza de vida. El mal está en el abuso que de él se hace.