Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau

Part 33

Chapter 333,966 wordsPublic domain

--¿Qué tienes?--preguntó ésta espantada, al ver la cara de la joven.

--¡Conducidme á mi cuarto!--suplicó colgándose del brazo de la anciana para levantarse.

--¿Estás enferma, hija mía? ¿qué tienes?

--Un mareo... la gente de la sala... tanta luz... necesito descansar. Decid á mi padre que dormiré.

--¡Estás fría! ¿quieres té?

María Clara movió la cabeza negativamente, cerró con llave la puerta de su alcoba y sin fuerzas se dejó caer en el suelo, al pie de una imagen, sollozando:

--¡Madre, madre, madre mía!

Por la ventana y la puerta que comunicaba con la azotea, entraba la luz de la luna.

La música seguía tocando alegres valses; llegaban hasta la alcoba la risas y el run run de las conversaciones; varias veces llamaron á la puerta su padre, tía Isabel, doña Victorina y aun Linares, pero María Clara no se movió: un estertor se escapaba de su pecho.

Pasaron horas; las alegrías de la mesa terminaron, se oía bailar, cantar, se consumió la bujía y se apagó, pero la joven continuaba aún inmóvil en el suelo, iluminada por los rayos de la luna, al pie de la imagen de la Madre de Jesús.

La casa volvió á quedar poco á poco en silencio, se apagaron las luces, tía Isabel llamó de nuevo á la puerta.

--¡Vamos, se ha dormido!--dijo la tía en voz alta;--como es joven y no tiene ningún cuidado, duerme como un cadáver.

Cuando todo estuvo en silencio, ella se levantó lentamente y paseó una mirada á su alrededor, vió la azotea, los pequeños emparrados, bañados por la melancólica luz de la luna.

--¡Un tranquilo porvenir! ¡Dormir como un cadáver!--murmuró en voz baja y se dirigió á la azotea.

La ciudad dormía; sólo se oía de tiempo en tiempo el ruido de un coche, pasando el puente de madera sobre el río, cuyas solitarias aguas reflejaban tranquilas la luz de la luna.

La joven levantó los ojos al cielo de una limpidez de zafir; quitóse lentamente sus anillos, pendientes, agujas y peineta, colocándolos sobre el antepecho de la azotea, y miró hacia el río.

Una banca, cargada de zacate, se detenía al pie del embarcadero, que tiene cada casa á orillas del río. Uno de los dos hombres que la tripulaban subió la escalera de piedra, saltó el muro, y segundos después, se oían sus pasos subiendo la escalera de la azotea.

María Clara le vió detenerse al descubrirla, pero sólo fué un momento, porque el hombre avanzó lentamente, y á tres pasos de la joven se detuvo. María Clara retrocedió.

--¡Crisóstomo!--murmuró llena de terror.

--¡Sí, soy Crisóstomo!--repuso el joven en voz grave:--un enemigo, un hombre que tenía razones para odiarme, Elías, me ha sacado de la prisión en que me han arrojado mis amigos.

A estas palabras siguió un triste silencio; María Clara inclinó la cabeza y dejó caer ambas manos.

Ibarra continuó:

--Junto al cadáver de mi madre juré hacerte feliz, ¡sea cual fuere mi destino! Pudiste faltar á tu juramento, ella no era tu madre; pero yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y al través de mil peligros he venido aquí á cumplir con el mío, y la casualidad permite que te hable á tí misma María, no nos volveremos á ver; eres joven y acaso algún día tu conciencia te acuse... vengo á decirte, antes de partir, que te perdono. Ahora ¡sé feliz y adiós!

Ibarra trató de alejarse, pero la joven le detuvo.

--¡Crisóstomo!--dijo;--Dios te ha enviado para salvarme de la desesperación... ¡óyeme, y júzgame!

Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella.

--No he venido á pedirte cuenta de tus actos... he venido para darte la tranquilidad.

--No quiero esa tranquilidad que me regalas; ¡la tranquilidad me la daré yo misma! ¡Tú me desprecias, y tu desprecio me hará amarga hasta la muerte!

Ibarra vió la desesperación y el dolor de la pobre mujer, y le preguntó qué deseaba.

--¡Que creas que te he amado siempre!

Crisóstomo sonrió con amargura.

--¡Ah! tú dudas de mí, dudas de la amiga de tu infancia, que jamás te ha ocultado un solo pensamiento!--exclamó con dolor la joven. ¡Te comprendo! Cuando sepas mi historia, la triste historia que me revelaron durante mi enfermedad, te compadecerás de mí y no tendrás esa sonrisa para mi dolor. ¿Por qué no has dejado que me muriese en manos de mi ignorante médico? ¡Tú y yo habríamos sido más felices!

María Clara descansó un momento y continuó:

--¡Tú lo has querido, tú has dudado de mí, que mi madre me perdone! En una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me reveló el nombre de mi verdadero padre, y me prohibió tu amor... ¡á no ser que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!

Ibarra retrocedió y miró espantado á la joven.

--Si,--continuó ella;--el hombre me dijo que no podía permitir nuestra unión, pues su conciencia se lo prohibiría, y se vería obligado á publicarlo, á riesgo de causar un grande escándalo, porque mi padre es...

Y murmuró al oído del joven un nombre en voz tan baja, que sólo él lo oyó.

--¿Qué iba yo á hacer? ¿Debía yo sacrificar á mi amor la memoria de mi madre, el honor de mi padre falso y el buen nombre del verdadero? ¿Podía hacerlo sin que tú mismo me despreciaras?

--Pero ¿pruebas, tuviste pruebas? ¡Tú necesitabas pruebas!--exclamó Crisóstomo convulso.

La joven sacó de su seno dos papeles.

--¡Dos cartas de mi madre, dos cartas escritas en medio de sus remordimientos, cuando me llevaba en sus entrañas! Toma, léelas, y verás cómo ella me maldice y desea mi muerte... ¡mi muerte que en vano procuró mi padre con medicinas! Estas cartas las ha olvidado él en la casa donde vivió, el hombre las encontró y conservó, y sólo me las entregó á cambio de tu carta... para asegurarse, según decía, de que no me iba á casar contigo sin el consentimiento de mi padre. Desde que las llevo sobre mí, en lugar de tu carta, siento el frío sobre el corazón. Te sacrifiqué, sacrifiqué mi amor... ¿qué no hace una por una madre muerta y dos padres vivos? ¿Sospechaba yo el uso que iban á hacer de tu carta?

Ibarra estaba aterrado. María Clara prosiguió:

--¿Qué me quedaba ya? ¿podía decirte por ventura quién era mi padre, podía decirte que le pidieses perdón, á él que tanto ha hecho sufrir al tuyo? ¿podía decirle á mi padre acaso que te perdonara, podía decirle que yo era su hija, á él que tanto ha deseado mi muerte? ¡Sólo me restaba sufrir, guardar conmigo el secreto, y morir sufriendo!... Ahora, amigo mío, ahora que sabes la triste historia de tu María, ¿tendrás aún para ella esa desdeñosa sonrisa?

--¡María, tú eres una santa!

--Soy feliz, puesto que tú me crees...

--Sin embargo,--añadió el joven cambiando de tono,--he oído que te casas...

--¡Sí!--sollozó la joven;--mi padre me exige este sacrificio... él me ha amado y alimentado y no era su deber; yo le pago esta deuda de gratitud asegurándole la paz por medio de este nuevo parentesco, pero...

--¿Pero?

--No olvidaré los juramentos de fidelidad que te hice.

--¿Qué meditas hacer?--preguntó Ibarra tratando de leer en sus ojos.

--¡El porvenir es obscuro y el Destino está entre sombras! no sé lo que he de hacer; pero sabe que yo amo una sola vez, y sin amor jamás seré de nadie. Y de ti, ¿qué va á ser de ti?

--No soy más que un fugitivo... huyo. Dentro de poco se descubrirá mi fuga, María...

María Clara cogió la cabeza del joven entre sus manos, le besó repetidas veces en los labios, le abrazó, y después, alejándole bruscamente de sí:

--¡Huye, huye!--le dijo;--¡huye, adiós!

Ibarra la miró con ojos brillantes, pero, á una señal de la joven, se alejó ebrio, vacilante...

Saltó otra vez el muro y entró en la banca. María Clara, apoyada sobre el antepecho le miraba alejarse.

Elías se descubrió y la saludó profundamente.

LXI

LA CAZA EN EL LAGO

--Oíd, señor, el plan que he meditado,--dijo Elías pensativo mientras se dirigían á San Gabriel.--Os ocultaré ahora en casa de un amigo mió en Mandaluyong; os traeré todo vuestro dinero, que he salvado y guardado al pie del balití, en la misteriosa tumba de vuestro abuelo; dejaréis el país...

--¿Para ir al extranjero?--interrumpió Ibarra.

--Para vivir en paz los días que os quedan de vida. Tenéis amigos en España, sois rico, podréis haceros indultar. De todos modos, el extranjero para nosotros es una patria mejor que la propia.

Crisóstomo no contestó; meditó en silencio.

Llegaban en aquel momento al Pásig y la banca empezó á subir la corriente. Sobre el puente de España corría un jinete aprisa y se oía un prolongado y agudo silbido.

--Elías,--repuso Ibarra;--debéis vuestra desgracia á mi familia; me habéis salvado la vida dos veces, y os debo no sólo gratitud, sino también una restitución de vuestra fortuna. Me aconsejáis que viva en el extranjero, pues venid conmigo y vivamos como hermanos. Aquí sois también desgraciado.

Elías movió tristemente la cabeza y contestó:

--¡Imposible! Es verdad que yo no puedo amar ni ser feliz en mi país, pero puedo sufrir y morir en él, y acaso por él: siempre es algo. ¡Que la desgracia de mi patria sea mi propia desgracia, y puesto que no nos une un noble pensamiento, puesto que no laten nuestros corazones á un solo nombre, al menos que á mis paisanos me una la común desventura, al menos que llore yo con ellos nuestros dolores, que un mismo infortunio oprima nuestros corazones!

--Entonces ¿por qué me aconsejáis que parta?

--Porque en otra parte podéis ser feliz y yo no, porque no estáis hecho para sufrir, y porque aborreceríais vuestro país, si un día os vieseis por causa suya desgraciado: y aborrecer á su patria es la mayor desventura.

--¡Sois injusto conmigo!--exclamó Ibarra con amargo reproche;--olvidáis que, apenas llegado aquí, me he puesto á buscar su bien...

--No os ofendáis, señor, no os hago ningún reproche: ¡ojalá todos puedan imitaros! Pero yo no os pido imposibles, y no os ofendáis si os digo que vuestro corazón os engaña. Amabais á vuestra patria porque vuestro padre así os lo ha enseñado; la amabais porque en ella teníais amor, fortuna, juventud, porque todo os sonreía, vuestra patria no os había hecho ninguna injusticia; la amabais como amamos todo aquello que nos hace felices. Pero el día en que os veais pobre, hambriento, perseguido, delatado y vendido por vuestros mismos compatriotas, ese día renegaréis de vos, de vuestra patria y de todos.

--Vuestras palabras me lastiman,--dijo Ibarra resentido.

Elías bajó la cabeza, meditó y repuso:

--Yo quiero desengañaros, señor, y evitaros un triste porvenir. Acordaos de aquella vez cuando yo os hablaba en esta misma banca y á la luz de esta misma luna, hará un mes, días más días menos: entonces erais feliz. La súplica de los desgraciados no llegaba hasta vos: desdeñasteis sus quejas porque eran quejas de criminales; disteis más oídos á sus enemigos y, á pesar de mis razones y ruegos, os pusisteis del lado de sus opresores, y de vos dependía entonces el que yo me convirtiese en criminal ó me dejase matar para cumplir una palabra sagrada. Dios no lo ha permitido porque el anciano jefe de los malhechores ha muerto... ¡Ha pasado un mes y ahora pensáis de otra manera!

--Tenéis razón, Elías, pero el hombre es un animal de circunstancias: entonces estaba cegado, disgustado, ¿qué sé yo? Ahora la desgracia me ha arrancado la venda; la soledad y la miseria de mi prisión me han enseñado; ahora veo el horrible cáncer que roe á esta sociedad, que se agarra á sus carnes y que pide una violenta extirpación. ¡Ellos me han abierto los ojos, me han hecho ver la llaga y me fuerzan á ser criminal! Y pues que lo han querido, seré filibustero, pero verdadero filibustero; llamaré á todos los desgraciados, á todos los que dentro del pecho sienten latir un corazón, á esos que os enviaban á mí... ¡no, no seré criminal, nunca lo es el que lucha por su patria, al contrario! Nosotros, durante tres siglos, les tendemos la mano, les pedimos amor, ansiamos llamarlos nuestros hermanos, ¿cómo nos contestan? Con el insulto y la burla, negándonos hasta la cualidad de seres humanos. ¡No hay Dios, no hay esperanzas, no hay humanidad; no hay más que el derecho de la fuerza!

Ibarra estaba nervioso; todo su cuerpo temblaba.

Pasaron por delante del palacio del General y creyeron notar movimiento y agitación en los guardias.

--¿Se habrá descubierto la fuga?--murmuró Elías.--Acostaos, señor, para que os cubra con el zacate, pues pasaremos al lado del Polvorista, y al centinela puede chocarle el que seamos dos.

La banca era una de esas finas y estrechas canoas que no bogan sino que resbalan por encima del agua.

Como Elías había previsto, el centinela le paró y le preguntó de dónde venía.

--De Manila, de dar zacate á los oidores y curas,--contestó imitando el acento de los de Pandakan.

Un sargento salió y enteróse de lo que pasaba.

--¡Sulung!--díjole éste;--te advierto que no recibas en la banca á nadie; un preso acaba de escaparse. Si le capturas y me lo entregas te daré una buena propina.

--Está bien, señor; ¿qué señas tiene?

--Va de levita y habla español; con que ¡cuidao!

La banca se alejó. Elías volvió la cara y vió la silueta del centinela, de pie junto á la orilla.

--Perderemos algunos minutos de tiempo,--dijo en voz baja;--debemos entrar en el río Beata para simular que soy de Peña Francia. Veréis el río que cantó Francisco Baltasar.

El pueblo dormía á la luz de la luna. Crisóstomo se levantó para admirar la paz sepulcral de la naturaleza. El río era estrecho y sus orillas formaban llano, sembrado de zacate.

Elías arrojó su carga en la orilla, cogió una larga caña y sacó debajo de la hierba algunos vacíos bayones ó sacos hechos de hoja de palmera. Siguieron navegando.

--Sois dueño de vuestra voluntad, señor, y de vuestro porvenir,--dijo á Crisóstomo que se mantenía silencioso.--Pero si me permitís una observación, os diré: Mirad bien lo que vais á hacer, vais á encender la guerra, pues tenéis dinero, cabeza y encontraréis pronto muchos brazos, fatalmente hay muchos descontentos. Mas, en esta lucha que vais á emprender, los que más sufrirán son los indefensos é inocentes. Los mismos sentimientos que hace un mes, hacían que me dirigiese á vos pidiendo reformas, son también los que me mueven ahora á deciros que meditéis. El país, señor, no piensa separarse de la madre patria; no pide más que un poco de libertad, de justicia y de amor. Os secundarán los descontentos, los criminales, los desesperados, pero el pueblo se abstendrá. Os equivocáis, si, viendo todo obscuro, creéis que el país está desesperado. El país sufre, sí, pero aún espera, cree, y sólo se levantará cuando haya perdido la paciencia, esto es, cuando lo quieran los que gobiernan, lo cual aún está lejos. Yo mismo no os seguiría; jamás acudiré á esos remedios extremos mientras vea esperanza en los hombres.

--¡Entonces iré sin vos!--repuso Crisóstomo resuelto.

--¿Es vuestra firme decisión?

--¡Firme y única, testigo la memoria de mi padre! Yo no me dejo arrancar impunemente paz y felicidad, yo que sólo he deseado el bien, yo que todo lo he respetado y sufrido por amor á una religión hipócrita, por amor á una patria. ¿Cómo me han correspondido? Hundiéndome en un calabozo infame y prostituyendo á mi futura esposa. ¡No, no vengarme sería un crimen, sería animarlos á nuevas injusticias! ¡No, fuera cobardía, pusilanimidad, gemir y llorar cuando hay sangre y vida, cuando al insulto y al reto se une el escarnio! ¡Yo llamaré á ese pueblo ignorante, le haré ver su miseria; que no piense en hermanos; sólo hay lobos que se devoran, y les diré que contra esta opresión se levanta y protesta el eterno derecho del hombre para conquistar su libertad!

--¡El pueblo inocente sufrirá!

--¡Mejor! ¿Podéis conducirme hasta la montaña?

--¡Hasta que estéis en seguridad!--contestó Elías.

Salieron de nuevo al Pásig. Hablaban de cuando en cuando de cosas indiferentes.

--¡Santa Ana!--murmuró Ibarra;--¿conoceréis esta casa?

Pasaban delante de la casa de campo de los jesuítas.

--¡Allí pasé yo muchos días felices y alegres!--suspiró Elías.--En mi tiempo veníamos cada mes... entonces era yo como los otros: tenía fortuna, familia, soñaba y vislumbraba un porvenir. En esos días veía á mi hermana en el vecino colegio; me regalaba una labor de sus manos... la acompañaba una amiga, una bella joven. Todo ha pasado como un sueño.

Permanecieron silenciosos hasta llegar á Malapad-na-bató [174]. Los que de noche han surcado alguna vez el Pásig, en una de esas noches mágicas que Filipinas ofrece, cuando la luna derrama desde el límpido azul melancólica poesía: cuando las sombras ocultan la miseria de los hombres y el silencio apaga los mezquinos acentos de su voz; cuando sólo habla la Naturaleza, esos comprenderán lo que meditaban ambos jóvenes.

En Malapad-na-bató, el carabinero tenía sueño, y, viendo que la banca estaba vacía y no ofrecía botín alguno que coger según la tradicional costumbre de su cuerpo y uso de aquel puesto, dejóles pasar fácilmente.

El guardia civil de Pásig tampoco sospechaba nada, y no fueron molestados.

Comenzaba á amanecer cuando llegaron al lago, manso y tranquilo como un gigantesco espejo. La luna palidecía y el Oriente se teñía con rosadas tintas. A cierta distancia columbraron una masa gris que avanzaba poco á poco.

--La falúa viene,--murmura Elías;--acostaos y os cubriré con estos sacos.

Las formas de la embarcación se hacían más claras y perceptibles.

--Se pone entre la orilla y nosotros,--observa Elías inquieto.

Y varió poco á poco la dirección de su banca, remando hacia Binangonan. Con gran estupor notó que la falúa cambiaba también de dirección, mientras una voz le llamaba.

Elías detúvose y reflexionó. La orilla estaba aún lejos y pronto estarían al alcance de los fusiles de la falúa. Pensó volver al Pásig: su banca era más veloz que aquella. Pero ¡fatalidad! otra banca venía del Pásig, y se veían brillar los capacetes y bayonetas de los guardias civiles.

--¡Estamos cogidos!--murmuró palideciendo.

Miróse sus robustos brazos y tomando la única resolución que quedaba, principió á remar con todas sus fuerzas hacia la Isla de Talim. Entretanto, se asomaba el sol.

La banca se deslizaba rápidamente; Elías vió sobre la falúa, que viraba, algunos hombres de pie haciéndole señas.

--¿Sabéis guiar una banca?--preguntó á Ibarra.

--Sí; ¿por qué?

--Porque estamos perdidos si no salto al agua y les hago perder la pista. Ellos me perseguirán, yo nado y buceo bien... yo los alejaré de vos, y después procuráis salvaros.

--¡No; quedaos y vendamos caras nuestras vidas!

--Inútil, no tenemos armas, y con sus fusiles nos matarán como á pajaritos.

En aquel momento se oyó un chiss en el agua como la caída de un cuerpo caliente, seguido inmediatamente de una detonación.

--¿Veis?--dijo Elías poniendo el remo en la banca.--Nos veremos en la Nochebuena en la tumba de vuestro abuelo. ¡Salvaos!

--Y ¿vos?

--Dios me ha sacado de mayores peligros.

Elías se quitó la camisa; una bala la rasgó de sus manos, y dos detonaciones se dejaron oir. Sin turbarse, estrechó la mano de Ibarra, que continuaba tendido en el fondo de la banca; se levantó y saltó al agua, empujando con el pie la pequeña embarcación.

Oyéronse varios gritos, y pronto á alguna distancia apareció la cabeza del joven como para respirar, ocultándose al instante.

--¡Allá, allá está!--gritaron varias voces y silbaron de nuevo las balas.

La falúa y la banca pusiéronse en su persecución: una ligera estela señalaba su paso, alejándose cada vez más de la banca de Ibarra, que bogaba como si estuviese abandonada. Cada vez que el nadador sacaba la cabeza para respirar, disparaban sobre él guardias civiles y falueros.

La caza duraba; la banquilla de Ibarra estaba lejos, el nadador se aproximaba á la orilla, distantes unas cincuenta brazas. Los remeros estaban ya cansados, pero Elías lo estaba también, pues sacaba la cabeza á menudo y cada vez en distinta dirección, como para desconcertar á sus perseguidores. Ya no señalaba la traidora estela el paso del buzo. Por última vez le vieron cerca de la orilla á unas diez brazas, hicieron fuego... después pasaron minutos y minutos; nada volvió á aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.

Media hora después, un remero pretendía descubrir en el agua, cerca de la orilla, señales de sangre, pero sus compañeros sacudían la cabeza con un aire que tanto quería decir sí como no.

LXII

EL PADRE DÁMASO SE EXPLICA

En vano se amontonan sobre una mesa los preciosos regalos de boda; ni los brillantes en sus estuches de terciopelo azul, ni los bordados de piña, ni las piezas de seda atraen las miradas de María Clara. La joven mira, sin ver ni leer, el periódico que da cuenta de la muerte de Ibarra, ahogado en el lago.

De repente siente que dos manos se posan sobre sus ojos, la sujetan, y una voz alegre, la del padre Dámaso, le dice:

--¿Quién soy? ¿quién soy?

María Clara salta de su asiento y le mira con terror.

--Tontica, ¿has tenido miedo, eh? ¿No me esperabas, eh? Pues he venido de provincias para asistir á tu casamiento.

Y acercándose con una sonrisa de satisfacción, le tendió la mano para que se la besara. María Clara se inclinó temblorosa y la llevó con respeto á sus labios.

--¿Qué tienes, María?--preguntó el franciscano, perdiendo su sonrisa alegre y llenándose de inquietud;--tu mano está fría, palideces... ¿estás enferma, hijita?

Y el padre Dámaso la atrajo á sí con una ternura de la que no se le hubiera creído capaz, cogió ambas manos de la joven y la interrogó con la mirada.

--¿No tienes ya confianza en tu padrino?--preguntó en tono de reproche;--vamos, siéntate aquí y cuéntame tus disgustillos, como lo hacías conmigo de niña, cuando deseabas velas para hacer muñecas de cera. Ya sabes que te he querido siempre... nunca te he reñido...

La voz del padre Dámaso dejaba de ser brusca y llegaba á tener modulaciones cariñosas. María Clara empezó á llorar.

--¿Lloras, hija mía? ¿por qué lloras? ¿Has reñido con Linares?

María Clara se tapó los oídos.

--¡Nada de él... ahora!--gritó la joven.

Padre Dámaso la miró lleno de asombro.

--¿No quieres confiarme tus secretos? ¿No he procurado siempre satisfacer tus más pequeños caprichos?

La joven levantó hacia él sus ojos llenos de lágrimas, le miró algún rato, y volvió á llorar amargamente.

--¡No llores así, hija mía, que tus lágrimas me hacen daño! ¡Cuéntame tus penas; verás cómo tu padrino te ama!

María Clara se le acercó lentamente, cayó de rodillas á sus pies y levantando su semblante, bañado en llanto, le dijo en voz baja, apenas perceptible:

--¿Me ama usted aún?

--¡Niña!

--¡Entonces... proteja usted á mi padre y rompa mi casamiento!

Y la joven le refirió su última entrevista con Ibarra, ocultando el secreto de su nacimiento.

El padre Dámaso apenas podía creer lo que oía.

--Mientras él vivía,--continuó la joven,--pensaba luchar, esperaba, confiaba. Quería vivir para oir hablar de él... pero ahora que le han muerto, ahora no hay razón para que viva y sufra.

Esto lo dijo ella lentamente, en voz baja, con calma, sin lágrimas.

--Pero, tonta, ¿no es Linares mil veces mejor que?...

--Cuando él vivía, podía yo casarme... pensaba huir después... ¡mi padre no quiere más que el parentesco! Ahora que él está muerto, ningún otro me llamará su esposa... Cuando él vivía, podía yo envilecerme, quedábame el consuelo de saber que él existía y quizás pensaría en mí; ahora que él está muerto... el convento ó la tumba.

El acento de la joven tenía una firmeza tal, que el padre Dámaso perdió su aire alegre y se puso muy pensativo.

--¿Le amabas tanto?--preguntó balbuceando.

María Clara no respondió. Fray Dámaso inclinó la cabeza sobre el pecho y se quedó silencioso.