Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 32
--¡Pues, debías haberle conocido!
--Pero, Tinchang, ¡si era la primera vez que le veía, que oía hablar de él!
--¡Pues debías haberle visto antes, oído hablar de él! ¡Para eso eres hombre, llevas pantalones y lees El Diario de Manila!--contestó impertérrita la esposa, lanzándole una terrible mirada.
Capitán Tinong no supo qué replicar.
Capitana Tinchang, no contenta con esta victoria, quiso anonadarle, y acercándose con los puños cerrados:
--¿Para eso he estado trabajando años y años, economizando, para que tú con tu torpeza eches á perder el fruto de mis fatigas?--le increpó.--Ahora vendrán á llevarte desterrado, nos despojarán de nuestros bienes, como á la mujer de... ¡Oh, si yo fuese hombre...!
Y viendo que su marido bajaba la cabeza, empezó de nuevo á sollozar, pero siempre repitiendo:
--¡Ay, si yo fuese hombre, si yo fuese hombre!
--Y si fueses tú hombre,--preguntó al fin picado el marido,--¿qué harías?
--¿Qué? pues... pues... pues hoy mismo me presentaría al Capitán general, para ofrecerme á pelear contra los alzados, ¡ahora mismo!
--Pero ¿no has leído lo que dice el Diario? ¡Lee! «La traición infame y bastarda ha sido reprimida con energía, fuerza y vigor, y pronto los rebeldes enemigos de la patria y sus cómplices sentirán todo el peso y la severidad de las leyes...» ¿ves? ya no hay alzamiento.
--No importa, debes presentarte como lo han hecho el 72, y se han salvado.
--¡Sí! también lo ha hecho el padre Burg...
Pero no pudo concluir la palabra; la mujer corriendo le tapó la boca..
--¡Dale! ¡pronuncia ese nombre para que mañana mismo te ahorquen en Bagumbayan! ¿No sabes que basta pronunciarlo para ser sentenciado sin formación de causa? ¡Jale! ¡dilo!
Capitán Tinong, por más que hubiese querido obedecerla, no habría podido: con ambas manos le tapaba la boca su mujer, oprimiendo su cabecita contra el espaldar del sillón, y acaso el pobre hombre se hubiera muerto asfixiado si un nuevo personaje no hubiese intervenido.
Este era el primo don Primitivo, que sabía de memoria el Amat, un hombre de unos cuarenta años, pulcramente vestido, panzudo y algo regordete.
--Quid video?--exclamó al entrar;--¿qué pasa? Quare? [158]
--¡Ay, primo!--dijo la mujer corriendo llorosa hacia él;--te he hecho llamar, pues no sé qué va á ser de nosotras... ¿qué nos aconsejas? ¡Habla, tú que has estudiado latín y sabes argumentos...
--Pero antes quid quaeritis? Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu; nihil volitum quin praecognitum [159].
Y se sentó pausadamente. Cual si las frases latinas hubiesen poseído una virtud tranquilizadora, cesaron de llorar ambos cónyuges y se le acercaron esperando de sus labios el consejo, como un tiempo los griegos ante la frase salvadora del oráculo que los iba á librar de los persas invasores.
--¿Por qué lloráis? Ubinam gentium sumus? [160]
--Tú sabes ya la noticia del levantamiento...
--Alzamentum Ibarrae ab alferesio Guardiae civilis destructum? Et nunc? [161] Y ¿qué? ¿Os debe algo don Crisóstomo?
--No, pero sabes tú, Tinong le ha convidado á comer, le ha saludado en el Puente de España... ¡á la luz del día! ¡Van á decir que es amigo suyo!
--¿Amigo?--exclamó sorprendido el latino levantándose;--amice, amicus Plato sed magis amica veritas! ¡Dime con quién andas y te diré quién eres! Malum est negotium et est timendum rerum istarum horrendissimum resultatum! Hmmm! [162]
Capitán Tinong se puso espantosamente pálido al oir tantas palabras en um; este sonido le presagiaba mal. Su esposa juntó las manos suplicantes y dijo:
--Primo, no nos hables ahora en latín; ya sabes que no somos filósofos como tú; háblanos en tagalo ó castellano, pero danos un consejo.
--Lástima que no entendáis latín, prima: las verdades latinas son mentiras tagalas, por ejemplo, contra principia negantem fustibus est argüendum, [163] en latín es una verdad como el Arca de Noé; lo puse una vez en práctica en tagalo, y fuí yo el apaleado. Por esto, es una lástima que no sepáis latín; en latín todo se podría arreglar.
--Sabemos también muchos oremus, parcenobis y Agnus Dei Catolis [164] pero ahora no nos entenderíamos. ¡Dale un argumento á Tinong para que no le ahorquen!
--¡Has hecho mal, muy mal, primo, en trabar amistad con ese joven!--repuso el latino.--Los justos pagan por los pecadores; por poco te aconsejaba que hicieras tu testamento... Vae illis! Ubi est ignis! Similis simili gaudet; atqui Ibarra ahorcatur, ergo ahorcaberis [165]...
Y movía la cabeza de un lado á otro, disgustado.
--¡Saturnino, qué te pasa!--grita capitana Tinchang, llena de terror;--¡ay, Dios mío! ¡Se ha muerto! ¡Un médico! ¡Tinong, Tinongoy!
Acuden las dos hijas y empiezan las tres á lamentarse.
--¡No es más que un desmayo, prima, un desmayo! Yo más me hubiera alegrado que... que... pero desgraciadamente no es más que un desmayo. Non timeo mortem in catre sed super espaldonem Bagumbayanis. [166] ¡Traed agua!
--¡No te mueras!--lloraba la mujer,--¡no te mueras que vendrán á prenderte! ¡Ay, si te mueres y vienen los soldados, ¡ay! ¡ay!
El primo le roció la cara con agua, y el infeliz volvió en sí.
--¡Vamos, no llorar! Inveni remedium, encontré el remedio. Trasportémosle á su cama; ¡vamos! ¡valor! que aquí estoy con vosotros y toda la sabiduría de los antiguos... Que llamen á un doctor;--y ahora mismo, prima, vas al Capitán general y le llevas un regalo, una cadena de oro, un anillo... Dadivae quebrantant peñas; dices que es regalo de Pascua. Cerrad las ventanas, las puertas, y á cualquiera que pregunte por mi primo que se le diga que está gravemente enfermo. Entretanto quemo todas las cartas, papeles y libros para que no puedan encontrar nada, como ha hecho don Crisóstomo. Scripti testes sunt! Quod medicamenta non sanant, ferrum sanat, quod ferrum non sanat, ignis sanat [167].
--¡Sí, toma, primo; quémalo todo!--dijo capitana Tinchang;--aquí están las llaves, aquí las cartas de capitán Tiago, ¡quémalas! Que no quede ningún periódico de Europa, que son muy peligrosos. Aquí están estos The Times que yo conservaba para envolver jabones y ropas. Aquí están los libros.
--Vete al Capitán general, prima,--dijo don Primitivo;--déjame solo. In extremis extrema [168]. Dame el poder de un director romano y verás cómo salvo la pat... digo, al primo.
Y empezó á dar órdenes y más órdenes, á revolver estantes, rasgar papeles, libros, cartas, etc. Pronto ardió una hoguera en la cocina; partieron con hacha viejas escopetas; arrojaron al excusado herrumbrosos revólvers; la criada que quería conservar el cañón de uno para soplador, recibió un réspice.
--Conservare etiam sperasti, perfida? [169] ¡Al fuego!
Y continuó su auto de fe.
Vió un viejo tomo en pergamino y leyó el titulo:
--«Revoluciones de los globos celestes por Copérnico», pfui! Ite, maledicti, in ignem kalanis [170],--exclamó arrojándolo á la llama.--¡Revoluciones y Copérnico! ¡Crimen sobre crimen! Si no llego á tiempo... «La libertad en Filipinas.» ¡Tatatá! ¡qué libros! ¡Al fuego!
Y se quemaron libros inocentes, escritos por autores simples. Ni el mismo «Capitán Juan,» obrita cándida, consiguió librarse. Primo Primitivo tenía razón: los justos pagan por los pecadores.
Cuatro ó cinco horas más tarde, en una tertulia de pretensiones en Intramuros se comentaban los acontecimientos del día. Eran muchas viejas y solteronas casaderas, mujeres ó hijas de empleados, vestidas de bata, abanicándose y bostezando. Entre los hombres, que, al igual de las mujeres, delataban en sus facciones su instrucción y origen, había un señor de edad, pequeñito y manco, á quien trataban con mucha consideración y que guardaba con respecto á los demás un desdeñoso silencio.
--A la verdad que antes no podía sufrir á los frailes y guardias civiles por lo mal educados que son,--decía una señora gruesa;--pero ahora que veo su utilidad y servicios, casi me casaría gustosa con cualquiera de ellos. Yo soy patriota.
--¡Lo mismo digo!--añadió una flaca;--¡qué lástima que no tengamos al anterior gobernador: aquél dejaría el país limpio como una patena!
--¡Y se acabaría la ralea de filibusterillos!
--¿No dicen que quedan muchas islas por poblar? ¿Por qué no deportan allá á tantos indios chiflados? A ser yo el Capitán general...
--Señoras,--dijo el manco:--el Capitán general sabe su deber; según he oído, está muy irritado, pues habían colmado de favores á ese Ibarra.
--¡Colmado de favores!--repetía la flaca, abanicándose furiosa;--¡miren ustedes lo ingratos que son estos indios! ¿Se los puede tratar acaso como personas? ¡Jesús!
--Y ¿saben ustedes lo que he oído?--preguntaba un militar.
--¡A ver!--¿Qué es? ¿Qué dicen?
--Personas fidedignas--dijo el manco en medio del mayor silencio--aseguran que todo aquel ruido de levantar una escuela era puro cuento.
--¡Jesús! ¿ustedes han visto?--exclamaron ellas creyendo ya en el cuento.
--La escuela era un pretexto; lo que quería levantar era un fuerte, desde donde poderse bien defender cuando vayamos á atacarle...
--¡Jesús! ¡qué infamia! Sólo un indio es capaz de tener tan cobardes pensamientos,--exclamaba la gorda.--Si fuera yo el Capitán general, ya verían... ya verían...
--¡Lo mismo digo!--exclamaba la flaca dirigiéndose al manco.--¡Prendía á todo abogadillo, cleriguilo, comerciante, y sin formación de causa, desterrados ó bajo partida de registro! ¡El mal arrancarlo de raíz!
--¡Pues se dice que el filibustero ese es hijo de españoles!--observó el manco sin mirar á nadie.
--¡Ah, ya!--exclama impertérrita la gorda;--¡siempre iban á ser los criollos! ¡ningún indio entiende de revolución! ¡Cría cuervos... cría cuervos!...
--¿Saben ustedes lo que he oído decir?--pregunta una criolla que así corta la conversación.--La mujer de capitán Tinong... ¿se acuerdan ustedes? aquel en cuya casa bailamos y cenamos en la fiesta de Tondo...
--¿Aquel que tiene dos hijas? y ¿qué?
--Pues la mujer acaba de regalar esta tarde al Capitán general ¡un anillo de mil pesos de valor!
El manco se vuelve.
--¿De veras? y ¿por qué?--pregunta con ojos brillantes.
--La mujer decía, como regalo de Pascua...
--¡La Pascua no viene dentro de un mes!
--Temerá que le venga el chaparrón encima...--observa la gorda.
--Y se pone á cubierto,--añade la flaca.
--¡Satisfacción no reclamada, culpa confesada!
--En eso pensaba yo; usted ha puesto el dedo en la llaga.
--Es menester ver bien eso,--observa pensativo el manco;--me temo que allí haya gato encerrado.
--¡Gato encerrado, eso! eso iba yo á decir,--repite la flaca.
--Y yo,--dice otra arrebatándole la palabra;--la mujer de capitán Tinong es muy avara... aún no nos ha enviado ningún regalo y eso que hemos estado en su casa. Con que cuando una agarrada y codiciosa suelta un regalito de mil pesitos...
--Pero ¿es cierto eso?--preguntó el manco.
--¡Y tanto! ¡y tan cierto! se lo ha dicho á mi prima su novio, el ayudante de S. E. Y estoy por creer que es el mismo anillo que llevaba puesto la mayor el día de la fiesta. ¡Va siempre llena de brillantes!
--¡Un escaparate andando!
--¡Una manera de hacer reclamo como otra cualquiera! En lugar de comprar un figurín ó pagar una tienda...
El manco abandonó la tertulia dando un pretexto.
Y dos horas después, cuando ya todos dormían, varios vecinos de Tondo recibieron una invitación por medio de soldados... La Autoridad no podía consentir que ciertas personas de posición y propiedades durmiesen en casas tan mal guardadas y poco refrescadas: en la Fuerza de Santiago y otros edificios del gobierno el sueño sería más tranquilo y reparador. Entre estas personas favorecidas estaba incluído el infeliz capitán Tinong.
LX
MARÍA CLARA SE CASA
Capitán Tiago está muy contento. En toda esta terrible temporada nadie se ha ocupado de él: no le han preso, no le han sometido á incomunicaciones, interrogatorios, máquinas eléctricas, pediluvios continuos en habitaciones subterráneas, y otras picardías más, que conocen bien ciertos personajes que se llaman á sí mismos civilizados. Sus amigos, es decir, los que lo fueron (porque el hombre ya renegó de sus amigos filipinos, desde el instante en que fueron sospechosos para el gobierno) han vuelto también á sus casas, después de algunos días de vacaciones en los edificios del Estado. El Capitán general mismo había ordenado que se los echase de sus posesiones, no juzgándolos bastante dignos para que pudiesen permanecer en ellas, con gran disgusto del manco, que quería celebrar las próximas Pascuas en su abundante y rica compañía.
Capitán Tinong volvió á su casa enfermo, pálido, hinchado,--la excursión no le había probado bien,--y tan cambiado que no dice una palabra, ni saluda á su familia que llora, ríe, habla y se vuelve loca de contento. El pobre hombre ya no sale de casa por no correr el peligro de saludar á un filibustero. El mismo primo Primitivo, con toda la sabiduría de los antiguos, no le podía sacar de su mutismo.
--Crede, prime,--le decía:--si no llego á quemar todos tus papeles, te aprietan el cuello; pero si quemo toda la casa, no te tocan ni el pelo. Pero quod eventum, eventum; Gratias agamus Domino Deo quia non in Marianis Insulis es, camotes seminando [171].
Historias parecidas á las de capitán Tinong no las ignoraba capitán Tiago. El hombre rebosaba de gratitud, sin saber á punto fijo á quién deber tan señalados favores. Tía Isabel atribuía el milagro á la Virgen de Antipolo, á la Virgen del Rosario, ó por lo menos á la Virgen del Carmen, y cuando menos, cuando menos, es lo menos que ella puede conceder, á Nuestra Señora de la Correa: según ella, el milagro no podía escapar de allí. Capitán Tiago no negaba el milagro, pero añadía:
--Lo creo, Isabel, pero no lo habrá hecho la Virgen de Antipolo sola; mis amigos habrán ayudado, mi futuro yerno, el señor Linares, que, ya sabes, embroma al mismo señor Antonio Cánovas, aquel cuyo retrato nos trae la ilustración, aquel que no se digna enseñar á la gente más que media cara.
Y el buen hombre no podía reprimir una sonrisa de satisfacción cada vez que oía una importante noticia acerca de los acontecimientos. Y no había para menos. Se cuchicheaba por lo bajo que Ibarra sería ahorcado; que si bien faltaban muchas pruebas para condenarle, últimamente había aparecido una que confirmaba la acusación; que los peritos habían declarado que, en efecto, las obras de la escuela podían pasar por un baluarte, una fortificación, si bien algo defectuosa como no se podía menos de esperar de los indios ignorantes. Estos rumores le tranquilizaban y le hacían sonreir.
De igual manera que capitán Tiago y su prima divergían en sus opiniones, los amigos de la familia se dividían también en dos partidos: uno milagrero y otro gubernamental, aunque este último era insignificante. Los milagreros estaban subdivididos: el sacristán mayor de Binondo, la vendedora de velas y el jefe de una cofradía veían la mano de Dios, movida por la Virgen del Rosario; el chino cerero--su proveedor cuando va á Antipolo--decía abanicándose y agitando la pierna:
--No siya osti gongong; ¡Míligen li Antipulo esi! Esi pueli más con tolo; no siya osti gongong [172].
Capitán Tiago tenía en mucha estima al chino, que se hacía pasar por profeta, médico, etc. Examinando la palma de la mano de su difunta esposa, en el sexto mes de embarazo, había pronosticado:
--¡Si esi no hómele y no pactaylo, mujé juete-juete! [173]
Y María Ciara vino al mundo para cumplir la profecía del infiel.
Capitán Tiago, pues, hombre prudente y temeroso, no podía decidirse tan fácilmente como el troyano Paris; no podía dar así así la preferencia á una de las dos Vírgenes por temor de ofender á la otra, lo cual podría acarrear graves consecuencias.--«¡Prudencia!--se decía á sí mismo;--no vayamos ahora á echarlo á perder.»
En estas dudas se hallaba cuando el partido gubernamental llegó: doña Victorina, don Tiburcio y Linares.
Doña Victorina habló por los tres varones y por ella misma, mencionó las visitas de Linares al Capitán General, é insinuó repetidas veces la conveniencia de un pariente de categoría.
--¡Na!--concluía,--como ezimoz: el que á buena zombra ze cobija, buen palo ze le arrima.
--¡A... a... al revés, mujer!--corrigió el doctor.
Desde hace días pretende ella andaluzarse con suprimir la d y poner z por s, y esta idea no había quien se la quitase de la cabeza; primero se dejaba arrancar los rizos postizos.
--¡Zí!--añadía hablando de Ibarra;--eze lo tenía muy merezío; yo ya lo ije cuano le vi la primera vez: ezte ez un filibuztero. ¿Qué te ijo á tí, primo, el general? ¿Qué le haz icho, qué noticiaz le izte e Ibarra?
Y viendo que el primo tardaba en contestar, prosiguió, dirigiéndose á capitán Tiago:
--Créame uzté, zi le conenan á muelte, como ez e ezperar, zerá por mi primo.
--¡Señora! ¡señora!--protestó Linares.
Pero ella no le dió tiempo.
--¡Ay que iplomático te haz güerto! Zabemos que erez el conzejero del general, que no puee vivir zin tí... ¡Ah, Clarita, qué placer e verte!
María Clara aparecía pálida aún, aunque ya bastante repuesta de su enfermedad. La larga cabellera iba recogida por una cinta de seda de un ligero azul. Saludó tímidamente, sonriendo con tristeza, y se acercó á doña Victorina para el beso de ceremonia.
Después de las frases de costumbre, prosiguió la pseudoandaluza:
--Venimoz á vizitaroz; oz habeiz zalbao graciaz á vuestraz relacionez!--y miró significativamente á Linares.
--¡Dios ha protegido á mi padre!--contestó en voz baja la joven.
--Zí, Clarita, pero el tiempo e loz milagros ya ha pazao: nozotroz loz españolez ecimoz: «Dezconfía e la virgen y échate á corré».
--¡A... a... al revés!
Capitán Tiago, que hasta entonces no había encontrado tiempo para hablar, se atrevió á preguntar, poniendo mucha mucha atención á la respuesta:
--¿De modo que usted, doña Victorina, cree que la Virgen?...
--Venimoz precizamente á hablar con uzté e la virgen,--contestó ella misteriosamente señalando á María Clara;--tenemoz que hablar e negocioz.
La joven comprendió que debía retirarse; buscó un pretexto y se alejó, apoyándose en los muebles.
Lo que en esta conferencia se dijo y se habló es tan bajo y tan mezquino, que preferimos no referirlo. Baste decir que cuando se despidieron, estaban todos alegres, y que después capitán Tiago decía á tía Isabel:
--¡Avisa á la fonda que mañana damos una fiesta! Vete preparando á María, que la casamos dentro de poco.
Tía Isabel la miró espantada.
--¡Ya lo verás! Cuando el señor Linares sea nuestro yerno, subiremos y bajaremos todos los palacios; nos tendrán envidia, se morirán todos de envidia!
Y así fué como á las ocho de la noche del siguiente día estaba llena otra vez la casa de capitán Tiago, sólo que ahora sus invitados son únicamente españolas y chinos; el bello sexo está representado por españolas, peninsulares y filipinas.
Allí están la mayor parte de nuestros conocidos: el padre Sibyla, el padre Salví entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente de la guardia civil, señor Guevara, más sombrío que antes; el alférez que cuenta por la milésima vez su batalla, mirando por encima de sus hombros á todos, creyéndose un don Juan de Austria; ahora es teniente con grado de comandante; de Espadaña que le mira con respeto y temor y le esquiva sus miradas, y doña Victorina despechada. Linares no había llegado aún, pues, como personaje importante, debía llegar más tarde que los otros: hay seres tan cándidos que con una hora de atraso en todo se quedan grandes hombres.
En el grupo de las mujeres era María Clara el objeto de la murmuración: la joven las había saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder su aire de tristeza.
--¡Pst!--decía una joven;--orgullosita...
--Bonitilla,--contestaba otra;--pero él podía haber escogido otra que tuviese menos cara de tonta.
--El oro, chica; el buen mozo se vende.
En otra parte se decía:
--¡Casarse cuando el primer novio está para ser ahorcado!
--A eso llamo yo ser prudente: tener á mano un sustituto.
--Pues cuando enviude...
Estas conversaciones las oía quizás la joven, que estaba sentada en una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se la veía temblar, palidecer y morderse varias veces los labios.
En el círculo de los hombres, la conversación era en voz alta, y naturalmente, versaba sobre los últimos acontecimientos. Todos hablaban, hasta don Tiburcio; todos menos el padre Sibyla, que guardaba desdeñoso silencio.
--He oído decir que deja vuestra reverencia el pueblo, padre Salví,--pregunta el nuevo teniente á quien ha hecho más amable su nueva estrella.
--Nada tengo que hacer ya en él; me he de fijar para siempre en Manila... ¿y usted?
--Dejo también el pueblo,--contestó estirándose;--el gobierno me necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias de filibusteros.
Fray Sibyla le mira rápidamente de pies á cabeza y le vuelve las espaldas por completo.
--¿Se sabe ya de cierto qué va á ser del cabecilla, del filibusterillo?--preguntó un empleado.
--¿Habla usted de Crisóstomo Ibarra?--pregunta otro. Lo más probable y más justo es que sea ahorcado como los del setenta y dos.
--¡Va desterrado!--dice secamente el viejo teniente.
--¡Desterrado! ¡Nada más que desterrado! ¡Pero será un destierro perpetuo!--exclaman varios á la vez.
--Si ese joven,--prosiguió el teniente Guevara en voz alta y severa,--hubiese sido más precavido; si hubiera confiado menos en ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de seguro que habría salido absuelto.
Esta declaración del viejo teniente y el tono de su voz produjeron una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qué decir. El padre Salví miró á otra parte, quizás para no ver la mirada sombría que le dirigía el anciano. María Clara dejó caer las flores y se quedó inmóvil. El padre Sibyla, que sabía callar, parecía también que era el único que sabía preguntar.
--¿Habla usted de cartas, señor de Guevara?
--Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo é interés. Fuera de algunas ambiguas líneas, que este joven escribió á una mujer antes de partir para Europa, líneas en que el fiscal vió el proyecto y una amenaza contra el gobierno, y que él reconoció como suyas, no se le podía encontrar por donde acusarle.
--Y ¿la declaración del bandido antes de morir?
--El defensor la anuló, pues, según el bandido mismo, ellos jamás se habían comunicado con el joven, si no sólo con un tal Lucas, que era enemigo suyo según se pudo comprobar, y que se ha suicidado acaso por los remordimientos. Se probó que los papeles encontrados en poder del cadáver eran falsificados, pues la letra era igual á la que tenía el señor Ibarra hace siete años, pero no á la de ahora, lo que hace suponer que el modelo sea esta carta acusadora. Aún más, el defensor decía que si el señor Ibarra no hubiera querido reconocer la carta, mucho se habría podido hacer por él; pero á su vista se puso pálido, perdió el ánimo y ratificó cuanto en ella había escrito.
--Decía usted--preguntó un franciscano--que iba dirigida la carta á una mujer; ¿cómo llegó á manos del fiscal?
El teniente no respondió; miró un momento al padre Salví y se alejó, retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras los otros hacían comentarios.
--¡Ahí se ve la mano de Dios!--decía uno;--hasta las mujeres le tienen odio.
--Hizo quemar su casa creyendo salvarse, pero no contaba con la huéspeda, esto es, con la querida, con la babai, --añadió otro riendo.--¡Está de Dios! ¡Santiago cierra España!
Entretanto el viejo militar se detuvo en uno de sus paseos y se acercó á María Clara, que escuchaba la conversación inmóvil en su asiento; á sus pies se veían las flores.
--Usted es una joven muy precavida,--le dijo el viejo teniente en voz baja;--ha hecho usted bien en entregar la carta... así se aseguran ustedes un tranquilo porvenir.
Ella le vió alejarse y se estremeció, mordiéndose los labios. Afortunadamente pasó la tía Isabel. María Clara tuvo la fuerza suficiente para cogerla del vestido.
--¡Tía!--murmuró.