Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 28
«Condenada así una mujer, maldecirá el día en que su hijo salga á luz: lo cual es, además de prolongar el suplicio, violentar los sentimientos maternales. La mujer parió con felicidad por desgracia, y por desgracia también el niño nació robusto. Dos meses después cumplióse la sentencia con gran satisfacción de los hombres, que así creían cumplir con su deber. No tranquila ya en estos montes, huyó con sus dos hijos á la vecina provincia y allí vivieron como fieras: odiando y odiados. El mayor de los dos hermanos, que recordaba en medio de tanta miseria su infancia feliz, se hizo tulisán tan luego como se halló con fuerzas. Pronto el nombre sanguinario de Bálat se estendió de provincia en provincia, terror de los pueblos, porque en su venganza todo lo llevaba á sangre y fuego. El menor, que había recibido de la Naturaleza un corazón bueno, habíase resignado con su suerte é infamia al lado de su madre: vivían de lo que el bosque daba, vestíanse de los andrajos que les arrojaban los caminantes, ella había perdido su nombre, sólo se la conocía por los apelativos de delincuente, prostituta, apaleada; él era únicamente conocido por el hijo de su madre, porque por la dulzura de su carácter no le creían hijo del incendiario, y porque todo se puede dudar de la moralidad de los indios. Al fin, el famoso Bálat cayó un día en poder de la Justicia, que le pidió estrecha cuenta de sus crímenes, ella que nada hizo para enseñarle el bien; y una mañana, buscando el joven á su madre, que había ido al bosque para coger hongos y aún no había vuelto, encontróla tendida en tierra, á orillas del camino, debajo de un algodonero, la cara vuelta al cielo, los ojos desencajados, fijos, crispados los dedos, hundidos en tierra, sobre la cual se veían manchas de sangre. Ocúrresele al joven levantar la vista y seguir la mirada del cadáver, ¡y vé en la rama colgado un cesto, y dentro del cesto la ensangrentada cabeza del hermano!»
--¡Dios mío!--exclamó Ibarra.
--«¡Eso pudo exclamar mi padre!--continuó Elías fríamente.--Los hombres habían descuartizado al salteador y enterrado el tronco, pero los miembros fueron esparcidos y colgados en diferentes pueblos. Si vais alguna vez de Calamba á Santo Tomás, encontraréis todavía un miserable árbol de lomboy donde colgó pudriéndose una pierna de mi tío: la Naturaleza le ha maldecido y el árbol ni crece ni da fruto. Lo mismo hicieron con los otros miembros, pero la cabeza, la cabeza como lo mejor del individuo, como lo que más fácilmente se reconoce, la colgaron delante de la cabaña de la madre!»
Ibarra bajó la cabeza.
--«El joven huyó como un maldito,--continuó Elías;--huyó de pueblo en pueblo, por montes y valles, y cuando ya se creía desconocido, entró de trabajador en casa de un rico en la provincia de Tayabas. Su actividad, la dulzura de su carácter le granjearon la estimación de cuantos no conocían su pasado. A fuerza de trabajo y economía logró hacerse un pequeño capital, y como la miseria había pasado y era joven, pensó en ser feliz. Su buena presencia, su juventud y su situación algo desahogada le captaron el amor de una joven del pueblo, cuya mano no se atrevía á pedir por miedo de que el pasado se conozca. Pero el amor pudo más y ambos faltaron á sus deberes. El hombre, para salvar el honor de la mujer, lo arriesga todo, la pide en matrimonio, se buscan los papeles y todo se descubre: el padre de la joven era rico, consiguió que procesaran al hombre, que no trató de defenderse, lo admitió todo y fué enviado á presidio. La joven dió á luz un niño y una niña, que fueron criados en secreto, haciéndoles creer en un padre muerto, lo que no era difícil, habiendo visto, siendo de tierna edad, morir á su madre, y pensándose poco en indagar genealogías. Como nuestro abuelo era rico, nuestra niñez fué muy venturosa; mi hermana y yo nos educamos juntos, nos amábamos como sólo se aman dos gemelos que no conocen otros amores. Muy joven fuí á estudiar en el colegio de los jesuitas, y mi hermana, para no separarnos del todo, pasó á la pensión de la Concordia. Concluída nuestra corta educación, porque únicamente deseábamos ser agricultores, nos retiramos al pueblo para tomar posesión de la herencia de nuestro abuelo. Vivimos algún tiempo felices, el porvenir nos sonreía, teníamos muchos criados, nuestros campos cosechaban bien y mi hermana estaba en vísperas de casarse con un joven á quien adoraba y de quien era igualmente correspondida. Por cuestiones pecuniarias, por mi carácter entonces altivo, me enajené la voluntad de un lejano pariente, y un día me echó en cara mi tenebroso nacimiento, mi infame ascendencia. Yo lo creí una calumnia y pedí satisfacción; la tumba en que dormía tanta podredumbre se volvió á abrir y la verdad salió para confundirme. Para mayor desdicha, teníamos desde hace años un criado viejo, que sufría todos mis caprichos sin dejarnos nunca, contentándose sólo con llorar y gemir entre las burlas de los otros servidores. Yo no sé cómo lo averiguó mi pariente; el caso es que citó ante la justicia á este viejo y le hizo declarar la verdad; el viejo criado era nuestro padre, que se pegaba á sus queridos hijos y á quien yo había maltratado varias veces. Nuestra dicha se desvaneció, renuncié á nuestra fortuna, mi hermana perdió su novio, y con mi padre abandonamos el pueblo para ir á otro punto cualquiera. El pensamiento de haber contribuido á nuestra desgracia acortó los días del anciano, de cuyos labios supe todo el doloroso pasado. Mi hermana y yo nos quedamos solos.
»Ella lloró mucho, pero en medio de tantos dolores como sobre nosotros se amontonaron, no pudo olvidarse de su amor. Sin quejarse, sin decir una palabra, vió casarse con otra á su antiguo novio, y yo la ví poco á poco enfermarse sin poderla consolar. Un día desapareció; en vano la busqué por todas partes, en vano pregunté por ella, hasta que seis meses después supe que por aquella época, después de una crecida del lago, se había encontrado en la playa de Calamba entre unos arrozales el cadáver de una joven, ahogada ó asesinada; tenía, según dicen, un cuchillo clavado en el pecho. Las autoridades de aquel pueblo hicieron publicar el hecho en los pueblos vecinos; nadie se presentó á reclamar el cadáver, ninguna joven había desaparecido. Por las señas que me dieron después, por el traje, las alhajas, la hermosura de su rostro y su abundantísima cabellera, reconocí en aquella á mi pobre hermana. Desde entonces vago de provincia en provincia; mi fama y mi historia andan en boca de muchos, se me atribuyen hechos, á veces se me calumnia, pero hago poco caso de los hombres y continúo mi camino. He aquí brevemente relatada mi historia, y la historia de uno de los juicios de los hombres».
Elías se calló y continuó remando.
--Voy creyendo que no os falta razón,--murmuró en voz baja Crisóstomo,--cuando decís que la justicia debía procurar el bien por la recompensa de la virtud y la educación de los criminales. Sólo que... esto es imposible, utópico; pues ¿de dónde sacar tanto dinero, tantos nuevos empleados?
--Y ¿para qué están los sacerdotes que pregonan su misión de paz y caridad? ¿Será más meritorio mojar con agua la cabeza de un niño, darle á comer sal, que despertar en la obscurecida conciencia de un criminal esa centella, dada por Dios á cada hombre para buscar el bien? ¿Será más humano acompañar á un reo al patíbulo, que acompañarle por la difícil senda que conduce del vicio á la virtud? ¿No se pagan también espías, verdugos y guardias civiles? Esto, sobre ser sucio, cuesta dinero también.
--Amigo mío, ni vos ni yo, aunque lo queramos, lo conseguiremos.
--Solos, en verdad, somos nada; pero tomad la causa del pueblo, uníos al pueblo, no desoigáis sus voces, dad ejemplo á los demás, ¡dad la idea de lo que se llama una patria!
--Lo que pide el pueblo es imposible; es menester esperar.
--¡Esperar, esperar equivale á sufrir!
--Si lo pidiese, se me reirían.
--Y ¿si el pueblo os sostiene?
--¡Jamás! no seré yo nunca el que he de guiar á la multitud á conseguir por la fuerza lo que el gobierno no cree oportuno, ¡no! Y si yo viera alguna vez á esa multitud armada, me pondría del lado del gobierno y la combatiría, pues en esa turba no vería á mi país. Yo quiero su bien, por eso levanto una escuela; lo busco por medio de la instrucción, por el progresivo adelanto; sin luz no hay camino.
--¡Sin lucha tampoco hay libertad!--contestó Elías.
--¡Es que yo no quiero esa libertad!
--Es que sin libertad no hay luz,--replicó el piloto con viveza;--decís que conocéis poco vuestro país, lo creo. No véis la lucha que se prepara, no véis la nube en el horizonte; el combate comienza en la esfera de las ideas para descender á la arena, que se teñirá en sangre; oigo la voz de Dios, ¡ay de los que quieran resistirle! ¡para ellos no se ha escrito la historia!
Elías estaba transfigurado: de pie, descubierto, su semblante varonil, iluminado por la luna, tenía algo de extraordinario. Sacudió su abundante cabellera, y continuó:
--¿No véis como todo despierta? El sueño duró siglos, pero un día cayó el rayo, y el rayo, al destruir, llamó la vida; desde entonces nuevas tendencias trabajan los espíritus, y estas tendencias, hoy separadas, se unirán un día guiadas por Dios. Dios no ha faltado á los otros pueblos, tampoco faltará al nuestro; su causa es la causa de la libertad.
Un silencio solemne siguió á estas palabras. Entretanto la banca, llevada insensiblemente por las olas, se acercaba á la orilla. Elías fué el primero que rompió el silencio.
--¿Qué he decir á los que me envían?--preguntó cambiando de tono.
--Ya os lo he dicho: que deploro mucho su estado, pero que esperen, pues los males no se curan con otros males, y en nuestra desgracia todos tenemos nuestras culpas.
Elías no volvió á replicar; bajó la cabeza, continuó remando, y llegado á la orilla, se despidió de Ibarra, diciendo:
--Os doy gracias, señor, por la condescendencia que habéis tenido conmigo; en interés vuestro os pido que en adelante os olvidéis de mí y no me reconozcáis en cualquiera situación que me encontréis.
Y dicho esto, volvió á conducir la banca, remando en dirección á una espesura en la playa. Durante la larga travesía permaneció silencioso; parecía no ver otra cosa que los millares de diamantes, que con el remo sacaba y devolvía al lago donde desaparecían misteriosos entre las azules ondas.
Por fin llegó; un hombre salió de la espesura y se le acercó.
--¿Qué digo al capitán?--preguntó.
--Dile que Elías, si no muere antes, cumplirá su palabra,--contestó tristemente.
--Entonces ¿cuándo te reunirás con nosotros?
--Cuando vuestro capitán crea que ha llegado la hora del peligro.
--¡Está bien, adiós!
--¡Si no muero antes!--murmuró Elías.
LI
CAMBIOS
El pudibundo Linares está serio y lleno de inquietud; acaba de recibir una carta de doña Victorina, que dice así:
«Estimado primo: Dentro de tres días espero saber de ti ci ya te á matado el alféres ó tú hael no qiero que pase un día mas cin que eze animal tenga su castigo si pasa este plazo iaun no leas desafiao haese le digo ha don Santiago que jamas fuiste segretario ni dabas bromas á Canobas ni ivas de golgorio con el general don arseño Martines le digo ha Clarita que todo es bola ino te doy ni un quarto mas si le desafias te prometo todo lo que qieras con que haver si le deza fías te prebengo que no hay es qucas ni motibos.
Tu prima que te qiere de coracon
Victorina de los Reyes de Espadaña.
Sampaloc lunes a las 7 de la Noche.»
El asunto era serio: Linares conocía el carácter de doña Victorina y sabía de qué era capaz; hablarle de razón era hablar de honradez y urbanidad á un carabinero de Hacienda, cuando se propone encontrar contrabando donde no lo hay; suplicar era inútil; engañar, peor; no había más remedio que desafiar.
--Pero ¿cómo?--decía paseándose solo;--¿si me recibe á cajas destempladas? ¿si me encuentro con su señora? ¿quién querrá ser mi padrino? ¿el cura? ¿capitán Tiago? ¡Maldita sea la hora en que he dado oídos á sus consejos! ¡Latera! ¿Quién me obligaba á darme pisto, contar bolas, á engatusar con fanfarronadas! ¿qué va á decir de mí esa señorita?... ¡Ahora me pesa haber sido secretario de todos los ministros!.
En este triste soliloquio estaba el buen Linares cuando el padre Salví llegó. El franciscano estaba en verdad más flaco y pálido que de costumbre, pero sus ojos brillaban con una luz singular y á sus labios asomaba una extraña sonrisa.
--Señor Linares, ¿tan solo?--saludó dirigiéndose á la sala, por cuya puerta entreabierta se escapaban algunas notas de piano.
Linares quiso sonreir.
--Y ¿don Santiago?--añadió el cura.
Capitán Tiago se presentó en el momento mismo, besó la mano al cura, le desembarazó de su sombrero y bastón, sonriendo como un bendito.
--¡Vamos, vamos!--decía el cura entrando en la sala, seguido de Linares y capitán Tiago;--tengo buenas noticias que participar á todos. He recibido cartas de Manila que me confirman la que ayer me trajo el señor Ibarra... de modo, don Santiago, que el impedimento desaparece.
María Clara, que estaba sentada al piano entre sus dos amigas, medio se levanta, pero pierde las fuerzas y vuelve á sentarse. Linares palidece y mira á capitán Tiago, que baja los ojos.
--Ese joven me va pareciendo muy simpático,--continúa el cura;--al principio le juzgué mal... es un poco vivo de genio, pero después sabe tan bien arreglar sus faltas que no se le puede guardar rencor. Si no fuera por el padre Dámaso...
Y el cura dirigió una rápida mirada á María Clara, que escuchaba, pero sin apartar los ojos del papel de música, á pesar de los pellizcos disimulados de Sinang, que así expresaba su alegría, y á estar á solas habría bailado.
--¿El padre Dámaso?...--preguntó Linares.
--Sí, el padre Dámaso ha dicho,--continuó el cura sin separar su vista de María Clara,--que como... padrino de bautismo, no podía él permitir... pero en fin, yo creo que si el señor Ibarra le pide perdón, lo que no dudo, todo se arreglará.
María Clara se levantó, dió una excusa y se retiró á su cuarto, acompañada de Victoria.
--Y ¿si el padre Dámaso no le perdona?--pregunta en voz baja capitán Tiago.
--Entonces... María Clara verá... el padre Dámaso es su padre... espiritual; pero yo creo que se entenderán.
En aquel instante oyéronse pasos y apareció Ibarra, seguido de la tía Isabel: su presencia produjo una impresión muy variada. Saludó con afabilidad á capitán Tiago, que no supo si sonreir ó llorar, y á Linares con una profunda inclinación de cabeza. Fray Salví se levantó y le tendió tan afectuosamente la mano, que Ibarra no pudo contener una mirada de sorpresa.
--No lo extrañe usted,--dice fray Salví;--ahora mismo le alababa á usted.
Ibarra dió las gracias y se acercó á Sinang.
--¿Dónde has estado todo el día?--preguntó ésta con su charla juvenil;--nos preguntábamos y decíamos: ¿A dónde habrá ido esa alma redimida del purgatorio? Y cada una de nosotras decía una cosa.
--Y ¿se puede saber qué decíais?
--No, eso es un secreto, pero ya te lo diré á solas. Ahora dinos dónde has estado, para ver quién ha podido adivinar.
--No, eso es también un secreto, pero yo te lo diré á solas, si los señores lo permiten.
--¡Ya lo creo, ya lo creo! ¡No faltaba más!--dijo el padre Salví.
Sinang llevó á Crisóstomo á un extremo de la sala: ella estaba muy alegre con la idea de saber un secreto.
--Dime, amiguita,--preguntó Ibarra;--¿está María enfadada conmigo?
--No lo sé, pero dice que es mejor que la olvides y se echa á llorar. Capitán Tiago quiere que se case con aquel señor, el padre Dámaso también, pero ella no dice ni sí ni no. Esta mañana, cuando preguntábamos por tí y yo decía: ¿Si habrá ido á hacer el amor á alguna? ella me contestó: ¡Ojalá! y se puso á llorar.
Ibarra estaba serio.
--Dile á María que quiero hablarle á solas.
--¿A solas?--preguntó Sinang frunciendo las cejas y mirándole.
--Enteramente á solas, no; pero que no esté aquél delante.
--Es difícil: pero pierde cuidado, se lo diré.
--Y ¿cuándo sabré la contestación?
--Mañana, vete á casa temprano. María no quiere jamás estar sola, la acompañamos; Victorina duerme una noche á su lado y yo otra; mañana me toca el turno. Pero oye ¿y el secreto? ¿Te vas sin decirme lo principal?
--¡Es verdad! estuve en el pueblo de Los Baños; voy á explotar los cocales, pues pienso levantar una fábrica; tu padre será mi socio.
--¿Nada más que eso? ¡Vaya un secreto!--exclamó Sinang en voz alta, con el tono de un usurero estafado;--yo creía...
--¡Cuidado! ¡no te permito que lo publiques!
--¡Ni ganas!--contestó Sinang arrugando la nariz.--Si fuera algo más importante, lo diría á mis amigas; pero ¡comprar cocos! ¡cocos! ¿quién se interesa por los cocos?
Y más que de prisa fué á buscar á sus amigas.
Momentos después, Ibarra se despidió viendo que la reunión no podía menos de languidecer; capitán Tiago tenía una cara agridulce, Linares estaba callado y observaba, el cura aparentando alegría hablaba de cosas extrañas. Ninguna de las jóvenes había vuelto á salir.
LII
LA CARTA DE LOS MUERTOS Y LAS SOMBRAS
El nublado cielo oculta á la luna; un viento frío, presagio del próximo Diciembre, barre algunas hojas secas y el polvo en el estrecho sendero, que conduce al cementerio.
Tres sombras se hablan en voz baja debajo de la puerta.
--¿Le has hablado á Elías?--preguntó una voz.
--No, ya sabes que es muy raro y circunspecto, pero debe ser de los nuestros: Don Crisóstomo le ha salvado la vida.
--Por eso también acepté,--dice la primera voz;--don Crisóstomo hace que la curen á mi mujer en casa de un médico en Manila. Me he encargado del convento para arreglar mis cuentas con el cura.
--Y nosotros, del cuartel para decir á los civiles que nuestro padre tenía hijos.
--¿Cuántos seréis?
--¡Cinco, con cinco hay bastante. El criado de don Crisóstomo dice que seremos veinte.
--Y ¿si no salís bien?
--¡St!--dijo uno y todos se callaron.
Veíase á favor de la semiobscuridad venir una sombra, deslizarse siguiendo el cerco: de tiempo en tiempo se detenía como si volviese la cara hacia atrás.
Y no le faltaba motivo. Detrás, á unos veinte pasos, venía otra sombra, mayor, y que parecía más sombra que la primera: tan ligeramente pisaba el suelo, desaparecía con rapidez como si le tragase la tierra cada vez que la primera se detenía y volvía.
--¡Me siguen!--murmuró ésta;--¿será la guardia civil? ¿mentirá el sacristán mayor?
--Dicen que es aquí la cita,--decía en voz baja la segunda sombra;--de algo malo se debe tratar cuando me lo ocultan los dos hermanos.
La primera sombra llegó al fin á la puerta del cementerio. Las tres primeras se adelantaron.
--¿Sois vosotros?
--¿Sois vos?
--¡Separémonos, que me han seguido! Mañana tendréis las armas y á la noche será. El grito es: «¡Viva don Crisóstomo!» ¡Idos!
Las tres sombras desaparecieron detrás de las tapias. El recién llegado se ocultó en el hueco de la puerta y esperó silencioso.
--¡Veamos quién me sigue!--murmuró.
La segunda sombra llegó con mucha precaución y se detuvo como para mirar en torno suyo.
--¡He llegado tarde!--dijo á media voz;--pero acaso vuelvan.
Y como empezaba á caer una lluvia fina y menuda, que amenazaba durar, pensó guarecerse debajo de la puerta.
Naturalmente se encontró con el otro.
--¡Ah! ¿quién sois?--preguntó el recién llegado con voz varonil.
--Y ¿quién sois vos?--contestó el otro tranquilamente.
Un momento de pausa; ambos trataban de reconocerse por el timbre de la voz y distinguirse las facciones.
--¿Qué esperáis aquí?--preguntó el de voz varonil.
--Que den las ocho para tener la carta de los muertos; quiero ganar esta noche una cantidad,--contestó el otro con voz natural;--y vos ¿á qué venís?
--A... lo mismo.
--¡Abá! [145] me alegro: así me estaré sin compañero. Traigo cartas; á la primera campanada les pongo albur; á la segunda, gallo; las que se muevan son las cartas de los muertos y hay que disputárselas á tajos. ¿Traéis también cartas?
--¡No!
--¿Entonces?
--Sencillamente; así como les ponéis banca, espero que ellos me la pondrán.
--Y ¿si los muertos no la ponen?
--¿Qué hacer? El juego no se ha hecho aún obligatorio entre los muertos...
Hubo un momento de silencio.
--¿Venís armado? ¿Cómo vais á luchar con los muertos?
--Con mis puños,--contestó el más grande de los dos.
--¡Ah, diablo, ahora me acuerdo! los muertos no apuntan cuando hay más de un vivo, y somos dos.
--¿De veras? pues yo no quiero irme.
--Ni yo, me hace falta dinero,--contestó el más pequeño;--pero hagamos una cosa: juguemos entre los dos, y el que pierda que se aleje.
--Sea...--contestó el otro con cierto disgusto.
--Entonces entremos... ¿tenéis fósforos?
Entraron y buscaron en aquella semiobscuridad un lugar á propósito, y pronto encontraron un nicho sobre el que se sentaron. El más bajo sacó de su salakot unas cartas, y el otro encendió un fósforo.
A la luz miráronse el uno al otro, pero, á juzgar por la expresión de sus rostros, no se conocían. No obstante, nosotros reconoceremos en el más alto y de voz varonil á Elías, y en el menor á Lucas con su cicatriz en la mejilla.
--¡Cortad!--dijo éste, sin dejar de observarle.
Apartó algunos huesos, que encontró sobre el nicho, y sacó un as y un caballo. Elías encendía fósforos uno tras otro.
--¡Al caballo!--dijo, y para señalar la carta puso una vértebra encima.
--¡Juego!--dijo Lucas, y á las cuatro ó cinco cartas sacó un as.
--Habéis perdido,--añadió;--ahora dejadme solo que me busque la vida.
Elías, sin decir una palabra, se alejó perdiéndose en la obscuridad.
Algunos minutos después dieron las ocho en el reloj de la iglesia, y la campana anunció la hora de las ánimas; pero Lucas no invitó á jugar á nadie: no evocó á los muertos, como manda la superstición, sino que descubrió y murmuró algunas oraciones, santiguándose y persignándose con el mismo fervor que lo haría en aquel momento el jefe de la cofradía del santísimo rosario.
Toda la noche siguió lloviznando. A las nueve las calles estaban ya obscuras y solitarias; los faroles de aceite, que cada vecino debe colgar, apenas iluminaban una esfera de un metro de radio: parecían encendidos para hacer ver las tinieblas.
Dos guardias civiles se pasean de un extremo á otro de la calle, cerca de la iglesia.
--¡Hace frío!--decía uno en tagalo, con acento visaya [146]; no cogemos á ningún sacristán; no hay quien componga el gallinero del alférez... Con la muerte del otro se han escarmentado; esto me aburre.
--Y á mí,--contesta el otro;--nadie roba ni alborota; pero, gracias á Dios, dicen que Elías está en el pueblo.
Dice el alférez que el que le coja, estará libre de azotes durante tres meses.
--¡Ah! ¿Sabes de memoria las señas?--preguntó el visaya.
--¡Ya lo creo! estatura alta, según el alférez; regular, según el padre Dámaso; color moreno, ojos negros, nariz regular, boca regular, barba ninguna, pelo negro...
--¡Ah! ¿y señas particulares?
--Camisa negra, pantalón negro, leñador...
--¡Ah! no se escapará; me parece ya verle.
--No le confundo con otro, aunque se le parezca.
Y ambos soldados siguen su ronda.
A la luz de los faroles vemos otra vez dos sombras ir una detrás de otra con gran cautela. Un enérgico ¿quién vive? detiene á ambas, y la primera contesta ¡España! con voz temblorosa.
Los soldados le arrastran y le llevan á un farol para reconocerle. Era Lucas, pero los soldados dudan y se consultan con la mirada.
--¡El alférez no ha dicho que tenga cicatriz!--dice el visaya en voz baja.--¿A dónde vas?
--A mandar una misa para mañana.
--¿No has visto á Elías?
--¡No le conozco, señor!--contesta Lucas.
--¡No te pregunto si le conoces, tonto! tampoco le conocemos; te pregunto si le has visto.
--No, señor.
--Oye bien, te diré sus señas. Estatura á veces alta, á veces regular; pelo y ojos negros; todo lo demás es regular,--dice el visaya.--¿Le conoces ahora?
--¡No, señor!--contestó Lucas atontado.
--Entonces, ¡sulung! ¡burro! ¡burro!--Y le dieron un empellón.