Noli me tángere Novela Tagala, Edición completa con notas de R. Sempau
Part 23
--¡Señor alcalde! le contesté; las fuerzas de un teniente mayor, por insignificantes que pudiesen ser, son como las de toda autoridad: vienen de esferas superiores. El rey mismo recibe las suyas del pueblo, y el pueblo de Dios. Carezco de esto precisamente, señor alcalde.--Pero el alcalde no me quiso escuchar y me dijo que ya hablaríamos de esto después de las fiestas.
--¡Entonces que Dios ayude á usted!--dijo el viejo y trató de irse.
--¿No quiere usted ver la función?
--¡Gracias! para soñar y disparatar me basto yo solo,--contestó con risa sarcástica el filósofo;--pero ahora me acuerdo, ¿no ha llamado nunca su atención el carácter de nuestro pueblo? Pacífico, gusta de espectáculos belicosos, de luchas sangrientas; demócrata, adora emperadores, reyes y príncipes; irreligioso, se arruina por las pompas del culto; nuestras mujeres tienen un carácter dulce y deliran cuando una princesa blande la lanza... ¿sabe usted á qué se debe esto? Pues...
La llegada de María Clara y sus amigas cortó la conversación. Don Filipo las recibió y las acompañó á sus asientos. Detrás venía el cura y venían también otros vecinos que tienen por oficio escoltar á los frailes.
--¡Dios los premie también en la otra vida!--dijo el viejo Tasio alejándose.
La función empezó con Chananay y Marianito en Crispino e la Comare. Todos tenían ojos y oídos en el escenario menos uno: el P. Salví. Parecía no haber ido allí más que para vigilar á María Clara, cuya tristeza daba á su hermosura un aire tan ideal é interesante, que se comprende que se la contemple con arrobamiento. Pero los ojos del franciscano, profundamente ocultos en sus socavadas órbitas, no decían arrobamiento: en aquella sombría mirada se leía algo desesperadamente triste: ¡con tales ojos contemplaría Caín desde lejos el paraíso cuyas delicias le pintara su madre!
Se concluía el acto cuando entró Ibarra; su presencia ocasionó un murmullo: la atención de todos se fijó en él y en el cura.
Pero el joven no pareció advertirlo, pues saludó con naturalidad á María Clara y á sus amigas, sentándose á su lado. La única que habló fué Sinang.
--¿Has estado á ver el volcán?--preguntó.
--No, amiguita, he tenido que acompañar al Capitán general.
--¡Pues es lástima! El cura venía con nosotras, y nos contaba historias de condenados; ¿te parece? meternos miedo para que no nos divirtamos, ¿te parece?
El cura se levantó y acercóse á don Filipo, con quien pareció entablar una viva discusión. El cura hablaba con viveza, don Filipo con mesura y en voz baja.
--Siento no poder complacer á V. R.,--decía éste;--el señor Ibarra es uno de los mayores contribuyentes y tiene derecho á estarse aquí mientras no perturbe el orden.
--Pero ¿no es perturbar el orden escandalizar á los buenos cristianos? ¡Es dejar á un lobo entrar en el aprisco! ¡Responderás de esto ante Dios y ante las autoridades!
--Siempre respondo de los actos que emanan de mi propia voluntad, padre,--contestó don Filipo inclinándose ligeramente;--pero mi pequeña autoridad no me faculta para mezclarme en asuntos religiosos. Los que quieran evitar su contacto que no hablen con él: el señor Ibarra no fuerza tampoco á nadie.
--Pero es dar ocasión al peligro, y quien ama el peligro, en él perece.
--No veo peligro alguno, padre: el señor alcalde y el Capitán general, mis superiores, han estado hablando con él toda la tarde, y no les he dar una lección.
--Si no le echas de aquí, salimos nosotros.
--Lo sentiría muchísimo, pero no puedo echar de aquí á nadie.
El cura se arrepintió, pero ya no había remedio. Hizo una seña á su compañero, que se levantó con pesar, y ambos salieron. Imitáronlos las personas adictas, no sin lanzar antes una mirada de odio á Ibarra.
Los murmullos y los cuchicheos subieron de punto: acercáronse y saludaron entonces varias personas al joven y decían:
--Nosotros estamos con usted; no haga usted caso de esos.
--¿Quiénes son esos?--preguntó con extrañeza.
--¡Esos que han salido por evitar su contacto!
--¡Sí! dicen que está usted excomulgado.
Ibarra, sorprendido, no supo qué decir y miró á su alrededor. Vió á María Clara que ocultaba el rostro detrás del abanico.
--Pero ¿es posible?--exclamó al fin;--¿todavía estamos en plena Edad media? De manera que...
Y acercándose á las jóvenes y cambiando de tono:
--Dispensadme,--dijo;--me había olvidado de una cita; volveré para acompañaros.
--¡Quédate!--le dijo Sinang;--Yeyeng va á bailar en «la Calandria»; baila divinamente.
--No puedo, amiguita, pero ya volveré.
Redoblaron los murmullos.
Mientras Yeyeng salía vestida de chula con el «¿Da usté su permiso?» y Carvajal le contestaba «Pase usté adelante» etc., acercáronse dos soldados de la guardia civil á don Filipo, pidiendo que se suspendiese la representación.
--Y ¿por qué?--pregunta éste sorprendido.
--Porque el alférez y la señora se han pegado y no pueden dormir.
--Diga usted al alférez que tenemos permiso; nadie en el pueblo tiene facultades, ni el mismo gobernadorcillo, que es mi ú-ni-co su-pe-rior.
--¡Pues hay que suspender la función!--repitieron los soldados.
Don Filipo les volvió las espaldas. Los guardias se marcharon.
Por no turbar la tranquilidad, don Filipo no dijo á nadie una palabra acerca del incidente.
Después del trozo de zarzuela, que fué muy aplaudido, se presentó el príncipe Villardo retando á combate á todos los moros, que tenían preso á su padre; el héroe les amenazaba con cortarles á todos la cabeza de un solo tajo y enviarlas á la luna. Afortunadamente para los moros, que se disponían al combate al són del himno de Riego, sobrevino un tumulto. Los de la orquesta se pararon de repente y asaltaron el teatro, arrojando sus instrumentos. El valiente Villardo, que no los esperaba, tomándolos por aliados de los moros, arroja también espada y escudo y emprende la carrera; los moros, al ver que tan terrible cristiano huía, no tuvieron inconveniente en imitarle: óyense gritos, ayes, imprecaciones, blasfemias, corre la gente, se atropella, se apagan luces, se lanzan al aire vasos de luz, etc.--¡Tulisanes! ¡Tulisanes!--gritan unos.--¡Fuego! ¡ladrones!--gritan otros;--mujeres y niños lloran, ruedan por el suelo bancos y espectadores en medio de la confusión, algarabía y tumulto.
¿Qué había pasado?
Dos guardias civiles habían perseguido vara en mano á los músicos para suspender el espectáculo; el teniente mayor con los cuadrilleros, armados de sus viejos sables, los logran detener á pesar de su resistencia.
--¡Conducidlos al tribunal!--gritaba don Filipo,--¡cuidado con soltarlos!
Ibarra había vuelto y buscaba á María Clara. Las atemorizadas jóvenes se agarraron á él temblorosas y pálidas; tía Isabel rezaba las letanías en latín.
Repuesta algún tanto la gente del susto, y habiéndose dado cuenta de lo que había pasado, la indignación estalló en todos los pechos. Llovieron piedras sobre el grupo de los cuadrilleros que conducían á los dos guardias civiles; hubo quien propuso incendiar el cuartel y asar á doña Consolación juntamente con el alférez.
--¡Para eso sirven!--gritaba una mujer remangándose y extendiendo los brazos; ¡para perturbar el pueblo! ¡No persiguen más que á los hombres honrados! ¡Allí están los tulisanes y jugadores! ¡Incendiemos el cuartel!
Uno palpándose el brazo pedía confesión; voces plañideras salían de debajo de los caídos bancos: era un pobre músico. El escenario estaba lleno de artistas y gente del pueblo, que hablaban todos á la vez. Allí estaba Chananay, vestida de Leonor en el Trovador, hablando en lengua de tienda con Ratia, en traje de maestro de escuela; Yeyeng, envuelta en su pañolón de seda, con el príncipe Villardo; Balbino y los moros se esforzaban en consolar á los músicos, más ó menos lastimados. Algunos españoles iban de un punto á otro hablando y arengando á todo el que encontraban.
Pero ya se había formado un grupo. Don Filipo supo su intento y corrió á contenerlos.
--¡No alteréis el orden!--gritaba;--mañana pediremos satisfacción, se nos hará justicia; ¡yo os respondo de que se nos hará justicia!
--¡No!--contestaban algunos;--lo mismo hicieron en Calamba [133]; se prometió lo mismo, pero el alcalde no hizo nada. ¡Queremos justicia por nuestra mano! ¡Al cuartel!
En vano los arengaba el teniente mayor: el grupo continuaba en su actitud. Don Filipo miró en torno suyo buscando auxilio y vió á Ibarra.
--¡Señor Ibarra, por favor! detenedlos, mientras busco cuadrilleros!
--¿Qué puedo hacer yo?--preguntó el joven perplejo, pero el teniente mayor ya estaba lejos.
Ibarra á su vez miró al rededor, buscando sin saber á quién. Por fortuna creyó distinguir á Elías, que presenciaba impasible el movimiento. Ibarra corre á él, le coge del brazo y le dice en español:
--¡Por Dios! haga usted algo, si puede; ¡yo no puedo nada!
El piloto debió haberle comprendido, pues perdióse entre el grupo.
Oyéronse discusiones vivas, rápidas interjecciones; después, poco á poco, el grupo empezó á disolverse tomando cada cual una actitud menos hostil.
Tiempo era ya, pues los soldados salían armados, con la bayoneta calada.
Entretanto ¿qué hacía el cura?
El P. Salví no se había acostado. De pie, apoyada la frente contra las persianas, miraba hacia la plaza, inmóvil, dejando escapar de tiempo en tiempo un comprimido suspiro. Si la luz de su lámpara no hubiese sido tan oscura, acaso se habría podido ver que se llenaban de lágrimas sus ojos. Así pasó casi una hora.
De este estado le sacó el tumulto de la plaza. Siguió con ojos sorprendidos el confuso ir y venir de la gente, cuyas voces y gritería llegaban vagamente hasta él.--Uno de los criados, que vino sin aliento, le enteró de lo que pasaba.
Un pensamiento atravesó su imaginación. En medio de la confusión y del tumulto es cuando los libertinos se aprovechan del espanto y de la debilidad de la mujer; todos huyen y se salvan, nadie piensa en nadie, el grito no se oye, las mujeres se desmayan, se atropellan, caen, el terror y el miedo desoyen al pudor, y en medio de la noche... y ¡cuando se aman! Se le figuró ver á Crisóstomo llevar en sus brazos á María Clara desmayada, y desaparecer en la oscuridad.
Bajó saltando las escaleras sin sombrero, sin bastón, y como un loco se dirigió á la plaza.
Allí encontró á los españoles que reprendían á los soldados, miró hacia los asientos que ocupaban María Clara y sus amigas y los vió vacíos.
--¡Padre Cura! ¡padre Cura!--le gritaban los españoles,--pero él no hizo caso y corrió en dirección á la casa de capitán Tiago. Allí respiró: vió en el trasparente caído una silueta, la adorable silueta, llena de gracia y suave de contornos, de María Clara, y la de la tía que llevaba tazas y copas.
--¡Vamos!--murmuró;--¡parece que sólo se ha puesto enferma!
Tía Isabel cerró después las conchas de las ventanas, y la graciosa sombra desapareció.
El cura se alejó de aquel sitio sin ver á la multitud. Tenía delante de sus ojos un hermoso busto de doncella, durmiendo y respirando dulcemente; los párpados estaban sombreados por largas pestañas, que formaban graciosas curvas como las de las Vírgenes de Rafael; la pequeña boca sonreía; todo aquel semblante respiraba virginidad, pureza, inocencia; aquel rostro era una dulce visión en medio de la ropa blanca de su cama, cual una cabeza de querubín entre nubes.
La imaginación siguió viendo otras cosas más... pero ¿quién escribe todo lo que un ardiente cerebro puede imaginar?
Quizás el corresponsal del periódico, que terminaba su descripción de la fiesta y de todos los acontecimientos de esta manera:
«¡Gracias mil veces, gracias infinitas á la oportuna y activa intervención del M. R. P. Fr. Bernardo Salví, quien, desafiando todo peligro, entre aquel pueblo enfurecido, en medio de la turba desenfrenada, sin sombrero, sin bastón, apaciguó las iras de la multitud, usando sólo de su persuasiva palabra, de la majestad y autoridad que nunca le faltan al sacerdote de una Religión de Paz. El virtuoso religioso, con una abnegación sin ejemplo, ha dejado las delicias del sueño, de que toda buena conciencia, como la suya, goza, para evitar que le sucediese á su rebaño una pequeña desgracia. ¡Los vecinos de San Diego no olvidarán sin duda este sublime acto de su heroico Pastor y sabrán serle por toda la eternidad agradecidos!»
XLI
DOS VISITAS
En el estado de ánimo en que se encontraba Ibarra, le era imposible conciliar el sueño; así que, para distraer su espíritu y alejar las tristes ideas que se exageran durante la noche, púsose á trabajar en su solitario gabinete. El día le alcanzó haciendo mezclas y combinaciones, á cuya acción sometía trocitos de caña y otras sustancias, que encerraba después en frascos numerados y lacrados.
Un criado entró anunciándole la llegada de un campesino.
--¡Que pase!--dijo sin volverse siquiera.
Entró Elías, que permaneció de pie en silencio.
--¡Ah! ¿sois vos?--exclamó Ibarra en tagalo al reconocerle;--dispensad que os haya hecho esperar, no lo había notado: estaba haciendo un experimento importante...
--¡No quiero distraeros!--contestó el joven piloto;--he venido primero, para preguntaros si queríais algo para la provincia de Batangas hacia donde parto ahora, y después para daros una mala noticia...
Ibarra interrogó al piloto con la mirada.
--La hija de capitán Tiago está enferma,--añadió Elías tranquilamente;--pero no de gravedad.
--¡Yo ya me lo temía!--exclamó Ibarra con voz débil;--¿sabéis qué enfermedad es?
--¡Una fiebre! Ahora, si no tenéis nada que mandar...
--Gracias, amigo mío; os deseo buen viaje... pero, antes, permitid que os haga una pregunta; si es indiscreta, no me respondáis.
Elías se inclinó.
--¿Cómo habéis podido conjurar el motín de anoche?--preguntó Ibarra fijando en él sus ojos.
--¡Muy sencillamente!--contestó Elías con la mayor naturalidad;--los que dirigían el movimiento eran dos hermanos cuyo padre había muerto, apaleado por la guardia civil; un día tuve la fortuna de salvarlos de las mismas manos en que había caído su padre, y ambos me están por esto agradecidos. A ellos me dirigí anoche y ellos se encargaron de disuadir á los demás.
--Y ¿esos dos hermanos cuyo padre murió apaleado?...
--Acabarán como el padre,--contestó Elías en voz baja;--cuando la desgracia ha marcado una vez una familia, todos los miembros tienen que perecer; cuando el rayo hiere un árbol, todo lo reduce á cenizas.
Y Elías, viendo que Ibarra callaba, se despidió.
Este, al verse solo, perdió el continente sereno que había conservado en presencia del piloto, y el dolor se manifestó en su semblante.
--¡Yo, yo la he martirizado!--murmuró.
Vistióse rápidamente y descendió las escaleras.
Un hombrecito, vestido de luto, con una gran cicatriz en la mejilla izquierda, le saludó humildemente, parándole en su camino.
--¿Qué queréis?--le preguntó Ibarra.
--Señor, yo me llamo Lucas, soy el hermano del que murió ayer.
--¡Ah! Os doy el pésame... y ¿bien?
--Señor, quiero saber cuánto vais á pagar á la familia de mi hermano.
--¿Pagar?--repitió el joven sin poder reprimir su disgusto;--ya hablaremos de esto.--Volved esta tarde que hoy tengo prisa.
--¡Decid solamente cuánto queréis pagar!--insistió Lucas.
--¡Os he dicho que hablaremos otro día, hoy no tengo tiempo!--dijo Ibarra impaciente.
--¿No tenéis tiempo ahora, señor?--preguntó con amargura Lucas, poniéndosele delante;--¿no tenéis tiempo para ocuparos de los muertos?
--¡Venid esta tarde, buen hombre!--repitió Ibarra conteniéndose;--hoy tengo que ver á una persona enferma.
--¡Ah! ¿y por una enferma olvidáis á los muertos? ¿Creéis que porque somos pobres?...
Ibarra le miró y le cortó la palabra.
--¡No pongáis á prueba mi paciencia!--dijo y siguió su camino. Lucas se le quedó mirando con una sonrisa llena de odio.
--¡Se conoce que eres el nieto del que puso á mi padre al sol!--murmuró entre dientes;--¡aún tienes la misma sangre!
Y cambiando de tono añadió:
--Pero, si pagas bien... ¡amigos!
XLII
LOS ESPOSOS DE ESPADAÑA
Ya ha pasado la fiesta; los vecinos del pueblo hallan otra vez, como todos los años, que la caja está más pobre, que han trabajado, sudado y velado mucho sin divertirse, sin adquirir nuevos amigos, en una palabra, han comprado caro el bullicio y los dolores de cabeza. Pero no importa; el año que viene se hará lo mismo, lo mismo la venidera centuria, pues esta ha sido hasta ahora la costumbre.
En casa de capitán Tiago reina bastante tristeza: todas las ventanas están cerradas, la gente apenas hace ruido al andar y sólo en la cocina se atreve á hablar en voz alta. María Clara, el alma de la casa, yace enferma en el lecho; su estado se lee en todos los semblantes, como se leen las dolencias del espíritu en las facciones de un individuo.
--¿Qué te parece, Isabel: hago la limosna á la cruz de Tunasan ó á la cruz de Matahong?--pregunta en voz baja el atribulado padre.--La cruz de Tunasan crece, pero la de Matahong suda; ¿cuál crees tú que sea más milagrosa?
Tía Isabel piensa, mueve la cabeza y murmura.
--Crecer... crecer es mayor milagro que sudar: todos sudamos, pero no crecemos todos.
--Es verdad, sí, Isabel, pero advierte que sudar... sudar la madera que hacían para pie de banco no es poco milagro... Vamos, lo mejor será dar limosna á ambas cruces; así ninguna se resiente y María Clara sanará más pronto... ¿Están bien los cuartos? Ya sabes que viene con los doctores un nuevo señor medio pariente del P. Dámaso; es menester que nada falte.
En el otro extremo del comedor están las dos primas, Sinang y Victoria, que vienen á acompañar á la enferma. Andeng les ayuda á limpiar un servicio de plata para tomar el té.
--¿Conocéis al doctor Espadaña?--pregunta con interés á Victoria la hermana de leche de María Clara.
--¡No!--contesta la interpelada;--lo único que sé de él es que cobra muy caro, según capitán Tiago.
--¡Entonces debe ser muy bueno!--dice Andeng;--el que agujereó el vientre de doña María cobraba caro; por eso era sabio.
--¡Tonta!--exclama Sinang,--no todo el que cobra caro es sabio. Mira el doctor Guevara, después que no supo ayudar al parto, cortándole la cabeza al niño, le cobra cincuenta pesos al viudo... Lo que sabe es cobrar.
--¿Qué sabes tú?--le pregunta su prima dándole un codazo.
--¿No lo he de saber? El marido, que es un aserrador de maderas, después de perder su esposa, tuvo también que perder su casa, porque el Alcalde es amigo del doctor, le obligó á pagar... ¿no lo he de saber? Mi padre le prestó el dinero para hacer el viaje á Santa Cruz [134].
Un coche, parándose delante de la casa, cortó todas las conversaciones.
Capitán Tiago, seguido de tía Isabel, bajó corriendo las escaleras para recibir á los recién llegados. Estos eran el doctor don Tiburcio de Espadaña, su señora, la doctora doña Victorina de los Reyes de de Espadaña y un joven español de fisonomía simpática y agradable aspecto.
Ella vestía una bata de seda, bordada de flores, y un sombrero con un gran papagayo, medio machacado entre cintas azules y rojas; el polvo del camino, mezclándose con los polvos de arroz en sus mejillas, parecían aumentar sus arrugas; como cuando la vimos en Manila, hoy lleva también del brazo á su marido cojo.
--¡Tengo el gusto de presentarle á usted á nuestro primo, don Alfonso Linares de Espadaña!--dijo doña Victorina señalando al joven; el señor es ahijado de un pariente del padre Dámaso, secretario particular de todos los ministros...
El joven saludó con gracia; capitán Tiago por poco le besa la mano.
Mientras suben las numerosas maletas y sacos de viaje, mientras capitán Tiago los conduce á sus aposentos, digamos algo acerca de este matrimonio, cuyo conocimiento hemos hecho tan ligeramente en los primeros capítulos.
Doña Victorina era una señora de sus cuarenta y cinco agostos, equivalentes á treinta y dos abriles, según sus cálculos aritméticos. Había sido bonita en su juventud, tuvo buenas carnes,--así solía decirlo ella,--pero extasiada en la contemplación de sí misma, había mirado con gran desdén á muchos adoradores filipinos que tuvo, pues sus aspiraciones eran de otra raza. Ella no ha querido otorgar á nadie su blanca y diminuta mano, pero no por desconfianza, pues no pocas veces había entregado joyas de inestimable valor á varios aventureros extranjeros y nacionales.
Seis meses antes de la época de nuestra historia, vió realizado su más hermoso sueño, el sueño de toda su vida, por el cual despreciaría los halagos de la juventud y hasta las promesas de amor de capitán Tiago, arrrulladas en otro tiempo en sus oídos, ó cantadas en alguna serenata. Tarde, es verdad, se ha realizado el sueño; pero doña Victorina que, aunque hablaba mal el español, era más española que Agustina de Zaragoza, y sabía el refrán: Más vale tarde que nunca, consolábase con decírselo á sí misma.--No hay felicidad completa en la tierra, era su otro íntimo refrán, porque ambos no salían jamás de sus labios delante de otras personas.
Doña Victorina, que había pasado su primera, segunda, tercera y cuarta juventud tendiendo redes para pescar en la mar del mundo el objeto de sus insomnios, tuvo al fin que contentarse con lo que la suerte le quiso deparar. La pobrecita, si en vez de tener treinta y dos abriles, no hubiese tenido más que treinta y uno,--la diferencia para su aritmética era muy grande,--habría devuelto al destino la presa que le ofrecía, para esperar otra más en conformidad con sus gustos. Pero como el hombre propone y la necesidad dispone, ella que tenía ya mucha necesidad de marido, vióse obligada á contentarse con un pobre hombre, que arrojó de sí Extremadura y que después de vagar por el mundo seis ó siete años, Ulises moderno, encontró al fin en la isla de Luzón hospitalidad, dinero y una Calipso trasnochada, su media naranja... ¡ay! y la naranja era agria. Llamábase el infeliz Tiburcio Espadaña, y aunque tenía treinta y cinco años y parecía viejo, era más joven que doña Victorina que sólo tenía treinta y dos. El por qué de esto es fácil de comprender, pero peligroso de decir.
Había ido á Filipinas de oficial quinto de Aduanas, pero tuvo tan mala suerte que, además de marearse mucho y fracturarse una pierna durante la navegación, encontróse á los quince días de su llegada con la cesantía que oportunamente le trajo el Salvadora, cuando ya se encontraba sin un cuarto.
Escarmentado del mar, no quiso volver á España sin haber hecho fortuna, y pensó dedicarse á algo. El orgullo español no le permitía ningún trabajo corporal: el pobre hombre hubiera trabajado con gusto para vivir honradamente, pero el prestigio de los españoles no se lo hubiera consentido, y este prestigio no le salvaba de las necesidades.
Al principio vivía á costa de algunos paisanos, pero, como Tiburcio era honrado, sabíale amargo el pan, y en vez de engordar, enflaquecía. No teniendo ni ciencia ni dinero ni recomendaciones, aconsejáronle sus paisanos, para desprenderse de él, fuese á provincias y se hiciese pasar por doctor en medicina. El hombre se resistía al principio, pues si bien había sido mozo en el hospital de San Carlos, no había aprendido nada de la ciencia de curar: su oficio era sacudir el polvo de los bancos, encender los braseros, y esto fué por corto tiempo. Pero como la necesidad apremiaba y sus amigos disipaban sus escrúpulos, dióles oídos al fin, fuése á provincias y empezó por visitar algunos enfermos, cobrando módicamente como su conciencia se lo decía. Mas, á semejanza del joven filósofo de que habla Samaniego, concluyó cobrando caro y poniendo gran precio á sus visitas; de aquí que pronto le tuvieron por gran médico y hubiera hecho probablemente su fortuna, si el protomedicato de Manila no hubiese tenido noticia de sus exorbitantes honorarios y de la competencia que hacía á los otros.
Intercedieron por él particulares y profesores.--«¡Hombre! Dr. C., déjele usted hacer su capitalito, que en cuanto tenga seis ó siete mil pesitos, se podrá volver á su tierra y vivir allí en paz. Total ¿qué le hace á usted eso? ¿que engaña á los incautos indios? Pues que sean más listos. ¡Es un infeliz; no le quite usted el pan de su boca; sea usted buen español!