Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 24
El doctor era buen español y consintió en hacer la vista gorda; pero como la noticia llegó á oídos del pueblo, empezóse á desconfiar de él y á poco don Tiburcio Espadaña perdió su clientela y se vió de nuevo obligado casi á mendigar el pan de cada día. Por entonces supo de un amigo suyo, íntimo que fué de doña Victorina, el apuro en que se encontraba esta señora, su patriotismo y buen corazón. Don Tiburcio vió allí un pedazo de cielo y pidió ser presentado.
Doña Victorina y don Tiburcio se vieron. Tarde veniéntibus ossa [135] habría exclamado él, si hubiese sabido latín. Ella no era ya pasable, era pasada; su abundante cabellera se había reducido á un moño, grande, al decir de su criada, como la cabeza de un ajo; arrugas surcaban su cara y empezaban á movérsele los dientes; los ojos habían sufrido también, y considerablemente; tenía que entornarlos con frecuencia para mirar á cierta distancia: su carácter era lo único que le había quedado.
Al cabo de media hora de conversación, comprendiéronse y se aceptaron. Ella hubiera preferido un español menos cojo, menos tartamudo, menos calvo, menos mellado, que arrojase menos saliva al hablar y tuviese más brío y categoría, como ella solía decir; pero esta clase de españoles no se dirigieron jamás á ella para pedirle su mano. Había oído más de una vez decir que «á la ocasión la pintan calva» y creyó honradamente que don Tiburcio era la misma ocasión, pues gracias á sus noches negras padecía de una prematura calvicie. ¿Qué mujer no es prudente á los treinta y dos años?
Don Tiburcio, por su parte, sintió vaga melancolía al pensar en su luna de miel. Sonrióse con resignación y evocó en su auxilio el fantasma del hambre. Jamás había tenido ambición ni pretensiones; sus gustos eran sencillos, sus pensamientos limitados; pero su corazón, virgen hasta entonces, había soñado en muy diferente divinidad.--Allá en su juventud, cuando, cansado de trabajar después de una frugal cena, iba á acostarse en una mala cama para digerir el gazpacho, se dormía pensando en una imagen sonriente, acariciadora. Después, cuando los disgustos y las privaciones aumentaron, pasaron los años y la poética imagen no vino, pensó sencillamente en una buena mujer, hacendosa, trabajadora, que le pudiese aportar una pequeña dote, consolarle de las fatigas del trabajo y reñirle de cuando en cuando,--¡sí, él pensaba en las riñas como en una felicidad! Pero cuando, obligado á vagar de país en país en busca, no ya de fortuna, sino de alguna comodidad para vivir los días que le restaban; cuando, ilusionado por las relaciones de sus paisanos que venían de Ultramar, embarcóse para Filipinas, el realismo cedió el puesto á una arrogante mestiza, á una hermosa india de grandes ojos negros, envuelta en sedas y tejidos trasparentes, cargada de brillantes y oro, brindándole su amor, sus coches, etc. Llegó á Filipinas y creyó que realizaba su sueño, pues las jóvenes, que en plateados coches acudían á la Luneta y al Malecón, le habían mirado con cierta curiosidad. Mas, una vez cesante, la mestiza ó la india desapareció, y con trabajo se forjó la imagen de una viuda, pero una viuda agradable. Así que cuando vió su sueño tomar cuerpo en parte, se puso triste, pero, como tenía cierta dósis de filosofía natural, se dijo: «¡Aquello era un sueño y en el mundo no se vive soñando!» Así resolvía él sus dudas: ella gasta polvos de arroz, ¡psé! cuando se casen, ya hará que se los quite; tiene muchas arrugas, pero su levita tiene más roturas y zurcidos; es una vieja pretenciosa, imponente y varonil, pero el hambre es más imponente, terrible y más pretenciosa todavía, y luega para eso ha nacido él dulce de genio, y el amor modifica los caracteres; habla muy mal el castellano, él tampoco lo habla bien, según dijo el jefe del Negociado al notificarle su cesantía, y además ¿qué importa? ¿es una vieja fea y ridícula? ¡él es cojo, desdentado y calvo! Don Tiburcio prefería cuidar que no ser cuidado por enfermo de hambre. Cuando algún amigo se burlaba de él, respondía: «Dame pan y llámame tonto.»
Don Tiburcio era lo que vulgarmente se dice: un hombre que no hacía mal á una mosca: modesto é incapaz de abrigar un mal pensamiento, se hubiera hecho misionero en los antiguos tiempos. Su estancia en el país no le había podido dar ese convencimiento de alta superioridad, de gran valor y de elevada importancia que á las pocas semanas adquieren la mayor parte de sus paisanos. Su corazón no ha podido nunca abrigar odio; todavía no ha podido encontrar un solo filibustero; únicamente veía infelices á quienes convenía desplumar, si no quería ser más infeliz que ellos. Cuando se trató de formarle causa por hacerse pasar como médico, no se resintió, no se quejó; reconocía la justicia y sólo contestaba: ¡Pero es menester vivir!
Casáronse ó cazáronse pues, y fueron á Sta. Ana para pasar la luna de miel; pero en la noche de bodas, doña Victorina tuvo una terrible indigestión, y don Tiburcio dió gracias á Dios, mostróse solícito y cuidadoso. A la segunda noche, sin embargo, se portó como hombre honrado, y al día siguiente, al mirarse en el espejo, sonrió con melancolía descubriendo sus desprovistas encías; había envejecido lo menos diez años.
Muy contenta doña Victorina de su marido, hizo que le arreglaran una buena dentadura postiza, le vistieran y le equiparan los mejores sastres de la ciudad; encargó arañas y calesas, pidió á Batangas y Albay los mejores troncos y hasta le obligó á tener dos caballos para las próximas carreras.
Mientras trasformaba á su marido, no se olvidaba de su propia persona: dejó la saya de seda y la camisa de piña por el traje europeo; sustituyó el sencillo tocado de las filipinas por los falsos flequillos, y con sus trajes, que le sentaban divinamente mal, turbó la paz de todo el tranquilo y ocioso vecindario.
El marido que no salía nunca á pie,--ella no quería que se viese su cojera,--la llevaba á paseo por los sitios más solitarios con gran pesar de Eva, que quería lucir su marido en los paseos más públicos, pero se callaba por respeto á la luna de miel.
El cuarto menguante empezó cuando él quiso hablarle de los polvos de arroz, diciendo que aquello era falso, no natural; doña Victorina frunció las cejas y le miró en la dentadura postiza. El se calló y ella comprendió su flaco.
Pronto creyóse madre y anunciólo así á todos sus amigos:
--El mes que viene, yo y de Espadaña nos vamos á la Peñínsula; no quiero que nuestro hijo nazca aquí y le llamen revolucionario.
Puso un de al apellido de su marido; el de no costaba nada y daba categoría al nombre. Cuando firmaba poníase: Victorina de los Reyes de de Espadaña; este de de Espadaña era su manía; ni el que le litografió sus tarjetas ni su marido pudieron quitárselo de la cabeza.
--¡Si no pongo más que un de puede creerse que no lo tienes, tonto!--decía á su marido.
Hablaba continuamente de sus preparativos de viaje, aprendióse de memoria los nombres de los puntos de escala, y era un gusto oirla hablar:--«Voy á ver el ismo en el canal de Suez: De Espadaña cree que es lo más bonito. De Espadaña ha recorrido todo el mundo»--«Probablemente no volveré más á este país de salvajes.»--«No he nacido para vivir aquí; me convendría más Aden ó Port Said; desde niña lo he creído así, etc.» Doña Victorina en su geografía dividía el mundo en Filipinas y España, á diferencia de los chulos que lo dividen en España y América ó China por otro nombre.
El marido sabía que algunas de estas cosas eran barbaridades, pero se callaba para que no le chillase y le echase en cara su tartamudez. Hízose la antojadiza para aumentar sus ilusiones de madre, y se dió por vestirse de colores, llenarse de flores y cintas y pasearse en bata por la Escolta, pero ¡oh desencanto! pasaron tres meses y el sueño se evaporó, y no habiendo ya motivo para que el hijo no fuese revolucionario, se desistió del viaje. Dióse á consultar médicos, comadronas, viejas, etc., pero inútil; ella, que con descontento de capitán Tiago se burlaba de san Pascual Bailón, no quería recurrir á ningún santo ni santa; por lo que le dijo un amigo de su marido:
--¡Créame usted, señora; es usted el único espíritu fuerte en este aburrido país!
Sonrióse ella sin comprender lo que era espíritu fuerte, y á la noche, á la hora de dormir, se lo preguntó al marido.
--Hija, contestó éste, el e... espíritu fuerte, que conozco es el amoníaco: mi amigo habrá hablado por re... retórica.
Desde entonces ella decía siempre que podía:
--Soy el único amoníaco en este aburridísimo país, hablando por retórica; así lo ha dicho el señor N. de N., peninsular de muchísima categoría.
Cuanto decía se tenía que hacer, había llegado á dominar completamente á su marido, que por su parte no ofreció gran resistencia, llegando á convertirse en una especie de perrito faldero para ella. Si le incomodaba, no le dejaba pasear, y cuando se enfurecía de veras, le arrancaba la dentadura dejándole horrible por uno ó más días.
Se le ocurrió que su marido debía ser doctor en Medicina y Cirugía y así se lo manifestó.
--¡Hija! ¿quieres que me prendan?--preguntó asustado.
--No seas tonto y déjame arreglar las cosas; no irás á curar á nadie, pero quiero que te llamen doctor y á mí doctora; ¡ea!
Y al día siguiente Rodoreda recibía el encargo de grabar en una losa de mármol negro: DOCTOR DE ESPADAÑA, ESPECIALISTA EN TODA CLASE DE ENFERMEDADES.
Toda la servidumbre les debía dar los nuevos títulos, y á consecuencia de esto se aumentó el número de los flequillos, la capa de polvos de arroz, las cintas y encajes, y miró con más desdén que nunca á sus pobres y poco afortunadas paisanas, cuyos maridos eran de menos categoría que el suyo. Cada día sentía dignificarse y elevarse más, y á seguir este camino, al cabo de un año se creería de origen divino.
Estos sublimes pensamientos no impedían sin embargo que cada día fuese más vieja y ridícula. Cada vez que capitán Tiago se encontraba con ella y se acordaba de haberle hecho en vano el amor, mandaba acto continuo un peso á la iglesia para una misa en acción de gracias. A pesar de esto, capitán Tiago respetaba mucho al marido por el título de especialista en toda clase de enfermedades, y escuchaba con atención las pocas frases que él en su tartamudez conseguía pronunciar. Por esto, y porque este doctor no visitaba á todo el mundo como los otros médicos, le escogió capitán Tiago para asistir á su hija.
En cuanto al joven Linares, ya era otra cosa. Cuando se disponía el viaje para España, doña Victorina pensó en un administrador peninsular, no confiando en los filipinos: el marido acordóse de un sobrino en Madrid, que estudiaba para abogado y era considerado como el más listo de la familia: escribiéronle, pues, pagándole de antemano ya el pasaje, y cuando el sueño se desvaneció, el joven ya estaba navegando.
Estos son los tres personajes que acaban de llegar.
Mientras tomaban el segundo almuerzo, llegó el padre Salví, y los esposos, que ya le conocían, le presentaron con todos sus títulos al joven Linares, que se ruborizó.
Se habló de María Clara como era natural; la joven descansaba y dormía. Se habló del viaje; doña Victorina lució su verbosidad criticando las costumbres de los provincianos, sus casas de nipa, los puentes de caña, sin olvidarse de decir al cura sus amistades con el segundo cabo, con el alcalde tal, con el oidor cual, con el intendente, etc., personas todas de categoría que le guardaban mucha consideración.
--Hubiera usted venido dos días antes, doña Victorina,--repuso capitán Tiago en una pequeña pausa,--y habría usted encontrado á S. E. el Capitán general: allí estaba sentado.
--¿Qué? ¿Cómo? ¿Estuvo aquí S. E.? ¿Y en su casa de usted? ¡Mentira!
--¡Le digo á usted que allí se sentaba! Hubiera usted venido dos días antes...
--¡Ah! ¡qué lástima que Clarita no se haya enfermado antes!--exclama ella con verdadero pesar, y dirigiéndose á Linares:
--¿Oyes, primo? ¡Aquí estaba S. E.! ¿Ves si tenía razón De Espadaña cuando te decía que no ibas á casa de un miserable indio? Porque usted sabrá, don Santiago, que nuestro primo era en Madrid amigo de ministros y duques y comía en casa del conde del Campanario.
--Del duque de la Torre, Victorina,--le corrige su marido.
--Lo mismo da, ¿si me dirás tú á mi?...
--¿Encontraría yo este día al padre Dámaso en su pueblo?--interrumpe Linares dirigiéndose al padre Salví;--me han dicho que está cerca de aquí.
--Precisamente está aquí y vendrá dentro de poco,--contestó el cura.
--¡Cuánto me alegro! tengo una carta para él,--exclamó el joven,--y si no fuera por esta feliz casualidad que me trae aquí, habría venido expresamente para visitarle.
La feliz casualidad entretanto se había despertado.
--De Espadaña,--dice doña Victorina terminando el almuerzo,--¿vamos á ver á Clarita?--Y á capitán Tiago:--¡Por usted solo, don Santiago, por usted solo! Mi marido no cura más que á las personas de categoría, y ¡aun, aun! Mi marido no es como los de aquí... en Madrid no visitaba más que á los personajes de categoría.
Pasaron al cuarto de la enferma.
La habitación estaba casi á obscuras, las ventanas cerradas por miedo á una corriente de aire, y la poca luz que la iluminaba partía de los cirios que ardían delante una imagen de la Virgen de Antipolo.
Ceñida la cabeza con un pañuelo empapado en agua de Colonia, envuelto cuidadosamente el cuerpo en blancas sábanas de abundantes pliegues, que velaban sus formas virginales, yacía la joven en su catre de kamagon [136], entre cortinajes de jusi y piña. Sus cabellos, formando un marco al rededor de su ovalado semblante, aumentaban aquella transparente palidez, animada únicamente por sus grandes ojos, llenos de tristeza. A su lado estaban las dos amigas y Andeng con un ramo de azucenas.
De Espadaña tomóle el pulso, examinó la lengua, hizo unas cuantas preguntas, y dijo moviendo la cabeza á un lado y otro:
--¡E... está enferma, pero se puede curar!
Doña Victorina miró con orgullo á los circunstantes.
--¡Liquen con leche por la mañana, jarabe de altea, dos píldoras de cinoglosa!--ordenó de Espadaña.
--Cobra ánimo, Clarita,--decía doña Victorina acercándose;--hemos venido para curarte... Te voy á presentar á nuestro primo.
Linares estaba absorto, contemplando aquellos elocuentes ojos que parecían buscar á alguien, y no oyó á doña Victorina que le llamaba.
--Señor Linares,--díjole el cura arrancándole de su éxtasis,--aquí viene el padre Dámaso.
En efecto, venía el padre Dámaso, pálido y algo triste; al dejar la cama, su primera visita fué para María Clara. No era ya el padre Dámaso de antes, tan robusto y decidor; ahora marcha silencioso y algo vacilante.
XLIII
PROYECTOS
Sin cuidarse de nadie, se fué derecho á la cama de la enferma y tomándola de la mano:
--¡María!--dijo con indecible ternura, y brotaron lágrimas de sus ojos;--¡María, hija mía, no te has de morir!
María abrió los ojos y le miró con cierta extrañeza.
Ninguno de los que le conocían al franciscano sospechaba en él tiernos sentimientos; bajo aquel rudo y grosero aspecto nadie creía que existiese un corazón.
El padre Dámaso no pudo seguir más y se alejó de la joven, llorando como un niño. Fuése á la caída para dar rienda suelta á su dolor, bajo las favoritas enredaderas del balcón de María Clara.
--¡Cómo quiere á su ahijada!--pensaban todos.
Fray Salví le contemplaba inmóvil y silencioso, mordiéndose ligeramente los labios.
Sosegado algún tanto, le fué presentado por doña Victorina el joven Linares, que se le acercó con respeto.
Fray Dámaso le contempló en silencio, de pies á cabeza, tomó la carta que aquél le alcanzaba y la leyó sin comprenderla al parecer, pues preguntó:
--Y ¿quién es usted?
--Alfonso Linares, el ahijado de su cuñado...--balbuceó el joven.
El padre Dámaso echó el cuerpo hacia atrás, examinó de nuevo al joven y, animándose su fisonomía, se levantó.
--¡Con que eres tú el ahijado de Carlicos!--exclamó abrazándole;--ven que yo te abrace... hace unos días recibí carta suya... ¡con que eres tu! No te conocí... ya se ve, aún no habías nacido cuando dejé el país; ¡no te conocí!
Y el padre Dámaso estrechaba en sus robustos brazos al joven que se ponía rojo, no se sabe si de vergüenza ó de asfixia. El padre Dámaso parecía haber olvidado por completo su dolor.
Pasados los primeros momentos de efusión y hechas las primeras preguntas acerca de Carlicos y de la Pepa, preguntó el padre Dámaso:
--Y ¡vamos! ¿qué quiere Carlicos que haga por ti?
--En la carta creo que dice algo...--volvió á balbucear Linares.
--¿En la carta? ¿á ver? ¡Es verdad! Y ¡quiere que te procure un empleo y una mujer! ¡Hum! Empleo... empleo, es fácil; ¿sabes leer y escribir?
--¡Me he recibido de abogado en la Universidad Central!
--¡Caramba! ¿Con que eres un picapleitos? pues no tienes facha... pareces un madamisela, pero ¡tanto mejor! Pero darte una mujer... ¡hum! ¡hum! una mujer...
--Padre, no tengo tanta prisa,--dijo Linares confuso.
Pero el padre Dámaso se paseaba de un extremo á otro de la caída murmurando:
--¡Una mujer, una mujer!
Su rostro ya no estaba triste ni alegre; ahora expresaba la mayor seriedad y parecía que estaba cavilando. El padre Salví miraba toda esta escena desde lejos.
--¡Yo no creía que la cosa me diese tanta pena!--murmuró el padre Dámaso con voz llorosa;--pero de dos males el menor.
Y levantando la voz y acercándose á Linares:
--Ven acá, mozo,--dijo;--vamos á hablar con Santiago.
Linares palideció y se dejó arrastrar por el sacerdote, que marchaba pensativo.
Entonces le tocó á su vez al padre Salví el turno de pasearse, meditabundo como siempre.
Una voz que le daba los buenos días le sacó de su monótono paseo; levantó la cabeza y se encontró con Lucas, el cual le saludaba humildemente.
--¿Qué quieres?--preguntaron los ojos del cura.
--¡Padre, soy el hermano del que murió el día de la fiesta!--contestó en tono lacrimoso Lucas.
El padre Salví retrocedió.
--Y ¿qué?--murmuró con voz imperceptible.
Lucas hacía esfuerzos para llorar y se enjugaba los ojos con el pañuelo.
--Padre,--decía lloriqueando,--he estado en casa de don Crisóstomo para pedir la indemnización... Primero me recibió á puntapiés, diciendo que él no quería pagar nada, pues había corrido peligro de morir por culpa de mi querido é infeliz hermano. Ayer volví para hablarle, pero ya se había marchado á Manila, dejándome, como por caridad, quinientos pesos y encargándome que no volviese jamás. ¡Ah, padre, quinientos pesos por mi pobre hermano, quinientos pesos! ¡Ah, padre!...
El cura le escuchaba al principio con sorpresa y atención, y lentamente se reflejó en sus labios una sonrisa tal de desprecio y sarcasmo á la vista de aquella comedia, que, si Lucas la hubiese visto, se habría escapado á todo correr.
--Y ¿qué quieres ahora tú?--le preguntó volviéndole las espaldas.
--¡Ay, padre! decidme por amor de Dios qué debo hacer: el padre ha dado siempre buenos consejos.
--¿Quién te lo ha dicho? Tú no eres de aquí...
--¡Al padre le conocen en toda la provincia!
El padre Salví se le acercó con ojos irritados y, señalándole la calle, dijo al espantado Lucas:
--¡Vete á tu casa y dale gracias á don Crisóstomo que no te haya enviado á la cárcel! ¡Largo de aquí!
Lucas se olvidó de su farsa y murmuró:
--Pues yo creía...
--¡Largo de aquí!--gritó con nervioso acento el padre Salví.
--Quisiera ver al padre Dámaso...
--El padre Dámaso tiene que hacer... ¡largo de aquí!--volvió á mandar con imperio el cura.
Lucas bajó las escaleras murmurando:
--Este es también otro... ¡como no pague bien!... El que pague mejor...
A las voces del cura habían acudido todos, hasta el padre Dámaso, capitán Tiago y Linares.
--¡Un insolente vagabundo que viene á pedir limosna y no quiere trabajar!--dijo el padre Salví, cogiendo el sombrero y bastón para dirigirse al convento.
XLIV
EXAMEN DE CONCIENCIA
Largos días y tristes noches se han pasado á la cabecera de la cama; María Clara había recaído momentos después de haberse confesado, y durante su delirio no pronunciaba más que el nombre de su madre, á quien ella no había conocido. Pero sus amigas, su padre y su tía velaban; enviábanse misas y limosnas á todas las imágenes milagrosas; capitán Tiago prometió regalar un bastón de oro á la Virgen de Antipolo, y al fin la fiebre comenzó á descender paulatinamente y con regularidad.
El doctor de Espadaña está asombrado de las virtudes del jarabe de altea y del cocimiento de liquen, prescripciones que no ha variado. Doña Victorina se halla tan contenta de su marido, que un día que éste le pisó la cola de su bata, no aplicó su código penal quitándole la dentadura, sino que se contentó con decirle:
--¡Si no llegas á ser cojo, me pisas hasta el corsé!
¡Y ella no lo usaba!
Una tarde, mientras Sinang y Victoria visitaban á su amiga, conversaban durante la merienda, en el comedor el cura, capitán Tiago y la familia de doña Victoria.
--Pues lo siento mucho,--decía el doctor;--el padre Dámaso lo sentirá mucho también.
--Y ¿á dónde dice usted que le trasladan?--preguntó Linares al cura.
--¡A la provincia de Tayabas!--respondió éste negligentemente.
--Quien lo sentirá mucho también es María cuando lo sepa,--dijo capitán Tiago;--le quiere como á un padre.
Fray Salví le miró de reojo.
--Creo, padre,--continuó capitán Tiago,--que toda esta enfermedad viene del disgusto que ha tenido el día de la fiesta.
--Soy del mismo parecer, y ha hecho usted bien en no permitir al señor Ibarra que le hablase; se hubiera agravado.
--Y si no fuera por nosotras,--interrumpe doña Victorina,--Clarita ya estaría en el cielo cantando alabanzas á Dios.
--¡Amén Jesús!--creyó deber decir capitán Tiago.
--Fortuna para usted que mi marido no haya tenido enfermo de más categoría, pues hubiera usted tenido que llamar á otro y aquí todos son ignorantes; mi marido...
--Creo y sigo en lo que he dicho,--la interrumpe á su vez el cura;--la confesión que María Clara ha hecho, ha provocado aquella crisis favorable que le ha salvado la vida. Una conciencia limpia vale más que muchas medicinas, y ¡cuidado que no niego yo el poder de la ciencia, sobre todo el de la cirugía! pero una conciencia limpia... ¡Lean ustedes los libros piadosos y verán cuántas curaciones operadas por sólo una buena confesión!
--Usted perdone,--objeta doña Victorina picada;--eso del poder de la confesión... ¡cure usted á la mujer del alférez con una confesión!
--¡Una herida, señora, no es ninguna enfermedad en que pueda influir la conciencia!--replica severamente el padre Salví;--sin embargo, una buena confesión la preservaría de recibir en adelante golpes como los de esta mañana.
--¡Lo merece!--continúa doña Victorina, como si no hubiese oído cuanto dijo el padre Salví.--¡Esa mujer es muy insolente! En la iglesia no hace más que mirarme, ¡ya se ve! es una cualquiera; el domingo yo le iba á preguntar si tenía monos en la cara, pero ¿quién se mancha hablando con gente que no es de categoría?
Por su parte el cura, como si tampoco hubiese oído toda esta perorata, continuó:
--Créame usted, don Santiago; para acabar de curar á su hija es menester que haga una comunión mañana; le traeré el viático... creo que no tendrá nada de qué confesarse, sin embargo... si quiere conciliarse esta noche...
--No sé,--añadió al instante doña Victorina aprovechando una pausa,--no comprendo cómo puede haber hombres capaces de casarse con tales espantajos, como esa mujer; de lejos se ve de dónde viene; se le conoce que se muere de envidia; ¡ya se ve! ¿qué gana un alférez?
--Con que, don Santiago, diga usted á su prima que prevenga á la enferma de la comunión de mañana; vendré esta noche á absolverla de sus pecadillos...
Y viendo que la tía Isabel salía, le dijo en tagalo:
--Preparad á vuestra sobrina para confesarse esta noche; mañana le traeré el viático; con eso convalecerá más pronto.
--Pero, padre,--se atrevió á objetar tímidamente Linares,--no vaya á creer que está en peligro de muerte.