Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 31
A la vaga claridad de una bujía se columbraron algunas formas humanas: hombres, abrazados á sus rodillas y ocultando la cabeza entre ellas, acostados boca abajo, de pie, vueltos á la pared, etc. Oyóse un golpear y rechinar, acompañados de juramentos: se abría el cepo.
Doña Consolación estaba medio inclinada hacia adelante, tendidos los músculos del cuello, con los ojos salientes clavados en la entreabierta puerta.
Entre dos soldados salió una figura sombría, Társilo, el hermano de Bruno. En las manos tenía esposas; sus vestidos, desgarrados, descubrían una bien desarrollada musculatura. Sus ojos se fijaron insolentemente en la mujer del alférez.
--Este es el que se defendió con más bravura y mandó huir á sus compañeros,--dijo el alférez al padre Salví.
Detrás vino otro de aspecto desgraciado, lamentándose y llorando como un niño: cojeaba y tenía el pantalón manchado de sangre.
--¡Misericordia, señor, misericordia! ¡No volveré á entrar en el patio!--gritaba.
--Es un tunante,--observó el alférez hablando con el cura;--quiso huir, pero ha sido herido en el muslo. Estos dos son los únicos que tenemos vivos.
--¿Cómo te llamas?--preguntó el alférez á Társilo.
--Társilo Alasigan.
--¿Qué os prometió don Crisóstomo para que atacaseis el cuartel?
--Don Crisóstomo jamás se ha comunicado con nosotros.
--¡No lo niegues! Por eso quisisteis sorprendernos.
--Os equivocáis: matasteis á nuestro padre á palos, le vengamos y nada más. Buscad á vuestros dos compañeros.
El alférez mira al sargento sorprendido.
--Allá están en un despeñadero, allá los arrojamos ayer, allá se pudrirán. Ahora matadme: no sabréis nada más.
Hubo un momento de silencio.
--Nos vas á decir quiénes son tus otros cómplices,--profirió el alférez, blandiendo un bejuco.
Una sonrisa de desprecio asomó á los labios del reo.
El alférez conferenció algunos instantes, en voz baja, con el cura; y volviéndose á los soldados:
--¡Conducidle á donde están los cadáveres!--ordenó.
En un rincón del patio, sobre un carretón viejo están amontonados cinco cadáveres, medio cubiertos por un pedazo de estera rota, llena de inmundicias. Un soldado se pasea de un extremo á otro, escupiendo á cada instante.
--¿Los conoces?--preguntó el alférez, levantando la estera.
Társilo no respondió; vió el cadáver del marido de la loca con otros dos; el de su hermano, acribillado de bayonetazos y el de Lucas, aún con la soga al cuello. Su mirada se volvió sombría y un suspiro pareció escaparse de su pecho.
--¿Los conoces?--le volvieron á preguntar.
Társilo permaneció mudo.
Un silbido rasgó el aire y el bejuco azotó sus espaldas. Estremecióse, sus músculos se contrajeron. Los bejucazos se repitieron, pero Társilo siguió impasible.
--¡Que le den de palos hasta que reviente ó declare!--gritó el alférez exasperado.
--¡Habla ya!--le dice el directorcillo;--de todos modos te matan.
Volvieron á conducirle á la sala donde el otro preso invocaba á los santos, castañeteándole los dientes y doblándosele las piernas.
--¿Le conoces á ese?--preguntó el P. Salví.
--¡Es la primera vez que le veo!--contestó Társilo mirando con cierta compasión al otro.
El alférez le dió un puñetazo y un puntapié.
--¡Atadle al banco!
Sin quitarle las esposas, manchadas de sangre, fué sujetado á un banco de madera. El infeliz miró en derredor suyo como buscando algo y vió á doña Consolación; rióse sardónicamente. Sorprendidos los presentes, le siguieron la mirada y vieron á la señora, que se mordía ligeramente los labios.
--¡No he visto mujer más fea!--exclamó Társilo en medio del silencio general;--prefiero acostarme sobre un banco, como estoy, que al lado de ella, como el alférez.
La Musa palideció.
--Me vais á matar á palos, señor alférez,--continuó;--esta noche me vengará vuestra mujer al abrazaros.
--¡Amordazadle!--gritó el alférez temblando de ira.
Pareció que Társilo sólo deseaba la mordaza, porque, cuando la tuvo, sus ojos lanzaron un rayo de satisfacción.
A una señal del alférez, un guardia, armado de un bejuco, empezó su triste tarea. Todo el cuerpo de Társilo se contrajo; un rugido ahogado, prolongado, se dejó oir á pesar del lienzo que le tapaba la boca; bajó la cabeza: sus ropas se manchaban de sangre.
El P. Salví, pálido, con la mirada extraviada, se levantó trabajosamente, hizo una seña con la mano y dejó la sala con paso vacilante. En la calle vió una joven, apoyada de espaldas contra la pared, rígida, inmóvil, escuchando atenta, mirando al espacio, extendidas las crispadas manos contra el viejo muro. El sol la bañaba de lleno. Contaba, al parecer sin respirar, los golpes secos, sordos y aquel desgarrador gemido. Era la hermana de Társilo.
En la sala continuaba entretanto la escena: el desgraciado, rendido de dolor, enmudeció y aguardó á que sus verdugos se cansasen. Al fin, el soldado jadeante, dejó caer el brazo y el alférez, pálido de ira y asombro, hizo una seña para que le desatasen.
Doña Consolación se levantó entonces y murmuró al oído del marido algunas palabras. Este movió la cabeza en señal de inteligencia.
--¡Al pozo con él!--dijo.
Los filipinos saben lo que esto quiere decir; en tagalo lo traducen por timbaín [154]. No sabemos quién habrá sido el que ha inventado este procedimiento, pero juzgamos que debe ser bastante antiguo. La Verdad, saliendo de un pozo, es quizás su sarcástica interpretación.
En medio del patio del tribunal se levanta el pintoresco brocal de un pozo, hecho groseramente con piedras vivas. Un rústico aparato de caña, en forma de palanca, sirve para sacar agua, viscosa, sucia y de mal olor. Cacharros rotos, basura y otros líquidos se reunían allí, pues aquel pozo era como la cárcel; allí pára cuanto la sociedad desecha ó da por inútil; objeto que dentro caiga, por bueno que haya sido, ya es cosa perdida. Sin embargo, no se cegaba jamás: á veces se condena á los presos á ahondarlo y profundizarlo, no porque se piense sacar de aquel castigo una utilidad, sino por las dificultades que el trabajo ofrece: preso que allí una vez ha descendido, coge una fiebre de la que muere casi siempre.
Társilo contemplaba todos los preparativos de los soldados con mirada fija; estaba muy pálido y sus labios temblaban ó murmuraban una oración. La altivez de su desesperación parecía haber desaparecido ó, cuando menos, debilitado. Varias veces dobló el erguido cuello, y fijó la vista en el suelo, resignado á sufrir.
Lleváronle al lado del brocal, seguido de doña Consolación, que sonreía. Una mirada de envidia lanzó el desventurado hacia el montón de cadáveres y un suspiro se escapó de su pecho.
--¡Habla ya!--volvió á decirle el directorcillo;--de todos modos te ahorcan; al menos muere sin haber sufrido tanto.
--De aquí saldrás para morir,--le dijo un cuadrillero.
Le quitaron la mordaza y le colgaron de los pies. Debía descender de cabeza y permanecer algún tiempo debajo del agua, lo mismo que hacen con el cubo, sólo que al hombre le dejan más tiempo.
El alférez se alejó para buscar un reloj y contar los minutos.
Entre tanto Társilo pendía, su larga cabellera ondeaba al aire; tenía los ojos medio cerrados.
--Si sois cristianos, si tenéis corazón,--murmuró en tono de súplica,--bajadme con rapidez ó haced de modo que mi cabeza choque contra la pared y me muera. Dios os premiará esta buena obra... ¡quizás un día os veáis como yo!
El alférez volvió y presidió el descenso, reloj en mano.
--¡Despacio, despacio!--gritaba doña Consolación siguiendo al infeliz con la vista;--¡cuidado!
La palanca bajaba lentamente, Társilo rozaba contra las piedras salientes y las plantas inmundas que crecían entre las grietas. Después, la palanca cesó de moverse: el alférez contaba los segundos.
--¡Arriba!--mandó secamente al cabo de medio minuto.
El ruido argentino y armonioso de las gotas de agua cayendo sobre el agua anunció la vuelta del reo á la luz. Esta vez, como el peso del balancín era mayor, subió con rapidez. Los pedruscos y guijarros, arrancados de las paredes, caían con estrépito.
Cubiertas de asqueroso cieno la frente y la cabellera, llena la cara de heridas y rozaduras, el cuerpo mojado y goteando, apareció á los ojos de la multitud silenciosa: el viento le hacía estremecerse de frío.
--¿Quieres declarar?--le preguntaron.
--¡Cuida de mi hermana!--murmuró el infeliz mirando suplicante á un cuadrillero.
La palanca de caña rechina de nuevo y el condenado vuelve á desaparecer. Doña Consolación observó que el agua permanecía tranquila. El alférez contó un minuto.
Cuando Társilo volvió á subir, sus facciones estaban contraídas y amoratadas. Dirigió una mirada á los circunstantes y mantuvo abiertos los ojos, inyectados en sangre.
--¿Vas á declarar?--volvió á preguntar con desaliento el alférez.
Társilo movió negativamente la cabeza y volvieron á descenderle. Sus párpados se iban cerrando, sus pupilas seguían mirando al cielo donde flotaban blancas nubes; doblaba el cuello para seguir viendo la luz del día, pero pronto tuvo que hundirse en el agua, y aquel telón infame le ocultó el espectáculo del mundo.
Pasó un minuto; la Musa en observación vió gruesas burbujas de aire que subían á la superficie.
--¡Tiene sed!--dijo riendo.
Y el agua volvió á quedar tranquila.
Esta vez duró un minuto y medio y el alférez hizo una seña.
Las facciones de Társilo ya no estaban contraídas; los entreabiertos párpados hacían ver el fondo blanco del ojo; de la boca salía agua cenagosa con estrías sanguinolentas; el viento frío soplaba, pero su cuerpo ya no se estremecía.
Todos se miraron en silencio, pálidos y consternados. El alférez hizo una seña para que le descolgasen y se alejó pensativo; doña Consolación le aplicó varias veces á las desnudas piernas el botón de fuego de su cigarro, pero el cuerpo no se estremeció y se apagó el fuego.
--¡Se ha asfixiado á sí mismo!--murmuró un cuadrillero;--mirad como se ha vuelto la lengua como queriéndosela tragar.
El otro preso contemplaba la escena temblando y sudando: miraba como un loco á todas partes.
El alférez encargó al directorcillo que le interrogase.
--Señor, señor!--gemía;--¡diré todo lo que vosotros queráis!
--¡Bueno! vamos á ver: ¿cómo te llamas?
--¡Andong [155], señor!
--¿Bernardo... Leonardo... Ricardo... Eduardo... Gerardo... ó qué?
--¡Andong, señor!--repitió el imbécil.
--Póngale usted Bernardo ó lo que sea,--decidió el alférez.
--¿Apellido?
El hombre le miró espantado.
--¿Qué nombre tienes, qué te añaden al nombre Andong?
--¡Ah, señor! ¡Andong Medio tonto, señor!
Los circunstantes no pudieron contener la risa; el mismo alférez detuvo su paseo.
--¿Oficio?
--Podador de cocos, señor, y criado de mi suegra.
--¿Quién os mandó que atacaseis el cuartel?
--¡Nadie, señor!
--¿Cómo nadie? ¡No mientas, que te van á meter en el pozo! ¿Quién os ha mandado? ¡Di la verdad!
--¡La verdad, señor!
--¿Quién?
--¡Quién, señor!
--Te pregunto quién os ha mandado hacer la revolución.
--¿Cuál revolución, señor?
--Eso, porque estabas tú anoche en el patio del cuartel.
--¡Ah, señor!--exclamó ruborizándose Andong.
--¿Quién tiene, pues, la culpa de eso?
--¡Mi suegra, señor!
Una risotada acogió á estas palabras. El alférez se paró y miró con no severos ojos al infeliz, que creyendo que sus palabras habían producido buen efecto, continuó más animado:
--Sí, señor: mi suegra no me da de comer otra cosa más que todo lo podrido é inservible; anoche, cuando vine, me dolió el vientre, vi el patio del cuartel cerca, y me dije: Es de noche, nadie te verá. Entré... y cuando me levantaba, resonaron muchos tiros; yo ataba mis calzones...
Un bejucazo le cortó la palabra.
--¡A la cárcel!--mandó el alférez;--esta tarde ¡á la Cabecera con él!
LVIII
EL MALDITO
Pronto se extendió por el pueblo la noticia de que los presos iban á partir; al principio fué oída con terror, después vinieron los llantos y las lamentaciones.
Las familias de los presos corrían como locas: iban del convento al cuartel, del cuartel al tribunal, y no encontrando en ninguna parte consuelo, llenaban los aires de gritos y gemidos. El cura se había encerrado por estar enfermo; el alférez había aumentado sus guardias, que recibían con la culata á las mujeres suplicantes; el gobernadorcillo, sér inútil, parecía más tonto y más inútil que jamás. Frente á la cárcel, corrían de un extremo á otro las que aún tenían fuerzas; las que no, se sentaban en el suelo, pronunciando los nombres de las personas queridas.
El sol ardía y ninguna de aquellas infelices pensaba retirarse. Doray, la alegre y feliz esposa de don Filipo, vaga desalada, llevando en brazos á su tierno hijo: ambos lloran.
--Retiraos,--le decían;--vuestro hijo va á coger una calentura.
--¿A qué vivir si no ha de tener un padre que le eduque?--contestaba la desconsolada mujer.
--Vuestro marido es inocente; ¡tal vez vuelva!
--¡Sí, cuando ya nos habremos muerto!
Capitana Tinay llora y llama á su hijo Antonio; la valerosa capitana María mira hacia la pequeña reja, detrás de la cual están sus dos gemelos, sus únicos hijos.
Allí estaba la suegra del podador de cocos; ella no llora: se pasea, gesticula con los brazos remangados y arenga al público.
--¿Habéis visto cosa igual? Prender á mi Andong, pegarle un tiro, meterle en el cepo y llevarle á la cabecera, sólo porque... ¿porque tenía nuevos calzones? ¡Esto pide venganza! ¡Los guardias civiles abusan! Juro que, si vuelvo á encontrar á cualquiera de ellos buscando un lugar retirado en mi huerta, como muchas veces ha sucedido, le mutilo, ¡le mutilo! ó si no... ¡que me mutilen!
Pero pocas personas hacían coro á la suegra musulmana.
--De todo esto tiene la culpa don Crisóstomo,--suspira una mujer.
El maestro de escuela vaga también confundido entre la multitud; Ñor Juan no se frota ya las manos, no lleva su plomada ni su metro: el hombre viste de negro, pues ha oído malas noticias, y fiel á su costumbre de ver el porvenir como cosa sucedida, lleva ya luto por la muerte de Ibarra.
A las dos de la tarde un carro descubierto, tirado por dos bueyes, se paró delante del tribunal.
El carro fué rodeado de la multitud, que quería desengancharlo y destrozarlo.
--No hagáis tal,--decía capitana María;--¿queréis que vayan á pie?
Esto detuvo á las familias. Veinte soldados salieron y rodearon el vehículo. Aparecieron después los presos.
El primero fué don Filipo, atado; saludó sonriendo á su esposa; Doray rompió en amargo llanto y costó trabajo á dos guardias impedirle que abrazase á su marido. Antonio, el hijo de capitana Tinay, apareció llorando como un niño, lo que no hizo más que aumentar los gritos de su familia. El imbécil Andong prorrumpió en llanto al ver á su suegra, causa de su desventura. Albino, el exseminarista, estaba también maniatado, lo mismo que los dos gemelos de capitana María. Estos tres jóvenes estaban serios y graves. El último que salió fué Ibarra, suelto, pero conducido entre dos guardias civiles. El joven estaba pálido; buscó una cara amiga.
--¡Ese es el que tiene la culpa!--gritaron muchas voces;--¡ese tiene la culpa y va suelto!
--¡Mi yerno no ha hecho nada y está con esposas!
Ibarra se volvió á sus guardias:
--¡Atadme, pero atadme bien, codo con codo!--dijo.
--¡No tenemos orden!
--¡Atadme!
Los soldados obedecieron.
El alférez apareció á caballo, armado hasta los dientes; seguíanle diez ó quince soldados más.
Cada preso tenía á su familia que rogaba allí por él, lloraba por él y le daba los nombres más cariñosos. Ibarra era el único que no tenía á nadie; el mismo Ñor Juan y el maestro de escuela habían desaparecido.
--¿Qué os han hecho á vos mi marido y mi hijo?--decíale llorando Doray:--¡ved á mi pobre hijo! ¡le habéis privado de su padre!
--¡Tú eres un cobarde!--le gritaba la suegra de Andong.--¡Mientras los otros peleaban por tí, tú te escondías, cobarde!
--¡Maldito seas!--le decía un anciano siguiéndole;--¡maldito el oro amasado por tu familia para turbar nuestra paz! ¡Maldito! ¡Maldito!
--¡Que te ahorquen á tí, hereje!--le gritaba una pariente de Albino,--y sin poderse contener cogió una piedra y se la arrojó.
El ejemplo fué pronto imitado, y sobre el desgraciado joven cayó una lluvia de polvo y piedras.
Ibarra sufrió impasible, sin ira, sin quejarse, la justa venganza de tantos corazones lastimados. Aquella era la despedida, el adiós que le hacía su pueblo, donde tenía todos sus amores. Bajó la cabeza; quizás pensaría en un hombre, azotado por las calles de Manila, en una anciana que caía muerta á la vista de la cabeza de su hijo; quizás la historia de Elías pasaba por delante de sus ojos.
El alférez creyó necesario alejar á la multitud, pero las pedradas y los insultos no cesaron. Una madre tan sólo no vengaba en él sus dolores: capitana María. Inmóvil, con los labios contraídos, los ojos llenos de lágrimas silenciosas veía alejarse á sus dos hijos; su inmovilidad y su dolor mudo eran mayores que los de la fabulosa Niobe.
El cortejo se alejó.
De las personas asomadas en las raras abiertas ventanas las que más compasion han demostrado para el joven son los indiferentes ó curiosos. Sus amigos todos se habían ocultado, sí, hasta el mismo Capitán Basilio, que prohibió el llanto á su hija Sinang.
Ibarra vió las humeantes ruinas de su casa, de la casa de sus padres, donde él había nacido, donde vivían los más dulces recuerdos de su infancia y adolescencia; las lágrimas, largo tiempo reprimidas, brotaron de sus ojos, dobló la cabeza y lloró, sin tener el consuelo de poder ocultar su llanto, atado como estaba, ni de que su dolor despertara en nadie compasión. ¡Ahora no tenía ni patria, ni hogar, ni amor, ni amigos, ni porvenir!
Desde una altura, un hombre contemplaba la fúnebre caravana. Era un anciano, pálido, demacrado, envuelto en una manta de lana, apoyándose con fatiga en un bastón. Era el viejo filósofo Tasio, que á la noticia del suceso quiso dejar su cama y acudir, pero sus fuerzas no le han permitido. El viejo siguió con la vista el carro hasta que desapareció á lo lejos: permaneció algún tiempo pensativo y cabizbajo, después se levantó y, trabajosamente, tomó el camino de su casa, descansando á cada paso.
Al día siguiente, los pastores le encontraban muerto en el umbral mismo de su solitario retiro.
LIX
PATRIA É INTERESES
El telégrafo trasmitió sigilosamente el suceso á Manila, y treinta y seis horas después hablaban de ello con mucho misterio y no pocas amenazas los periódicos, aumentados, corregidos y mutilados por el fiscal. Mientras tanto, noticias particulares, emanadas de los conventos, fueron las que primero corrieron de boca en boca, en secreto, y con gran terror de los que lo llegaban á saber. El hecho, en mil versiones desfigurado, fué creído con más ó menos facilidad según adulaba ó contrariaba las pasiones y el modo de pensar de cada uno.
Sin que la pública tranquilidad apareciese turbada, al menos aparentemente, se revolvía la paz del hogar al igual que en un estanque: mientras la superficie aparece lisa y tersa, en el fondo hormiguean, corren y se persiguen los mudos peces. Cruces, condecoraciones, galones, empleos, prestigio, poder, importancia, dignidades, etc., empezaron á revolotear, como mariposas en una atmósfera de monedas de oro, para los ojos de una parte de la población. Para la otra, oscura nube se levantó en el horizonte, destacándose de su ceniciento fondo, como negras siluetas, rejas, cadenas y aun el fatídico palo de la horca. Creíanse oir en el aire los interrogatorios, las sentencias, los gritos que arrancan las torturas; las Marianas y Bagumbayan se presentaban envueltos en haraposo y sangriento velo: se confundían pescadores y pescados. El destino mostraba el acontecimiento á la imaginación de los manileños como ciertos abanicos de China: una cara pintada de negro; la otra llena de dorado, colores vivos, aves y flores.
En los conventos reinaba la mayor agitación. Enganchábanse coches, los provinciales se visitaban, tenían secretas conferencias. Presentábanse en los palacios para ofrecer su apoyo al gobierno, que corría gravísimo peligro. Se volvió á hablar de cometas, alusiones, alfilerazos, etc.
--¡Un Te Deum, un Te Deum!--decía un fraile en un convento;--¡esta vez que nadie falte en el coro! ¡No es poca bondad de Dios hacer ver ahora, precisamente en tiempos tan perdidos, cuánto valemos nosotros!
--Con esta leccioncita se estará mordiendo los labios el generalillo Mal Agüero [156], contestaba otro.
--¿Qué habrá sido de él sin las corporaciones?
--Y para mejor celebrar la fiesta, que adviertan al hermano cocinero y al procurador... ¡Gaudeamus por tres días!
--¡Amén!--¡Amén--¡Viva Salví!--¡Viva!
En otro convento se hablaba de otra manera.
--¿Veis? Ese es un alumno de los jesuítas; ¡del Ateneo salen los filibusteros!--decía un fraile.
--Y los antirreligiosos.
--Yo ya lo dije: los jesuítas pierden al país, corrompen á la juventud; pero se los tolera porque trazan unos cuantos borrones en el papel cuando hay temblor...
--¡Y Dios sabe cómo estarán hechos!
--Sí, ¡vaya usted á contradecirlos! Cuando todo tiembla y se mueve, ¿quién escribe garabatos? Nada, el padre Secchi...
Y sonríen con soberano desprecio.
--Pero ¿y los temporales? y ¿los baguios [157]?--pregunta otro con ironía sarcástica;--¿no es eso divino?
--¡Cualquier pescador los pronostica!
--Cuando el que gobierna es un tonto... ¡dime cómo tienes la cabeza y te diré cómo es tu padre! Pero verán ustedes si los amigos se favorecen unos á otros: los periódicos casi piden una mitra para el padre Salví.
--Y ¡la va á tener! ¡Se la chupa!
--¿Lo crees?
--¡Pues no! Hoy por cualquier cosa la dan. Yo sé de uno que con menos se la caló; escribió una chabacana obrita, demostró que los indios no eran capaces de otra cosa más que de ser artesanos... ¡psh! ¡viejas vulgaridades!
--¡Es verdad! ¡Tantas injusticias dañan á la religión!--exclamaba otro;--si las mitras tuviesen ojos y pudiesen ver sobre qué cráneos...
--Si las mitras fuesen objetos de la naturaleza...--añadía otro con voz nasal.--Natura abhorret vacuum...
--Por eso se les agarran; ¡el vacío las atrae!--contestaba otro.
Estas y otras cosas más se decían en los conventos, y hacemos gracia á nuestros lectores de otros comentarios con colores políticos, metafísicos ó picantes. Conduzcamos al lector á casa de un particular, y como en Manila tenemos pocos conocidos, vamos á casa de capitán Tinong, el hombre agasajador, que vimos convidando con insistencia á Ibarra para que le honrase con su visita.
En el rico y espacioso salón de su casa en Tondo, está capitán Tinong sentado en un ancho sillón, pasándose las manos por la frente y la nuca en ademán de desconsuelo, mientras su señora, la capitana Tinchang, lloraba y le sermoneaba delante de sus dos hijas, que oían desde un rincón mudas, atontadas y conmovidas.
--¡Ay, Virgen de Antipolo!--gritaba la mujer.--¡Ay, Virgen del Rosario y de la Correa! ¡ay! ¡ay! ¡Nuestra Señora de Novaliches!
--¡Nanay!--repuso la más joven de las hijas.
--¡Ya te lo decía yo!--continuó la mujer en tono de recriminación;--¡ya te lo decía yo! ¡ay, Virgen del Carmen, ay!
--¡Pero si tú no me has dicho nada!--se atrevió á contestar capitán Tinong lloroso;--al contrario, me decías que hacía bien en frecuentar la casa y conservar la amistad de capitán Tiago porque... porque era rico... y me dijiste...
--¿Qué? ¿qué te dije? ¡Yo no te he dicho eso, no te he dicho nada! ¡Ay, si me hubieses escuchado!
--¡Ahora me echas la culpa á mí!--replicó en tono amargo, dando una palmada sobre el brazo del sillón;--¿no me decías que había hecho bien en invitarle á que comiese con nosotros, porque como era rico.... tú decías que no debíamos tener amistades más que con los ricos? ¡Abá!
--Es verdad que yo te dije eso porque... porque ya no había remedio: tú no hacías más que alabarle; don Ibarra aquí, don Ibarra allá, don Ibarra en todas partes, ¡abaá! Pero yo no te aconsejé que le vieras ni que hablaras con él en aquella reunión; esto no me lo puedes negar.
--¿Sabía yo que iba él allá, por ventura?
--¡Pues debías haberlo sabido!
--¿Cómo, si ni siquiera le conocía?