Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 30
Tía Isabel cae de rodillas y llora y reza el kyrie eleyson; capitán Tiago, pálido y tembloroso, lleva en un tenedor el hígado de una gallina, que ofrece llorando á la Virgen de Antipolo; Linares tiene la boca llena y está armado de una cuchara; Sinang y María Clara se abrazan, el único que permanece inmóvil, como petrificado, es Crisóstomo, cuya palidez es indescriptible.
Los gritos y los golpes continuaban, las ventanas se cerraban con estrépito, se oía pitar, un tiro de cuando en cuando.
--¡Christe eleyson! Santiago, que se cumple la profecía... ¡cierra las ventanas!--gemía tía Isabel.
--¡Cincuenta bombas grandes con dos misas de gracia!--contestaba capitán Tiago;--¡ora pro nobis!
Poco á poco volvía un terrible silencio... Se oye la voz del alférez que grita corriendo:
--¡Padre cura! ¡Padre Salví! ¡Venga usted!
--¡Miserere! ¡El alférez pide confesión!--grita tía Isabel.
--¿Está herido el alférez?--pregunta al fin Linares;--¡ah!
Y ahora nota que no ha deglutido aún lo que tiene en la boca.
--¡Padre cura, venga usted! ¡ya no hay nada que temer!--continuaba gritando el alférez.
Fray Salví, pálido, se decide al fin, sale de su escondite y desciende las escaleras.
--¡Los tulisanes han muerto al alférez! María, Sinang, al cuarto; ¡atrancad bien la puerta! ¡kyrie eleyson!
Ibarra se dirigió también á las escaleras, á pesar de tía Isabel, que decía:
--¡No salgas, que no te has confesado, no salgas!
La buena anciana había sido muy amiga de su madre.
Pero Ibarra dejó la casa; le parecía que todo giraba en torno suyo, que le faltaba el suelo. Sus oídos le zumbaban, sus piernas se movían pesadamente y con irregularidad: olas de sangre, luz y tinieblas se sucedían en su retina.
A pesar de que la luna brillaba espléndida en el cielo, el joven tropezaba con las piedras y maderos que había en la calle, solitaria y desierta.
Cerca del cuartel vió soldados con la bayoneta calada hablar vivamente, por lo cual pasó inadvertido.
En el tribunal se oían golpes, gritos, ayes, maldiciones: la voz del alférez sobresalía y lo dominaba todo.
--¡Al cepo! ¡esposas en las manos! ¡Dos tiros al que se mueva! ¡Sargento, montará usted guardia! ¡Hoy nadie se pasea, ni Dios! ¡Capitán, no hay que dormir!
Ibarra apresuró el paso hacia su casa; sus criados le esperaban inquietos.
--¡Ensillad el mejor caballo é idos á dormir!--les dijo.
Entró en su gabinete, y á prisa quiso preparar una maleta. Abrió una caja de hierro, sacó todo el dinero que allí se encontraba y lo metió en un saco. Recogió sus alhajas, descolgó un retrato de María Clara, y, armándose de un puñal y dos revólveres, se dirigió á un armario, donde tenía herramientas.
En aquel instante tres golpes secos y fuertes resonaron en la puerta.
--¿Quién va?--preguntó Ibarra con voz lúgubre.
--¡Abra en nombre del Rey, abra en seguida ó echamos la puerta abajo!--contestó una voz imperiosa en español.
Ibarra miró hacia la ventana; brillaron sus ojos y amartilló su revólver; pero, cambiando de idea, dejó las armas y fué á abrir él mismo en el momento en que acudían los criados.
Tres guardias le cogieron al instante.
--¡Dése usted preso en nombre del Rey!--dijo el sargento.
--¿Por qué?
--Allá se lo dirán á usted; nos está prohibido el decirlo.
El joven reflexionó un momento, y no queriendo tal vez que los soldados descubriesen sus preparativos de huída, cogió un sombrero, y dijo:
--¡Estoy á su disposición! Supongo que será por breves horas.
--Si usted promete no escaparse, no le maniataremos: el alférez le hace esta gracia; pero si huye usted...
Ibarra les siguió, dejando consternados á sus criados.
Entretanto ¿qué había sido de Elías?
Al dejar la casa de Crisóstomo, como un enajenado corría sin saber á dónde iba. Atravesó los campos, llegó al bosque en una agitación violenta; huía de la población, huía de la luz, la luna le molestaba, se metió en la misteriosa sombra de los árboles. Allí, ya deteniéndose ya andando por desconocidas sendas, apoyándose en los seculares troncos, enredándose entre las malezas, miraba hacia el pueblo, que allá á sus pies se bañaba á la luz de la luna, se extendía en el llano, recostado á orillas del mar. Las aves, despertadas de su sueño, volaban; gigantescos murciélagos, lechuzas, buhos pasaban de una rama á otra con estridentes gritos y mirándole con sus redondos ojos. Elías ni los oía ni se fijaba en ellos. Se creía seguido por las irritadas sombras de sus antepasados; veía en cada rama el fatídico cesto con la ensangrentada cabeza de Bálat, tal como se lo refiriera su padre; creía tropezar al pie de cada árbol con la anciana muerta; le parecía ver entre sombras balancearse el infecto esqueleto del abuelo infame... y el esqueleto y la anciana y la cabeza le gritaban: ¡Cobarde, cobarde!
Elías abandonó el monte, huyó y descendió al mar, á la playa que recorría agitado; pero allá á lo lejos, en medio de las aguas, donde la luz de la luna parecía levantar una niebla, creyó ver, elevarse y mecerse una sombra, la sombra de su hermana con el pecho ensangrentado, la cabellera suelta esparcida al aire.
Elías cayó de rodillas en la arena.
--¡Tú también!--murmuró extendiendo los brazos.
Mas, con la mirada fija en la niebla, se levantó lentamente, adelantóse y entró en el agua como si siguiese á alguien. Caminaba por aquella suave pendiente que forma la barra; ya estaba lejos de la orilla, el agua le llegaba á la cintura y seguía, seguía como fascinado por un espíritu seductor. El agua le llega ya al pecho... pero la descarga de fusilería resuena, la visión desaparece y el joven vuelve á la realidad. Merced á la tranquilidad de la noche y á la mayor densidad del aire, llegan hasta él claras y distintas las detonaciones. Detiénese, reflexiona, nota que está en el agua; el lago está tranquilo y divisa aún las luces en las cabañas de los pescadores.
Volvió á la orilla y se dirigió al pueblo, ¿para qué? El mismo no lo sabía.
El pueblo parecía deshabitado; las casas estaban todas cerradas; los animales mismos, los perros que suelen ladrar durante la noche, se han ocultado medrosos. La plateada luz de la luna aumentaba la tristeza y la soledad.
Temiendo encontrarse con los guardias civiles, internóse en las huertas y jardines, en uno de los cuales creyó percibir dos formas humanas; pero prosiguió su camino, y, saltando cercos y tapias, llegóse con mucho trabajo al otro extremo de la población, dirigiéndose hacia la casa de Crisóstomo. En la puerta estaban los criados, comentando y lamentando la prisión de su señor.
Enterado de lo que había pasado, Elías se alejó, dió la vuelta á la casa, saltó la tapia, trepó por la ventana y penetró en el gabinete, donde aún ardía la vela que había dejado Ibarra.
Elías vió los papeles y los libros; encontró las armas y los saquitos que contenían el dinero y las alhajas. Reconstruyó en su imaginación lo que allí había pasado, y viendo tantos papeles que podían comprometer, pensó recogerlos, arrojarlos por la ventana y enterrarlos.
Lanzó una mirada al jardín, y á la luz de la luna vió dos guardias civiles que venían con un auxiliar: las bayonetas y los capacetes relucían en la obscuridad.
Entonces tomó una resolución: amontonó ropas y papeles en medio del gabinete, vació encima una lámpara de petróleo y prendió fuego. Ciñóse precipitadamente las armas, vió el retrato de María Clara, vaciló ... lo guardó en uno de los saquitos, y, llevándoselos, saltó por la ventana.
Ya era tiempo; los guardias civiles forzaban la entrada.
--¡Dejadnos subir para coger los papeles de vuestro amo!--decía el directorcillo.
--¿Tenéis permiso? Si no, no subiréis,--decía un viejo.
Los soldados les apartaron á fuerza de culatazos, subieron las escaleras ... pero un espeso humo llenaba toda la casa y gigantescas lenguas de fuego salieron de la sala, lamiendo puertas y ventanas.
--¡Incendio! ¡Incendio! ¡Fuego!--gritaron todos.
Todos se precipitan para salvar cada cual lo que pueda, pero el fuego ha llegado al pequeño laboratorio y estallan las materias inflamables. Los guardias civiles tienen que retroceder; les cierra el paso el incendio, que brama y barre cuanto encuentra. En vano se saca agua del pozo; todos gritan, todos piden auxilio, pero están aislados. El fuego gana los demás aposentos y se eleva al cielo levantando gruesas espirales de humo. Ya toda la casa es presa de las llamas, el viento, caldeado, arrecia; vienen desde lejos algunos campesinos, pero llegan para ver la espantosa hoguera, el fin de aquel viejo edificio, tanto tiempo respetado por los elementos.
LVI
LO QUE SE DICE Y LO QUE SE CREE
Dios amaneció al fin para el aterrorizado pueblo.
La calle donde se encuentra el cuartel y el tribunal continúa aún desierta y solitaria; las casas no dan signos de vida. No obstante, se abre con estrépito la hoja de madera de una ventana y se asoma una cabeza infantil, que gira en todos sentidos, alarga el cuello y mira en todas direcciones... ¡Plas! el ruido anuncia el brusco contacto de un cuero curtido con el fresco cuero humano; la boca del niño hace una mueca, sus ojos se cierran, desaparece, y la ventana se vuelve á cerrar.
El ejemplo está dado; aquel abrir y cerrar se ha oído sin duda, porque otra ventana se abre despacito y asómase con cautela la cabeza de una vieja, arrugada y sin dientes: es la misma hermana Putê que tanto alboroto armó mientras el padre Dámaso predicaba. Niños y viejas son los representantes de la curiosidad en la tierra: los primeros por el afán de saber, las segundas por el de recordar.
Sin duda no hay quien se atreva á darle un chinelazo, pues permanece allí, mira á lo lejos frunciendo las cejas, se enjuaga la boca, escupe con ruido y después se persigna. La casa de enfrente abre también tímidamente una ventanilla y da paso á hermana Rufa, la que no quiere engañar ni que le engañen. Ambas se miran un momento, sonríen, se hacen señas y vuelven á persignarse.
--¡Jesús! ¡Parecía una misa de gracia, un castillo!--dice hermana Rufa.
--Desde el saqueo del pueblo por Bálat no he visto otra noche igual,--contesta hermana Putê.
--¡Cuántos tiros! dicen que es la partida del viejo Pablo.
--¿Tulisanes? ¡No puede ser! Dicen que son los cuadrilleros contra los civiles. Por eso está preso D. Filipo.
--¡Sanctus Deus! dicen que hay lo menos catorce muertos.
Otras ventanas se fueron abriendo, y rostros diferentes asomaron cambiándose saludos y haciendo comentarios.
A la luz del día, que prometía ser espléndido, veíanse á lo lejos soldados ir y venir, confusamente, como cenicientas siluetas.
--¡Allá va otro muerto!--dijo uno desde una ventana.
--¿Uno? Yo veo dos.
--Y yo... pero en fin ¿á que no sabéis qué fué?--preguntaba un hombre de rostro socarrón.
--¡Ya! los cuadrilleros.
--No, señor; ¡un alzamiento en el cuartel!
--¿Qué alzamiento? ¿El cura contra el alférez?
--Pues, nada de eso,--dice el que había hecho la pregunta;--son los chinos que se han sublevado.
Y volvió á cerrar su ventana.
--¡Los chinos!--repiten todos con el mayor asombro.
--¡Por eso, no se ve á ninguno!
--Habrán muerto todos.
--Yo ya me lo suponía que iban á hacer algo malo. Ayer...
--Yo ya lo veía. Anoche...
--¡Lástima!--decía hermana Rufa;--morirse todos antes de la Pascua, cuando vienen con sus regalos... Hubiesen esperado al año nuevo...
La calle se iba animando poco á poco: primero fueron los perros, gallinas, cerdos y palomas los que intentaron la circulación; á estos animales siguieron unos chicos andrajosos, cogidos del brazo y acercándose tímidamente hacia el cuartel; después, algunas viejas, con el pañuelo en la cabeza atado debajo de la barba, un grueso rosario en la mano, aparentando rezar para que los soldados les dejasen el paso libre. Cuando se vió que se podía andar sin recibir un tiro, entonces empezaron á salir los hombres, afectando indiferencia; al principio, sus paseos se limitaban por delante de su casa, acariciando el gallo; después probaron alargarlos, parándose de tiempo en tiempo, y así se llegaron hasta delante del tribunal.
Al cuarto de hora circularon otras versiones. Ibarra con sus criados había querido robar á María Clara, y capitán Tiago la había defendido, ayudado por la guardia civil.
El número de los muertos no era ya catorce, sino treinta; capitán Tiago está herido y se marcha ahora mismo con su familia para Manila.
La llegada de dos cuadrilleros, conduciendo en unas parihuelas una forma humana, y seguidos de un guardia civil, produjo gran sensación. Súpose que venían del convento; por la forma de los pies que colgaban, una conjeturó quién podía ser; un poco más lejos se dijo que lo era; más allá el muerto se multiplicó y se verificó el misterio de la Santísima Trinidad; después se renovó el milagro de los panes y los peces, y los muertos fueron ya treinta y ocho.
A las siete y media, cuando llegaron otros guardias civiles, procedentes de los pueblos vecinos, la versión que corría era ya clara y detallada.
--Acabo de venir del tribunal, donde he visto presos á don Filipo y á don Crisóstomo,--decía un hombre á hermana Putê;--he hablado con uno de los cuadrilleros que están de guardia. Pues bien, Bruno, el hijo de aquel que murió apaleado, lo declaró todo anoche. Como sabéis, capitán Tiago casa su hija con el joven español; don Crisóstomo, ofendido, quiso vengarse y trató de matar á todos los españoles, hasta al cura; anoche atacaron el cuartel y el convento; y felizmente, por la misericordia de Dios, el cura estaba en casa de capitán Tiago. Dicen que se escaparon muchos. Los guardias civiles quemaron la casa de don Crisóstomo, y si no le prenden antes, le queman también.
--¿Le quemaron la casa?
--Todos los criados están presos. ¡Ved como todavía se ve desde aquí el humo!--dice el narrador acercándose á la ventana;--los que vienen de allá cuentan cosas muy tristes.
Todos miran hacia el sitio indicado: una ligera columna de humo subía aún lentamente al cielo. Todos hacen comentarios más ó menos piadosos, más ó menos acusadores.
--¡Pobre joven!--exclama un viejo, el marido de la Putê.
--¡Sí!--le contesta ella;--pero mira que ayer no mandó decir misa por el alma de su padre, que sin duda la necesitará más que los otros.
--Pero, mujer, ¿no tienes tú compasión?...
--¿Compasión de los excomulgados? Es un pecado tenerla con los enemigos de Dios, dicen los curas. ¿Os acordáis? ¡En el campo santo andaba como en un corral!
--Pero si el corral y el campo santo se parecen,--responde el viejo;--sólo que en aquél no entran más que animales de una especie...
--¡Vamos!--le grita hermana Putê;--todavía vas á defender á quien Dios tan claramente castiga. Verás como te prenden á tí también. ¡Sostén una casa que se cae!
El marido se calló ante el argumento.
--¡Ya!--prosigue la vieja;--después de pegar al padre Dámaso, no le quedaba más que matar al padre Salví.
--Pero no me puedes negar que era bueno cuando chico.
--Sí, era bueno,--replica la vieja;--pero se fué á España; todos los que se van á España se vuelven herejes, han dicho los curas.
--¡Oy!--le replicó el marido que vió su revancha;--¿y el cura, y todos los curas, y el arzobispo, y el Papa, y la Virgen no son de España? ¡Abá! ¿serán también herejes? ¡abá!
Felizmente para hermana Putê, la llegada de una criada corriendo, toda azorada y pálida, cortó la discusión.
--¡Un ahorcado en la huerta del vecino!--decía jadeante.
--¡Un ahorcado!--exclamaron todos llenos de estupor.
Las mujeres se santiguaron; nadie pudo moverse de su sitio.
--Sí, señor, continúa la criada temblorosa;--iba yo á coger guisantes ... miro á la huerta del vecino para ver si estaba ... veo un hombre balancearse; creí que era Teo, el criado, que me da siempre.... Me acerco para ... coger guisantes, y veo que no es él sino otro, un muerto; corro, corro y...
--Vamos á verlo,--dice el viejo levantándose;--condúcenos.
--¡No te vayas!--le grita hermana Putê cogiéndole de la camisa;--¡te va á suceder una desgracia! ¿se ha ahorcado? ¡pues peor para él!
--Déjame verlo, mujer; vete al tribunal, Juan, á dar parte; acaso no esté aún muerto.
Y fuése á la huerta seguido de la criada, que se ocultaba detrás de él; las mujeres y la misma hermana Putê venían detrás, llenas de temor y curiosidad.
--Allá está, señor,--dijo la criada deteniéndose y señalando con el dedo.
La comisión se detuvo á respetable distancia, dejando al viejo avanzar solo.
Un cuerpo humano, colgado de la rama de un santol [152], se balanceaba suavemente, impulsado por la brisa. Contemplóle el viejo algún tiempo; vió aquellos pies rígidos, los brazos, la ropa manchada, la cabeza doblada.
--No debemos tocarle hasta que llegue la justicia,--dijo en voz alta;--ya está rígido; hace mucho que está muerto.
Las mujeres se acercaron poco á poco.
--Es el vecino que vivía en aquella casita, el que ha llegado hace dos semanas; ved la cicatriz en la cara.
--¡Ave María!--exclamaron algunas mujeres.
--¿Rezamos por su alma?--preguntó una joven luego que hubo acabado de mirarlo y examinarlo.
--¡Tonta, hereje!--le riñe la hermana Putê,--¿no sabes lo que dijo el padre Dámaso? Es tentar á Dios rezar por un condenado; el que se suicida se condena irremisiblemente; por esto no se le entierra en lugar sagrado.
Y añadía:
--Ya me parecía que ese hombre iba á concluir mal; jamás pude averiguar de qué vivía.
--Yo le vi dos veces hablar con el sacristán mayor,--observó una joven.
--¡No sería ni para confesarse ni para encargar una misa!
Acudieron los vecinos, y un numeroso corro rodeó el cadáver, que aún continuaba oscilando. A la media hora vinieron un alguacil, el directorcillo y dos cuadrilleros; éstos lo descendieron y pusieron sobre unas parihuelas.
--La gente tiene prisa por morir,--dijo riendo el directorcillo, mientras se quitaba la pluma que tenía encima de la oreja.
Hizo sus preguntas capciosas, tomó declaración á la criada á quien procuraba enredar, ya mirándola con malos ojos, ya amenazándola, ya atribuyéndole palabras que no había dicho, tanto que ella, creyendo que iba á la cárcel, empezó á llorar y acabó por declarar que no buscaba guisantes sino que... y sacaba por testigo á Teo.
En el entretanto, un campesino con un ancho salakot y en el cuello un gran parche, examinaba el cadáver y la cuerda.
La cara no estaba más amoratada que el resto del cuerpo; encima de la ligadura se veían dos rasguños y dos pequeños cardenales ó equimosis; las rozaduras de la cuerda eran blancas y no tenían sangre. El curioso campesino examinó bien la camisa y el pantalón, notó que estaban llenos de polvo y rotos recientemente en algunos sitios; pero lo que más llamó su atención fueron las simientes de amores-secos [153] pegadas hasta en el cuello de la camisa.
--¿Qué estás viendo?--le pregunta el directorcillo.
--Estaba viendo, señor, si le podía reconocer,--balbuceó medio descubriéndose, esto es, bajando más el salakot.
--¿No has oído que es un tal Lucas? ¿Estás durmiendo?
Todos se echaron á reir. El campesino, corrido, profirió algunas palabras, y retiróse cabizbajo, andando lentamente.
--¡Oy! ¿á dónde vais?--le grita el viejo;--¡por allí no se sale; por allí se va á casa del muerto!
--¡Todavía duerme el hombre!--dice el directorcillo con burla; habrá que echarle agua encima.
Los circunstantes volvieron á reir.
El campesino dejó el sitio donde tan mal papel había jugado, y se dirigió á la iglesia. En la sacristía preguntó por el sacristán mayor.
--¡Duerme aún!--le contestaron groseramente;--¿no sabéis que anoche saquearon el convento?
--Esperaré á que despierte.
Miráronle los sacristanes con esa grosería propia de gentes acostumbradas á ser mal tratadas.
En un rincón, que quedaba en sombras, dormía el tuerto en una silla larga. Los anteojos estaban colocados sobre la frente entre los largos mechones de pelos; el pecho, escuálido y raquítico, estaba desnudo y se elevaba y deprimía con regularidad.
El campesino sentóse cerca, dispuesto á aguardar pacientemente, pero se le cae una moneda y va á buscarla, ayudado de una vela, debajo del sillón del sacristán mayor. El campesino nota también simientes de amores secos en el pantalón y en las mangas de la camisa del dormido que despierta al fin, se restriega el único ojo sano, é increpa al hombre con bastante mal humor.
--¡Quería mandar decir una misa, señor!--contesta en tono de disculpa.
--Ya se han concluído todas las misas,--dice entonces el tuerto dulcificando un poco su acento;--si quieres para mañana... ¿Es para las almas del Purgatorio?
--No, señor,--contesta el campesino dándole un peso.
Y mirándole fijamente en el único ojo, añadió:
--Es para una persona que pronto va á morir.
Y abandonó la sacristía.
--¡Le hubiera podido pillar anoche!--dijo suspirando, mientras se quitaba el parche y se enderezaba para recobrar la cara y la estatura de Elías.
LVII
¡Væ Victis!
Mi gozo en un pozo.
Algunos guardias civiles se pasean con aire siniestro delante de la puerta del tribunal, amenazando con la culata de su fusil á los atrevidos chicuelos, que se levantan de puntillas ó se cargan unos á otros para ver algo al través de las rejas.
La sala no presenta ya aquel aspecto alegre de cuando se discutía el programa de la fiesta; ahora es sombrío y poco tranquilizador. Los guardias civiles y cuadrilleros que la ocupan, hablan apenas, y aun en voz baja y pronunciando breves palabras. Sobre la mesa emborronan papeles el directorcillo, dos escribientes y algunos soldados; el alférez se pasea de un lado á otro, mirando de cuando en cuando con aire feroz hacia la puerta; más orgulloso no habría aparecido Temístocles en los Juegos Olímpicos después de la batalla de Salamina. Doña Consolación bosteza en un rincón, enseñando unas negras fauces y una accidentada dentadura; su mirada se fija fría y siniestra en la puerta de la cárcel, cubierta de figuras indecentes. Ella había conseguido del marido, á quien la victoria había hecho amable, le dejase presenciar el interrogatorio y acaso las torturas consiguientes. La hiena olía el cadáver, se relamía y la aburría el retardo del suplicio.
El gobernadorcillo está muy compungido: su sillón, aquel gran sillón colocado debajo del retrato de S. M., está vacío y parece destinado á otra persona.
Cerca de las nueve, el cura llega pálido y cejijunto.
--¡Pues no se ha hecho usted esperar!--le dice el alférez.
--Preferiría no asistir,--contesta el padre Salví en voz baja, sin hacer caso de aquel tono amargo;--soy muy nervioso.
--Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgué que su presencia de usted... Ya sabe usted que esta tarde salen.
--¿El joven Ibarra y el teniente mayor...?
El alférez señaló hacia la cárcel.
--Ocho están allí,--dijo;--el Bruno murió á medianoche, pero su declaración ya consta.
El cura señaló á doña Consolación, que respondió con un bostezo y un ¡aah! y ocupó el sillón debajo del retrato de S. M.
--¡Podemos empezar!--repuso.
--¡Sacad á los dos que están en el cepo!--mandó el alférez con voz que procuró hacer lo más terrible que pudo, y volviéndose al cura, añadió, cambiando de tono:
--¡Están metidos saltando dos agujeros!
Para los que no están enterados de estos instrumentos de tortura, les diremos que el cepo es uno de los más inocentes. Los agujeros en que se introducen las piernas de los detenidos distan entre sí poco más ó menos de un palmo; saltando dos agujeros, el preso se encontraría en una posición un poco forzada, con una singular molestia en los tobillos y una abertura de las estremidades inferiores de más de una vara: no mata al instante, como muy bien se puede imaginar.
El carcelero, seguido de cuatro soldados, retiró el cerrojo y abrió la puerta. Un olor nauseabundo y un aire espeso y húmedo se escaparon de la densa obscuridad á la vez que se oyeron algunos lamentos y sollozos. Un soldado encendió un fósforo, pero la llama se apagó en aquella atmósfera viciada y corrompida, y tuvieron que esperar á que el aire se renovase.