Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 26
Entretanto las voces crecen, aumenta la confusión, se invade la rueda, las graderías son asaltadas. Los soltadores llevan á la arena dos gallos, uno blanco y otro rojo, armados ya, pero las navajas están aún envainadas. Se oyen gritos de ¡al blanco! ¡al blanco! alguna que otra voz grita ¡al rojo! El blanco era el llamado y el rojo el dejado esto es, el favorito y el outsider (desechado).
Entre la multitud circulan guardias civiles; no llevan el uniforme del benemérito cuerpo, pero tampoco van de paisano. Pantalón de guingón con franja roja, camisa manchada de azul de la blusa desteñida, gorra de cuartel, he aquí el disfraz en armonía con su comportamiento: apuestan y vigilan, turban y hablan de mantener la paz.
Mientras se grita, se tienden las manos, agitando monedas y haciéndolas sonar; mientras se busca en los bolsillos la última moneda ó, á falta de ella, se quiere empeñar la palabra, prometiendo vender el carabao, la próxima cosecha, etc., dos jóvenes, hermanos al parecer, siguen con ojos envidiosos á los jugadores, se acercan, murmuran tímidas palabras que nadie escucha, se ponen cada vez más sombríos y se miran entre sí con disgusto y despecho. Lucas los observa con disimulo, sonríe malignamente, hace sonar pesos de plata, pasa cerca de los dos hermanos, y mira hacia la rueda, gritando:
--¡Pago cincuenta, cincuenta contra veinte por el blanco!
Los dos hermanos cambian una mirada.
--Yo ya te decía,--murmura el mayor,--que no apostases todo el dinero; ¡si me hubieses obedecido tendríamos ahora para el rojo!
El menor se acerca tímidamente á Lucas y le toca del brazo.
--¿Eres tú?--exclama éste volviéndose y fingiendo sorpresa;--¿acepta tu hermano mi proposición ó vienes á apostar?
--¿Cómo queréis que apostemos, si hemos perdido todo?
--¿Entonces aceptáis?
--¡El no quiere! si pudieseis prestarnos algo, ya que decís que nos conocéis...
Lucas rascóse la cabeza, estiró su camisa, y repuso:
--Sí que os conozco; sois Társilo y Bruno, jóvenes y fuertes. Sé que vuestro valiente padre murió de resultas de los cien azotes diarios, que le daban esos soldados; sé que no pensáis en vengarle...
--No os entrometáis en nuestra historia,--interrumpió Társilo, el mayor;--eso trae desgracia. ¡Si no tuviéramos una hermana, ya haría tiempo que estaríamos ahorcados!
--¿Ahorcados? Sólo ahorcan al cobarde, al que no tiene dinero ni protección. Y de todos modos el monte está cerca.
--¡Ciento contra veinte, voy al blanco!--gritó uno al pasar.
--¡Prestadnos cuatro pesos... tres... dos,--suplicó el más joven; luego os devolveremos el doble; la soltada va á empezar.
Lucas rascóse de nuevo la cabeza.
--¡Pst! Este dinero no es mío, me lo ha dado don Crisóstomo para los que le quieran servir. Pero veo que no sois como vuestro padre; aquél sí que era valiente; el que no lo es, que no busque diversiones.
Y se alejó de ellos, aunque no mucho.
--Aceptemos ya ¿qué más da?--dijo Bruno.--Lo mismo da morir ahorcado que fusilado: los pobres no servimos para otra cosa.
--Tienes razón, pero piensa en nuestra hermana.
Entretanto el redondel se ha despejado, va á comenzar la lid. Las voces empiezan á callarse, y los dos soltadores y el perito atador de navajas se quedan en medio. A una señal del sentenciador, aquél desnuda los aceros, y brillan las finas hojas, amenazadoras, relucientes.
Los dos hermanos se acercan tristes y silenciosos al cerco, y observan, apoyando la frente contra la caña. Un hombre se acerca y les dice al oído:
--¡Pare! [140] ciento contra diez; ¡yo soy por el blanco!
Társilo le mira con aire atontado. Bruno le da un codazo, al que responde con un gruñido.
Los soltadores tienen los gallos con delicadeza magistral, cuidando de no herirse. Reina un silencio solemne: creeríase que los presentes, menos los dos soltadores, son horribles muñecos de cera. Acercan un gallo al otro, sujetándole la cabeza á uno para que al ser picoteado se irrite, y viceversa: en todo duelo debe de haber igualdad, lo mismo entre galos parisienses que entre gallos filipinos. Después les hacen verse cara á cara, los acercan, con lo que los pobres animalitos saben quién les ha arrancado una plumita y con quién deben luchar. Erízase el plumaje del cuello, se miran con fijeza, y rayos de ira se escapan de sus redondos ojitos. Entonces ha llegado el momento: los depositan en tierra á distancia y les dejan el campo libre.
Avanzan lentamente. Oyense sus pisadas sobre el duro suelo; nadie habla, nadie respira. Bajando y subiendo la cabeza como midiéndose con la mirada, los dos gallos emiten sonidos, tal vez de amenaza y desprecio. Han divisado la brillante hoja, que lanza fríos y azulados reflejos; el peligro los anima y dirígense uno á otro decididos, pero á un paso de distancia se detienen, y con la mirada fija bajan la cabeza y vuelven á erizar sus plumas. En aquel momento el pequeño cerebro se baña en sangre, brota el rayo, y con su natural valor se lanzan impetuosamente el uno contra el otro; chocan entre sí pico contra pico, pecho contra pecho, acero contra acero y ala contra ala: los golpes se han parado con maestría, y sólo han caído algunas plumas. Vuelven á medirse de nuevo; de repente el blanco vuela, se eleva agitando la mortífera navaja, pero el rojo ha doblado las piernas, ha bajado la cabeza, y el blanco sólo ha azotado el aire; mas, al tocar el suelo, evitando ser herido de espaldas, vuélvese rápidamente y hace frente. Atácale el rojo con furia, pero se defiende con serenidad: no en vano es el favorito del público. Todos siguen trémulos y ansiosos las peripecias del combate, soltando alguno que otro involuntario grito. El suelo se va cubriendo de plumas rojas y blancas, tintas en sangre: pero no es á primera sangre el duelo; el filipino, siguiendo aquí las leyes dadas por el gobierno, quiere que sea á muerte ó á quien huya el primero. La sangre riega el suelo ya, los golpes menudean, pero la victoria sigue indecisa. Por fin, tentando un supremo esfuerzo, el blanco se arroja para dar el último golpe, clava su navaja en el ala del rojo y se engancha entre los huesos; pero el blanco ha sido herido en el pecho, y ambos, desangrados, extenuados, jadeantes, unido el uno al otro, permanecen inmóviles hasta que el blanco cae, arroja sangre por el pico, patalea y agoniza; el rojo, sujeto del ala, se mantiene á su lado, poco á poco dobla sus piernas y cierra lentamente sus ojos.
Entonces el sentenciador, de acuerdo con lo que prescribe el gobierno, declara vencedor al rojo; una salvaje gritería saluda la sentencia, gritería que se oye en todo el pueblo, prolongada, uniforme y dura algún tiempo. El que la oye de lejos, comprende entonces que el que ha ganado es el dejado; de lo contrario el júbilo duraría menos. Tal sucede entre las naciones: una pequeña que consigue alcanzar una victoria sobre otra grande, la canta y la cuenta por los siglos de los siglos.
--¿Ves?--dijo Bruno con despecho á su hermano,--si me hubieses creído hoy tendríamos cien pesos: por ti estamos sin un cuarto.
Társilo no contestó, pero miró con ojos entornados al rededor suyo, como buscando á alguien.
--Allá está hablando con Pedro,--añade Bruno;--le da dinero, ¡cuánto dinero!
En efecto, Lucas contaba sobre la mano del marido de Sisa monedas de plata. Cámbianse aún algunas palabras en secreto y se separan al parecer satisfechos.
--Pedro habrá sido contratado: ¡ese, ese sí que es decidido!--suspira Bruno.
Társilo permanece sombrío y pensativo; con la manga de la camisa se enjuga el sudor que corre por su frente.
--Hermano,--dice Bruno,--yo voy si tú no te decides; la ley [141] continúa, el lásak debe ganar y no podemos perder tan buena ocasión. Quiero apostar en la soltada siguiente; ¿qué más da? Así vengamos al padre.
--¡Espera!--le dice Társilo y le mira fijamente en los ojos: ambos estaban pálidos;--voy contigo, tienes razón: vengaremos al padre.
Se detiene, sin embargo, y vuelve á enjugarse el sudor.
--¿En qué te paras?--pregunta Bruno impaciente.
--¿Sabes qué soltada sigue? ¿vale la pena?...
--¡Pues no! ¿no lo has oído? El búlik de capitán Basilio contra el lásak de capitán Tiago; según la ley del juego, debe ganar el lásak.
--¡Ah, el lásak! yo también apostaría... pero asegurémonos antes.
Bruno hace un gesto de impaciencia, pero sigue á su hermano y éste mira bien el gallo, le analiza, medita, reflexiona, hace algunas preguntas, el desgraciado duda; Bruno está nervioso y le mira airado.
--Pero ¿no ves esa ancha escama que tiene allí, cerca del espolón? ¿no ves esas patas? ¿qué más quieres? ¡Mira esas piernas, extiende esas alas! ¿Y esta escama partida encima de esta ancha, y esta doble?
Társilo no le oye, sigue examinando el animal: el ruido del oro y de la plata llegan á sus oídos.
--Veamos ahora el búlik,--dice con voz ahogada.
Bruno golpea el suelo con el pie, hace crujir sus dientes, pero obedece á su hermano.
Acércanse á otro grupo. Allí arman el gallo, escogen navajas, el atador prepara seda roja, lo encera y frota varias veces.
Társilo envuelve el animal con una mirada sombríamente impasible: parecía que no veía el gallo, sino otra cosa en el porvenir. Se pasa la mano por la frente.
--¿Estás dispuesto?--pregunta á su hermano con voz sorda.
--¿Yo? desde antes; ¡sin necesidad de verlos!
--Es que... nuestra pobre hermana...
--¡Abá! ¿No te han dicho que el jefe es don Crisóstomo? ¿no le has visto pasearse con el Capitán General? ¿Qué peligro corremos?
--¿Y si morimos?
--¿Qué más da? Nuestro padre murió apaleado.
--¡Tienes razón!
Ambos hermanos buscan á Lucas entre los grupos.
Tan pronto como le divisan, Társilo se detiene.
--¡No! vámonos de aquí, ¡nos vamos á perder!--exclama.
--¡Vete si quieres, yo acepto!
--¡Bruno!
Desgraciadamente un hombre se acerca y les dice:
--¿Apostáis? Yo soy por el búlik.
Los dos hermanos no contestan.
--¡Logro!
--¿Cuánto?--pregunta Bruno.
Púsose el hombre á contar sus monedas de cuatro pesos: Bruno le miraba sin respirar.
--¡Tengo doscientos; cincuenta contra cuarenta!
--¡No!--dice Bruno resuelto;--poned...
--¡Bueno; cincuenta contra treinta!
--¡Doblad si queréis!
--¡Bien! el búlik es de mi patrón y acabo de ganar; ciento contra sesenta.
--¡Trato hecho! Esperad que saque dinero.
--Pero yo seré el depositario,--dice el otro no confiando mucho en las trazas de Bruno.
--¡Me es igual!--responde éste que confía en sus puños.
Y volviéndose á su hermano le dice:
--Si te quedas, yo me voy.
Társilo reflexionó: amaba á su hermano y el juego. No podía dejarlo solo, y murmuró:--¡Sea!
Acercáronse á Lucas: éste les vió venir y se sonrió.
--¡Mamâ!--dice Társilo.
--¿Qué hay?
--¿Cuánto dais?--preguntan los dos.
--Ya lo he dicho: si os encargáis de buscar otros para sorprender el cuartel, os doy treinta pesos á cada uno, y diez á cada compañero. Si todo sale bien, recibirá ciento cada uno y vosotros el doble: don Crisóstomo es rico.
--¡Aceptado!--exclamó Bruno; venga el dinero.
--¡Ya sabía yo que érais valientes como vuestro padre! ¡Venid, que no nos oigan esos que le mataron!--dijo Lucas señalando á los guardias civiles.
Y llevándolos á un rincón, les dice mientras les cuenta las monedas:
--Mañana llega don Crisóstomo y trae armas; pasado mañana, á la noche, cerca de las ocho, id al cementerio y os diré sus últimas disposiciones. Tenéis tiempo de buscar compañeros.
Despidiéronse. Los dos hermanos parecían haber cambiado de papel: Társilo estaba tranquilo, Bruno inquieto.
XLVII
LAS DOS SEÑORAS
Mientras capitán Tiago jugaba su lásak, doña Victorina daba un paseo por el pueblo, con la intención de ver cómo tenían los indolentes indios sus casas y sementeras. Se había vestido lo más elegantemente que podía, poniéndose sobre la bata de seda todas sus cintas y flores, para imponer á los provincianos y hacerles ver cuánta distancia mediaba entre ellos y su sagrada persona, y dando el brazo á su marido cojo, se pavoneó por las calles del pueblo, en medio de la estupefacción y de la extrañeza de los habitantes. El primo Linares se había quedado en casa.
--¡Qué feas casas tienen esos indios!--empezó doña Victorina haciendo una mueca;--yo no sé cómo pueden vivir allí: se necesita ser indio. Y ¡qué mal educados son y qué orgullosos! ¡Se encuentran con nosotros y no se descubren! Pégales en el sombrero como hacen los curas y los tenientes de la guardia civil, enséñales urbanidad.
--Y ¿si me pegan?--pregunta el doctor de Espadaña.
--¡Para eso eres hombre!
--¡Pe... pero estoy cojo!
Doña Victorina se iba poniendo de mal humor: las calles no estaban adoquinadas, y la cola de su bata se llenaba de polvo. Encontrábase además con muchas jóvenes que, al pasar á su lado, bajaban los ojos y no admiraban, como debían, su lujoso traje. El cochero de Sinang, que conducía á ésta y á su prima en un elegante tres por ciento [142], tuvo la desfachatez de gritarle ¡tabî! con voz tan imponente, que ella tuvo que apartarse y sólo pudo protestar:
«¡Mírale al bruto del cochero! Le voy á decir á su amo que eduque mejor á sus criados.»
--¡Volvámonos á casa!--mandó á su marido.
Este, que temía una tormenta, giró sobre su muleta obedeciendo el mandato.
Encontráronse con el alférez, saludáronse y esto aumentó el descontento de doña Victorina: el militar no sólo no le hizo ningún cumplido por su traje, sino que casi lo examinó con burla.
--Tú no debías darle la mano á un simple alférez,--dijo á su marido al alejarse aquél; él apenas tocó su capacete y tú te quitaste el sombrero; ¡no sabes guardar el rango!
--¡El es jefe a ... aquí!
--Y ¿qué nos importa? ¿Somos acaso indios?
--¡Tienes razón!--contestó él que no quería reñir.
Pasaron delante de la casa del militar. Doña Consolación estaba en la ventana, como de costumbre, vestida de franela y fumando su puro. Como la casa era baja, se miraron, y doña Victorina la distinguió bien: la Musa de la guardia civil la examinó tranquilamente de pies á cabeza, y después, sacando el labio inferior hacia adelante, escupió, volviendo la cara á otro lado. Esto acabó con la paciencia de doña Victorina, y dejando á su marido sin apoyo, se cuadró enfrente de la alféreza, temblando de ira y sin poder hablar. Doña Consolación volvió lentamente la cabeza, la examinó de nuevo tranquilamente y escupió otra vez, pero con mayor desdén.
--¿Qué tiene usted, doña?--pregunta.
--¿Puede usted decirme, señora, por qué me mira usted así? ¿Tiene usted envidia?--consigue al fin hablar doña Victorina.
--¿Yo, envidia yo, y de usted?--dice con sorna la Medusa;--¡sí! ¡le envidio los rizos!
--¡Ven, mujer!--dice el doctor;--¡no le hagas ca... caso!
--¡Deja que le dé una lección á esta ordinaria sin vergüenza!--contesta la mujer dando un empellón á su marido que por poco besa el suelo, y volviéndose á doña Consolación.
--¡Mire usted con quién se trata!--dice;--¡no crea usted que soy una provinciana ó una querida de soldados! En mi casa, en Manila, no entran los alféreces; se esperan en la puerta.
--¡Hola, excelentísima señora Puput! no entrarán los alféreces, pero sí los inválidos, como ese, ¡ja! ¡ja! ¡ja!
A no haber sido por los coloretes, se habría visto á doña Victorina ruborizarse: quiso asaltar á su enemiga, pero el centinela la detuvo. Entretanto la calle se llenaba de curiosos.
--¡Oiga usted! me rebajo hablando con usted; las personas de categoría... ¿Quiere usted lavar mi ropa, la pagaré bien! ¿Cree usted que no sé que era usted lavandera!
Doña Consolacion se irguió furiosa: lo de lavada la hirió.
--¿Cree usted que no sabemos quién es y qué gente trae? ¡Vaya! ¡ya me lo ha dicho mi marido! Señora, yo al menos no he pertenecido más que á uno, pero ¿y usted? Se necesita morir de hambre para cargar con el sobrante, el trapo de todo el mundo.
El tiro le dió en la cabeza á doña Victorina; remangóse, cerró los puños y apretando los dientes empezó á decir:
--¡Baje usted, vieja cochina, que le voy á machacar esa sucia boca! ¡Querida de un batallón, ramera de nacimiento!
La Medusa desapareció rápidamente de la ventana, y pronto se la vió bajar corriendo, agitando el látigo de su marido.
Suplicante se interpuso don Tiburcio, pero habrían venido á las manos, si no hubiese llegado el alférez.
--Pero ¡señoras... Don Tiburcio!
--¡Eduque usted mejor á su mujer, cómprele mejores vestidos y si no tiene dinero, robe usted á los del pueblo, que para eso tiene usted soldados!--gritaba doña Victorina.
--¡Aquí estoy, señora! ¿por qué no me machaca V. E. la boca? ¡Usted no tiene más que lengua y saliva, doña Excelencias!
--¡Señora!--decía el alférez furioso;--¡dé usted gracias que yo me acuerde de que es usted mujer, que si no la reventaba á puntapiés con todos sus rizos y cintajos!
--¡Se... señor alférez!
--¡Ande usted, matasanos! ¡No lleva usted pantalones, Juan Lanas!
Armóse una de palabras y gestos, una de gritos, insultos é injurias; sacáronse todo lo sucio que guardaban en sus arcas, y como hablaban cuatro á la vez y decían tantas cosas, que desprestigian á ciertas clases, sacando á relucir muchas verdades, renunciamos aquí á escribir cuanto se dijeron. Los curiosos, si bien no entendían todo lo que se decían, divertíanse no poco y esperaban que llegasen á las manos. Desgraciadamente vino el cura y puso paz.
--¡Señores, señoras! ¡qué vergüenza! ¡Señor alférez!
--¿Qué se mete usted aquí, hipócrita, carlistón?
--Don Tiburcio, llévese usted á su señora! ¡Señora, contenga usted su lengua!
--¡Eso dígaselo usted á esos roba pobres!
Poco á poco se agotó el diccionario de epítetos, terminó la reseña de las desvergüenzas de cada pareja y, amenazándose é insultándose, se fueron separando poco á poco. Fray Salví iba de una parte á otra animando el espectáculo; ¡si nuestro amigo, el corresponsal, hubiese estado presente!....
--¡Hoy mismo nos vamos á Manila y nos presentamos al Capitán general!--decía furiosa doña Victorina á su marido.--Tú no eres hombre; ¡lástima de pantalones que gastas!
--Pe... pero, mujer, y ¿los guardias? ¡yo estoy cojo!
--Debes desafiarle á pistola ó á sable, ó si no... si no...
Y doña Victorina le miró en la dentadura.
--Hija, no he cogido nunca...
Doña Victorina no le dejó concluir: con un sublime movimiento le arrancó la dentadura en medio de la calle y la pisoteó. El, medio llorando, y ella echando chispas, llegaron á casa. Linares estaba en aquel momento hablando con María Clara, Sinang y Victoria, y como no había sabido nada de la discordia, se inquietó no poco al ver á sus primos. María Clara, que estaba recostada en un sillón entre almohadas y mantas, se sorprendió no poco al ver la nueva fisonomía de su doctor.
--Primo,--dice doña Victorina,--tú desafías ahora mismo al alférez ó si no...
--Y ¿por qué?--pregunta Linares sorprendido.
--Le desafías ahora mismo ó si nosino digo aquí á todos quién eres tú.
--Pero ¡doña Victorina!
Las tres amigas se miran.
--¿Te parece? ¡El alférez nos ha insultado y ha dicho que tú eres lo que eres! La vieja bruja ha bajado con látigo, y éste, éste se ha dejado insultar... ¡un hombre!
--¡Abá!--dijo Sinang;--¡se han peleado y no lo hemos visto!
--¡El alférez le rompió los dientes al doctor!--añadió Victoria.
--Hoy mismo nos vamos á Manila; tú, te quedas aquí á desafiarle, y si no le digo á don Santiago que es mentira cuanto le has contado, le digo...
--¡Pero, doña Victorina, doña Victorina!--interrumpe pálido Linares acercándose á ella, cálmese usted; no me haga usted recordar...--y añadió en voz baja:--No sea usted imprudente, precisamente ahora.
A la sazón que pasaba esto, llegaba capitán Tiago de la gallera, triste y suspirando: había perdido su lásak.
No le dejó tiempo doña Victorina de suspirar; en pocas palabras y muchos insultos le contó cuanto había pasado, se entiende, procurando ponerse en buena luz.
--Linares le va á desafiar, ¿oye usted? ¡Si no, no le deje usted que se case con su hija, no lo permita usted! Si no tiene valor, no merece á Clarita...
--¿Con que te casas con ese señor?--pregunta Sinang cuyos alegres ojos se llenan de lágrimas;--yo sabía que eras discreta, pero no voluble.
María Clara, pálida como la cera, medio se incorpora y mira con espantados ojos á su padre, á doña Victorina y á Linares. Este se ruboriza, capitán Tiago baja los ojos y la señora añade:
--Clarita, tenlo presente; no te cases nunca con un hombre que no lleve pantalones; te expones á que te insulten hasta los perros.
Pero la joven no contestó y dijo á sus amigas:
--Conducidme á mi cuarto, que no puedo andar sola.
Ayudáronla á levantarse; y rodeada su cintura con los redondos brazos de sus amigas, apoyada la marmórea cabeza sobre el hombro de la hermosa Victoria, entró la joven en su alcoba.
Aquella misma noche recogieron ambos cónyuges sus cosas, pasaron la cuenta á capitán Tiago, la cual ascendió á algunos miles, y al día siguiente muy temprano partían para Manila en el coche de éste. Al tímido Linares le confiaron el papel de vengador.
XLVIII
EL ENIGMA
Volverán las oscuras golondrinas...
(Becquer).
Como había anunciado Lucas, Ibarra llegó al día siguiente. Su primera visita fué para la familia de capitán Tiago con el objeto de ver á María Clara y referir que Su Ilustrísima ya le había reconciliado con la religión: traía una carta de recomendación para el cura, escrita del puño mismo del Arzobispo. No poco se alegró de ello tía Isabel, que quería al joven y no veía con tan buenos ojos el casamiento de su sobrina con Linares. Capitán Tiago no estaba en casa.
--Pase usted,--decía la tía en su medio castellano;--María, don Crisóstomo está otra vez en gracia de Dios; el arzobispo le ha descomulgado.
Pero el joven no pudo avanzar, la sonrisa se heló en sus labios y la palabra huyó de su memoria. Junto al balcón, de pie, al lado de María Clara, estaba Linares, tejiendo ramilletes con las flores y las hojas de las enredaderas; en el suelo yacían esparcidas rosas y sampagas. María Clara, recostada en su sillón, pálida, pensativa, la mirada triste, jugaba con un abanico de marfil, no tan blanco como sus afilados dedos.
A la presencia de Ibarra, Linares se puso pálido y las mejillas de María Clara se tiñeron de carmín. Trató de levantarse, pero, faltándole las fuerzas, bajó los ojos y dejó caer el abanico.
Un embarazoso silencio reinó por algunos segundos. Al fin Ibarra pudo adelantarse y murmurar tembloroso:
--Acabo de llegar y he venido corriendo para verte... Hallo que estás mejor de lo que yo creía.
María Clara parecía que se había vuelto muda, no profería una palabra y continuaba con los ojos bajos.
Ibarra miró á Linares de pies á cabeza, mirada que el vergonzoso joven sostuvo con altivez.
--Vamos, veo que mi llegada no era esperada,--repuso lentamente;--María, perdóname que no me haya hecho anunciar; otro día podré darte explicaciones sobre mi conducta... todavía nos veremos... con seguridad.
Estas últimas palabras acompañadas de una mirada para Linares. La joven levantó hacia él los hermosos ojos, llenos de pureza y melancolía, tan suplicantes y elocuentes, que Ibarra se detuvo confuso.
--¿Podré venir mañana?
--Ya sabes que para mí siempre eres bien venido,--contestó ella apenas.
Ibarra se alejó tranquilo en apariencia, pero con una tempestad en la cabeza y frío en el corazón. Lo que acababa de ver y de sentir era incomprensible: ¿qué era aquello, duda, desamor, traición?
--¡Oh, mujer al fin!--murmuraba.
Llegó, sin notarlo, al sitio donde se construía la escuela. Las obras estaban muy adelantadas; Ñor Juan con su metro y su plomada iba y venía entre los numerosos trabajadores. Al verle corrió á su encuentro.
--Don Crisóstomo,--dijo,--al fin ha llegado usted; todos le esperábamos; mire usted cómo están los muros: ya tienen un metro diez de alto; dentro de dos días tendrán la altura de un hombre. No he admitido más que molave, dungon, ipil, langil; he pedido tíndalo, malatapay, pino y narra [143] para las obras muertas. ¿Quiere usted visitar los subterráneos?
Los trabajadores saludaban respetuosos.