Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau

Part 25

Chapter 254,066 wordsPublic domain

--¡No tenga usted cuidado!--le contestó sin mirarle,--yo sé lo que me hago: he asistido ya á muchísimos enfermos; además, ella dirá si quiere ó no tomar la santa comunión y verá usted como dice á todo que sí.

Por de pronto capitán Tiago tuvo que decir sí á todo.

Tía Isabel entró en la alcoba de la enferma.

María Clara seguía en cama, pálida, muy pálida; á su lado estaban sus dos amigas.

--Toma un granito más,--decía Sinang en voz baja presentándole un gránulo blanco, que sacó de un pequeño tubo de cristal;--él dice que, cuando sientas ruido ó zumbido de oídos, suspendas la medicina.

--¿No ha vuelto á escribirte?--pregunta en voz baja la enferma.

--No, ¡debe estar muy ocupado!

--¿No me manda decir nada?

--No dice más sino que va á procurar que el arzobispo le absuelva de la excomunión para que....

La conversación se suspende porque viene la tía.

--El padre quiere que te dispongas á confesarte, hija,--dice ésta;--dejadla para que haga su examen de conciencia.

--Pero ¡si no hace una semana que se confesó!--protesta Sinang.--Yo no estoy enferma y no peco tan á menudo.

--¡Abá! ¿no sabéis lo que dice el cura? el justo peca siete veces al día. Vamos ¿quieres que te traiga el Ancora, el Ramillete ó el Camino recto para ir al cielo?

María Clara no contestó.

--Vamos, no te has de fatigar,--añade la buena tía para consolarla; yo misma te leeré el examen de conciencia y tú no harás sino recordar los pecados.

--¡Escríbele que no piense más en mí!--murmuró María Clara al oído de Sinang, cuando se despedía de ella.

--¿Cómo?

Pero la tía entró y Sinang tuvo que alejarse, sin comprender lo que su amiga le había dicho.

La buena tía acercó una silla á la luz, púsose los anteojos sobre la punta de la nariz, y abriendo un librito, dijo:

--Pon mucha atención, hija mía; voy á empezar por los mandamientos de la ley de Dios; iré despacio para que puedas meditar; si no me has oído bien, me lo dirás para que lo repita; ya sabes que por tu bien no me canso jamás.

Empezó á leer con voz monótona y gangosa las consideraciones acerca de los casos pecaminosos. Al fin de cada párrafo ponía una larga pausa, para dar tiempo á la joven de recordar sus pecados y arrepentirse.

María Clara miraba vagamente al espacio. Terminado el primer mandamiento de amar á Dios sobre todas las cosas, obsérvala tía Isabel por encima de los anteojos y se queda satisfecha de su aire meditabundo y triste. Tose piadosamente, y después de una larga pausa, comienza el segundo mandamiento. La buena anciana lee con unción, y terminadas las consideraciones, mira otra vez á su sobrina, que vuelve lentamente la cabeza á otro lado.

--¡Bah!--dijo para sí tía Isabel;--en esto de jurar su santo nombre, la pobrecita no tendrá nada que ver. Pasemos al tercero.

Y el tercer mandamiento fué desmenuzado y comentado, y leídos todos los casos en que se peca contra él, vuelve á mirar hacia la cama; pero ahora la tía levanta las gafas, y se restriega los ojos: ha visto á su sobrina llevarse el pañuelo á la cara como para enjugar lágrimas.

--¡Hum!--dice,--¡ejem! La pobre se durmió durante sermón.

Y volviendo á colocar los anteojos sobre la punta de su nariz, se dijo:

--Vamos á ver si, así como no ha santificado las fiestas, no ha honrado padre y madre.

Y lee el cuarto mandamiento con voz más pausada y gangosa aún, creyendo dar así mayor solemnidad al acto, como había visto hacer á muchos frailes: tía Isabel no había oído jamás predicar á un cuákero, si no se habría puesto también á temblar.

La joven, entretanto, se lleva varias veces el pañuelo á los ojos, y su respiración se hace más perceptible.

--¡Qué alma tan buena!--piensa para sí la anciana;--¡ella que es tan obediente y sumisa con todos! Yo he tenido más pecados y nunca he podido llorar de veras.

Y comenzó el quinto mandamiento con mayores pausas y una gangosidad más perfecta aún si cabe, con tanto entusiasmo, que no oyó los ahogados sollozos de su sobrina. Sólo á una pausa que hizo, después de las consideraciones sobre el homicidio á mano armada, percibió los gemidos de la pecadora. Entonces el tono pasó de lo sublime, leyó lo que restaba del mandamiento con acento que procuró hacer amenazador, y viendo que su sobrina seguía aún llorando:

--¡Llora, hija, llora!--le dijo acercándose al lecho;--cuanto más llores más pronto te ha de perdonar Dios. Ten el dolor de contrición mejor que el de atrición, ¡Llora, hija, llora! ¡no sabes cuánto gozo viéndote llorar! Date también golpes de pecho, pero no muy fuertes, porque todavía estás enferma.

Mas, como si el dolor para crecer necesitase el misterio y la soledad, María Clara, al verse sorprendida, cesó poco á poco de suspirar y secó sus ojos sin decir una palabra ni contestar á su tía.

Esta prosiguió la lectura, pero, como el llanto de su público había cesado, perdió el entusiasmo, los últimos mandamientos le dieron sueño y le hicieron bostezar, con gran detrimento de la monótona gangosidad, que así se interrumpía.

--¡A no verlo no lo creería!--pensaba después la buena anciana;--¡esta niña peca como un soldado contra los cinco primeros, y del sexto al décimo ni un pecado venial, al revés de nosotras! ¡Cómo va el mundo ahora!

Y encendió un gran cirio á la Virgen de Antipolo y otros dos más pequeños á Nuestra Señora del Rosario y á Nuestra Señora del Pilar, teniendo cuidado de apartar y poner en un rincón un crucifijo de marfil, para darle á entender que por él no se habían encendido los cirios. La Virgen de Delaroche tampoco tuvo participación: es una extranjera desconocida, y tía Isabel no había oído hasta ahora ningún milagro suyo.

No sabemos qué habrá pasado en la confesión de aquella noche; nosotros respetamos esos secretos. La confesión fué larga, y la tía, que desde lejos vigilaba á su sobrina, pudo notar que el cura, en vez de aplicar el oído á las palabras de la enferma, tenía por el contrario la cara vuelta hacia ella, y no parecía sino que quería leer en los hermosos ojos de la joven los pensamientos ó adivinarlos.

Pálido y con los labios contraídos, salió el padre Salví del aposento. Al ver su frente obscura y cubierta de sudor, se habría dicho que era él el que se había confesado y no mereció la absolución.

--¡Jesús, María y José!--dijo la tía santiguándose para apartar un mal pensamiento;--¿quién comprende á las jóvenes ahora?

XLV

LOS PERSEGUIDOS

A favor de la débil claridad, que difunde la luna al través de las espesas ramas de los árboles, un hombre vaga por el bosque con paso lento y reposado. De vez en cuando y como para orientarse, silba una melodía particular, á la que suele responder otra lejana entonando el mismo aire. El hombre escucha atento, y después prosigue su camino en la dirección del lejano sonido.

Por fin, al través de mil dificultades que ofrece de noche una selva virgen, llega á un pequeño claro, bañado por la luna en su primer cuarto. Elevadas rocas, coronadas de árboles, se levantan alrededor formando una especie de derruído anfiteatro; árboles recién cortados, troncos carbonizados llenan el medio, confundidos con enormes peñascos, que la naturaleza cubre en parte con su manto de verde follaje.

Apenas el desconocido hubo llegado, cuando otra figura, saliendo repentinamente de detrás de una gran roca, avanza y sacando un revólver:

--¿Quién eres?--pregunta en tagalo con voz imperiosa, amartillando el gatillo de su arma.

--¿Está entre vosotros el viejo Pablo?--preguntó el primero con voz tranquila, sin contestar á la pregunta ni intimidarse.

--¿Hablas del capitán? Sí, está.

--Díle entonces que aquí le busca Elías,--dijo el hombre que no era otro que el misterioso piloto.

--¿Sois vos, Elías?--preguntó el desconocido con cierto respeto y acercándose, sin dejar por eso de apuntarle con su revólver;--entonces... venid.

Elías le siguió.

Penetraron en una especie de caverna, que se hundía en las profundidades de la tierra. El guía, que sabía el camino, advertía al piloto cuando debía descender, inclinarse ó arrastrarse; sin embargo, no tardaron mucho y llegaron á una especie de sala, alumbrada miserablemente por antorchas de brea, ocupada por doce ó quince individuos armados, de fisonomías siniestras y trajes sucios, sentados unos, acostados otros, hablando entre sí apenas. Apoyados los codos sobre una piedra, que hacía el oficio de mesa, y contemplando meditabundo la luz que difundía tan poca claridad para tanto humo, se veía un anciano de fisonomía triste, la cabeza envuelta en una venda ensangrentada: si no supiéramos que aquella era una caverna de tulisanes, diríamos, al leer la desesperación en el rostro del anciano, que era la torre del Hambre en la víspera de devorar Ugolino á sus hijos.

A la llegada de Elías y de su guía, los hombres medio se incorporaron, pero á una señal del último se tranquilizaron, contentándose con examinar al piloto, que estaba completamente sin armas.

El anciano volvió lentamente la cabeza y se encontró con la seria figura de Elías, que le contemplaba descubierto, lleno de tristeza é interés.

--¿Eres tú?--preguntó el anciano, cuya mirada, al reconocer al joven, se animó algún tanto.

--¡En qué estado os encuentro!--murmuró Elías á media voz y moviendo la cabeza.

El anciano bajó la cabeza en silencio, hizo una seña á los hombres, los cuales se levantaron y se alejaron, no sin medir antes con una mirada la estatura y los músculos del piloto.

--¡Sí!--dijo el anciano á Elías luego que se encontraron solos;--hace seis meses, cuando te di abrigo en mi casa, era yo el que me compadecía de tí; ahora la suerte ha cambiado, y eres tú quien me compadeces. Pero siéntate, y dime cómo has llegado hasta aquí.

--Hace unos quince días que me han hablado de vuestra desgracia,--contestó el joven lentamente en voz baja, mirando hacia la luz;--púseme al instante en camino y os he estado buscando de monte en monte: he recorrido casi dos provincias.

»Por no derramar sangre inocente, he tenido que huir; mis enemigos temían presentarse y sólo me ponían delante unos infelices, que no me han hecho el más pequeño mal.

Después de una corta pausa, que Elias empleó para leer los pensamientos en el sombrío semblante del anciano, repuso:

--He venido para proponeros una cosa. Habiendo buscado inútilmente algún resto de la familia que ha causado la desgracia de la mía, he decidido dejar la provincia en donde vivo, para emigrar hacia el norte y vivir entre las tribus infieles ó independientes: ¿queréis dejar la vida que comenzáis y veniros conmigo? Seré vuestro hijo, pues que habéis perdido los que teníais, y yo que no tengo familia, tendré en vos un padre.

El anciano movió la cabeza negativamente, y dijo:

--A mi edad, cuando se toma una resolución desesperada, es porque no hay otra. Un hombre que, como yo, ha pasado su juventud y su edad madura trabajando para el propio porvenir y el de sus hijos; un hombre que ha sido sumiso á todas las voluntades de sus superiores, que ha desempeñado á conciencia pesados cargos, sufrido todo para vivir en paz y en una tranquilidad posible; cuando este hombre, cuya sangre ha enfriado el tiempo, renuncia á todo su pasado y á todo su porvenir en los bordes mismos de la tumba, es porque ha juzgado maduramente que la paz ni existe ni es el supremo bien. ¿A qué vivir miserables días en tierra extranjera? Yo tenía dos hijos, una hija, un hogar, una fortuna; gozaba de consideración y aprecio; ahora estoy como un árbol despojado de sus ramas, vago fugitivo, cazado como una fiera en el bosque, y todo ¿por qué? Porque un hombre ha deshonrado á mi hija, porque los hermanos pidieron cuenta de la infamia á ese hombre, y porque ese hombre está colocado por encima de los demás con el título de ministro de Dios. Con todo, yo, padre, yo, deshonrado en mi vejez, he perdonado la injuria, indulgente con las pasiones de la juventud y las debilidades de la carne, y ante un mal irreparable, ¿qué debía yo hacer sino callarme y salvar lo que me ha quedado? Pero el criminal ha tenido miedo ante una venganza más ó menos próxima, y buscó la perdición de mis hijos. ¿Sabes qué ha hecho? ¿No? ¿No sabes que se fingió un robo en el convento, y entre los acusados figuró uno de mis hijos? Al otro no se le pudo incluir porque estaba ausente. ¿Sabes las torturas á que fueron sometidos? ¡Las conoces porque son las de todos los pueblos! ¡Yo, yo vi á mi hijo colgado de los cabellos, yo oí sus gritos, yo oí que me llamaba, y yo, cobarde y acostumbrado á la paz, no he tenido el valor ni de matar ni de morir! ¿Sabes que el robo no se probó, que se vió la calumnia y que en castigo el cura fué trasladado á otro pueblo, y mi hijo murió á consecuencia de la tortura? El otro, el que me quedaba, no era cobarde como su padre, y temiendo el verdugo que no vengara en él la muerte del hermano, so pretexto de no tener cédula de vecindad, que momentáneamente había olvidado, fué preso por la guardia civil, maltratado, irritado y provocado á fuerza de injurias hasta obligarle al suicidio. ¡Y yo, yo he sobrevivido después de tanta vergüenza, pero si no he tenido el valor de padre para defender á mis hijos, quédame un corazón para la venganza y me vengaré! ¡Los descontentos se van reuniendo bajo mi mando, mis enemigos aumentan mi campo, y el día en que me considere fuerte, bajaré al llano y extinguiré en el fuego mi venganza y mi propia existencia! ¡Y ese día llegará ó no hay Dios [137]!

Y el anciano se levantó agitado y, con la mirada centellante y la voz cavernosa, añadió mesándose sus largos cabellos:

--¡Maldición, maldición sobre mí que he contenido la mano vengadora de mis hijos; yo los he asesinado! ¡Hubiera dejado que el culpable muriese, hubiese creído menos en la justicia de Dios y en la de los hombres, y ahora tendría á mis hijos, fugitivos tal vez, pero los tendría y no habrían muerto entre torturas! ¡Yo no había nacido para ser padre, por eso no los tengo! ¡Maldición sobre mí que no he aprendido con mis años á conocer el medio en que vivía! ¡Pero en fuego y sangre, y en mi muerte propia sabré vengaros!

El desgraciado padre, en el paroxismo de su dolor, se había arrancado la venda, abriéndose una herida que tenía en la frente, de la que cayeron gotas de sangre.

--Respeto vuestro dolor,--repuso Elías,--y comprendo vuestra venganza; yo también soy como vos, y sin embargo, por temor de herir á un inocente, prefiero olvidar mis desdichas.

--¡Tú puedes olvidar porque eres joven y porque no perdiste ningún hijo, ninguna última esperanza! Pero yo te lo aseguro, no heriré á ningún inocente. ¿Ves esta herida? Por no matar á un pobre cuadrillero que cumplía con su deber, me la he dejado hacer.

--Pero ved,--dijo Elías después de un momento de silencio;--ved en qué espantosa hoguera vais á sumir á nuestros desgraciados pueblos. Si cumplís la venganza por vuestra mano, vuestros enemigos tomarán terribles represalias, no contra vos, no contra los que están armados, sino contra el pueblo que suele ser el acusado, según la costumbre, y entonces ¡cuántas injusticias!

--¡Que el pueblo aprenda á defenderse, que cada cual se defienda!

--¡Sabéis que eso es imposible! Señor, os he conocido en otra época cuando érais feliz, entonces me dabais sabios consejos; ¿me permitiréis?...

El anciano se cruzó de brazos y pareció atender.

--Señor,--continuó Elías midiendo bien sus palabras;--yo he tenido la fortuna de haber podido prestar un servicio á un joven rico, de buen corazón, noble y que ama el bien de su país. Dicen que este joven tiene amigos en Madrid; no lo sé, pero sí os puedo asegurar que es amigo del Capitán general. ¿Qué decís si le hacemos portador de las quejas del pueblo, si le interesamos en la causa de los infelices?

El anciano sacudió la cabeza.

--¿Dices que es rico? Los ricos no piensan más que en aumentar sus riquezas; el orgullo y la pompa los ciegan, y como generalmente están bien, sobre todo cuando tienen poderosos amigos, ninguno de ellos se molesta por los desgraciados. ¡Lo sé todo porque fuí rico!

--Pero el hombre de que os hablo no se parece á los otros; es un hijo que ha sido insultado en la memoria de su padre; es un joven que, como ha de tener dentro de poco familia, piensa en el porvenir, en un buen porvenir para sus hijos.

--Entonces es un hombre que va á ser feliz; nuestra causa no es la de los hombres felices.

--¡Pero es la de los hombres de corazón!

--¡Sea!--repuso el anciano sentándose;--supón que consienta en llevar nuestra voz hasta al Capitán general, supón que encuentre en la corte diputados que aboguen por nosotros, ¿crees que se nos hará justicia?

--Intentémoslo antes de tomar una sangrienta medida,--contestó Elías.--Os debe extrañar que yo, otro desgraciado, joven y robusto, os proponga á vos, anciano y débil, medidas pacíficas; pero es que yo he visto tantas miserias causadas por nosotros como por los tiranos: el inerme es el que paga.

--Y ¿si no conseguimos nada?

--Algo se conseguirá, creedme; no todos los que gobiernan son injustos. Y si nada conseguimos, si desoyen nuestras voces, si el hombre se ha vuelto sordo á los gritos de dolor de sus semejantes, ¡entonces me tendréis á vuestras órdenes!

El viejo, lleno de entusiasmo, abrazó á Elías.

--Acepto tu proposición, Elías; sé que cumples tu palabra. Vendrás á mí y yo te ayudaré á vengar á tus antepasados, tú me ayudarás á vengar á mis hijos, ¡mis hijos que eran como tú!

--Entretanto evitaréis, señor, toda medida violenta.

--Expondrás las quejas del pueblo, tú las conoces ya. ¿Cuándo sabré la contestación?

--Dentro de cuatro días enviadme un hombre á la playa de San Diego, y le diré la que me dé la persona en quien espero... Si acepta, nos harán justicia, y si no, seré el primero que caerá en la lucha que emprenderemos.

--Elías no morirá, Elías será el jefe, cuando capitán Pablo caiga satisfecho en su venganza,--dijo el anciano.

Y él mismo acompañó al joven hasta fuera de la cueva.

XLVI

LA GALLERA

Para santificar la tarde del domingo se va generalmente á la gallera en Filipinas, como á los toros en España. La riña de gallos, pasión introducida en el país y explotada hace un siglo, es uno de los vicios del pueblo, más trascendental que el opio entre los chinos; allí va el pobre á arriesgar lo que tiene, deseoso de ganar dinero sin trabajar; allí va el rico para distraerse, empleando el dinero que le sobra de sus festines y misas de gracia; pero la fortuna que juegan es suya, el gallo está educado con mucho cuidado, con más cuidado quizás que el hijo, sucesor del padre en la gallera, y esto disculpa á los jugadores.

Puesto que el gobierno lo permite, y hasta casi lo recomienda, mandando que el espectáculo sólo se dé en las plazas públicas, en días de fiesta (para que todos puedan verlo y el ejemplo anime?), después de la misa mayor hasta el obscurecer (ocho horas), asistiremos á este juego para buscar á algunos conocidos.

La gallera de San Diego no se diferencia de las demás que se encuentran en otros pueblos más que en algunos accidentes. Consta de tres departamentos: el primero, ó sea la entrada, es un gran rectángulo de unos veinte metros de largo por catorce de ancho; á uno de sus lados se abre una puerta, que generalmente suele guardar una mujer, encargada de cobrar el sa pintû, ó sea el derecho de entrada. De esta contribución, que cada uno pone allí, percibe el gobierno una parte, algunos centenares de miles de pesos al año: dicen que con este dinero, con que el vicio paga su libertad, se levantan magníficas escuelas, se construyen puentes y calzadas, se instituyen premios para fomentar la agricultura y el comercio... ¡Bendito sea el vicio que tan buenos resultados produce!--En este primer recinto están las vendedoras de buyo, cigarros, golosinas y comestibles, etc.; allí pululan los muchachos que acompañan á sus padres ó tíos, que les inician cuidadosos en los secretos de la vida.

Este recinto comunica con otro de proporciones un poco mayores, una especie de foyer donde el público se reune antes de las soltadas [138]. Allí están la mayor parte de los gallos, sujetos por una cuerda al suelo mediante un clavo de hueso ó de palma brava; allí los tahures, los aficionados, el perito atador de la navaja; allí se contrata, se medita, se pide prestado, se maldice, se jura, se ríe á carcajadas; aquel acaricia su gallo, pasándole la mano por encima del brillante plumaje; éste examina y cuenta las escamas de las patas; refiérense las hazañas de los héroes; allí veréis muchos, con el semblante mohino, llevar de los pies un cadáver desplumado: el animal que fué el favorito durante meses, mimado, cuidado día y noche y en el cual cifraban halagüeñas esperanzas, ahora no es más que un cadáver y va á ser vendido por una peseta, para ser guisado con jengibre y comido aquella misma noche: ¡sic transit gloria mundi! El perdidoso vuelve al hogar donde le esperan la inquieta esposa y los haraposos hijos, sin el capitalito y sin el gallo. De todo aquel dorado sueño, de todos aquellos cuidados durante meses, desde que despunta el día hasta que el sol se oculta, de todas aquellas fatigas y trabajos, resulta una peseta, las cenizas que quedan de tanto humo.--En este foyer discute el menos inteligente; el más ligero examina concienzudamente la materia, pesa, contempla, extiende las alas, palpa los músculos á aquellos animales. Unos van muy bien vestidos, seguidos y rodeados de los partidarios de sus gallos; otros, sucios, con el sello del vicio marcado en el escuálido semblante, siguen ansiosos los movimientos de los ricos y atienden á las apuestas, porque la bolsa puede vaciarse, pero no saciarse la pasión: allí no hay rostro que no esté animado; allí no está el filipino indolente, el apático, el callado: todo es movimiento, pasión, afán; diríase que tienen esa sed que aviva el agua del cieno.

De este lugar se pasa á la arena que llaman rueda. El piso, cercado de cañas, suele ser más elevado que el de los dos anteriores. En la parte superior, y tocando casi al techo, hay graderías para los espectadores ó jugadores, que vienen á ser lo mismo. Durante el combate se llenan estas graderías de hombres y niños que gritan, vociferan, sudan, riñen y blasfeman: por fortuna casi ninguna mujer llega hasta allí. En la rueda están los prohombres, los ricos, los famosos tahures, el contratista, el sentenciador. Sobre el suelo, apisonado perfectamente, luchan los animales, y desde allí distribuye el destino á las familias risas ó lágrimas, festines ó hambre.

A la hora en que entramos, vemos ya al gobernadorcillo, á capitán Pablo, á capitán Basilio, á Lucas, el hombre de la cicatriz en la cara, que tanto sintiera la muerte de su hermano.

Capitán Basilio se acerca á uno del pueblo y le pregunta:

--¿Sabes qué gallo trae capitán Tiago?

--No lo sé, señor; esta mañana le han llegado dos, uno de ellos es el lásak que ganó el talisain del cónsul.--¿Crees que mi búlik [139] puede luchar con él?

--¡Ya lo creo! ¡Pongo mi casa y mi camisa!

En aquel momento llegaba capitán Tiago. Vestía como los grandes jugadores, camisa de lienzo Cantón, pantalón de lana y sombrero de jipijapa. Detrás venían dos criados, llevando el lásak y un gallo blanco de colosales dimensiones.

--¡Sinang me ha dicho que María va cada vez mejor!--dice capitán Basilio.

--¿Perdió usted anoche?

--Un poco; sé que usted ha ganado... voy á ver si me desquito.

--¿Quiere usted jugar el lásak?--preguntó capitán Basilio mirando el gallo, y pidiéndoselo al criado.

--Según, si hay apuesta.

--¿Cuánto pone usted?

--Menos de dos, no lo juego.

--¿Ha visto usted mi búlik?--pregunta capitán Basilio, y llama á un hombre que trae un pequeño gallo.

Capitán Tiago lo examina, y después de pesarlo y analizar las escamas, lo devuelve.

--¿Cuánto pone usted?--pregunta.

--Lo que usted.

--¿Dos y quinientos?

--¿Tres?

--¡Tres!

--¡Para la siguiente!

El corro de curiosos jugadores esparce la noticia de que lucharán dos célebres gallos; ambos tenían su historia y su fama conquistada. Todos quieren ver, examinar las dos celebridades; se emiten opiniones, se profetiza.