Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 29
--¿Sabes tú por qué para el alférez es alto Elías, y regular para el cura?--pregunta pensativo el tagalo al visaya.
--No.
--Porque el alférez estaba hundido en el charco cuando le observó y el cura de pie.
--¡Es verdad!--exclama el visaya;--tienes talento... ¿cómo eres guardia civil?
--No siempre lo fuí; yo era contrabandista,--contesta el tagalo con jactancia.
Pero otra sombra los distrajo: le dieron el ¿quién vive? y la llevaron á la luz. Esta vez era el mismo Elías el que se presentaba.
--¿A dónde vas?
--A perseguir, señor, á un hombre que pegó y amenazó á mi hermano; tiene una cicatriz en la cara y se llama Elías...
--¡Ah!--exclaman los dos y se miran espantados.
Y acto continuo echan á correr en dirección á la iglesia, donde minutos antes había desaparecido Lucas.
LIII
IL BUON DÍ SI CONOSCE DA MATTINA [147]
Temprano se esparcía por el pueblo la noticia de que la noche anterior se habían visto muchas luces en el cementerio.
El jefe de la V. O. T. hablaba de velas encendidas y describía sus formas y tamaños, pero no pudo decir á punto fijo el número, pues había contado más de veinte. Hermana Sipa, de la cofradía del Santísimo Rosario no debía tolerar que se jactase solo de haber visto esta gracia de Dios uno de la hermandad enemiga: hermana Sipa, aunque no vive cerca, oyó lamentos y gemidos, y hasta creyó reconocer en las voces ciertas personas con quienes ella en otro tiempo... pero, por caridad cristíana, no solamente perdonaba, sino oraba y callaba sus nombres, por lo cual todos la declaraban santa incontinenti. Hermana Rufa no tiene en verdad tan fino el oído, pero no debe sufrir que hermana Sipa lo haya oído, y ella no; por esto ha tenido un sueño y se le han presentado muchas almas, no sólo de personas muertas, sino también de vivas; las almas en pena pedían parte de sus indulgencias, apuntadas en toda regla y atesoradas. Ella podrá decir los nombres á las familias interesadas, y sólo pide una pequeña limosna para socorrer al Papa en sus necesidades.
Un muchachuelo, pastor de oficio, que se atrevió á asegurar no haber visto más que una luz y dos hombres con salakot, á duras penas escapó de palos é insultos. En vano juró; estaban sus carabaos que venían con él y podían hablar.
--¿Vas á saber más que el celador y las hermanas, paracmasón [148], hereje?--le decían y le miraban con malos ojos.
El cura subió al púlpito y volvió á predicar sobre el purgatorio, y los pesos volvieron á salir de sus escondites para ganar una misa.
Pero dejemos á las almas en pena y oigamos la conversación de don Filipo y del viejo Tasio, enfermo en su casita solitaria. Hacía días que el filósofo ó el loco no dejaba la cama, postrado por una debilidad que progresaba rápidamente.
--En verdad que no sé si felicitaros porque os hayan admitido la dimisión; antes, cuando el gobernadorcillo desoyó tan descaradamente el parecer de la mayoría, el solicitarla era justo; pero ahora que estáis en lucha con la guardia civil es inconveniente. En tiempo de guerra se debe permanecer en su puesto.
--Sí, pero no cuando el general se vende,--contestó don Filipo;--ya sabéis que á la siguiente mañana puso el gobernadorcillo en libertad á los soldados que he conseguido prender, y se ha negado á dar un solo paso. Sin el consentimiento de mi superior no puedo nada.
--Vos solo, nada, pero con los demás mucho. Hubiérais aprovechado esta ocasión para dar un ejemplo á los otros pueblos. Sobre la ridícula autoridad del gobernadorcillo está el derecho del pueblo; era el comienzo de una buena lección y la perdísteis.
--Y ¿qué hubiera podido yo contra el representante de las preocupaciones? Ahí tenéis al señor Ibarra, se ha plegado á las creencias de la multitud; ¿pensáis que él cree en la excomunión?
--No estáis en la misma situación: el señor Ibarra quiere sembrar, y para sembrar hay que bajarse y obedecer á la materia; vuestra misión era sacudir, y para sacudir se pide fuerza é impulso. Además, la lucha no se debía plantear contra el gobernadorcillo; la frase debía ser: contra el que abusa de su fuerza, contra el que turba la tranquilidad pública, contra el que falta á su deber; y no hubiérais estado solo, pues que el país de ahora no es el mismo que hace veinte años.
--¿Lo creéis?--preguntó don Filipo.
--Y ¿no lo sentís?--contestó el anciano medio incorporándose en el lecho; ¡ah! es porque no habéis visto el pasado, no habéis estudiado el efecto de la inmigración europea, de la venida de nuevos libros y de la marcha de la juventud á Europa. Estudiad y comparad: es cierto que existe aún la Real Pontificia Universidad de santo Tomás con su sapientísimo claustro, y se ejercitan todavía algunas inteligencias en formular distingos y ultimar las sutilezas del escolasticismo, pero ¿dónde encontraréis ahora aquella juventud metafísica de nuestros tiempos, de instrucción arqueológica, que, torturado el encéfalo, moría sofisticando en un rincón de provincias, sin acabar de comprender los atributos del ente, sin resolver la cuestión de la esencia y existencia, elevadísimos conceptos que nos hacían olvidar de lo esencial: de nuestra existencia y propia entidad? ¡Ved ahora la niñez! Llena de entusiasmo á la vista de más amplios horizontes, estudia historia, matemáticas, geografía, literatura, ciencias, físicas, lenguas, materias todas que en nuestro tiempo oíamos con horror, como si fuesen herejías; el más libre pensador de mi época las declaraba inferiores á las categorías de Aristóteles y á las leyes del silogismo. El hombre ha comprendido al fin que es hombre; renuncia al análisis de su Dios, á penetrar en lo impalpable, en lo que no ha visto, á dar leyes á los fantasmas de su cerebro; el hombre comprende que su herencia es el vasto mundo cuyo dominio está á su alcance; cansado de su trabajo inútil y presuntuoso, baja la cabeza y examina cuanto le rodea. Ved ahora cómo nacen nuestros poetas; las musas de la naturaleza nos abren poco á poco sus tesoros y empiezan á sonreirnos para alentarnos al trabajo. Las ciencias experimentales han dado ya sus primeros frutos; falta ahora que el tiempo las perfeccione. Los nuevos abogados se forman en los nuevos moldes de la filosofía del derecho; algunos empiezan á brillar en medio de las tinieblas que rodean á nuestra tribuna, y advierten un cambio en la marcha de los tiempos. Oid cómo habla la juventud, visitad los centros de enseñanza, y otros nombres resuenan en las de los claustros, allí donde sólo oímos los de santo Tomás, Suárez, Amat, Sánchez y otros, ídolos de mi tiempo. En vano claman desde el púlpito los frailes contra la desmoralización, como claman los vendedores de pescado contra la avaricia de los compradores, sin notar que su mercancía está pasada é inservible. En vano extienden los conventos sus prolongaciones y raíces para ahogar en los pueblos la corriente nueva; los dioses se van; las raíces del árbol pueden enflaquecer á las plantas que en él se apoyan, pero no quitar la vida á otros seres, que, como el ave, se remontan á los cielos.
El filósofo hablaba con animación; sus ojos brillaban.
--Sin embargo, el germen nuevo es pequeño; si todos se proponen el progreso, que tan caro compramos, se puede ahogar,--objetó don Filipo incrédulo.
--Ahogarle... ¿quién? ¿el hombre, ese enano enfermo, ahogar al progreso, al poderoso hijo del tiempo y de la actividad? ¿Cuándo lo pudo? El dogma, el cadalso y la hoguera, tratando de suspenderle, le empujan. E pur si muove, decía Galileo, cuando los dominicos le obligaban á declarar que la tierra no se movía; la misma frase se aplica al progreso humano. Se violentarán algunas voluntades, se sacrificarán algunos individuos, pero no importa: el progreso seguirá su camino, y de la sangre de los que caigan brotarán nuevos y vigorosos retoños. ¡Ved! la prensa misma, por más retrógrada que quisiera ser, da también un paso hacia adelante; los mismos dominicos no escapan á esta ley, é imitan á los jesuítas, sus enemigos irreconciliables: dan fiestas en sus claustros, levantan teatritos, componen poesías, porque, como no les falta inteligencia á pesar de creerse en el siglo XV, comprenden que los jesuítas tienen razón, y tomarán aún parte en el porvenir de los pueblos jóvenes que han educado.
--Según vos, ¿los jesuítas van con el progreso?--preguntó admirado don Filipo; ¿por qué, pues, se los combate en Europa?
--Os contestaré como un antiguo escolástico,--contestó el filósofo volviéndose á acostar y recobrando su fisonomía burlona:--de tres maneras se puede ir con el progreso: delante, al lado y detrás; los primeros le guían, los segundos se dejan llevar, los últimos son arrastrados, y á éstos pertenecen los jesuítas. Ellos ya quisieran dirigirle, pero, como le ven fuerte y con otras tendencias, capitulan, prefieren seguir á ser aplastados ó quedarse en medio del camino entre sombras. Ahora bien, nosotros, en Filipinas, vamos lo menos dos siglos detrás del carro: apenas empezamos á salir de la Edad media; por esto los jesuítas, que son retroceso en Europa, vistos desde aquí, representan el progreso; Filipinas les debe su naciente instrucción, las ciencias naturales, alma del siglo XIX, como á los dominicos el escolasticismo, muerto ya á pesar de León XIII: no hay papa que resucite lo que el sentido común ha ajusticiado... Pero ¿á dónde hemos ido?--preguntó cambiando de tono;--¡ah! hablábamos del estado actual de Filipinas... Sí, ahora entramos en el período de lucha, digo, vosotros: nuestra generación pertenece á la noche, nos vamos. La lucha está entre el pasado, que se aferra y agarra con maldiciones al vacilante feudal castillo, y el porvenir, cuyo canto de triunfo se oye á lo lejos, á los resplandores de una naciente aurora, trayendo la buena nueva de otros países... ¿Quiénes caerán y se sepultarán entre los escombros?
El anciano calló, y viendo que don Filipo le miraba pensativo, sonrióse y repuso:
--Casi adivino lo que pensáis.
--¿De veras?
--Pensáis que muy bien puedo equivocarme,--dijo sonriendo con tristeza;--hoy tengo fiebre y no soy infalible: homo sum et nihil humani a me alienum puto [149], decía Terencio; pero si alguna vez se permite soñar ¿por qué no soñar agradablemente en las últimas horas de la vida? Y luego, ¡no he vivido más que de sueños! Tenéis razón; ¡sueño! nuestros jóvenes no piensan más que en amoríos y placeres: más tiempo gastan y trabajan más para engañar y deshonrar á una joven, que para pensar en el bien de su país; nuestras mujeres por cuidar de la casa y la familia de Dios, se olvidan de las propias; nuestros hombres sólo son activos para el vicio y heroicos en la vergüenza; la niñez despierta en tinieblas y rutina; la juventud vive sus mejores años sin ideal, y la edad madura, estéril, tan sólo sirve para corromper con su ejemplo á la juventud... Me alegro de morir... claudite jam rivos, pueri [150].
--¿Queréis alguna medicina?--preguntó don Filipo para cambiar el giro de la conversación, que había puesto sombrío el semblante del enfermo.
--Los que mueren no necesitan medicinas; los que os quedáis sí. Decid á don Crisóstomo que me visite mañana, pues tengo cosas muy importantes que decirle. Dentro de algunos días me voy. ¡Filipinas está en las tinieblas!
Don Filipo, después de algunos minutos más de conversación, dejó grave y pensativo la casa del enfermo.
LIV
Quidquid latet, apparebit, Nil inultum remanebit [151].
La campana anuncia la oración de la tarde; al oir el religioso tañido, detiénense todos, dejan sus ocupaciones y se descubren: el labrador que viene del campo, suspende el canto, pára el acompasado andar del carabao que monta, y reza; las mujeres se persignan en medio de la calle y agitan con afectación los labios para que nadie dude de su devoción; el hombre deja de acariciar su gallo y reza el ángelus para que la suerte le sea propicia; en las casas se reza en voz alta ... todo ruido que no sea el del avemaría se disipa, enmudece.
Sin embargo, el cura, con sombrero, atraviesa de prisa la calle y escandaliza á muchas viejas; ¡y más escándalo! se dirige á casa del alférez. Las devotas creen tiempo ya de suspender el movimiento de sus labios para besarle la mano al cura, pero el padre Salví no hace caso de ellas; hoy no encuentra placer en colocar su huesuda mano sobre la nariz cristiana, para de allí deslizarla suavemente (según ha observado doña Consolación) en el seno de una graciosa jovencita, que se inclina para pedir la bendición. ¡Importante asunto debe preocuparle para olvidarse así de sus propios intereses y de los de la Iglesia!
En efecto, precipitadamente sube las escaleras y llama con impaciencia á la puerta del alférez, que aparece cejijunto, seguido de su mitad, que sonríe coma una condenada.
--¡Ah, padre cura! iba á verle ahora; el cabrón de usted...
--Tengo un asunto importantísimo...
--No puedo permitir que me anden rompiendo el cerco... ¡le pego un tiro si vuelve!
--¡Eso si tiene usted tiempo de vivir hasta mañana!--dice el cura jadeante y dirigiéndose hacia la sala.
--¡Qué! ¿cree usted que me mata á mí ese muñeco sietemesino? ¡Le reviento de un puntapié!
Padre Salví retrocedía, y miró instintivamente hacia el pie del alférez.
--¿De quién habla usted?--preguntó temblando.
--¿De quién he de hablar, si no de ese bobalicón, que me propone un desafío á revólver á cien pasos?
--¡Ah!--respiró el cura, y añadió:--vengo á hablar á usted de un asunto urgentísimo.
--¡Déjeme usted de asuntos! Será como el de los dos muchachos!
Si la luz no hubiera sido de aceite y el globo no hubiera estado tan sucio, habría visto el alférez la palidez del cura.
--¡Hoy se trata seriamente de la vida de todos!--repuso éste á media voz.
--¡Seriamente!--repitió el alférez palideciendo; ¿tira bien ese joven?...
--No hablo de él.
--¿Entonces?
El fraile le indicó la puerta que él cerró á su manera, de un puntapié. El alférez hallaba las manos superfluas y no habría perdido nada con dejar de ser bimano. Una imprecación y un rugido respondieron de fuera.
--¡Bruto! ¡me has partido la frente!--gritó su esposa.
--¡Ahora, desembuche usted!--dijo él al cura tranquilamente.
Este le miró un largo rato; después preguntó la voz nasal y monótona de predicador:
--¿No ha visto usted que me venía corriendo?
--¡Rediós! ¡creí que estaba usted con diarrea!
--Pues bien,--dijo el cura sin cuidarse de la grosería del alférez,--cuando así falto á mi deber, es que hay graves motivos.
--Y ¿qué más?--preguntó el otro golpeando con el pie en el suelo.
--¡Calma!
--Entonces ¿á qué venir con tanta prisa?
El cura se le acercó y preguntó con misterio:
--¿No... sabe... usted... nada de nuevo?
El alférez se encogió de hombros.
--Usted confiesa que no sabe nada absolutamente.
--¿Me quiere usted hablar de Elías, que anoche escondió su sacristán mayor?--preguntó.
--No, no hablo ahora de esos cuentos,--contestó el cura malhumorado; hablo de un gran peligro.
--¡Pues, p...! suéltese usted entonces!
--¡Vaya!--dijo el fraile lentamente y con cierto desdén;--verá usted una vez más la importancia que tenemos los religiosos; el último lego vale un regimiento; con que un cura...
Y bajando la voz y con mucho misterio:
--¡He descubierto una gran conspiración!
El alférez saltó y atónito miró al fraile.
--Una terrible y bien urdida conspiración, que ha de estallar esta misma noche.
--¡Esta misma noche!--exclamó el alférez abalanzándose al cura; y, corriendo á su revólver y sable colgados de la pared,
--¿A quién prendo? ¿á quién prendo?--gritó.
--¡Cálmese usted; aún hay tiempo, gracias á la prisa que me he dado; hasta las ocho!...
--¡Afusilo á todos!
--¡Escuche usted! Esta tarde, una mujer cuyo nombre no debo decir (es un secreto de confesión) se ha acercado á mí y me lo ha descubierto todo. A las ocho se apoderan del cuartel por sorpresa, saquean el convento, apresan la falúa y nos asesinan á todos los españoles.
El alférez estaba atontado.
--La mujer no me ha dicho más que esto,--añadió el cura.
--¿No ha dicho más? ¡pues la prendo!
--No lo puedo consentir: el tribunal de la penitencia es el trono del Dios de las misericordias.
--¡No hay Dios ni misericordias que valgan! ¡la prendo!
--Está usted perdiendo la cabeza. Lo que usted debe hacer es prepararse; arme usted silenciosamente á los soldados y póngalos en emboscada; mándeme cuatro guardias para el convento y advierta á los de la falúa.
--¡La falúa no está! ¡Pido auxilio á las otras secciones!
--No, que entonces se nota, y no siguen lo que traman. Lo que importa es que los cojamos vivos y les hagamos cantar, digo, usted les hará cantar; yo, en calidad de sacerdote, no debo mezclarme en estos asuntos. ¡Atención! aquí puede usted ganarse cruces y estrellas; sólo pido que haga constar que soy yo quien le ha prevenido.
--¡Constará, Padre, constará, y acaso le caiga una mitra!--contestó el alférez radiante, mirándose las mangas de su uniforme.
--Con que me manda usted cuatro guardias disfrazados, ¿eh? ¡Discreción! esta noche á las ocho llueven estrellas y cruces.
Mientras esto pasaba, un hombre va corriendo por el camino que conduce á casa de Crisóstomo y sube las escaleras aprisa.
--¿Está el señor?--pregunta la voz de Elías al criado.
--Está en su gabinete trabajando.
Ibarra, para distraer su impaciencia esperando la hora de poder tener explicaciones con María Clara, se había puesto á trabajar en su laboratorio.
--¿Ah, sois vos, Elías?--exclamó;--pensaba en vos: ayer me había olvidado de preguntaros por el nombre de aquel español en cuya casa vivía vuestro abuelo.
--No se trata, señor, de mí...
--Ved,--continuó Ibarra sin notar la agitación del joven y acercando un trozo de caña á la llama;--he hecho un gran descubrimiento: esta caña es incombustible...
--No se trata, señor, de la caña ahora; se trata de que recojáis vuestros papeles y huyáis dentro de un minuto.
Ibarra miró sorprendido á Elías y, al ver la gravedad de su semblante, se le cayó el objeto que tenía entre las manos.
--Quemad todo cuanto os pueda comprometer y que dentro de una hora os encontréis en un lugar más seguro.
--Y ¿por qué?--preguntó al fin.
--Poned en seguro cuanto tenéis de más precioso...
--Y ¿por qué?
--Quemad todo papel escrito por vos ó para vos: el más inocente se puede interpretar mal...
--Pero y ¿por qué?
--¿Por qué? porque acabo de descubrir una conspiración que se os atribuye para perderos.
--¿Una conspiración?... y ¿quién la trama?
--Me ha sido imposible averiguar el nombre de su autor; hace un momento acabo de hablar con uno de los desgraciados pagados para ello y á quien no he podido disuadir.
--Y ese ¿no os ha referido quién es el que le paga?
--Sí, exigiéndome que le guardase el secreto, me dijo que érais vos.
--¡Dios mío!--exclamó Ibarra y se quedó aterrado.
--¡Señor, no lo dudéis, no perdamos tiempo, que la conjuración acaso estalle esta noche misma!
Ibarra, con los ojos desmesuradamente abiertos, y las manos en la cabeza, parecía no oirle.
--El golpe no se puede impedir,--continuó Elías;--he llegado tarde, desconozco á los jefes... ¡salvaos, señor, conservaos para vuestro país!
--¿A dónde huir? ¡Esta noche me esperan!--exclamó Ibarra pensando en María Clara.
--¡A otro pueblo cualquiera, á Manila, á casa de alguna autoridad, pero en otra parte, para que no se diga que dirigíais el movimiento!
--Y ¿si yo mismo denuncio la conspiración?
--¡Vos denunciar!--exclamó Elías mirándole y retrocediendo;--pasaríais por traidor y cobarde á los ojos de los conspiradores, y por pusilánime á los ojos de los otros; se diría que les tendisteis un lazo para hacer méritos, se diría...
--Pero ¿qué hacer?
--Ya os lo dije: destruir cuantos papeles tengáis que se relacionan con vuestra persona, huir y esperar los acontecimientos...
--¿Y María Clara?--exclamó el joven;--¡no, antes morir!
Elías se retorció las manos y dijo:
--¡Pues bien, á lo menos evitad el golpe, preparáos para cuando os acusen!
Ibarra miró alrededor suyo en ademán atontado.
--Entonces, ayudadme; allí en esas carpetas tengo las cartas de mi familia; escoged las de mi padre que son las que tal vez me puedan comprometer. Leed las firmas.
Y el joven, aturdido, atontado, abría y cerraba cajones, recogía papeles, leía aprisa cartas, rasgaba unas, guardaba otras, sacaba libros, los hojeaba, etc. Elías hacía lo mismo, si bien con menos trastorno aunque con igual afán; pero de pronto se detiene, sus ojos se dilatan, da vueltas á un papel que tiene en la mano y pregunta con voz temblorosa:
--¿Conoció vuestra familia á don Pedro Eibarramendía?
--¡Ya lo creo!--contestó Ibarra abriendo un cajón y sacando un montón de papel;--¡era mi bisabuelo!
--¿Vuestro bisabuelo don Pedro Eibarramendía?--vuelve á preguntar Elías, lívido y con las facciones alteradas.
--Sí,--contesta Ibarra distraído;--acortamos el apellido que era largo.
--¿Era vascongado?--repitió Elías acercándosele.
--Vascongado, pero ¿qué tenéis?--pregunta sorprendido.
Elías cierra el puño, lo oprime contra su frente y mira á Crisóstomo, que retrocede al leer la expresión de su cara.
--¿Sabéis quién era don Pedro Eibarramendía?--pregunta entre dientes.--Don Pedro Eibarramendía era aquel miserable que calumnió á mi abuelo y causó toda nuestra desgracia... Yo buscaba su apellido, Dios os entrega á mí... ¡dadme cuenta de nuestras desgracias!
Crisóstomo le miró aterrado, pero Elías le sacudió del brazo, y le dijo con una voz amarga en que rugía el odio:
--Miradme bien, mirad si he sufrido, y vos vivís, amáis, tenéis fortuna, hogar, consideraciones, vivís... ¡vivís!
Y fuera de sí, corrió hacia una pequeña colección de armas, pero apenas hubo arrancado dos puñales, los deja caer, y mira como un loco á Ibarra, que continuaba inmóvil.
--¿Qué iba á hacer?--murmuró, y huyó de la casa.
LV
LA CATÁSTROFE
Allá en el comedor cenan capitán Tiago, Linares y tía Isabel; desde la sala se oye el ruido de platos y cubiertos. María Clara ha dicho que no tenía apetito y se ha sentado al piano, acompañada de la alegre Sinang, que le murmura al oído misteriosas frases, mientras el padre Salví se pasea inquieto de un extremo á otro de la sala.
No es que la convaleciente no sienta hambre, no; es que espera la llegada de una persona y ha aprovechado el momento en que su Argos no puede estar presente: la hora de cenar para Linares.
--Verás como el fantasma ese se queda hasta las ocho,--murmura Sinang señalando al cura;--á las ocho debe él venir. Ese está enamorado como Linares.
María Clara miró con espanto á su amiga. Esta, sin notarlo, continuó con su charla terrible:
--¡Ah! ¡ya sé yo por qué no sale á pesar de mis indirectas: no quiere gastar luz en el convento! ¿sabes? Desde que caíste enferma, las dos lámparas que hacía encender, se han vuelto á apagar... Pero ¡mírale qué ojos pone y qué cara!
En aquel momento en el reloj de la casa dieron las ocho. El cura se estremeció y fué á sentarse en un rincón.
--¡Ya viene!--dijo Sinang pellizcando á María Clara;--¿oyes?
La campana de la iglesia dió el toque de las ocho y todos se levantaron para rezar; el padre Salví con voz débil y temblorosa ofreció, pero, como cada uno tenía sus propios pensamientos, nadie paró atención en ello.
Terminado el rezo apenas, se presentó Ibarra. El joven llevaba luto no sólo en el traje sino también en la cara, de tal manera que, al verle, María Clara se levantó dando un paso hacia él como para preguntarle qué tenía, pero en el mismo instante una descarga de fusilería se dejó oir. Ibarra se detiene, sus ojos giran, pierde la palabra. El cura se esconde detrás de un pilar. Nuevos tiros, nuevas detonaciones se oyen del lado del convento, seguidos de gritos y carreras. Capitán Tiago, tía Isabel y Linares entran precipitadamente gritando ¡tulisán, tulisán! Andeng los sigue blandiendo el asador y corriendo hacia su hermana de leche.